P. CERIANI: SERMÓN DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

ASCENSIÓN DE NUESTRO SEÑOR

La emoción que embargaba a Nuestro Señor y Salvador la víspera de su Ascensión era el convencimiento de que iba al Padre. Estaba, por decirlo así, ante las puertas del Padre.

Llamaba y pedía que se le abriese: Padre, ha negado la hora. Glorifica a tu Hijo. Yo ya te he glorificado a Ti sobre la tierra. He concluido la obra que me encomendaste. Padre, glorifícame ahora con la gloria que yo tuve ante Ti.

Jesús pide al Padre que haga participante también a su naturaleza humana de la gloria que Él posee desde toda la eternidad como Hijo de Dios.

En su Encarnación se despojó de sí mismo, ocultando la claridad y majestad de su naturaleza divina, se anonadó y se hizo obediente hasta la muerte de cruz. Cumplió la misión que se le encomendara, llevando una vida de pobreza, de anonadamiento, de dolores, de amorosa sumisión al Padre y a su santa voluntad.

Ahora ya puede retornar a su casa.

Debe haber proporción entre el lugar y el que lo ocupa. Pero Cristo, por su Resurrección, dio comienzo a una vida inmortal e incorruptible.

El lugar en que nosotros habitamos es un lugar de generación y de corrupción, mientras que la morada del Cielo es un lugar de incorrupción.

Por tal motivo, no fue conveniente que Cristo, después de la Resurrección, permaneciese en la tierra, sino que fue conveniente que subiera a los Cielos.

Alegrémonos con Él y pidamos al Padre:

Padre, glorifica a tu Hijo, como Él te ha glorificado a Ti. Dale también a su humanidad la gloria que le pertenece.

Exáltale por encima de todos los mundos y de todos los cielos. Llévale a Ti Siéntale a tu diestra, en tu trono. Dale el cetro de tu poder.

Hazle, aun en su humanidad, Rey y Señor, ante el cual tengan que doblar su rodilla cuantos seres existan en los Cielos, en la tierra y en los infiernos.

Propaga su conocimiento, su Evangelio, su Nombre, por toda la humanidad.

Incorpora a Él a todos, para que todos experimenten la eficacia de su Redención y se salven en Él.

Dale el poder sobre los espíritus, sobre los corazones, sobre los pueblos, sobre los siglos.

Haz que todos le acaten y se sometan a Él, para que los salve, para que les dé la vida, la vida en abundancia.

Es digno y justo, Señor, que siempre, pero sobre todo en este día, te alabemos, porque nuestro Cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado. Pues Él es el verdadero Cordero que quita los pecados del mundo. Con su muerte destruyó nuestra muerte y con su Resurrección nos dio nueva vida. En su Ascensión subió a los Cielos para hacernos participantes de su vida divina.

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Ha llegado el día del completo triunfo del Señor. La exaltación, comenzada el día de su Resurrección de entre los muertos, ha sido llevada hasta su total perfección. El Señor ha penetrado, incluso con su naturaleza humana, en la gloria del Padre, y compartirá con Él, desde ahora, el imperio y la potestad absoluta sobre los Cielos, la tierra y los infiernos, sobre los espíritus y los corazones.

Enseña San León Magno, en el sermón de la fiesta de la Ascensión del Señor que trae la Lección de Maitines:

Han pasado cuarenta días desde la Pascua. Este período ha sido dispuesto providencialmente por Dios para robustecer y afirmar nuestra fe en la Resurrección del Señor, pues la muerte de Cristo había impresionado hondamente a los discípulos, turbando sus corazones.

Durante estos cuarenta días, los Apóstoles y todos los demás discípulos han adquirido una tan honda y robusta fe en el Señor, que su Ascensión a los Cielos, lejos de entristecerlos, les llena de grande alegría.

Y realmente había motivo más que suficiente para llenarse de gozo. Porque hoy sube nuestra naturaleza humana por encima de todos los moradores del Cielo y es elevada más alto que los mismos Coros de Ángeles y Arcángeles. Es levantada hasta el trono del Padre Eterno, para compartir la gloria de Aquel cuya naturaleza estuvo unida con ella en el Hijo de Dios.

Por eso, la Ascensión de Cristo es nuestra exaltación. Donde está la Cabeza allí es llamado también el cuerpo.

Alegrémonos, pues, y prorrumpamos en jubilosos cánticos de acción de gracias.

Hoy el Cielo se ha convertido en posesión nuestra.

¡Más aún!, hoy hemos penetrado con Cristo en lo más secreto de los Cielos. Hoy hemos alcanzado, por inefable gracia de Cristo, mucho más de lo que habíamos perdido por envidia del diablo. El enemigo nos destruyó la felicidad del primer paraíso; pero el Hijo de Dios nos ha incorporado consigo mismo y nos ha sentado con Él a la diestra del Padre, con el cual vive y reina por los siglos de los siglos.

En Cristo y con Cristo, nuestra Cabeza, hemos sido resucitados también nosotros y hemos sido sentados con Él en el Cielo. El triunfo y la victoria de Cristo no son sólo interés de su Persona, lo son también de todo el Cuerpo de la Iglesia.

Al subir a la Cruz, Cristo llevó consigo toda la humanidad, que murió sobre la Cruz junto con su Cabeza.

Cristo es el segundo Adán. Como tal lleva siempre en sí mismo a la totalidad de los hombres, a su Iglesia.

Por consiguiente, también en su Resurrección y en su Ascensión a los Cielos.

Él ha vencido y triunfado, pues, lo mismo para sí mismo que para nosotros.

Nuestra Cabeza ha subido y está sentada en los Cielos. Cristo es allí nuestro representante. El sitio pertenece ya a nosotros y ya lo hemos ocupado con Cristo.

Debemos comprender que la Ascensión de Cristo a los Cielos, por la que nos privó de su presencia corporal, fue más útil para nosotros de lo que lo hubiera sido su presencia corporal.

Primero, por razón de la fe, que recae en las cosas que no se ven.

Segundo, para mantener levantada nuestra esperanza. Por el hecho de haber situado Cristo en el Cielo la naturaleza humana que asumió, nos dio la esperanza de llegar allí.

Tercero, para elevar hacia los bienes celestes el afecto de la caridad. Por eso dice San Pablo: Buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios; aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Pues, donde está tu tesoro, allí está también tu corazón.

¿Qué tenemos que hacer para celebrar, ya desde ahora, nuestra propia ascensión? Sólo una cosa: permanecer con Cristo. ¿Cómo? Uniéndonos íntimamente con su Cuerpo, con la Iglesia. Viviendo en la Iglesia y con la Iglesia, sufriente hoy, asolada y desolada…

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Alegrémonos por Jesús.

Hoy, por fin, después de todos sus trabajos y sufrimientos aquí en la tierra, penetra en el eterno descanso del Cielo.

Hoy se sienta a la diestra del Padre, a la diestra de la Majestad, y toma posesión de la gloria, del honor y del poder que le corresponden, Hombre e Hijo de Dios y Señor de la gloria.

Hoy se le da al Hombre Jesús participación en el poder real de Dios, en la soberana facultad de disponer de todos los bienes y riquezas de Dios y en la absoluta autoridad sobre todos los seres y criaturas del Universo.

Hoy es coronado Rey de Reyes; hoy es nombrado Juez de vivos y muertos.

Desde ahora, Jesús ya no pertenecerá solamente a un pueblo, como hasta aquí: pertenecerá a todos, estará presente en su Iglesia, en todas sus partes y miembros igualmente, alimentándolos a todos, inundándolos a todos de su espíritu y de su vida.

Nos prepara un lugar, una mansión bella y eternamente dichosa, en el seno del Padre, sobre los astros. Nos envía el Espíritu Santo, el Consolador, la Virtud de lo Alto, para que nos inunde, nos fortalezca, nos santifique y nos madure para el día de nuestra partida al Padre, de nuestra entrada en la mansión eterna que Él nos ha dispuesto.

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La Ascensión es un día de triunfo para Cristo.

Cristo es el Señor, Dominus, Kyrios. Él obró la redención del pecado y se sienta a la diestra de la Majestad, en las alturas. Por eso, está, tanto más elevado por encima de los Ángeles, cuanto el Nombre que Él ha heredado sobrepuja al nombre de aquéllos.

Dios, lo ha sometido todo a Él y, por lo tanto, no existe ninguna cosa creada que no esté bajo su dominio. Confesemos, pues, alegremente, que todo está sometido a Él; y cantémosle con el Gloria de la Misa, cada vez con nueva y más viva fe: Tú, que estás sentado a la diestra del Padre, compadécete de nosotros. Porque Tú solo eres el Santo, Tú solo el Señor, Tú solo el Altísimo, Jesucristo, junto con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre.

Tú solo eres el Señor… Y esto, no sólo de cuando en cuando, el Domingo o en determinadas horas del día. No; todos nuestros actos, internos y externos, todas nuestras obras y actividades, por numerosas que ellas sean, tienen que servirle a Él, tienen que procurar su honra, tienen que predicarle a Él, tienen que estar conformes con su voluntad.

Lo más intimo, lo más profundo, lo último, lo más querido de nosotros, todo nuestro ser, toda nuestra esencia pertenece a Él y tiene que vivir para Él.

Tú solo eres el Señor, el soberano Señor de todo. Un señorío al que está sujeto absolutamente todo. ¡Tal es la subordinación a Jesucristo en que nos ha situado Dios a los hombres, con todo lo que somos y podemos, con toda nuestra esencia!

Es una subordinación que no afecta solamente a cada individuo en particular, sino también a la totalidad como tal, a todos los tiempos, a todos los pueblos y naciones. Los Cielos, la tierra y los infiernos tienen que confesar, hoy y durante toda la eternidad, para glorificación del Padre, que Cristo es el Señor.

Nosotros creámoslo así. Reconozcamos el señorío de Jesús sobre nosotros, sobre la humanidad, sobre todo. Oremos para que todos se sometan a Él y le confiesen por su Señor. ¡Venga a nos el tu Reino!

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Dios lo ha exaltado y le ha dado un Nombre sobre todo nombre. Todo está sometido a Él.

Por ahora no vemos todas las cosas sujetas a Él. Al contrario, nos parecerá muchas veces que Satanás continúa siendo todavía el príncipe de este mundo. Se presentarán con frecuencia ante nosotros los tenebrosos enemigos, capaces de descorazonarnos; nos admiraremos de la preponderancia de Satanás, del triunfo de la incredulidad, del pecado, del mal…

A pesar de todo, sigamos creyendo con firmeza, aunque no lo veamos, que Jesús posee el poder y el señorío universales.

Confiemos ciegamente en su robusto brazo, en su sabia Providencia, en su amor, con el cual obra en todo y en todos, para salvarlos a todos.

No comprendemos los misterios de la sabiduría, del amor y del poder de Jesús porque tampoco podemos comprender los misterios de la sabiduría, del amor y del poder de Dios.

Cristo, el ensalzado, descansa ahora con su naturaleza humana en el seno del Padre. Y con Él también nosotros. Al subir a lo alto, llevó consigo cautiva a la cautividad, es decir, a nosotros, a quienes nos libertó de la cautividad del pecado y del demonio. Donde está la Cabeza allí están también los miembros.

Al mismo tiempo, el Señor permanece constantemente sobre la tierra. Vive, ora, trabaja y padece en los bautizados, en nosotros, sus miembros. El Señor vive en la Sagrada Eucaristía, cerca de nosotros, para amarnos, para alimentarnos con su misma vida.

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En el Credo confesamos: Subió a los Cielos y está sentado a la diestra del Padre; es la exaltación de Cristo.

En la expresión estar sentado podemos distinguir dos aspectos, a saber: la quietud, y también la potestad regia o judicial.

De uno y otro modo conviene a Cristo estar sentado a la derecha del Padre.

Del primer modo, en cuanto que permanece eternamente incorruptible en la bienaventuranza del Padre.

Del segundo modo, se dice que Cristo está sentado a la derecha del Padre en cuanto que reina con el Padre y de Él recibe la potestad judicial.

Como explica San Gregorio en una Homilía sobre la Ascensión, estar sentado es propio del que juzga; en cambio, estar en pie, lo es del que lucha o del que ayuda. Por consiguiente, San Esteban, colocado en el trabajo del combate, vio en pie a quien tuvo por colaborador. Pero a Jesucristo, después de la Ascensión, Marcos lo describe como sentado, porque, después de la gloria de su Ascensión, al final será contemplado como juez.

Por el término derecha se puede entender tres cosas: primera, según el Damasceno, la gloria de la divinidad; segunda, según Agustín, la bienaventuranza del Padre; tercera, según este mismo autor, la potestad judicial.

Y el estar sentado designa la habitación, la dignidad real, o la potestad judicial.

Por lo cual, estar sentado a la derecha del Padre no es otra cosa que compartir junto con el Padre la gloria de la divinidad, la bienaventuranza, y la potestad judicial; y esto perpetuamente y como Rey.

Todo esto le conviene al Hijo en cuanto Dios. De donde resulta evidente que Cristo, en cuanto Dios, está sentado a la derecha del Padre; pero de suerte que la preposición a, que es transitiva, sólo supone la distinción de Personas y el orden del origen, pero no un grado de naturaleza o de dignidad, porque ninguno se da en las Personas divinas.

Se dice que Cristo está sentado a la derecha del Padre, en cuanto que por la naturaleza divina es igual al Padre, y según la naturaleza humana goza de los bienes divinos por una posesión superior a la de las demás criaturas.

Ambas cosas convienen solamente a Cristo. Por tanto, a ningún otro, ni Ángel ni hombre, le conviene estar sentado a la derecha del Padre, sino exclusivamente a Cristo.

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Para celebrar dignamente la fiesta de la Ascensión hemos de hacer tres cosas:

, adorar a Jesucristo en el Cielo como medianero y abogado nuestro;

, despegar enteramente nuestro corazón de este mundo como de lugar de destierro y aspirar únicamente al Cielo, nuestra verdadera patria;

, determinarnos a imitar a Jesucristo en la humildad, en la mortificación y en los padecimientos, para tener parte en su gloria.

Además, de la fiesta de la Ascensión a Pentecostés, a ejemplo de los Apóstoles, hemos de prepararnos a recibir el Espíritu Santo con el retiro, con recogimiento interior y con perseverante y fervorosa oración.

Oración Colecta: Suplicámoste, oh Dios omnipotente, nos concedas, a los que creemos fielmente que tu Unigénito y nuestro Redentor subió hoy a los Cielos, la gracia de habitar también allí con el espíritu.