PARÁBOLA DE LA PARTURIENTA
La última parábola de Cristo está en el Sermón de Despedida de la Ultima Cena, que se pronunció en el Cenáculo, y quizá en su parte final en el camino del Monte Oliveto.
Lo que significa inmediatamente está dicho en el Evangelio de Jesucristo, pág. 165. El potente apego de una madre al hijo, o lo que significa el niño para ella, estaba ya dicho en el Génesis, cuando Eva tuvo su primer hijo -que fue Caín; que la consoló (por un tiempo) de la pérdida del Paraíso. Dijo: «He conseguido un hombre por Dios», según traduce la Vulgata; pero el hebreo (trad. Martín Buber) dice: «He hecho con JHWH (Dios) un hombre» – el misterio de la procreación humana, en la cual Dios colabora creando el alma.
Aunque la he mencionado ya en las parábolas de la Providencia, merece capítulo aparte por ser la última, por el extraño tema de la Mujer en Parto, y porque ser repite la misma imagen en mitad del Apocalipsis en forma notablemente enigmática
Antes de la pequeña parábola, dice Cristo a los Apóstoles el proverbio hebreo que ellos no entendieron bien: «Por un poco no me veréis; un poco más, y de nuevo me veréis». Cuestionado, no respondió directamente, sino añadió.
«De verdad os digo: lloraréis y gemiréis, el mundo andará alegre, mas vosotros contristados; pero vuestra tristeza se volverá gozo. La mujer que da a luz sufre, porque le llegó la hora; pero cuando ha dado a luz un niño, ya ni se acuerda de su trance, porque nacido es un hombre para el mundo. Y vosotros ahora estáis tristes, pero yo os veré de nuevo, y se alegrará vuestro corazón; y vuestro gozo nadie os podrá quitar».
Añadió luego:
«Hasta ahora os he hablado en parábolas. Llega la hora en que no os hablaré más en parábolas, mas paladinamente o instruiré acerca del Padre».
Los Apóstoles, entusiasmados por la promesa de la Oración Eficaz, que Cristo reitera aquí, le dicen:
«Ahora sí que hablas paladinamente y no dices parábolas; ahora vemos que sabes hasta lo que pensamos, y no hace falta interrogarte; por ésto creemos que tú has salido de Dios».
Y Cristo comienza entonces su oración sacerdotal, que así la llaman, en que ora primero por sí mismo (más bien que pidiendo, anunciando) y después por los Discípulos y la Iglesia; para la cual pide la Unidad, que se obtiene solamente por la fe y la caridad. Este es el marco en que está encuadrada la parábola, que la proyecta mucho más allá de su evidente fin inmediato; consolar aquí y ahora a los Apóstoles
Ciertamente esta extraña cuanto elocuente imagen se refiere al apremio y presión que sufrían entonces los Discípulos; pero también al de toda la Iglesia (que ellos allí representaban) hasta su Segunda Venida. La Iglesia es eminentemente la Mujer que he de dar a luz.
«Un poco y ya no me veréis; y después otro poco, y de nuevo me veréis», es la clave. Cristo es el «Hombre que nace para el mundo». Los Santos Padres se han dividido en la exégesis: unos dicen (santo Tomás) que esos dos «pocos» son: los tres días de la sepultura no me veréis; los 40 días de la Resurrección a la Ascensión, me veréis de nuevo. Mas todos los Padres Griegos y entre los latinos san Agustín, dicen que es el tiempo de la vida de la Iglesia (que es preñez más que gozo) en que Cristo estará invisible, hasta la Parusía. Las dos cosas significan, sin duda, como typo y antitypo.
El contexto solemne sugiere que la pequeña semejanza no está dirigida solamente al consuelo momentáneo de los Apóstoles, sino a todos nosotros. La parábola no dice: La mujer se alegra porque ah nacido un hijo para ella… -sino «un Hombre para el mundo». Cristo es el Hijo del Hombre, que se encarnó para el mundo, y ha de nacer de nuevo para el mundo, renacer la Cabeza con todos los miembros místicos que somos nosotros, en su segunda manifestación gloriosa y definitiva: porque la resurrección ya cumplida de la Cabeza, anunció y prometió la resurrección de todo el Cuerpo Místico. Pues, como había dicho al comienzo de esta Despedida: «En la casa de mi Padre hoy muchas mansiones; si no fuese así, yo os lo diría; porque me voy a prepararos un lugar. Y si me voy a prepararos el lugar, de nuevo volveré, y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros…”
Donde Él estará a su vuelta, será en el trono de todo el Universo. «Y os prepararé doce tronos desde donde juzguéis a las doce tribus de Israel.:», había dicho en otra ocasión.
El mundo ha sido creado por Dios para el hombre y para Cristo, cabeza de todos los hombres: para el hombre EN Cristo; y todo ésto que ha creado no se le escapará a Dios; pues todo camina a lo que llamó Orígenes la «Anakefaleosis», que en latín es «Recapitación» y en castellano «el encuentro con la Cabeza»; y «todas las criaturas gimen con dolores de parto» -dice san Pablo-, hacia esa suprema integración, porque ahora están cautivas de la mortalidad; mas un día todas las cosas serán sujetas a los hombres, los hombres serán sujetos a Cristo, y Cristo lo sujetará todo a Dios; y este gran Todo, hoy día desgarrado y dividido será realmente un todo: Cosmos en lugar de Caos. Sufrid pues, serenamente todos estos contrastes y dolores que ni comparación tienen con la inmensa gloria futura que se revelará en nosotros -dice Pablo. El Universo es como un cuento policial-diría el gordo Chesterton: Cuando se acabe, se comprenderá por qué empezó.
Cristo es el Primogénito o Mayorazgo de la Humanidad, y por ende de toda la Creación: nació de la tierra y de Dios, como el primer Adán. La Virgen María, cooperadora de la Encarnación, representó a la Humanidad: «un tallo nacerá de la tierra seca, y del tallo una flor, la flor de Jessé» (padre del Rey David) vaticinó el Profeta Isaías en el Recitado XI: «y descansará sobre ella el Espíritu de Dios… » Sigue después una descripción profética, que es mesiánica y parusíaca a la vez.
La Virgen María representó a Israel, como Israel representó a toda la Humanidad en su consorcio con Dios.
Desde el nacimiento carnal de Cristo comienza la larga (¿o corta?) preñez de la Humanidad hacia el nacimiento del Cristo integral, cuyo «cuerpo místico» somos. Los trabajos de la Iglesia son trabajos de gestación, «travails», que dicen los alemanes.
La Iglesia es el Reino de Dios en la tierra, si quieren: reino tan trabajado. Pero más exactamente es el instrumento de congregación del Cuerpo de Cristo. Es un reino en edificación, en gestación.
Hoy día hay una intensa aspiración, esperanzada o desesperada, hacia una transformación total de la Humanidad: las más grandes mentes actuales muestran creer.
que el Hombre hoy día no se arregla sino haciéndolo de nuevo: «Te digo que a esta serrana – Hay que fundirla de nuevo – Lo mismo que a una campana».
Esta aspiración multiforme a un «renacer» indeterminado se desata a veces en maldiciones, blasfemias, utopías, movimientos de odio colectivo, proyecto de violencia, imprecaciones por una catástrofe; y en la esfera religiosa, en herejías burdas o sutiles. La UN, la UNA, la UNESCO, son expresiones actuales de esa aspiración a la UNIDAD, que Cristo pidió al Padre, y por tanto, se realizará; pero por Cristo, no por Eisenhower.
El ejemplo más perspicuo que conozco de esta aspiración del mundo a «renacer», mucho más vasto y ansioso que el fenómeno llamado hace cuatro siglos «renacimiento», es el filósofo ruso Berdyaef Nikolai, que desde su primer libro El sentido del acto creador, hasta el que concluyó dos meses antes de morir en 1948, Reino del Espíritu y Reino del César, no cesa de augurar y prometer una futura y próxima «Iglesia del Espíritu Santo» y una «Época del Espíritu»; que él ve, o cree ver, en embrión en nuestros días: pero cómo va a nacer, no lo sabe.
No puede nacer sino por medio de la Parusía, o sea la nueva aparición de Cristo en la tierra, esta vez con todo su Cuerpo Místico glorificado. «Bajará Dios, y todos sus santos con él», está escrito. (Isaías, III, 14) Existe un «espíritu» que en un momento dado será arrojado a la tierra «furioso, porque le queda poco tiempo», también está escrito. La creencia en una «nueva Revelación», que obsede a Berdyaef, cansado o decepcionado de la Antigua, tiene sus raíces en una antiquísima herejía que se remonta a la primitiva Iglesia, que en el Medioevo fue predicada por los discípulos del Abad Joaquín de Fiore, y que parece haberse conservado en Rusia. Mi muy querido Berdyaef:
«A vec ton Aurore Suprême
Tu commences a m’embêter… »
No habrá una nueva revelación. Se cumplirá la antigua. La Revelación cristiana se cerró a la muerte del último Apóstol de Cristo. Sabemos ya todo lo que necesitamos para nuestra salvación.
Este renacer no sólo de los hombres, más aun de todo el mundo sensible, es inimaginable para nosotros ahora, pero no increíble: esos «nuevos cielos y nueva tierra» de que habla el Profeta. La «resurrección de la carne», que es un dogma de fe, tiene que producir efectos enormes. El cuerpo de Cristo Resucitado aparecía y desaparecía, salvaba distancias en un instante, se elevó por sí solo al firmamento, entraba en aposentos cerrados, y era el mismo de antes; aunque apareció «disfrazado» de jardinero a la Magdalena, de peregrino a los discípulos de Emaús; y se iluminó de gloria celeste en la Ascensión, como antes en la Transfiguración. De estos hechos sacaron los teólogos las cuatro cualidades de los cuerpos glorificados: la inmortalidad, el resplandor o belleza, la sutileza y la agilidad.
El progreso técnico moderno no tiene por qué desaparecer: es parte de la misión de Adán: «dominar la tierra» por la inteligencia; excepto su parte mortífera o destructiva de ahora, en que el conocer técnico (que es un conocer apenas) está dedicado a la destrucción, o sea al Diablo, por haberlo el hombre de hoy preferido al conocimiento de Dios, en un acto de enorme soberbia. «Superstición» llama Arthur Clarke (un cientista y «fantaciencio» de hoy) al cristianismo, la Revelación de Dios; lo cual no le impide aceptar las revelaciones de espiritismo, en su novela apocalíptica o parusíaca «Childhood’s End».
La resurrección de los hombres parece estar indicada como gradual o paulatina en el Cap. XX del Apocalipsis; tan acremente disputado hoy por los «alegoristas», que pretenden excluir su sentido literal; cosa que francamente no vemos cómo se pueda hacer sin destruir toda la Escritura.
La Jerusalén Celestial estará hecha de «piedras vivas»; es decir, de todos nosotros; y no será una casa o una ciudad material solamente, sino la armonía arquitectónica de todos los salvados, cada uno en su lugar, como piedras preciosas engastadas. San Juan la describe como una ciudad de forma cúbica, hecha de oro puro transparente; lo cual no es posible en lo material. La Ciudad Santa o Nueva Jerusalén son todos los resucitados, los cuales vivirían en toda la tierra, o en todos los planetas (como imaginó el Dante) o en los astros (como fantasean los actuales novelistas de la «fantaciencia», que no tiene mucha ciencia, y a veces ni siquiera «fanta») o en donde sea.
«Y reinarán para siempre y más que siempre».
Una parturienta aparece de nuevo en la mitad del Apocalipsis (c. XII) y el Profeta la llama «Señal Grande», Signum Magnum. El hijo que ella da a luz designa indudablemente a Cristo: «y dio a luz un hijo varón, el cual regirá al mundo». ¿Quién es ella: la Virgen María, la Iglesia o Israel?
Resumiré solamente todo el capítulo: una Mujer en el cielo, radiante con el sol, la luna y las estrellas, que gime en dolores de parto; luego, otro símbolo, un fiero Dragón rojo con siete testas coronadas y diez cuernos, que arrastra con su cola la tercera parte de las estrellas; está vigilando el nacimiento para tragarse al niño; pero el «hijo varón» apenas nacido es llevado al Trono de Dios para regir todas las naciones con el cetro mesiánico; y la Mujer es llevada al desierto, «a su lugar preparado» para ser alimentada durante 1.260 días; se produce una batalla en el cielo, Miguel y sus ángeles luchan contra el Dragón y los suyos, que son vencidos y arrojados a la tierra; el Dragón lleno de furia, porque «sabe que le queda poco tiempo»; persigue a la Mujer, a la cual le son dadas dos alas como de águila para que huya al desierto por tres años y medio; el Dragón arroja contra ella un río de su boca, mas la tierra se abre y se traga el río. Y entonces el Dragón, furioso contra ella, se da vuelta «y va a hacer guerra al resto de sus retoños, a los que han guardado el mandato de Dios y sostienen el testimonio de Cristo». Texto clave.
Afirmo que este «Signo Grande» significa los dos nacimientos de Cristo, como typo y antitypo; y principalmente su segundo nacimiento místico integral con todo su Cuerpo en el fin del siglo, que es la Parusía; y la Parturienta significa Israel que dio a luz a Cristo, una vez por María Santísima; la otra, futura aún, por su predicha conversión a Cristo. Y lo muestro así:
A la Virgen María ven algunos en esta Parturienta misteriosa, perseguida y protegida, circundada de prodigios extraños, solamente porque «el Hijo varón» es indudablemente Cristo. La Iglesia lee los primeros versículos de la profecía en la fiesta de la Inmaculada y en consecuencia el arte cristiano ha representado a la Madre de Dios «vestida de sol, coronada de doce estrellas, y la luna bajo sus pies». Pero este «Símbolo Magno» evidentemente no representa a María, sino alegórica o acomodaticiamente. Se cae en absurdos enormes si se quiere ver aquí a María Santísima literalmente: como por ejemplo el alemán Willam en su «Vida de María».
¿Es la Iglesia? Por ahí vamos mejor. Es la Iglesia de los últimos tiempos, el Israel de Dios, todos los constantes en la persecución del Anticristo, cristianos y judíos convertidos: el Israel de Dios, que tantas veces en los Profetas es simbolizado en una mujer, a la cual se promete el perdón de su infidelidad, la purificación total, y el Desposorio final.
El capítulo designa indudablemente los tiempos parusíacos, la gran Persecución, sellado como está varias veces con ese número 1.260 días, 42 meses y 3 años y medio que en san Juan repetidamente (y también en Daniel) marca el lapso de la Persecución del Anticristo.
La Mujer queda salva de ella, aislada en el desierto, mas «el resto de sus hijos» soporta el ataque del Dragón: «¡Ay de los habitantes de la tierra y de las islas porque el diablo ha bajado a vosotros con gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo!».
Este capítulo tiene que significar la conversión de los judíos en el fin del mundo, que profetizó san Pablo (Rom. XI) y también Cristo cuando dijo: «De verdad os digo que no me veréis más, hasta digáis: Bendito sea el que viene en el nombre del Señor».
Los judíos, a cuya raza perteneció María Santísima, van a concebir de nuevo a Cristo, por la fe (expresión usual en la Escritura) y lo van a dar a luz, por la pública profesión de fe; y lo van a hacer bajar del cielo. Cuando lo crucificaron dijeron: «¡Baja de la cruz, y creeremos en Ti». Cristo aceptó el desafío quizá: «Creed en mí, y bajaré de la cruz… » «Mirarán hacia el que traspasaron», dice el profeta Zacarías.
Actualmente los sabios judíos parecen haber concebido espiritualmente a Cristo, pues dicen: 1°) Todo lo que hay en el Toledot Yeshua (Talmud) acerca de Jesús de Nazareth, es falso e infame; 2°) Nuestros padres al condenar a Jesús condenaron a un inocente; 3°) ¿No habrán condenado nuestros padres a nuestro Mesías? Esto dicen muchos judíos hoy en todas partes del mundo.
«Y acontecerá en aquel día:
Y derramaré sobre la casa de David
Y los habitadores de Jerusalén
Espíritu de gracia y de oración
Y mirarán Al que traspasaron, a Mí
Y lo llorarán con llanto como llanto por el Hijo Único
Y se dolerán sobre él
Con dolor como en la muerte del Hijo Mayor.
(Zacc. XII, 10)
Según esta interpretación de la Mujer aquella (y las otras dos no marchan), grandes y raras cosas acontecerán todavía a los Judíos. ¿Qué será ese aislamiento en el desierto? Quizá el desprecio y el bloqueo de todo el mundo apostatizado, y de sus mismos hermanos no convertidos; pues al final de Zacarías, final claramente parusíaco, se predice que no todos los judíos se convertirán, sino que «dos partes» (que no sabemos si significan dos tercios) «fallarán»:
«Y estarán en toda la tierra
Dice el Señor;
Dos partes en ella se disiparán y fallarán
Y otra parte será dejada.
Y llevaré a esta parte por el fuego
Y la quemaré como se quema la plata
Y la probaré como se prueba el oro.
Él llamará mi nombre y yo lo escucharé
Diré: Mi pueblo eres
Dirá: Señor Dios mío».
Si este lugar se refiere a los judíos bajo el Anticristo (o Mal Pastor, como lo llama Zacarías), concílianse las dos opiniones de los Santos Padres acerca de la conversión final de los judíos: pues unos creen que se convertirán ANTES de Anticristo, otros creen que por el contrario serán sus primeros adeptos, su escolta y guardia de corps; y sólo a la vista de la Venida de Cristo se convertirán todos.
¿Qué es ese río que el Dragón desata sobre ellos? Persecuciones de los poderes políticos: 600.000 judíos se calcula perecieron en Alemania, y en la Segunda Gran Guerra; y cuando Hitler los persiguió parecía que iban a ser anegados, pues dieron en imitarlo otras naciones. ¿Qué es abrirse la tierra? Pueden ser grandes cataclismos políticos, a cuya merced ellos se salven; como fue la misma Guerra Mundial, por ejemplo. ¿Las dos alas de águila? Dos grandes auxilios que Dios mandará a los nuevos convertidos, sean los que fueren: esos arcanos «Enoch y Elías» del Apocalipsi, si quieren… Es cierto que si la Iglesia tiene que conservarse hasta el fin, y al fin habrá ese gran «receso de la fe» o general apostasía de los cristianos, y «a causa de sobreabundar la iniquidad se resfriará la caridad en la mayoría», como está escrito, Dios tendrá que hacer alguna cosa extraordinaria para conservar su Casa, y que las puertas del Orco no prevalezcan del todo; y la conversión de los judíos será (dice Pablo con asombro) una cosa extraordinaria. ¡Ya lo creo! .
Toda la masa de la tradición católica ve en la Mujer Parturienta a la Iglesia y la Sinagoga a la vez, pues hay continuidad a los ojos de Dios entre ellas. Victorino, el primer comentador latino del Apocalipsi, dice: «La Mujer es la antigua Iglesia de los Patriarcas y Profetas, y de los Santos y los Apóstoles; y los gemidos y dolores de parto están sobre ella hasta que haya visto que Cristo, el fruto de su pueblo según la carne, de esa misma raza haya tomado un cuerpo». Y san Agustín: «La Iglesia. está gestando a Cristo continuamente, aunque el Dragón pelea contra ella». Si san Juan acaso vio a María Santísima en ese extraño cuadro que nos traza, fue porque María resume a la vez a la Iglesia y a la Sinagoga, siendo como es la corona de ambas.
Esta interpretación es la buena. Los actuales intérpretes alegoristas dicen que la Mujer es la Iglesia en los tiempos del Emperador Diocleciano (!). Eso lo creeré cuando crea que el Apocalipsi no es profecía, sino un manual de Historia Romana. Y dicen que la lucha de Miguel con el Dragón representa la Caída de los Ángeles Malos; lo cual nos manda bastante lejos de los tiempos de Diocleciano. No. La última lucha religiosa sobre la tierra será doblada de otra lucha en el cielo, en que a Satán le será quitado el poder (desconocido para nosotros) que aun conserva, el poder sobre la Creación; y que no es broma. Cuando Satán y sus ángeles en el comienzo de la Creación cayeron, no hubo ninguna batalla con San Miguel, ni cosa parecida: cayó por su propio peso, como dijo Cristo mismo: «He visto a Satanás despeñarse del cielo como un rayo»; que es el único texto literal que hay en la Escritura sobre el Primer Pecado. Todos los demás (como Ezec. XXVII, 14 e Is.XIV, 12) son acomodaticios. Teodoreto dice que las estrellas del cielo que serán arrastradas a la tierra por el Dragón, representan «a los varones brillantes, príncipes no sólo políticos mas también eclesiásticos, doctores y religiosos» que en los tiempos finales caerán en la fe, y servirán al Anticristo: apóstatas «de adentro», los más peligrosos de todos.
El renacer de la Humanidad es la segunda Venida de Cristo, la revelación del Hombre Absoluto en su plenitud. Tres años y medio de dolores de parto para eso no es tanto. Pero no nos engañemos pensando que hemos de aguardar esas maravillas pasiva o indolentemente, como las Muchachas Bobas. Como nos manda san Juan, hemos de decir no sólo con suspiros sino con osadas acciones: «Ven, Señor Jesús».
El que no sea capaz de osadas acciones por Cristo no aguantará los dolores, o sea, la persecución; y no entrará en la Resurrección. Si no se diese la resurrección para la vida eterna de los que han vivido y muerto, si no fuésemos inmortales, entonces el mundo sería un absurdo y el intelecto del hombre un fracaso…
Ducadelia decía: «No sé cuándo es la Parusía, pero es pronto. Si sucede ahora mientras vivimos, falta poquísimo; si morimos primero, el tiempo de espera en la otra vida va a ser un soplo». El feroz Tertuliano en su libro «De Spectáculis» exhortaba los primeros cristianos a no ir a los espectáculos paganos, groseros y lascivos, o bien sangrientos y crueles. No vayan al cine y a los matches de box -les decía más o menostenemos la Parusía ¿qué más quieren? Veremos a Miguel y a Satán luchando en el cielo, al Dragón y a la Mujer luchando en la tierra, al Rey venidero en su corcel blanco aniquilando con su espada a todos los ejércitos de la maldad. ¿Para qué quieren más teatro?
Cierto. Aun cuando un drama de Shakespeare, o aunque sea una cinta de Chaplín o de Walt Disney tampoco están del todo mal para matar el tiempo. No que yo necesite matar el tiempo (el tiempo de Buenos Aires me mata a mí) sino que a veces los ojos no me dan más de tanto leer; y en la gran ciudad turulata no hay más que eso; y calles bramando de autos, y plazas barridas por el viento Sur, con bancos de piedra sin respaldo y no de madera para sentarse, que no arredran sin embargo a los enamorados. Muy pocas veces sí, pero a veces confieso que me meto en el cine del barrio con el pretexto de descansar; y salgo renegando de los yanquis, de los rusos, e incluso de mis cineros connacionales. Es decir, pago no sé ya cuántos pesos para tener que arrepentirme. ¿Qué más cine que Buenos Aires misma, con todos sus dramas y payasadas? Desde hoy, pienso obedecer a Tertuliano.
Nosotros tenemos la dulce y tremenda revelación de Cristo; y para matar el tiempo, las payasadas de Buenos Aires.
Otro dicho de Ducadelia: «En Buenos Aires hay tres cosas: el circo, la gusanera y la gente: del circo, hay que reírse, en la gusanera no hay que meterse, y con la gente hay que juntarse; eso es todo». Lo malo es que la gente se va acabando rápido; por lo menos, la de mi edad.
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