CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO
17—23 de Diciembre: Las Antífonas O
Aunque las Antífonas O no pertenezcan a la liturgia de la Santa Misa, deben, sin embargo, ocupan aquí un lugar. En ellas se expresan, de un modo admirable, los sentimientos y la plegaria de la Santa Iglesia en los siete últimos días que preceden a Navidad.
Conocido es la especie de acróstico invertido, es decir la composición poética constituida por las letras iniciales de estas antífonas, comenzando desde la última, formando la frase: ERO CRAS, Estaré mañana:
E mmanuel
R ex
O riens
C lavis
R adix
A donai
S apientia
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17 de Diciembre: O Sapientia
¡Oh Sabiduría!, que brotaste de los labios del Altísimo; que llegas de uno a otro confín y lo vas disponiendo todo con suavidad y energía: ven y enséñanos el camino de la prudencia.
¡Oh Sabiduría! El Salvador, a quien adoraremos en el pesebre siendo un pobre Niño, es la Sabiduría, procedente del Padre desde toda la eternidad.
La Sabiduría eterna, que viene a nosotros como Salvador, ha creado todo lo que existe: el universo, el cielo, la tierra, los Ángeles y los hombres, la materia y el espíritu.
Ella ha dado a todos los seres su naturaleza propia, sus leyes particulares, sus formas internas y externas, sus proporciones y su modo de ser individual.
Ella es quien ha establecido las leyes que regulan la admirable armonía de toda la creación.
Ella rige y gobierna, con suavidad, pero, al mismo tiempo, con energía, todo cuanto existe, desde el más pequeño átomo hasta las estrellas más gigantescas.
Su previsión, su sagacidad es tan prodigiosa, que siempre logra realizar sus fines divinamente santos, divinamente profundos.
¡Oh eterna Sabiduría!, hecha niño en el seno de una madre, en la humildad de un pobre pesebre, ¡qué admirable apareces en la creación, en la ordenación y en la conservación del universo!
¡Qué prodigiosa es tu providencia! ¡Qué adorable te muestras en el pesebre, en tu obra redentora, en las enseñanzas del Evangelio, en la Historia de la Santa Iglesia, en la vida de los Santos y en la vida interior de cada alma cristiana!
¡Oh divina Sabiduría! Tú te revistes de la naturaleza humana, tomas la forma de frágil niño, eliges la pequeñez, la pobreza, la obediencia, la sujeción a otro, la vida oculta…
Eso que el mundo juzga insensatez, es elegido por Dios para confundir con ello a los sabios. Lo que aquél estima debilidad, lo escoge Dios, para destruir lo que se creía fuerte. Lo que el mundo tiene por bajo y despreciable, lo que cree nulo, es preferido por Dios, para aniquilar aquello que se cree ser algo.
Ven, Sabiduría,
enséñanos el camino de la prudencia. Somos todavía ignorantes, juzgamos y valoramos las cosas, hablamos y obramos como necios, no nos guiamos más que por la loca sabiduría humana o, más bien, carnal, la cual es ante Dios pura estulticia.
Ven, Sabiduría, líbranos de la falsa ciencia; danos la verdadera sabiduría, el sentido y el gusto de lo eterno, de lo divino; danos el placer de seguir la santa voluntad y el beneplácito de Dios; danos el amor a las enseñanzas y al estrecho camino del Evangelio; inspíranos el amor a la pequeñez, al ser tenidos en nada, al olvido y al desprecio absolutos; haznos conocer y saborear la dicha del desasimiento de las cosas terrenas, de nosotros mismos y de nuestro amor propio; enséñanos el desprecio de nuestro propio juicio, de nuestra vanidad, de nuestra propia estima.
Contemplemos la Sabiduría de Dios en el pesebre, en la pobreza, en el silencio, en la debilidad, en la pequeñez.
Aprendamos la Sabiduría de Dios en los Santos Evangelios: Bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que padecen persecución por Jesucristo…
Gustemos la Sabiduría de Dios en la Cruz…
¡Oh, María!, Virgen Prudentísima, Sede de la Sabiduría, Madre del Buen Consejo, ruega por nosotros.
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18 de Diciembre: O Adonai
¡Oh Adonai! (Dios fuerte), y Guía de la casa de Israel, que apareciste a Moisés en medio de una zarza ardiendo y le diste la Ley en el Monte Sinaí: ven, alárganos tu mano y sálvanos.
¡Oh Adonai! El Redentor que nosotros esperamos fue quien se apareció a Moisés en el desierto, en medio de una zarza ardiendo, y quien le comisionó para salvar a Israel de la esclavitud de Egipto, y quien le salvó de todas sus persecuciones.
Él fue quien le condujo con mano robusta a través del Mar Rojo; quien le dio la Ley en el Monte Sinaí; quien le guió por el desierto, vistiéndole, alimentándole y saciando su sed. Él fue, finalmente, quien le abrió las puertas de la Tierra de Promisión.
Él viene también ahora como Redentor, es el Salvador y el Guía de la Santa Iglesia.
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¡Oh Adonai!, alárganos tu mano y sálvanos. El enemigo de la salvación, de las almas, de la Iglesia, levanta hoy orgulloso su cabeza; quiere aniquilar la fe en Dios, la fe en Cristo, la religión cristiana.
Los hombres vuelven la espalda y se alejan del verdadero Dios, buscando otros dioses, que ellos mismos se fabrican.
Del verdadero Dios, ni hablar siquiera. Todo lo que no sea Él, puede consentirse, todo puede aceptarse, incluso los ideales y las aspiraciones más ridículas.
Ya no hay paz y concordia entre los hombres ni entre los pueblos. No hay más que agitación, actividad febril, inquietud por todas partes. Se quiere trabajar sin Dios, sin Cristo.
Y, sin embargo, siempre será cierto que debajo del cielo no se ha dado a los hombres ningún otro nombre que pueda salvarlos, más que el Nombre de Jesús Sólo Jesús, el Dios fuerte, puede salvarnos.
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Tú eres quien se apareció a Moisés en medio de una zarza ardiendo.
Esta zarza es un símbolo magnífico de la pequeñez a que se reduce el Hijo de Dios, al adoptar nuestra frágil naturaleza humana. También ésta, a pesar de toda su debilidad, permanece intacta y sin abrasarse, en medio de los resplandores y llamaradas de la naturaleza divina de Cristo.
Nosotros, acerquémonos con Moisés a la zarza ardiendo. Acerquémonos a Cristo, al Dios Encarnado en la frágil figura del Niño del Pesebre, al Dios presente en la blanca forma de la Hostia consagrada.
¡Acerquémonos a Él, y adorémosle! Descalza tus sandalias: el lugar donde estás es una tierra santa. He aquí mi nombre: Yo soy el que es.
¡Oh Adonai!, en medio de la fragilidad de un niño, en el anonadamiento de la crucifixión, Tú eres el Dios fuerte.
Fuerte en los prodigios que realizas, fuerte en el gobierno, en la conservación, en la propagación de tu- Iglesia. Fuerte en la redención y en la santificación de las almas, fuerte en tu amor para con nosotros, indignos. Fuerte en tu misericordia, fuerte al ayudarnos en toda necesidad. ¡Ven, sálvanos!
Alárganos tu mano y sálvanos. Apasionado clamor de la Iglesia, implorando la Segunda Venida del Señor, la venida del último día.
El retorno de Cristo causará nuestra liberación definitiva.
¡Oh María!, Virgen Poderosa, Arca de la Alianza, ruega por nosotros.
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19 de Diciembre: O Radix Jesse
¡Oh Retoño de la raíz de Jesé!, que te levantas enhiesto como una bandera, visible a todos los pueblos: ante ti enmudecen los reyes, a ti claman los pueblos infieles. Ven, no tardes más: sálvanos.
Cristo es el Rey, el Señor. El Dios fuerte es, al mismo tiempo, hombre. Es un descendiente de la casa de Jesé, de la casa de David, de la casa real de Judá.
La casa de David, del gran rey, ha perdido ya su trono. La antigua familia real se halla sin esplendor, se ha convertido en una rama marchita, rota.
Sin embargo, de su viejo tronco brotará un nuevo retoño: el Rey del mundo.
De Él dice Dios: Tú eres mi Hijo. Yo te doy en herencia todos los pueblos; te entrego en posesión todo el universo (Salmo. 2, 7).
Él será grande. Dios le dará el trono de su padre David; y reinará eternamente sobre la casa de Jacob; y su reino no tendrá fin (San Lucas 1, 32).
Contra toda oposición, y a despecho de todas las dificultades, Él fundará su Reino en el mundo: el reino de la verdad, de la justicia, de la gracia, de la santa Iglesia.
El Proscrito de los hombres, el Crucificado, hace de la Cruz su trono real, su estandarte y su bandera ante todos los pueblos.
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Ven, no tardes más: sálvanos. Angustioso y urgente clamor del mundo a Cristo, al Rey que lanzará fuera al príncipe de este mundo (San Juan 12, 31).
Como consecuencia del pecado original, Satanás estableció su tiránico poder sobre los hombres. Este imperio de Satanás sobre la humanidad tuvo su más alto exponente cuando, después de haberla alejado de Dios, logró hundirla en una repugnante idolatría y se hizo adorar él mismo en los templos y santuarios del paganismo.
En cierta ocasión hasta tuvo la osadía de acercarse al Señor, cuando éste había terminado sus cuarenta días de oración y de ayuno en el desierto, y trató de que Cristo se humillara a sus pies y le adorara.
Después que el Señor, con su muerte de Cruz, nos rescató de la tiranía y esclavitud del diablo, éste continúa todavía, con la permisión de Dios, ejerciendo su poder contra los cristianos.
El adversario y enemigo jurado de Dios, de Cristo y de todo lo bueno, pone todo su ingenio y esfuerzo en establecer, dentro del Reino de Dios, el anticristianismo, el reino de las tinieblas y del pecado.
¿Quién no se da cuenta hoy día, en que la fe en Dios y en Cristo decrece de modo alarmante; cuando la propaganda de los Sin-Dios se difunde por todas partes sin freno alguno; cuando el poder de la mentira y de la disolución levanta audazmente su cabeza, como queriendo arrojar a Dios de su trono…, quién no se da cuenta todavía del poder que hoy ejerce el demonio? ¿No será, quizás, porque nos acercamos vertiginosamente a los días apocalípticos en que le será dado poder para hacer la guerra a los santos y vencerlos, para realizar prodigios capaces de seducir, incluso a los mismos elegidos?
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¡Ven!, no tardes más. Mira cómo se apresuran los hombres de hoy a inscribirse en el reino de Satanás.
Han sido proscritos todos los valores buenos y santos: la fidelidad, la rectitud, la paz, la confianza mutua, la caridad.
¡Establece tu reino entre nosotros! El reino de la verdad, de la justicia, del amor, de la paz y de la concordia.
¡Oh María!, Madre del Salvador, Torre de David, ruega por nosotros.
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20 de Diciembre: O Clavis David
¡Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel! Abres tú, y nadie puede cerrar; cierras, y nadie puede abrir. Ven, y libra al que yace aherrojado en prisión, sentado en tinieblas y en sombras de muerte.
Maravilloso poder del Señor que viene. Él posee la llave, la administración de la casa de David (Isaías 22, 22), es decir, del Reino de Dios.
Tiene absoluto e ilimitado poder sobre la gracia y sobre todos los bienes de la Iglesia; sobre las almas, sobre los espíritus, sobre la voluntad y sobre el corazón del hombre.
Los destinos de la Iglesia están en su mano. Tiene potestad sobre todas las tempestades que se levantan contra la Iglesia y contra las almas.
Domina sobre los enemigos, sobre las erróneas y falsas doctrinas, sobre los incrédulos, sobre todos los enemigos de Dios, sobre el Adversario y sus ministros, sobre el mundo, sobre la carne, sobre las pasiones… A Él se le ha dado todo poder.
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Abres tú, y nadie puede cerrar. Tienes tal poder, que no podrá ser superado por ningún otro. Con tu mano riges firmemente los destinos de las almas, de la santa Iglesia. Eres el Señor absoluto.
Ven, libra, al que yace aprisionado. Con su poder, con su llave, el Redentor se acerca a la prisión donde el hombre, pobre y pecador, yace sentado en tinieblas y en sombras de muerte, cautivo de Satanás, esclavo del pecado, que le envilece y le deshonra, que le roba su dignidad de hijo de Dios, le rebaja al nivel de los brutos y le sepulta en el cieno del vicio y de la degradación.
Se acerca al hombre esclavo del pecado, el cual entenebrece su espíritu, llena su corazón de malos instintos e inclinaciones, destruye en él el templo de Dios y le convierte en morada del espíritu inmundo.
Se acerca al hombre esclavo de las pasiones, de la sensualidad, de la vanidad, de la envidia, de la concupiscencia de los ojos, de la concupiscencia de la carne y del orgullo de la vida.
¡Oh llave de David, ven y libra de su prisión al cautivo! Dale la libertad. Así suplica la Iglesia a Dios, para que Él nos dé la gracia y la fuerza que necesitamos para librarnos de toda clase de pecados e imperfecciones.
Sólo Él es quien puede librarnos de una mala muerte y de la condenación eterna.
Sólo Él puede arrancarnos este corazón apegado al mundo y este espíritu, aficionado a las cosas terrenas.
Sólo Él puede redimirnos de la esclavitud de los hombres y del respeto humano.
Sólo Él puede inspirarnos una santa y absoluta indiferencia ante el favor o el disfavor, ante los aplausos o el menosprecio, ante la adulación o las calumnias, ante las alabanzas o los vituperios del mundo y de los hombres.
Sólo Él puede libertarnos de nosotros mismos: de nuestro amor propio, de nuestra soberbia, de nuestra impaciencia, de nuestros malos instintos e inclinaciones, de todas nuestras miserias espirituales.
La Iglesia suplica al Redentor nos haga libres, es decir, nos desprenda totalmente de las cosas de este mundo. Ella sabe muy bien que la verdadera libertad, es incompatible con el apego a lo terreno.
Sólo es libre el que está completamente muerto a todo lo que no es Dios, el que no aprecia las cosas de esta vida en más de lo que son en realidad.
Pero, para poder alcanzar este total desprendimiento, esta sublime independencia, hay que estar antes bien dispuesto a entregar, a sacrificar alegremente todo aquello que sea incompatible con la vida sobrenatural, con la vida de la gracia.
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¡Oh llave de David: ven y liberta al encarcelado! Líbranos, con tu llegada, de todos los peligros que nos rodean. Rompe todas las cadenas que nos retienen alejados de Dios. Danos la libertad, la salud del alma, la entrega, la total sumisión a Dios.
Esto es lo que debemos pedir hoy para nosotros y para todos nuestros hermanos en Cristo.
¡Dichosa el alma que sea conducida por el Señor a la santa libertad de la esclavitud cristiana!
Ella respirará y se moverá en plena atmósfera celestial.
Su voluntad se cumplirá siempre, pues estará plenamente identificada con la voluntad divina, que es quien regula y gobierna, quien da y quita, quien ordena o permite todas las cosas.
Su sabiduría será una sabiduría celestial e incomprensible para un entendimiento carnal.
En medio de las tribulaciones y de los sufrimientos de la vida, gozará de una paz profunda, inalterable. La participación y el goce de la alegre, de la inefable y dichosa vida de Dios producirán en ella un júbilo íntimo, inefable, beatífico.
¡Oh Llave de David, ven!, danos la libertad, para que podamos vivir sin traba alguna la sabrosa vida de Dios; para que podamos elevarnos, serena, cordialmente, por encima de todo lo que no sea Dios o Cristo.
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¡Qué cosas tan magníficas nos dará el Señor cuando venga a nosotros en Navidad! ¡Qué cosas tan estupendas nos dará, sobre todo, cuando venga al fin de los tiempos!
Entonces brillarán en todo su esplendor la victoria y el triunfo de la santa Iglesia, de su doctrina y de su obra. Entonces aparecerá Ella ante toda la humanidad atónita y se manifestará tal cual es en realidad, o sea, como el Cuerpo Místico de Cristo, animado y vivificado por el espíritu de Cristo.
Aparecerá como el Arca salvadora de la humanidad. Y, a los que aquí en la tierra nos hayamos encadenado al Cristo viviente, a la santa Iglesia, se nos dará entonces eterna y gozosa libertad en Dios.
Nuestros oídos escucharán entonces aquellas consoladoras palabras: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino que os está preparado desde el principio del mundo.
¡Oh María!, Puerta del Cielo, Refugio de los Pecadores, ruega por nosotros.
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21 de Diciembre: O Oriens
¡Oh Oriente, Resplandor de la luz eterna, Sol de justicia! Ven e ilumina a los que permanecemos sumidos en tinieblas y en sombras de muerte.
En otro tiempo éramos tinieblas, noche, caos, aletargamiento, esterilidad, muerte. Nos faltaba la luz, nos faltaba el sol; nos faltaba todo.
El sol produce vida, da a las cosas claridad y belleza, forma y colores. El sol, lo mismo el natural que el sobrenatural, provoca el crecimiento y favorece la fecundidad.
Abandonada a sí misma, la pobre humanidad se hunde irremisiblemente en las tinieblas y en la noche de la muerte.
Se despeña en el abismo del error, de la punzante y angustiosa duda. Se tortura y desespera ante el trágico problema de la muerte y del más allá. Se sumerge, en fin, en la noche de las dificultades y de las miserias morales más profundas.
No hay respuestas. Sólo enigmas indescifrables. Noche de paganismo, de incredulidad, de vida sin Cristo.
Para resolver estos problemas el hombre lo ha intentado todo, no ha escatimado esfuerzo alguno. Culto de los animales, adoración de las serpientes, divinización de los astros, sacrificios humanos, sacrificio de sí mismo, mutilaciones en el propio cuerpo, ascesis férrea, espiritualismo búdico, misticismo nihilista: he aquí los medios a que ha recurrido la humanidad para descifrar los enigmas de la vida.
Pero, a pesar de tanto esfuerzo, no ha encontrado la solución, la luz, la paz, el reposo.
Es que no conoce la verdadera Luz: ignora a Cristo, al Sol sobrenatural.
No hay más que un solo Sol verdadero: Cristo, el Salvador a quien nosotros esperamos. Yo soy la luz del mundo (San Juan 8, 12).
Cristo es la luz del mundo: por la fe santa que Él inspira en las almas; por la doctrina con que nos instruye y educa; por el ejemplo que nos da en el Pesebre, en Nazaret, en la Cruz y en el Sagrario; por la luminosa túnica de la gracia en que envuelve a nuestras almas; por la Santa Iglesia, a la cual nos entrega como a una verdadera madre.
A la luz de este Sol todo aparece claro, transparente. Gracias a ella, adquirimos un conocimiento exacto, infalible de nuestro origen y de nuestro destino, de nuestro Dios y de nuestra vida.
Esta luz nos convence de la nulidad de todo lo puramente humano, de todo lo terreno, de los bienes y felicidades de este mundo. Por ella conocemos el sentido y el valor del trabajo, del dolor, de la tribulación.
Por ella comprendemos la trascendencia de una vida pobre, oculta, humilde y crucificada como la de Cristo.
Sol de justicia, de Ti nos viene toda vida verdadera, todo conocimiento, toda dicha, toda fuerza, toda riqueza, toda fecundidad. Donde Tú no brillas, todo es noche, muerte, miseria. Ven, y alumbra a todos los que aun permanecemos sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte.
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¡Cuánto tenemos que acercarnos todavía a esta Luz del Oriente, a este Sol de Cristo! ¡Cuánto necesitamos aún la luz de la fe, la luz de una vista puesta ciegamente en las manos, en el gobierno, en la providencia y en la voluntad de Dios!
Pero, en vez de hacer esto, nos dejamos inspirar y conducir todavía demasiado por nuestras pasiones, por las impresiones del momento, por nuestro amor propio.
Por eso, debemos clamar y pedir con vivo ahínco, en unión con la Santa Liturgia: ¡Oh Oriente!, Sol de justicia, ven y alumbra a los que todavía permanecemos hundidos en las tinieblas de nuestras pasiones, de nuestra mentalidad puramente natural, de nuestro amor propio…
Luz en el Señor, que será perfecta en el último día, cuando vuelva Cristo a nosotros y nos lleve después consigo al Reino del Padre. Entonces, transfigurados y revestidos totalmente de luz, brillaremos como el sol en el Reino del Padre.
Día de la luz, ¡ven pronto!
¡Oh María!, Estrella de la Mañana, Espejo de justicia, ruega por nosotros.
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22 de Diciembre: O Rex gentium
¡Oh Rey de las naciones, Deseado de las gentes y Piedra Angular donde se apoyan judíos y gentiles! Ven y salva al hombre que tú formaste del limo de la tierra.
Dijo Jesús en parábola que un noble varón marchó a una región lejana, para tomar allí posesión de un reino y volverse en seguida. Este noble varón es el mismo Jesucristo, el Hijo de Dios, el Rey de todos los pueblos, de todas las razas, de todas las lenguas y de todos los tiempos.
Su dominio se extiende a todas las cosas y a todos los hombres, lo mismo a sus cuerpos que a sus almas.
Todo lo tiene Él en su mano, como Dios y como Hombre-Dios.
Pero existe también otro ser que, habiéndose deslizado en su Reino, se constituyó en tirano de los hombres: es Satanás, el príncipe de este mundo.
Sólo una pequeña porción, el pueblo escogido del Antiguo Testamento, se mantuvo fiel al legítimo Rey. Por eso, el Hijo de Dios emprende un viaje a un país lejano; se hace hombre para expulsar de la tierra, con las armas de su anonadamiento, de su obediencia, de su humildad, de su pobreza, de sus dolores voluntariamente aceptados y de su Cruz, al príncipe de este mundo.
Se hace hombre para rescatar del poder del demonio a los pueblos infieles y para fundirlos, ahora y eternamente, en una sola Iglesia con aquel pueblo escogido.
¡Oh Rey de las naciones y piedra angular! Tu cetro es de humildad y de misericordia.
Ven, salva, al hombre que tú formaste del limo de la tierra. ¿Qué es el hombre? Un puñado de barro, miseria, nada. Y, sobre esto, alejado de Dios por el pecado, separado de la Fuente de la verdad y de la verdadera vida, condenado a la eterna privación de Dios, a las tinieblas y a la eterna desdicha.
Sin embargo, bajo esta envoltura de barro aletea la llama del espíritu, con su impetuosa tendencia hacia la verdad, hacia la posesión de todo bien, hacia la felicidad y la paz, hacia Dios.
¿Quién podrá darle a Dios? Solamente Dios mismo. Por eso, clama la Iglesia al Señor: Ven, salva al hombre que Tú formaste del barro de la tierra. Salva al que es tan pobre y tan débil, al que no es más que un poco de polvo. Acuérdate de su nada. Acuérdate de los muchos enemigos que le asedian, para sumergirle en el pecado. Acuérdate de su ignorancia, de su propensión al mal, de los errores, concupiscencias y pasiones que le dominan. Acuérdate de las seducciones del mundo, de las tentaciones del demonio.
Durante estos días que preceden a Navidad, la Iglesia siente en sí misma toda esta honda miseria de la humanidad irredenta. Por eso, clama al Señor: ¡Ven, salva al hombre!
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Jesús es el Rey de las naciones y de los pueblos.
Se juntaron y se aliaron todos los reyes y príncipes de la tierra, para luchar contra Dios y contra su Ungido. Dijeron entre sí: rompamos sus cadenas y sacudamos su yugo. Pero el que habita en los cielos se mofará de ellos y el Señor los apabullará. Les hablará colérico y los conturbará con su furor. Les dirá: Yo he sido constituido por Él Rey de Sión, de su monte santo. El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Pídemelo, y te daré en herencia todos los pueblos, y tus dominios se extenderán hasta el último confín de la tierra (Salmo 2).
Ya pueden los reyes y los pueblos maquinar, a lo largo de los siglos, contra el que ha sido constituido Rey por el mismo Dios, contra Cristo. A pesar de todo, Él siempre será Rey.
A Él se le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Ante Él tendrá que doblarse toda rodilla, y todos tendrán que confesar que Él es el Señor universal.
Nosotros, acatemos voluntaria y gozosamente la soberanía de Jesús, del Crucificado, del Exaltado por el Padre. Cuanto más le rechacen y se alejen de Él los poderes de la tierra, más fieles y sumisos debemos permanecerle nosotros.
El Señor viene ahora a nosotros bajo la forma de un tierno y frágil niño. Sin embargo, más tarde, cuando el representante del poder romano le interrogue: ¿Eres tú Rey?, Él responderá con un tajante y decisivo: Sí; yo soy Rey.
Después de su muerte y de su retorno al Cielo, Cristo continúa participando, aun en cuanto hombre, de la majestad y del poder del Padre. Aunque no le veamos nosotros, Él es, sin embargo, Quien todo lo rige y gobierna: es el Rey del universo.
Al fin de los tiempos volverá de nuevo a la tierra, envuelto en todo su poder y majestad de Rey.
Entonces nuestros ojos podrán contemplarle tal cual es en realidad.
Entonces volverá el Padre a repetirle, en presencia de toda la humanidad congregada ante Él: Yo te he constituido Rey de Sión, de mi santo monte, es decir, de la Santa Iglesia.
En aquel día todos le reconocerán y le acatarán como Rey. Todos los pueblos, todos los tiempos y todas las civilizaciones habrán de confesar y proclamar: Tú eres el Rey de la gloria.
Volvamos a suplicar hoy, con la Santa Iglesia: ¡Oh Rey de las naciones, salva al hombre que tú formaste del barro de la tierra!
¡Oh María!, Reina de todos los Santos, Auxilio de los Cristianos, ruega por nosotros.
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23 de Diciembre: O Emmanuel
¡Oh Emmanuel (Dios con nosotros), Rey y Legislador, Expectación y Salvador de los gentiles! Ven a salvarnos, Señor y Dios nuestro.
En el Salvador, que se acerca, vemos al Emmanuel, al Dios con nosotros. Es el Hijo Unigénito de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, consubstancial al Padre.
Él es quien creó todas las cosas. Por nosotros los hombres, y por nuestra salvación, descendió de los cielos, se encarnó por obra y gracia del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María y se hizo hombre.
¡Dios con nosotros! Es decir, Dios revestido de una misma e idéntica naturaleza humana que la nuestra, hecho semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado. Toma sobre sí nuestros pecados y se entrega voluntariamente a la muerte de cruz en lugar nuestro.
¡Dios con nosotros! Nos da su amor, su verdad, su corazón, su gracia, su sangre. Se da Él mismo en el Pesebre, en la Cruz, en el sacrificio de la Santa Misa, en el Sagrario, en la Sagrada Comunión.
Más tarde nos dará también, por toda la eternidad, la posesión de su bella y gozosa bienaventuranza.
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¡Ven, sálvanos! El Dios grande y santo viene a nosotros, pecadores, indignos. Viene, no para aniquilarnos, como lo hizo en otro tiempo con Sodoma y Gomorra, sino para salvarnos. Y, ¡cómo nos salva! No se contenta simplemente con ocupar nuestro lugar y con expiar por nosotros nuestros pecados, abandonándonos después a nuestra suerte. Hace mucho más.
Nos levanta hasta sí mismo, nos incorpora consigo, nos comunica su propia vida y nos vivifica con ella.
Ya no nos pertenecemos a nosotros mismos. No estamos solos, aislados. No somos independientes. Formamos un todo con Cristo.
¡Qué gracia, qué dignidad, qué grandeza la nuestra! El Padre ya no ve en nosotros a unos pobres hombres; ve a miembros de su divino Hijo.
¿Podía el Señor redimirnos de modo más perfecto que como lo ha hecho, es decir, elevándonos hasta Él mismo y comunicándonos su misma vida?
¿Podía Cristo asociarnos a sí mismo, identificarnos consigo de modo más perfecto que como lo ha hecho?
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¡Qué próximo, qué accesible! ¡Dios con nosotros! El Señor vino a Belén para levantarnos a nosotros del polvo y para comunicarnos su misma vida. A esto vuelve de nuevo todos los años el día de Navidad.
A esto viene también todos los días en la santa Misa, en la Sagrada Comunión y en los frecuentes impulsos e iluminaciones de la gracia.
A eso vendrá, finalmente, más tarde, en el último día.
Pero entonces hará todavía otra cosa más grande: nos llevará consigo a la posesión y al goce perfecto de su gloriosa y eterna vida.
Entonces serán la beatífica contemplación, el dichoso amor y el inefable y extático gozo de Dios.
¡Oh María!, Santa Madre de Dios, Madre de Cristo, Madre de la Divina Gracia, ruega por nosotros.
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ERO CRAS = Mañana estaré con vosotros
