P. CERIANI: SERMÓN PARA LA DOMINICA TERCERA DE EPIFANÍA

Sermones-CerianiTERCER DOMINGO DE EPIFANÍA

De la Carta de San Pablo a los Romanos XII, 14-21:

Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis.

Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran.

Tened el mismo sentir unos con otros.

No blasonéis de cosas altas, sino acomodándoos a lo que sea más humilde.

No queráis teneros a vosotros mismos por sabios.

A nadie volváis mal por mal; procurando obrar bien no sólo delante de Dios sino también delante de todos los hombres.

Si es posible, en cuanto de vosotros depende, vivid en paz con todos los hombres.

No os defendáis vosotros mismos, queridos míos, sino dad lugar a la cólera, pues está escrito: A Mí me toca la venganza; Yo haré justicia, dice el Señor.

Antes bien, si tiene hambre tu enemigo dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Pues esto haciendo, ascuas encendidas amontonarás sobre su cabeza.

No te dejes vencer del mal, sino domina al mal con el bien.

Hagamos una aplicación de este texto paulino, siguiendo el Comentario del mismo por Santo Tomás.

Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis.

San Pablo enseña cómo debemos ejercer la caridad para con los enemigos.

primero amonesta, acerca de lo cual se debe considerar que a la caridad le corresponden tres cosas.

Primero, la benevolencia, que consiste en querer el bien para otro, y no desearle el mal.

Segundo, la concordia, que consiste en que sea uno mismo el no querer y el querer de los amigos.

Tercero, la beneficencia, que consiste en beneficiar al que se quiere y en no lastimarlo.

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Acerca de la benevolencia hace dos cosas.

Primero amonesta que la benevolencia sea amplia, de modo que abarque aun a los enemigos, diciendo: Bendecid a los que os persiguen.

Acerca de lo cual se debe notar que bendecir es decir lo bueno.

Ahora bien, de tres maneras se puede decir lo bueno.

De un modo, por simple afirmación, o expresando, por ejemplo alabando alguien lo bueno de otro.

De otro modo, mandando, y así es como bendice la autoridad, y es lo propio de Dios, por cuyo mandato se deriva el bien a las criaturas; y el ministerio corresponde a los ministros de Dios que invocan el nombre de Dios sobre el pueblo.

Tercero, alguno bendice eligiendo. Y según esto bendecir es querer el bien para alguien y en cuanto es bien pedirlo para otro. Y de esta manera se entiende aquí.

Por lo cual en esto que dice: Bendecid a los que os persiguen, se da a entender que aun con los enemigos y perseguidores debemos ser benévolos, eligiendo para ellos el bien y orando por ellos. Amad a vuestros enemigos, y orad por los que os persiguen y calumnian (Mt 5, 44).

Y lo que se dice aquí, de cierta manera entra en el precepto y de cierta manera en el consejo.

Porque el tenerles afecto de dilección en general a los enemigos, no excluyéndolos de la común dilección de los prójimos ni de la común oración que se hace por los fieles, pertenece a la obligación del precepto.

Asimismo, el socorrer en particular con una obra de caridad al enemigo en caso de necesidad, pertenece también a la obligación del precepto.

Pero el auxiliar al enemigo con una obra especial de caridad y con especial oración, aun no estando él en el caso de manifiesta necesidad, pertenece a la perfección de los consejos, porque así se muestra tan perfecta la caridad del hombre para con Dios que vence todo odio humano.

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Lo segundo que enseña es que la benevolencia o bendición sea limpia, esto es, sin mezcla de lo contrario.

Por lo cual dice: Bendecid, y no maldigáis, o sea, que de tal manera bendigáis que de ningún modo maldigáis.

Lo cual es contra algunos que bendicen de palabra y maldicen con el corazón. Y también contra los que a veces bendicen y a veces maldicen, o a unos bendicen y a otros maldicen.

Objeción. Sin embargo, contra lo anterior parece estar el hecho de que en la Sagrada Escritura se encuentran muchas maldiciones.

A lo cual se responde que maldecir es decir el mal, lo cual, como también el bendecir, ocurre de tres maneras, o sea, expresando, ordenando y eligiendo, y de cualquiera de estos modos se puede hacer bien y mal.

Porque, aunque lo que es materialmente malo se llama mal de cualquiera de los modos ya dichos, si es bajo razón de bien, no es ilícito, porque es más bien bendecir que maldecir; porque cada cosa se juzga más bien según su forma que según su materia.

Pero si alguien dice el mal bajo la razón de mal, formalmente maldice, por lo cual es totalmente ilícito.

Y una u otra de estas dos cosas ocurre cuando alguien expresa el mal presentándolo.

Porque cuando alguien expresa el mal de otro para hacerle ver la necesaria verdad, y así dice el mal por razón de lo necesario verdadero, esto es bueno, y por lo tanto lícito. Y de este modo se dice en el Libro de Job que maldijo él sus días, haciendo ver la maldad de la presente vida.

Mas a veces alguien da a conocer el mal de otro bajo razón de mal, por ejemplo, con la intención de difamarlo. Y esto es ilícito.

Cosa semejante ocurre también cuando alguien dice el mal ordenando, pues a veces ocurre que alguien dice lo que es materialmente malo bajo razón de bien, por ejemplo, cuando por mandato de alguien se le previene a otro el mal de la pena por razón de la justicia, lo cual es ciertamente lícito.

Pero a veces alguien al ordenar dice mal de otro injustamente, por ejemplo, por odio y venganza. Y tal maldecir es ilícito.

Y lo mismo debe decirse de aquel que dice el mal eligiendo.

Porque si lo elige uno bajo razón de bien, por ejemplo, para que por medio de la contrariedad de alguien le resulte un provecho espiritual, esto es lícito.

Pero si esto lo hace uno por odio o venganza, es del todo ilícito.

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En seguida, cuando dice: Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran. Tened el mismo sentir unos con otros, indica lo perteneciente a la concordia.

Y primero presenta las pruebas de la concordia; luego, hace a un lado los impedimentos.

Ahora bien, de dos maneras se puede considerar la concordia.

Primero, en cuanto al efecto en los sucesos buenos y en los malos.

En los buenos, para que se goce uno con los bienes de los demás, por lo cual dice: Gozaos, debéis gozaros, con los que se gozan.

Pero esto se debe entender de cuando se goza uno por una cosa buena. Pues hay algunos que se gozan con lo malo.

Y en los malos sucesos, para que se entristezca uno de los males ajenos. Por lo cual agrega: llorad, debéis llorar, con los que lloran.

Porque la misma compasión del amigo que se conduele proporciona una doble consolación en las aflicciones.

Primero de ella se colige una prueba de amistad. En su adversidad, esto es, en su infortunio, se conoce quién es su amigo. Y es consolador darse uno cuenta de que alguien es su verdadero amigo.

Y también porque por el hecho de condolerse el amigo se le ve ofrecerse a llevar él también el peso de la adversidad que produce la aflicción. Y es claro que más leve se siente lo que se carga entre muchos que lo que por uno solo.

Lo segundo en que la concordia consiste es la unidad en el sentir. Y en cuanto a esto se dice: Tened el mismo sentir unos con otros, para convenir en el mismo parecer. Vivid perfectamente unidos en un mismo pensar y en un mismo sentir.

Mas debemos saber que es doble el sentir.

El uno pertenece al juicio del entendimiento acerca de lo especulable; y disentir en tales cosas no repugna ni a la amistad ni a la caridad, porque la caridad está en la voluntad. Y tales juicios no provienen de la voluntad sino de la necesidad de la razón.

Pero el otro sentir corresponde al juicio de la razón sobre lo que se debe hacer, y en tales cosas el disentir es contrario a la amistad, porque tal disentimiento tiene la contrariedad de la voluntad.

Ahora bien, siendo la fe no sólo especulativa sino también práctica, en cuanto que obra por dilección, en consecuencia, el disentir de la recta fe es contrario a la caridad.

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Cuando dice: No blasonéis de cosas altas, sino acomodándoos a lo que sea más humilde.

No queráis teneros a vosotros mismos por sabios, hace a un lado los impedimentos de la concordia, que son dos.

El primero es la soberbia, por la cual ocurre que mientras busca uno desordenadamente su propia excelencia y rehúsa la sujeción, desea sujetar a otro e impedirle su excelencia. Y de aquí se sigue la discordia.

Y para librarnos de tal cosa dice: No blasonéis de cosas altas de modo que desordenadamente apetezcáis vuestra propia excelencia. No te engrías, antes teme. No te metas en inquirir lo que es sobre tu capacidad. Sino acomodaos a lo que es más humilde, o sea, que lo que os parezca despreciable, no lo rehuséis cuando os obligue.

El segundo impedimento de la concordia es la presunción de sabiduría, o también la de prudencia, presunción por la cual sucede que no acepta uno el parecer de los demás.

Para hacerlo a un lado dice: No queráis teneros a vosotros mismos por sabios, para que no juzguéis que sólo lo que os parece a vosotros es lo prudente.

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En seguida, cuando dice: A nadie volváis mal por mal; procurando obrar bien no sólo delante de Dios sino también delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto de vosotros depende, vivid en paz con todos los hombres, enseña las cosas que corresponden a la beneficencia, excluyendo lo contrario.

Y primero enseña que a nadie se le debe hacer ningún mal por razón de venganza.

Acerca de lo cual hace tres cosas.

Primero prohíbe la venganza, diciendo: A nadie volváis mal por mal.

Pero esto se debe entender en cuanto a lo formal, como se dijo arriba acerca del maldecir; porque se nos prohíbe volver mal por mal por un sentimiento de odio o de envidia de modo que nos deleitemos en el mal del otro.

Porque si por el mal de culpa que alguien comete le vuelve el juez el mal de pena conforme a justicia en contrapeso de la maldad, materialmente se le hace un mal, pero formalmente y en sí se le hace un bien.

De aquí que cuando el juez cuelga al malhechor por homicidio no vuelve mal por mal, sino, al contrario, bien por mal.

Lo segundo que enseña es que también los bienes se les muestren a los prójimos, diciendo: procurando obrar bien no sólo delante de Dios, para cuidar de satisfacer vuestra conciencia delante de Dios, sino también delante de todos los hombres, de modo que hagáis las cosas que les agradan a los hombres.

Y sucede que esto se hace tanto bien como mal; porque si se hace por interés humano, no se obra bien.

Mas si eso mismo se hace por la gloria de Dios, se hace bien.

Tercero, da la razón de una y otra de las cosas dichas.

Porque para esto debemos prescindir de la recompensa de los malos y obrar el bien delante de todos los hombres, para estar en paz con los hombres, por lo cual agrega: vivid en paz con todos los hombres.

Pero aquí agrega dos cosas, siendo ésta la primera: si es posible.

Porque a veces la maldad de los demás impide que podamos tener paz con ellos, de modo que no se puede estar en paz con ellos, a no ser que con su maldad consintamos, la cual paz es claro que resulta ilícita. Por lo cual dice el Señor: No he venido a traer paz sino espada.

Lo otro que agrega es esto: en cuanto de vosotros depende, porque debemos hacer lo que esté en nuestra mano para procurar la paz con ellos.

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En seguida, cuando dice: No os defendáis vosotros mismos, queridos míos, sino dad lugar a la cólera, muestra que no hay que causarles males a los prójimos so capa de defensa.

Y primero da la enseñanza diciendo: No os defendáis vosotros mismos, así como de Cristo se dice: Entregué mis espaldas a los que me azotaban, y mis mejillas a los que me mesaban la barba. Por lo cual el mismo Señor ordenó: Si alguien te abofeteare en la mejilla derecha, preséntale también la otra.

Pero, como dice San Agustín, las cosas que en el Nuevo Testamento son hechas por los santos valen como ejemplos para la inteligencia de las Escrituras, las cuales se nos dan como preceptos. Pues bien, el mismo Señor, habiendo sido abofeteado, no dice: He aquí la otra mejilla, sino que reclama: Si he hablado mal, prueba en qué está el mal; pero si he hablado bien ¿por qué me golpeas? Con esto enseña que el ofrecimiento de la otra mejilla debe ser hecho en el corazón. Y nuestro Señor estuvo dispuesto no sólo a presentar la otra mejilla por la salvación del hombre, sino a ser crucificado con todo su cuerpo.

Segundo, indica la razón, diciendo: sino dad lugar a la cólera, o sea, al juicio divino.

Como si dijera: Encomendaos a Dios que, con su juicio, puede defenderos y vengaros.

Pero esto se debe entender para el caso en que no nos asista la facultad de hacer otra cosa conforme a justicia; pero, cuando alguien con autoridad judicial, o procura el castigo para reprimir la maldad, y no por odio, o también con autoridad de algún superior intenta su defensa, se entiende que da lugar a la cólera, esto es, al juicio divino, cuyos ministros son los príncipes.

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Ahora prueba lo que dijera, cuando dice: pues está escrito: A Mí me toca la venganza; Yo haré justicia, dice el Señor. Antes bien, si tiene hambre tu enemigo dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Pues esto haciendo, ascuas encendidas amontonarás sobre su cabeza.

Y primero por autoridad. Acerca de lo cual hace dos cosas.

Lo primero, probar lo que se ha dicho de la prohibición de la venganza, diciendo: Se ha dicho: Dad lugar a la cólera, esto es, al juicio divino. Porque está escrito (Deut 32,43): A Mí me toca la venganza, esto es, aguardad, y Yo haré justicia, dice el Señor.

Lo segundo, probar por autoridad lo que se ha dicho acerca de la benevolencia que se les debe mostrar a los enemigos.

En el cual argumento de autoridad primero pone la enseñanza de que socorramos a los enemigos en caso de necesidad, por ser esto de necesidad de precepto, como está dicho arriba.

Lo segundo, da la razón, diciendo: Pues esto haciendo, ascuas encendidas amontonarás sobre su cabeza.

Lo cual se puede entender para mal, siendo entonces éste el sentido: Si tú lo beneficias, tu bien se le convertirá a él en mal, porque por su ingratitud cae en el horno del fuego eterno; pero este sentido repugna a la caridad, contra la cual obraría quien socorriera a otro para que se le convirtiera en mal.

Y por lo mismo se debe explicar para bien, para que el sentido sea éste: Haciendo esto, o sea, socorriéndolo en su necesidad, ascuas encendidas, esto es, amor de caridad, amontonarás, esto es, juntarás, sobre su cabeza, o sea, sobre su mente, porque, como dice San Agustín, no hay mayor modo de hacerse amar que empezar amando. Porque sería demasiado áspero el ánimo que si no quiere corresponder se niegue a considerar.

En seguida, cuando dice: No te dejes vencer del mal, sino domina al mal con el bien, prueba con una razón lo que dijera.

Porque le es natural al hombre el querer vencer al adversario y no ser vencido por él.

Ahora bien, es vencido por alguien el que por este mismo es arrastrado, así como el agua es vencida por el fuego cuando la arrebata a su calor.

Así es que, si por el mal que por otro se le causa a un hombre bueno, éste es arrastrado a hacerle el mal, el bueno es vencido por el malo.

Pero si, por lo contrario, en virtud del beneficio que el bueno le ofrece al perseguidor, lo atrae a su amor, el bueno vence al malo.

Así es que dice: No te dejes vencer del mal, esto es, del que te persigue, para que tú lo persigas a él, sino que con tu bien vence el mal de él, para que haciéndole el bien, lo retires del mal.

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El hombre mundano es lo contrario del hombre cristiano.

El hombre mundano necesita vengarse.

La generosidad para con el enemigo, el perdón de una ofensa y la tranquila resignación, cuando se es insultado, no son para él virtudes: son efectos de la falta de energía, de la debilidad de carácter.

Su norma es no perdonar nunca. ¡Ojo por ojo, diente por diente!

Mas yo os digo: no resistáis al que os haga mal. Al contrario, si te hieren en una mejilla, presenta la otra.

Jesús no se contenta sólo con enseñarlo de palabra, sino que es el primero en practicarlo. Se le golpea, se le calumnia, se le escupe, se le acusa injustamente, se le condena a muerte: y Él se calla.

Para los que le hacen tanto mal no tiene más que disculpas y una oración a su Padre: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.

Vence el mal con el bien. Este es el verdadero espíritu de Cristo, este es el cristianismo puro, esta es la auténtica virtud.

Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber.

Sólo está permitida una venganza: la de corresponder con cariño y buenas obras a los que nos hagan mal.

Vence el mal con el bien. Haced bien a los que os odien y orad por los que os persigan.

El cristiano no debe «contabilizar el bien» que hace; nunca debe parecerle bastante.

El verdadero cristiano piensa siempre bien de los que le causan mal. Más aún: los aprecia y les devuelve bien por mal.

Esto es lo que nos ordena la Epístola de hoy. Este es el espíritu de Cristo, el espíritu que debe animar a todos los bautizados, a todos los miembros de Cristo.