Monseñor FRANCISCO OLGIATI
LA PIEDAD CRISTIANA
SEGUNDA PARTE
LAS PRÁCTICAS DE PIEDAD
II
LA SANTA MISA
Continuación…
3
LA MISA Y LA ASCÉTICA
Para que también nosotros podamos con fuerzas nuevas, movernos cada mañana en el azul de este cielo sobrenatural, donde resplandece el Sol divino; para poder así santificar nuestra fiesta y también la vida cotidiana en los días hábiles, de manera que Jesús se ofrezca al Padre con todo lo que somos nosotros mismos, con todas nuestras alegrías y nuestros dolores, conviene de vez en cuando tomar el misal y reflexionar un poco.
Dos son los caminos que se deben aconsejar para tal reflexión, para que la oración litúrgica se transforme, para nosotros, en una sentida y ardiente elevatio ad Deum.
1. — Así, del collar de joyas extraídas de la liturgia, se puede elegir una u otra, contemplar, reflexionar, gustar, admirar.
El INTROIBO AD ALTARE DEI, que suscita gozo pensando qué gracia es la de acercarse y participar del altar del Sacrificio. Miles y miles de sacerdotes pronunciaron, a través de los siglos cristianos, estas palabras hermosas como un suave anuncio.
Las recitó San Andrés Avelino, quien después de haber dicho su Introibo, herido por la apoplejía caía muerto y se acercaba al altar eterno.
El Beato Pinot las rezó heroicamente cuando, en la furia de la Revolución Francesa, sorprendido por los guardias, mientras iba a iniciar la Misa revestido de los ornamentos sagrados fue condenado a morir en la guillotina, y subió al patíbulo —convertido en altar de sacrificio y de gloria— repitiendo como últimas palabras: Introito ad altare Dei…
Luego el DOMINUS VOBISCUM: ¡El Señor sea con vosotros! Con mucha frecuencia usaban los hebreos tan gentil y piadosa fórmula de saludo. Booz saluda así a los segadores: «¡El Señor sea con vosotros!» Y ellos responden: «¡Que el Señor os bendiga!»
En el Antiguo Testamento se encuentra el mismo saludo en diversas formas: «Que vuestro Señor Dios sea con vosotros; que el Dios de Jacob sea con vosotros; el Señor de los ejércitos sea con vosotros», etc.
En el Nuevo Testamento, San Gabriel dirige a la Virgen la conocida expresión: «El Señor es contigo«; y San Pablo continúa diciendo: «Que la gracia del Señor sea con vosotros; el Dios de la paz y del amor estará con vosotros…»
Antiguamente muchos predicadores antes de impartir la divina palabra, exclamaban ante los fieles que pendían de sus labios: «Dominus vobiscum».
El uso litúrgico del Dominus vobiscum con su respuesta es muy frecuente en todas las ceremonias. Nada más expresivo ni más solemne… En la oración litúrgica el sacerdote o el obispo deben orar en nombre de todos los fieles y compendiar sus ruegos. Así, pues, antes de transformarse en sus intérpretes, se vuelven hacia ellos y les dicen: Dominus vobiscum «¡el Señor sea con vosotros!», y el pueblo responde: Et cum spiritu tuo «y con tu espíritu»; mientras tú formulas nuestra oración.
El ALELUYA es una palabra hebrea que puede traducirse alabanza a Dios o alabad al Señor, y para los judíos era un grito y un canto de triunfo. Lo encontramos en numerosos Salmos.
Vino el Cristianismo y resonó en todas las partes el aleluya. Su historia —dice el Cardenal Pitra— es un poema.
San Juan en el Apocalipsis lo oye cantar con voz atronadora: «He oído como la voz de una trompeta y como la voz de grandes truenos, que decían aleluya, porque Nuestro Señor Dios omnipotente ha reinado».
Los primeros creyentes lo usaban como un saludo festivo, en los trabajos rurales y en los ejercicios navales. En 429 los bretones cristianos de Inglaterra atacaban a sus enemigos repitiendo el grito de aleluya, que inflamó su valor y les dio la anhelada victoria. En el siglo quinto, durante la persecución de los vándalos en África, los bárbaros entraron en una iglesia; un lector estaba cantando; aquéllos le arrojaron una flecha que fue a herirlo en la garganta, en el mismo instante en que cantaba: «¡Aleluya, alabanza al Señor!» ¡Qué muerte feliz! A fines del siglo sexto, San Gregorio Magno, alegrándose por la conversión de Inglaterra, en uno de sus libros prorrumpía en conmovidos acentos, porque también la lengua de los bárbaros hacía resonar el aleluya…
Nuestros padres querían tanto al aleluya, que lo trataban como a una persona.
En las épocas de penitencia y dolor no se usaba, como tampoco se usa ahora, porque es un grito de alegría; y en el viejo rito ambrosiano en una antífona ad Crucem del primer domingo de Cuaresma, rezaban así: «¡Aleluya! Cerrad y sellad los labios para esta palabra aleluya. Que descanse en el secreto de vuestro pecho, aleluya, hasta el tiempo indicado. Cuando llegue el día entonces diréis con gran gozo: ¡aleluya!, ¡aleluya!, ¡aleluya!»
Finalmente, el AMEN. Es otra expresión hebrea, antiquísima y muy querida a los hebreos, y que, como se sabe, puede significar una afirmación (así es), o un augurio, un deseo (así sea). Cuando los levitas maldecían al idólatra, al ladrón o al adúltero, el pueblo respondía: ¡Amen! «¡Así sea!» Y Jesús gustaba decir: Amen, amen dico vobis; «así es, así es, en verdad os digo».
Los Apóstoles transmitieron el uso del amen a la Iglesia. San Pablo y San Juan lo usaron muchas veces. «A Él (Jesús) la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén». «La gracia de Nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros. Amén».
Antiguamente, al distribuir la Eucaristía el sacerdote decía: «Corpus Christi» y el fiel respondía: «Amén; así es, creo».
Y prescindamos de los datos históricos. Examinemos un instante el amen cantado por el pueblo, después del Oremus. En la oración litúrgica el sacerdote reza en nombre de Cristo y de la Iglesia: y el pueblo cristiano responde al unísono: «Amén: ¡así sea!». ¿Qué importa si no comprende el latín? Y aun el que lo entiende, ¿agota acaso el significado de aquellas oraciones? ¿Acaso sabe él cuál es la suplicante invocación de Cristo? En aquel momento la Iglesia es quien ora; es Cristo con su Cuerpo Místico que implora: y nosotros respondemos a una: «¡Amén! ¡Así sea, oh Señor! Concédenos todo lo que Jesús y su Iglesia te imploran. ¡Amén! ¡Así sea, así sea!»
También para pronunciar un amén sabiendo qué se dice, hay que conocer la oración litúrgica.
Y podríamos continuar aún.
Véase en mi obra Nuevos esquemas de conferencias las páginas dedicadas a «Las pequeñas cosas en la Liturgia».
2. — Otro método para una óptima preparación lo constituye la lectura de la Misa del día, con el objeto de entender el pensamiento principal que unifica todas sus oraciones.
Puesto que per exempla via brevior, leamos juntos una Misa, por ejemplo, la que se reza en honor de San Luis Gonzaga (21 de junio).
San Luis es el Santo de la pureza y de la mortificación; es el lirio que hacia el final de un siglo inaugurado por Alejandro VI, se ofrece como víctima de expiación al Señor. ¿De qué manera fueron expresados por la liturgia los dos conceptos de pureza y de penitencia en la Misa, a la luz del Divino Modelo de candor y de sacrificio, de pureza y de inmolación?
El tema es sugestivo y la liturgia lo desarrolla como sólo sabe hacerlo la Iglesia.
La inmaculada inocencia de Gonzaga es expresada con la evocación de los Ángeles: «Lo hiciste poco inferior a los Ángeles; lo has coronado de majestad y de gloria. Alabad al Señor, vosotros Ángeles todos; ejércitos angelicales todos, alabadlo». Nos parece ver al lirio de Castellón, que sonríe y canta entre los Ángeles.
La Colecta subraya la idea madre de la Misa: pureza y sacrificio: «Dios, distribuidor de los dones celestiales, que uniste una admirable inocencia de vida y una igual mortificación en el angélico joven Luis, concédenos, por sus méritos y oraciones, que no habiéndolo imitado en su candor, lo emulemos en la penitencia».
La Epístola, con las palabras del Eclesiástico, llama bienaventurado al «hombre que es encontrado sin culpa y que no ambiciona el oro, ni hace reposar su esperanza en el dinero y en los tesoros… Hizo cosas admirables durante su vida… y tendrá gloria eterna… Pudo pecar y no pecó; podía obrar mal y no lo hizo. Por esto sus bienes están radicados en el Señor». ¿Acaso no es perfecto este retrato de Gonzaga? Puro, hallado sin mancha, sacrifica todo, el oro y el principado, y durante su vida realiza hechos admirables.
El Gradual, evocando los años juveniles de Luis, cuando el lirio fue transportado desde su casa al noviciado, exclama con el Salmista: «Tú has sido, Señor, mi esperanza desde mi juventud; me apoyé en ti desde el seno de mi madre; desde el seno materno fuiste mi protector. En mi inocencia me sostienes y me elevo hasta tu presencia. ¡Aleluya! ¡Aleluya! Bienaventurado aquél que Tú eliges y lo tomas para ti: él habitará en tu casa. ¡Aleluya! ¡Alabanza al Señor!»
El Evangelio es un trozo de San Mateo, en que Jesús increpa a los saduceos por la grosera concepción de un paraíso que ellos se inventaban, para poder negar la resurrección de los muertos. Hay dos puntos sobresalientes: uno que dice que en el cielo todos «serán como los Ángeles de Dios», y el otro que el gran mandamiento de la ley de Dios es el «amor de Dios y el amor del prójimo».
Y el alma virginal de San Luis aparece y nos dice que él fue un ángel de Dios en la tierra y que nadie ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como aquél que elige el camino de la virginidad. ¡Pureza y amor! No se crea que tal concepto de la caridad de San Luis hacia Dios y el haber él muerto victima
christianae charitatis rompa la unidad del tema melódico, pues, ¿qué es la inmolación de la penitencia, sino amor?
En el momento del Ofertorio, mientras en la patena hay una hostia blanca y mientras la mente recuerda el ofrecimiento que San Luis hizo de sí mismo, la liturgia dice con David: «¿Quién subirá al monte del Señor? ¿Quién habitará en su Santuario? El que tiene sus manos inocentes y puro el corazón».
Por consiguiente, la Iglesia hace rezar así en la Secreta: «Haz, oh Señor, que nos sentemos a la mesa celestial con la hermosa vestidura nupcial que al bienaventurado Luis adornaba, como con piedras preciosas, con su preparación piadosa y con las continuas lágrimas que derramaba». Cándida hermosura del vestido nupcial, lágrimas de penitencia: la idea continúa y se afirma.
El Filius Virginitatis, el blanco Cordero que se apacienta entre los lirios avanza entonces revestido con los velos inmaculados de la Hostia. Nos habla de pureza, ofreciéndonos el Pan de los Ángeles en la fiesta del Ángel de Castellón. Por eso oramos en la Comunión: «Les ha dado un pan celestial: el hombre comió el pan de los Ángeles».
Y agregamos en la Postcommunio: «Alimentados con el pan de los Ángeles, concédenos, Señor, la gracia de vivir con costumbres angelicales, para que podamos agradecerte continuamente a ejemplo de quien hoy recordamos».
Copié «simple y fielmente la Misa de San Luis. Acaso, decidme, leyendo tan sublimes oraciones iluminadas por un único pensamiento vivificante tan artísticamente expresado, ¿es posible no conmoverse y extasiarse?
Nótese bien: no se entretiene con ideas abstractas, monótonas y siempre las mismas. La Iglesia ofrece en la Misa de cada Santo un concepto particular brotado de su corazón con vida siempre renovada, y que es la llave de todas las oraciones del Misal de aquel día.
Para limitarnos a un ejemplo, si consideráis a San Camilo de Lelis y a San Jerónimo Emiliano, podríais pensar que la idea central de las dos misas es la Caridad hacia el prójimo. ¿Acaso el primer santo no es el fundador de una Congregación dedicada al cuidado de los enfermos, que a los tres votos de castidad, pobreza y obediencia añadió un cuarto voto que es el de servir a los enfermos aun en tiempos de peste? ¿No es el segundo el fundador de los Somascos, dedicados a toda obra de caridad, particularmente a la educación de los niños, de los huérfanos y abandonados?
Sin embargo erraríamos si pensásemos que una única idea abstracta vivifica ambas Misas.
Es verdad que la liturgia toma, para San Camilo, el tema del amor a los hermanos; pero, aprovechando el hecho de que el Santo asistía a los moribundos, los confortaba con los Sacramentos y sobre todo con la Eucaristía, se propone prepararnos también a nosotros para una muerte sana, y entonces la idea de la caridad camiliana para los enfermos y la idea de nuestra agonía se entrelazan bajo la sonrisa de una Hostia confortadora. Véase el verdadero sentido de aquella Misa:
a) En el Introito nos habla de amor y de dedicación hacia los hermanos. («Nadie tiene caridad más grande que la de aquellos que dan su vida por sus amigos. ¡Bienaventurado aquél que recuerda al pobre y al desheredado!»); nos habla de amor en la epístola tomada de una carta del Apóstol del Amor. También con un trozo de San Juan nos habla de la caridad hacia el prójimo en el Evangelio, y en la antífona de la Comunión: «Estuve enfermo y me visitasteis. En verdad os digo: lo que hicisteis a uno de éstos mis más pequeños hermanos, me lo habéis hecho a mí».
b) Mientras tanto, movidos por estos mismos acentos de amor sobrenatural, contemplamos a Cristo viviente en los enfermos, viviente en San Camilo, viviente en la Eucaristía, Cristo venido al mundo para curar nuestras almas enfermas y asistirnos en el momento de nuestra muerte. Y así oramos en la Colecta: «Oh Dios, que para ayudar a las almas que luchan en la última agonía, diste a San Camilo una viva llama de caridad, infúndenos, te rogamos por sus méritos, el espíritu de tu amor, a fin de que en la hora de nuestra muerte podamos vencer a nuestros enemigos y conseguir la corona de la eternidad».
Y en la Secreta proseguimos «Oh Dios omnipotente, que la Hostia inmaculada, con la que renovamos la inmensa obra de caridad cumplida por Jesucristo Nuestro Señor, sea remedio saludable contra todas las enfermedades del cuerpo y del alma, alivio y tutela en la extrema agonía».
Lo mismo en el último Oremus, en nombre del «alimento celestial, recibido piadosamente en la fiesta de San Camilo», implorarnos al Señor que, «armados con los Sacramentos en la hora de la muerte, y purificados de toda culpa, podamos ser recibidos tranquilamente en el seno de la misericordia divina».
En cambio, la Misa de San Jerónimo Emiliano —un verdadero poema de belleza— contiene estas ideas: los pequeños huérfanos encontraron a un padre en el Santo, puesto que fue un imitador del divino amigo de los niños; alegrémonos en el Señor, porque todos nosotros éramos huérfanos por el pecado; pero Jesús, el modelo de San Jerónimo, nos ha recogido y nos ha dado por Padre a Dios, de quien somos hijos adoptivos.
Véase, pues, el Introito, semejante al gemido de un corazón dolorido y a una sonrisa de esperanza: «Mi corazón se derramó por tierra al ver el tormento de la hija de mi pueblo, cuando los niños y los lactantes desfallecían de hambre en las calles de la ciudad.
Oh niños, alabad al Señor, alabad el nombre del Señor».
Luego, la Epístola con las palabras de Isaías: «Comparte tu pan con el hambriento y lleva a tu casa a los pobres y a los errantes; si ves un desnudo, vístelo, y no desprecies tu propia carne.
Entonces nacerá tu luz como hermosa aurora… Esa luz nacerá para ti en medio de las tinieblas que se cambiarán en luz meridiana… Serás como un jardín regado y como una fuente, a la que jamás faltará el agua».
Más adelante el trozo del Evangelio, en que Jesús dice: «Dejad que los niños vengan a mí», y para aquellos que, como San Jerónimo, quieren imitarlo mejor, añade: «Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; ¡y ven y sígueme!»
También el Oremus del que referiré el primero: «Oh Dios, Padre de misericordia, por los méritos y la intercesión del bienaventurado Jerónimo, que quisiste fuese ayuda y padre de los huérfanos, concédenos que custodiemos fielmente el espíritu de adopción, por cuya virtud somos llamados y somos verdaderamente hijos tuyos».
Desde el punto de vista de la idea unificadora de toda misa, quisiera detenerme en la Misa del Nombre de Jesús (2 de enero) o de su Preciosíma Sangre (1 de julio), en la Misa de la Inmaculada (8 de diciembre), en la Misa de la Dolorosa según la liturgia ambrosiana (14 de septiembre), en una misa de difuntos y así en las demás.
Pero si empezara sería cosa de no terminar y tendríamos que leer juntos todo el Misal.
Es mejor que cada uno de nosotros lo use como libro de meditación, el más hermoso después del Evangelio.
Continuará…
