FIESTA DE LA EPIFANÍA
La Epifanía es el coronamiento y el complemento de Navidad. El Señor, que apareció por vez primera en el mundo en medio del sosegado silencio de la noche, en la callada soledad de un establo y bajo la frágil debilidad de un Niño, vuelve a manifestarse hoy nuevamente, pero de un modo completamente distinto.
Ahora se presenta envuelto en la gloria y en el brillo de su realeza divina. Viene a dominar, a ser Rey.
Por su Pasión y su Resurrección fue constituido, incluso en cuanto hombre, Señor y Rey del universo.
Hoy hace su entrada solemne, como Dominador y como Rey, en su Estado; y celebra la fiesta de su señorío, de su universal dominio sobre los hombres.
Epifanía es la fiesta de la manifestación pública de la gloria, del señorío, de la divinidad y de la realeza del Niño del pesebre.
La Epifanía es también un claro anticipo de la futura aparición del Señor ante los ojos de toda la humanidad. El Niño de Belén volverá a presentarse un día, como Rey del universo y como Juez de todos, revestido de gran poder y majestad.
Entonces, todos tendrán que reconocerle como Rey, todos tendrán que doblar ante Él sus rodillas y habrán de confesar que Él es el Señor.
Nosotros, con la Fiesta de Epifanía, anticipémosle, ya desde ahora, el homenaje de nuestro profundo y cordial acatamiento.
Unámonos con los tres Reyes Magos y adoremos con ellos al Señor y al Rey; entreguémonos totalmente a Él; acatemos sumisos su Señorío sobre nosotros.
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Navidad nos trajo la Nueva Luz.
¡Surge, Jerusalén, levántate! ¡Alégrate y salta de gozo! Y la Iglesia, obediente, canta jubilosa. Se diría que no se sacia de contemplar la gloria del Señor. Su corazón se desborda de santo optimismo.
Rara es la ocasión en que el mundo moderno proporciona un gozo a la Santa Iglesia… En cambio, las tristezas, los disgustos y sinsabores que le causa son frecuentes y profundos.
Muchos son los que la desprecian; no se respetan sus leyes; se impugnan sus dogmas, sus sacramentos, su sacerdocio, sus derechos sobre las almas…
Se le pide que se acomode al espíritu de nuestro tiempo, modificando para ello sus dogmas, ese cuerpo dogmático que ella ha custodiado… y custodia celosamente en sus hijos fieles. Y, porque no hace esto, se le vuelve la espalda…
No pocos de sus hijos apostatan de ella. Una plaga de poetastros de todos los colores pone todo su celo en inspirar al pueblo aversión y odio hacia ella. Quisieran verla zambullirse en el cieno.
La Iglesia es hoy día, más que nunca, una verdadera piedra de escándalo.
Fundada por el Señor para salvar y hacer dichosos a los pueblos, en muchos lugares se ve desterrada del seno de la sociedad…
¿Cómo puede, pues, alegrarse todavía en medio de tanto incrédulo y apóstata, en medio de tanta impiedad? ¿Cómo puede respirar ese magnífico optimismo que respira? ¿Cómo puede cantar jubilosamente sus viejas canciones, cual si se hallase aún en el seno de las primitivas cristiandades, llenas de fe y ebrias de celeste amor?
He aquí que las tinieblas cubrirán la tierra, y la obscuridad invadirá a los pueblos: sobre ti, en cambio, nacerá el Señor, y su gloria se verá en ti. He aquí la alegre nueva que nos trae la Fiesta de la Epifanía.
La Epifanía nos descubre la realidad y el secreto de la Iglesia: en su seno vive el mismo Señor, el Hijo de Dios humanado. Él se ha hecho presente en Ella, sólo en Ella.
El que quiera encontrarlo, tiene que buscarle forzosamente en el Belén de su Santa Iglesia. En Ella vive y realiza el Señor la Redención de la humanidad.
El Señor se manifiesta en la Santa Iglesia, sólo en Ella: he aquí la consoladora revelación que nos hace la fiesta de hoy. La Iglesia no es sólo la sucesora, la que ocupa el lugar de Cristo; es también su más auténtica manifestación.
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Ecce advenit Dominator Dominus. He aquí que viene el Dominador y el Señor: en su mano están el reinado, el poder y el imperio, dice el Introito de la Fiesta.
Cristo es Rey del mundo visible. Todas las cosas están sometidas a Él… Se me ha dado toda potestad en los cielos y en la tierra.
En virtud de este poder absoluto, que Él posee, establece su reino sobre la tierra, es decir, funda su Santa Iglesia; llama y elige a sus Discípulos y Apóstoles, les comunica su poder y los envía por todas partes, para enseñar y dominar sobre los espíritus, para atar y desatar las conciencias.
Después de esto, muere. Con su muerte y con su resurrección vence a la muerte, al pecado, al infierno, a las tinieblas de este mundo, y obtiene su transfiguración y su gloria, transfiguración y gloria que un día habrá de contemplar toda la creación reunida.
La claridad de la transfiguración, que ahora le envuelve, la comunicará después a todos los suyos.
Su triunfo sobre la muerte, sobre las tinieblas, sobre el infierno, será también el triunfo de los suyos.
Exaltado sobre todas las cosas, todo lo atrae hacia Sí, hasta sujetarlo todo a su imperio. Es el Rey que domina con su espíritu sobre todos las imperios y potestades del universo. Es el Rey que cuida y vela sobre todo. Es el Rey que todo lo protege amorosamente. Es el Rey que infunde su espíritu en los corazones y rige las almas con su fuerza divina.
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Cristo es Rey de las almas. Él es quien les inspira todos sus impulsos y movimientos hacia el bien. Ilumina el entendimiento con su luz, y lo somete poderosamente a su verdad, al yugo de la fe. Domina en las conciencias y dicta leyes, recompensa y castiga. Sujeta a su ley a la voluntad y la hace regirse por ella.
Conduce y guía con ojo certero y con brazo robusto todos los pasos del alma, todos los momentos de nuestra vida, todos los latidos de nuestro corazón. Nada deja al azar: todo lo tiene en su vigorosa mano.
Dirige de modo maravilloso las almas que Él ha escogido para la gloria eterna. Con su gracia omnipotente ilumina la vista y ablanda los corazones. Ilustra el entendimiento con luz sobrenatural, vigoriza el alma con fuerza sobrehumana y hace germinar en la voluntad los preciosos frutos de la redención.
¡Con qué maravilloso esplendor brilla el poder de su reinado en las almas de los Santos! Ellos son realmente un triunfo de la omnipotente acción de la gracia de Cristo.
¡Cómo resplandecerá de nuevo su Reinado el día de su Segunda Venida, cuando vuelva con gloria y majestad!
¡Qué inenarrable gozo el nuestro, cuando podamos contemplar, por siempre jamás y sin velo alguno, la claridad de este reinado!
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La Santa Liturgia nos hace vivir hoy la publica manifestación de Cristo al mundo pagano: Habiendo nacido Jesús en Belén, vinieron a Jerusalén unos Magos del Oriente y preguntaron: ¿Dónde ha nacido el Rey de los judíos? Los Príncipes de los sacerdotes y los escribas les respondieron: En Belén de Judá. Entonces ellos prosiguieron su camino. Penetraron, finalmente, en una casa y encontraron en ella al Niño con María, su Madre, y, prosternándose en tierra, le adoraron.
En los Magos, llamados al Pesebre, reconozcámonos, sobre todo, a nosotros mismos. Nosotros somos, en efecto, quienes nos encaminamos hacia Cristo, estimulados por su gracia, que nos ilumina, nos resucita y nos libra de toda atadura.
La estrella, que nos guía a través de la noche y de las miserias de esta vida mortal, es nuestra Santa Fe.
Con ella no nos intimidará ni nos engañará la astucia de Herodes. Todo se lo debemos a la gratuita gracia del Señor.
Su gracia es quien nos ha hecho encontrarle a Él. Ella es también la que nos lo hace encontrar de nuevo en el Santo Evangelio, en los Santos sacramentos, principalmente en la Sagrada Eucaristía.
La gracia es la que no lo presenta constantemente en las continuas iluminaciones y en los poderosos impulsos con que nos favorece y nos dirige.
Ella es, finalmente, la que nos lo hace encontrar, más perfectamente que en ninguna otra parte, dentro de nosotros mismos; pues Él es la Vid, que vive en sus sarmientos; es la Cabeza, que obra en todos sus miembros y los inunda de su misma vida.
Respondamos con toda nuestra alma a nuestra divina vocación; obedezcamos alegremente a la estrella de la Fe; sigamos constantes su luz y su dirección. Correspondamos y seamos fieles a nuestro Santo Bautismo, que fue quien primero nos unió con Cristo.
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Vimos su estrella, y hemos venido a adorarle. Él es Dios y Hombre en una sola Persona. Es el Hijo de Dios, que posee en sí mismo la vida.
Una e idéntica vida divina es la que posee el Padre y la que anima a la humanidad de Cristo. En el Niño, hacia el cual nos conduce la estrella, habita corporalmente la plenitud de la Divinidad. ¡Adorémosle!
Esta plenitud de vida divina, que habita en el Niño del Pesebre, fluye de Él hasta nosotros. La filiación divina, que Él posee por naturaleza, se nos comunica también a nosotros por la gracia.
Nosotros somos hijos de Dios por gracia, de igual modo que Él lo es por naturaleza, por su nacimiento eterno en el seno del Padre.
Nosotros participamos de la filiación divina en Jesús y por Jesús. De Él y por Él poseemos la gracia y la vida eterna.
Ser cristiano equivale a ser participante de Cristo, poseedor de la filiación divina en Jesús y por Jesús, al cual pertenecemos, como los miembros pertenecen a la cabeza.
Sólo podrá alcanzar la filiación divina, la gracia y la vida eterna, el que encuentre, el que posea a Cristo.
Y la estrella de la fe, de la gracia divina, es quien nos lleva y nos conduce hasta Cristo.
No es mérito nuestro, no es efecto de nuestras obras, de nuestros esfuerzos: es pura gracia y misericordia de Dios. ¡Démosle gracias! Por la gracia de Dios soy lo que soy…
¡Qué ricos somos en Cristo! Y todo ello, por haberse dignado Él aparecer y manifestarse a nuestra alma…
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Como los Magos del Oriente, abandonemos generosamente todas las comodidades que pueda ofrecernos esta vida terrena, librémonos de todo lo que pueda obstaculizar o tan siquiera retardar el camino que nos lleva a Cristo.
Apresurémonos a llegar a Él, para presentarle nuestros dones: el oro de nuestra fe y de nuestra fidelidad; el incienso de nuestra sumisión y de nuestra adoración; la mirra de nuestra buena disposición para soportar todas las penas y sacrificios, todos los deberes, todos los dolores, renuncias, cruces y humillaciones que Él quiera exigirnos.
Sólo un poco de espera, y la estrella volverá a brillar perpetuamente sobre nuestras cabezas; y nosotros volveremos a encontrar a Jesús con María, su Madre, sentados ambos en un trono, a la diestra del Padre, y envueltos en la plenitud de su poder y de su gloria.
¡Dichoso el momento aquel en que podamos contemplar la gloria del Señor cara a cara, imperecedera, eternamente!
Entonces será la verdadera Epifanía del Señor, la perfecta Natividad de Cristo.
¡Epifanía! Al fin del mundo volverá otra vez el Señor con poder y majestad. Entonces nos llevará, con su Esposa la Iglesia, a la posesión y al goce perpetuo de la gloria y de la claridad que Él ha recibido del Padre.
¿Qué otra cosa puede y debe ser nuestra vida de cristianos, sino una continua espera, un ardiente anhelo, una perpetua vigilia de la última y gloriosa Epifanía del Señor?
Así es como obra también la Santa Iglesia. Sus ojos, su corazón y todas sus súplicas no tienen otro blanco más que este, o sea, la vuelta del Señor, para llevar eternamente consigo a su Esposa.
¡Qué poco pensamos nosotros en la aparición, del Señor! ¡Qué poco anhelamos la revelación de su gloria! Permanecemos todavía sumergidos de lleno en el torrente de la vida terrena. Vivimos enteramente fascinados por el encanto de los placeres de este mundo. ¡Qué diferencia entre nosotros y nuestra santa Madre la Iglesia!
Oración:
Oh Dios, que, por medio de una estrella, revelaste en este día tu Unigénito Hijo a los gentiles; concédenos propicio, a los que ya te hemos conocido por la fe, la gracia de ser elevados hasta la contemplación de la hermosura de tu grandeza.
