ALEGRÍA DE MORIR – UN CARMELITA DESCALZO: CAP. XXIV – MÉRITO DEL ALMA QUE, VENCIENDO EL TEMOR A LA MUERTE, SE OFRECE A DIOS

ALEGRÍA DE MORIR

UN CARMELITA DESCALZO

CAPITULO XXIV

MÉRITO DEL ALMA QUE,

VENCIENDO EL TEMOR A LA MUERTE,

SE OFRECE A DIOS

Muera mi alma con la muerte de los justos, y que sea mi fin semejante al suyo (1), exclamaba Balaán cuando bendecía al pueblo de Dios; porque el justo espera en la muerte y que no le tocará sentir el dolor de la misma; porque la muerte del justo es preciosa, llena de inefable paz.

La muerte es sonrisa de esperanza de un alborear eterno.

Dulcemente añoraba este momento Fray Luis de León, cuando escribía pensando con sumo regalo en la Patria eterna:

Morada de grandeza,

Templo de claridad y hermosura,

Mi alma, que a tu alteza

Nació, ¿qué desventura

La tiene en esta cárcel, baja, oscura?

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¿Qué mortal desatino

De la verdad aleja así el sentido,

Que de tu bien divino

Olvidado, perdido,

Sigue la vana sombra, el bien fingido?

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¡Ay!, despertad, mortales;

Mirad con atención en vuestro daño;

Las almas inmortales

Hechas a bien tamaño,

¿Podrán vivir de sombra y sólo engaño?

¡Ay!, levantad los ojos

A aquesta celestial eterna esfera,

Burlaréis los antojos

De aquesa lisonjera

Vida, con cuanto teme y cuanto espera.

¿Es más que un breve punto

El bajo y torpe suelo, comparado

A aqueste gran trasunto,

Do vive mejorado

Lo que es, lo que será, lo que ha pasado?

**********

¿Quién es el que esto mira

Y precia la bajeza de la tierra,

Y no gime y suspira

Por romper lo que encierra

El alma, y de estos bienes la destierra?

Aquí vive el contento,

Aquí reina la paz; aquí sentado

En rico y alto asiento

Está el amor sagrado,

De honra y deleites rodeado.

Inmensa hermosura

Aquí se muestra toda; y resplandece

Clarísima luz pura,

Que jamás anochece;

Eterna primavera aquí florece (2).

Qué dulcísimamente han cantado y deseado la muerte las almas de luz.

En dos grupos se pueden dividir y estudiar las almas buenas que tienen demasiado miedo a la muerte y en ninguna de ellas dejará de cumplirse la sentencia ya transcrita de la Sagrada Escritura; que es preciosa y muy dulce la muerte de los buenos y que la ganancia suprema es morir (3).

El origen del miedo unas veces es el mismo amor, pero un amor imperfecto y poco confiado. El amor perfecto, dijo San Juan, aleja todo temor; estas almas no acaban de fiarse del Señor.

Otras veces procede de que, como ya dijimos, la muerte es castigo de la naturaleza humana y como castigo afecta al hombre.

Por esto se deseará la muerte, se la considerará lo más ventajoso y bello, pero impresiona y parece que el alma tiene que desgarrarse del cuerpo y hacerse heroica violencia, sintiendo esto junto con el deseo y la alegría de que muere y de que va a Dios. Si no se sintiera, parece dejaría de ser castigo, y en estas almas obra más la pobre naturaleza que la gracia especial del Señor.

Procede en otras ocasiones el temor de las pruebas especiales, por las que Dios hace pasar al alma para su mayor bien y purificación. Todas se vencen con las virtudes teologales.

En la vida espiritual y en el camino de la perfección, cuanto más ama el alma a Dios, con mayor claridad ve que merece ser infinitamente amado. Desea amarle con amor infinito si la fuese posible; ya que no puede, aspira con deseo ardiente a amarle del modo más puro y con todas las fuerzas del corazón, como mandó el Señor.

Cuanto más delicado es el amor a Dios, mayor claridad comunica al alma, haciéndola ver cuán lejos está su pequeñez de la infinita perfección e infinita grandeza de Dios. El alma clarísimamente se ve a sí misma indigna del amor divino, pequeña, nada; y al mismo tiempo y con la misma luz, ve inmenso e incomparable el poder y la majestad de Dios. Entonces, llenándose de íntima humildad y abrazándose con su nada, alaba y reverencia a Dios infinito.

Del mismo modo que mirando a los cielos en noche serena maravilla el número sinnúmero de astros y las inmensas distancias que a simple vista se ven, anonadándose el entendimiento ante tan inexplicable grandeza; pero si se mira con un telescopio aumentan los astros y las distancias según sea la perfección del aparato; de semejante modo se agranda el asombro y el acatamiento en el alma, cuando con luz superior se ve a sí misma y ve la inmensidad y omnipotencia de Dios.

El camino de virtudes, de amor a Dios y el conocimiento de la propia nada por donde van las almas buenas, es ruta segura, que indefectiblemente guía a la perfección; cuantas por esta senda caminan, lejos de sentir pena y acobardarse como si fueran perdidas en la niebla, deben alegrarse y dar gracias al Señor, porque Él mismo es su guía. Confíen cada vez más en el Padre Celestial y en las llamadas que las hace. No importa que de momento no lo comprendan ni vean claro, pero ese es el camino de los elegidos.

Para mejor afianzamiento de estas almas en la humildad -la cual es siempre la base segura de la vida espiritual-, las hace el Señor se vean con una claridad sutilísima a la luz especial que sobre ellas proyecta, y ven hasta las motas del aire (4), o sea sus más pequeñas imperfecciones. No se desanimen, repito, ni se entristezcan por esas faltas involuntarias en sus obras buenas.

Mientras una gracia especial no las haga desaparecer, se verán humilladas con ellas; porque en todos los actos humanos se encuentran imperfecciones.

Durante nuestra peregrinación por la tierra no somos Ángeles ni obramos a la manera de los Ángeles, sino hombres, pagando por ello el tributo impuesto a la flaqueza humana. Las almas buenas caminan hacia Dios con sus virtudes y con el conocimiento de sí mismas, pero reciben el polvo del camino y la humillación de los inevitables desaciertos e ignorancias.

Abrázate, alma buena, con estas humillaciones; ama y confía, que de ese modo crecerás en el amor y adelantarás en sus caminos. No te entristezcas ni desalientes. No des entrada al temor, sino entrégate confiada a tu Dios.

El recuerdo de las ofensas e infidelidades pasadas es el mayor tormento del alma y a veces hace apreciar mal la justicia de Dios y temer la muerte; las ofensas pasadas cuanto más duelen y más se lloran, más torturan y parece que nunca se acaban de perdonar; este sentimiento engendra desconfianza y son necesarios actos de fe y de contrición juntamente para ahuyentar este temor. Arrepentimiento y fe unidos hacen renacer la confianza en Dios y la esperanza de conseguir el Cielo, recuerdan la rebeldía del pasado contra el Creador, lo que fuimos por nuestra desgracia, y ahora perderíamos mil vidas que tuviéramos por no ser como fuimos. De estos actos sale el alma más humillada, más ansiosa y encendida en el amor divino y con mayor firmeza en los propósitos de una continua oblación.

El acto que hace el alma de confianza en Dios y la renovación de su ofrecimiento ante el temor que la atormenta, es una nueva misericordia divina para mayor bien y hermosura del alma.

En el segundo grupo de almas buenas están comprendidas aquellas a las cuales el Señor hace pasar por una especial purificación dejándolas a oscuras o en espesa niebla de dudas, en la cual se hallan como desorientadas y perdidas. El fin de esta purificación es hermosear y santificar a las almas que la sufren.

En este tiempo permite el Señor que vengan sobre el alma los mayores temores e incertidumbres sobre su salvación y, por esto, su miedo a la muerte.

De la misma manera que se exprime y estruja una esponja para no dejar en ella ni una gota de agua, así exprime el Señor a estas almas y las limpia de toda falta, permitiendo vean sólo tristezas presentes y futuras. Es el momento de la purificación más aquilatada.

Cuando Dios quiere poner nueva hermosura y preparar para mucho más esplendorosa gloria, permite sea el alma presa de temores sobre su salvación y sobre su estado actual, de donde procede su miedo tremendo a morir.

Porque las almas en este estado, a pesar del esmero heroico que ponen para realizar con perfección todos sus actos, sólo ven -y las parece verlo clarísimamente y como palparlo- un enorme vado de toda obra buena y una completa inutilidad de su vida.

Las parece que nada han hecho bien y que actualmente nada hacen de provecho ni digno de recompensa, creyendo que todo es para mayor castigo.

Cierren estas almas los ojos al discurso mientras tales angustias padezcan y ábranlos a la fe, para guiarse sólo por ella, para ofrecerse más perfectamente a Dios y abandonarse más ciegamente en sus manos. Escojan un prudente confesor, si pueden, porque a veces cierra el Señor también este camino, no encontrando ninguno para que no reciban ni este consuelo, y así hagan actos de ciega y sobrenatural fe y confianza, proponiendo continuar su vida con la mayor delicadeza y fidelidad de amor que las sea posible.

Si han de condenarse para siempre, como temen, conságrense al amor de Dios en esta vida, y lejos de condenarse, crecerán en santidad, y cuando el sol de la misericordia divina haya ahuyentado las nieblas que las envolvían, se llenarán de gozo.

Esta dura prueba de temer la pérdida del Cielo es para muy grande mérito y delicada prueba del amor de Dios. Por lo mismo que el alma ama a Dios, Dios la ama a ella con muy especial ternura y la prueba maravillosamente para glorificarla más.

Alma dichosa, que has merecido pasar por ese estado; el Señor por Sí mismo te enseñará a realizar los actos más perfectos, de la más grande abnegación y de la mayor confianza en Él. Continúa amando delicadamente a tu Dios, pues con tanta predilección te ama Él.

Dichosa de ti, si perseveras, pues te halló el Señor digna de tan fino crisol. Desecha tus temores, ya que el mismo Dios te tiene en Sí, te guarda y te labra.

Pues si el Señor no edifica la casa, en vano trabajó.

Cuando pasaba las noches delante del Sagrario ofreciendo esta angustia de temer que se perdería para siempre, oyó la Hermana Mariana de los Ángeles que la decía el Señor: Mientras tú seas mi nada, yo seré tu todo (5).

Desean tales almas hacer actos de amor de Dios con la mayor intensidad y frecuencia, se abrazan a la muerte en obsequio al Señor, y nunca dejan de tener muerte dulcísima, tanto más dulce cuanto más fuerte fue la prueba. Fiel es el Señor a cuantos le aman y sólo Él puede medir el amor que estas almas le tienen.

Antes de que les llegue la muerte, se la hace presentir la Virgen Santísima, con una alegría y conformidad no esperada, como anticipo de la luz eterna que pronto las envolverá.

También en ellas se cumple y más perfectamente la promesa de que en la hora de la muerte no las llegará sobresalto ni dolor, sino suavidad y alegría. Su muerte es preciosísima a los ojos de Dios y sirve de consuelo a cuantos la presencian.

La voluntaria y gustosa aceptación de la muerte es del mayor mérito para el alma. Junto con el ofrecimiento de la propia vida puede presentar a Dios como obsequio de amor y de expiación la bondad y el amor infinito del mismo Dios y la vida y pasión de Jesucristo, que vale más que las obras practicadas por el hombre y que todo lo creado.

Jesús da al alma sus merecimientos para que los tome y ofrezca como suyos al Señor y para que se enriquezca y hermosee como esposa suya queridísima, con lo cual desaparecen cuantos temores pudiera tener y se ve llena de confianza y gozo. Allí está también la Virgen prestándola su ayuda de Madre.

No abandona el Señor a sus almas en momentos tan decisivos ni las deja morir en el desconsuelo interior ni exterior. Y aunque el ideal del alma santa sería morir como Jesús en la Cruz, saboreando la hiel en sus labios, el Señor las trata en este instante como tiernas y regaladísimas hijas.

Por todo esto arrójate, alma, en los brazos de tu Dios. ¿No habías procurado siempre obedecerle y amarle? ¿No te esmeraste en recibir los Sacramentos y vivir conforme a su Ley? ¿No suspirabas por Él y deseabas cada día amarle más? ¿No lo dejaste todo, alma religiosa, para ser toda suya y pensar sólo en Él? ¿No le amabas y se lo decías en tus largas horas de intimidad con Él, en recogimiento y soledad? ¿No dejabas las complacencias mundanas y conversaciones de los hombres por estar sola con Él?

He aquí que ahora viene ya para llevarte Consigo a su gloria y darte cuanto te tenía prometido; que las aflicciones tan breves y tan ligeras de la vida presente nos producen el eterno peso de una sublime e incomparable gloria (6).

Sal, pues, al encuentro de tu Dios. Arrójate gozosa y confiada en sus brazos. La fe te enseñó que Dios viene a buscar a cuantos le amaron. Gózate ahora en Él, porque te conduce a su gloria.

En tus brazos, Señor mío y Dios mío, me pongo.

Mi alma clama a Ti, te espera y te desea. En tus brazos pongo mi vida, mi espíritu, mi salvación, mi postrer momento sobre la tierra. Sé que no seré confundido. Venid, Señor. Que yo vea vuestro rostro.

¡Oh muerte amable, que tan delicadamente me pones en los brazos de mi Dios!

(1) Números, 23. 10.

(2) Fray Luis de León, Poesías, Noche serena, toda ella preciosísima.

(3) San Pablo: A los Filipenses, I, 21.

(4) Santa Teresa de Jesús, Vida, caps. XX y XXIX.

(5) Año Cristiano Carmelitano, por el P. Dámaso de la Presentación, c. D., tomo I, día 29 de enero.

(6) San Pablo, II A los Corintios, IV, 17.