SANTO TOMAS MORO: LA PERSPECTIVA DEL MARTIRIO

Christ in the Garden of Olives by Eugene Delacroix

«Y entrando en agonía, rezaba con más ardor, y su sudor se hizo como gotas de sangre que chorreaba hasta el suelo»..

***

Afirman muchos autores que los sufrimientos de Cristo fueron mucho más dolorosos que los de cualquier otro mártir por grandes que fueran, en cualquier otro tiempo o lugar. Hay quienes no están de acuerdo, porque, dicen, hay otros géneros de tortura de aquellos que padeció Cristo, y en algunos casos, los tormentos se han prolongado durante días. Piensan también que, por razón de su divinidad infinita, una sola gota de la preciosa sangre de Cristo hubiera sido más que suficiente para redimir a toda la humanidad. La prueba de Cristo no fue ordenada por Dios según la medida humana, sino de acuerdo con su sabiduría impenetrable; y, como nadie puede conocer esta medida con certeza, sostienen no ser perjudicial para la fe creer que el dolor de Cristo fue menor que el de algunos mártires. Además de la extendida opinión de la Iglesia, que oportunamente aplica a Cristo las palabras de Jeremias sobre Jerusalén (O vos omnes qui transitis per viam, respicite et videte si est dolor sicut dolor meus), encuentro yo este pasaje muy convincente para que jamás crea que los tormentos de ningún mártir puedan ser comparados con el sufrimiento de Cristo, ni siquiera en esta cuestión de la intensidad del dolor. Incluso si tuviera que conceder (y tengo buenas razones para no hacerlo) que alguno de los mártires haya padecido más y mayores torturas y, si se quiere, más largas que las de Cristo, pienso que torturas de apariencia más leve causaron, de hecho, en Cristo un dolor más atroz del que se podría sentir con suplicios de apariencia más espantosa. En efecto, veo a Cristo abatido con la angustia de la inminente pasión, con una angustia tan amarga como nadie ha podido experimentarla ante el pensamiento de los tormentos que se le venían encima, porque, ¿quién ha sentido jamás tal angustia que un sudor de sanare fluyera de todo su cuerpo chorreando hasta el suelo? Sólo el presentimiento del dolor fue más amargo y penoso en Cristo que en cualquier otro: ésta es la medida para hacerse una idea de la intensidad del dolor que padeció.

La angustia que padecía no pudo haber aumentado de tal manera que causara al cuerpo sudar sangre, si Cristo no hubiera empleado su omnipotencia divina, no sólo para que no disminuyera el dolor, sino para aumentar su fuerza. Y lo hizo así por su propio querer. Anunciaba la sangre que los futuros mártires se verían obligados a derramar sobre el suelo; y ofrecía, al mismo tiempo, un ejemplo nunca visto y sorprendente de una angustia inmensa. Lo hacía a modo de consuelo para aquellos que, al llenarse de pavor y miedo ante el pensamiento de la posible tortura, podrían quizá pensar que la angustia es signo de su próxima ruina, y caer en desesperación. Alguno podrá sacar aquí a relucir el ejemplo de aquellos mártires que, libremente y con gran deseo, se expusieron a una muerte cierta por su fe en Cristo; y seguir después diciendo que son particularmente dignos de los laureles del triunfo porque mostraron tal gozo que no dejaba lugar al dolor, ni mostraron rastro de tristeza ni de miedo. Estoy dispuesto a aceptar el primer punto, con tal de que no se vaya tan lejos que se acabe negando el triunfo de quienes, marchando a contra pelo, ni se echan para atrás ni escapan una vez capturados; sino que continúan hacia adelante a pesar de su temerosa angustia y, por amor a Cristo, hacen frente a aquello que les horroriza. Si alguien defiende que quienes abrazaron gozosos el martirio reciben mayor gloria que estos últimos, no diré yo nada, y puede quedarse para sí con su argumento. Me basta con saber que en el cielo a ningún mártir le faltará gloria más grande de la que jamás pudieron sus ojos ver ni sus oídos escuchar, ni entraba en el corazón poder concebir mientras vivía aquí en la tierra.

Además, si alguno tiene un lugar más alto en el cielo, nadie le envidia; al contrario, todos se gozan en la gloria de los demás a causa de su mutuo amor. Finalmente, hay que decir que todo este asunto sobre quién recibirá de Dios más gloria en el cielo no es, en mi opinión personal, algo perfectamente diáfano para nosotros, yendo como vamos a tientas en la oscuridad de nuestra naturaleza mortal. Ciertamente, «Dios ama al que da con alegría». Pero, aun así, no tengo ninguna duda de que amaba a Tobías e igualmente al santo Job. Los dos varones sobrellevaron con paciencia y fortaleza sus calamidades, pero, que yo sepa, ninguno de ellos saltaba de gozo ni aplaudía de contento mientras tanto.

Job

Ofrecerse a morir por Cristo cuando la situación así lo exige o cuando Dios mueve por dentro para hacerlo es, no lo niego, una obra de virtud heroica. Mas, fuera de tales casos, no me parece tan seguro comportarse así, y entre aquellos que espontáneamente sufrieron por Cristo hay muchas grandes figuras que temieron sobremanera, que padecieron profundamente angustiados y abatidos, y que, en más de una ocasión, huyeron de la muerte antes de enfrentarla finalmente con gran fortaleza. No niego el poder de Dios, y sé bien que, de vez en cuando, hace este favor a personas santas como premio de los trabajos de sus vidas, o bien simplemente por generosidad: llena el alma del mártir con tal alegría que, no sólo deja de ser oprimido por la angustia, sino que se ve también libre de lo que los estoicos denominan las propassiones (emociones incipientes o primitivas), de las que incluso esos sabios consumados son susceptibles. Se da el caso de quienes, desplazada su consciencia por una emoción muy fuerte, no sienten las heridas que les han inflingido en la batalla; sólo más tarde advierten el daño.

De manera semejante, no hay razón para dudar de que el gozo en la esperanza de la gloria ya cercana haga que el alma sea transportada fuera de si, hasta el punto de no temer la muerte y ni siquiera sentir los tormentos. Llamaría yo a este don o gracia «gratuita felicidad» o premio a la virtud vivida, y no materia de futura felicidad. Podría haber pensado que esta recompensa corresponde al dolor sufrido por Cristo, si no fuera porque Dios, en su liberalidad, lo otorga en una medida tan buena y tan colmada, tan apretada y tan sobreabundante, que es muy cierto que los sufrimientos de esta vida no son de ningún modo comparables con la gloria de la vida futura que se revelará en aquellos que amaron a Dios tan celosamente que gastaron su sangre y su vida por su gloria en medio de una agonía mental y entre tormentos corporales. Dios, en su bondad, no remueve el miedo, de esas personas porque apruebe en mayor grado su audacia, o porque quiera premiarla de esa manera, sino mas bien a causa de su debilidad: sabe bien que no podrán hacer frente al terror en condiciones de igualdad. Hubo, de hecho, algunos que sucumbieron al miedo, aunque vencieron después sufriendo todos los tormentos. Quienes, de otra parte, padecen la muerte con ánimo, pronto y gozoso, ayudan a otros con su ejemplo, y no dudo que esto sea bien útil. No olvidemos, sin embargo, que casi todos tememos la muerte, y por eso, apenas nos hacemos idea de cuánta ayuda y fortaleza han recibido muchos de aquellos que, angustiados y temblorosos, se enfrentaron con la muerte, y que, a pesar de todo, superaron con valentía los escollos del camino y los obstáculos, barreras más duras que el hierro, como lo son su propio abatimiento, su miedo y su angustia. Victoriosos sobre la muerte conquistan el cielo al asalto. ¿No se enardecerá el ánimo de estas débiles creaturas al ver el ejemplo de tales mártires, como ellos cobardes y temerosos, para no ceder bajo la persecución aunque sientan la tristeza dentro de si, y el miedo y abatimiento ante una muerte tan espantosa. La sabiduría de Dios, que todo lo penetra con fuerza irresistible y que dispone todas las cosas con suavidad, al contemplar en presente cómo serían afectados los ánimos de los hombres en diferentes lugares, acomoda su ejemplo a los varios tiempos y lugares, escogiendo, ora un destino ora otro, de acuerdo con lo que El ve será más conveniente. De esta manera, da a los mártires temperamentos según los designios de su providencia.

Uno corre aprisa y gustoso a la muerte; otro marcha en la duda y con miedo, pero sufre la muerte con no menos fortaleza: a no ser que alguien imagine ser menos valiente por tener que luchar no sólo contra sus enemigos de fuera, sino también contra los de dentro; que el tedio, la tristeza y el miedo son, además de fuertes emociones, poderosos enemigos. Puede concluirse toda esta discusión diciendo que hemos de admirar y venerar los dos tipos de mártires, alabar a Dios por ambos, e imitarlos cuando la situación lo exija, cada uno según sus posibilidades y la gracia que Dios le dé. El que siente grandes deseos no necesita más ánimos para ser audaz, y entonces, quizás sea oportuno recordarle que es bueno que tema, no sea que su presunción, como la de Pedro, le haga echarse para atrás y caer. El que siente angustia, miedo y abatimiento debe ciertamente ser confortado. Y así, tanto en un caso como en el otro, la angustia de Cristo está llena de alivio, pues mantiene al primero lejos de exagerar su entusiasmo, y hace al otro alzarse en la esperanza cuando se encuentre postrado y abatido. Si alguien se siente fogoso y lleno de entusiasmo, ese tal, al recordar tan humilde y angustiosa presencia de su rey, tendrá buen motivo para temer, no sea que su astuto enemigo esté elevándole en alto, pero sólo para poder aplastarle más tarde contra el suelo con mayor dureza.

El_martirio_de_san_Andrés
Quien se vea tan totalmente abrumado por la ansiedad y el miedo que podría llegar a desesperar, contemple y medite constantemente esta agonía de Cristo rumiándola en su cabeza. Aguas de poderoso consuelo beberá de esta fuente. Verá, en efecto, al pastor amoroso tomando sobre sus hombros la oveja debilucha, interpretando su mismo papel y manifestando sus propios sentimientos. Cristo pasó todo esto para que cualquiera que más tarde se sintiera así de anonadado puchera tomar ánimo y no pensar que es motivo para desesperar. Demos gracias como mejor podamos, que nunca podremos dar bastantes; y en nuestra agonía recordemos la suya, con la que ninguna podrá jamás ser comparada; y pidámosle, con todas nuestras fuerzas, que se digne consolarnos en nuestra angustia, iluminándonos con la que El mismo sufrió. Cuando, con vehemencia y a causa de nuestra flaqueza, le pidamos que nos libre del peligro, sigamos su ejemplo tan precioso cerrando nuestra súplica con este broche: «No se haga mi voluntad sino la tuya. » Si lo hacemos, no dudo lo más mínimo que, así como cuando El oraba un ángel fue a llevarle consuelo, también cada uno de nuestros ángeles nos traerán ese consuelo del Espíritu que nos dará fuerza para perseverar en las obras que nos llevan al cielo. Y para darnos segura confianza sobre esto, Cristo nos antecedió allá por ese camino y con el mismo método. Tras haber padecido agonía durante un largo rato., su animo se restableció de tal modo que volvió a los Apóstoles y se dirigió al encuentro del traidor y de los verdugos que le buscaban para atormentarle. Después, tras haber sufrido como convenía, entró en su gloria y allí prepara un lugar para aquellos de nosotros que sigamos sus pisadas. Que por su agonía se digne ayudarnos en la nuestra, para que no se vea frustrado ese lugar del cielo por nuestra estupidez y cobardía.