Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica Infraoctava del Corpus

DOMINGO DE LA INFRAOCTAVA DEL CORPUS

Cuando uno de los que comían a la mesa oyó esto, le dijo: Bienaventurado el que comerá pan en el reino de Dios. Y Él le dijo: Un hombre hizo una gran cena y convidó a muchos. Y cuando fue la hora de la cena, envió uno de los siervos a decir a los convidados que viniesen, porque todo estaba aparejado. Y todos a una comenzaron a excusarse. El primero le dijo: He comprado una granja y necesito ir a verla; te ruego que me tengas por excusado. Y dijo otro: He comprado cinco yuntas de bueyes, y quiero ir a probarlas; te ruego que me tengas por excusado. Y dijo otro: He tomado mujer, y por eso no puedo ir allá. Y volviendo el siervo, dio cuenta a su señor de todo esto. Entonces airado el padre de familias dijo a su siervo: Sal luego a las plazas, y a las calles de la ciudad y tráeme acá cuantos pobres, y lisiados, y ciegos, y cojos hallares. Y dijo el siervo: Señor, hecho está como lo mandaste y aún hay lugar. Y dijo el señor al siervo: Sal a los caminos, y a los cercados, y fuérzalos a entrar para que se llene mi casa. Mas os digo, que ninguno de aquellos hombres que fueron llamados gustará mi cena.

La solemnidad del Santísimo Cuerpo del Señor, en cuya infra-octava concurre la presente Dominica, nos convida a considerar en sentido espiritual la parábola de la Gran Cena, de que habla el Evangelio de hoy, aplicándola a la sagrada Eucaristía.

A tres puntos se pueden reducir principalmente nuestras consideraciones:

1º) la esplendidez de la Sagrada Eucaristía;

2º) las necias excusas de los que se retraen de este Sacramento;

3º) la voluntad del Señor de que todos se lleguen a este divino Sacrificio.

La Sagrada Eucaristía es con toda verdad un convite divino. ¿Cuáles son los manjares y vinos que en este convite se sirven? Acaba de inmolarse en el Santo Sacrificio de la Misa el Cordero de Dios; acaba de ser derramada, mística o sacramentalmente, su Sangre inmaculada; y allí están sobre el Altar, la Mesa Sagrada, la Carne del Cordero de Dios bajo las especies del pan, la Sangre de la víctima bajo las especies de vino: alimento espiritual puesto a disposición del pueblo fiel que quiera nutrirse con la Carne del Cordero divino, y regenerarse con su Sangre generosa.

¿Y quién será capaz de ponderar, como se merece, lo sabroso de este Pan vivo bajado del Cielo, y lo suave de este Vino, que alegra y embriaga el espíritu?

Y, sin embargo, ¡cuántos hay que se retraen de este convite y menosprecian este manjar espiritual!

Como los invitados de la parábola, que, por atender a sus negocios o entregarse a sus placeres, desatendieron la invitación…

El negocio, el placer, y en general las cosas mundanas, absorben la atención entera de muchos hombres, y los tienen alejados del Santo Sacrificio del Altar y de la Sagrada Eucaristía; con lo cual, privados del sustento de su espíritu, arrastran una vida lánguida y sombría, sin alientos para obrar el bien, sin esperanzas que iluminen y endulcen el corazón.

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Habiendo meditado el jueves del Corpus Christi sobre los fines del Santo Sacrificio de la Misa, vamos a considerar hoy, conforme a lo previsto, los frutos del mismo.

Con el nombre de frutos del Sacrificio de la Misa se entienden aquellos efectos que los hombres percibimos de él.

Independientemente de los efectos o frutos que produce en nuestra alma la Sagrada Eucaristía como Sacramento, o sea, la Sagrada Comunión, en la Santa Misa, considerada como sacrificio expiatorio e impetratorio, se distinguen cuatro clases de frutos: generalísimo, general, especial y especialísimo.

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Generalísimo: se llama así el fruto que sobreviene a toda la Iglesia universal por el solo hecho de celebrarse la Misa, independientemente de la intención del ministro, que no podría impedir este fruto o aplicarlo a otra finalidad distinta, ya que proviene de la Misa en cuanto sacrificio ofrecido a Dios por Cristo y por la Iglesia.

Este fruto generalísimo, prescindiendo de la intención del sacerdote oferente, afecta a todos los fieles, vivos o difuntos, y lo perciben todos y cada uno con tal de que no pongan óbice.

El sujeto de la oblación, en cuanto a percibir el fruto generalísimo del Sacrificio, no necesita particularizarse por la intención del oferente, toda vez que ha sido determinado por la institución misma del Sacrificio Eucarístico, en el cual la Iglesia, con Cristo su Cabeza, ofrece y es ofrecida.

En virtud de la Comunión de los Santos, las obras buenas realizadas por cualquier cristiano en gracia aprovechan a todos los demás miembros del Cuerpo Místico de Cristo; luego con mucha mayor razón aprovechará a todos ellos el fruto de la oblación de Cristo, que es su divina Cabeza.

Jesucristo, que se ofreció en la Cruz a su Eterno Padre como Mediador de todos los hombres, se ofrece en la Santa Misa como Cabeza de toda la Iglesia para aplicar los méritos de la Cruz a toda ella.

El Rito de la Misa expresa claramente esta finalidad generalísima en diferentes momentos:

Por todos los fieles cristianos, vivos y difuntos… (Ofertorio de la Hostia)

Por nuestra, salud y la de todo el mundo (Ofertorio del Cáliz)

Para utilidad nuestra y de toda su santa Iglesia (respuesta al Orate fratres)

Que te ofrecemos en primer lugar por tu santa Iglesia… y por todos los fieles ortodoxos, que profesan la fe católica y apostólica (Canon)

Nosotros, tus siervos, y con nosotros tu pueblo santo (Canon).

No todos los cristianos, sin embargo, reciben por igual este fruto generalísimo. Depende en gran parte del grado de fervor con que se unan espiritualmente a todas las Misas que se celebran en el mundo entero; práctica utilísima, que descuidan por desgracia muchos de ellos.

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General: es el fruto que perciben los que participan de algún modo en la celebración de la Santa Misa en unión con el sacerdote, y es independiente también de la intención del mismo, que no puede impedirlo o desviarlo.

En realidad coincide substancialmente con el fruto anterior (el generalísimo), del que sólo se distingue en el grado de participación.

Y aun dentro de esta subdivisión cabe distinguir dos categorías de participantes:

a) Los que sirven inmediatamente al Altar (diácono, subdiácono y minoristas) participan de este fruto en grado excelente, aunque siempre en proporción con el grado de su fervor o devoción.

En este sentido, el simple acólito —aunque sea un seglar— participa más, de suyo, que los meros fieles asistentes.

b) Los fieles que asisten al Sacrificio, sobre todo si se unen al sacerdote celebrante. Caben, sin embargo, infinidad de grados en esta participación, según las disposiciones íntimas de cada uno.

El sacerdote alude varias veces, en las oraciones de la Misa, a los fieles que asisten al Santo Sacrificio. He aquí algunos textos:

Por todos los presentes (Ofertorio de la Hostia);

Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro sea agradable en presencia de Dios Padre omnipotente (Orate, fratres)

Acuérdate, Señor…, y de todos los circunstantes…, por quienes te ofrecemos, y ellos mismos te ofrecen, este sacrificio de alabanza, por sí y por todos los suyos (Memento de los vivos).

En su aspecto expiatorio, este fruto puede ser aplicado por los fieles en sufragio de las Almas del Purgatorio, y, probablemente, también en favor de los vivos que no pongan óbice.

En cuanto impetratorio, puede ofrecerse para alcanzar cualquier gracia de Dios para sí o para los demás.

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Especial: es el fruto que corresponde a la persona o personas por quienes el sacerdote aplica la Santa Misa. Puede aplicarse por los vivos o por los difuntos, ya sea en general, ya por alguno de ellos en particular.

Este fruto especial es impetratorio, satisfactorio y propiciatorio; y se aplica infaliblemente —aunque en medida y grado sólo por Dios conocido— a la persona o personas por quienes se ofrece el sacrificio, con tal de que no pongan óbice.

El Concilio de Trento estableció que el Sacrificio de la Misa se ofrece y debe ofrecerse por los vivos y por los difuntos, por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades.

Del rito de la ordenación sacerdotal aparece que se confiere a quienes la reciben la potestad de ofrecer el Sacrificio por los vivos y por los difuntos.

Esta potestad va asociada al derecho del sacerdote de aplicar el Sacrificio por determinadas personas y para determinados fines, porque, no estando determinada por Cristo la persona a quien se debe aplicar el fruto especial, corresponde al sacerdote, que hace las veces de Cristo, determinarla por su intención; faltando la cual no se aplica el fruto especial, sino que queda depositado en el tesoro general de la Iglesia.

Es costumbre general de la Iglesia que el sacerdote aplique especialmente el Sacrificio de la Misa por determinadas personas, por ejemplo por un enfermo, por un difunto, por los viandantes, etc.

Por eso, su Santidad Pío VI, en oposición al Sínodo de Pistoya, que juzgaba esta doctrina falsa e injuriosa a Dios, declaró: “La doctrina del Sínodo… entendida de tal suerte que fuera de la especial conmemoración, u oración, la oblación misma o aplicación del Sacrificio que hace el sacerdote, no aprovecha más, en igualdad de condiciones, a aquellos por quienes se aplica que a cualesquiera otros, como si no proviniese especial fruto de la aplicación especial que la Iglesia recomienda u ordena hacer por determinadas personas o clases de personas, especialmente a los pastorea por sus ovejas, es falsa, temeraria, perniciosa, injuriosa a la Iglesia e induce al error ya condenado en Wiclef.

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Especialísimo: es el fruto que corresponde al sacerdote celebrante, quien lo recibe ex opere operato de una manera infalible —con tal de no poner óbice—, aunque celebre la Misa por otros. Y esto no sólo por razón de la Sagrada Comunión que recibe, sino por razón del mismo Sacrificio que ofrece en nombre de Cristo, Sacerdote principal del mismo.

El sacerdote que celebra el Santo Sacrificio tiene la máxima razón de oferente. Ahora bien, cuanto más propiamente conviene a uno la cualidad de oferente, tanto más principalmente es él sujeto por el que se hace la oblación.

He aquí por qué corresponde al celebrante el fruto especialísimo.

Este fruto es personal e intransferible, aunque admite muchos grados de intensidad, según el fervor o devoción con que el sacerdote celebre la Misa.

El oferente no necesita la intención para que sea partícipe del fruto especialísimo, porque entra en la naturaleza misma del Sacrificio Eucarístico que se ofrezca por el mismo oferente y que produzca en él su fruto.

Queda, pues, beneficiado con el fruto propio del Sacrificio de la Misa el sacerdote celebrante por el solo hecho de su celebración sin ningún otro acto de su voluntad, con tal que no le falten las necesarias disposiciones.

Este fruto excede en mucho a los frutos generalísimo y general, ya que el sacerdote es sujeto con mejor derecho que la comunidad de los fieles, puesto que él solo propiamente ofrece el Sacrificio en nombre de Cristo y de su Iglesia.

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En cuanto a los frutos generalísimo, general y especialísimo, es indiferente que la Misa se aplique por una sola persona o finalidad que por muchas personas o finalidades.

Es doctrina común entre los teólogos y se prueba muy bien por la índole o naturaleza de tales frutos.

Porque el fruto generalísimo alcanza a toda la Iglesia universal independientemente de la intención del sacerdote celebrante, lo mismo que el fruto general con relación a los ministros secundarios y a los fieles asistentes al Santo Sacrificio. Y en cuanto al fruto especialísimo, es propio y personal del sacerdote celebrante, cualquiera que sea la intención especial por la que aplique la Misa.

Incluso en cuanto al fruto especial, la Misa aplicada por muchos aprovecha a cada uno de ellos exactamente igual que si se aplicase por uno solo en particular; pero la Iglesia prohíbe recibir más de un estipendio por cada una de las Misas que se celebren.

La razón de que aprovecha a cada uno, como si sólo por él se hubiera aplicado, es porque el Sacrificio de la Misa tiene en sí mismo un valor infinito, tanto intensiva como extensivamente.

Y si al aplicarse a nosotros se limita y circunscribe, ello no se debe al Sacrificio mismo, sino única y exclusivamente a las disposiciones del sujeto a quien se aplica.

Luego, después de que este sujeto ha recibido íntegramente la porción que le corresponde según sus disposiciones, todavía queda un remanente infinito, que puede ser percibido por millares de sujetos secundarios sin mengua ni menoscabo del primer participante.

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Dos son los sujetos del Sacrificio de la Misa, a quién se ofrece y por quién se ofrece el Sacrificio.

Es cierto que sólo a Dios puede ofrecerse el sacrificio, como dice el Concilio de Trento:

Si bien es cierto que la Iglesia, a veces acostumbra celebrar algunas Misas en honor y memoria de los Santos; sin embargo, no enseña que a ellos se ofrezca el sacrificio, sino a Dios solo que los ha coronado. De ahí que tampoco el sacerdote suele decir: «Te ofrezco a ti el sacrificio, Pedro y Pablo», sino que, dando gracias a Dios por las victorias de ellos, implora su patrocinio, para que aquellos se dignen interceder por nosotros en el cielo, cuya memoria celebramos en la tierra.

Sabemos que el Sacrificio es el acto supremo de latría con que adoramos a Dios, supremo Señor, primer principio y último fin de todas las cosas.

Sería crimen de lesa majestad divina si se ofreciese sacrificio a alguna creatura, lo que equivaldría a adjudicar a la creatura la dignidad del Creador.

De donde dice Santo Tomás: “Vemos que también se observa esto en toda república, que honra el rector supremo con alguna señal singular, la cual sería crimen de lesa majestad concedérsela a cualquier otro; y por eso en la ley divina se establece pena de muerte a los que tributan a otros el honor divino”.

Principalmente cabe aquí considerar el sujeto en cuyo favor se puede ofrecer o aplicar el Sacrificio de la Misa.

En general hay dos categorías por quienes se puede ofrecer o aplicar la Misa: los vivos y los difuntos.

Entre los vivos, unos son fieles justos, miembros vivos de Cristo y de la Iglesia; otros, pecadores, unidos a la Iglesia por el vínculo de la fe; otros, herejes y cismáticos y públicamente excomulgados; otros, finalmente, infieles.

Entre los muertos, unos son Santos, en posesión de la felicidad eterna; otros, condenados a eternos suplicios en el infierno; otros, sujetos a expiación en las llamas del Purgatorio.

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El Sacrificio de la Misa puede aplicarse y aprovechar a todos los vivientes, aunque no de la misma manera.

El Sacrificio de la Misa es representación objetiva, a la vez que aplicación del Sacrificio cruento del Calvario. Ahora bien, éste fue ofrecido por todos; puesto que Cristo se ofreció en la Cruz por la salud de todos los hombres.

En cuanto a los vivientes, bautizados y adultos, el Sacrificio de la Misa sólo puede aplicarse en la integridad de su fruto a los vivientes bautizados.

Por el bautismo el hombre se constituye en miembro de la Iglesia visible y es deputado, por la potestad del carácter que en él se imprime, a recibir por medio del Sacramento o del Sacrificio las cosas sagradas de la Iglesia.

Esta es, sin duda, la razón por qué en la antigua Iglesia se ordenaba a los catecúmenos retirarse del oficio cuando empezaba la celebración de los misterios.

En cuanto a los herejes, cismáticos y excomulgados, el Sacrificio de la Misa puede de suyo ofrecerse por ellos; sin embargo, por precepto de la Iglesia, para castigo de ellos, detestación de su error y abatimiento de su soberbia, no puede aplicarse públicamente por ellos, aunque pueda ofrecerse privadamente o con secreta intención y sin escándalo.

Por un excomulgado vitando, la Misa podía aplicarse sólo para implorar su conversión.

El Sacrificio de la Misa puede aplicarse tanto en general por todos los infieles, como en especial por cada uno de ellos, siempre que no haya escándalo y conste que no se mezcla en ello error o superstición.

Consta por la respuesta de la Sagrada Congregación del Santo Oficio, del 12 de julio de 1865.

Y es que la Misa se ofrece por ellos para que, si lo quisieren, se conviertan de infieles en fieles y de siervos del pecado en miembros de Cristo.

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Es de fe que el Sacrificio de la Misa puede ofrecerse por las Almas del Purgatorio.

El Concilio de Trento declara que el Sacrificio de la Misa “no sólo se ofrece legítimamente, conforme a la tradición de los Apóstoles, por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades de los fieles vivos, sino también por los difuntos en Cristo, no purgados todavía plenamente”

En canon 3 condena de esta forma: “Si alguno dijere que el sacrificio de la Misa sólo es de alabanza y de acción de gracias, o mera conmemoración del sacrificio cumplido en la cruz, pero no propiciatorio; o que sólo aprovecha al que lo recibe; y que no debe ser ofrecido por los vivos y los difuntos, por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades, sea anatema”

Y en el Decreto sobre el Purgatorio, define: “Puesto que la Iglesia Católica, ilustrada por el Espíritu Santo, apoyada en las Sagradas Letras y en la antigua tradición de los Padres ha enseñado en los sagrados Concilios y últimamente en este ecuménico Concilio que existe el purgatorio, y que las almas allí detenidas son ayudadas por los sufragios de los fieles y particularmente por el aceptable sacrificio del altar; manda el santo Concilio a los obispos que diligentemente se esfuercen para que la sana doctrina sobre el purgatorio, enseñada por los santos Padres y sagrados Concilios, sea creída, mantenida, enseñada y en todas partes predicada por los fieles de Cristo. Delante, empero, del pueblo rudo, exclúyanse de las predicaciones populares las cuestiones demasiado difíciles y sutiles, y las que no contribuyen a la edificación [cf. I Tim. 1, 4] y de las que la mayor parte de las veces no se sigue acrecentamiento alguno de piedad”.

En el segundo Libro de los Macabeos leemos que Judas Macabeo exhortó a la tropa a conservarse limpios de pecado, teniendo a la vista el suceso de los que habían caído, y mandó hacer una colecta en las filas, recogiendo hasta dos mil dracmas, que envió a Jerusalén para ofrecer Sacrificios por el pecado; obra digna y noble, inspirada en la esperanza de la resurrección… Obra santa y piadosa es orar por los muertos para que sean libres de sus pecados.

Si, pues, en la Ley Antigua se ofrecían Sacrificios por los difuntos y les aprovechaban, con mucha más razón deben beneficiarles en la Ley Nueva.

Los sufragios de los vivos aprovechan a los difuntos en cuanto están unidos en caridad con ellos. Y siendo la Eucaristía vínculo de caridad estrechísimo, es indudable que del Sacrificio eucarístico pueden obtener las Almas del Purgatorio, unidas en caridad con los vivos, que sus penas sean abreviadas, aliviadas y endulzadas.

Y no es obstáculo el que las Almas del Purgatorio no estén ya en estado de vía, porque, siendo miembros vivos de Cristo que no han llegado todavía a su término final que es el Cielo, el Sacrificio de la Misa les puede aprovechar como a los vivos.

El Sacrificio de la Misa puede aprovechar a las Almas del Purgatorio como sufragio en cuanto se ofrece por ellas, y como lucro o ganancia, en cuanto que durante su vida en la tierra lo ofrecieron por sí mismas. Pues si ellas en vida dispusieron por legado o pía fundación se les aplicaran Misas después de su muerte, ciertamente les aprovechan esas Misas como fruto de su propia oblación; porque a ellas cooperaron activamente al dejar estipendios para que se celebraran en su memoria.

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Evidentemente, el Sacrificio de la Misa no puede ofrecerse en provecho de los condenados.

En la Sagrada Escritura aparece que los réprobos, por inconmutable sentencia de Dios, están sujetos a penas que nunca se extinguirán, y colocados en un estado en que no pueden recibir alivio o refrigerio alguno.

Enseña Santo Tomás que “La pena de los condenados no puede disminuir, como tampoco puede aumentar la gloria de los Santos en cuanto al premio esencial”.

Los condenados no son miembros de Cristo, ni en acto ni en potencia; y, rota toda solidaridad con Cristo, son completamente incapaces de cualquier influjo que Él ejerza en sus miembros a través del Sacrificio de la Misa.

El Sacrificio de la Misa en nada aprovecha a los condenados, ni en cuanto a la culpa ni en cuanto a la pena.

Ninguna culpa se remite en ellos, porque la voluntad de los réprobos se inmoviliza en el mal, como la voluntad de los bienaventurados se inmoviliza en el bien.

Tampoco se remite o disminuye la pena en ellos, si no se perdona la culpa.

Los condenados no se hallan en estado de misericordia, sino de justicia. Porque uno es el tiempo de compadecerse y otro el de ejercer la justicia; el primero pasa y termina al finalizar la vida terrena con las gracias casi infinitas con que Dios solicita a los pecadores a penitencia; el otro empieza inmediatamente después; y en él los réprobos, desaparecida la misericordia, quedan inexorablemente bajo el dominio de la justicia.

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El Sacrificio de la Misa puede ofrecerse en honor de los Santos que reinan con Cristo en el Cielo.

Se ofrece en honor de ellos, en cuanto es latréutico y honorífico, pues Dios es honrado y glorificado en los Santos, cuyos nombres se recitan asociados a Cristo víctima, y quedan enaltecidos por este recuerdo.

También admiten los teólogos que se puede ofrecer el mismo Sacrificio en cuanto es eucarístico, en acción de gracias por los beneficios que Dios acumula en sus siervos.

Todos convienen, igualmente, en que el Sacrificio de la Misa, en cuanto es propiciatorio y satisfactorio, no puede ofrecerse por los Santos, libres como están de toda culpa y pena.

Es también indudable que el Sacrificio de la Misa, en cuanto es impetratorio, no puede ofrecerse por los Santos en orden a impetrar la gloria esencial.

Lo cual está de acuerdo con la doctrina del Concilio de Trento, como ya hemos dicho antes: la Iglesia acostumbra celebrar algunas Misas en honor y memoria de los Santos (…) dando gracias a Dios por las victorias de ellos, implorando su patrocinio, para que aquellos se dignen interceder por nosotros en el cielo, cuya memoria celebramos en la tierra.

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No son, pues, unos pocos privilegiados los que el Señor convida a la Santa Misa y a la Sagrada Comunión: a todos los viandantes invita, a todos atrae, a todos fuerza con amorosa violencia; son ardientes los deseos que tiene de que todos participen y vivan eternamente.

¡Oh, si supiésemos apreciar, en lo que se merece, la inagotable generosidad de Jesucristo, y responder a las amorosas ansias de su divino Corazón, ávido de comunicarnos todos sus tesoros y de entregársenos a si mismo!

No seríamos entonces tan descorteses y desagradecidos, que despreciásemos sus regalos y desdeñásemos su amor.

Fruto práctico de estas consideraciones ha de ser, no sólo responder nosotros a las amorosas invitaciones de nuestro amabilísimo Salvador, sino trabajar con toda diligencia y por cuantos medios estuvieren a nuestro alcance para que otros muchísimos, respondiendo a los deseos del mismo Señor, se acerquen con frecuencia a la Santa Misa y a la Sagrada Comunión, para dar esta satisfacción a su Corazón divino y recibir de Él los bienes y regalos que allí tan generosamente comunica.

Tengamos siempre bien presente lo que dice La Imitación de Cristo:

Cuando el sacerdote celebra honra a Dios, alegra a los Ángeles, edifica a la Iglesia, ayuda a los vivos, da descanso a los difuntos, y se hace partícipe de todos los bienes.