MONS. OLGIATI: LA PIEDAD CRISTIANA – VIII: EL EXAMEN DE CONCIENCIA – CONTINUACIÓN

Monseñor FRANCISCO OLGIATI

LA PIEDAD CRISTIANA

SEGUNDA PARTE

LAS PRÁCTICAS DE PIEDAD

Continuación…

OLGIATI-PIEDADVIII

EL EXAMEN DE CONCIENCIA

El pequeño mundo de nuestro yo ha sido comparado muchas veces con el mar. Podemos detenernos, al contemplarlo, en las olas que la vista puede distinguir desde la orilla —es decir, en los pensamientos, en los afectos, en las imaginaciones, en los sentimientos, que como barquitos lo atraviesan en todas direcciones, o que como la marea y las borrascas lo agitan y dominan. O también, podemos con el buzo descender a lo profundo, donde hay una riqueza de vida, frente a la cual las olas de la superficie son nada.

Conocerse a sí mismo, fue la palabra más elevada de la antigua sabiduría griega; y parecería, a primera vista, que también ella usase y recomendase, por consejo de sus más ilustres representantes, Sócrates y Pitágoras, Plutarco y todos los estoicos, lo que nosotros llamamos el examen de conciencia, que podría parecerse al practicado en nuestros días.

Pero, para desvanecer equívocos, convendrá decir lo siguiente:

1º) El examen de conciencia no es de ninguna manera el análisis psicológico en el que se recrean los novelistas modernos, ávidos de emociones, enfermos de sentimentalismos, no preocupados de otra cosa más que de prolongar las sensaciones con las hábiles evocaciones de una descripción sugestiva o un recuerdo. Aunque en apariencia se dediquen al análisis de su propio yo, en realidad merecen el reproche de Pascal: «El hombre huye de sí mismo porque se teme». Nunca llegan hasta «aquel horror de sí mismo», de que habla Bossuet. Su análisis se detiene en la superficie de las almas superficiales, que nunca conocieron lo que significa interiorización y vida interior.

2º) El examen de conciencia, del que estamos hablando, no ha de ser confundido con el del estoicismo. Es verdad que Epicteto en su Manual aconsejaba:

«Antes de acometer cualquier empresa, analiza contigo mismo los antecedentes y las consecuencias.

De lo contrario te entregarás a ella con gran ánimo, no pensando en lo que vendrá, y si nace algún obstáculo en tu camino o alguna burla, te avergonzarás… Si no consideras nada al comienzo, te portarás como los niños, que ora juegan a la lucha, luego imitan a los atletas, o bien hacen esgrima, luego hacen como si tocaran la trompeta, y finalmente imitan las tragedias.

Así obrarás tú: hoy esgrimista, mañana atleta, una vez orador, y otra filósofo, y nunca nada con ánimo decidido; serás como los monos, imitarás todo lo que ves, y cambiarás de deseo a cada instante».

Es verdad que Séneca recomienda en el tratado De Beneficiis:

«Considera contigo mismo, si has restituido lo que debías; si has cumplido con todos tus deberes… Escrutándote diligentemente, quizás encontrarás en ti mismo el vicio de que te quejas… Si quieres ser absuelto, perdona».

Y aun es verdad que Marco Aurelio añade en sus Recuerdos:

«¿Qué uso hago yo ahora de mi alma? Conviene hacerse esta pregunta en toda circunstancia, y examinarse a sí mismo»; «interrógate en cada acto: ¿qué relación tiene eso conmigo?, ¿no tendré que arrepentirme?»

Es verdad, finalmente, que Pitágoras y otros antiguos imponían a sus discípulos un examen por la noche, dividido en tres puntos:

—¿qué hice?, —¿cómo lo hice?; —¿qué descuidé al hacerlo?; o si no: —¿qué defecto he corregido?; —¿qué virtud ejercité?; —¿qué progreso he conseguido?

No falta tampoco, en tiempos antiguos y nuevos, quien como Benjamín Franklin anota regularmente en una libreta sus faltas.

En todo esto hay una voluntad y un esfuerzo para llegar al dominio de sí mismo, que impresiona favorablemente; pero en los estoicos el espíritu que vivificaba tal proceso de interiorización no tenía nada de religioso. Con sólo sus fuerzas y con el único objeto de dominarse soberbiamente a sí mismo, en manera de poder afirmar con orgullo que era dueño de sí mismo y que nada lo influenciaba, sino que dirigía todo su ser, el estoico entraba en su propio yo y lo sondeaba un poco. Su examen de conciencia no era un acto de piedad hacia Dios, sino sólo un medio humano para adquirir la formación del carácter.

3º) Al contrario, el examen de conciencia cristiano consiste:

a) En descender a la obscuridad de la propia alma que fue divinizada por Dios cuyas fuerzas son o deberán ser capacitadas por la gracia, para ver cómo hubiera debido obrar el hijo de Dios y cómo en realidad ha obrado.

Se trata, por esto, de una interioridad, que no es puramente humana, sino de una vida interior a la luz de lo sobrenatural. «Noverim Te! noverim me! ¡Dios mío, que Te conozca y que me conozca!» exclamaba San Agustín. Los dos conocimientos deben estar unidos, y justamente por esto el Cardenal Mermillod definía el examen de conciencia: «el acto esencial de la vida espiritual».

También aquí es necesario partir del dogma de nuestra incorporación a Cristo, si se quiere examinar no un yo abstracto, puramente humano, sino nuestro yo concreto, que recibió el Bautismo, que debe vivir la vida de Cristo y que, por el contrario, muchas veces vive otra vida.

b) No basta detenerse en los frutos amargos y envenenados, sino que se hace necesario buscar la raíz de la planta. Sólo la ascética cristiana tuvo la clara visión de la organicidad de la vida espiritual; o sea, vio cómo la conciencia y su múltiple actividad desviada exigen una unificación, que reduce todo defecto a una causa única, vale decir a un defecto predominante.

El orgulloso mentirá, cometerá injusticias, substituirá a Dios con su yo, etc., pero tales culpas tienen una fuente única: la Soberbia.

Iluminada por Dios, el alma humana se conoce entonces a sí misma y se mira a la cara, sin viles temores, para comprobar si en ella, no sólo vive Cristo, sino si sobrevive «el hombre viejo». No en vano el Padre Ravignan, uno de los más admirables maestros del examen de conciencia, observaba: «Bajando a mí mismo encontré dos personas: Dios y yo. Tomé una —mi yo— y la tiré por la ventana».

c) La actividad, que es el punto de partida y el fin de esta búsqueda cristiana, no es concebible sin la gracia. Tendemos al autodominio, pero no con solas nuestras energías, sino con la ayuda de Dios, que vive en nosotros y robustece nuestras fuerzas, dándonos un empuje hacia la enmienda y la victoria, que el hombre nunca podría tener por sí mismo.

Tales son las notas características precisas del examen de conciencia, que encontramos en la historia de la espiritualidad cristiana, desde las páginas de Casiano o de Atanasio, donde a los ermitaños y monjes orientales se les enseñaba a indagar con frecuencia los movimientos del corazón y las disposiciones del alma, como un excelente medio para organizar la lucha contra las pasiones, hasta el tratado De consideratione de San Bernardo y su invitación a Eugenio III para que examinara su condición de hombre mortal, su conducta, su temperamento moral y el modo cómo cumplía su deber de Sumo Pontífice; —desde las Cartas de Catalina de Siena (en las cuales, entre otras cosas la Santa dice a una compañera que mediante el conocimiento de sí misma, logrará odiar su naturaleza sensual y, fortalecida con la espada de semejante odio, tomará asiento en el tribunal de su conciencia para procesar sus sentimientos) y desde la advertencia de los Santos de ponernos frente a nosotros mismos, como si frente a nosotros tuviésemos a otra persona, Statue ante te, tamquam ante alium, hasta un gran maestro del examen de conciencia, Ignacio de Loyola, acerca del cual será conveniente abrir un paréntesis.

Todos saben que San Ignacio se examinaba cada hora. Enseñaba a sus hijos espirituales que en la enfermedad la Compañía de Jesús puede dispensar de celebrar la Misa, el Oficio, pero nunca de dos exámenes de conciencia (particular y general). Y todos los grandes jesuitas —como por ejemplo San Francisco de Borja— han seguido ese mandato.

También la escuela beruliana y la de San Sulpicio han insistido sobre este particular y, entre otras, nos han legado la obra de Luis Tronson, Examens particuliers sur divers sujets propres aux ecclésiastiques, considerada clásica por la precisión de sus observaciones, la fineza de los análisis, por el acento de profunda piedad y por su agudeza escrutadora.

Pues bien, también en este punto alguien piensa que estos métodos se contradicen (¡como si pudiera haber métodos opuestos en semejante materia!) y sostienen que San Ignacio sufre de la enfermedad de su tiempo, o sea de un individualismo carente de sentido sobrenatural. Será suficiente una serena exposición histórica para disipar los malentendidos, que, como se verá, son idénticos a los ya combatidos sobre la meditación.

I. — Olier, fundador del Seminario de San Sulpicio, tuvo la primera idea de hacer preceder la refección del mediodía por una lectura del Evangelio y por un examen (como se hace hoy también).

«Tal examen —escribe Pourrat, actual superior del noviciado de San Sulpicio— era concebido como un resumen de la oración de la mañana.

Se adoraba a Nuestro Señor, considerando en Él la virtud sobre la que habrá que examinarse.

Luego, cada uno examinaba las propias disposiciones y el ejercicio terminaba con una súplica u oración dirigida a Dios».

El primer manual de examen era manuscrito; Tronson lo desarrolló, lo perfeccionó y lo hizo imprimir en su forma definitiva.

El método de Olier y de Tronson depende esencialmente de su concepción de la oración.

En su examen de conciencia dicen:

a) Se comienza invocando al Espíritu Santo, que escruta el interior y los corazones para que proyecte haces de su divina luz en los pliegues de nuestra alma, nos comunique el don de la ciencia y nos ayude a conocernos a nosotros mismos y a las deficiencias de nuestra conformidad con Jesucristo, para que nos conduzca al Padre.

b) Inmediatamente después de esta preparación se entra en el examen, que consiste en ponerse frente a Jesús, nuestro modelo perfecto, visto no sola y únicamente en sus manifestaciones externas, sino en su vida interior, o como dicen los sulpicianos, en sus disposiciones interiores. Entonces «nuestros defectos y nuestras imperfecciones —observa Tanquerey— aparecerán mucho más claramente por el contraste que notaremos entre nosotros y el modelo divino. Pero no nos desanimaremos, ya que Jesús es al mismo tiempo médico de las almas, que no pide otra cosa que curar nuestras llagas y sanarlas».

Naturalmente que no debemos detenernos en los actos externos, sino volver a nuestras disposiciones interiores, donde la diferencia de Jesús resaltará en forma aún más notable.

c) Se concluye el examen con una especie de confesión a Jesús, implorando humildemente su perdón.

II. — Llegamos ahora a San Ignacio y a sus Ejercicios Espirituales.

Él distingue cuidadosamente el examen particular que, como agudo psicólogo, estima mucho más importante que el primero, no sólo en cuanto se refiere a un punto especial, sino en cuanto se dirige preferentemente contra el defecto predominante. Cortada la cabeza de Holofernes, todo el ejército de enemigos, es decir toda la multitud de los defectos, es puesta en fuga.

El examen particular es diario —escribe el Santo—, contiene en sí tres tiempos y debe hacerse dos veces.

El primer tiempo es que a la mañana, luego en levantándose, debe el hombre proponer guardarse con diligencia de aquel pecado particular o defecto que se quiere corregir y enmendar.

El segundo, antes de comer, pedir a Dios Nuestro Señor lo que el hombre quiere, es a saber: gracia para acordarse cuántas veces ha caído en aquel pecado particular o defecto, y para enmendarse en adelante, y consiguientemente haga el primer examen, pidiendo cuenta a su alma de aquella cosa propuesta y particular de la cual se quiere corregir y enmendar, discurriendo de hora en hora, o de tiempo en tiempo, comenzando desde la hora en que se levantó, hasta la hora y punto del examen presente, y haga en la primera línea de la figura siguiente tantos puntos cuantos ha incurrido en aquel pecado particular o defecto; y después proponga de nuevo enmendarse hasta el segundo examen que hará.

El tercer tiempo, después de cenar se hará el segundo examen, asimismo de hora en hora, comenzando desde el primer examen hasta el segundo presente, y haga en la segunda línea de la misma figura tantos puntos cuantas veces ha incurrido en aquel particular pecado o defecto.

Y San Ignacio completa con algunas «adiciones» tales normas, para insistir sobre el dolor que se debe tener cada vez que se cae en el defecto, sea para invitar —quiere que el examen particular se haga por escrito mediante puntos o signos— a comparar el número de las caídas del primer examen y el número del segundo, entre las caídas de un día con las del siguiente y de una semana con otra. Incluso expone una manera de cómo puede ser el papel sobre el cual se pueden anotar las faltas…

En cuanto al examen general, según el método del Santo, comprende cinco puntos:

«Primero: agradecer a Dios Nuestro Señor por los beneficios recibidos.

«Segundo: pedir gracia de conocer los pecados y de enmendarse.

«Tercero: pedir cuenta al alma, cada hora, o por algún tiempo, de la hora de levantarse hasta el examen presente, antes que nada de los pensamientos, luego de las palabras y finalmente de las acciones.

«Cuarto: pedir perdón a Dios Nuestro Señor de las faltas.

«Quinto: proponer enmendarse con su gracia.

(Récese un Pater noster)».

Esta última invitación demuestra cuán ridícula es la sospecha de una antítesis entre el método ignaciano y el sulpiciano. En el segundo está subrayada principalmente la presencia de Cristo como modelo y va —como ya lo noté a propósito de la meditación— de Dios, uno y trino, y de Cristo al hombre; en el primero, en cambio, se va del hombre al Padre.

Hay una diferencia: y es que el método de San Sulpicio está destinado a sacerdotes y religiosos, bien dirigidos en la vida interior, en el fervor de una piedad sobrenatural. Por ello quiere que también en el examen de conciencia esté presente al pensamiento la Trinidad y Cristo nuestro modelo. San Ignacio, preocupado en trazar una norma que debe adaptarse a todos, incluso a personas —uso sus palabras— «no acostumbradas a cosas espirituales» y a individuos de diversas «edades, cultura e inteligencia», no podía evidentemente seguir el criterio que da buen resultado —cuando lo da— a los seminaristas. Digo «cuando lo da», puesto que es claro que, si no se tiene una posesión vivida de la doctrina sobre la gracia y lo sobrenatural, sería absurdo aplicar o discurrir el procedimiento sulpiciano.

De cualquier modo lo sobrenatural es una nota esencial en uno y otro caso. Olier y Tronson lo subrayan y lo transforman en la nota dominante. San Ignacio desarrolla más la nota de la actividad. Pero ni lo sobrenatural falta a San Ignacio, ni la actividad puede faltar al método de San Sulpicio.

Por ejemplo, ¿a quién se agradece en el primer punto del examen general de San Ignacio sino al Padre? ¿De quién se implora la luz en el segundo punto, sino del Espíritu Santo? ¿A quién se pide perdón sino a Cristo? ¿A los brazos de quién se vuelve con el Pater noster final, sino nuevamente al Padre?

En suma, quizás será necesario fijar la mirada especialmente en el divino modelo, y entonces habrá que seguir a San Sulpicio, o quizás será necesario analizar con mayor atención al propio yo, entonces San Ignacio será un maestro incomparable, insuperado e insuperable.

Quien unifique ambas visiones, tendrá la perfección.

Continuará…