MONS. OLGIATI: LA PIEDAD CRISTIANA – IX – LA CONFESIÓN

Monseñor FRANCISCO OLGIATI

LA PIEDAD CRISTIANA

SEGUNDA PARTE

LAS PRÁCTICAS DE PIEDAD

Continuación…

OLGIATI-PIEDADIX

LA CONFESIÓN

El autor de La práctica progresiva de la Confesión y de la Dirección Espiritual, según el método de San Ignacio de Loyola y el espíritu de San Francisco de Sales, en páginas sensatas y penetrantes, que proyectan haces de luz sobre el problema que debemos ahora afrontar, describe a la perfección el estado de ánimo de quien se ha acercado con la debida preparación al Sacramento de la Penitencia.

El corazón, renacido a la gracia y movido por una nueva infusión de la misma, tiene la sensación de volver a la vida, prueba la alegría del peligro huido, la felicidad de la esperanza, mientras saluda un horizonte sereno que se abre frente a él. «La vida refluye en todas las fibras del organismo espiritual, llevando calor, tranquilidad, energía, deseos de orar. No, no moriré sino que he de vivir: non moriar, sed vivam«.

La Confesión bien hecha es por su naturaleza vivificante, y el espíritu de piedad se alimenta con la gracia santificante que en aquélla se recibe, de modo que el progreso tendrá que ser facilitado y el perfeccionamiento tendrá que realizarse, aunque sea gradualmente.

¿Por qué, en cambio, muchas confesiones dejan frías a ciertas almas que se creen piadosas? ¿Por qué a veces la Confesión frecuente señala un estancamiento y hasta un retroceso en la vida espiritual? ¿Por qué nunca logran desterrar la tibieza crónica, signo de una voluntad debilitada y, a menudo, anuncio de graves caídas?

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1

CONFESIÓN A DISCO

El diagnóstico de una situación semejante no es difícil. Los defectos de las confesiones están orgánicamente conectados con toda la vida del espíritu, de modo que, si se analiza a fondo un alma, se verá en seguida que sus distraídas oraciones, su modo rutinario de asistir a Misa, en general el desgano en todo lo que se refiere a la actividad espiritual, están en relación directa con el método de sus confesiones, o viceversa.

La Confesión para muchos está mecanizada. No es aquella sacudida saludable iniciada por la invocación del Espíritu Santo, preparada por el examen de conciencia sincero y suficiente, provocada por el dolor del pecado, intensificada por la acusación, regulada por los consejos del Confesor, divinizada y fortificada por la gracia del Sacramento, atendida por una decidida orientación y una firme voluntad apoyada en Dios.

Ya no hay en ella ninguna interioridad, ninguna actividad, ningún benéfico movimiento renovador, ningún esfuerzo, ninguna vitalidad. Triunfa el formalismo más superficial. Se va a la Confesión por movimiento de inercia, movidos por la costumbre creada por una regla o impuesta por un ambiente. Somos vagones remolcados y arrastrados, no locomotoras en movimiento.

El examen es apurado, a vuelo de pájaro o desde lo alto de un aeroplano. Semejantes a médicos extravagantes que pretenden revisar a un enfermo con una sola rapidísima ojeada; así nosotros miramos la conciencia, limitándonos a un vistazo. A veces se emplea para el examen un libro, un formulario, una planilla, sin darnos cuenta —como observa Beaudenom— que los cuestionarios ayudan, pero imperfectamente. En realidad jamás se adaptan bien a nadie. ¡Qué enumeración variada se necesitaría para que cada alma pudiera encontrar lo que le conviene, y en medio de qué amasijo de cosas no debería fastidiosamente buscarlo! La acusación hecha después de haberme examinado con un cuestionario, es una obra artificial y tomada en préstamo, y que necesariamente permanece avara y formal. Una persona que no sabe prescindir del formalismo termina por crearse un alma convencional, la única que muestra en el confesonario, la única que allí conoce. Fuera de allí todo es diferente: habla del alma y de sus pasiones, de una manera que corresponde a la realidad.

Tenemos, por lo tanto, las así llamadas confesiones a disco. El confesonario es el tocadiscos y la confesión de las culpas es el disco ya preparado, siempre igual, con algún desperfecto debido al tiempo que pasa. El Confesor escucha la nota; habla, sugiere y amonesta, pero el disco no oye ni recoge; la absolución se transforma casi en un preaviso de otra sonatina, fastidiosamente idéntica siempre, dentro de un plazo breve.

El dolor, elemento indispensable para el valor de una Confesión, tanto que hasta en el momento de la muerte si faltase sería inválida la Confesión aun habiendo acusación completa, no hace vibrar las fibras del corazón, no es la palabra profunda del alma que, arrepentida, detesta la culpa, implora perdón y jura no ofender más la bondad y el amor del Padre; sino que es o una lectura del acto de contrición (como si el dolor debiera ser concebido por el libro o por el formulario impreso), o la cantilena repetida de una fórmula, que es pronunciada por los labios y no por la conciencia.

De aquí los fenómenos que todos conocemos y deploramos: jóvenes y muchachas, que se confiesan todas las semanas en el colegio y durante las vacaciones no se confiesan nunca (¡pobres pequeñas máquinas!, ¡en el colegio había quien las hiciera funcionar!, ¡afuera no hay nadie que las ponga en movimiento!); personas que tienen vergüenza de confesarse con un sacerdote que conocen, porque éste las agitaría y suscitaría en ellas la actividad, y aun cometen sacrilegios (¡como si el enfermo decidido a sanar debiera tener vergüenza del médico que puede estudiarlo mejor en su enfermedad, o impedir, con un silencio estulto y con reticencias la indagación médica!); gente que se confiesa y vuelve a caer, sin siquiera hacer un esfuerzo para levantarse y corregirse.

El influjo que un curso de Ejercicios espirituales tiene sobre estas almas, en cuanto la meditación de los novísimos y el recogimiento del retiro despierta la actividad, hace descender a la profundidad a quien solía estar en la superficie, rompe la corteza del mecanismo formalístico, interiorizando la preparación y provocando una acusación no ya estereotipada, sino clara.

En fin, muchas veces faltan a la Confesión los elementos, o sea, las disposiciones que la hagan un acto humano y no mecánico; y por lo mismo, falta un elemento sobrenatural que presupone, como enseña el catecismo, los requisitos necesarios para obtener el perdón de nuestras culpas.

¿Cómo se reparan tales inconvenientes y cómo se les puede huir? That is the question.

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2

EL DIRECTOR ESPIRITUAL

Si se quiere que las confesiones contribuyan enérgicamente al propio progreso espiritual y a la formación de la piedad en nosotros, no basta la actividad suficiente para el valor de cada una de las confesiones, sino que es necesario desarrollar tal actividad hacia una dirección especial, según el tema que nos prefijemos y las necesidades de nuestra conciencia.

Es evidente que, si yo durante un año, por ejemplo, o habiendo aun aprendido a orar bien y no teniendo aún sino muy escasamente el espíritu de piedad, me decido a afrontar la batalla sobre este terreno, tendré que encaminar todas mis energías, todos los esfuerzos cotidianos, todos los exámenes de conciencia particulares, y por lo mismo, todas mis confesiones, hacia esta meta.

Si aún no he resuelto el problema de la pureza y de la castidad, y quiero iniciar una nueva época de combates generosos, tendré que orientarme hacia esta cumbre luminosa. Si siento el deber de oponerme al orgullo, que me roe y me corrompe, tendré que elegir como libro de meditación la Práctica de la humildad de Beaudenom; tendré que disponer cada mañana mis planes de lucha, hacer cada día actos de humildad, cada mediodía y cada noche dar una ojeada al desarrollo de la acción bélica, redactando un boletín, que luego en la Confesión tendrá que formar el objeto especialísimo del examen y de la acusación. Y ya que quien quiere tomar el camino del perfeccionamiento espiritual, en lugar de elegir al acaso uno u otro de estos temas, tiene que individualizar a su enemigo o defecto predominante, el cual una vez herido de muerte, todos los otros adversarios o defectos depondrían las armas, es claro que, si se quiere unir orgánicamente la Confesión con la propia vida es necesario comenzar la movilización desde dicho punto de partida.

Debemos comenzar a conocernos a nosotros mismos, unificando nuestra fisonomía espiritual y nuestra alma, teniendo conciencia de nuestro carácter y conduciendo metódicamente un asalto bien estudiado.

Ahora bien, los últimos en conocernos somos nosotros mismos; por otra parte para subir a una alta montaña, es aconsejable un guía. Si se quiere ascender al monte de Dios es oportuno buscar un guía sagaz, caritativo, seguro, de mente amplia, de profunda experiencia, prudente y decidido, dotado de una mano franca, que odie los cumplimientos melifluos, capaz de manejarnos o a lo menos de darnos una sacudida cuando se hace necesario y de suscitar en nosotros con santa energía todas las fuerzas de nuestra voluntad.

Es el Director Espiritual que no debe confundirse con el Confesor. Aquél, quizás, no nos confiesa, o nos confiesa raras veces; pero nos estudia a fondo. Al Confesor le estoy obligado a manifestar solamente los pecados mortales cometidos después de la última confesión bien hecha; al Director Espiritual debo abrir toda mi conciencia y mi vida, tengo que mostrarle todo lo que hay de bueno y de malo en mí, tengo que confiarme a él completamente, para descender juntos a los oscuros subterráneos del alma.

Confianza absoluta; manifestación clara de todo nuestro pasado, y no tanto de las culpas, cuanto de las tendencias, de las tentaciones, de las luchas y también del bien realizado; paciente espera, para que él, a través de numerosas conversaciones —que, evidentemente, tienen asegurado el secreto absoluto—, a través de un análisis escrupuloso e inteligente, que tal vez tendrá que durar meses y años, pueda ver la raíz de nuestra planta, de modo que vaya de la multiplicidad de los fenómenos, que constituyen nuestra vida, a la unificación de ellos, en la clara visión de nuestras energías íntimas y de nuestra principal deficiencia.

Leed, por ejemplo, en el Compendio de Teología ascética y mística de Tanquerey, un resumen histórico sobre este problema; desde Ananías, director espiritual de San Pablo, indicado al Apóstol desde el mismo instante de su conversión, hasta los monjes de Palestina, Siria, Egipto y Oriente, de quienes habla Casiano en De Coenobiorum Institutione y en las Collationes o Conferencias, y San Juan Clímaco en su Scala Paradisi; desde los novicios instruidos por San Bernardo (tan enérgico en sus declaraciones al respecto, el cual escribe a un canónigo que quien se hace director o maestro de sí mismo se hace maestro de un estúpido) hasta las personas dirigidas por San Vicente Ferrer (que no titubeaba en afirmar en su De vita spirituali: «Quien tiene un Director a quien obedece sin reserva y en cualquier cosa, llegará con más facilidad y más rapidez de lo que podrá hacerlo solo, aun con una inteligencia vivísima y con libros doctísimos en materia espiritual»); desde las cartas de dirección espiritual de San Jerónimo a las vírgenes y a las matronas romanas, y de San Agustín hasta la dirección practicada por San Francisco de Sales con Santa Juana de Chantal y por San Alfonso con una legión de penitentes. Nemo judex in causa propria, exclama Sales en su Vida Devota y en los Sermones exclamaba:

«¿Por qué queremos ser directores de nosotros mismos en lo que se refiere al espíritu, cuando no lo somos en lo que respecta al cuerpo? ¿No sabemos, acaso, que los mismos médicos, cuando están enfermos llaman a otros médicos para que juzguen los remedios necesarios?»

¡Cuán expresiva es una leyenda de Cataluña respecto a un concurso entre pájaros!

«Nuestro Señor mandó un día —cuenta la leyenda— a un Querubín, quien con su trompeta convocó a todos los pájaros y les dijo: —¿Quién de vosotros puede llegar más cerca del Sol?— Había de todo allí: águilas, golondrinas, jilgueros. Más aún, atraídos por el llamado del ángel vinieron corriendo hasta las gallinas y los gallos. A otra señal de la trompeta comenzó la prueba. Las gallinas ¡pobrecitas! se detuvieron a la altura de un arbusto y cayeron desoladas. El águila, con un soberbio vuelo, se llegó hasta el sol, y desde allí gritó: —¡La victoria es mía!— Pero en seguida se oyó una vocecita que venía de allí arriba. Era la de un pájaro mosca que se había posado en la cabeza del águila y que, llevado por ella, estaba más cerca del sol que el águila misma. Y le fue concedida la corona del vencedor».

Quien sabe encontrar un buen Director Espiritual, tendrá a su disposición toda su experiencia y le será facilitado un vuelo hacia Dios.

Naturalmente que el Director Espiritual no puede llevar a cuesta al pájaro mosca como el águila de la leyenda; también él, si es lícito citar una frase vulgar de Arturo Schopenhauer, se ve obligado a aconsejarnos: —Si quieres engordar, no soy yo el que ha de comer. Eres tú quien debe hacerlo. —O sea, será muy útil la función del Director Espiritual en el estudio de nosotros mismos, en cuanto él nos indicará, entre otras cosas, nuestra vocación, nos mostrará el defecto dominante y nos trazará un reglamento de vida. Pero, en seguida, deberá entrar en servicio activo nuestro señor yo —naturalmente, con la gracia del Señor, que nunca falta y bajo la guía de nuestro Ananías—, pero, al mismo tiempo, con todas nuestras energías generosas y activas. Y, necesariamente, nunca habrá que cambiar de Director, sino por razones gravísimas; en caso contrario se terminará en la nada.

Nunca podré olvidar lo que le sucedió a mi querido e inolvidable amigo el doctor Vico Necchi. Un buen día se le presentó un enfermo, y entre otras cosas, le confió que era el séptimo médico que consultaba. Cada uno hizo un diagnóstico diferente, y, por lo mismo, cada uno prescribió diferentes remedios. —¿Y usted qué hizo?, interrogó mi santo amigo. —Los tomé todos, todos simultáneamente, y me siento horriblemente mal. —Dé gracias al cielo de estar vivo aún —concluyó Vico Necchi, riendo de buena gana, y comenzó a aconsejarlo.

Lo que aconsejó a ese curioso enfermo puede ser repetido a quien, en vez de un solo Director Espiritual, tiene siete, y da vueltas y vueltas haciendo de todo un pastel. Las obras ascéticas de los Santos, especialmente las de San Francisco de Sales y de San Alfonso, recalcan vigorosamente el principio de la unidad en la dirección espiritual y nos dicen también cuánto lo apreciaban ellos mismos, no obstante sentir su peso y sus responsabilidades. Ellos sabían —como dice San Francisco de Sales— que un alma santa da más gracias a Dios que veinte o cien que se arrastran en la mediocridad; y entendían que tiene razón Silvio Pellico cuando en las Notas a mis Prisiones (cap. VI) decía: «La elección de un Padre Espiritual es para un católico de suma importancia».

La unidad en la Dirección Espiritual es, pues, de absoluta necesidad para las almas escrupulosas. Los escrúpulos derivan de la sustitución de la actividad espiritual, por la actividad de la fantasía obsesionada y crean por lo mismo un mecanismo que tritura una conciencia. Ni es posible sanar, si no se obedece ciegamente, y sin sutilezas a un único Director.

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3

LA CONFESIÓN

El camino más seguro para que la Confesión resulte algo vivo y para evitar que en ella degeneremos en penitentes-máquinas, consiste, por lo tanto, en seguir fielmente al Director Espiritual.

No digo que es el único. En efecto, siempre y cuando queremos, podemos recogernos, postrarnos a los pies de un Crucifijo, entrar en nuestra alma, recordar que somos hijos de Dios e incorporados a Cristo, escrutar nuestra conducta según cuanto hemos notado al tratar del examen de conciencia, arrepentimos de las faltas cometidas, resolver la enmienda, confesarnos con seriedad, cumplir la penitencia sacramental.

A los requisitos esenciales de una buena Confesión nunca fue añadido el de tener un Director Espiritual fijo.

Pero si se pretende no la validez del Sacramento, sino un método práctico para relacionar las confesiones con nuestra vida y con el desarrollo de nuestro espíritu de piedad, entonces tener un Director Espiritual y un programa que organiza nuestros esfuerzos en una unidad sistemática, facilita la lucha y el progreso.

Después que el Director Espiritual nos haya asegurado, por ejemplo, que nuestro defecto predominante es la soberbia, es natural que los exámenes particulares, el examen general de la noche y el examen de la Confesión estén orientados hacia la victoria sobre el orgullo. La acusación especificada de las caídas sobre este punto constituirá la parte principal de la manifestación de nuestras culpas. Los consejos del Confesor vendrán a colaborar con la buena voluntad. En vez de perdernos en la lista de todas las ligerezas e imperfecciones —cosa no exigida, puesto que la materia necesaria del Sacramento son sólo los pecados mortales aún no confesados y absueltos—, insistiremos sobre el defecto predominante, sobre las cosas y sobre las actitudes de esta fiera herida que no quiere morir, y se arrastra, y quizás parece vencida, pero se yergue más fuerte que antes, sorprendiéndonos con un salto repentino, con movimientos bruscos, con las poco simpáticas caricias de sus garras.

Escribió el autor de la Imitación de Cristo (Libro I, cap. IX, 5) que si cada año corrigiésemos un defecto, rápidamente llegaríamos a la perfección.

Para poder acercarnos a un ideal semejante, el método aconsejado —de poner en estrecha relación Confesión y Dirección Espiritual, o sea piedad y vida, y de unir entre ellas las diversas confesiones, para hacerlas tender a un mismo fin— será una gran ventaja.

Y también nos confortará mucho.

En efecto, ¿qué cosa nos atemoriza y nos aterroriza más en nuestra vida espiritual, sino la falta de progreso? Vivir verdaderamente es progresar. Si un enfermo se dirige, aunque sea lentamente a una mejoría, el médico espera. Si empeora va hacia la muerte.

Los cadáveres no progresan sino que se disuelven.

No es lícito estabilizarse en una cierta zona delimitada en el campo del espíritu: non progredi regredi est.

¿Cómo es posible, que viviendo injertados en Cristo y en la Iglesia, bajo el influjo continuo de un organismo sobrenatural y divino, nosotros, que somos miembros del Cuerpo Místico de Jesús, no alcancemos ningún progreso?

Si sucede esto, la culpa es nuestra, porque la gracia no falta ni es ineficaz en sí. Sólo nuestra voluntad puede impedir sus efectos; no la voluntad de Cristo en nosotros. ¿No ha venido Él —como dijo en su Evangelio— a traer fuego sobre la tierra? ¿Y qué otra cosa quiere Él, sino que se abrase?

Continuará…