MONS. OLGIATI – EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA – Cap. V – EN EL CAMPO DE BATALLA – Continuación… IV – LAS DERROTAS

MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI

EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA

Capítulo Quinto

EN EL CAMPO DE BATALLA

Continuación…

IV

LAS DERROTAS

Memorable es en los fastos de la fe cristiana la victoria de Serbia contra los turcos en 1456.

Belgrado estaba sitiada hacía ya cuatro meses y el Sultán ordenó un último y desesperado ataque.

Después de veinticuatro horas de lucha los ciudadanos cansados y desalentados estaban por capitular, cuando un humilde franciscano, levantando en alto un Crucifijo, se puso a alentar a los vacilantes y a rogar a Dios y a la Virgen. Con las palabras de San Juan de Capistrano los sitiados iniciaron un nuevo ataque contra sus enemigos que fueron desbaratados.

Debemos sostener no cuatro meses de sitio, ni un día de lucha, sino una vida entera de combate. Y aunque en nuestros labios y en nuestro corazón se mantenga siempre fresca la palabra de orden de Sobieski, quien en 1683 decía a sus soldados en Viena: «Marchemos al encuentro del enemigo con plena confianza en la protección del cielo», con todo experimentamos las dificultades del conflicto continuo y en ocasiones exasperantes.

Ya debemos afrontar una batalla campal, ya debemos vencer una minúscula escaramuza. Ya entonamos el canto de victoria, ya nos entristece la vergüenza de la derrota. Con frecuencia en un solo día se encuentran juntos triunfos y derrotas, tentaciones vencidas y culpas cometidas.

Debemos dedicar una breve reflexión a las últimas.

La moral católica las llama «pecados»; y la filosofía cristiana las define: «aversio a Deo et conversio ad creaturas», es decir un alejamiento de Dios y un acercamiento a las creaturas. Por esto nosotros las consideramos como son en realidad, es decir, un insulto al Amor divino en nombre del amor a los bienes perecederos y fugaces.

***

a) Distintas clases de derrotas

Para proceder ordenadamente, conviene distinguir nuestras derrotas morales en tres categorías: los pecados mortales, los pecados veniales, las imperfecciones.

Esta distinción fue rechazada terminantemente por Lutero y por Calvino, para quienes todo pecado es por su naturaleza mortal. Pero exageran evidentemente.

Todos comprenden la diferencia entre un hijo que mata a su padre, un hijo que desobedece en una cosa sin importancia y un hijo que contesta con un capricho inadvertido una orden imprevista.

No pueden colocarse en el mismo plano el parricidio, la desobediencia y la debilidad de un carácter impulsivo, como no pueden catalogarse como iguales la muerte, una enfermedad y una ligera indisposición.

Para traer una comparación, recordaremos la graciosa anécdota ocurrida al genial periodista y humorista italiano, Luis Arnaldo Vassallo, llamado Gandolín.

Un buen día un autor inédito consiguió obligarle a escuchar la lectura de una obra voluminosa. El autor tartamudeaba terriblemente. Y Gandolín, después de haberlo escuchado largo rato, lo interrumpió:

—En verdad es grandiosa la idea de hacer tartamudear a todos los personajes. Creo que la obra será un éxito.

El autor indignado contestó:

—Usted se equivoca. El que tartamudea, no son los personajes, soy yo.

— ¡Oh! entonces lo siento, pero no se puede esperar nada bueno.

Pues bien, el pecado venial puede compararse razonablemente con una persona tartamuda. No es la palabra corriente y llana, es un tartamudeo; pero se encuentra todavía el sentido de lo que se dice; esto es, se encuentra todavía el significado cristiano en una vida, aunque ésta lo exprese tartamudeando.

Que una persona tartamudee, es un mal; pero el mal es peor aún y esencialmente distinto, si se pronuncian las palabras sin conexión, como, según cuenta otro humorista, aconteció con dos amigos que hablaban así:

— ¿Eres miope o tonto?

—Yo soy de Novara.

—Entonces ¡somos contemporáneos!

¡Ah! ¿Os reís? Y sin embargo ¡cuántas veces nuestra vida aparentemente cristiana es una continua sucesión de acciones tan poco organizables entre sí, como las palabras de este curioso diálogo!

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b) El pecado mortal y el pecado venial

No me detendré en las nociones elementales del catecismo que nos enseña que el pecado mortal es una transgresión de la ley moral en materia grave, hecha con plena advertencia de la mente y con deliberado consentimiento de la voluntad, mientras en cambio el pecado venial es la transgresión de la ley moral en materia leve o también en materia en sí grave, pero sin plena advertencia o sin deliberado consentimiento.

La culpa grave se llama mortal, porque priva al alma de la gracia sobrenatural que es su vida, le quita los méritos y la capacidad de adquirir otros nuevos, y la hace merecedora de la muerte eterna en el infierno. La otra clase de pecados se llama venial, esto es, perdonable, porque no quita la gracia y puede conseguirse el perdón con el arrepentimiento y con las buenas obras, aun sin la confesión sacramental.

Lo que interesa advertir en estas nociones de ética cristiana es que con el pecado mortal nos rebelamos contra Dios y despreciamos su Amor, sacrificándolo a nuestro placer; en otras palabras, la culpa grave es la negación del amor divino.

El pecado venial, en verdad, es un desorden y un mal, en cuya comparación todos los demás no merecen el nombre de males, pues es siempre una ofensa a Dios: es dañoso al alma, en cuanto la predispone al pecado grave, como la enfermedad aun sin quitar la vida predispone a la muerte: nos hace merecedores de penas temporales en este mundo y en el otro; con todo no excluye completamente el amor a Dios, pero es sólo un enfriamiento en el amor.

Así como el soldado desertor ya no puede hablar de amor a la patria y en cambio el que comete una leve infracción a la disciplina militar, puede aún afirmar su amor a la patria, aunque no la ame con todo su corazón y aunque se equivoque; así también nosotros, soldados del gran ejército de la humanidad, podemos rebelarnos contra nuestro supremo Rey (pecado mortal) y podemos desmayar en el amor absoluto que Él con justicia exige de nosotros (pecado venial).

En la práctica ¿cómo se distingue la culpa grave de la venial?

Subjetivamente, debemos examinar nuestra conciencia para saber si, al cometer una acción mala, teníamos el pleno conocimiento de que ésta era un pecado mortal y, esto no obstante, libremente la hemos realizado.

Objetivamente, examinando la acción en sí misma, frecuentemente no es difícil conocer la gravedad o la venialidad de una culpa. Así a todos aparece evidente que la blasfemia, el odio a Dios y su Cristo, el homicidio, la profanación del matrimonio, las abominaciones que han hecho bajar fuego del cielo sobre la tierra prevaricadora, el hurto de una cantidad importante y otras cosas por el estilo son pecados mortales. Alguna vez la misma Sagrada Escritura declara grave algún pecado. Además tenemos siempre a la Iglesia, maestra de la moral, que nos guía e ilumina también en este terreno.

De cualquier manera, para juzgar un pecado es necesario considerar la acción no en abstracto, sino en concreto, teniendo en cuenta las circunstancias y las contingencias en que se desarrolla.

Tómese, por ejemplo, el precepto de la Iglesia que ordena la asistencia a Misa los domingos y fiestas de guardar bajo pena de pecado mortal.

A primera vista puede parecer extraño que perder una Misa sea una culpa grave y sin embargo, si se examina el precepto en el conjunto de la vida cristiana, nada es más claro.

«La santificación del día del Señor —explica Manzoni en su Moral Católica— es uno de los mandamientos dados directamente por el Señor al hombre. En verdad ningún mandamiento divino necesita apología; pero son evidentes la hermosura y la conveniencia de éste que de un modo especial consagra un día al deber más noble y más íntimo y recuerda su Creador al hombre.

El pobre doblegado hacia la tierra, deprimido por el cansancio, inseguro del resultado de sus afanes y obligado no pocas veces a medir su trabajo por la falta de tiempo; el rico preocupado con frecuencia en la manera de pasar sus horas sin pensar en ello, rodeado de lo que constituye la felicidad según el mundo y extrañado a cada instante de no ser feliz, desengañado de los objetos de los que esperaba plena satisfacción y ansioso de otros de los que se desengañará al poseerlos; el hombre agobiado por la desventura y el hombre embriagado con prósperos éxitos; el hombre engolfado en negocios y el hombre absorto en las abstracciones de las ciencias; el poderoso, el humilde, en una palabra, todos, encontramos en cada objeto un obstáculo para elevarnos a la Divinidad, una fuerza que tiende a apegarnos a las cosas para las que no fuimos creados, y a hacernos olvidar la nobleza de nuestro origen y la importancia de nuestro fin. Y la sabiduría de Dios resplandece manifiesta en ese precepto que nos desvincula de las preocupaciones terrenas para atraernos a su culto y a los pensamientos del cielo; que emplea tantos días del hombre indocto en el estudio más alto y el único necesario; que santifica el descanso del cuerpo y lo hace imagen del descanso de la eterna felicidad a que aspiramos y de la que nuestra alma se siente capaz; en ese precepto que nos reúne en un templo, donde las oraciones comunes, recordándonos las miserias comunes y las necesidades comunes, nos hacen sentir que somos hermanos. La Iglesia, perpetua conservadora de este precepto, prescribe a sus hijos la manera más igual y más digna de observarlo. Y entre los medios escogidos ¿podía olvidar acaso el rito más necesario, el más esencialmente cristiano, el Sacrificio de Jesucristo, el Sacrificio en que se encuentran toda la fe, toda la ciencia, todas las normas, todas las esperanzas? El cristiano que se abstiene voluntariamente en ese día de ese Sacrificio ¿puede ser por ventura un justo que vive de fe? ¿Puede manifestar más claramente su despreocupación por el precepto divino de la santificación? ¿En su corazón no tiene evidentemente aversión al Cristianismo? ¿No ha renunciado a lo más grande, a lo más sagrado y a lo más consolador de lo revelado por la fe? ¿no ha renunciado a Jesucristo? Pretender que la Iglesia no declare prevaricador a quien se encuentra en estas disposiciones, es pretender que olvide el fin de su institución y que nos deje recaer en la atmósfera mortal del paganismo».

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c) Las imperfecciones

No deben confundirse con el pecado nuestras imperfecciones, las que por nuestra naturaleza corrompida nos orientan en verdad hacia lo humano apartándonos del amor divino, pero no son ofensas formales a Dios, en cuanto se reducen o a una simple transgresión de un consejo, o a la transgresión no culpable de un precepto.

¡Cuántos defectos nuestros, cuántos caprichos, cuántas inclinaciones, curiosidades, futilidades, cuántas palabras precipitadas, cuántas preferencias y despreocupaciones no son pecados veniales, porque no nos damos cuenta de ellos ni siquiera cuando obrarnos y sin embargo son imperfecciones!

Los santos en su fervoroso amor a Dios trataban en toda forma de vencerlos, y nosotros no nos maravillamos de que la Beata Capitanio dejara al morir hojas y cuadernos con sus minuciosos exámenes de conciencia dirigidos a la extirpación no de sus pecados, sino de sus imperfecciones o de que un Lacordaire llegara a usar ciertos métodos que puedan parecer exagerados a quien no tiene preocupación por su formación espiritual.

Narra su biógrafo, el padre Chocarne, que un día el gran orador manifestó un defecto propio al director de su convento. «Cada vez —le dijo— que me interrumpen en mis ocupaciones o siento llamar a la puerta, no sé dominarme de modo de no experimentar un movimiento espontáneo de disgusto. Con todo, desearía corregirme. Cuando lo juzguéis oportuno, entrad en mi celda a cualquier hora sin llamar y si advertís en mi rostro algún enfado, disciplinadme». «Sí, Padre, así lo haré». El mismo día el director, para probar a su penitente, penetró con brusquedad en la habitación de Lacordaire. Éste rápidamente se puso de rodillas ante él. «Pero, Padre, no he observado nada». «No habéis observado mi impaciencia, respondió el culpable descubriendo sus espaldas, pero yo me he impacientado». Y se le aplicó el castigo.

Si se meditasen estos ejemplos, no comprobaríamos en la sociedad actual ciertos caracteres incapaces de dominarse y nacidos para recordar a los infelices que se les acercan, que una de las obras de misericordia espiritual es la de «soportar con paciencia a las personas molestas». Con frecuencia la infelicidad humana proviene de pequeñeces como los grandes incendios son provocados por una chispa.

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d) El pecado y el amor

Si debiéramos profundizar ahora el concepto de «pecado» en la moral cristiana, no deberíamos limitarnos a ilustrar los aspectos bajo los que convendría considerarlo aun en un orden meramente natural.

Es cierto, por ejemplo, que bajo el aspecto divino el pecado es la rebelión contra la voluntad de Dios, es la ruptura de la racionalidad, o sea la negación del mismo Dios y tiene una gravedad proporcionada a la Divinidad ofendida; bajo el aspecto social el pecado es la perturbación del orden y tiene consecuencias indefinidas que perduran aun después de cometida la culpa; bajo el aspecto humano el pecado es la destrucción o la disminución de nuestra dignidad y es nuestra ruina.

Pero la enormidad del pecado es mucho más manifiesta, si lo consideramos teniendo presente el concepto del Amor sobrenatural de Dios hacia nosotros.

1. Hemos sido elevados a la dignidad de hijos de Dios por la gracia que Jesucristo nos ha merecido.

Unidos a Jesús, nuestra cabeza; vivificados por el Espíritu Santo que exulta en nuestros corazones, con verdad podemos decir al Padre la dulce palabra: Padre nuestro. El pecado destruye esta grandeza. Es la rebelión de los hijos contra el amor del Padre. Es la destrucción de la obra maestra del Amor infinito.

2. Incorporados en Cristo, constituimos con Él un mismo organismo y por ende, como hemos visto, no estamos separados de los demás fieles, sino que formamos con ellos un mismo cuerpo místico, en el cual así como el bien de uno es bien de todos (dogma de la Comunión de los Santos), así también el mal de uno repercute sobre todos los demás. En último análisis, el pecado es una negación del amor al prójimo.

3. Además el pecado es sobre todo una ofensa al amor de Jesucristo hacia nosotros.

Estamos unidos a Cristo y vivimos su vida. Somos miembros de Cristo. Cuando pecamos —lo proclama San Pablo— profanamos a Jesucristo en nosotros, y de los miembros de un Hombre-Dios hacemos los miembros de un infame. Y prosigue el Apóstol: «Pero ¿no sabéis que sois el templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros? Si alguno viola el templo de Dios, Dios lo destruirá. Porque santo es el templo de Dios y este templo sois vosotros.

4. ¿Es necesario añadir acaso que con el pecado perjudicamos también el amor que nos debemos a nosotros mismos? Más adelante veremos la sanción de la culpa y las penas temporales y eternas del pecado.

Se comprende, pues, el horror del alma cristiana a la culpa; se comprende por qué forman el más hermoso elogio de San Juan Crisóstomo no las alabanzas suscitadas por su maravillosa elocuencia, sino las palabras del cortesano de Eudoxia a la emperatriz airada contra el obispo de Constantinopla: «Juan Crisóstomo sólo teme el pecado mortal»; se explica el grito de la reina Blanca a su pequeño hijo Luis destinado a ser más tarde el santo Rey de Francia: «Preferiría verte muerto a verte manchado con un pecado mortal».

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e) El examen de conciencia

Para permanecer fieles al amor de Dios y no dejarnos embaucar por las insidias enemigas, la ética cristiana recomienda la oración y los Sacramentos que nos hacen fuertes con fuerza divina y con la gracia; aconseja la meditación que, haciéndonos reflexionar en el amor de Dios y en la nada de las cosas, nos prepara para el buen combate, nos aveza a la práctica de la virtud, a la victoria sobre nuestras pasiones y malas inclinaciones y nos descubre las insidias enemigas; y, para abreviar, insiste sobre todo en el examen de conciencia.

La misma sabiduría pagana recomendaba esta práctica. Y Séneca en De ira exclamaba: «¿Hay algo más hermoso que la costumbre de examinar cada noche cómo hemos empleado el día? ¡Qué sueño tranquilo después de un buen examen de conciencia!»

En sus Cartas a Lucillo añadía: «Si alguna vez quiero divertirme con la compañía de un loco, no necesito ir lejos: me río de mí mismo. Mi mujer tiene una loca, Arpastre, que ha perdido repentinamente la vista. Cosa increíble y sin embargo verdadera, no sabe que es ciega y repetidamente pide a su guía la lleve a otro lugar, porque la casa es demasiado oscura.

Nos reímos de esto; con todo nos sucede lo mismo. Nadie reconoce su avaricia, su ambición.

Pero los ciegos buscan un guía; nosotros erramos sin guía y decimos: No soy ambicioso, pero ¿cómo se puede vivir de distinto modo en Roma? No amo el lujo, pero la ciudad nos obliga a estos gastos… ¿Por qué engañarnos? El mal no está fuera de nosotros: está dentro, en la médula de nuestros huesos. La dificultad de curar está en que no nos creemos enfermos».

La sabiduría cristiana ha tomado este pensamiento y lo ha meditado a la luz de lo sobrenatural.

Desde los Padres de la Iglesia hasta San Ignacio de Loyola es una sucesión de recomendaciones y también de reglas que ayudan prácticamente a hacer el examen de conciencia con fruto. No podemos detenernos aquí en este problema. Sólo diremos que quizás nadie lo ha ilustrado mejor que Massillon, tan exquisito en el análisis psicológico.

En uno de sus Sermons pour l’Avent describe el juicio universal y en lugar de detenerse en la descripción de la escena exterior fija su mirada en «la manifestación de las conciencias». Creo que los mismos que lo escucharon en la corte de Luis XIV, tuvieron ese día un sobresalto saludable de temor.

De un lado, Cristo que tanto nos ha amado, o sea, «un Salvador que os mostrará sus llagas para reprocharos vuestra ingratitud». Del otro, las conciencias, cada una de las cuales será examinada.

El examen se extenderá a las diversas edades y a todas las circunstancias de la vida. Debilidades de la infancia, culpas de la juventud, ambiciones y errores de una edad más madura, frialdad y endurecimiento de una ancianidad tal vez todavía voluptuosa, toda una historia de miserias que irá desarrollándose ante nuestros ojos conturbados. Ni una acción, ni un deseo, ni un pensamiento, ni una palabra serán omitidos; todo revivirá y aparecerá en su verdadera fisonomía.

Será recordada no sólo la historia exterior de nuestras costumbres, sino también la historia secreta de nuestros corazones: anhelos vergonzosos, proyectos ridículos, envidias abyectas y secretas; sentimientos viles que tal vez tratábamos de ocultar a nosotros mismos cubriéndolos con piadosos velos, odios y animosidades, intenciones perversas y viciosas, las vicisitudes todas de las pasiones saldrán imprevistamente como de una emboscada, mientras una luz clarísima iluminará el abismo de nuestro yo y el misterio de iniquidad encerrado en el corazón humano.

Y entonces comprenderemos que lo menos conocido por nosotros éramos nosotros mismos.

Al examen del mal cometido sucederá el del bien no practicado: omisiones innumerables que han llenado nuestra vida, ocasiones de practicar la virtud tantas veces descuidadas, almas que habríamos podido formar y salvar y que hemos dejado perecer, indolencias, flojedades, indiferencia, larga serie de días perdidos y sacrificados al ocio…

Y no basta. Seremos examinados respecto a las gracias de las que hemos abusado: santas inspiraciones no atendidas, sermones y buenos consejos desoídos, dolores no santificados, dones naturales que habrían debido ser gérmenes de virtudes y fueron fuentes de vicios.

Y estos pecados son los nuestros. Pero el examen no se detendrá aquí. Se extenderá también a los pecados del prójimo, causados u ocasionados por nosotros y que por ende nos serán imputados. Nos serán presentadas todas las almas, a las que hemos sido causa de pecado o de escándalo; todas las almas precipitadas al infierno por nuestros ejemplos, por nuestras conversaciones, por nuestras inmodestias; todas las almas, de las que hemos seducido su debilidad, corrompido su inocencia, pervertido su fe, conmovido su virtud, autorizado su libertinaje, confirmado su impiedad. Jesucristo, a quien pertenecían, nos las reclamará como su conquista preciosa, que injustamente le hemos arrebatado. Jesús nos exigirá el precio de su sangre.

No basta todavía. Nuestras mismas virtudes, nuestras obras santas practicadas serán sometidas a un riguroso examen: intenciones y motivos ocultos que arruinaban la acción virtuosa; obras de caridad y beneficencia hechas por ambición; oraciones rezadas sin recogimiento, sacramentos profanados, actos de piedad malbaratados, comuniones distraídas sin preparación y sin acción de gracias; vanas complacencias y búsqueda perpetua de nosotros mismos aun en las obras de Dios y de bien; el pretendido oro que se nos revelará oropel…

Y Massillon, después de esta descripción, exclamaba con San Agustín: «¡Oh! ¡Si ya desde este momento pudiese ver con mis ojos el estado de mi alma!…».

El examen de conciencia puede realizar este deseo del autor de las Confesiones; puede y debe ser el medio de prevenir y evitar un juicio divino tan riguroso; y nadie se desaliente ante una lúgubre visión de un pasado de vergüenzas y caídas. La moral cristiana que por una parte nos invita a bajar al abismo de nuestras miserias, nos indica por otra en el Corazón de Cristo el abismo de Amor que perdona y redime.

La historia de las derrotas se entrelaza con la historia de las misericordias divinas.

Continuará…