El Especial consta de 3 partes de audio correspondientes a los días jueves 19-12-13; viernes 20-12-13 y lunes 23-12-13. Los temas tratados son 3 también, aunque no están diferenciados.
En el primer audio encontrará:
1 – Temas de actualidad (Mons. Williamson, la FSSPX, Bergoglio, etc) – 2 – Comienzo del trabajo sobre la Falsa Aparición de Akita
Audio del Día 1: DOWLOAD
En el Segundo audio podrá escuchar:
1 – Culminación sobre el trabajo de Akita -2 – Primera Parte de la continuación del trabajo sobre el Verbo Encarnado
Audio del Día 2: DOWNLOAD
En el tercer audio:
1 – Actualidad – 2 – Culminación del trabajo sobre el Verbo Encarnado
Audio del día 3: DOWNLOAD
Finalmente recordar que los textos sobre la gran mentira de Akita solo están disponibles en francés y son propiedad de Avec L’immaculé, y los puede encontrar aquí:
https://radiocristiandad.wordpress.com/2013/11/17/avec-limmacule-que-penser-des-apparitions-dakita/
https://radiocristiandad.wordpress.com/2013/11/27/iv-que-penser-des-apparitions-dakita/
ESPECIAL SOBRE EL VERBO ENCARNADO – DIC.2013

EL SACERDOCIO DE CRISTO
Nos había quedado pendiente el tema de Jesucristo Sacerdote.
El sacerdocio de Jesucristo constituye una de las consecuencias de la Encarnación con relación al Padre. Tiene también una gran trascendencia y repercusión con relación a nosotros, pues Jesucristo ejerce su sacerdocio ante el Padre precisamente en favor de los hombres.
1º) Jesucristo es verdadero, sumo y eterno Sacerdote
Jesucristo es Sacerdote en cuanto hombre, no en cuanto Dios. La razón es porque la misión esencial del sacerdote es ofrecer sacrificios a Dios en alabanza de su infinita majestad y para obtener el perdón de los pecados del pueblo.
Jesucristo es verdadero Sacerdote, o sea, en el sentido más estricto y riguroso de la palabra.
Es, además, sumo Sacerdote, puesto que posee la plenitud absoluta del sacerdocio, del cual participan por derivación todos los demás sacerdotes.
Y es eterno Sacerdote, puesto que el sacrificio de Jesucristo se perpetuará hasta el fin de los siglos y su sacerdocio se consumará eternamente en el cielo. Respecto a este punto, enseña Santo Tomás:
En el sacrificio del sacerdote pueden considerarse dos cosas: primero, la oblación del sacrificio; segundo, la consumación del mismo, que consiste en que consigan el fin del sacrificio aquellos por quienes se ofrece.
Pero el fin del sacrificio ofrecido por Cristo no fueron los bienes temporales, sino los eternos, que alcanzamos por su muerte, por lo que se dice en Heb 9, 11 que Cristo está constituido pontífice de los bienes futuros.
Por este motivo se dice que el sacerdocio de Cristo es eterno.
Ya en el Antiguo Testamento se anuncia que el futuro Mesías será sacerdote según el orden de Melquisedec.
Santo Tomas dice (III, q. 22, a. 5):
El sacerdocio legal fue figura del sacerdocio de Cristo, pero no en conformidad perfecta con la verdad, sino de un modo muy distanciado de la misma: ya porque el sacerdocio de la ley antigua no purificaba de los pecados; ya porque no era eterno, como lo es el sacerdocio de Cristo. Pero la excelencia del sacerdocio de Cristo con relación al sacerdocio levítico fue representada por el sacerdocio de Melquisedec, que recibió los diezmos de Abrahán (Gen 14, 20), en el cual, de alguna manera, el propio sacerdocio legal cumplió con la obligación de los diezmos. Y por eso, debido a la excelencia del verdadero sacerdocio con relación al sacerdocio figurativo de la ley, se dice que el sacerdocio de Cristo es según el orden de Melquisedec.
Jesucristo es sacerdote según el orden de Melquisedec, no porque su sacerdocio pertenezca a algún orden determinado, sino porque Melquisedec fue el sacerdote de la Antigua Ley que mejor prefiguró el futuro sacerdocio de Jesucristo. Y ello por tres razones:
1ª Porque ofreció pan y vino, y Cristo instituyó el sacrificio de la Nueva Ley bajo las especies de pan y vino;
2ª Porque aparece en la Escritura sin padre, ni madre, ni genealogía alguna, a semejanza de Cristo, que no tuvo Padre en la tierra ni madre en el cielo;
3ª Porque Melquisedec era rey de Salem, que significa rey de justicia y de paz, y eso exactamente fue Jesucristo.
En el Nuevo Testamento, San Pablo dedica una buena parte de su Epístola a los Hebreos a exponer y exaltar el sacerdocio de Jesucristo:
«Teniendo, pues, un gran Pontífice que penetró en los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, mantengámonos adheridos a la confesión. No es nuestro Pontífice tal que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, antes fue tentado en todo a semejanza nuestra, fuera del pecado» (Hebr 4, 14-15).
«Vosotros, pues, hermanos santos, que participáis de la vocación celeste, considerad al Apóstol y Pontífice de nuestra confesión, Jesús» (Hebr 3, 1).
«Vino a ser para todos los que le obedecen causa de salud eterna, declarado por Dios Pontífice según el orden de Melquisedec» (Hebr 5, 9-10).
«Adonde entró por nosotros como precursor Jesús, instituido Pontífice para siempre según el orden de Melquisedec» (Hebr 6, 20).
En uno de los famosos anatematismos de San Cirilo presentados al concilio de Éfeso contra Nestorio, se dice lo siguiente: Si alguno dice que no fue el mismo Verbo de Dios quien se hizo nuestro Sumo Sacerdote y Apóstol cuando se hizo carne y hombre entre nosotros, sino otro fuera de Él, hombre propiamente nacido de mujer; o si alguno dice que también por sí mismo se ofreció como ofrenda y no, más bien, por nosotros solos (pues no tenía necesidad alguna de ofrenda el que no conoció el pecado), sea anatema» (D 122).
El concilio IV de Letrán declaró contra los herejes albigenses: Una sola es la Iglesia universal de los fieles, fuera de la cual nadie absolutamente se salva, y en ella el mismo sacerdote es sacrificio, Jesucristo, cuyo cuerpo y sangre se contienen verdaderamente en el sacramento del altar…» (D 430).
El concilio de Trento enseña que, a causa de la imperfección del sacerdocio levítico, fue necesario que surgiera otro sacerdote según el orden de Melquisedec, nuestro Señor Jesucristo, que pudiera consumar y llevar a la perfección a todos los que habían de ser santificados» (D 938).
El papa Pío XI instituyó la Misa votiva de Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote.
Este es el razonamiento de Santo Tomás (III, q. 22, a. 1):
El oficio propio del sacerdote es el de ser mediador entre Dios y el pueblo, en cuanto que: por un lado, entrega al pueblo las cosas divinas, de donde le viene el nombre de sacerdote, equivalente a el que da las cosas sagradas, conforme a las palabras de Malq 2, 7: Buscarán la Ley de su boca, es decir, del sacerdote. Y por otro, ofrece a Dios las oraciones del pueblo, e igualmente satisface a Dios por los pecados de ese mismo pueblo. Por eso dice el Apóstol en Heb 5, 1: Todo pontífice tomado de entre los hombres, en favor de los hombres es instituido para las cosas que miran a Dios, para que ofrezca ofrendas y sacrificios por los pecados. Y esto compete principalmente a Cristo, pues por medio de él han sido conferidos dones a los hombres, según palabras de II Pe 1, 4: Por él, esto es, Cristo, nos hizo merced de preciosos y sumos bienes, para que por ellos os hagáis partícipes de la naturaleza divina. El reconcilió también al género humano con Dios, según el pasaje de Col 1, 19-20: En él, esto es, en Cristo, plugo (al Padre) que habitase toda la plenitud, y reconciliar por él todas las cosas. Por lo que a Cristo le compete de forma suprema ser sacerdote.
Ahora bien: esta función compete sobre todo a Cristo, a través del cual son transmitidos a los hombres los bienes de Dios, según el texto de San Pedro: Por El nos hizo (Dios) merced de preciosas y ricas promesas, para hacernos así partícipes de la divina naturaleza (2 Petr 1, 4).
En la respuesta a las dificultades, Santo Tomás aclara dos puntos:
Como escribe el Damasceno, lo que es enteramente semejante, es también idéntico, y no un simple ejemplo. Así pues, por ser el sacerdocio de la antigua ley una figura del sacerdocio de Cristo, no quiso éste nacer de la estirpe de los sacerdotes figurativos, para que quedase claro que su sacerdocio no era enteramente idéntico, sino que difería de aquél como la verdad de la figura.
Los demás hombres poseen parcialmente determinadas gracias; en cambio, Cristo, como cabeza de todos, tiene la plenitud de todas las gracias. Y por eso, en cuanto a los hombres se refiere, uno es legislador, otro sacerdote, y otro rey; pero todas estas funciones tienen lugar a un mismo tiempo en Cristo, como en la fuente de todas las gracias. De ahí que se diga en Is 33, 22: El Señor, nuestro juez; el Señor, nuestro legislador; el Señor, nuestro rey, vendrá y nos salvará.
2º) Jesucristo, en cuanto hombre, fue, a la vez, Sacerdote y Hostia de su propio sacrificio.
Lo dice repetidamente el Apóstol San Pablo en su Epístola a los Hebreos y en el siguiente texto a los Efesios: Cristo nos amó y se entregó por nosotros a Dios en oblación y sacrificio de suave olor (Eph 5, 2).
Recordemos el texto del concilio IV de Letrán donde se dice expresamente que el mismo sacerdote (Cristo) es sacrificio: Una sola es la Iglesia universal de los fieles, fuera de la cual nadie absolutamente se salva, y en ella el mismo sacerdote es sacrificio, Jesucristo, cuyo cuerpo y sangre se contienen verdaderamente en el sacramento del altar…» (D 430).
El concilio de Trento declaró que una misma es la hostia, uno mismo el que se ofrece en el sacrificio de la misa por ministerio de los sacerdotes y el que se ofreció en la cruz, siendo distinto solamente el modo de ofrecerse (D 940).
En la Antigua Ley se ofrecían a Dios tres clases de sacrificios, que recibían los siguientes nombres:
1) Hostia por el pecado. Tenía carácter penitencial en reparación de los pecados voluntariamente cometidos. En este sacrificio se quemaba en honor de Dios una parte de la víctima y otra porción era asignada a los sacerdotes por su ministerio. El macho cabrío, puro e inmaculado, era la víctima preferida para esta clase de sacrificios (cf. Lev. 4, 1-36).
2) Hostia pacífica. Se ofrecía en cumplimiento de un voto o en acción de gracias por un favor recibido de Dios. En éste se consumían por el fuego las vísceras y las partes grasas del animal; pero la carne se repartía entre el sacerdote y el oferente, que debían comerla, como cosa santa, en el santuario. Era éste un banquete de comunión, que Dios preparaba a sus fieles con aquellos mismos dones que de ellos recibía, y que prefiguraba el futuro sacramento de la eucaristía (cfr. Lev. 3, 1-16).
3) Holocausto. Era el más perfecto de los sacrificios, en el cual la víctima era enteramente consumida por el fuego en obsequio de la Divinidad, sin reservar parte alguna para el sacerdote o el oferente (Lev. 1, 1-17).
Todo esto no eran sino nombres y figuras imperfectas del gran sacrificio redentor que había de llevar a cabo Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
Precisamente por la perfección definitiva del sacrificio de Cristo se reunieron en él las tres modalidades de los sacrificios de la Antigua Ley, de suerte que, como dice San Pablo, con una sola oblación perfeccionó para siempre a los santificados (Hebr 10, 14).
Santo expone magistralmente esta doctrina (III, q. 22, a. 2):
Como escribe Agustín en el libro X De Civ. Dei, todo sacrificio visible es sacramento, es decir, el signo del sacrificio invisible.
Y es sacrificio invisible aquel por el que el hombre ofrece a Dios su propio espíritu, conforme a las palabras de Sal 50, 19: Es sacrificio para Dios el espíritu contrito.
Por eso, todo lo que es ofrecido a Dios para que el espíritu del hombre sea llevado hacia Él, puede llamarse sacrificio.
Así pues, el hombre necesita del sacrificio por tres motivos:
Primero, para la remisión del pecado, que le aparta de Dios. Y por eso dice el Apóstol en Heb 5, 1 que concierne al sacerdote ofrecer dones y sacrificios por los pecados.
Segundo, para que el hombre se conserve en estado de gracia, unido siempre a Dios, en quien consiste su paz y su salvación. De ahí que, en la ley antigua, se sacrificase una víctima pacífica por la salvación de los oferentes, como se lee en Lev 3.
Tercero, para que el alma del hombre se una perfectamente a Dios, lo que acontecerá sobre todo en la gloria. Por eso, en la ley antigua, se ofrecía el holocausto, a modo de combustión total, como se dice en Lev 1.
Ahora bien, todos estos beneficios se han verificado en nosotros por medio de la humanidad de Cristo. Pues, efectivamente:
Primero, fueron borrados nuestros pecados, según las palabras de Rom 4, 25: Fue entregado por nuestros pecados.
Segundo, por Él recibimos la gracia que nos salva, conforme a Heb 5, 9: Fue hecho causa de salud eterna para todos los que le obedecen.
Tercero, por Él hemos logrado la perfección de la gloria, como se lee en Heb 10, 19: Tenemos confianza, en virtud de su sangre, de entrar en el lugar de los santos, es decir, en la gloria celestial.
Y por eso el propio Cristo, en cuanto hombre, no sólo fue sacerdote, sino también víctima perfecta, siendo a la vez víctima por el pecado, hostia pacífica y holocausto.
Objeciones y respuestas:
1ª: Corresponde al sacerdote matar la víctima. Pero Cristo no se mató a sí mismo. Luego Cristo no fue a la vez sacerdote y víctima.
R: Cristo no se mató, sino que se expuso voluntariamente a la muerte, conforme a las palabras de Is 53, 7: Se ofreció porque quiso. Y por eso se dice que se ofreció a sí mismo.
2ª: El sacerdocio de Cristo se parece más al sacerdocio de los judíos, que fue instituido por Dios, que al sacerdocio de los gentiles, con el que se daba culto a los demonios. Pero en la ley antigua nunca se ofrecía en sacrificio un hombre. Tal práctica es recriminada en grado sumo en los sacrificios de los gentiles, según palabras de Sal 105, 38: Derramaron la sangre inocente de sus hijos y de sus hijas, sacrificándolos a los ídolos de Canaán. Luego en el sacerdocio de Cristo no debió ser la víctima el propio Cristo en cuanto hombre.
R: La muerte de Cristo puede relacionarse con una doble voluntad.
En primer lugar, con la voluntad de los que le mataron. En este sentido no tuvo la condición de víctima, pues no es posible decir que quienes mataron a Cristo hayan ofrecido a Dios una víctima, sino que pecaron gravemente. Los sacrificios impíos de los gentiles eran imagen de este pecado, porque sacrificaban hombres a sus ídolos.
En segundo lugar, la muerte de Cristo puede considerarse en comparación con la voluntad del paciente, que se ofreció voluntariamente a la pasión. Y, bajo este aspecto, tiene razón de víctima, y no guarda semejanza con los sacrificios de los gentiles.
3ª: Toda víctima, por ser ofrecida a Dios, queda consagrada a Él. Pero la humanidad de Cristo fue consagrada y estuvo unida a Dios desde el principio. Luego no puede decirse oportunamente que Cristo, en cuanto hombre, fuera víctima.
R: La santidad inicial de la humanidad de Cristo no impide que la misma naturaleza humana, ofrecida a Dios en la pasión, haya sido santificada de una nueva manera, a saber, como hostia ofrecida actualmente, pues entonces adquirió la santificación actual de la víctima en virtud de la antigua caridad y por la gracia de unión, que lo santificó de modo absoluto.
3º) El sacerdocio de Cristo tiene fuerza sobreabundante para expiar todos los pecados del mundo.
Lo anunció el profeta Isaías y lo repite insistentemente San Pablo:
Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. El castigo salvador pesó sobre él, y en sus llagas hemos sido curados (Is., 53, 5).
Fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (Rom 4, 25).
Dios probó su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, murió Cristo por nosotros. Con mayor razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por Él salvos de la ira; porque si, siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, reconciliados ya, seremos salvos en su vida (Rom. 5, 8-10).
Santo Tomás lo expone de este modo (III, q. 22, a. 3):
Para la perfecta purificación de los pecados se requieren dos cosas, correspondientes a los dos elementos que acompañan al pecado, a saber, la mancha de la culpa y el reato de la pena.
La mancha de la culpa es borrada por la gracia, que endereza hacia Dios el corazón del pecador; el reato de la pena se suprime totalmente cuando el hombre satisface por completo a Dios.
Ahora bien: ambos efectos los causa el sacerdocio de Cristo.
Porque en virtud de él se nos otorga la gracia, por la que nuestros corazones se dirigen a Dios, según las palabras de San Pablo: Son justificados gratuitamente por su gracia, por la redención de Cristo Jesús, a quien ha puesto Dios como sacrificio de propiciación, mediante la fe en su sangre (Rom 3, 24-25).
También Él ha satisfecho plenamente por nosotros, pues tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestras dolencias (Is 53, 4).
Por tanto, es claro que el sacerdocio de Cristo goza de pleno poder para borrar los pecados de todo el mundo.
Es interesante la primera objeción, que dice: Borrar los pecados es competencia exclusiva de Dios. Ahora bien, Cristo no es sacerdote en cuanto Dios, sino en cuanto hombre. Luego el sacerdocio de Cristo no es apto para expiar los pecados.
Esto permite a Santo Tomás, apoyado en San Agustín, resumir todo el tratado del Verbo Encarnado:
Aunque Cristo no fue sacerdote en cuanto Dios, sino en cuanto hombre, sin embargo una misma y única persona fue sacerdote y Dios.
Por eso dice el Concilio de Éfeso: Si alguno sostuviera que nuestro Pontífice y Apóstol no es el mismo Verbo de Dios, sino que lo es otro distinto de él, especialmente una persona humana, sea anatema.
Y por eso, al actuar su humanidad con el poder de la divinidad, su sacrificio era eficacísimo para borrar los pecados.
Por este motivo escribe Agustín en el libro IV De Trin.: Como en todo sacrificio han de tenerse en cuenta cuatro cosas: a quién se ofrece, quién lo ofrece, qué se ofrece, por quiénes se ofrece, el mismo único y verdadero mediador, reconciliándonos con Dios por el sacrificio de la paz continuaba siendo uno con aquel a quien lo ofrecía, hacía en sí mismo una sola cosa de aquellos por quienes lo ofrecía, era uno mismo el que ofrecía, y era una sola cosa con lo que ofrecía.
4º) Jesucristo no ofreció su sacrificio en beneficio propio —pues nada absolutamente tenía que reparar ante Dios—, sino únicamente en beneficio nuestro.
El Concilio de Éfeso es claro y terminante al respecto: Si alguno dice que Cristo ofreció la oblación por sí mismo, y no más bien por nosotros solos (puesto que no necesitó de sacrificio quien no conoció el pecado), sea anatema.
Y Santo Tomás lo enseña con estas palabras (III, q. 22, a. 4):
El sacerdote es constituido mediador entre Dios y el pueblo.
Necesita de un mediador ante Dios aquel que no puede llegar hasta Él por su propia virtud; y un sujeto de esa naturaleza está sometido al sacerdocio al participar del efecto del mismo.
Pero esto no corresponde a Cristo, pues dice el Apóstol en Heb 7, 25: Se acerca a Dios por sí mismo, viviendo eternamente, para interceder por nosotros.
Y por eso no corresponde a Cristo recibir en sí mismo el efecto de su sacerdocio, sino, más bien, comunicarlo a los demás.
En cualquier género de cosas, el primer agente influye de tal modo que él no es receptor de nada dentro de ese género; así, el sol ilumina, pero no es iluminado, y el fuego calienta, pero no es calentado.
Ahora bien, Cristo es la fuente de todo sacerdocio, pues el sacerdote de la ley antigua era una figura de Él, y el sacerdote de la nueva ley actúa en representación de Cristo.
Y, por eso, no le corresponde a Cristo recibir el efecto de su sacerdocio.
Como siempre, la respuesta a las objeciones, arrojan mucha luz:
1ª: Rogar por el pueblo concierne al oficio del sacerdote. Ahora bien, Cristo no oró solamente por los demás, sino también por sí mismo. Luego el sacerdocio de Cristo tuvo efectos no solamente sobre los demás, sino también sobre él mismo.
R: La oración, aunque compete a los sacerdotes, no es, sin embargo, un acto propio de su oficio, puesto que a cada uno de los hombres le corresponde orar por sí mismo y por los demás. Y, en este sentido, podría decirse que la oración que Cristo hizo por sí mismo no era un acto de su sacerdocio.
Pero tal respuesta parece quedar excluida por el Apóstol, quien, después de haber dicho, en Heb 5, 6, tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec, añade en el v. 7: que en los días de su vida mortal ofreció oraciones, etcétera, como antes hemos dicho en la solución.
Por eso es necesario decir que los demás sacerdotes participan del efecto de su propio sacerdocio no en cuanto sacerdotes, sino en cuanto pecadores.
Pero Cristo, hablando en absoluto, no tuvo pecado, aunque sí tuvo una semejanza de carne de pecado, como se dice en Rom 8, 3.
Y, por este motivo, no puede decirse de modo absoluto que Él mismo participó del efecto de su sacerdocio, sino sólo de forma relativa, es decir, según la pasibilidad de su carne.
2ª: Cristo se ofreció a sí mismo como sacrificio en su pasión. Pero con su pasión no mereció sólo para los demás, sino también para sí mismo. Luego el sacerdocio de Cristo no influyó sólo en los demás, sino también en Él mismo.
R: En la oblación del sacrificio de cualquier sacerdote pueden considerarse dos cosas, a saber: el mismo sacrificio ofrecido y la devoción del oferente.
El efecto propio del sacerdocio es lo que resulta del mismo sacrificio. Pero Cristo alcanzó por su pasión la gloria de la resurrección, no como por virtud del sacrificio, que se ofrece a modo de satisfacción, sino por la devoción con que sufrió humildemente, y por caridad, la pasión.
3ª: El sacerdocio de la ley antigua fue figura del sacerdocio de Cristo. Pero el sacerdote de la antigua ley ofrecía el sacrificio no sólo por los demás, sino también por sí mismo. Luego el sacerdocio de Cristo no sólo tuvo efecto sobre los demás, sino también sobre sí mismo.
R: La figura no puede igualar a la realidad. Por eso el sacerdote representativo de la ley antigua no podía lograr una perfección de tal categoría que no necesitase el sacrificio satisfactorio.
Pero Cristo no tuvo esa necesidad.
Por tanto, el motivo no es semejante en uno y otro caso.
Y esto es lo que dice el Apóstol en Heb 7, 28: La Ley hizo sacerdotes a hombres sujetos a la debilidad; pero la palabra del juramento, que viene después de la Ley, hizo al Hijo perfecto para toda la eternidad.
Escolio:
El Tercer Domingo de Adviento de 2012 desarrollé el tema Jesús Sacerdote, y escribí:
Los títulos de Sacerdote y Cordero son mesiánicos. En el Antiguo Testamento se delinea la figura de sacerdote y víctima del futuro Mesías.
En el Evangelio aparece Jesús como Sacerdote y Cordero de Dios; y en los mismos tiempos apostólicos tendrá más amplio desarrollo la teología católica sobre estos dos puntos, especialmente en la carta de San Pablo a los Hebreos y en el Apocalipsis de San Juan.
Escasos son los textos del Antiguo Testamento en que se afirme de una manera concreta el carácter sacerdotal del futuro Mesías; con todo, se delinea en muchísimas de aquellas páginas.
El simple hecho de la filiación divina debía hacer del Mesías el Profeta, el Sacerdote y el Rey por excelencia.
Un sacrificio nuevo exigía un nuevo sacerdocio, y el profeta Malaquías vaticina para los tiempos mesiánicos un sacrificio puro y universal, en que toda la exégesis cristiana ha visto profetizado el sacrificio eucarístico.
Este sacrificio puro no lo ofrecerán los sacerdotes según Aarón, porque el sacerdocio levítico debía circunscribir sus funciones dentro de los límites de Israel, y la nueva Hostia pacífica deberá ofrecerse en todos los puntos de la tierra: lo hará el sacerdote de la religión que funde el Mesías, es decir, el mismo Mesías, de cuyo Sacerdocio eterno participarán sus sacerdotes.
El Rey David, en el salmo 109, que es salmo sacerdotal y real a la vez y que contiene uno de los más claros y definidos vaticinios mesiánicos, llama al Mesías sacerdote eterno según el orden de Melquisedec.
El sacerdocio del Mesías se colige de aquellos pasajes en que se alude a un sacrificio personal que el mismo Mesías realizará, y en el que será sacerdote y víctima a la vez.
David introduce en el mundo al Cristo futuro ofreciéndose como hostia por los pecados con estas palabras: No quisiste sacrificio ni ofrenda. No demandaste holocausto ni ofrenda por el pecado. Entonces dije: He aquí que vengo… para hacer tu voluntad; palabras que San Pablo aplica a Cristo Sacerdote.
Isaías habla de la muerte del Mesías como sacrificio que hace de sí propio, sacrificio voluntario, sangriento, expiatorio.
En la misma tipología del Antiguo Testamento hallamos un preludio del sacerdocio del Mesías. Abel, Melquisedec, Abraham son tipos del sacerdocio del Mesías.
Particularmente Melquisedec y Abraham son los dos tipos representativos de los dos sacerdocios del Testamento Antiguo: el primero representa el sacerdocio antes de la ley; el segundo, el sacerdocio legal, ya que de Abraham vienen Aarón y Leví, de cuya tribu debían ser los sacerdotes según la ley.
El sacerdocio del Mesías deberá ser según el orden de Melquisedec, no de Aarón:
Primero, porque el Mesías no será de la tribu de Leví, sino de la de Judá, que no es sacerdotal.
En segundo lugar, porque el sacerdocio de Melquisedec era más perfecto que el de Abraham, de donde nacerá Aarón.
Era mayor la dignidad del oferente, porque Abraham pagó el diezmo a Melquisedec y recibió de él la bendición.
Más perfecta también la representación del futuro sacerdote Hijo de Dios, sin padre, ni madre, ni genealogía, sin padre como hombre, sin madre como Dios y sin genealogía por su inescrutable origen.
En esta independencia de la genealogía sacerdotal levítica está uno de los más preciados caracteres del futuro sacerdocio del Mesías.
Será un sacerdocio nuevo, porque lo será su sacrificio y su religión; porque la ley debía ser abolida, substituyéndola un pacto o Testamento nuevo, sellado con la Sangre del nuevo Sacerdote según el orden de Melquisedec; sempiterno, es decir, no dependiente de las generaciones humanas, que fenecen, sino fundado en la unión substancial de la naturaleza humana en la Persona del Verbo que permanece eternamente; perfectísimo, que no tendrá necesidad de ofrecer hostias por sus pecados, porque será el Hijo eternamente perfecto.
La misión sacerdotal de Jesús, la naturaleza de su sacerdocio y los frutos de su sacrificio vienen expresados casi ya en su forma teológica definitiva en los escritos apostólicos, especialmente en las epístolas de San Pablo.
En la conversación con Nicodemus esboza ya Jesús en sus grandes líneas sus funciones sacerdotales. La primera de ellas es la mediación por el sacrificio expiatorio de sí mismo; la participación, por la fe y el bautismo, de la gracia que brota de la muerte expiatoria de Jesús, es la que reconcilia a los hombres con Dios y les hace capaces de renacer a la vida divina y de ver su reino.
Pero donde aparece la grandeza sacerdotal de Jesús es en el Calvario. Allí se nos presenta como Sacerdote que se inmola a sí mismo con un acto de su voluntad libérrima.
Jesús se inmola a Sí mismo por el derramamiento de su Sangre, la Sangre del Nuevo Testamento, que la noche antes de morir pone en el Cáliz de la última Cena. El sacrificio de Jesús es holocausto, porque glorificó a su Padre de una manera perfecta; es sacrificio para remisión de pecados; es sacrificio pacífico, porque se propone reconciliar los hombres con Dios.
Toda la vida sacerdotal de Jesús está encerrada en aquellas palabras de su oración sacerdotal: Por ellos me santifico a mí mismo. La solemnidad del momento y la misma solemnidad de la frase, demuestran que Jesús iba a entrar en la función definitiva de su sacerdocio eterno, aboliendo los viejos sacrificios y el sacerdocio legal con el acto sacerdotal que dentro de poco realizará inmolándose a sí mismo en la Cruz.
La primera condición del sacerdote, según el Apóstol, es la de mediador; y para ello es preciso que sea hombre; ni más, ni menos; ni superior ni inferior a la naturaleza humana.
Jesucristo, sacerdote único de una sociedad universal y única como será su Iglesia, debía ser hombre que formara parte de este inmenso organismo social. Dios no es sacerdote; no puede serlo, porque es uno de los extremos de la mediación.
Ni debe ser una naturaleza superior o inferior a la humana la que ejerza el oficio sacerdotal; porque el deber de la ofrenda y de la expiación incumbe personalmente a la criatura racional que recibió de Dios la vida y que pecó contra Él.
Y ved al Verbo cómo se hace hombre, tomando una naturaleza humana en las entrañas de la Virgen. Se hace hombre precisamente para ser sacerdote, porque el fin de la Encarnación es la Redención, y ésta debía lograrla Jesucristo por la gran función sacerdotal de su sacrificio.
No basta para ser sacerdote ser miembro de esta gran solidaridad humana. El sacerdocio no es una función civil, sino sagrada, especialísima, única entre todas las funciones de carácter social. No depende, por lo mismo, de la voluntad personal de cada hombre ni de la autoridad civil que llame a un ciudadano a estas altas funciones; se requiere vocación de Dios; el que toma la investidura sacerdotal sin ser llamado, o ejerce por su antojo las funciones de mediador entre Dios y los hombres, es un intruso.
Es otro carácter que señala el Apóstol: Que nadie se arrogue esta dignidad; es preciso para lograrla ser llamado por Dios, como Aarón.
Exige esta vocación la misma naturaleza del oficio sacerdotal. Intermediario entre Dios y los hombres como es el sacerdote, debe ser grato al Cielo y a la tierra, en especial al Cielo.
Si el sacerdote no es grato a Dios, por la mezquindad de su pensamiento o de su corazón; si no sabe o no quiere rendir toda su vida, que es como la síntesis de la vida de sus representados, ante la majestad del Ser Supremo; si es hombre de pecado, y los ojos santísimos de Dios descubren en el fondo de su alma esta mancha que tanto odia en los hombres, ¿cómo podrá el hombre ejercer con eficacia funciones sacerdotales?
Jesucristo, Sacerdote de la Nueva Ley, Sacerdote único en quien se encerrará todo el sacerdocio definitivo y eterno, debía ser llamado por Dios, con mayor razón con que fue llamado Aarón. Y lo fue en forma solemnísima.
Y por este hecho es llamado a ser Sacerdote; porque el Verbo de Dios se encarna con una finalidad esencialmente sacerdotal. Para esto vino del Cielo a la tierra y para esto fue hecho sacerdote. Es decir, que el Verbo se encarna para redimir, redime por su sacrificio y sacrifica por su ser y sus funciones de sacerdote.
Encarnación y Sacerdocio, Sacrificio y Redención, están en Jesucristo íntimamente trabados, son absolutamente inseparables en la realidad objetiva de su ser y de su vida.
Tal es la vocación de Jesús al sacerdocio. Es vocación de toda la eternidad, que se realiza en el tiempo cuando la naturaleza humana de Cristo se junta a la Persona divina. El mismo hecho de la filiación constituye la razón de su sacerdocio.
¿Fue Jesucristo consagrado sacerdote? ¿Cuándo y cómo lo fue? Al Sacerdote de la Nueva Ley no debía faltarle la consagración, de lo contrario hubiera quedado por debajo del sacerdocio de Aarón.
He aquí cómo fue ordenado y consagrado sacerdote Jesucristo: por el puro hecho de la unión hipostática de su naturaleza humana con la Persona del Verbo. Fue entonces cuando la humanidad de Jesucristo fue ungida con la divinidad del Verbo.
El Verbo es el Crisma sustancial, porque sustancialmente es Dios. Al tocar el Verbo de Dios la Humanidad santísima, Jesucristo fue consagrado Pontífice único, porque es el único hombre que se ha puesto en contacto personal con Dios.
No sólo Pontífice único, sino Pontífice substancial y total, es decir, sacerdote por su misma naturaleza y por su mismo ser; porque al ponerse en contacto con la divinidad fue íntima y totalmente invadido por ella, y por ella ungido en alma y cuerpo.
Así, la unción sacerdotal del Espíritu de Dios, al venir sobre Jesucristo, se compenetró con Él hasta hacer de Él no un hombre ungido, sino «el Ungido», y una como unción viva y substancial, que esto significa la palabraCristo.
Y si el sacerdote es el hombre de Dios, porque está tocado por la santa unción de Dios, nadie más sacerdote que Jesucristo, que más que hombre de Dios, es el Hombre-Dios, constituido tal por esta misma unción de la divinidad.
¡Qué dulce y fuerte es para nuestra alma el pensamiento de que Jesús es sacerdote ya desde su primer vagido y de que toda la obra de su vida es función y ofrenda sacerdotal!
Sacerdote en el pesebre de Belén, donde, con su primer dolor, empieza a ofrecerse Hostia viva que se consumará en el Calvario.
Sacerdote cuando consagra el pan y el vino, instituyendo la oblación inmaculada de la Eucaristía, que ya no cesará más y se ofrecerá en todo lugar del mundo.
Sacerdote, especialmente, cuando, clavado en Cruz, es Él mismo el altar, la víctima y el Pontífice que consuma la única oblación totalmente acepta a Dios desde que el mundo es mundo.
Sacerdote en el Cielo, donde ejerce las funciones pontificales de intercesión ante el Padre.
Tales son las características del sacerdocio de Jesucristo. Hombre como nosotros, llamado por Dios con juramento a las funciones sacerdotales, consagrado con la plenitud de la unción de la divinidad misma que le constituyó en Ungido o Cristo personal y vivo, santo, inmortal y de una categoría única en la historia del sacerdocio, Jesucristo es, en verdad, el Hombre constituido intermediario entre Dios y los hombres, puente divino entre el Cielo y la tierra, Mediador entre el Santo y los pecadores.
LA MANIFESTACIÓN DE CRISTO A LOS PASTORES Y MAGOS
Después del nacimiento de Cristo vino su manifestación.
Santo Tomás estudia esta cuestión en ocho artículos, que pueden dividirse en tres grupos:
a) Conveniencias de la manifestación de Cristo (a. 1-5)
b) La manifestación a los Pastores (a.6)
c) La manifestación a los Magos (a. 7-8)
1º) Fue conveniente que el nacimiento de Cristo se manifestase a algunos, pero no a todos los hombres
El Doctor Angélico expone tres razones por las que no era conveniente que se manifestase a todos los hombres en común (III, q. 36, a. 1):
El nacimiento de Cristo no debió ser manifestado a todos en general.
Primero, porque esto hubiera impedido la redención humana, que fue realizada por medio de su cruz, pues, como se dice en I Cor 2, 8: De haberlo conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria.
Segundo, porque esto hubiera debilitado el mérito de la fe, por la que había venido a justificar a los hombres, según Rom 3, 22: La justicia de Dios por la fe en Jesucristo. Si, al nacer Cristo, su nacimiento se hubiera manifestado a todos mediante signos claros, desde entonces se hubiera suprimido la razón de la fe, que es la prueba de lo que no se ve, como se lee en Heb 11, 1.
Tercero, porque con esto se hubiera dudado sobre la verdad de su humanidad. De donde dice Agustín en la Epístola ad Volusianum: Si no se hubiese hecho adulto de infante, cambiando la edad; si no hubiese necesitado de alimento y de sueño en modo alguno, ¿no hubiera consolidado la opinión errónea, y no se hubiera creído que en modo alguno había tomado verdadera naturaleza humana?; y, al hacerlo todo maravillosamente, ¿no hubiera destruido lo que realizó misericordiosamente?
Sin embargo, era conveniente que se manifestase a algunos (Pastores y Magos), porque sería en perjuicio de la salud humana que el nacimiento de Dios fuese conocido de todos, pero también lo sería que no fuese conocido de algunos que pudieran comunicarlo a los demás (III, q. 36, a. 2):
Como escribe el Apóstol en Rom 13, 1, las cosas que provienen de Dios están ordenadas. Y pertenece al orden de la sabiduría divina que los dones de Dios y los secretos de su sabiduría no lleguen por igual a todos, sino que se dirijan inmediatamente a algunos y, por medio de ellos, se encaminen a los otros.
Por lo que, respecto al misterio de la resurrección, se dice, en Act 10, 40-41, que Dios concedió a Cristo resucitado que se hiciese visible, no a todo el pueblo, sino a los testigos señalados de antemano por Dios.
Luego esto debió observarse también tocante a su nacimiento, para que Cristo no se manifestase a todos, sino a algunos, por los que pudiera llegar a los otros.
La primera objeción dice: Era conveniente para la salvación de los hombres que la primera venida de Cristo fuese oculta. Pero Cristo vino para salvar a todos. Luego el nacimiento de Cristo no debió ser manifestado a nadie.
Santo Tomás responde:
Como hubiera cedido en perjuicio de la salvación humana el que todos los hombres conociesen el nacimiento de Dios, así hubiera acontecido también en caso de no haber sido conocido por nadie. De uno y otro modo se destruye la fe, a saber: tanto si una cosa es enteramente manifiesta como si no es conocida por nadie, de quien pueda ser oído el testimonio, pues la fe viene de la audición, como se dice en Rom 10, 17.
Se objeta, diciendo: Antes de que Cristo viniera al mundo les fue revelado a la Santísima Virgen y a San José el futuro nacimiento de Aquél. Luego no era necesario que, una vez nacido Cristo, fuese manifestado a otros su nacimiento.
Y responde Santo Tomás:
María y José debían ser instruidos sobre el nacimiento de Cristo antes de que se produjese, porque a ellos tocaba reverenciar al niño concebido en el seno, y servirle una vez que hubiera nacido. Pero su testimonio, al provenir de la familia, hubiera sido considerado como sospechoso en cuanto a la grandeza de Cristo. Y por eso debió ser manifestado a otros extraños, cuyo testimonio pudiera estar exento de sospecha.
La tercera dificultad es muy actual: Ningún hombre prudente descubre aquello de lo que se deriva la turbación y el daño de otros. Pero, una vez manifestado el nacimiento de Cristo, se siguió la turbación, puesto que en Mt 2, 3 se dice: Oyendo el rey Herodes el nacimiento de Cristo, se turbó y toda Jerusalén con él. Esto redundó también en perjuicio de los otros, pues, con esta ocasión, Herodes mató en Belén y en sus contornos a los niños de dos años para abajo (Mt 2, 16). Luego parece que no fue conveniente que el nacimiento de Cristo fuese manifestado a algunos.
Leamos a Santo Tomás:
La turbación que se siguió de la manifestación del nacimiento de Cristo era conveniente a tal nacimiento.
Primero, porque con esto queda patente la dignidad celeste de Cristo. De donde dice Gregorio en una Homilía: Nacido el Rey del cielo, se turba el rey de la tierra, porque, en efecto, la grandeza terrena queda confundida cuando se revela el señorío celestial.
Segundo, porque con esto se representaba la potestad judicial de Cristo. Por lo que dice Agustín en un Sermón sobre la Epifanía: «¿Qué será el tribunal del juez cuando la cuna del niño aterraba a los reyes soberbios?
Tercero, porque con esto se figuraba el aniquilamiento del reino del diablo, pues, como dice el papa León en un Sermón sobre la Epifanía, no es tanto Herodes el que se turba en sí mismo cuanto el diablo en Herodes. Este le estimaba un hombre, mas el diablo lo tenía por Dios. Y ambos a dos temían al sucesor de su reino: el diablo, al sucesor celestial; Herodes, en cambio, al terrenal. En vano, sin embargo, porque Cristo no había venido para tener un reino terreno en la tierra, como dice el papa León, hablando a Herodes: Tu palacio no es capaz de hospedar a Cristo, ni el Señor del mundo puede quedar satisfecho con la estrechez del poder de tu reino.
El que los judíos se turbasen, cuando más bien deberían alegrarse, se debe o a que, como dice el Crisóstomo, los inicuos no podían alegrarse de la venida del justo, o a que querían lisonjear a Herodes, a quien temían, porque el pueblo halaga más de lo justo a aquellos cuya crueldad soporta.
La muerte que los niños recibieron de Herodes no cedió en detrimento de los mismos, sino en su provecho. Dice Agustín en su Sermón sobre la Epifanía: No quiera Dios que pensemos que Cristo, que vino a liberar a los hombres, no hiciese nada por el premio de los que eran muertos por su causa, Él, que, colgado de la cruz oró por los que le mataban.
2º) Fue muy conveniente que Cristo se manifestase a quienes de hecho se manifestó
Santo Tomás ofrece el siguiente razonamiento (III, q. 36, a. 3):
La salvación que Cristo iba a realizar pertenecía a toda la multiplicidad humana, pues, como se lee en Gal. 3, 28 y Col 3, 11, en Cristo no hay varón y mujer, gentil y judío, esclavo y libre, y así sucede con otras cosas por el estilo.
Y, para que esto quedase prefigurado en el mismo nacimiento de Cristo, fue manifestado a hombres de toda condición.
Porque, como dice Agustín en un Sermón sobre la Epifanía, los pastores eran israelitas; los Magos, gentiles. Aquéllos estaban cerca, éstos vinieron de lejos. Unos y otros corrieron juntos como a su piedra angular.
Hubo también entre ellos otra diferencia: los Magos fueron sabios y poderosos; los pastores, humildes y plebeyos.
También se reveló a justos, tales Simeón y Ana, y a pecadores, a saber, los Magos.
Se manifestó asimismo a hombres y mujeres, como Ana, para demostrar con ello que ninguna clase de hombres quedaba excluida de la salvación de Cristo.
En las respuestas a las objeciones, Santo Tomás proporciona detalles muy importantes:
La manifestación del nacimiento de Cristo fue una anticipación de la revelación plena que vendría luego. Y como en la segunda manifestación la gracia de Cristo fue anunciada por el propio Cristo y sus Apóstoles, primero a los judíos y luego a los gentiles, así también se acercaron a Cristo en primer lugar los Pastores, que eran las primicias de los judíos, como los que vivían más cerca; y luego vinieron de lejos los Magos, que fueron las primicias de los gentiles, como dice Agustín.
Como expone Agustín en un Sermón sobre la Epifanía, como prevalece la impericia en la rusticidad de los pastores, así prevalece la impiedad en los sacrilegios de los magos. Sin embargo, Aquel que es la piedra angular consagró a sí mismo a unos y otros, porque vino a escoger lo necio para confundir a los sabios, y no a llamar a los justos, sino a los pecadores, a fin de que ningún grande se ensoberbeciese y ningún débil se desesperase.
Sin embargo, algunos opinan que estos Magos no fueron hechiceros, sino sabios astrólogos, que entre los persas o los caldeos se llaman magos.
Como expone el Crisóstomo, los Magos vinieron del Oriente, porque de donde nace el día, de allí partió el principio de la fe, puesto que la fe es la luz de las almas. O porque cuantos vienen de Cristo, vienen de Él y por Él; de donde en Zac 6, 12 se escribe: He aquí el varón, cuyo nombre es Oriente.
Sin embargo, también es creíble que apareciesen señales del nacimiento de Cristo en otras partes del mundo, como sucedió en Roma, donde manó aceite, o en España, donde aparecieron tres soles que, poco a poco, se convirtieron en uno solo.
Como expone el Crisóstomo, el Ángel que anunció el nacimiento de Cristo no se dirigió a Jerusalén, ni fue en busca de los escribas y fariseos, porque estaban corrompidos y eran presa de la envidia. Los pastores, en cambio, eran sinceros y cultivaban el antiguo estilo de vida de los patriarcas y de Moisés.
Estos pastores anunciaban también a los doctores de la Iglesia, a los que son revelados los misterios de Cristo, que estaban ocultos para los judíos.
Como comenta Ambrosio, el nacimiento del Señor debió ser testificado no sólo por los pastores, sino también por los ancianos y por los justos, cuyo testimonio resultaba más creíble por su santidad.
3º) No era conveniente que Jesucristo manifestase su divinidad por sí mismo, sino más bien por los Ángeles y la estrella
Así lo enseña Santo Tomás (III, q. 36, a. 4 y 5):
El nacimiento de Cristo estaba ordenado a la salvación de los hombres, que se consigue por medio de la fe.
Pero la fe que salva, confiesa la divinidad y la humanidad de Cristo.
Por consiguiente, era necesario que el nacimiento de Cristo fuese revelado de tal modo que la demostración de su divinidad no perjudicase la fe en su humanidad.
Y esto sucedió al manifestar Cristo en sí mismo la semejanza de la flaqueza humana, y al demostrar, no obstante, el poder de su divinidad por medio de las criaturas de Dios.
Y por eso Cristo no reveló por sí mismo su propio nacimiento, sino a través de sus criaturas.
Como la demostración silogística se hace por medio de las nociones que son más conocidas de aquel a quien se trata de demostrar algo, así la manifestación que se realiza mediante señales debe hacerse por medio de las que son familiares a aquellos a quienes se orienta la manifestación.
Pero es claro que a los justos les resulta familiar y habitual el ser instruidos por interior instinto del Espíritu Santo, a saber, por el espíritu de profecía, sin la demostración de signos sensibles.
Mas otros, acostumbrados a las cosas corporales, son llevados mediante éstas a las espirituales.
Los judíos estaban acostumbrados a recibir las instrucciones divinas por medio de Ángeles, mediante los cuales también habían recibido la Ley, según aquellas palabras de Act 7, 53: Recibisteis la Ley por ministerio de los ángeles.
Los gentiles, en cambio, y sobre todo los astrólogos, estaban acostumbrados a contemplar el curso de las estrellas.
Y por eso, a los justos, esto es, a Simeón y a Ana, les fue revelado el nacimiento de Cristo por interior instinto del Espíritu Santo, según el texto de Lc 2, 26: Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no moriría antes de ver al Ungido del Señor.
Pero a los Pastores y a los Magos, como dados a las cosas corporales, les fue manifestado el nacimiento de Cristo por medio de apariciones visibles.
Y como el nacimiento no era puramente terrenal, sino en cierto modo celestial, por eso les fue revelado el nacimiento de Cristo a unos y otros mediante señales celestes, pues, como dice Agustín en su Sermón sobre la Epifanía, los Ángeles moran en los cielos, y los astros los hermosean; a unos y a otros cuentan los cielos la gloria de Dios.
Con razón, pues, fue revelado el nacimiento de Cristo a los pastores por los Ángeles, como a judíos, entre los cuales fueron frecuentes las apariciones angélicas; a los Magos, en cambio, como acostumbrados a la contemplación de los cuerpos celestes, fue manifestado mediante la señal de la estrella.
Porque, como dice el Crisóstomo, el Señor, condescendiendo con ellos, quiso llamarlos por medio de las cosas a que estaban habituados.
Hay todavía otra razón. Porque, como dice Gregorio, a los judíos, como a seres que usan de la razón, debió predicarles un ser racional, esto es, un Ángel. Los gentiles, en cambio, que no sabían servirse de la razón para conocer a Dios, son conducidos a Él no por medio de la voz sino mediante señales. Y como los predicadores anunciaron a los gentiles un Señor que ya hablaba, así los elementos mudos lo predicaron cuando todavía no hablaba.
Puede añadirse incluso una tercera razón. Porque, como expone Agustín en un Sermón sobre la Epifanía, Abrahán tenía la promesa de una descendencia innumerable, que sería engendrada no por vía carnal, sino por la fecundidad de la fe. Y por eso fue comparada a la muchedumbre de las estrellas, con el fin de que surgiese la esperanza de una descendencia celestial. Y por ese motivo los gentiles, designados por las estrellas, son animados por la aparición de un nuevo astro para que se lleguen a Cristo, por quien se convierten en descendencia de Abrahán.
4º) El nacimiento de Cristo fue manifestado en el orden debido
Así lo dice Santo Tomás:
El nacimiento de Cristo fue revelado primeramente a los Pastores, el mismo día en que tuvo lugar.
En segundo lugar llegaron a Cristo los Magos.
En tercer lugar fue revelado a los justos en el templo, a los cuarenta días de haberse producido, como se lee en Lc 2, 22.
La razón de este orden es que: Por los pastores están significados los Apóstoles y otros creyentes del pueblo judío, a quienes primero fue dada a conocer la fe de Cristo, y entre los cuales no hubo muchos poderosos ni muchos nobles, como se dice en I Cor 1, 26.
En segundo lugar, la fe de Cristo llegó a la plenitud de las naciones, prefigurada por los Magos.
Y en tercer lugar llegó a la plenitud de los judíos, prefigurada por los justos. Por lo que también a éstos se les manifestó Cristo en el templo de los judíos.
5º) Fue conveniente que los Magos vinieran a adorar y venerar a Cristo
He aquí un resumen de la enseñanza de Santo Tomás:
Como queda expuesto, los Magos son las primicias de las naciones que creen en Cristo, en medio de las cuales apareció, como en un presagio, la fe y la devoción de las gentes que vienen a Cristo de lejos. Y por eso, como la devoción y la fe de las gentes están exentas de error por la inspiración del Espíritu Santo, así también es preciso creer que los Magos, inspirados por el Espíritu Santo, manifestaron prudentemente su reverencia a Cristo.
Como expone Agustín en un Sermón sobre la Epifanía, habiendo nacido y muerto muchos reyes de los judíos, los Magos no buscaron a ninguno de ellos para adorarlo. Así pues, no es a un rey de los judíos como los que entonces solía haber al que los extranjeros, venidos de lejanas tierras, y enteramente extraños, pensaban rendir este homenaje tan excepcional. Sino que llegaron a conocer que el recién nacido era de tal categoría que no dudaron lo más mínimo de que, adorándole, habían de conseguir la salvación que se produce conforme a los planes de Dios.
Mediante aquel anuncio de los Magos quedaba prefigurada la constancia de los gentiles confesando a Cristo hasta la muerte. Por lo cual dice el Crisóstomo en Super Mt.: Al mirar con atención al Rey futuro, no temían al rey presente. Todavía no habían visto a Cristo, y ya estaban dispuestos a morir por Él.
Como explica Agustín en un Sermón sobre la Epifanía, la estrella que condujo a los Magos hasta el lugar en que estaba el Dios Niño con su madre virgen podía llevarlos a la ciudad de Belén, en la que nació Cristo. Sin embargo, se ocultó hasta que los judíos testificaron acerca de la ciudad en que nacería Cristo, para que así, ratificados por un doble testimonio, como dice el papa León, deseasen con fe más ardiente al que manifestaban el resplandor de la estrella y la autoridad de la profecía. Así, ellos mismos anuncian el nacimiento de Cristo, y preguntan por el lugar, creen e inquieren, como significando a los que caminan en la fe y desean la visión, según dice Agustín en otro Sermón sobre la Epifanía. Los judíos, en cambio, al indicarles el lugar del nacimiento de Cristo, se hicieron semejantes a los constructores del arca de Noé, que proporcionaron a otros el medio para escaparse, mientras que ellos perecieron en el diluvio. Los que inquirían oyeron y se fueron; pero los doctores respondieron y se quedaron, semejantes a las piedras miliarias, que señalan el camino y no andan. Y también por disposición divina sucedió que, oculta la estrella a su vista, los Magos, movidos por instinto humano, se dirigiesen a Jerusalén, buscando en la ciudad regia al recién nacido, para que en Jerusalén se anunciase públicamente por primera vez el nacimiento de Cristo, de acuerdo con las palabras de Is 2, 3: De Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra del Señor; y para que también con la diligencia de los Magos, que venían de lejos, quedase condenada la pereza de los judíos, que habitaban cerca.
Como comenta el Crisóstomo en Super Mt., si los Magos hubieran venido en busca de un rey terrenal, hubieran quedado confusos por haber acometido sin causa el trabajo de un camino tan largo. Por lo cual, ni hubieran adorado, ni hubieran ofrecido regalos. Pero, como buscaban a un rey celestial, aunque no vieron en él nada de la majestad real, le adoraron, no obstante, satisfechos con sólo el testimonio de la estrella.
Ven a un hombre, pero reconocen a Dios en él. Y le ofrecieron regalos conformes con la dignidad de Cristo: Oro, como a un gran rey; incienso, empleado en el sacrificio sagrado, como a Dios; mirra, con la que se embalsaman los cuerpos de los muertos, como a quien había de morir por la salvación de todos.
Y, como añade Gregorio, se nos instruye para que ofrezcamos al Rey recién nacido el oro, que significa la sabiduría, resplandeciendo ante su mirada con la luz de la sabiduría; el incienso, mediante el cual se expresa la devoción de la oración, lo ofrecemos a Dios, si somos capaces de exhalar el perfume de Dios, mediante el ardor de la oración; la mirra, que significa la mortificación de la carne, la ofrecemos si mortificamos los vicios de la carne por medio de la abstinencia.
6º) La estrella que se apareció a los Magos no fue uno de los astros del cielo
Santo Tomás dice así (III, q. 36, a. 7):
Como expone el Crisóstomo en Super Mt., la estrella que se apareció a los Magos no fue uno de los astros del cielo. Y esto es claro por muchas razones.
Primero, porque ninguna otra estrella va por este camino, ya que ésta se desplazaba de norte a sur, pues ésta es la situación de Judea con relación a Persia, de donde vinieron los Magos.
Segundo, por el tiempo, puesto que se dejaba ver no sólo en la noche, sino también al mediodía. De esto no es capaz una estrella; y ni siquiera la luna.
Tercero, porque unas veces aparecía y otras se ocultaba. Cuando entraron en Jerusalén, se ocultó; luego, cuando dejaron a Herodes, volvió a aparecerse.
Cuarto, porque no se movía continuamente, sino que, cuando convenía que caminasen los Magos, ella se ponía en marcha; en cambio, cuando convenía que se detuviesen, también ella se detenía, como acontecía con la columna de nube en el desierto (Ex 40, 34; Dt 1, 33).
Quinto, porque no mostró el parto de la Virgen quedándose en lo alto, sino descendiendo a lo bajo. En Mt 2, 9 se dice que la estrella que habían visto en oriente los precedía, hasta que, llegando al sitio en que estaba el Niño, se detuvo. De donde resulta claro que la expresión de los Magos: Vimos su estrella en oriente, no debe entenderse como si, estando ellos en el oriente, hubiese aparecido la estrella en Judea, sino como que ellos la vieron en oriente, precediéndoles a ellos hasta Judea (aunque algunos muestran sus dudas sobre esto). No hubiera podido señalar la casa con claridad de no haber estado próxima a la tierra. Y, como dice el propio Crisóstomo, este comportamiento no parece propio de una estrella, sino de una potencia racional. De donde se saca la impresión de que esta estrella fue un poder invisible transformado en tal figura.
Por lo que algunos sostienen que, como sobre el Señor bautizado descendió el Espíritu Santo en forma de paloma (cf. Mt 3, 16; Mc 1, 10; Lc 3, 22), así se apareció a los Magos en forma de estrella.
Otros, en cambio, dicen que el Ángel que se apareció a los pastores en forma humana (cf. Lc 2, 9) se apareció a los Magos en figura de estrella.
Sin embargo, parece más probable que fuese una estrella creada de nuevo, no en el cielo, sino en la atmósfera próxima a la tierra, y que se desplazaba a voluntad de Dios.
Por lo que el papa León dice en un Sermón sobre la Epifanía: En la región del Oriente se apareció a los tres Magos una estrella de claridad desconocida que, al ser más fulgurante y hermosa que los demás astros, atraía sobre sí los ojos y los corazones de los que la miraban, para que se advirtiese al punto que no era vano lo que tan insólito parecía.
CRISTO Y LAS OBSERVANCIAS LEGALES
Jesucristo no tenía obligación alguna de someterse a las observancias legales que la ley de Moisés y las costumbres del pueblo escogido imponían a todo israelita. Él estaba por encima de la Ley y era incluso señor del sábado (Mt 12, 8). Con todo, quiso voluntariamente someterse a aquellas observancias legales, no sin altísimo designio de su infinita sabiduría.
En torno al nacimiento de un niño, las principales observancias legales eran cuatro: la circuncisión, la imposición del nombre, la presentación en el templo y la purificación de la madre.
La circuncisión
Santo Tomás señala siete razones de conveniencia por las cuales Nuestro Señor se sometió a esta observancia (III, q. 37, a. 1):
1) Para demostrar la verdad de su carne, contra los que se atreverían a decir que tenía un cuerpo fantástico o aparente, como Maniqueo; contra Apolinar, que afirmó la consubstancialidad del cuerpo de Cristo con la divinidad; y contra Valentín, que sostenía que Cristo había traído su cuerpo del cielo.
2) Para aprobar la circuncisión, que en otro tiempo había sido instituida por Dios.
3) Para probar que era del linaje de Abrahán, el cual había recibido el precepto de la circuncisión como signo de su fe en Cristo.
4) Para quitar a los judíos el pretexto de rechazarle por incircunciso.
5) Para recomendarnos con su ejemplo la virtud de la obediencia, por lo que fue circuncidado al octavo día, según el mandato de la ley.
6) Para que quien había venido en carne semejante a la del pecado (Rom 8, 3) no desechase el remedio con que la carne de pecado solía limpiarse.
7) Para que, tomando sobre sí la carga de la ley, librase a los demás de semejante carga, según las palabras de San Pablo: Dios envió a su Hijo, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley (Gal 4,4-5).
Son muy interesantes las dificultades planteadas y más aún las respuestas.
1ª: Cuando llega la verdad, cesa la figura. Ahora bien, la circuncisión fue impuesta a Abrahán en señal de la alianza que se establecía con la descendencia que nacería de él, como se ve por Gen 17. Y esta alianza se cumplió con el nacimiento de Cristo. Luego la circuncisión debió cesar al instante.
R: La circuncisión, que consiste en la ablación del prepucio del órgano de la generación, significaba el despojo de la vieja generación, de la que somos liberados por la pasión de Cristo. Y por eso la realidad de esta figura no se cumplió plenamente en el nacimiento de Cristo, sino en su pasión, antes de la cual la circuncisión mantenía su virtud y su vigencia. Y, por ese motivo, fue conveniente que Cristo, antes de su pasión, fuese circuncidado como hijo de Abrahán.
2ª:
Toda acción de Cristo es una instrucción para nosotros; por lo cual se dice en Jn 13, 15: Ejemplo os he dado para que, como yo hice, hagáis también vosotros. Pero nosotros no debemos ser circuncidados, según palabras de Gal 5, 2: Si os circuncidáis, Cristo no os servirá para nada. Luego parece que ni Cristo debió ser circuncidado.
R: Cristo asumió la circuncisión en el tiempo en que estaba preceptuada. Y por eso su acción debe ser imitada por nosotros en el sentido de que observemos las cosas que están mandadas en nuestro tiempo. Porque como se dice en Ecl 8, 6: Para cada negocio hay un tiempo y una oportunidad.
Y además porque, según dice Orígenes, como hemos muerto con Cristo cuando Él murió, y hemos conresucitado con Él cuando resucitó, así hemos sido circuncidados con una circuncisión espiritual por medio de Cristo. Y por este motivo no tenemos necesidad de una circuncisión carnal. Y esto es lo que enseña el Apóstol en Col 2, 12: En el cual, es decir, en Cristo, fuisteis circuncidados con una circuncisión no hecha a mano por despojo del cuerpo carnal, sino con la circuncisión de Nuestro Señor Jesucristo.
3ª: La circuncisión se ordena al remedio del pecado original. Pero Cristo no contrajo tal pecado. Luego Cristo no debió ser circuncidado.
Como Cristo asumió por propia voluntad nuestra muerte, que es efecto del pecado, sin tener Él ningún pecado, para librarnos de la muerte y para hacernos morir espiritualmente al pecado, así también asumió la circuncisión, instituida para remedio del pecado original, sin tener Él tal pecado, con el fin de librarnos del yugo de la ley y para realizar en nosotros la circuncisión espiritual, es a saber: para que, tomando la figura, cumpliese la realidad.
El nombre de Jesús
El Evangelio de San Lucas nos dice que, cuando se hubieron cumplido los ocho días para circuncidar al Niño, le dieron el nombre de Jesús, impuesto por el ángel antes de ser concebido en el seno (Lc 2, 21).
Etimológicamente, el nombre de Jesús significa la salvación de Yavé, como dijo el Ángel al informar a San José del misterio realizado en su virginal esposa: Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1, 21).
Santo Tomás razona la conveniencia del Nombre de Jesús en la siguiente forma (III, q. 37, a.2):
Los nombres deben responder a las propiedades de las cosas. Esto es claro en los nombres de los géneros y de las especies, como se dice en el IV Metaphys.: La idea significada por el nombre es la definición, que expresa la naturaleza propia de cada cosa.
Y los nombres de cada uno de los hombres se imponen en todos los tiempos de acuerdo con alguna propiedad de quien lo recibe.
O tomando ocasión del tiempo, como acontece cuando se imponen los nombres de algunos Santos a los que nacen el día de su fiesta. O por el parentesco, como cuando al hijo se le da el nombre del padre, o de alguno de la familia, como sucedió con Juan Bautista, a quien sus parientes querían imponer el nombre de su padre, Zacarías, y no el de Juan, porque ninguno de su familia llevaba tal nombre, como se recuerda en Lc 1, 59. O también por algún acontecimiento, como en el caso de José que llamó a su primogénito Manasés, diciendo: Dios me ha hecho
olvidar de todos mis trabajos (Gen 41, 51). O, incluso, tomando pie de alguna cualidad de aquel a quien se le impone el nombre, como se recuerda en Gen 25, 25: Por ser el primero que salió del seno materno, pelirrojo, y enteramente velludo como una pellica, se le llamó Esaú, que significa rubio.
Pero los nombres impuestos por Dios a algunas personas significan siempre algún don gratuito otorgado por la Divinidad, como se dijo a Abrahán: Te llamarás Abrahán porque te he hecho padre de muchos pueblos (Gen 17, 5); y en Mt 16, 18 se dice a Pedro: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia.
En consecuencia, habiéndole sido otorgado a Cristo hombre el ministerio de salvar a todos los hombres, le fue impuesto convenientemente el nombre de Jesús, es decir, Salvador.
Este nombre fue previamente anunciado por el ángel no sólo a su Madre, sino también a San José, porque habría de ser su padre nutricio (cf. Lc 1, 31; Mt 1, 21).
La primera dificultad se plantea de este modo: La verdad evangélica debe responder al anuncio profético. Ahora bien, los profetas predijeron otros nombres de Cristo. Por ejemplo, Emmanuel, Apresúrate arrebata los despojos, Admirable, Consejero, Dios, Fuerte, Padre del mundo futuro, Príncipe de la paz, Oriente. Luego no fue acertado dar a Cristo el nombre de Jesús.
Santo Tomás responde:
En todos los nombres mencionados está denotado el nombre de Jesús, que significa salvación.
Pues en el nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros (Mt 1, 23), se designa la causa de la salvación, que es la unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la persona del Hijo de Dios, mediante la cual fue realidad el que Dios esté con nosotros.
Y cuando se dice: Ponle por nombre: Apresúrate, arrebata los despojos, etc. (Is 8, 3), está designando a aquel de quien nos ha salvado, porque nos salvó del diablo, cuyos despojos arrebató, según palabras de Col 2, 15: Despojando a los principados y potestades, los exhibió en público espectáculo.
Asimismo en el texto que dice: Tendrá por nombre: Admirable, etc. (Is 9, 6), se consigna el camino y el término de nuestra salvación; esto es, en cuanto que por el consejo y el poder admirable de la Divinidad somos conducidos a la herencia del mundo futuro, en el que reinará la paz perfecta de los hijos de Dios, bajo el Principado del propio Dios.
Todavía cuando se dice: He aquí un varón, cuyo nombre es Oriente (Zac 6, 12), se hace referencia a lo que ocupa el primer lugar, es decir, al misterio de la encarnación, conforme al cual brotó en las tinieblas una luz para los rectos de corazón (cf. Sal 111, 4).
Hay que notar que Jesús es el nombre personal del hijo de María; Cristo (= Ungido) es su nombre mesiánico; Jesucristo es una contracción de ambos nombres; Señor, en fin, expresa la grandeza y majestad del Rey de la gloria como dueño y señor (Dominus) de cielos y tierra.
Presentación de Jesús en el templo
San Lucas describe largamente la presentación de Jesús en el templo y la purificación de María.
Es evidente que a Jesús no le obligaba el precepto de la ley de Moisés mandando presentar al Señor todos los primogénitos, tanto de hombres como de animales (cf. Ex 13, 2), y ofrecer por su rescate un cordero o, al menos, dos tórtolas o pichones, si eran pobres (Lev 12, 6-8).
Pero se sometió voluntariamente a ello porque, como dice San Pablo, Cristo quiso nacer bajo la ley para redimir a los que estaban bajo ella (Gal 4, 4-5) y para que la justicia de la ley se cumpliera espiritualmente en sus miembros (Rom 8, 4).
Además de esta razón fundamental, Santo Tomás expone en las respuestas otras muy hermosas (III, q. 37, a. 3):
a) Dice San Beda que así como el Hijo de Dios se hizo hombre y fue circuncidado en la carne, no por sí mismo, sino para hacernos a nosotros dioses mediante la gracia y para circuncidarnos espiritualmente, así también por nosotros es presentado al Señor, para que nosotros aprendamos a presentarnos a Dios. Y esto lo hizo después de circuncidado, para mostrar que ninguno es digno de las miradas divinas si no está circuncidado de los vicios.
b) Jesucristo quiso que se ofrecieran por Él las hostias legales, siendo Él la verdadera hostia, para juntar la figura con la verdad y aprobar con la verdad la figura, contra aquellos que niegan ser el Dios de la ley el predicado por Cristo en el Evangelio.
c) El Señor de la gloria, que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza (II Cor 8, 9), quiso que se ofreciera por Él la hostia de los pobres (dos tórtolas o pichones), así como en su nacimiento fue envuelto en pañales y reclinado en un pesebre (Lc 2, 7).
Sin embargo, los Santos Padres han visto en estas aves ciertas figuras y símbolos.
La tórtola, que es ave locuaz, significa bien la predicación y la confesión de la fe; y porque es animal casto, significa la castidad; y porque es animal solitario, significa la contemplación.
La paloma, a su vez, es animal manso y sencillo, que significa la mansedumbre y la sencillez. Es animal que vive en bandadas, y con esto significa la vida activa.
Con semejantes hostias se significa la perfección de Cristo y de sus miembros. Una y otra, por el hábito que tienen de arrullar, designan el llanto de los santos en la vida presente; pero la tórtola, que es solitaria, significa las lágrimas de la oración privada, mientras que la paloma, que vive en bandadas, significa las oraciones públicas de la Iglesia.
Y de uno y otro animal se ha de ofrecer una pareja, porque la santidad no está sólo en el alma, sino también en el cuerpo.
Purificación de María Santísima
Tampoco a la Virgen María obligaba la ceremonia legal de la purificación prescrita en la ley de Moisés, pues siendo purísima e inmaculada y habiendo concebido a Jesús por obra del Espíritu Santo, sin concurso de varón, no estaba manchada con ninguna impureza material ni legal.
Y, sin embargo, ahí está el hecho referido por San Lucas: Así que se cumplieron los días de la purificación (de María), según la ley de Moisés, le llevaron a Jerusalén para presentarle al Señor (Lc 2, 22).
La ley de Moisés, en efecto, declaraba impuro el acto de dar a luz un hijo.
La mujer que había dado a luz era considerada como impura ante el Señor, no porque no fuese lícito y santo el matrimonio o fuese inmundo su uso, sino porque mediante la concepción se transmitía a la prole el pecado original, como dice David (Ps 50, 3): Porque fui concebida en la maldad, y en el pecado me engendró mi madre.
De ahí la necesidad de purificación para la madre: Cuando dé a luz una mujer y tenga un hijo, será impura siete días, como en el tiempo de la menstruación. El octavo día será circuncidado el hijo, pero ella quedará todavía en casa durante treinta y tres días en la sangre de su purificación. No tocará nada santo, ni irá al santuario hasta que se cumplan los días de su purificación… Entonces presentará al sacerdote, a la entrada del tabernáculo de la reunión, un cordero primal en holocausto y un pichón o una tórtola en sacrificio por el pecado… Si no puede ofrecer un cordero, tomará dos tórtolas o dos pichones, uno para el holocausto y otro para el sacrificio por el pecado; el sacerdote hará por ella la expiación y será pura (Lev. 12, 2-8).
Tal era el rito a que estaba sometida toda madre después de su alumbramiento, y esto fue lo que cumplió la Virgen, que, a los ojos de todos, no lo era más que todas las otras madres.
Como pobre, presenta la ofrenda de los pobres; pero el Niño debió ser rescatado con cinco siclos de plata (Lev 18, 16), cantidad respetable para una familia pobre.
¿Por qué quiso someterse la Virgen a una ceremonia tan humillante y que no le obligaba en modo alguno?
He aquí la enseñanza de Santo Tomás (III, q. 37, a. 4):
Así como la plenitud de la gracia se deriva de Cristo a su Madre, así también convino que la Madre se conformase con la humildad del Hijo, pues Dios da su gracia a los humildes, como se lee en Sant. 4, 6.
Y por eso, así como Cristo, a pesar de no estar sometido a la ley, quiso experimentar la circuncisión y las otras cargas de la ley, para darnos ejemplo de humildad y obediencia, para dar su aprobación a la ley, y para quitar a los judíos la ocasión de cualquier calumnia, por esas mismas razones quiso que también su Madre cumpliese las observancias de la ley, a pesar de no estar sujeta a las mismas.
LA VIDA OCULTA DE JESÚS
El Evangelio es extraordinariamente parco en noticias sobre la infancia de Jesús y su vida oculta en Nazaret.
Tres hechos, sin embargo, nos han conservado San Mateo y San Lucas, llenos de preciosas enseñanzas para nosotros: la huida a Egipto, la pérdida y hallazgo del Niño a los doce años y su vida escondida en el taller de Nazaret hasta los treinta años de edad.
La huida a Egipto
Partido que hubieron los Magos, el Ángel del Señor se apareció en sueños a San José y le dijo: Levántate, toma al Niño y a su Madre y huye a Egipto, y estáte allí hasta que yo te avise, porque Herodes buscará al Niño para quitarle la vida. Levantándose de noche, tomó al Niño y a la Madre y partió para Egipto, permaneciendo allí hasta la muerte de Herodes, a fin de que se cumpliera lo que había pronunciado el Señor por su Profeta, diciendo: De Egipto llamé a mi hijo. Entonces Herodes, viéndose burlado por los Magos, se irritó sobremanera, y mandó matar a todos los niños que había en Belén y en sus términos, de dos años para abajo, según el tiempo que con diligencia había inquirido de los Magos.
El camino debió de ser penosísimo y lleno de privaciones. Por el camino más corto tardarían en llegar a la primera ciudad de Egipto más de una semana. Sólo Dios sabe hasta dónde llegaron las angustias y sufrimientos de los fugitivos, teniendo en cuenta que Jesús no hizo nunca ningún milagro en beneficio propio o de los suyos.
Sin gran esfuerzo pueden señalarse algunas razones por las que la divina Providencia ordenó la huida a Egipto de la Sagrada Familia:
a) Para salvar la vida del Niño por medios ordinarios y sin intervención milagrosa alguna. Enseñándonos con ello a hacer de nuestra parte todo cuanto podamos para huir de los peligros que acechan nuestra alma y a no tentar a Dios esperando un milagro sin colaboración alguna por parte nuestra.
b) Para que se cumpliese la profecía de Oseas: De Egipto llamé a mi hijo (Os 11, 1). Esta profecía se refiere a Israel, pero el evangelista la cita en sentido típico, aplicándola al Mesías, Hijo de Dios.
c) Para que recibiesen los gentiles las primicias de la futura redención de Cristo, que había de extenderse al mundo entero. A este propósito escribe San León en su segundo sermón de Epifanía: Fue llevado a Egipto el Salvador para que el pueblo, entregado a los errores antiguos, fuese señalado, por la oculta gracia, como destinado a la salud ya próxima; y el que no había echado todavía de su alma la superstición, recibiese como huésped la verdad.
d) Huye a Egipto para que los que sufren persecución por el nombre de Cristo, los que toleran persecuciones, los que aguantan injurias, permanezcan con fortaleza, luchen varonilmente, no abandonen la Iglesia, sino que se acuerden siempre de que el Señor sufrió persecución de los pecadores.
Pérdida y hallazgo del niño Jesús
Tranquila y silenciosa discurría la vida de la Sagrada Familia en el humilde hogar de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en Él.
Pero un suceso misterioso iba a turbar por un momento la paz y felicidad inefable de María y José:
Sus padres iban cada año a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. Cuando era ya Jesús de doce años, al subir sus padres, según el rito festivo, y volverse ellos, acabados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo advirtieran. Pensando que estaba en la caravana, anduvieron camino de un día. Buscáronle entre parientes y conocidos, y, al no hallarle, se volvieron a Jerusalén en busca suya. Y al cabo de tres días le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores, oyéndolos y preguntándoles. Cuantos le oían se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas. Cuando sus padres le vieron, se maravillaron, y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho así? Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote. Y El les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que debo ocuparme en las cosas de mi Padre? Ellos no entendieron lo que les decía. Bajó con ellos y vino a Nazaret, y les estaba sujeto. Y su madre conservaba todo esto en su corazón.
El episodio de la pérdida del Niño debió de constituir para María y José uno de los dolores más profundos y angustiosos de su vida.
Sabían, sin duda alguna, que Jesús era el Hijo de Dios y el Mesías tan ardientemente esperado por el pueblo israelita; pero ignoraban los designios de la divina Providencia sobre el modo y las circunstancias de su manifestación al mundo para transmitirle el mensaje evangélico y redimirle de sus pecados.
Simeón había profetizado a María que una espada de dolor atravesaría su corazón, pero sin darle ningún detalle sobre su naturaleza y circunstancias.
El pensamiento de que quizá no volverían a ver a Jesús, debió de torturar horriblemente durante los tres días de su pérdida los corazones de María y de José.
La divina Providencia lo permitió así, quizá para recordarnos a todos que nada absolutamente debe anteponerse a la voluntad de Dios sobre nosotros y a su divino servicio, ni siquiera el amor y la obediencia tan legítimos que debemos a nuestros padres.
La vida en Nazaret
La alegría desbordante del hallazgo de Jesús debió de hacer olvidar muy pronto a María y José la angustia terrible de su pérdida. San Lucas termina el relato del misterioso episodio diciendo: Bajó con ellos y vino a Nazaret y les estaba sujeto. Y su madre conservaba todo esto en su corazón (Lc 2, 51).
Y les estaba sujeto… Con esa sencilla expresión resume el Evangelio toda la vida oculta de Jesús en Nazaret, que se prolongó hasta cerca de los treinta años de su edad.
Nada sabemos de toda esta larga época, que abarca la casi totalidad de la vida de Jesús sobre la tierra. San Lucas añade únicamente que Jesús crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2, 52).
Algunos Santos Padres se complacen en decir que la principal ocupación de Jesús en Nazaret fue la dulce tarea de santificar cada vez más a su queridísima Madre, María Santísima, y a su padre adoptivo, San José. Nada más sublime, pero tampoco más lógico y natural.
EL BAUTISMO DE JESUCRISTO
Estudiaremos en primer lugar la naturaleza del Bautismo que administraba San Juan Bautista, y después expondremos el bautismo de Jesucristo, administrado por el propio Precursor.
El Bautismo de San Juan Bautista
1º) Fue muy conveniente que Juan bautizara preparando los caminos del Señor
La conveniencia de que San Juan administrara un bautismo preparando los caminos del Señor, la prueba Santo Tomás por cuatro razones (III, q. 38, a. 1):
Fue conveniente que Juan bautizase, por cuatro motivos:
Primero, porque convenía que Cristo fuese bautizado por Juan, a fin de que consagrase el bautismo, como dice Agustín.
Segundo, para que Cristo fuera manifestado. Por lo que el propio Juan Bautista dice en Jn 1, 31: Para que sea manifestado, esto es, Cristo, a Israel, por eso vine yo a bautizar con agua. Pues anunciaba a Cristo a las muchedumbres que acudían a él. Esto resultó más fácil que si hubiera tenido que correr de aquí para allá anunciándolo a cada uno en particular, como dice el Crisóstomo.
Tercero, para que con su bautismo acostumbrase a los hombres al bautismo de Cristo. De donde dice Gregorio, en una Homilía, que Juan bautizó para que, guardado el orden de su precedencia, el que con su nacimiento había precedido al Señor que había de nacer, precediese también con el bautismo al que había de bautizar.
Cuarto, para que, moviendo a los hombres a penitencia, los preparase para recibir dignamente el bautismo de Cristo. Por lo que dice Beda: cuanto aprovecha a los catecúmenos aún no bautizados la doctrina de la fe, tanto aprovechó el bautismo de Juan antes del bautismo de Cristo. Porque, como aquél predicaba la penitencia y anunciaba de antemano el bautismo de Cristo, y atraía al conocimiento de la verdad que se manifestó en el mundo, así sucede con los ministros de la Iglesia, que primero enseñan, después combaten los pecados de los hombres, y luego prometen el perdón mediante el bautismo de Cristo.
2º) Su bautismo venía de Dios
Enseña Santo Tomás (III, q. 38, a. 2):
En el bautismo de Juan pueden considerarse dos cosas, a saber: el rito de bautizar y el efecto del bautismo.
El rito de bautizar no provino de los hombres, sino de Dios, que, mediante una revelación familiar del Espíritu Santo, envió a Juan a bautizar.
En cambio, el efecto del bautismo vino de los hombres, porque en tal bautismo no se realizaba nada que no pudiera hacer el hombre. Luego no provino exclusivamente de Dios, a no ser en cuanto que Dios actúa en el hombre.
3º) Su bautismo no confería la gracia
Santo Tomás advierte que el bautismo de Juan venía de Dios por habérselo inspirado el Espíritu Santo; pero sus efectos eran puramente naturales o humanos, ya que no producían la gracia, aunque preparaban los corazones para recibirla:
Toda la enseñanza y todo el ministerio de Juan eran una preparación con miras a Cristo, como la del discípulo y la del artista de rango inferior es preparar la materia para la forma que hará aparecer el artista principal.
Ahora bien, la gracia debía ser conferida por Cristo. Y por este motivo el bautismo de Juan no confería la gracia, sino sólo la preparación para ésta, de tres maneras.
Primero, porque Juan con su doctrina movía a los hombres a la fe en Cristo.
Segundo, acostumbrando a los hombres al rito del bautismo de Cristo.
Tercero, preparando a los hombres, mediante la penitencia, a recibir el efecto del bautismo de Cristo.
4º) Los bautizados con el bautismo de Juan debían ser de nuevo bautizados con el bautismo de Cristo
Santo Tomas lo explica así (III, q. 38, a. 6):
Según la opinión del Maestro, en el libro IV Sent., aquellos que fueron bautizados por Juan sin conocer la existencia del Espíritu Santo, y que ponían su esperanza en tal bautismo, fueron después bautizados con el bautismo de Cristo; pero los que no pusieron su esperanza en el bautismo de Juan y creían en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, no fueron después bautizados, sino que recibieron el Espíritu Santo mediante la imposición de las manos de los Apóstoles.
Esto es cierto en cuanto a la primera parte, estando confirmado por muchas autoridades.
En cambio, en lo que se refiere a la segunda parte es enteramente irracional.
Primero, porque el bautismo de Juan ni confería la gracia, ni imprimía el carácter, sino que era sólo un bautismo de agua, como él mismo dice en Mt 3, 11. Por lo que la fe o la esperanza que el bautizado tenía en Cristo no era suficiente para suplir este defecto.
Segundo, porque cuando en un sacramento se omite lo que es necesario para su existencia, no sólo es necesario suplir lo omitido, sino que se precisa renovarlo enteramente.
Y es necesario que el bautismo de Cristo se haga no sólo con agua, sino también con el Espíritu Santo, según las palabras de Jn 3, 5: Si uno no nace del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino de Dios.
Por consiguiente, en los que habían sido bautizados sólo con agua en el bautismo de Juan, no sólo había que suplir lo que faltaba, esto es, la donación del Espíritu Santo mediante la imposición de las manos, sino que debían ser totalmente bautizados de nuevo con el agua y con el Espíritu Santo.
Jesucristo, bautizado por San Juan
1º) Fue muy conveniente que Cristo fuera bautizado
Santo Tomás da las siguientes razones para probar la conveniencia del bautismo de Jesús (III, q. 39, a. 1):
Convino que Cristo fuera bautizado.
Primero, porque, como dice Ambrosio In Luc, el Señor fue bautizado, no porque quisiera ser purificado, sino para purificar las aguas, a fin de que, purificadas ellas por la carne de Cristo, que no conoció el pecado, tuvieran la virtud del bautismo; y para dejarlas santificadas para los que después habían de ser bautizados, como escribe el Crisóstomo.
Segundo, porque, como dice el Crisóstomo In Matth., aunque Cristo no fuese pecador, recibió, sin embargo, una naturaleza pecadora y una semejanza de carne de pecado (cf. Rom 8, 3). Por esto, aunque no necesitaba del bautismo en favor de sí mismo, lo necesitaba, no obstante, la naturaleza carnal en los demás. Y, como escribe Gregorio Nacianceno, Cristo fue bautizado para sumergir en el agua a todo el viejo Adán.
Tercero, quiso ser bautizado, como dice Agustín en un Sermón De Hpiphania, porque quiso hacer Él mismo lo que mandó que habían de hacer todos. Y esto es lo que Él mismo dice: Así conviene que cumplamos toda justicia (Mt 3, 15). Como escribe Ambrosio, In Luc., ésta es la justicia: Que comiences por hacer tú primero lo que quieres que haga el otro, y que animes a los demás con tu ejemplo.
2º) Fue conveniente que Jesús recibiera el Bautismo de Juan
Y no el bautismo cristiano. Santo Tomás lo enseña así (III, q. 39, a. 2):
Como expone Agustín, In loann., el Señor, una vez bautizado, bautizaba, pero no con el bautismo con que Él había sido bautizado.
Por lo que, bautizando Él con su propio bautismo, resulta lógico que no fuera bautizado con su propio bautismo, sino con el de Juan.
Y esto fue conveniente.
Primero, por el carácter del bautismo de Juan, que no bautizó con Espíritu, sino sólo con agua (cf. Mt 3, 11). Pero Cristo no tenía necesidad de bautismo espiritual, pues desde el principio de su concepción estuvo lleno del Espíritu Santo. Esta es la razón que da el Crisóstomo.
Segundo, porque, como Beda dice, Cristo fue bautizado con el bautismo de Juan para aprobarlo con su propio bautismo.
Tercero, porque, como escribe Gregorio Nacianceno, Cristo se acercó al bautismo de Juan con el fin de santificar el bautismo.
3º) Todas las circunstancias que rodearon el bautismo de Jesús —edad, lugar, cielos abiertos, aparición del Espíritu Santo en forma de paloma y voz del Padre— fueron muy convenientes y oportunas
Muy razonable fue que Cristo se bautizase a los treinta años (III, q. 39, a. 3):
Cristo fue oportunamente bautizado a los treinta años.
Primero, porque Cristo se bautizó alrededor del tiempo en que comenzaba a enseñar y predicar, para lo que se requiere una edad perfecta, como lo son los treinta años.
Por lo que en Gen 41, 46 se lee que José tenía treinta años cuando se hizo cargo del gobierno de Egipto. También en 2 Re 5, 4 se dice de David que tenía treinta años cuando comenzó a reinar. Asimismo Ezequiel comenzó a profetizar el año treinta, como se escribe en Ez 1, 1.
Segundo, porque, como expone el Crisóstomo In Matth., había de acontecer que después del bautismo de Cristo comenzaría a cesar la ley. Y por esta razón se acercó Cristo al bautismo en esta edad que es capaz de experimentar todos los pecados, a fin de que, observada la ley, nadie diga que la abolió porque no pudo cumplirla.
Tercero, porque, mediante el hecho de bautizarse Cristo en la edad perfecta, se deja entender que el bautismo engendra varones perfectos, según aquellas palabras de Ef 4, 13: Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al varón perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo.
Por lo que el mismo carácter del número parece llevarnos a la misma conclusión. El número treinta, en efecto, resulta de multiplicar el tres por el diez. Y el tres sugiere la fe en la Trinidad, mientras que el diez alude al cumplimiento de los mandamientos de la ley; y en estas dos cosas se asienta la perfección de la vida cristiana.
La primera objeción dice: Cristo fue bautizado para incitar con su ejemplo a los demás a recibir el bautismo. Pero los fieles de Cristo son bautizados plausiblemente no sólo antes de los treinta años, sino incluso en la infancia. Luego parece que Cristo no debió ser bautizado a los treinta años de edad.
Y Santo Tomás responde:
Como explica Gregorio Nacianceno, Cristo no fue bautizado como si necesitase de purificación, ni como si le amenazase algún peligro por diferir el bautismo. Pero para cualquier otro no es pequeño el peligro, en caso de que salga de esta vida desprovisto del vestido de la incorrupción, es decir, de la gracia.
Sin embargo, el bautismo cristiano debe recibirse inmediatamente después del nacimiento, para no carecer de la gracia —que no confería el bautismo de Juan— y evitar el peligro de morir sin él.
Fue conveniente que fuese bautizado en el Jordán (III, q. 39, a. 4):
Mediante la travesía del río Jordán entraron los hijos de Israel en la tierra prometida (cf. Jos 3).
Ahora bien, el bautismo de Cristo tiene de especial, sobre todos los bautismos, el que introduce en el reino de Dios, significado por la tierra de promisión. Por lo que se dice en Jn 3, 5: Si uno no renace del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios.
A la misma problemática pertenece la división de las aguas del Jordán por Elías, que iba a ser arrebatado al cielo en un carro de fuego, como se lee en 4 Re 2, 7ss; porque a los que pasan por las aguas del bautismo se les abre la entrada en el cielo mediante el fuego del Espíritu Santo.
Y por este motivo fue conveniente que Cristo fuese bautizado en el Jordán.
El paso del mar Rojo prefiguró el bautismo en cuanto que éste borra los pecados; en cambio, el paso del Jordán lo prefiguró en cuanto a la apertura del reino de los cielos, que es el efecto principal del bautismo, y que sólo es realizado por Cristo.
Fue oportunísimo que, al ser bautizado Cristo, se abrieran los cielos sobre Él (III, q. 39, a. 5):
Cristo quiso ser bautizado para consagrar con su bautismo aquel con que nosotros seríamos bautizados.
Y, por este motivo, en el bautismo de Cristo debieron mostrarse los elementos que pertenecen a la eficacia de nuestro bautismo.
Sobre tal eficacia hay que considerar tres cosas:
Primero, la virtud principal de la que el bautismo obtiene su eficacia, que es la virtud del cielo. Y por eso, cuando Cristo se bautizó, se abrió el cielo, para demostrar que en adelante la virtud celestial santificaría el bautismo.
Segundo, la fe de la Iglesia y la del que se bautiza intervienen en la eficacia del bautismo; por eso los bautizados hacen profesión de fe, y el bautismo se llama sacramento de la fe. Mediante la fe contemplamos las cosas del cielo, que superan los sentidos y la razón humanos. Y para dar a entender esto se abrieron los cielos cuando Cristo se bautizó.
Tercero, que por el bautismo de Cristo se nos abre especialmente la entrada del reino celestial, que se había cerrado para el primer hombre por causa del pecado. De donde, una vez que Cristo se bautizó, se abrieron los cielos, para manifestar que el camino del cielo queda abierto para los bautizados.
Después del bautismo le es necesaria al hombre la oración continua para entrar en el cielo; pues, aunque por el bautismo se perdonan los pecados, permanecen sin embargo la concupiscencia, que nos combate interiormente, y el mundo y el demonio, que nos atacan desde fuera. Y por este motivo se dice señaladamente en Lc 3, 21 que, bautizado Jesús y estando en oración, se abrió el cielo, porque es claro que los fieles necesitan la oración después del bautismo. O para dar a entender que si, por medio del bautismo, el cielo se abre para los creyentes, es por virtud de la oración de Cristo. Por eso se dice claramente en Mt 3, 16 que se le abrió el cielo, es decir, se abrió a todos por causa de Él, como si el emperador respondiese a uno que pide un favor para otro: Fíjate en que esta gracia no se la concedo a él, sino a ti, es decir, a él por causa tuya, como expone el Crisóstomo In Matth. 22.
Fue convenientísimo que descendiera sobre el Señor el Espíritu Santo en forma de paloma (III, q. 39, a. 6):
Lo que sucedió con Cristo a la hora de su bautismo, como comenta el Crisóstomo In Matth., pertenece al misterio de todos los que habían de ser bautizados después.
Pero todos los que son bautizados con el bautismo de Cristo reciben el Espíritu Santo, a no ser que se acerquen fingidamente, según aquellas palabras de Mt 3, 11: El os bautizará en el Espíritu Santo.
Y, por ese motivo, fue conveniente que el Espíritu Santo descendiese sobre el Señor bautizado.
Como explica Agustín, en II De Trin., se dice que el Espíritu Santo descendió sobre Cristo en forma corporal como una paloma, no porque la propia sustancia del Espíritu Santo se dejase ver, ya que tal sustancia es invisible.
Ni tampoco porque aquella criatura visible fuese asumida en unión con una persona divina, puesto que tampoco se dice que el Espíritu Santo sea una paloma, como decimos que el Hijo de Dios es hombre en virtud de la unión.
Y tampoco fue visto el Espíritu Santo en forma de paloma a la manera en que vio Juan al cordero degollado en el Apocalipsis (Ap 5, 6), pues esta visión se produjo en la mente mediante imágenes espirituales de los cuerpos; en cambio, nadie ha dudado que aquella paloma haya sido vista con los ojos.
Ni tampoco se apareció el Espíritu Santo en forma de paloma al modo en que en I Cor 10, 4 se dice: La roca era Cristo. Tal roca existía ya en la realidad, y por el modo de su intervención fue designada con el nombre de Cristo, a quien simbolizaba; en cambio, aquella paloma vino de repente a la existencia sólo para significar aquel misterio y después desapareció, lo mismo que la llama que se apareció a Moisés en una zarza.
Por consiguiente, se dice que el Espíritu Santo descendió sobre Cristo, no por razón de la unión con la paloma, sino o por razón de la misma paloma, que significaba el Espíritu Santo, la cual, descendiendo, vino sobre Cristo; o también por razón de la gracia espiritual que, desde Dios, llega a la criatura a modo de descenso, según palabras de Sant 1, 17: Toda óptima dádiva y todo don perfecto viene de arriba, descendiendo del Padre de las luces.
No convenía que el Hijo de Dios, que es la Verdad del Padre, se sirviese de ficción alguna; y por eso no tomó un cuerpo fantástico, sino real. Y por llamarse el Espíritu Santo Espíritu de Verdad, como es manifiesto por Jn 16, 13, formó una paloma verdadera en la que se apareció, aunque no la asumió en unidad de persona. Por lo que, después de las palabras antes mencionadas, añade Agustín: Como no convenía que el Hijo de Dios engañase a los hombres, así tampoco convenía que los frustrase el Espíritu Santo. Y al Dios todopoderoso, que hizo de la nada todo lo creado, no le era difícil hacer el cuerpo verdadero de una paloma sin la intervención de otras palomas, como no le fue difícil formar un cuerpo verdadero en el seno de María sin el concurso del varón; porque las criaturas corporales están sujetas al imperio y a la voluntad del Señor, tanto para formar un hombre en las entrañas de una mujer como para formar una paloma en el mundo material.
Fue convenientísimo, finalmente, que en el bautismo de Cristo se oyese la voz del Padre manifestando su complacencia sobre Él (III, q. 39, a. 8):
En el bautismo de Cristo, que fue el modelo del nuestro, debió manifestarse lo que acontece en nuestro bautismo.
Y el bautismo con que son purificados los fieles está consagrado con la invocación y el poder de la Trinidad, según las palabras de Mt 28, 19: Id, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Por tanto, como dice Jerónimo, en el bautismo de Cristo se pone de manifiesto el misterio de la Trinidad, pues: el propio Señor es bautizado en la naturaleza humana; el Espíritu Santo desciende en forma de paloma; se oye la voz del Padre dando testimonio en favor del Hijo.
Y por eso fue conveniente que en aquel bautismo se manifestase el Padre mediante su voz.
El Padre no se manifiesta en la voz más que como autor de la misma, o como quien habla mediante la voz. Y por ser propio del Padre producir el Verbo, que equivale a decir o hablar, de ahí que se diga oportunísimamente que el Padre se manifestó por la voz, que manifiesta la palabra.
De donde la misma voz emitida por el Padre da testimonio de la filiación del Verbo.
Como toda la Trinidad formó la paloma y la naturaleza humana tomada por Cristo, así también formó la voz.
Sin embargo, en la voz se declara sólo el Padre como el que habla, al modo en que solamente el Hijo asumió la naturaleza humana, y a la manera en que sólo el Espíritu Santo se manifestó en forma de paloma.
La divinidad de Cristo no debió manifestarse a todos en su nacimiento, antes bien debió ocultarse en las limitaciones de la edad infantil.
Pero cuando llegó a la edad perfecta, en la que debía enseñar, hacer milagros y atraer a los hombres hacia sí, entonces debió ser dada a conocer su divinidad por el testimonio del Padre, a fin de que su doctrina se hiciese más creíble.
Y esto aconteció, sobre todo, en el bautismo, por el que los hombres renacen convertidos en hijos adoptivos de Dios; y los hijos adoptivos de Dios son formados a imagen y semejanza del Hijo natural.
Por lo que escribe Hilario, Super Mt., que el Espíritu Santo descendió sobre Cristo bautizado, y la voz del Padre se dejó oír, diciendo: Este es mi Hijo amado, para que, mediante lo que se realizaba en Cristo, conociésemos, después del bautismo, que el Espíritu Santo vuela hacia nosotros desde las moradas celestes y que, mediante la asunción de la voz por parte del Padre, nos convertimos en hijos de Dios.
