EN HOMENAJE A FABIÁN VÁZQUEZ
R.I.P.
CONTENIDOS BÁSICOS PARA UNA METODOLOGÍA DE ANÁLISIS DE LA SIMBOLOGÍA DEMONOLÓGICA MODERNA
El simple acto de preocuparnos por la figura del demonio en estos tiempos, plantea un interrogante de insospechada complejidad, y que se formula en dos planos suplementarios. Primero, ¿Cuántos de aquellos que asumen como una circunstancia innegable el carácter de desorden e inversión valórica de los hechos sociales, anormales tanto por su masividad, reiteración sistemática impune, transversalidad y contenido, asimilan los mismos con la figura de este ser identificado como “el padre del caos y el mal”? Esta perspectiva es indudablemente de carácter ideológico y exige una petición de relación coherente entre el acto social que se reproduce, con la idea que lo inspira. E inevitablemente deja entrever una intención y un fin en dichos actos —intención y fin que de perogrullada poseen todos los actos humanos— pero que en este caso, y como nunca antes lo ha sido —como ya señalamos en la primera parte— conforman un proceso inédito en lo personal y social, desde, por y hacia la figura del demonio. Segundo, ¿Cuántos reconocen objetivamente la naturaleza de los símbolos demonológicos modernos, y son conscientes de la reproducción masiva simbólica de aquello que la lógica concatenación progresiva de los actos ideológicos en torno al demonio en verdad involucra?: la inspiración demonológica implícita en la doctrina y los símbolos de muchísimas organizaciones sociales —sea cual sea la naturaleza de éstas e incluso algunas en apariencia antagónicas— y desde las cuales se originan y gestionan políticas de transformación socio-cultural que tienen como objetivo un cambio en los hábitos y las costumbres tan “sustancial”, tan de “raíz”, tan “inédito”, y por lo mismo tan “extraño”, que sólo es posible definirlo para las generaciones que están creciendo con ellos como una “nueva forma” de “concebir” la realidad, de “entenderla”, de “valorarla”, de “sentirla” y de “vivirla”.
Es indudable que para muchas personas, demasiadas desafortunadamente, existen dificultades y resistencias para que estas inquietudes sean, no ya aceptadas, sino al menos tomadas seriamente en consideración para tratar de conocer, entender y explicar estos mismos sucesos inquietantes. Pero no es nuestra intención hacer ver a un ciego que pudiendo… se niega a ver. Nuestro propósito es entregar herramientas de interpretación —para allanar las dificultades de intelección de las esencias de los símbolos bajo los cuales subyacen las ideas e intenciones demonológicas— a quienes positivamente reconocen los “signos de estos tiempos” y no se niegan a la evidencia de los hechos. No sea que por una irresponsabilidad timorata y una indiferencia de suficiencia, y por lo mismo inexcusable, seamos conducidos a vivir bajo las banderas del anticristo; o permitamos que nuestros hijos sean educados bajo sus falsas categorías axiológicas, o al menos, que contribuyamos con nuestra observación pasiva del torrente demonológico moderno, a un fortalecimiento del mismo, en detrimento de las “verdades eternas salvíficas” que debemos atesorar el rebaño fiel y vigilar que no caigan del bagaje espiritual de nuestro prójimo.
Admitimos que las dificultades en este proceso de decodificación son muchas. Como quiera que el mismo autor no ha llegado a “ver la luz” al respecto, sino después de muchos años. Y esta luz ha surgido no solo por la maduración de ciertas ideas en el correr del tiempo, del seguimiento y la profundización metódica y racional de ciertos procesos político-socio-culturales por medio de la desagregación e integración de los factores que los componen para una mayor comprensión de ellos, sino que además, a Dios gracias, por la objetividad y el rigor intelectual y analítico tan necesarios en el proceso de intelección de la realidad y sus dramáticos quiebres coyunturales.
Efectivamente, para un analista en materia ideológica, son indicativos ciertos de que algo anormal sucede: la reiteración de códigos de conducta sociales y de ideas afines expresadas de variada forma y asimiladas también por variadas entidades, la repetición de símbolos en las más diversas materias y organismos, la asimilación e identificación de conceptos ideológicos por todo lo largo y ancho de las expresiones culturales e institucionales de una sociedad cualquiera, y que significan a todas luces una ruptura con la tradición originaria formativa de esa sociedad. Porque sin lugar a dudas, presenciamos —a modo de síntesis visual— una codificación de ideas por medio de símbolos, que en forma sistemática y reiterada identifica ideológicamente a individuos, agrupaciones sociales formales e informales, a instituciones nacionales e internacionales de variada naturaleza que objetivamente comulgan con la “idea” y el “símbolo” demonológico en cuestión que nos ocupa, y el que no siempre es tenido como tal por la mayoría de las personas.
Surge, entonces, la necesidad de descubrir la racionalidad, la inteligibilidad de la causa formal, en aquello que transcurre anómalamente, en el aspecto que tiene de EXTRA-ORDINARIO; esto es, fuera de lo común; y que en léxico neomarxista, deviene en la construcción de un “nuevo tejido social a partir de la cotidianeidad”; y que de facto lo constituye, en gran parte, la desbordante “omnipresencia” gráfica de variados símbolos tan antiguos como el hombre, pero desconocidos en el presente y que han venido resurgiendo en los últimos 25 años aproximadamente y que tienen muchísimo que ver con este “neosocialismo” que en ideología y objetivos —con ser el mismo de siempre— ha sumado nuevas formas ideológicas y concepciones estratégicas para traer a la práctica cotidiana su concepción y visión de la vida y del mundo sin Dios. Visión que si bien siempre fue entendida como un “contra Dios”, ahora se “sobre-entiende” —sin lugar a dudas por toda esta simbología demonológica— como inspirada por y para un “nuevo dios”.
Descifrar los actos político-sociales demonológicos, reconocer los organismos que los gestionan y decodificar la simbología ideológico-demonológica que los une; esto es en sinopsis, lo que reiteradamente hemos planteado en otros escritos y reiteramos acá; no como hipótesis a desarrollar, sino como lectura que surge de la realidad visible y al mismo tiempo de la no perceptible, y que es necesario asumir urgentemente además, como un arrollador dinamismo socio-cultural-político en curso. Y si la respuesta es afirmativa y existe una conexión entre hechos político-culturales de naturaleza anticristiana que indiquen una inspiración demonológica, es necesario demostrarlo desde el ángulo simbólico-ideológico, por ser una dimensión mayoritariamente desconocida de la realidad y al mismo tiempo, para abundancia de pruebas para los escépticos que no se convencen con argumentos de carácter moral-religioso. Pero para ser más puntuales, esta consideración tiene como razón de peso, más que el accidente de ser una herramienta de prueba, una necesidad analítica determinada por los niveles evolutivos de la simbología referida al demonio, que no se muestran en el campo de su difusión como adheridas a lo que la creencia popular conoce y entiende como propio de esta entidad espiritual maléfica, y que tienen mucho de lugar común. De aquí nacen resistencias, dificultades y escepticismos, porque el demonio y la demonología no aparecen con los caracteres indelebles que la tradición popular identifica.
Una dificultad, y una de las principales, es la siguiente: parafraseemos libremente un pensamiento de Juan Cirlot para mencionar que “nuestro contacto con las expresiones vitales de la simbología demonológica moderna tan fecunda en imágenes visuales, en las que el misterio es el componente inherente y porfiadamente resistido a la mayoría de las personas en su inteligibilidad… ” dentro de una situación específica que lo reproduce, nos empuja a llevar la decodificación a un nivel enlazado a la evolución del significado del símbolo y el conocimiento que lo relaciona con la figura del demonio, en donde lo factible y demostrable en cuanto a realidad demonológica, no debe ser entendido como lo posible, solo desde la perspectiva de esta época atea, escéptica y relativista en esencia —en correlación con todo lo que concierne al demonio en particular y a lo espiritual en general— como si la certeza de esta realidad que nos preocupa, estuviera en la aproximación a la verdad por la forma histórica presente o dependiera de circunstancias ajenas a la naturaleza de los atributos espirituales, ontológicos y metafísicos que determinan al ser “demonológico” por antonomasia, tal cual es. Por el contrario, debemos llevar el análisis al conocimiento y comprensión de “estadios” culturales y religiosos ajenos a estos tiempos en el sentido histórico, pero afines y complementarios en la evolución del proceso de la demonología y que además, son inequívocamente su verdadera explicación en cuanto al origen del significado del símbolo y su conexión con los objetivos y atributos que son propios y específicos del demonio, los cuales traspasan inalterables las épocas históricas, aunque sus apariencias formales sean distintas en épocas diferentes.
Sólo de esta manera podremos lograr una aprehensión integral y verdadera en cuanto al origen, difusión, utilización y desenvolvimiento de símbolos demonológicos como representaciones de ideas y distintivos de organizaciones; y que como señalamos al comienzo, prefiguran un movimiento de amplitud insospechada en torno a la figura del demonio en nuestro tiempo.
Esta dificultad en la comprensión de los símbolos demonológicos modernos y que es en gran parte un resultante de la miopía histórica que hemos señalado, obedece sin duda además, a la desgracia más grande que le ha acaecido a la humanidad en estos últimos siglos, y que es como su emblema: la pérdida del pensamiento religioso. Y es que una vez negada, sobre todo en Occidente, la verdad suprema que engloba las verdades específicas con que el hombre tropieza a diario y que en una ascensión de armoniosa perfección e integración, llegan a Dios, que es de por si esta verdad suprema, origen al mismo tiempo de las cosas y los seres y fuente de su perfección y felicidad última y verdadera para el hombre, éste ha venido desde entonces a vivir en medio del absurdo y de las contradicciones; medio ambiente, por lo demás, donde precisamente el demonio se solaza y encuentra adeptos por miríadas.
Y es exactamente en esta negación de Dios y su exclusión de la vida personal y social, donde encontramos la primera contradicción y la más importante. Porque si negamos la dimensión espiritual de la vida en el sentido “religioso cristiano” que es además la verdadera, de dogma sobrenatural, de verdad revelada, de mandamiento moral, de rito de sumisión y adoración y no queremos alcanzar nuestra perfección y nuestra salvación y no queremos volver —en el sentido último espiritual de la etimología de la palabra religión— a “re-atarnos” a “re-unirnos” en el cielo en estado de gracia y santificación necesarios con el Dios primero, único y verdadero, esta libre y voluntaria elección la hacemos precisamente al modo de rebelión luciferina, y en una antítesis religiosa contradictoria, pero tan religiosa en lo formal como la que nos conduce a nuestro Creador; nos “re-atamos” al que es arquetipo y fuente primera de todas las rebeliones, volvemos a “re-unirnos” con el demonio al pie de las cerradas puertas del paraíso y nos auto-condenamos con él en el infierno; pues vamos por medio de esta negación irremediablemente cayendo en el antagonismo, en la otra cara de la moneda, en las inversiones religiosas de dogma, de fe, de rito, de “sacrificio” de adoración y de valores, que le negamos a Dios, por ser Dios y se las entregamos al demonio que no es y no será nunca Dios. Recordemos que la misma “indiferencia”, el “relativismo” y el “escepticismo” con respecto a Dios, son ya una posición clara y definida de irreligiosidad contra Dios en el sentido que acabamos de señalar, y constituye “caldo de cultivo” para la rebelión demonológica.
Porque se nos ha dicho claramente que “lo que no pertenece a Dios, pertenece al maligno”, que “quien no está con Cristo, está contra Cristo”, que “quien no cosecha con Él, desparrama”, y que nuestra respuesta sea siempre un “sí, sí o un no, no, porque todo lo demás viene del maligno”. Y teniendo como guía esta enseñanza divina, nosotros podemos afirmar con plena seguridad y convencimiento, que todo “aquello que en la dimensión de la simbología espiritual religiosa, no representa a Cristo… representa al anticristo”, que aquello que no es “un símbolo de salvación… es un símbolo de condenación”, que “aquello que no es un símbolo de la patria celestial… es un símbolo del exilio infernal”.
Y precisamente el demonio para consumar este supremo engaño de pretensión soberbia de querer ser dios, nos engaña por partida “doble”. Primero, para emanciparnos de Dios, nos susurra… “seréis como dioses” y en seguida, consumado el acto de apostasía, se nos “RE-PRESENTA” como el dios verdadero, el pseudo salvador que nos rescata del Dios que en una inversión teológica, nos quiere hacer creer que es el falso Dios. Y para que lo acompañemos en esta impiedad demencial, nos tiende lazos y trampas. Y estos engaños que son en esencia, burdos, pedantes y estrafalarios, pero que se nos “RE-PRESENTAN” con apariencia de bien o de inocencia, los podemos percibir nítidamente en los símbolos que identifican al mismísimo demonio y sus atributos, que comunican su estado y sus propósitos; y que traslucen su ser corrompido y su manera de obrar soberbia y malévola.
Utilizamos el vocablo “RE-PRESENTAR” para definir la posición y la aspiración de divinidad que el demonio pretende y todo aquello que falsamente expone como “RE-PRESENTACIÓN” de lo bueno y verdadero. Porque su esencia corrompida, endurecida en el pecado que su voluntad libremente ha elegido, no puede hacer el bien, ni querer nuestra salud espiritual, ni mucho menos “presentárnoslos” como tales y menos aún puede “presentarse” como un dios que en esencia… no es. Ello contraría su naturaleza. Lo único que consigue ser en verdad en relación con la divinidad, es “presentarse como la mona de Dios” y re-cubrir con toda la malicia que le es posible y permitida hacer, estos engaños urdidos para nuestro extravío y posterior condena.
Profundizando esta enseñanza evangélica, que hemos recibido de nuestro Divino Salvador; podemos asegurar que en ella no solo se nos conmina a ser consecuentes, a ser fieles soldados de Cristo en el combate al demonio que profesamos en nuestra promesa bautismal y que en nuestra confirmación renovamos con un asentimiento de pleno conocimiento. Además, se nos asegura en estas palabras divinas que en este combate no cabe una tercera posición entre Dios y el demonio; que toda la vida moral se resuelve por medio de las categorías binarias de bien y mal; que entre estas categorías no media ninguna otra categoría moral o valórica conocida o por conocer, sino que simplemente media una “posición” y que cuando ésta sea “tibia” (indiferente, escéptica y relativa), merecerá ser “escupida” por nuestro mismo Señor Jesucristo.
Y aquí insistimos en el carácter que es propio de las ideas en general y las religiosas en específico: cuando éstas se exteriorizan y se hacen “símbolo” no existe la in-intención, ni la neutralidad en ellas. Todo símbolo, que es la exteriorización gráfica de una idea, de un valor, tiene innegablemente la intención y el fin que son propios de ese fin y de esa idea. La neutralidad, por tanto, no existe en las expresiones ideográficas, aunque sus manifestaciones se desenvuelvan aparentemente en áreas ajenas a la idea y al fin que los inspiran. Verbi gracia, la música, la moda y el diseño en el vestuario, el cine, la pintura, la gráfica publicitaria, manuales y libros de educación, logos y emblemas de organismos políticos nacionales y supranacionales, etc. Por el contrario, la presencia y la reiteración del símbolo demonológico en todas estas áreas disímiles que constituyen medios de difusión masiva, no son más que, en primer lugar, una forma de marcar presencia “ideológica hegemónica” y territorio “conquistado”; y en segundo lugar, indican que se está gestando un proceso por medio del cual se van modificando las categorías culturales vigentes —en el sentido de reemplazo y modificación de los valores e ideas que las sustentan— por otros que no sólo le son antagónicos, sino que, además, en este mismo proceso de reestructuración dan cuenta de la creación de un nuevo orden social, político, cultural y moral y de nuevas estructuras de poder que los divulgan y los sostienen.
Por otro lado, en lo que se refiere a los seres y las cosas de cuantas pueblan el mundo, todos poseen un valor simbólico y con ellos el hombre construye “relaciones” e “identidades”. Los primeros cristianos, en las épocas de las persecuciones y las catacumbas, por ejemplo, sabían perfectamente qué significaba “ICTUS”, y a qué “Ser” “identificaba” el “pez”. Y sus perseguidores, por su parte, también conocían este símbolo y sabían a “quienes identificaba”, y a qué “doctrina religiosa” hacía referencia este “pez”. En contraparte, ¿sabemos los cristianos de hoy qué significa una espiral y a quien identifica…? ¿Sabemos qué significan las manos abiertas y qué representan…? ¿Sabemos qué significa la estrella roja, en posición normal e invertida… esta estrella roja que es el símbolo por antonomasia del siglo que acaba de fenecer? ¿Sabemos qué significan en sentido espiritual inverso, los colores rojo, azul y amarillo, juntos y cada uno por separado, qué representan y a quién identifican…?
Mencionamos el ejemplo del “pez” y las inquietudes “simbólicas” señaladas, para poder situarnos bien posicionados “cristianamente” en este “nuestro tiempo” ante la siguiente cardinal pregunta… ¿Cómo abordar exitosamente entonces, y desde qué aristas el problema de la decodificación simbólica de la presencia demoníaca, que en la contingencia de esta realidad a nosotros se nos figura que nos asfixia? No es precisamente tratando de convencer sobre la existencia del demonio. Esto es algo que no tiene lógica en un mundo que no cree en Dios. Porque debemos reconocer, que a la negación de la existencia de DIOS Y SUS DERECHOS, corre aparejada la negación de la presencia del DEMONIO Y SUS “CO-INSPIRACIONES”. Presencia demonológica además, que en la historia y en el desarrollo de la humanidad, nunca ha sido más patente que en este último siglo en donde precisamente más manifestaciones posee, y continúa agudizada enormemente en este nuevo siglo que comienza. En la entrevista al Padre Amorth en la primera parte de este trabajo, está expuesto y demostrado con mayor autoridad este hecho indiscutible.
Por otro lado, la respuesta a esta interrogante que hemos bosquejado, nos obliga a la implementación de un método analítico que nos conduzca satisfactoriamente por los múltiples vericuetos de la interpretación de los símbolos. Pero antes de desarrollar los pasos constitutivos de esta metodología, desarrollemos unas últimas puntualizaciones que vienen a ser el fundamento del trasfondo que justifica y explica la simbología ideológico-demonológica, y la naturaleza del conflicto que en verdad subyace tras esta simbología.
Hemos señalado que los símbolos de las ideas, de cuya “conceptualización” son una expresión gráfica, no son nunca neutros, que no carecen nunca de una intención y fin correlativos a la idea y el valor que los inscribe en esta aprehensión y conceptualización que hacemos de la realidad para tratar de llegar a conocer y entender las esencias de los factores que la componen. “Esencias que por ser de naturalezas y formas y poseer valores, significados y sentidos distintos y que además interactúan en planos diversos —y que se manifiestan además, en dimensiones y niveles variados— dan cuenta de una realidad de suyo compleja y dinámica que cambia y resiste al ser humano”. No obstante, para el hombre es un deber el tratar de comprender esta compleja realidad —que nosotros abordamos a partir de lo simbólico-ideológico— que se impone como un desafío que es posible superar no solo a partir del uso correcto de sus cualidades y atributos intelectuales, sino además, con el fin de vivir la vida plena, responsable y “conscientemente” por medio del esclarecimiento del bien y la verdad, para poder luego “asentirlos” y poseerlos como alimento de perfección de su ser y reconocerlos como elementos constitutivos del significado, sentido y fin de la vida que nos fue dado vivir.
En este sentido podemos asegurar que las premisas para llegar a conocer la verdad, demostrarla y asumirla, son invariablemente las mismas, sea para un cristiano, un musulmán o un satanista. No significa esto sin embargo, que en relación al origen, naturaleza y destino del hombre, lo que cree un musulmán o un satanista, sea tan válido y legítimo como lo que cree un católico. Sino que en primer lugar, puesto que la fuente causal de la vida se explica solo y únicamente por la trascendencia o la inmanencia y siendo además el conocimiento humano indirecto-sensible y no directo-intuitivo, deben andar todos el mismo camino metodológico de las pruebas y el argumento necesarios, para demostrar que el origen de la vida es inmanente o trascendente. En segundo lugar, después de que el hombre ha llegado por la filosofía a la causa primera de las cosas que no es otra que Dios, tropieza con el “misterio” de la vida sobrenatural que es por “accidente” lo que completa y perfecciona la realidad que escapa a su intelecto. Y aquí viene en su auxilio “la fe”. Pero no es cualquier fe. Es la FE REVELADA POR EL MISMO DIOS. Y si lo natural se explica por lo sobrenatural, lo sobrenatural se explica, se afirma, se valida a si mismo… por el milagro, que es la manera que tiene Dios de afirmar la verdad. En efecto, la doctrina católica nos enseña tres cosas fundamentales: A) las verdades que debemos creer y que son necesarias para nuestra salvación; B) la moral que debemos practicar de acuerdo a esas verdades; y C) el culto, que es el homenaje de adoración pública que se la debe tributar a Dios. Pues bien, no existe ninguna religión que en estos tres puntos que hemos señalado, más que la católica, pueda exhibir no solo el milagro como prueba de su “legitimidad verdadera” como nexo espiritual con el Creador, sino que este mismo milagro lo pueda demostrar en forma ininterrumpida desde la friolera de tiempo de ¡DOS MILENIOS! Como ocurre con la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana (preconciliar, se entiende).
De esta manera, lo que modifica el resultado final y preciso, concreta y constriñe la verdad en función a una definición satisfactoria (trascendente o inmanente) sobre el origen, naturaleza, forma y finalidad de las cosas que pueblan el mundo y los seres que lo habitan, está en dilucidar si las pruebas y el argumento elaborados, se condicen con las relaciones que la naturaleza de las cosas y los seres deben tener, con las leyes de las verdades lógicas y ontológicas. Estos son los pilares inamovibles sobre los cuales descansa para el hombre la verdad; por eso, cuando se ha establecido cuál es la naturaleza de aquello que verdaderamente perfecciona al ser humano, ese criterio moral siempre será objetivo y fijo y no subjetivo y movible. Se transforma, además, en un bien “apetecible” para nuestra voluntad, que informada por nuestro entendimiento, no solo lo desea, sino que también lo ama. Porque quiéranlo o no, los ateos, escépticos, relativistas y revolucionarios todos —energúmenos de la irracionalidad—, la naturaleza de los seres y específicamente la del hombre, no cambia, aunque cambie infinidad de veces el medio social donde se desarrolla a través del tiempo. Y los objetos materiales jamás serán los “complementos” de perfección de su naturaleza, puesto que si así fuera, su fin último no sería distinto al de la mismísima materia; estrictamente serán per saecula saeculorum, meros instrumentos puestos al servicio de su perfectibilidad.
Y como lo bueno, justo y verdadero que perfecciona al hombre viene y solo puede venir de Dios, “No hay duda alguna que creer erróneamente en el Dios verdadero viene a coincidir estrictamente con no creer en Él. Porque se trata de un punto demasiado delicado para venir a expresarlo con término vagos e imprecisos”.
Pero el meollo en sí de la cuestión religiosa, del intento de acabar con la fe en lo sobrenatural, no es el hecho simple de la creencia en Dios, o en el Dios hecho a la medida de cualquier religión, fuera de la cristiana católica. Porque el ataque a las otras denominaciones religiosas, es un efecto secundario. La realidad indesmentible de todas las revoluciones políticas, desde la revolución madre: la francesa, hasta la presente neosocialista, que han encubierto su programa demonológico de destrucción de la religión con una careta de doctrina ideológica, es que sus ataques directos, una vez consolidada una cuota de poder, han sido y son, en primer lugar, ataques inmisericordes a la Iglesia Católica Apostólica Romana. El resto cae por arrastre. Y es una sola la circunstancia que explica el hecho de que todos los dardos apunten primero a Ella; al Cuerpo Místico de Cristo. Y es por la inefable verdad de que “los católicos no somos exclusivamente humanos. Somos, además, hijos de Dios; pero no lo somos por creación sino por adopción. Y esta adopción debe ser calificada, en cierto modo, de creadora; porque, lejos de ocurrir en ella lo que sucede en toda adopción verificada por los hombres —en la que Dios ha hecho de nosotros—, no se presuponen cualidades sino que es esa adopción misma la que las produce en quienes somos ya, por creación, imágenes de Dios. Es nuestro Padre Celestial el que imprime en nosotros aquella condición fundamental que nos hace participar de su vida intrínseca divina. No otra cosa es la gracia que se llama santificante o deiformante”. Y puesto que “somos imágenes de Dios por creación e hijos de Dios por adopción (…) es en esta condición (y solo en y por ella) es que trascendemos irreductiblemente todos, absolutamente todos, los poderes de la tierra”.
Conscientes de esta verdad gloriosa para el hombre, los “poderes de esta tierra” aliados a esos “poderes de tinieblas, a esas huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales”, comandadas por el demonio, se entiende que los golpes más bestiales de la revolución sean siempre hacia los católicos. La envidia y el odio corroen al demonio, sin lugar a dudas, puesto que para él ya no hay manera de volver al cielo, de volver a contemplar con amor y devoción al Creador, de “participar” de la vida divina, como sí lo puede hacer el hombre… por la “gracia deiformante”.
¡Que la escuela sea laica! ¡Que el Estado no tenga ningún vínculo con la Iglesia! ¡Que desaparezcan los días festivos religiosos y sean reemplazados por los derechos de la tierra, del hombre, de la mujer, de los animales! ¡Que se cierren las Iglesias! ¡Y si no se pueden cerrar por ahora, que el dogma, que el rito, que el sacramento, desaparezcan para que una religión natural conformada “por el legado espiritual del hombre inherente a todas las culturas desde siempre”, no permita que el agua bendita escurra sobre la pura e inocente cabecita de los niños, para que no “entren” de esta forma, por el “bautizo de agua y de fuego del Espíritu Santo”, a formar parte del cuerpo místico de aquel que derrotó con su Pasión y Muerte, de una vez para siempre, al demonio y al infierno, al pecado y a la muerte!
Por último, la cúspide de estas abstracciones del pensamiento filosófico, sobre el origen del hombre y del mundo, nos lleva a aceptar aquello que si bien las solas fuerzas de nuestro entendimiento pueden llegar a conocer y demostrar que existe un Dios creador y sostenedor de todo lo que existe, la “luz de la fe revelada” por su parte, viene en nuestra ayuda y nos señala que el motivo de nuestra imperfección, no es otro que nuestra “caída primigenia” inspirada por el DEMONIO, “EL MENTIROSO DESDE EL PRINCIPIO” y que hemos venido al mundo para conocer, amar y servir a ese Dios que, si bien no se nos manifiesta claramente en el orden natural en toda su dimensión teológica como consecuencia del “pecado original”, sí se nos descubre en toda su plenitud espiritual en el orden de lo sobrenatural “revelado”, que nos hace concebir la legitima esperanza y deseo del más allá celestial, en donde después de nuestro tránsito por este valle de lágrimas y mediante la ayuda de “su gracia deiformante”, lo podremos poseer como fuente de vida eterna y remedio a nuestros males y complemento divino de nuestras imperfecciones. Y ante el cual compareceremos y Él se nos manifestará, como juez justo de nuestras acciones… para premio o castigo eterno.
Llegados a este punto, debemos señalar que todo lo dicho hasta ahora, lo es para afirmar concluyentemente que la religión lo es todo. Y esta verdad la aceptan inclusive los máximos enemigos de la única y verdadera religión. Nos referimos a todos esos “ismos” sea cual sea la “capilla” a la que pertenecen, porque lo que los acusa es la unidad en su “confesionalidad” de ser anticristianas a lo largo de los últimos dos siglos, puesto que para destruir el orden cristiano han nacido “CO-INSPIRADAS” EN SUS TEORIAS Y SUS SÍMBOLOS: jacobismo, constitucionalismo, republicanismo, parlamentarismo, comunismo, marxismo, socialismo, liberalismo, anarquismo, anarco comunismo, feminismo, ecologismo, etc. Al respecto, políticamente hablando, y en relación con las pruebas de esta afirmación, no perderemos el tiempo detallando y describiendo lo que es universalmente conocido; salvo para, en síntesis, intercalarlo donde necesariamente representa el elemento eslabonado que explica una continuidad, o es el dispositivo ideológico que origina la determinada erupción que es la génesis de reacciones políticas “subversivas” posteriores y que en la formación de un “cuadro general” es necesario mencionar aquí, pero que más tarde retomaremos y desarrollaremos en el capítulo referido a la simbología demonológica y la política.
Es así que es posible, sin embargo, reconocer en la unidad doctrinaria de todas estas concepciones políticas mencionadas, la prueba escrita de su propio puño —“confesional teórica ideológica”— de su anticristianismo; y la más terrible: la “escrita con la sangre” de millones de seres humanos, y que muestran el fundamento de este anticristianismo: siguen e imitan al que primero se rebeló… pero también lo sirven, y trabajan por el “advenimiento de su reino”. De otra forma no se explica el por qué adoptan sus símbolos y pretenden construir un orden humano hecho a su medida.
Emmanuel Malynsky, en la década de los 30; en su obra “La Guerra Oculta” —que hoy ya no es tal— devela la real inspiración detrás de la “revolución mundial de la internacional roja”. Y respecto a este “inspirador” de los “inspiradores de la revolución y la subversión” señala que: “… si Satanás se rebeló, el primero en nombre de la libertad y de la igualdad respecto a Dios, ello no ha acaecido solo para no servir, SINO PARA SOMETER, sustituyéndose a la autoridad del Altísimo”.
Malynsky si bien es cierto comienza su análisis histórico-ideológico a partir de la revolución francesa, se encuentra apenas a menos de dos décadas de la revolución bolchevique para deducir esta relación entre la revolución y el demonio. Pero para nosotros, ha transcurrido casi una centuria desde que Malynsky hace esta lectura ideológica de su tiempo; y en consideración a todo lo acaecido en el transcurso de este periodo, nosotros podemos inferir desde “nuestro tiempo”, que quien se niega a ver la última dimensión de la guerra ideológica, que no es otra cosa que una guerra de espíritus… por la posesión de los espíritus para su salvación o condenación, debe al menos admitir —so pena de ser calificado además de ciego, como irracional— que existe una clara manifestación de esta lucha en el contenido, significado y fin que los símbolos traslucen en el proceso de identificación de los bandos contrarios, y en la “transgresión”, desacralización y desplazamiento de los mismos, CUANDO SON DE ORIGEN CRISTIANO, en ese afán por perturbar todo el orden sagrado y natural; y que la evolución de las ideas y los valores denominada “democrática” por todos estos “ismos” señalados, no es más que una inversión “DEMONOLÓGICA” de todos los valores de la personalidad humana, “hecha a semejanza de Dios”.
Es por esto que a esos, los tontos útiles de siempre —que para el caso son los de la posición “tibia”, que se han construido una divinidad a su medida, o creen que existe algo más allá pero en forma de “indefinición religiosa” o que por creer que al no pertenecer formalmente a las filas de las doctrinas políticas modernas, ya sean de izquierda roja o de derecha liberal, están y viven al margen de las concepciones metafísicas de estas— les podemos decir exactamente las mismas palabras que les dijo E. Malynsky casi cien años atrás: “Los imbéciles pueden gritar ya desde los techos que la religión es nada: la RELIGIÓN ES TODO Y LO DEMÁS SU CONSECUENCIA.”
Y este todo lo es a dos modos y en dos sentidos absolutamente verticales, donde nada… absolutamente nada… queda afuera. En primer modo y sentido, lo es divinamente. Desde arriba, desde el cielo y desde Dios, “formalmente” dentro de la religión, nos viene “la verdad revelada”, la gracia deiformante que nos perfecciona y eleva, el conocimiento del mundo sobrenatural que explica el orden natural. Y desde abajo, desde el mundo y desde el hombre, lo que sube no sólo es el homenaje de adoración a nuestro Creador; con este homenaje sube, además, lo que ha quedado fuera de la formalidad de la religión: “el mundo natural”, que al ser “sobre-naturalizado” por la acción del Verbo encarnado —esto es, al lograr la perfección que alcanza la materia al ser “sacramentada”— sube al cielo en las especies de pan y vino, y regresan a Dios formando parte del sacrificio supremo del Cordero inmolado por nuestra causa; y sólo Él puede agradar y satisfacer a Dios como expiación por nuestros pecados.
Esta verticalidad en las relaciones de Dios con el hombre y del hombre con Dios, y de Dios con el mundo y del mundo con Dios, indica además un orden y una posición de causa y efecto que no nos es dado bajo ninguna circunstancia el poder modificar… EN SENTIDO TAXATIVO DE PODER. Es decir, nosotros no tenemos ese poder de modificación, dado que no somos los creadores del mundo y los seres y tampoco somos los autores de las leyes que son propias de estos seres y del orden que los relaciona en una posición que determina su lugar en el mundo creado, su naturaleza y su valor. Esta verticalidad, que no es otra cosa más que una manifestación del mundo sobrenatural en su relación con el mundo natural, indica a las claras que así como es arriba… no es abajo; pero que lo que está abajo, se complementa y perfecciona sólo con lo que está arriba. Insistimos que esta verticalidad para nosotros no es posible modificarla… sólo transgredirla; aceptando, eso sí, las consecuencias graves de dicho acto impío, porque esa transgresión es simplemente una subversión, una “REBELIÓN” de lo creado contra su Creador.
Y en la naturaleza y origen de las ideas políticas, que son lo que a nosotros nos preocupa por ser precisamente histórica y consecuentemente las garantes del “reflejo de ese orden vertical de causa y efecto en la sociedad”, es sumamente importante tener en cuenta esta “verticalidad trascendente”, pues se ha transformado en un objetivo ideológico de primer orden, que al ser reemplazada por “una horizontalidad inmanente” nos ha significado vivir la última evolución de la misma —que es la más grave—, que consiste en la implementación ideológico-estratégica que de ella el “neosocialismo” está haciendo en la sociedad actual.
Ideológicamente el primer estadio histórico en donde fue combatida de raíz esta verticalidad, fue el “POR DERECHO DIVINO” aristocrático sobre el que descansaba toda autoridad; éste fue modificado “por los inmortales derechos de 1789” y su reemplazante fue “POR EL DERECHO DE LAS MAYORÍAS” democráticas, dando origen al ESTADO-NACIÓN como sustituto de fuente del poder, de la ley y de la autoridad en desmedro de Dios (primera horizontalidad inmanente). Esto fue profundizado, a su vez, por el “DERECHO DE LA COLECTIVIDAD” comunitaria (sovietizada) de 1917, dando origen al pueblo como fuente del poder, la ley y la autoridad (segunda horizontalidad inmanente). Y finalmente, con la caída de los socialismos reales en 1989 (esta es solo una fecha referencial, pues a partir de ella se exterioriza la culminación del proceso de renovación del socialismo) éste fue reemplazado por “LOS DERECHOS HUMANOS” en donde no solo ha desaparecido Dios, el Estado y la nación, sino que como última evolución, el hombre ha desaparecido ya en esencia, y EMPOREDADO en su “funcionalidad estructural” se ha transformado en la fuente de la autoridad, del poder… y del derecho (tercera horizontalidad inmanente).
Este empoderamiento en su “funcionalidad estructural” debe ser entendido como una autonomía del hombre, tan radical que lo hace revelarse incluso contra el orden natural, contra su propia naturaleza, como forma última de desobediencia y rebelión contra Dios; siendo el hombre además, en esta concepción materialista refinada, la mismísima perfección de la materia, de allí que la “humanización”, en sentido “genérico social: derechos humanos”, sea su máxima expresión. Por otro lado, el hombre es también un constructo social (producto de la sociedad) que nace y se justifica “en” y “por” la misma. Significa esto que no es “creado” sino “evolucionado” (por eso la legitimidad del aborto) y siendo la vida un constante fluir de energías por donde la materia “eterna e increada”´—entiéndase la vida humana también— fluye invariablemente, las esencias no existen como tal, sino sólo las formas “emanadas” —no creadas— en que esta energía material se exterioriza. Finalmente, esta “funcionalidad estructural” manifiesta, no los atributos específicos del hombre —que como tal, es decir, esencializado, no existe— sino que manifiesta todas las formas de “actuar” del mismo, de acuerdo a sus “posibilidades” de realización, que se corresponden a su vez con sus “funcionalidades”, PUES INSISTIMOS: EL HOMBRE YA NO TIENE… NI ES UNA ESENCIA, SINO QUE ES UNA ESTRUCTURA FUNCIONAL DETERMINADA, QUE LAS RELACIONES SOCIALES EN SU PERMANENTE MOVIMIENTO VAN “CONSTRUYENDO”. Esto es marxismo; es decir, neomarxismo puro.
Por ejemplo, en esta dialéctica neosocialista, el amor y la sexualidad dejan de estar definidas y constreñidas a la visión “religiosa-patriarcal-natural” que desde la “doctrina católica” se “impone” a la sociedad, la que a su vez acusa esta inspiración religiosa y las legaliza y las “desnaturaliza”. En esa dialéctica, la funcionalidad del sexo es el placer (no la maternidad que ya no es una “cualidad” sino una “posibilidad funcional” y por tanto, una elección) y este placer se consigue con el “sujeto” u “objeto” que lo puede realizar: varón, mujer, niño, animal; siendo heterosexual, transexual, homosexual, lésbico, etc. De esta forma se entienden “LOS DERECHOS SEXUALES REPRODUCTIVOS”, que traducido al español castizo, viene a significar derecho al aborto. Si alguien no ve aquí categorías espirituales demonológicas de “rebelión” en las relaciones antinaturales que niegan el principio bíblico de “creced y multiplicaos” y negadoras del atributo valórico humano de “dador” de vida traspasado por el Creador a su creatura, debemos decirle que la lógica tendencia sexual para estas aberraciones… es la PRÁCTICA SATÁNICA de la necrofilia; que junto a todas las otras perversiones mencionadas —que ya se cumplen diariamente, ALGUNAS LEGALIZADAS Y OTRAS EN DISCUCIÓN PARA LEGALIZAR— desde los años ochenta figura en la pornografía; no sólo en la “DURA”, sino en el comic pornográfico enfocado a la juventud.
Como último dato debemos recordar una vez más, a los que creen que esto es una exageración, que el año pasado, en la Argentina, LA ZOOFILIA apareció en un “comic a modo de manual de educación sexual” para los jóvenes en los colegios (financiado por la ONU). Y aunque el manual fue retirado, por la oposición de los padres —que obviamente no han sido educados en estas categorías sexuales-ideológicas “modernas libertarias”— su presencia es suficiente prueba de que todo lo que afirmamos es verdad. Y lo demostraremos más adelante, por la unión de estas ideas con los símbolos demonológicos, que es posible verificar en la divulgación de las mismas.
Por último, para ir cerrando este cuadro-reseña ideológico-espiritual, como matriz de justificación de la simbología demonológica, mucho tendríamos por decir y demostrar respecto a la evolución simbólica de estas ideas políticas desde la “revolución francesa” de 1789 hasta su heredera: la “renovación de la revolución socialista” del presente, que han conducido a la vida en sociedad, desde la desaparición de Dios como causa y creador, al desaparecimiento del hombre como creatura semejante a su creador. Y esta no sólo es una frase inspirada, puesto que desde Voltaire y su “Dios no existe, y si existe el hombre lo ha creado”, pasando por el “Dios ha muerto” de Nietzsche, se ha llegado a “EL HOMBRE HA MUERTO” de T. Adorno, intelectual representativo este último, de la Escuela de Frankfurt de los años 20 del siglo pasado, donde se comenzó a gestar la renovación del socialismo para hacerlo “asimilable” a la Europa Occidental cristiana, dando origen al “eurocomunismo”.
Sin embargo, a modo de síntesis con respecto a la evolución de la simbología demonológica que acompaña a la ideología (también demonológica) que en general origina y justifica el “proceso de la revolución mundial” de los últimos doscientos veintitantos años, podemos afirmar lo siguiente:
1.- La simbología que es manifiesta en la “declaración universal de los derechos del hombre” —por ejemplo, el gorro frigio, la antorcha, el sol, etc.— en primer lugar, está referida “sólo” a este hecho histórico y a lo que representa. En segundo lugar, constituye una expresión de los símbolos de la masonería —que si bien con el tiempo han venido a ser la afirmación de la inspiración ideológica y material que le cupo a esta misma en la revolución francesa— y no consiste más que en simbología expresada como parte de la estructura de la masonería, en el sentido de organización secreta, cerrada, de tipo “secta iniciática”. La expresión de estos símbolos, con ser, además, “reflejo” de una inspiración “cabalística hebraica”, son concebidos como parte de un conocimiento esotérico para elegidos, iniciados en ciertos conocimientos y destinados a ser como “portadores” de estos conocimientos “LUMINOSOS” (en el sentido “luciferino”), y consagrados a ser también los encargados de producir las transformaciones político-sociales destinadas a combatir el “oscurantismo” (cristianismo, por supuesto). Toda esta codificación no es apta para profanos, y por ende sus símbolos no son indicados para “toda” la sociedad en general. Esto, no obstante, no es impedimento para que esta “codificación ideológico-simbólica” la encontremos nuevamente en el siglo XX, pero ahora con una presencia exponencial distinta; en este, podríamos decir, nuevo “nivel” en que las mismas “ideas originarias” se han profundizado y los símbolos han evolucionado en su manifestación gráfica, relacionándolos, ahora sí, por una parte a la figura demonológica que en realidad las inspira; y por otra, siendo además diseñados para que toda la sociedad los asimile.
2.- El tránsito de esta simbología va desde la organización que la genera (la masonería), al objetivo político que desea alcanzar: la anulación del principio del “derecho divino” como fuente del poder político, la autoridad y el derecho. No media en este recorrido una interpretación del entorno del hombre, es decir, del mundo y de la materia, que no se agregarían sino hasta más tarde, cuando el progreso científico se haya desarrollado lo suficiente como para aportar al “pensamiento materialista” conceptos como el “evolucionismo”. Tampoco son expresión de las teorías del conocimiento y de doctrinas filosóficas que plantearán una nueva forma de concebir la realidad, como el positivismo, el idealismo, el empirismo, el existencialismo, etc. y sus “productos culturales” como el romanticismo, que profundizarán más tarde el racionalismo.
3.- Finalmente, las categorías ideológicas presentes en la revolución francesa, dan cuenta de elementos primarios en cuanto al concepto del hombre, el Estado y la sociedad, que, desde el gobierno “por el pueblo y para el pueblo” sin un origen divino para la autoridad, en una evolución deconstruccionista (esto es, de regresión o involución) hacia estadios pre-institucionales autoritarios formales de gobierno y pre-cristianos en cuanto a “religión-revelada” y concepción trascendente del hombre, han pasado al “autogobierno del hombre-ciudadano”; es decir, a la anulación del mismo Estado y de toda organización política formal como fuente del poder, la autoridad y el derecho, por ser una categoría todavía de “poder”, en donde la “explotación del hombre por él hombre” se da por la “representatividad” (esto es la delegación de poder) en la conformación formal del gobierno. Es así, que en este nuevo escenario político-ideológico —tal vez el último— el “rol” transitorio que le compete al Estado en el camino a su extinción, es de “facilitador” de las políticas públicas, que nacen además, en gran parte o al menos son inspiradas, no en el órgano legislativo estatal, sino en las organizaciones ciudadanas como lo son los movimientos sociales de toda laya. Movimientos sociales, por lo demás, que consecuentes con esta anulación de toda delegación de poder, no poseen ni líderes ni delegados… sino voceros, de lo que dichos movimientos en asamblea (comunitaria=soviet), “resuelven y deciden”. Aquí cae por su propio peso la calificación de “espontáneos” o “ajenos” a toda filiación político-ideológica que se hace de los “movimientos ciudadanos”. Basta leer algunos manuales de “autocrítica” del proceso de renovación del socialismo o del comunismo, para que encontremos el hilo ideológico conductor, entre estos movimientos ciudadanos “espontáneos” y la nueva dialéctica ideológica neosocialista: el deconstruccionismo.
Vemos aquí someramente, en el desarrollo histórico que hemos realizado de estos conceptos ideológicos, cómo se cierra el “circulo” de la rebelión. Si ésta comenzó con una negación de la autoridad Divina en el orden político, se ha ido profundizando a una negación de todo principio de autoridad humana, sea esta inherente a lo que es como su segunda naturaleza para él hombre: “lo social”, en el verdadero sentido y orden que esto significa: que lo social y la sociedad son consecuencias de la naturaleza del hombre y no su origen. De esta forma, esta insumisión es hacia todo lo que en la sociedad, cultural y moralmente, es “reflejo” de una “verticalidad trascendente” de la autoridad y orden divinos, sea por donde sea que éstos fluyan. La insumisión es entonces al Estado, a la religión, a la Iglesia, a la ley, a la propiedad, a la familia y… a los padres. O ya sea esa negación a lo que es congénito a la “esencia” propia y específica del hombre y el orden natural que lo determina ontológicamente en sus atributos, hábitos y tendencias; esto es, como “creación” y creatura de Dios hecha a su semejanza. En consecuencia, el hombre no nace ya “determinado” por su naturaleza y forma: no es hombre, ni mujer, ni está sujeto a la ley natural. De esta forma, ya no existe ningún absoluto anterior y superior al hombre que lo determina en su “ser”, salvo la materia misma y la “materia humanizada” como forma “superior” evolucionada de esta misma materia, como ya lo mencionamos.
Como lo señalamos en otra parte, se niega a Dios no solo en su esencia —por lo que es: Creador del hombre y principio sostenedor de todo lo que existe tal cual es, de acuerdo a como salió de sus manos—, sino que también se niega a Dios en sus obras. El hombre, entonces, ya no solo no cree en Dios “teológica y religiosamente” —negando la fe y la creencia en Él, (en la formalidad del dogma y el rito) como si no tuviera un “deber” con Él—, sino que actúa negando a Dios en “si mismo y por sí mismo” (en la formalidad constitutiva de su ser) como si no hubiese sido creado por Dios y para Dios; y como si no tuviera ninguna “relación” con Él.
Esta autonomía (empoderamiento) total del hombre como nunca se ha visto, ¿Es posible que se pueda advertir patentizada en un símbolo? ¿Y es posible que este símbolo, sea conectado con aquellos que en 1789 fueron el origen de esta rebelión ideológica y revolución política contra Dios, y que han terminado en la rebelión contra el hombre mismo?
¡Por supuesto que sí! Y esta conexión no es sólo una relación de similitud formal entre símbolos, sino que, en primer lugar, es un complemento de los mismos; y en segundo lugar es una relación de similitud ideológica, en donde la progresión del desarrollo de la idea, su valor, significado, sentido y finalidad (de naturaleza espiritual aunque expresada y unida a la forma política que la encarna) manifestada en un símbolo, es posible conectarla en su matriz originaria mediante el desarrollo que ha profundizado sus categorías ideológicas en todas sus posibilidades de realización, amplificándolas hasta su último estadio, conectándolas de esta forma con otro símbolo que expresa precisamente este último estadio. El origen del proceso ideológico (1789) y su símbolo, se reconocen y complementan en la etapa final del mismo proceso (1989) que también posee su símbolo.
¡He aquí el símbolo en cuestión!: ¡LAS MANOS! ¡Las manos como expresión del hombre creado a sí mismo, autoafirmado y autónomo! ¡Las manos que reflejan que todo está hecho y existe a la medida del hombre! ¡Las manos como expresión de libertad de un orden de cualquier tipo, y sobre todo… sobrenatural! ¡Las manos que señalan soberbiamente al cielo, del que todas las instituciones político-socio-culturales, tienen como origen y fin (alfa y omega impío) sólo al hombre! ¡Las manos luciferinas del “non serviam”, puesto que la única fuente del poder, la autoridad y el derecho es el hombre que se basta a sí mismo! ¡Símbolo por excelencia de los derechos del hombre y negativa rotunda de sus deberes para con Dios!
Veamos algunas imágenes para ilustrar la significación ideológico-demonológica del símbolo de las manos. Pero antes de presentar las siguientes imágenes, una palabra con respecto a los símbolos. La única ley que posee la interpretación simbólica, es que la interpretación del símbolo tiene validez sólo en el área que le compete… y punto. Es decir, que la alegoría como representación simbólica del “ser” que representa, debe ser entendida por lo que es: una sublimación de lo que interpreta. Lo demás, es pura subjetivación. Y que frente a un símbolo, sólo nos es dado hacer una pregunta… ¿Qué comunica? Y ante la subsecuente inquietud de ¿Cómo saber con certeza qué comunica…?, los hechos por donde transita reiteradamente el símbolo nos dicen objetivamente qué comunica.
La simbología ideológica que es tomada de las manos pre-históricas, debe ser entendida, precisamente, en el sentido histórico que tiene el periodo donde se origina: la época de la organización comunitaria primitiva tribal donde no existe ninguna organización política y religiosa que signifiquen medios de sometimiento del hombre por el hombre. El hombre en estado de inocencia salvaje (el “buen salvaje”) y de equivalencia (igualdad) frente a sus congéneres. El hombre vive sin ninguna estratificación de poder alguno, ya sea político o religioso, al cual delegar poder por medio de la representatividad (libertad). La comunidad lo es todo. El trabajo remunerado no existe y el desarrollo económico que se origina y permanece hasta épocas posteriores previas al desarrollo de la riqueza, es de subsistencia. Es “local y comunitario”. Como es así mismo la organización de la vida (fraternidad).
Las manos salvajes y las manos masonas: igualdad y fraternidad humana inmanente que nacen de la libertad y no del “ser” hombre-hijo de Dios.
Esta autonomía política (empoderamiento social y político), se plasma en las nuevas organizaciones de la renovación socialista. Organizaciones comunitarias de “poder local”, desde donde nace la “verdadera democracia”; donde la representatividad es “directa”; donde el poder es ejercido por el ciudadano en comunidad. Y no importa la naturaleza del movimiento social o que éste se califique de “independiente”; indefectiblemente se identifica con las manos: inmigración, feminismo, proaborto, organismos vecinales de seguridad “ciudadana”, (futuros tribunales populares) fundaciones, ongs, etc.
Humanismo, ecologismo y animalismo… identificados por igual con el símbolo de las manos:
Actualicemos ahora el “ojo luciferino-masónico” en los dos sentidos que señalamos. Primero, como reafirmación de la figura demonológica y como forma de su exteriorización ideológica para afirmar el proceso revolucionario.
Club luciferino con el “ojo” como símbolo de identidad
Autoproclamado medio de información “independiente” que considera al periodismo ciudadano, los derechos humanos y el activismo como medios fundamentales para contribuir a la “revolución social pacífica”:
Famosa ONG de derechos humanos “organismo no gubernamental-estatal”, en el sentido de “apolítico”, “autónomo” e “independiente” y “supranacional” (o tal vez sería mejor decir: MUNDIAL):
Finalmente, para no adelantar la convergencia simbólica que trataremos más adelante, mostramos sólo dos ejemplos donde aparece el “ojo luciferino-masónico y la mano que es su complemento y culminación revolucionaria”.
Autonomía y rebeldía contra Dios, contra el orden natural, contra la Nación, contra el Estado y toda representación política. Desde la organización en asambleas “locales” a la asamblea continental. Sin patria, sin Estado, sin “símbolos nacionales y nominales”; sólo “ciudadanía mundial”.
Finalmente lo que queda claro… y absolutamente claro, al seguir la evolución de los sistemas políticos de pensamiento —que desde la revolución francesa al neosocialismo han transformado todo el sistema político que organiza la vida social e institucional, íntimamente relacionados, además, con la irremediable pérdida de las categorías trascendentales del pensamiento metafísico, por medio de las cuales es posible conocer y aprehender verdaderamente en forma “realista” y “sobrenatural” al hombre y el mundo, de acuerdo a sus naturalezas, que es como fueron creados y son sostenidos por Dios— es que no son más que el reflejo de la apostasía del intelecto humano que se ha revelado contra todo orden, toda autoridad y contra sí mismo en una forma “directa” de rebelión de lo “natural” contra Dios complementando de esta forma lo que le falta a la otra apostasía… la de la fe; que es, a su vez, la rebelión “directa” de lo “sobrenatural” contra Dios. Decodificar, por tanto, la simbología demonológica moderna, no es otra cosa más que demostrar y actualizar el papel que el demonio juega en nuestro tiempo en la pugna por el dominio del mundo y de nuestras almas. La interpretación de esta simbología pone de manifiesto: primero, la dimensión espiritual del problema del demonio en la intervención que le concierne en nuestro destino final; y en segundo lugar, pone en evidencia la dimensión ideológico-revolucionaria del dominio del mundo como medio de entronización del mismo como “pseudo-dios”, y como campo de batalla decisiva para la conquista de las almas para Cristo… o para él. Eh aquí las dos dimensiones del único y verdadero conflicto que subyace bajo la simbología demonológica moderna y en el proceso de renovación de la revolución socialista, que no es más que la RENOVACIÓN DE LA REBELIÓN LUCIFERIANA… POR OTROS MEDIOS… Y CUYOS SÍMBOLOS SON LOS SIGNOS DE ESTOS… NUESTROS TIEMPOS.



















