ALEGRÍA DE MORIR
UN CARMELITA DESCALZO
CUÁNDO ES BUENO DESEAR PARA SÍ
Y PARA LOS DEMÁS LA MUERTE
San Juan Crisóstomo, con su abundancia y sencillez de palabra y su ímpetu característico, nos exhorta a que no queramos temer la muerte. El alma tiene por naturaleza el deseo de vivir… Cuando a Dios le pluguiere mandarnos la muerte, ni la huyamos ni la tengamos miedo, sino que la abracemos con ánimo y escojamos vivir la vida futura mejor que la presente (1).
¿Conque Dios llama a la muerte favor y tú te lamentas?… Si lamentarse conviene, Satanás es quien debe lamentarse. Duélase él, laméntese él de que caminemos hacia otros bienes mejores. Bien dice ese llanto con su perversidad, no contigo, que vas a reposar y ser coronado.
La muerte es un puerto tranquilo… ¿Por qué haces que otros teman y tiemblen de la muerte?… Dirás: esa es la naturaleza. De eso no tiene la culpa la naturaleza ni el curso de las cosas, sino nosotros, que todo lo trastornamos de arriba abajo, que nos hemos hecho afeminados y hacemos traición a nuestra nobleza y de ese modo empeoramos a los infieles. En efecto: ¿cómo hablaremos a otro acerca de la inmortalidad? ¿Cómo persuadiremos al gentil si tenemos más miedo y horror a la muerte que él? (2).
No debe el hombre tener miedo a la muerte, sino a la mala vida y a la soberbia y desorden, que traen necesariamente mal fin.
La mala muerte sí que es pésima ante la presencia del Señor (3); y es mal terrible de irremediables consecuencias para siempre. Para siempre aparta del último fin y de la bienaventuranza al hombre y le hunde en la desgracia eterna.
El soldado hace alarde de valor y se lanza en la guerra a una muerte casi segura, ordinariamente sin la preparación espiritual debida. Si muere, la patria no puede pagárselo en la eternidad, ni ha de sacarle de la terribilísima desgracia, si para siempre pierde su alma. Aun cuando los hombres alaben su heroísmo, es muerte para poner pavor si no va en gracia.
Porque, ¿conduce esa muerte a Dios? ¿Muere siempre el soldado por amor a Dios en cumplimiento de su deber y con limpia conciencia? ¿Mira en su arrojo también a la patria verdadera? ¡Triste paga la que puedan ofrecerle los hombres o la historia si no da su vida en gracia de Dios!
El criminal, bandolero o atracador desprecia insensatamente su vida y expone impíamente sus dos vidas: la del alma y la del cuerpo; la del tiempo y la de la eternidad. Se arroja a la muerte perpetua de desesperación y tristeza, para estar siempre privado de la luz de Dios.
Estos desgraciados sí que deben temer la muerte, porque pierden para siempre la felicidad. Pero yo, cristiano, con la fe, que camino hacia el Cielo, no debo tener miedo especial a la muerte. Por ella paso a la luz.
La muerte, me dice Santo Tomás, es odiable, pero deseable y codiciable, porque lleva a la bienaventuranza (4). Amamos lo que nos conduce a la dicha que soñamos; la propia debilidad nos tiene en constante peligro y la muerte nos asegura el Cielo.
Bien decía San Agustín que con la ciencia de la propia debilidad crece el dolor, nostalgia de su peregrinación, y aumentan los anhelos por arribar a la patria feliz de su Dios y Hacedor (5).
Es equivocación muy común y completamente errónea estimar como falta y obra mala el desearse la muerte a sí mismo o deseársela a otro; pero ni es falta ni mala obra, si no hay mala voluntad.
En lo que sí se falta y no dejaremos de sufrir mucho Purgatorio es en el terrible apego que tenemos a la tierra, en el desmedido deseo de querer vivir muy larga vida sobre la tierra y en el anhelo de no querer salir de este destierro, aunque amargo y duro, ni desear ir al eterno banquete de Nuestro Padre Celestial.
En lo que sí se falta es en el poco aprecio y estima que hacemos de Dios, no queriendo ir a Él por estarnos en este mundo de zozobras y trabajos, pero que ni aun con todo eso le queremos dejar.
¡Oh Dios mío, Omnipotente y buenísimo! ¿Por qué no querremos ir a tu felicidad y a tu Paraíso? ¿Por qué prácticamente preferiremos la tierra a tu feliz Cielo?
Es ésta una equivocación fatal y un error de muy perjudiciales consecuencias, porque es posponer la hermosura y felicidad de Dios a la pobreza y miseria de las criaturas, es menospreciar a Dios infinito en toda perfección y nuestro último fin y obrar contra nuestro más alto y noble bien, ya que el último fin es el bien perfecto e ilimitado y la bienaventuranza plena; es el bien que los encierra todos, que necesariamente tenemos que amar, y para el cual hemos sido creados.
Todos los cristianos sabemos que la pena más terrible del Purgatorio es la pena de daño, la cual no es otra cosa que el deseo vehementísimo de ver a Dios y el no poder verle, teniendo que permanecer alejados de Él. Muchos tendrán que padecer esta pena, por no haber tenido en la tierra deseos de ir a Dios, y algunos opinan que para ciertas almas será esta la única pena que padezcan algún tiempo, pero que es la más terrible (6).
No es malo, antes bueno y santo, desearse la muerte a sí mismo y desearla a los demás cuando el deseo y fin es bueno. No deben andar angustiadas las almas pensando que obran mal cuando se desean la muerte o se la desean a los demás, pues no podemos desear mayor bien a las personas que amamos.
Antes de Jesucristo no existía la razón principal y más santa para desearse la muerte y era santo procurar larga vida, porque no se podía ver a Dios ni entrar en su reino hasta que se obrase la Redención y Nuestro Señor abriera las puertas del Cielo. Pero en la era de gracia, el mayor bien es desear ver a Dios y vivir muy santamente para verle enseguida, porque estando el alma sin mancha, inmediatamente empezará su gloria.
Así que desear la muerte es desear todo bien y la seguridad de que ya no se perderá el Cielo; es, sobre todo, desear la visión de la esencia divina y vernos ya libres de todos los males, dolores, inquietudes y desazones presentes. ¿Cómo ha de ser esto malo, cuando precisamente para esto nos ha creado el Señor? ¿Cómo ha de ser malo, cuando nada hay ni puede haber, ni aun puede pensarse semejante a Dios ni aun que remotísimamente pueda compararse a Él? ¿Cómo puede ser malo desear y pedir la posesión del último fin?
Lo que sí es malo -y lo sabemos los cristianos desde que aprendimos el catecismo de la doctrina cristiana- es desearnos la muerte a nosotros por despecho, por soberbia, por impaciencia, y deseársela a los demás por esto mismo por venganza, o por cualquier otro fin malo; esto es gran pecado y muchísimo mayor atentar contra la propia vida o la ajena.
La vida sólo es de Dios y no puedo disponer de ella como propietario, sino como administrador, y mucho menos podré disponer de la vida de otro. Dios me ha dado mi vida para que yo la viva y nada hay más mío que mi propia vida; pero sólo soy usufructuario para adquirir con ella santidad, virtudes, gracia de Dios y vida eterna sin tener derecho a deshacerme de ella. Eso se lo ha reservado Dios para sí, y disponer yo de ella sería quitar al Señor sus derechos inalienables. Sólo Él puede dármela, prolongarla o pedirla.
Dios nos ha dado un alma inmortal. El que intenta quitarse la vida no deja de existir. Es arrebatado de la compañía y de la vista de los hombres; se separa temporalmente el alma del cuerpo, pero continúa viviendo en la eternidad. Desaparece de la tierra, para su desgracia, y se labra a sí mismo la condenación eterna.
En el momento en que Dios lo determine, mi alma se separará de mi cuerpo temporalmente. Pero Dios me ha creado para la inmortalidad y mi eternidad será lo que yo ahora me labre en este mundo. Si escojo por amigo a los hombres malos y sus malas obras, ellos serán los que eternamente me acompañen y rodeen, con el castigo y sufrimiento desesperante de su perversidad.
Si practico la virtud y me abrazo con una vida santa, viviré eternamente en Dios y en el gozo de los buenos, los cuales serán mis compañeros y con ellos alabaré a Dios en perpetuo regocijo. Me concede el Señor esta vida del mundo para que yo acumule aquí tesoros de eternidad; administrador y usufructuario de mi vida, tendré que dar cuenta de ella al Señor.
Es terrible pecado quitarse la vida o el atentar contra ella. Es crimen quitársela a otro o atentar contra ella.
Pero desear la muerte propia y la muerte de los demás por un principio de caridad, no sólo no es malo, sino bueno y tan perfecto y santo como sea la caridad con que se desea. Es bueno desear la muerte propia o ajena como término de la ignorancia y de la incertidumbre de caer en el mal y poder perder la vida verdadera; y aun para verse libre de los dolores y disgustos temiendo no saberlos santificar y que por flaqueza falte la perseverancia; desear la muerte para entrar en la compañía de los bienaventurados y adquirir la sabiduría y el amor eternos, desearla para llegar a la visión de Dios y recibir la gloria y la posesión del último fin para el cual hemos sido creados, es el mayor y hasta el más perfecto bien que puedo desearme a mí y que puedo desear a los demás.
Es desearos a Vos, Dios mío, Bien infinito, Creador y manantial de todo bien; mi alma suspira por Vos con todas sus fuerzas y anhela desearos más cada día. Tengo sed ardiente de veros y prisa por entrar en vuestra gloria, y ciertamente, ¿qué cosa puedo apetecer yo del Cielo, ni qué he de desear sobre la tierra fuera de Ti, oh Dios mío? ¡Ahí Mi carne y mi corazón desfallecen! ¡Oh Dios de mi corazón, Dios, que eres la herencia mía por toda la eternidad! (7). No puedo disponer de mi vida, pero os la ofrezco de todo corazón.
Vimos que las almas santas sufrirán un examen por el mismo Dios, que es la claridad suma y halla mancha en los Ángeles, según dice Job; pero confían que las examinará del amor y ellas le habían amado con todas sus fuerzas y tenían ofrecida su vida por amor. Deseaban impacientes que llegara ese momento, porque es un Padre más bueno que todos los padres quien las iba a juzgar y las examinaba con el deseo de poderlas dar hermosísimo premio.
San Juan de la Cruz se gozaba pensando que le examinaría su Padre Celestial y le daría gozo ver cuánto le había amado. Así decía: En la tarde (de la vida) te examinarán en el amor (8). Muchas almas fervorosas han tenido sus delicias meditando tan preciosa verdad. El mismo gozo experimentaba Santa Teresa de Jesús cuando escribía: Será de gran cosa a la hora de la muerte ver que vamos a ser juzgados de quien habernos amado sobre todas las cosas. Seguras podemos ir con el pleito de nuestras deudas; no será ir a tierra extraña, sino propia, pues es a la de quien tanto amamos y nos ama (9).
Quizá la razón por la que muchos y muy grandes Santos han muerto jóvenes es que pidieron a Dios les llevara consigo al cielo, pues no podían estar lejos del amor. En la flor de su juventud y en entrega amorosa mueren tantas jovencitas inocentes consagradas al Señor en el recogimiento del claustro. Las corta el Amado para ornato del cielo.
La Hermana Catalina de Cristo vimos que, preguntada por su madre, también religiosa en el mismo convento de Ubeda, le contestó: Quiero morir (10), y en sus brazos, dulcísimamente, a los veintitrés años, entregó su alma al Esposo.
La Hermana María Teresa de Jesús, en su última enfermedad, al ser preguntada qué hacía día y noche, pues no dormía, respondió: Estoy amando desinteresadamente a Dios y en este amor desinteresado quiero morir. Dios mío, ¿en qué me detengo? (11). Y a los diecinueve años se extinguió de amor.
La sierva de Dios Isabel de la Trinidad hizo muy jovenalla una peregrinación para pedir a la Virgen morir joven, y moría en el Carmelo de Dijon a los veintiséis años (12).
¿Quién no siente emoción delicadísima leyendo en la Historia de un alma cómo Santa Teresa del Niño Jesús recordaba al Señor que viniera a robarla y moría a los veinticuatro años? (13). Pero dejemos esto para más adelante.
En la encantadora Vida de Santa Teresa del Niño Jesús, escrita por ella misma, leemos, seducidos por la hechicera sencillez con que está dicho, que siendo aún muy niña deseaba la muerte a su padre ya su madre para que se fueran al Cielo (14). Su ingenuidad infantil intuyó el mayor bien que podía desearles.
Quien desea morir temiendo le falte la paciencia para sobrellevar pruebas y trabajos, muy buena cosa desea, y si con este mismo fin alto lo quiere para los demás, obra bien.
Doña Blanca de Navarra repetía a su hijo, que había de ser San Luis, Rey de Francia: Mucho, hijo, te quiero; pero prefiero verte muerto a que cometas un pecado mortal.
Tan perfectamente aprendió San Luis la lección de su madre que, siendo ya rey, preguntó a uno de sus vasallos, con quien tenía gran confianza, si escogería antes pasar una gran enfermedad que cometer un pecado mortal, y como el caballero le respondiese que prefería cometer muchos pecados mortales antes que padecer la enfermedad, entristecido el rey le dijo: Oh, cómo se ve que no conoces lo que es un pecado mortal (15).
Un año antes de llevar el Señor consigo a Santa Lutgarda, le dijo en una visión: Ya se va acercando el tiempo en que has de recibir el premio de tus trabajos y estar eternamente conmigo; quiero que hagas tres cosas en este año. La primera, que me des muchas gracias por las mercedes que has recibido y pidas a los Santos que hagan lo mismo por ti. La segunda, que ruegues con grande afecto por los pecadores a mi Eterno Padre. La tercera, que, dejando todos los otros cuidados, con grande ansia desees venir a Mí (16).
Si nos diéramos cuenta de lo que es Dios, si tuviéramos idea de la infinita hermosura, majestad y omnipotencia del Señor, sentiríamos sed insaciable de Él, de gozar sin traba ni velo alguno que lo encubra, su vida divina. No sería apenas posible vivir estando lejos de Dios si meditásemos en su grandeza.
Pero en la tierra no podemos darnos cuenta de la diferencia infinita que hay entre los bienes del Cielo y los terrenales, o, como decía Santa Teresa de Jesús, lo que va del Criador a la criatura. Si lo viéramos desearíamos, como deseaba ella la muerte cuando decía: Gócese de esos goces (de Dios); admírese de sus grandezas; no tema perder la vida de beber tanto, que sea sobre la flaqueza de su natural ¡Muérase en ese paraíso de deleites! ¡Bienaventurada muerte, que así hace vivir! (17).
El Carmelita sevillano Padre Juan de Jesús María nos dice de sí mismo: Muy mucho deseaba mi alma ver a Dios al descubierto y gozar de su divina presencia, y como esto no pudiera alcanzarlo sino muriendo primero, de aquí es que con grandes deseos desearía morirme para conseguir este fin y amarle y gozarle, y digo de verdad, que cuando no siento en mí estos deseos, me da grandísima pena y grandes temores de que no amo a Dios, porque digo: ¿Cómo es posible que yo ame a Dios de veras y que no esté con grandes ansias de morirme por verlo? (18).
(1) San Juan Crisóstomo, Homilía 84 sobre el Capítulo 19 de San Juan.
(2) San Juan Crisóstomo, Homilía 31 sobre San Mateo, IX.
(3) Salmo 33, 2.
(4) Santo Tomás de Aquino, Summa, I, IIae, Q. V, a. 3; y III, Q.46, a. 6 ad 4.
(5) San Agustín, De Trinitate, lib. IV, Proemio, núm.l.
(6) De la hermosura de Dios y Su amabilidad, por el P. I. E. Nieremberg, lib. 11, cap. XI, par. II.
(7) Salmo 72, 25
(8) San Juan de la Cruz, Avisos, 56.
(9) Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, cap. XL.
(10) Año Cristiano Carmelitano por el Padre Dámaso de la Presentación. C. D. Tomo I, día 21 de enero.
(11) ídem, id, día 29 de abril.
(12) Id., id., tomo III, día 9 de noviembre.
(13) Santa Teresa del Niño Jesús, Historia de un alma, cap. XI.
(14) ídem, id., cap. I.
(15) Leyendas de Oro, por el P. Pedro de Rivadeneira, S. I. Véase extenso en loiville.
(16) Leyendas de Oro, por el P. Pedro de Rivadeneira, S. J., día 17 de julio.
(17) Santa Teresa de Jesús, Conceptos del amor de Dios. cap. VI.
(18) Año Cristiano Carmelitano, por el Padre Dámaso de la Presentación, C. D. Tomo I, día 10 de abril.

