MONS. FRANCISCO OLGIATI: EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA – Cap. Cuarto – EL AMOR EN EL SACRIFICIO – Continuación…

MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI

EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA

Capítulo Cuarto

EL AMOR EN EL SACRIFICIO

Continuación…

II

EL SACRIFICIO

La palabra más elevada del amor es el sacrificio.

Y es también la condición indispensable para poder conseguir la victoria en el conflicto cotidiano entre lo ideal y la realidad, entre el Amor a Dios y las distintas formas del egoísmo humano.

«Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame», ha advertido Jesús. Él nos ha dado un ejemplo divino y ha podido exclamar, hablándonos de su martirio: «Nadie tiene mayor amor, que el que sacrifica su propia vida por los amigos».

Por esto la moral cristiana, precisamente por ser unión con Cristo e imitación de Cristo, implica un continuo renunciamiento a nosotros mismos y a nuestras malas inclinaciones. Quien desea vivir, debe comenzar a morir. Se llega a la vida sólo a través de la oscuridad de la muerte.

***

a) Las objeciones

Con la enunciación ruda y franca de este programa no podían faltar las rebeliones. Y en todo terreno se han multiplicado.

La filosofía no sólo nos presenta el pseudo epicureísmo moderno, intolerante en punto de abnegación y de sacrificio, sino también nos echa en cara, como un bofetón, las declaraciones de algunos pensadores célebres.

Hegel, por ejemplo, en su Geschichte der Philosophie denuncia a la común detestación «los monjes, los cuáqueros y demás gentes piadosa por el estilo», «tristes creaturas que no constituyen pueblo, y como los piojos o las plantas parásitas no pueden existir por sí mismos, pero sí sólo sobre un cuerpo orgánico».

Federico Nietzsche en todas sus obras desprecia la moral cristiana como «cosa lamentable» y como «comedia extrañamente dolorosa y al mismo tiempo trivial y refinada», porque —añade— «ha llevado a aplastar a los fuertes, a inficionar las grandes esperanzas, a hacer sospechosa la felicidad que reside en la belleza, a transmutar todo lo que hay de independiente, de viril, de conquistador, de dominador en el hombre, a trocar el amor de las cosas terrenas y la dominación de las mismas en odio contra la tierra». Es «una moral de animal gregario» que obtuvo el resultado de «desmejorar la raza europea». Es necesario aboliría, destruirla, aniquilarla, si se quiere alcanzar las grandezas del Superhombre.

Debemos escuchar no la ética cristiana, sino las voces alegres que nos vienen de la Hellas santa, de Grecia con sus cien ciudades rivales, «resonante con el ritmo de sus cánticos de gloria», vibrante de alegría, embriagada con sus mitos y con sus cantos dionisíacos, fuerte en ilusiones.

Pocos decenios hace, estas últimas expresiones eran repetidas continuamente en la literatura.

«Entre espíritu y materia, entre alma y cuerpo, entre cielo y tierra no hay término medio —así proclamaba Josué Carducci—: el espíritu, el alma, el cielo es Jesús; la materia, el cuerpo, la tierra, Satanás; el vacío, el desierto, la soledad, Jesús. Felicidad, dignidad, libertad es Satanás; esclavitud, mortificación, dolor, Jesús. Y este Jesús es tan suave que desciende con el perdón y con el amor hasta entre los condenados (sic); pero con la condición de que antes el infierno esté en el universo. Esta idea de la perfección cristiana…» En ésta «todo representa la muerte, y el Dios crucificado y las osamentas y los esqueletos expuestos a la veneración en los altares han tomado el puesto de Apolo y Diana que, juveniles formas divinas, se lanzaban desde el mármol pario a los espacios de la vida».

Por esto In una chiesa gotica el poeta imprecaba:

¡Adiós, numen semítico! Perenne

la muerte en tus misterios predomina.

¡Oh inaccesible rey de los espíritus!,

tus santuarios la luz del sol rechazan;

Mártir en Cruz, tú al hombre crucificas

y el aire contaminas de tristeza…

Y en su furor intimaba en Rime nuove:

Terrores medievales, misteriosos,

frutos de la barbarie y del misterio,

fantasmas sigilosos,

huid, que nace el sol y Hornero canta.

Entonces muchos invocaban «las primaveras helénicas» y los «númenes de Grecia» que «no conocen ocaso»; no la moral cristiana portadora de muerte.

Y gritaba el poeta:

Paros y Grecia, antigüedades plácidas,

dadme el mármol y el canto.

Mármol de Paros de fulgente albura

que el verde mar destaca

como la hoz de la cansada luna

en el cielo del alba;

versos de Lesbos que susurra el aura

por las cercanas islas,

como de Apolo el gran arco de plata

cuando el cénit domina,

cubran ellos mi pecho endurecido,

por el hedor que el cristianismo exhala.

Gabriel D’Aannunzio, en aquellos tiempos, unía su voz anunciando la muerte del Dios enemigo de la «Vida ideal», insultaba a la Virgen Madre «vestida de sombríos dolores», invocaba a la «Diosa que retorna del florido mar donde naciera», proponía por fin arrojar «en los oscuros subterráneos» del Capitolio la Cruz de aquel Galileo que «temía los pensamientos valientes y dominadores».

Gaudeamus igitur, exclamaba burlescamente desde París el anciano y grueso Renan, feliz en su diletantismo superficial. Gaudeamus, repetía aristocráticamente escéptico Anatole France; y por doquiera se oían lamentaciones contra «el doliente dios que no ama al sol»; eran invocaciones de una moral nueva…

Se ha exagerado —comentan hoy algunos estudiosos, buscando atenuantes y excusas—; pero si queremos ser francos —aun hoy— práctica, cuando no teóricamente, muchos consideran que la moral cristiana, con su doctrina de la mortificación, de la abnegación y del sacrificio, hiere en el corazón a nuestra personalidad, conduce a las exageraciones del ascetismo, suprime en el mundo la alegría.

De aquí, la vida contemporánea que se inspira sólo en el «placer» y detesta la palabra «sacrificio». De aquí los métodos educativos tan malos, en uso en muchísimos hogares, donde los niños no son formados en el espíritu de la abnegación, sino son satisfechos en todos sus caprichos, en todas sus pasioncillas, con una indulgencia que prepara para la sociedad a débiles, privados de energía y de voluntad.

El Dios del Amor seria aplaudido entusiastamente si se limitara a decir: «Amad»; pero al advertir: «negaos a vosotros mismos y tomad vuestra cruz», su llamamiento hace temblar. Y no pocos mueven la cabeza negando, como si para amar no fuese indispensable sacrificarse.

***

b) El concepto de sacrificio

Debemos exponer un principio fundamental, tan delicada y cuidadosamente inculcado por Ollé la Prune en sus lecciones dadas en París en la École Nórmale y recogidas más tarde en su Prix de la vie.

Hay dos clases de muerte: una que es fin de sí misma, y otra libertadora que es medio de vida.

En la ética cristiana

«todo conduce a la vida. Todo, aun el sacrificio… La muerte no es la razón ni el término de cosa alguna. La muerte es un medio. La muerte suprime el obstáculo y, cuando sobreviene, rompe los lazos y nos liberta.

Tu n’anéantis pas, tu délivres…

dice Lamartine, dirigiéndose a la muerte. Y dígase lo mismo de todo renunciamiento, de todo sacrificio, pues todo renunciamiento y todo sacrificio son una mortificación y una muerte al menos parcial. Todo proviene de la vida y todo se encamina a la vida. Sólo la voluntad que se aleja de la vida con el pecado se encamina a la muerte. Peccatum generat mortem. Esta es la verdadera muerte. Pero el renunciamiento, el sacrificio, todas estas muertes que matan el deseo, la pasión, al mismo cuerpo si es necesario, y aun al mismo espíritu, cuando es preciso, con sus mezquindades y sus soberbias, a la propia voluntad con sus pequeñeces y sus extravagancias, todas estas muertes son medios de vida».

No es posible otro método. Es ésta la ley de la vida:

«Renunciar a la vida parcial, a la vida egoísta, abandonarla y perderla es encaminarse a la verdadera vida. Mourir c’est vivre, et pour vivre il faut mourir. La abnegación, el renunciamiento, la mortificación tienen una virtud vivificante…

No es hombre quien no sabe morir. Toda acción grande exige esfuerzos que son un principio de muerte, pues son consumo, desgaste de fuerzas vitales. Esto es verdad en todo terreno. Y no estando dispuestos a morir cuando sea necesario, ¿qué vida se lleva? ¿Qué empresa atrevida se osará afrontar? Para vivir grande, noble y generosamente es necesario abrazar a la muerte.

El heroísmo aparece tan admirable sólo por la poca cuenta que hace de la vida».

Por lo demás, ¿no es éste un principio tan evidente, en el mismo orden natural, que los mismos paganos alguna vez lo han aclamado e impuesto? La severa educación de la juventud en Esparta, la disciplina impuesta por Pitágoras a sus discípulos, el método de autoformación sugerido por los estoicos a sus secuaces, el honor tributado en todo tiempo en la historia a los que se sacrificaron por la patria o por un ideal, son su luminosa confirmación.

Es verdad: fuera del mundo cristiano ha florecido en todo tiempo —como exageración de la verdad que acabamos de ilustrar— un misticismo absurdo, que desde la India a Alemania, desde Buda a Boehme, tiende al aniquilamiento de lo finito, del individuo y de sus facultades, con la absorción en Dios y en el infinito.

Pero la Iglesia siempre lo ha condenado, como también se ha opuesto enérgicamente (recuérdese por ejemplo la historia del quietismo y de Molinos) a toda forma de misticismo que aniquila la acción.

El misticismo ortodoxo, verdaderamente cristiano —como advierte Gratry— ha trabajado siempre en la glorificación de todo ser, «en el desarrollo indefinido de lo finito, mediante su unión con el Infinito».

¿Acaso se trata de anular y destruir la propia personalidad, la propia dignidad, la propia voluntad? No, ciertamente. Sólo se trata de librarnos de nuestros egoísmos, de nuestras mezquindades, de nuestras malas inclinaciones para querer lo que Dios quiere, con la verdadera libertad de hijos suyos y con la generosidad de un corazón que antes era esclavo de la pasión. Renunciar a una voluntad de muerte, para abrazar la Voluntad de Aquél que es la Vida, significa aniquilar en sí el mal y la muerte, y vivir verdadera vida.

Quizás alguien sospeche que doramos la píldora amarga, o rociamos con suave licor los bordes de la copa, pero que la realidad es distinta. Pensad en los monjes insultados por Hegel; pensad en los Padres del desierto denunciados por Carducci; ¿no eran acaso negadores de la vida y de los valores humanos?

No responderé yo; responderán los… mismos acusados.

Tomo la obra ya citada de un cartujo publicada por Tissot, La vida interior simplificada, y encuentro:

«Verdaderas y falsas mortificaciones. ¡Qué penetración de discernimiento debe tener la mortificación para distinguir en mí entre el hombre y el pecador, entre la materia y el mal, a fin de destruir la muerte y salvar la vida! El punto más delicado de la mortificación es saber romper el lazo y libertar el pájaro, matar el microbio y sanar al enfermo, librar la vida de la muerte. Es verdadera toda mortificación que rompe lo que debe romperse y fortifica lo que debe fortificarse. Las falsas mortificaciones, que no son raras, golpean sin discernimiento y bajo el impulso del mal llegan fatalmente a romper lo que sería necesario conservar y a conservar lo que debería romperse. En vez de crucificar en la carne los vicios y las concupiscencias, matan al hombre, dejándole sus pasiones y frecuentemente multiplicando sus vicios.

La mano de Satanás y la de Dios. Ningún sacrificio es querido por sí mismo. La idea del sacrificio por sí mismo es satánica, porque es homicida. En el individuo lógicamente lleva al término fatal del suicidio; en la sociedad, a las abominaciones de los sacrificios humanos. ¡Cuántas aberraciones y monstruosidades nos muestra la historia en el curso de los siglos en todos los pueblos! En todas partes el llamado por San Agustín «præpositus mortis» siembra la muerte. Uno de sus triunfos más gratos es apoderarse de esta idea del sacrificio, una de las ideas religiosas más fundamentales y hacer de ella instrumento de muerte. Fácilmente se reconoce la marca diabólica, en que es un atentado a la dignidad y a la integridad de los miembros y de las facultades del hombre, es destructor de la vida, es homicida. Nada de lo que es divino degrada. Sin duda, Dios exige alguna vez el sacrificio de un miembro, de una facultad, de la salud, de la misma vida, pero lo exige en vista del desarrollo general. Si causa heridas, son heridas que producen la salud; si envía la muerte, es para hacer brotar la vida».

Debo morir a mí mismo, prosigue; pero esto

«no es la destrucción ni del alma, ni del cuerpo, ni de las facultades, ni de las aptitudes, ni de las aspiraciones, ni de las actividades, ni de los instrumentos, ni de sus placeres, ni de las esperanzas, ni de la felicidad. Es más bien su purificación, mediante la destrucción de cierta viscosidad que me apega a las cosas creadas, y de cierta independencia que me aleja de Dios. Es la liberación de mi ser mediante la ruptura de los vínculos que lo encadenan a las cosas de aquí abajo. Lo que debo romper, destruir, aniquilar, son mis lazos, no a mí; yo debo ser liberado. Y si de acuerdo con la manifestación del Precursor, hay un yo que debe disminuir y anularse ante Dios, para el acrecentamiento de Él, este yo es el del egoísmo que se busca a sí mismo fuera de Dios, es el de la naturaleza que se mueve sin Dios».

El Santo, por lo tanto,

«es el único hombre verdadera y totalmente racional… Si le ha sido necesario pasar por innumerables despojos y destrucciones, siente que nada de su ser ha perecido en estos tormentos, que nada de lo que debe vivir se ha perdido. Por el contrario, su vida se ha liberado en su pureza y en su libertad, es un baño en que el cuerpo ha dejado sus inmundicias, es un crisol en el que el oro ha dejado sus inmundicias, es un crisol en el que el oro ha dejado sus escorias. Hay aquí también uno de los sellos de la verdadera santidad; sus penitencias saben inmolar lo necesario, sin comprometer nada vital. ¡Cuán higiénicas son las mortificaciones de los Santos, para el alma sobre todo, y aun para el cuerpo!»

Pero se objetará, ¿y las exageraciones de los anacoretas y los ejemplos de las graves penitencias de los Santos, que nos hacen estremecer?

Respondemos, citando una vez más al mismo cartujo:

«La mortificación es un remedio, y por esta cualidad y como todos los remedios debe ser dosificada, medida según el estado del mal que se ha de curar y según la capacidad del alma y del cuerpo a que debe ser aplicada. No toda mortificación conviene a toda persona, del mismo modo que un remedio no conviene a todas las enfermedades; se requiere discreción en el uso».

Palabras de oro que demuestran una vez más cómo el sentido de lo concreto y de lo histórico se aprende de verdad en nuestros grandes maestros de moral cristiana.

¿Cómo es posible valorar el significado de los Padres del desierto, no teniendo en cuenta la función histórica por ellos cumplida?

Hasta Carducci lo ha intuido, no obstante su odio a aquella religión que predica «la estulticia de la Cruz, el oprobio del mundo, la sed de la disolución, la negación de la vida». Después de haber deplorado todo esto, añade:

«Y sin embargo, no lo negaré yo, estas ideas y estas representaciones fueron históricamente necesarias para abatir completamente la sórdida materialidad del Imperio y espantar a los Trimalclones de la aristocracia romana, tiranos felices del mundo; fueron necesarias para contener la materialidad salvaje de los bárbaros, para refrenar la fuerza ciega y orgullosa de los descendientes de Atila, de Genserico, de Clodoveo: con tanta carne y tanta sangre era necesario un poco de abstinencia».

Y está bien. Pero añadamos inmediatamente —quien desee la documentación brillante lea los dos volúmenes «Les Pères du désert», publicados no hace mucho por Juan Brémond— que las reglas del eremitorio han condenado siempre todo exceso. Decían, por ejemplo:

«Los ayunos excesivos producen el mismo mal que la gula. Las vigilias inmoderadas son tan dañinas como el dormir demasiado, y el exceso de una abstinencia indiscreta, debilitando extraordinariamente el cuerpo, lo reduce por necesidad al mismo estado en que lo pone una negligencia voluntaria. Lo que es tan cierto que con frecuencia hemos visto personas que, no habiendo sido jamás propensas a sucumbir en las luchas contra la gula, se han dejado debilitar por los ayunos excesivos a tal punto que luego la enfermedad y la debilidad han sido para ellas ocasión de recaer bajo la tiranía de la pasión que antes ya habían vencido. Hemos visto también que las vigilias extraordinarias e indiscretas, llevadas al extremo de pasar frecuentemente toda la noche sin dormir, han llegado a derrotar a los que el sueño no había podido vencer».

Y cuando se le preguntó a un abad: si vemos a un hermano dormitando durante el Oficio ¿debemos llamarlo, para que se mantenga despierto? Aquél respondió: «Yo, si veo a un hermano que dormita, pongo su cabeza sobre mis rodillas, y lo ayudo a descansar».

Por esto, pues, en lo relativo a los monjes, debemos pedir a Hegel no los compare a los piojos y a los parásitos, porque esto es sencillamente indicio de tontería. Limitémonos a los benedictinos. La doctrina de muerte inculcada por la moral cristiana los ha convertido en los personajes más benéficos de que se gloría la historia humana. En siglos de perturbaciones y ruinas supieron escribir inmortales páginas de fe y de civilización al mismo tiempo.

Convirtieron la Europa al Cristianismo, trocaron las selvas y los desiertos en campos fecundos y conservaron la antigua sabiduría. En efecto, fueron estos pretendidos «piojos y parásitos» los que enseñaron la agricultura a los bárbaros, abrieron escuelas gratuitas para el pueblo y fueron maestros de ciencias y de artes y recogieron pergaminos, manuscritos y libros, salvándolos del exterminio, copiaron los clásicos e hicieron confesar a un historiador no sospechoso, a Gibbon, que contribuyeron a la literatura y a la civilización más que los dos ilustres Universidades inglesas de Oxford y de Cambridge y —podemos añadir— que el idealismo hegeliano.

La mortificación o la muerte, desde el Calvario de Jerusalén a los diversos Calvarios cristianos de cada existencia, ha causado siempre la vida; y añadimos, ha causado la alegría.

Los peregrinos, que impulsados por la curiosidad iban a los desiertos a visitar a los eremitas, se sorprendían ante la impresión de serena alegría que comprobaban en aquellas colonias de monjes; y quien conoce a los hombres de Dios, sabe que su austeridad está siempre unida a su sonrisa.

Es lo natural. Pues ¿qué sentimiento, sino de espiritual alegría, puede experimentar y nutrir quien se libera de las miserias del espíritu, de los horizontes limitados de su pequeño yo para renovarse en Dios y para emprender su libre vuelo a cada hora?

Aunque la herida producida por el sacrificio sea sangrienta, la conciencia está tranquila y feliz en la noble altivez de la victoria conquistada.

***

c) El sacrificio cristiano

Con esta idea de que es necesario morir para vivir, ¿hemos llegado ya al concepto exacto del sacrificio cristiano?

Aún no.

Ante todo, el Cristianismo desarrolla la idea de que el verdadero sacrificio tiene su origen en el amor. La Cruz es amor; y aunque todos pueden hacer sacrificios para alcanzar un fin (pues no hay ideal humano que pueda conseguirse de otro modo, tanto que aun el egoísta sigue el camino del sacrificio y hasta el avaro no llena su caja de hierro sin sacrificio) el cristiano es el que se sacrifica por amor.

Pero aún no es suficiente.

Una madre pagana puede sacrificarse por amor a sus hijos; un soldado griego o romano puede morir bravamente por amor a la patria.

Para tener un sacrificio cristiano es necesario algo más, que se añada a todo eso y lo transforme divinamente.

El pensamiento es sencillísimo.

Estamos unidos a Jesucristo y constituimos un mismo organismo con Él y con nuestros hermanos. Jesús no es un ser aislado y nosotros no vivimos atomísticamente separados. Vivimos en Él y por Él, con Él. Todo sacrificio nuestro es por tanto no sólo nuestro, sino Suyo y tiene influencia sobre todo el organismo de la Iglesia. Él ha muerto para darnos la vida, y nosotros morimos con Él. Sus padecimientos fueron la redención del mundo, nosotros cooperamos con Él en la obra redentora.

San Pablo, con palabras a primera vista audaces, no vacilaba en escribir a los Colosenses: «Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para su cuerpo que es la Iglesia». En verdad nada faltaba en sí a la integridad del sacrificio de Cristo, de valor infinito; pero Cristo no está solo; es Cabeza de la Iglesia, del organismo del que somos miembros, que debe por la semejanza conformarse con la Cabeza, por lo tanto completamos en nosotros lo que falta al Cuerpo Místico de Cristo.

En la práctica: cuando me mortifico, mi acto, por la unión de caridad que tengo con Cristo, es divinizado por la gracia, y es mío, pero no de mi pequeño yo aislado, sino de mi verdadero yo que forma un mismo todo con Cristo y con la Iglesia. Por ende, yo sufro, lucho, trabajo, me mortifico con Cristo. Él con Su fuerza divina, me ayuda y me estimula a vencerme y a superarme a mí mismo; está en mí, mientras lucho y sigo avanzando entre esfuerzos y abnegaciones; mis sacrificios son una continuación del sacrificio del Gólgota; mis pequeñas cruces forman una misma Cruz con la Suya; y para usar otra expresión de San Pablo a los fieles de Filipos, a mí y a todos nosotros nos «ha sido concedido el don no sólo de creer en Cristo, sino también de padecer por Él».

Cada sollozo tiene acento divino; cada mortificación es semejante a una nota musical que escribo en la historia de la Iglesia; quien mira superficialmente las cosas considera idénticos dos sol, dos la, o sea, una misma mortificación practicada por un estoico y por un cristiano; pero, aunque uno y otro hayan realizado un acto igual, el valor de la nota depende del canto en que se halla.

El canto del estoico considera sólo la dignidad humana; el canto del cristiano, la armonía de la música divina, que se inicia con la Pasión y prosigue en los siglos.

El sacrificio del cristiano es, pues, un acto de amor a Dios en unión con Cristo, porque la caridad, coordinando todos los actos de las virtudes infusas enlazadas con ella, da a estos actos la propia forma de amor y de mérito sustancial; y es asimismo un acto de amor a los hermanos, en cuanto que amando a Jesús en nuestro hermano, el acto de amor a Dios y el de amor al prójimo no se diferencian específicamente, y en cuanto también por el dogma de la comunión de los Santos, toda acción buena individual repercute en todo el organismo de la Iglesia.

Nuestra dignidad, lejos de ser disminuida, es de esa manera elevada sobrenaturalmente y comprende «la terrible seriedad de la vida humana», según la frase de Bossuet.

De aquí el concepto de reparación a Dios por las culpas no sólo propias, sino también ajenas; de aquí la verdadera imitación de Cristo, que consiste en sacrificarse por los hermanos; de aquí los héroes de la caridad cristiana, que en todo tiempo han demostrado con hechos, no con frases huecas, que el «Mártir crucificado» enseña con eficacia la grandeza de alma y las fecundas generosidades de la abnegación; de aquí la salutación opuesta a la vulgar blasfemia y tan elocuente en su significación histórica: «Ave, Crux, spes unica». La Cruz no es muerte, es la única esperanza de la vida.

***

d) El problema del dolor

Es inútil emplear palabras para indicar cómo la misma práctica del programa «morir para vivir» se facilita de ese modo y adquiere una fisonomía divina. Y también es inútil insistir en la solución cristiana del problema del dolor que fluye de estas premisas.

Nadie comprenderá jamás este problema, si no se sitúa en los términos de unión de amor. No lo examino en un párrafo especial, porque todo mi libro lo resuelve.

Cristiano es aquél que a la pregunta: ¿por qué el dolor?, contesta: «Porque en las actuales condiciones el dolor es la prueba de nuestro amor a Dios».

Fácil sería amar a Dios si viviésemos siempre en un barco elegante sobre un lago de delicias, pero el verdadero modo de amar a Dios es el de ser fieles hijos suyos aun en el dolor. Por esto el cristiano no se deja fascinar por las corrientes pesimistas dispuestas a renunciar con Buda a la vida con tal de suprimir el dolor, o dispuestas a proclamar con Schopenhauer la irracionalidad de lo real, antes bien trueca el dolor en amor, sacando provecho de sus penas y convirtiendo todos los trabajos de la vida en riquezas celestiales.

Padecer con Cristo y por los hermanos: es la verdadera visión cristiana del sufrimiento. Yo sufro; pero no soy yo quien sufre; es Cristo quien sufre en mí. La cruz que llevo sobre mis espaldas es la Suya. Él me la impone y me dice: «Adelante, un año más, hasta que Yo quiera… Ninguna de tus lágrimas así santificadas cae inútilmente; mi Corazón las recoge y son provechosas para la Vida en el mundo…»

Y las almas que han profundizado, que viven el cristianismo con seriedad, llegan a repetir, aun en sus más crueles martirios, las habituales palabras de Santa Liduvina en los tormentos de sus gravísimas enfermedades: «No deben compadecerse de mí; soy feliz».

Cada dolor, decía Argene Fati, la santa joven no ha mucho muerta en Roma, se transforma en una joya en la que brilla el rayo del Amor.

***

e) Conclusión

En las conmovedoras Actas del martirio de Santa Perpetua y Santa Felicitas leemos que esta última contestó al carcelero que le preguntaba cómo podría tener el valor de ser devorada por las fieras: «Dentro de mí habrá otro que sufrirá por mí, porque yo también me dispongo a morir por El».

Es ésta la palabra de tantos ignorados mártires del deber cotidiano que sufren con Cristo en el silencioso trabajo del hogar, en las exigencias de las ocupaciones, en el lecho de agonía, en la lucha de cada hora contra las tentaciones, las insidias y los malos instintos, y saben que sólo la crucifixión prepara el alegre repique anunciador de la gloria del resucitado.

El cristiano sabe que debe luchar y sacrificarse; pero no teme, siguiendo también en esto a las mártires antes mencionadas.

«Surgió el día de la victoria y las dos salieron de la prisión hacia el anfiteatro alegres y con el rostro arreglado, como que se encaminaban hacia el Cielo: temblaban, es verdad: pero no de miedo, sino más bien de alegría».

Primero fueron ferozmente azotadas pasando entre hileras de venatores, pero aun de esto «se alegraron, pues de algún modo habían participado en los sufrimientos del Señor».

Sublimes con esta disposición de alma afrontaron la muerte.

Tenemos necesidad de almas así, cristianamente fuertes, no de tarambanas, esclavos de toda pasión e incapaces de luchar. Ellas nos traerán una nueva primavera risueña anunciadora de un porvenir digno de Cristo.

Continuará…