MONSEÑOR STRAUBINGER REIVINDICADO

VOLO, SPERO ET AUTEM EXTENDAM
(VIII)
Voy concluyendo con la labor que me inspirara el sitio SPES (¡Gracias, Profesor Carlos Nougué!), analizando los textos que me quedaran, de aquellas dos notas al versículo 6 del capítulo XX del Apocalipsis que insertara por primera vez en la IIIª entrega de esta serie. Comparo ahora los párrafos 5) de ambas:
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NOTA 1946 5) Fillion, citando a Vigouroux, observa que es éste uno de los lugares más obscuros de la revelación misteriosa hecha a San Juan y agrega: «Después de haber leído páginas muy numerosas sobre estas líneas, no creemos que sea posible dar sobre ellas una explicación enteramente satisfactoria.» |
NOTA 1948 5) Con el cual reinaron los mil años: Fillion dice a este respecto: «Después de haber leído paginas muy numerosas sobre estas líneas, no creemos que sea posible dar acerca de ellas una explicación enteramente satisfactoria». |
Monseñor Straubinger, en las ediciones de 1948 en adelante, elimina la referencia que Fillion hace de Vigouroux, donde dicen ambos autores que «… es éste uno de los lugares más obscuros de la revelación misteriosa hecha a San Juan,… «.
Pero queda aquí también una locución que se mantiene inalterada: «Después de haber leído páginas muy numerosas sobre estas líneas, no creemos que sea posible dar sobre ellas una explicación enteramente satisfactoria«.
Estas frases las relaciono con dos párrafos de aquella nota de 1946 que tampoco aparecieron a partir de 1948; el que numeré 4):
«Sin embargo, quedan todavía muchos aspectos del problema sin solución.»
Y el numerado 6):
«No sería, pues, una actitud razonable, ni conforme a las enseñanzas del Sumo Pontífice, el mirar la declaración antes referida como un motivo de retraimiento en el estudio de las profecías escatológicas de la Biblia, sino que, por el contrario, como dice Pío XII, deben redoblarse tanto más los esfuerzos cuanto más intrincadas aparezcan las cuestiones, y especialmente en tiempos como los actuales, que los Sumos Pontífices han comparado tantas veces con los anuncios apocalípticos (cfr. 3, 15 s. y nota), y en que las almas, necesitadas más que nunca de la palabra de Dios (cfr. Am. 8, 11 y nota), sienten la necesidad del misterio y buscan como por instinto refugiarse en los consuelos espirituales de las profecías divinas (cfr. Ecli. 39, 1), a falta de las cuales están expuestas a caer en las fáciles seducciones del espiritismo, de las sectas, la teosofía y toda clase de magia y ocultismo diabólico. Quien tiene participación en la primera resurrección, dicen Nácar Colunga, «que es este premio especial de los mártires, tiene asegurada la resurrección final, porque el Señor ha dicho: Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. ¿En qué consiste este reinado especial de los mártires con Cristo? A nuestro juicio, en lo que se halla simbolizado por la aureola de gloria de que la Iglesia rodea a los mártires, y los rodea sobre todo en los primeros siglos, en que sólo los mártires eran objeto de culto y de veneración. Entonces sólo ellos reinaban en la Iglesia con Cristo, y con Él regían la Iglesia, y este es el poder que a ellos se otorga.»
Aquí está clara la posición de Monseñor Straubinger frente al milenarismo:
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«Después de haber leído páginas muy numerosas sobre estas líneas, no creemos que sea posible dar sobre ellas una explicación enteramente satisfactoria.» O sea, en otras palabras, el milenarismo bíblico a la letra parece que no se puede enseñar con seguridad; no le hemos encontrado una explicación enteramente satisfactoria. Ni Vigouroux, ni Fillion, ni yo.
Esto porque:
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«… es éste uno de los lugares más obscuros de la revelación misteriosa hecha a San Juan,… «.
Y obviamente:
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«… quedan todavía muchos aspectos del problema sin solución.»
Frente a todo esto:
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«No sería, pues, una actitud razonable, ni conforme a las enseñanzas del Sumo Pontífice, el mirar la declaración antes referida [se refiere al Decreto del Santo Oficio] como un motivo de retraimiento en el estudio de las profecías escatológicas de la Biblia, sino que, por el contrario, como dice Pío XII, deben redoblarse tanto más los esfuerzos cuanto más intrincadas aparezcan las cuestiones,… «.
Por lo tanto, Profesor Carlos Nougué, no se trata de tirar por la borda «El sistema del milenarismo, aun el mitigado,… «, como decía la carta del Santo Oficio al Arzobispo de Santiago de Chile, tan equivocadamente, que con Pío XII se corrigió esta referencia, limitando la restricción sólo al llamado milenarismo mitigado.
O sea, no está restringida la enseñanza de toda clase de milenarismo, sino solamente la del mitigado. Paradójicamente, si no supiéramos lo que significa la Tradición de la Iglesia, se podría interpretar que el 21 de Julio de 1944, cuando salió el Decreto del Santo Oficio y aún hasta hoy en día, la Santa Iglesia Católica no condenó el milenarismo cerintiano (lea bien, lector), ni el judaizante.
Lo que no se puede dudar absolutamente, es que no existe condena ninguna contra el milenarista simplista (Reino Milenario sin la presencia de Cristo), ni el milenarismo bíblico en sus dos vertientes: La alegórica (desarrollada por San Agustín) y la literal.
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Veamos algunas cosas sobre lo que recuerda Monseñor Straubinger acerca de las enseñanzas de Pío XII (y del Magisterio, desde luego) con respecto a los estudios bíblicos; todos los destacados son míos:
Dijo el Papa León XIII, en la encíclica Providentissimus Deus, del 18 de Noviembre de 1893 (http://www.vatican.va/holy_father/leo_xiii/encyclicals/documents/hf_l-xiii_enc_18111893 providentissimus-deus_sp.html):
«11. Para confirmar nuestros argumentos y nuestras exhortaciones, queremos recordar que todos los hombres notables por la santidad de su vida y por su conocimiento de las cosas divinas, desde los principios de la religión cristiana, han cultivado siempre con asiduidad el estudio de las Sagradas Letras. Vemos que los discípulos más inmediatos de los apóstoles, entre los que citaremos a Clemente de Roma, a Ignacio de Antioquía, a Policarpo, a todos los apologistas, especialmente Justino e Ireneo, para sus cartas y sus libros, destinados ora a la defensa, ora a la propagación de los dogmas divinos, sacaron de las divinas Letras toda su fe, su fuerza y su piedad. En las escuelas catequéticas y teológicas que se fundaron en la jurisdicción de muchas sedes episcopales, y entre las que figuran como más célebres las de Alejandría y Antioquía, la enseñanza que en ellas se daba no consistía, por decirlo así, más que en la lectura, explicación y defensa de la palabra de Dios escrita. De estas aulas salieron la mayor parte de los Santos Padres y escritores, cuyos profundos estudios y notables obras se sucedieron durante tres siglos con tan grande abundancia, que este período fue llamado con razón la Edad de Oro de la exégesis bíblica.
«27. El profesor, fiel a las prescripciones de aquellos que nos precedieron, deberá emplear para esto la versión Vulgata, la cual el concilio Tridentino decretó que había de ser tenida «como auténtica en las lecturas públicas, en las discusiones, en las predicaciones y en las explicaciones» (Ses. 4 decr. de edit. et usu Libr. Sacr.), y la recomienda también la práctica cotidiana de la Iglesia. No queremos decir, sin embargo, que no se hayan de tener en cuenta las demás versiones que alabó y empleó la antigüedad cristiana, y sobre todo los textos primitivos. Pues si en lo que se refiere a los principales puntos el pensamiento del hebreo y del griego está suficientemente claro en estas palabras de la Vulgata, no obstante, si algún pasaje resulta ambiguo o menos claro en ella, «el recurso a la lengua precedente» será, siguiendo el consejo de San Agustín, utilísimo (De doct. christ. 3, 4). Claro es que será preciso proceder con mucha circunspección en esta tarea; pues el oficio «del comentador es exponer, no lo que él mismo piensa, sino lo que pensaba el autor cuyo texto explica» (S. Hier., Epist. 48 (al. 50) ad Pammachium 17).
«32. La autoridad de los Santos Padres, que después de los apóstoles «hicieron crecer a la Iglesia con sus esfuerzos de jardineros, constructores, pastores y nutricios» (S. Aug., C. Iulian. 2, 10, 37), es suprema cuando explican unánimemente un texto bíblico como perteneciente a la doctrina de la fe y de las costumbres; pues de su conformidad resulta claramente, según la doctrina católica, que dicha explicación ha sido recibida por tradición de los apóstoles. La opinión de estos mismos Padres es también muy estimable cuando tratan de estas cosas como doctores privados; pues no solamente su ciencia de la doctrina revelada y su conocimiento de muchas cosas de gran utilidad para interpretar los libros apostólicos los recomiendan, sino que Dios mismo ha prodigado los auxilios abundantes de sus luces a estos hombres notabilísimos por la santidad de su vida y por su celo por la verdad. Que el intérprete sepa, por lo tanto, que debe seguir sus pasos con respeto y aprovecharse de sus trabajos mediante una elección inteligente.
«33. No es preciso, sin embargo, creer que tiene cerrado el camino para no ir más lejos en sus pesquisas y en sus explicaciones cuando un motivo razonable exista para ello, con tal que siga religiosamente el sabio precepto dado por San Agustín: «No apartarse en nada del sentido literal y obvio, como no tenga alguna razón que le impida ajustarse a él o que haga necesario abandonarlo» (Cf. Clemen. Al., Strom. 7, 16; Orig., De princ, 4, 8; In Lev. hom. 4, 8; Tertull., De praescr. 15 s; S. Hilar., In Mt. 13, 1. 41); regla que debe observarse con tanta más firmeza cuanto existe un mayor peligro de engañarse en medio de tanto deseo de novedades y de tal libertad de opiniones. Procure asimismo no descuidar lo que los Santos Padres entendieron en sentido alegórico o parecido, sobre todo cuando este significado derive del sentido literal y se apoye en gran número de autoridades. La Iglesia ha recibido de los apóstoles este método de interpretación y lo ha aprobado con su ejemplo, como se ve en la liturgia; no que los Santos Padres hayan pretendido demostrar con ello propiamente los dogmas de la fe, sino que sabían por experiencia que este método era bueno para alimentar la virtud y la piedad.
«38. … Más arriba hemos mencionado las astucias de los enemigos y los múltiples medios que emplean en el ataque. Indiquemos ahora los procedimientos que deben utilizarse para la defensa.
«39. Uno de ellos es, en primer término, el estudio de las antiguas lenguas orientales y, al mismo tiempo, el de la ciencia que se llama crítica. Siendo estos dos conocimientos en el día de hoy muy apreciados y estimados, el clero que los posea con más o menos profundidad, según el país en que se encuentre y los hombres con quienes esté en relación, podrá mejor mantener su dignidad y cumplir con los deberes de su cargo, ya que debe hacerse todo para todos (Cf. 1 Cor 9, 22) y estar siempre pronto a satisfacer a todo aquel que le pida la razón de su esperanzas (Cf. 2 Pe 3, 15). Es, pues, necesario a los profesores de Sagrada Escritura, y conviene a los teólogos, conocer las lenguas en las que los libros canónicos fueron originariamente escritos por los autores sagrados; sería también excelente que los seminaristas cultivasen dichas lenguas, sobre todo aquellos que aspiran a los grados académicos en teología. Debe también procurarse que en todas las academias, como ya se ha hecho laudablemente en muchas, se establezcan cátedras donde se enseñen también las demás lenguas antiguas, sobre todo las semíticas, y las materias relacionadas con ellas, con vistas, sobre todo, a los jóvenes que se preparan para profesores de Sagradas Letras.
«43. Pero de que sea preciso defender vigorosamente la Santa Escritura no se sigue que sea necesario mantener igualmente todas las opiniones que cada uno de los Padres o de los intérpretes posteriores han sostenido al explicar estas mismas Escrituras; los cuales, al exponer los pasajes que tratan de cosas físicas, tal vez no han juzgado siempre según la verdad, hasta el punto de emitir ciertos principios que hoy no pueden ser aprobados. Por lo cual es preciso descubrir con cuidado en sus explicaciones aquello que dan como concerniente a la fe o como ligado con ella y aquello que afirman con consentimiento unánime; porque, «en las cosas que no son de necesidad de fe, los santos han podido tener pareceres diferentes, lo mismo que nosotros», según dice Santo Tomás (In 2 Sent. d. 2 q. l a. 3)… »
Y Pío XII dijo en su encíclica Divino Afflante Spiritu, del 30 de Septiembre de 1943, exactamente nueve meses y medio antes del Decreto de la Sagrada Congregación del Santo Oficio (http://www.vatican.va/holy_father/pius_xii/encyclicals/documents/hf_p-xii_enc_30091943 _divino-afflante-spiritu_sp.html):
«11. Todo esto que, no sin especial consejo de la providencia de Dios, ha conseguido esta nuestra época, invita en cierta manera y amonesta a los intérpretes de las Sagradas Letras a aprovecharse con denuedo de tanta abundancia de luz para examinar con más profundidad los divinos oráculos, ilustrarlos con más claridad y proponerlos con mayor lucidez. Y si con sumo consuelo en el alma vemos que los mismos intérpretes esforzadamente han obedecido ya y siguen obedeciendo a esta invitación ciertamente no es éste el último ni el menor fruto de las letras encíclicas Providentissimus Deus, con las que nuestro predecesor León XIII, como presagiando en su ánimo esta nueva floración de los estudios bíblicos, por una parte invita al trabajo a los exegetas católicos, y por otra les señaló sabiamente cuál era el modo y método de trabajar. Pero también Nos con estas letras encíclicas queremos conseguir que esta labor no solamente persevere con constancia, sino que cada día se perfeccione y resulte más fecunda, puesta sobre todo nuestra mira en mostrar a todos lo que resta por hacer y con qué espíritu debe hoy el exegeta católico emprender tan grande y excelso cargo, y en dar nuevo acicate y nuevo ánimo a los operarios que trabajan constantemente en la viña del Señor.
«12. Porque al exegeta pertenece andar como a caza, con sumo cuidado y veneración, aun de las cosas mínimas que, bajo la inspiración del divino Espíritu, brotaron de la pluma del hagiógrafo, a fin de penetrar su mente con más profundidad y plenitud. Procure, por lo tanto, con diligencia adquirir cada día mayor pericia en las lenguas bíblicas y aun en las demás orientales, y corrobore su interpretación con todos aquellos recursos que provienen de toda clase de filología. Lo cual, en verdad, lo procuró seguir solícitamente San Jerónimo, según los conocimientos de su época; y asimismo no pocos de los grandes intérpretes de los siglos XVI y XVII, aunque entonces el conocimiento de las lenguas fuese mucho menor que el de hoy, lo intentaron con infatigable esfuerzo y no mediocre fruto. De la misma manera conviene que se explique aquel mismo texto original que, escrito por el sagrado autor, tiene mayor autoridad y mayor peso que cualquiera versión, por buena que sea, ya antigua, ya moderna; lo cual puede, sin duda, hacerse con mayor facilidad y provecho si, respecto del mismo texto, se junta al mismo tiempo con el conocimiento de las lenguas una sólida pericia en el manejo de la crítica.
«13. Cuánta importancia se haya de atribuir a esta crítica, atinadamente lo advirtió San Agustín cuando, entre los preceptos que deben inculcarse al que estudia los sagrados libros, puso por primero de todos el cuidado de poseer un texto exacto. «En enmendar los códices —así el clarísimo Doctor de la Iglesia— debe ante todo estar alerta la vigilancia de aquellos que desean conocer las Escrituras divinas, para que los no enmendados cedan su puesto a los enmendados» (De doct. christ. II 1: PL 34, 36). Ahora bien, hoy este arte, que lleva el nombre de crítica textual y que se emplea con gran loa y fruto en la edición de los escritos profanos, con justísimo derecho se ejercita también, por la reverencia debida a la divina palabra, en los libros sagrados. Porque por su mismo fin logra que se restituya a su ser el sagrado texto lo más perfectamente posible, se purifique de las depravaciones introducidas en él por la deficiencia de los amanuenses y se libre, cuanto se pueda, de las inversiones de palabras, repeticiones y otras faltas de la misma especie que suelen furtivamente introducirse en los libros transmitidos de uno en otro por muchos siglos. Y apenas es necesario advertir que esta crítica, que desde hace algunos decenios unos pocos han empleado absolutamente a su capricho, y no pocas veces de tal manera que pudiera decirse haberla los mismos usado para introducir en el sagrada texto sus opiniones prejuzgadas, hoy ha llegado a adquirir tal estabilidad y seguridad de leyes, que se ha convertido en un insigne instrumento para editar con más pureza y esmero la divina palabra, y fácilmente puede descubrirse cualquier abuso. Ni es preciso recordar aquí —ya que es cosa notoria y clara a todos los cultivadores de la Sagrada Escritura— en cuánta estima ha tenido la Iglesia ya desde los primeros siglos hasta nuestros días estos estudios del arte crítica. Así es que hoy, después que la disciplina de este arte ha llegado a tanta perfección, es un oficio honrado, aunque no siempre fácil, procurar por todos los medios que cuanto antes, por parte de los católicos, se preparen oportunamente ediciones, tanto de los sagrados libros como de las versiones antiguas, hechas conforme a estas normas, que junten, con una reverencia suma del sagrado texto, la escrupulosa observancia de todas las leyes críticas. Y ténganlo todos por bien sabido que este largo trabajo no solamente es necesario para penetrar bien los escritos dados por divina inspiración, sino que, además, es reclamado por la misma piedad, por la que debemos estar sumamente agradecidos a aquel Dios providentísimo, que desde el trono de su majestad nos envió estos libros a manera de cartas paternales como a propios hijos.
«14. Por lo cual, esta autoridad de la Vulgata en cosas doctrinales de ninguna manera prohíbe —antes por el contrario, hoy más bien exige— que esta misma doctrina se compruebe y confirme por los textos primitivos y que también sean a cada momento, invocados como auxiliares estos mismos textos, por los cuales dondequiera cada día más se patentice y exponga el recto sentido de las Sagradas Letras. Y ni aun siquiera prohíbe el decreto del concilio Tridentino que, para uso y provecho de los fieles de Cristo y para más fácil inteligencia de la divina palabra, se hagan versiones en las lenguas vulgares, y eso aun tomándolas de los textos originales, como ya en muchas regiones vemos que loablemente se ha hecho, aprobándolo la autoridad de la Iglesia.
«15. Armado egregiamente con el conocimiento de las lenguas antiguas y con los recursos del arte crítica, emprenda el exegeta católico aquel oficio que es el supremo entre todos los que se le imponen, a saber, el hallar y exponer el sentido genuino de los sagrados libros. Para el desempeño de esta obra tengan ante los ojos los intérpretes que, como la cosa principal de todas, han de procurar distinguir bien y determinar cuál es el sentido de las palabras bíblicas llamado literal. Sea este sentido literal de las palabras el que ellos averigüen con toda diligencia por medio del conocimiento de las lenguas, valiéndose del contexto y de la comparación con pasajes paralelos; a todo lo cual suele también apelarse en favor de la interpretación de los escritos profanos, para que aparezca en toda su luz la mente del autor.
«17. Una vez que hubieren dado tal interpretación, teológica ante todo, como hemos dicho, eficazmente obligarán a callar a los que, afirmando que en los comentarios bíblicos apenas hallan nada que eleve la mente a Dios, nutra el alma, promueva la vida interior, repiten que es preciso acudir a cierta interpretación espiritual, que ellos llaman mística. Cuán poco acertado sea este su modo de ver, lo enseña la misma experiencia de muchos, que, considerando y meditando una y otra vez la palabra de Dios, perfeccionaron sus almas y se sintieron movidos de vehemente amor a Dios; como también lo muestran a las claras la perpetua enseñanza de la Iglesia y las amonestaciones de los mayores doctores. Y no es que se excluya de la Sagrada Escritura todo sentido espiritual. Porque las cosas dichas o hechas en el Viejo Testamento de tal manera fueron sapientísimamente ordenadas y dispuestas por Dios, que las pasadas significaran anticipadamente las que en el nuevo pacto de gracia habían de verificarse. Por lo cual, el intérprete, así como debe hallar y exponer el sentido literal de las palabras que el hagiógrafo pretendiera y expresara, así también el espiritual, mientras conste legítimamente que fue dado por Dios. Ya que solamente Dios pudo conocer y revelarnos este sentido espiritual. Ahora bien, este sentido en los santos Evangelios nos lo indica y enseña el mismo divino Salvador; lo profesan también los apóstoles, de palabra y por escrito, imitando el ejemplo del Maestro; lo declara, por último, el uso antiquísimo de la liturgia, dondequiera que pueda rectamente aplicarse aquel conocido adagio: «La ley de orar es la ley de creer».
«18. Así pues, este sentido espiritual, intentado y ordenado por el mismo Dios, descúbranlo y propónganlo los exegetas católicas con aquella diligencia que la dignidad de la palabra divina reclama; mas tengan sumo cuidado en no proponer como sentido genuino de la Sagrada Escritura otros sentidos traslaticios. Porque aun cuando, principalmente en el desempeño del oficio de predicador, puede ser útil para ilustrar y recomendar las cosas de la fe cierto uso más amplio del sagrado texto según la significación traslaticia de las palabras, siempre que se haga con moderación y sobriedad, nunca, sin embargo, debe olvidarse que este uso de las palabras de la Sagrada Escritura le es como externo y añadido, y que, sobre todo hoy, no carece de peligro cuando los fieles, aquellos especialmente que están instruidos en los conocimientos tanto sagrados como profanos, buscan preferentemente lo que Dios en las Sagradas Letras nos da a entender, y no lo que el facundo orador o escritor expone empleando con cierta destreza las palabras de la Biblia. Ni tampoco aquella palabra de Dios viva y eficaz y más penetrante que espada de dos filos, y que llega hasta la división del alma y del espíritu y de las coyunturas y médulas, discernidora de los pensamientos y conceptos del corazón (Heb 4, 12), necesita de afeites o de acomodación humana para mover y sacudir los ánimos; porque las mismas sagradas páginas, redactadas bajo la inspiración divina, tienen por sí mismas abundante sentido genuino; enriquecidas por divina virtud, tienen fuerza propia; adornadas con soberana hermosura, brillan por sí mismas y resplandecen, con tal que sean por el intérprete tan íntegra y cuidadosamente explicadas, que se saquen a luz todos los tesoros de sabiduría y prudencia en ellas ocultos.
«19. En este desempeño podrá el exegeta católico egregiamente ayudarse del industrioso estudio de aquellas obras con las que los Santos Padres, los doctores de la Iglesia e ilustres intérpretes de los pasados tiempos, expusieron las Sagradas Letras. Porque ellos, aun cuando a veces estaban menos pertrechados de erudición profana y conocimiento de lenguas que los intérpretes de nuestra edad, sin embargo, en conformidad con el oficio que Dios les dio en la Iglesia, sobresalen por cierta suave perspicacia de las cosas celestes y admirable agudeza de entendimiento, con las que íntimamente penetran las profundidades de la divina palabra y ponen en evidencia todo cuanto puede conducir a la ilustración de la doctrina de Cristo y santidad de vida. Es ciertamente lamentable que tan preciosos tesoros de la antigüedad cristiana sean demasiado poco conocidos a muchos escritores de nuestros tiempos, y que tampoco los cultivadores de la historia de la exégesis hayan todavía llevado a término todo aquello que, para investigar con perfección y estimar en su punto cosa de tanta importancia, parece necesario. ¡Ojalá surjan muchos que, examinando con diligencia los autores y obras de la interpretación católica de las Escrituras y agotando, por decirlo así, las casi inmensas riquezas que aquéllos acumularon, contribuyan eficazmente a que, por un lado, aparezca más claro cada día cuán hondamente penetraron ellos e ilustraron la divina doctrina de los sagrados libros, y por otro, también los intérpretes actuales tomen ejemplo de ello y saquen oportunos argumentos. Pues así, por fin, se llegará a lograr la feliz y fecunda unión de la doctrina y espiritual suavidad de los antiguos en el decir con la mayor erudición y arte de los modernos, para producir, sin duda, nuevas frutos en el campo de las divinas Letras, nunca suficientemente cultivado, nunca exhausto.
«20. Hay, por fin, otros libros o sagradas textos cuyas dificultades ha descubierto precisamente la época moderna desde que por el conocimiento más profundo de la antigüedad han nacido nuevos problemas, que hacen penetrar con más exactitud en el asunto. Van, pues, fuera de la realidad algunos que, no penetrando bien las condiciones de la ciencia bíblica, dicen, sin más, que al exegeta católico de nuestros días no le queda nada que añadir a lo que ya produjo la antigüedad cristiana; cuando, por el contrario, estos nuestros tiempos han planteado tantos problemas, que exigen nueva investigación y nuevo examen y estimulan no poco al estudio activo del intérprete moderno.
«28. Nadie, con todo eso, se admire de que no se hayan todavía resuelto y vencido todas las dificultades, sino que aún hoy haya graves problemas que preocupan no poco los ánimos de los exegetas católicos. Y en este caso no hay que decaer de ánimo, ni se debe olvidar que en las disciplinas humanas no acontece de otra manera que en la naturaleza, a saber, que los comienzos van creciendo poco a poco y que no pueden recogerse los frutos sino después de muchos trabajos. Así ha sucedido que algunas disputas que en los tiempos anteriores se tenían sin solución y en suspenso, por fin en nuestra edad, con el progreso de los estudios, se han resuelto felizmente. Por lo cual tenemos esperanza de que aun aquellas que ahora parezcan sumamente enmarañadas y arduas lleguen por fin, con el constante esfuerzo, a quedar patentes en plena luz. Y si la deseada solución se retarda por largo tiempo y el éxito feliz no nos sonríe a nosotros, sino que acaso se relega a que lo alcancen los venideros, nadie por eso se incomode, siendo, como es, justo que también a nosotros nos toque lo que los Padres, y especialmente San Agustín (Cf. S. August., Epist. 149 ad Paulinum, n. 34 (PL 33, 644); De diversis quaestionibus q. 53 n. 2 [PL 33, 36]; Enarr. in Ps. 146 n. 12 [PL 37, 1907]), avisaron en su tiempo, a saber: que Dios con todo intento sembró de dificultades los sagrados libros, que El mismo inspiró, para que no sólo nos excitáramos con más intensidad a resolverlos y escudriñarlos, sino también, experimentando saludablemente los límites de nuestro ingenio, nos ejercitáramos en la debida humildad. No es, pues, nada de admirar si de una u otra cuestión no se haya de tener jamás respuesta completamente satisfactoria, siendo así que a veces se trata de cosas oscuras y demasiado lejanamente remotas de nuestro tiempo y de nuestra experiencia, y pudiendo también la exégesis, como las demás disciplinas más graves, tener sus secretos, que, inaccesibles a nuestros entendimientos, no pueden descubrirse con ningún esfuerzo.
«29. Con todo, en tal condición de cosas, el intérprete católico, movido por un amor eficaz y esforzado de su ciencia y sinceramente devoto a la santa Madre Iglesia, por nada debe cejar en su empeño de emprender una y otra vez las cuestiones difíciles no desenmarañadas todavía, no solamente para refutar lo que opongan los adversarios, sino para esforzarse en hallar una explicación sólida que, de una parte, concuerde fielmente con la doctrina de la Iglesia y expresamente con lo por ella enseñado acerca de la inmunidad de todo error en la Sagrada Escritura, y de otra satisfaga también debidamente a las conclusiones ciertas de las disciplinas profanas. Y por lo que hace a los conatos de estos esforzados operarios de la viña del Señor, recuerden todos los demás hijos de la Iglesia que no sólo se han de juzgar con equidad y justicia, sino también con suma caridad; los cuales, a la verdad, deben estar alejados de aquel espíritu poco prudente con el que se juzga que todo lo nuevo, por el solo hecho de serlo, deba ser impugnado o tenerse por sospechoso.
«30. Porque tengan, en primer término, ante los ojos que en las normas y leyes dadas por la Iglesia se trata de la doctrina de fe y costumbres, y que entre las muchas cosas que en los sagrados libros, legales, históricos, sapienciales y proféticos, se proponen, son solamente pocas aquellas cuyo sentido haya sido declarado por la autoridad de la Iglesia, ni son muchas aquellas sobre las que haya unánime consentimiento de los Padres. Quedan, pues, muchas, y ellas muy graves, en cuyo examen y exposición se puede y debe libremente ejercitar la agudeza y el ingenio de los intérpretes católicos, a fin de que cada uno, conforme a sus fuerzas, contribuya a la utilidad de todos, al adelanto cada día mayor de la doctrina sagrada y a la defensa y honor de la Iglesia. Esta verdadera libertad de los hijos de Dios, que retenga fielmente la doctrina de la Iglesia y, como don de Dios, reciba con gratitud y emplee todo cuanto aportare la ciencia profana, levantada y sustentada, eso sí, por el empeño de todos, es condición y fuente de todo fruto sincero y de todo sólido adelanto en la ciencia católica, como preclaramente lo amonesta nuestro antecesor, de feliz recordación, León XIII cuando dice: «Si no es con la conformidad de los ánimos y establecidos en firme los principios, no será posible esperar, de los esfuerzos aislados de muchos, grandes frutos en esta ciencia».
«31. Por lo cual la exposición exegética atienda principalmente a la parte teológica, evitando las disputas inútiles y omitiendo aquellas cosas que nutren más la curiosidad que la verdadera doctrina y piedad sólida; propongan el sentido llamado literal y, sobre todo, el teológico con tanta solidez, explíquenlo con tal competencia e incúlquenlo con tal ardor, que en cierto modo sus alumnos experimenten lo que los discípulos de Jesucristo que iban a Emaús, los cuales, después de oídas las palabras del Maestro, exclamaron: ¿No es cierto que nuestro corazón se abrasaba dentro de nosotros mientras nos descubría las Escrituras? (Lc 24, 32). De este modo, las divinas Letras sean para los futuros sacerdotes de la Iglesia, por un lado fuente pura y perenne de la vida espiritual de cada uno, y por otro, alimento y fuerza del sagrado cargo de predicar que han de tomar a su cuenta. Y, a la verdad, si esto llegaren a conseguir los profesores de esta gravísima asignatura en los seminarios, persuádanse con alegría que han contribuido en sumo grado a la salud de las almas, al adelanto de la causa católica, al honor y gloria de Dios, y que han llevado a término una obra la más íntimamente unida con el ministerio apostólico.»
Voy a tratar de sintetizar los principios exegéticos y apostólicos de estos dos documentos, en los pasajes que he seleccionado:
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Una guía segura para interpretar las Sagradas escrituras son los Padres apostólicos, en especial San Justino y San Ireneo. En sus escuelas leían, explicaban y defendían la Palabra de Dios, formando con sus enseñanzas a la mayor parte de los Santos Padres y escritores. (PD, 11).
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Sus estudios se multiplicaron durante tres siglos, la Edad de Oro de la exégesis bíblica (PD, 11).
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Su autoridad es suprema cuando explican unánimemente un texto bíblico como perteneciente a la doctrina de la fe y de las costumbres. Esa explicación ha sido recibida por tradición de los Apóstoles (PD 32).
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El intérprete sepa seguir sus pasos con respeto y aprovecharse de sus trabajos mediante una elección inteligente (PD 32). No deben descuidarse (o sea, no son obligatorias, pero deben tenérselas en cuenta) las explicaciones alegóricas de los Santos Padres, sobre todo cuando derivan del sentido literal y se apoyan en muchas autoridades, porque aunque no concluyen en los dogmas, son un buen método para la virtud y la piedad (PD 33).
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No está el camino cerrado para más pesquisas y explicaciones cuando un motivo razonable exista para ello, con tal de que se siga el sabio precepto de San Agustín: «No apartarse en nada del sentido literal y obvio, como no tenga alguna razón que le impida ajustarse a él o que haga necesario abandonarlo» (PD 33).
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Debe utilizarse la ciencia crítica (PD 39; DAE 12 y 13) [que el gran Balmes (Príncipe de la Apologética moderna, según Pío XII) proponía especificar así: «El pensar bien consiste, o en conocer la verdad o en dirigir el entendimiento por el camino que conduce a ella. La verdad es la realidad de las cosas. Cuando las conocemos como son en sí, alcanzamos la verdad, de otra suerte, caemos en error«]. Se deben examinar las Sagradas Escrituras con más profundidad, ilustrarlas con más claridad y proponerlas con mayor lucidez (DAE 11).
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Sin embargo, no es forzoso mantener todas las opiniones de los Santos Padres e intérpretes posteriores, cuando tratan de cosas del mundo físico; es preciso sí seguirlos cuando en las cosas que son de necesidad de fe, las afirman con consentimiento unánime (PD 43).
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El Magisterio incita a perseverar con constancia, para que esta labor se perfeccione y resulte más fecunda, puesta sobre todo la mira en mostrar lo que resta por hacer, con espíritu de exegeta católico, para dar nuevo acicate y nuevo ánimo a los operarios del Señor (DAE 11).
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Se encomia la minuciosidad en indagar lo que el Espíritu ha inspirado, a fin de penetrarlo con más profundidad y plenitud (DAE 12).
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El texto original tiene mayor peso y autoridad que toda versión, y debe ser estudiado con conocimiento de las lenguas originales (DAE 12 y 13); esta última es la especialización que ostentaba Monseñor Straubinger.
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No sólo conviene bien entender los textos originales, sino también volcarlos a versiones vernáculas (DAE 14); galardón del insigne exégeta alemán.
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Todo redunda en determinar el sentido literal —objeto de la mayor diligencia del estudioso— atendiendo principalmente el aspecto teológico; el sentido espiritual se debe exponer mientras conste que viene de Dios, único que puede revelarlo (DAE 15, 17 y 32).
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Se deben descartar como genuinos otros sentidos traslaticios, por ser externos a las Sagradas Escrituras, como un agregado; el sentido propio de los Libros Sagrados es abundante en sabiduría y prudencia (DAE 18).
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Es lamentable que se deje de lado el tesoro de los Santos Padres: La Edad de Oro de la exégesis bíblica (DAE 19; PD 11).
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No se debe abandonar el estudio de las Sagradas Escrituras, que exigen siempre nueva investigación, nuevo examen y estudio activo, sobre todo del intérprete moderno, para hallar explicaciones sólidas y acordes con la doctrina, empeñándose en las cuestiones difíciles no desenmarañadas todavía; no todo lo nuevo, por el sólo hecho de serlo, es pasible de sospecha (DAE 20 y 29).
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No hay que desanimarse frente a dificultades no resueltas, esperando frutos luego de arduo trabajo; Dios ha sembrado de dificultades las Sagradas Escrituras, para estimular nuestro ingenio frente a cosas oscuras y remotas (DAE 28 y 30).
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Pocas son las cosas cuyo sentido haya sido definido por la Iglesia, y pocas también las que los Santos Padres han comentado en forma unánime, por lo que en el caso del Reino Milenario, habiendo sido dejado de lado el consentimiento patrístico universal, o nunca habiéndose observado, es de esas cosas que incitan a un mayor estudio y reflexión (PD 43 y DAE 30).
Es fácil así de advertir, que sobre cuestiones que aún no han sido definidas ni cerradas por la Divina Revelación o el Magisterio, «No sería, pues, una actitud razonable, ni conforme a las enseñanzas del Sumo Pontífice, el mirar la declaración antes referida [el Decreto del Santo Oficio] como un motivo de retraimiento en el estudio de las profecías escatológicas de la Biblia, sino que, por el contrario, como dice Pío XII, deben redoblarse tanto más los esfuerzos cuanto más intrincadas aparezcan las cuestiones,… «, como dijo Monseñor Straubinger en 1946.
Tal cual se vio en el punto G) anterior, es menester analizar cómo fue el consentimiento de los Padres apostólicos con respecto al Reino Milenario y sus características; así se advierte que el pensamiento era casi unánime sobre este delicado asunto, al punto de que San Ireneo lo consideraba una «verdad de fe tan cierta como la existencia de Dios y la resurrección de la carne» (Nota de 1946). Al tiempo que se cambia de criterio (San Agustín), se abandona aquella posición de la Edad de Oro de la exégesis bíblica; pero no por negarse la realidad de esa revelación, sino por el abuso con que la deformaron los milenaristas carnales.
Redoblemos, pues, los esfuerzos, para ir desentrañando estas Palabras Divinas y colaborar a la sana dilucidación de pasajes que, aunque oscuros y a veces con apariencia de impenetrables, no dejan de ser las sabias comunicaciones del Creador, que además de no engañar ni engañarse, no tiene la intención de cerrarnos las Sagradas Escrituras, sino que las va abriendo poco a poco, según los tiempos oportunos y la disposición de los que las escudriñan.
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Continúa el exégeta teutón:
«… especialmente en tiempos como los actuales, que los Sumos Pontífices han comparado tantas veces con los anuncios apocalípticos (cfr. III, 15 y siguiente, y nota), y en que las almas, necesitadas más que nunca de la palabra de Dios (cfr. Amos VIII, 11 y nota), sienten la necesidad del misterio y buscan como por instinto refugiarse en los consuelos espirituales de las profecías divinas (cfr. Eclesiástico XXXIX, 1), a falta de las cuales están expuestas a caer en las fáciles seducciones del espiritismo, de las sectas, la teosofía y toda clase de magia y ocultismo diabólico.»
Hay un error en la primera cita de Monseñor Straubinger, del mismo modo en que yerra al glosar el referido versículo 15 del capítulo III: Esta última cita invoca la Encíclica de Pío XII Summi Pontificatus, del 20 de Octubre de 1939, poco más de medio año después de iniciado el pontificado del Pastor Angélico. Pero la Encíclica no cita el versículo 15 ni el siguiente, sino el 17 de ese mismo capítulo: «Pues tú dices: «Yo soy rico, yo me he enriquecido, de nada tengo necesidad», y no sabes que tú eres desdichado y miserable y mendigo y ciego y desnudo«, según la traducción del propio Monseñor Straubinger.
La encíclica dice así:
«De la propagación y del arraigo cada día mayor del culto al Sagrado Corazón de Jesús —derivados no sólo de la consagración del género humano, hecha al declinar el pasado siglo, sino también de la institución de la fiesta de Jesucristo Rey, creada por nuestro inmediato predecesor— han brotado innumerables bienes para los fieles como un impetuoso río que alegra la ciudad de Dios (Salmo XLV, 5) ¿Qué época ha tenido mayor necesidad de estos bienes que la nuestra? ¿Qué época más que la nuestra, a pesar de los progresos de toda clase que ha producido en el orden técnico y puramente exterior, ha sufrido un vacío interior tan crecido y una indigencia espiritual tan íntima? ¿No se le puede aplicar con exactitud la palabra aleccionadora del Apocalipsis: «Dices: Rico soy y opulento y de nada necesito, y no sabes que eres mísero, miserable, pobre, ciego y desnudo»? (Apocalipsis III, 17).«
Sin perjuicio de la corrección indicada, de todas maneras Pío XII identifica nuestra época con los tiempos apocalípticos, que es lo que quiso señalar Monseñor Straubinger.
El versículo 11 del capítulo III del profeta Amos continúa la profecía en el siguiente, de este modo:
«11He aquí que vienen días, dice Yahvé, el Señor, en que enviaré hambre sobre la tierra; no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír las palabras de Yahvé.
12Andarán errantes de mar a mar, y discurrirán del norte al oriente, en busca de la palabra de Yahvé, mas no la hallarán.»
Y si estamos tan sedientos de La Palabra de Dios —lo que es muchísimo más evidente en esta época que en 1939— indudablemente es una falta de caridad y de piedad cristiana, nada razonable por cierto, retraerse en el estudio de las profecías escatológicas de la Biblia, sin esforzarse redobladamente cuanto más intrincadas aparezcan las cuestiones. Eso es lo que declaró el Magisterio Romano en las dos encíclicas que he resumido más arriba.
La última cita que despliega en ese fragmento Monseñor Straubinger, del Libro del Eclesiástico, inicia un capítulo que el exégeta alemán titula: «El verdadero sabio», y que da sosiego y embeleso espiritual al leerlo, lo que recomiendo; al efecto de lo que comento, transcribo los tres primeros versículos:
«1El sabio indagará la sabiduría de todos los antiguos, y hará estudio de los profetas.
2Recogerá las explicaciones de los varones ilustres, y penetrará asimismo las agudezas de las parábolas.
3Sacará el sentido oculto de los proverbios, y se ocupará en lo misterioso de las parábolas.»
Aunque el libro profético no lo expresa concretamente, todo el capítulo es una exhortación a emplear la sabiduría que Dios da a cada uno, empeñándola en discernir las Palabras Divinas para alabar a Nuestro Señor, tal como finaliza el capítulo:
«40No hay que decir: esto es peor que aquello; pues se verá que todas las cosas serán aprobadas a su tiempo.
41Y ahora con todo el corazón, y a boca llena alabad a una, y bendecid el nombre del Señor.»
Sinceramente, interpreto que el Escritor Sagrado se dirige al Profesor Carlos Nougué cuando se expresa de esta manera, no sólo a modo de acicate, sino como una advertencia conminatoria. Del mismo modo parece manifestarse Monseñor Straubinger, cuando advierte que el abandono de esta celestial faena nos deja expuestos «… a caer en las fáciles seducciones del espiritismo, de las sectas, la teosofía y toda clase de magia y ocultismo diabólico«, como lo previene San Pablo en el fragmento de la primera Carta a Timoteo (IV, 3-4) tan aplicable a nuestra época:
«Porque vendrá el tiempo en que no soportarán más la sana doctrina, antes bien con prurito de oír se amontonarán maestros con arreglo a sus concupiscencias. Apartarán de la verdad el oído, pero se volverán a las fábulas.»
Siendo esto así, reitero que es un deber del buen cristiano esforzarse por develar lo que Dios ha escondido en sus Palabras, para discernir los signos de los tiempos, mejorar la interpretación de los acontecimientos y estar preparados para las pruebas que, sin duda, se avecinan. Y para esto, como encarecidamente repiten el Magisterio y las Sagradas Escrituras, se debe indagar la sabiduría de todos los antiguos, estudiar a los profetas, recoger las explicaciones de los varones ilustres, penetrar las agudezas de las parábolas, sacar el sentido oculto de los proverbios, y ocuparse en lo misterioso de las parábolas.
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Termina este párrafo de Monseñor Straubinger, con una cita de Nácar-Colunga:
«Quien tiene participación en la primera resurrección, dicen Nácar Colunga, «que es este premio especial de los mártires, tiene asegurada la resurrección final, porque el Señor ha dicho: Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. ¿En qué consiste este reinado especial de los mártires con Cristo? A nuestro juicio, en lo que se halla simbolizado por la aureola de gloria de que la Iglesia rodea a los mártires, y los rodea sobre todo en los primeros siglos, en que sólo los mártires eran objeto de culto y de veneración. Entonces sólo ellos reinaban en la Iglesia con Cristo, y con Él regían la Iglesia, y este es el poder que a ellos se otorga».»
Esta exégesis de los traductores hispanos también se remonta a los primeros tiempos de la Iglesia, encomiando a los inmolados y designándolos como quienes reinaban en la época inmediata a la apostólica; de esa consideración que se les tenía a quienes daban su sangre y su vida por Cristo, sacan Nácar-Colunga la comparación con los mártires y los resistentes al Anticristo —los que padecen persecución por la justicia— haciendo un paralelo entre éstos (protagonistas del Reino Milenario), y los mismos mártires como objeto de culto y veneración en los primeros siglos de la Esposa de Cristo: Allí reinaban en la piedad de los primeros cristianos; aquí se preparan para reinar en Cielos y Tierra con el Esposo, el Cordero.
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Hasta la próxima.
Luis Ricardo Manzano
Director Ejecutivo
Radio Cristiandad
