MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA
INTRODUCCIÓN
Continuación…
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Normas metodológicas
Pocas palabras resumen mi criterio directivo: este Silabario sólo pretende ser una sencilla exposición sistemática de los principios informativos de la moral cristiana.
Hay óptimos manuales nuestros y obras excelentes (bastará con indicar la mejor, la de Víctor Cathrein: Die Moralphilosophie, traducida a varios idiomas y también al italiano), donde puede encontrarse la descripción de cada sistema de ética, su refutación y la comparación entre aquéllos y la ética cristiana.
Tales obras son utilísimas, pero no responden a la finalidad que me he fijado.
La realidad es que muchos en nuestros días conocen a fondo la Crítica de la razón práctica de Kant; los Recuerdos de Marco Aurelio; el Manual de Epicteto; las Cartas a Lucillo de Séneca; conocen a Epicuro y Hegel, Júpiter y Mahoma, pero no han tenido jamás la preocupación de examinar de cerca la moral de Cristo. Para éstos puede ser providencial una exposición sencilla y exacta, sin preocupaciones de índole filosófica y que con relación a los diversos sistemas de ética se limite a indicaciones indispensables para ilustrar mejor el pensamiento cristiano con alguna comparación.
Sin embargo, me dirijo especialmente a los creyentes, a aquéllos que frecuentan la iglesia, escuchan sermones, se acercan a los Sacramentos; y les digo: este Silabario es para vosotros, meditadlo; quizás os revele por primera vez no los preceptos y las leyes de la moral cristiana, sino su espíritu vivificador.
Quizás conozcáis la moral de Cristo, como a un amigo con quien habláis, tratáis, discutís, pero a quien sólo habéis podido conocer superficialmente sin haberlo sorprendido jamás en la intimidad profunda de su yo y de su carácter, la que os explicaría cada gesto suyo, cada actitud, cada sonrisa y cada frase.
Creedme; os hablo en nombre de la experiencia: aun en nuestro campo se ignora con frecuencia lo que es obligatorio saber para vivir cristianamente. Y cuando se desea curar semejante llaga, no pocas veces se recurre a un remedio curiosísimo (que responde al método de la apologética para quien nada sabe de dogma): ¡se hace exposición y la crítica de todos los demás sistemas de moral! ¡Qué imbecilidad y qué peligro! Sería como si teniendo yo necesidad de alimentarme y desfalleciendo de hambre, se me acercase alguien que, en lugar de darme pronto buen alimento, comenzase por hacerme gustar y escupir todos los venenos conocidos para demostrarme que no son el nutritivo pan.
De este modo ¡me arruinaría el paladar y yo estaría en peligro de morir por falta de alimentación! Prefiero, pues, otro criterio. Y razono así: Nuestra doctrina moral es el alimento necesario para obrar sobrenaturalmente bien y para resolver cristianamente el problema de la vida. Considero indispensable ofrecer el pan seguro y no considero conveniente presentar los diversos sistemas equivocados.
Comenzamos por acercarnos a Cristo y por aprender de ‘Él la enseñanza vital: el Evangelio en veinte siglos ha plasmado ciertamente más almas y suscitado más energías espirituales que todos los filósofos reunidos.
¿No os parece que tengo razón? Y diré más aun. Una secreta esperanza me sonríe en el corazón. Cuando tengamos el alma bien asegurada en la ética cristiana, y sintamos su palpitación y la comprendamos en su divina fuerza interior y en su dinamismo, cada uno podrá dar una mirada, por cuenta propia, a los diversos sistemas morales, y un fenómeno imprevisto impresionará nuestra mente y nos manifestará la verdad de nuestra ética.
Cada sistema de moral desarrolla y profundiza un punto y posee una pequeña parte de verdad: el error no subsistiría sin aquel núcleo de verdad, que lo hace fascinador y que seduce por breve tiempo al estudioso.
La moral cristiana tiene en sí, sintetizadas en un admirable organismo, todas aquellas partículas de verdad, exageradas y deformadas en los distintos sistemas, y las integra, las coordina y las vivifica.
Si llegamos a esta conclusión, ¡qué prueba intrínseca de la verdad de nuestra doctrina habremos alcanzado!
Por lo tanto, con todos mis esfuerzos sólo pretendo hacer una exposición, pero —añado— una exposición sistemática, que nos haga comprender la moral cristiana en su unidad orgánica.
En consecuencia tres son los fines que me he prefijado:
a) La moral cristiana es una planta, cuya raíz es el dogma. Quien quiere comprender aquélla, prescindiendo de éste, es un superficial. Y el mundo está lleno de superficiales que desearían conservar los preceptos del amor del Evangelio, sacrificando su base dogmática.
El sentimentalismo, imperante aun allí donde menos se creería, ha puesto de moda la admiración por el Sermón de la Montaña, pero no por la Trinidad, la Encarnación, el Calvario y el infierno.
«De las regiones de la idea y de los principios —observa enérgicamente el Padre José Tissot en su clásica obra: La vida interior simplificada y relacionada con su fundamento— se ha descendido al bajo nivel de las emociones y de los sentidos.
En la vida pública y en la privada, en la vida intelectual y en la vida moral, en la vida espiritual misma, con demasiada frecuencia se buscan emociones, se vive muy fácilmente de los sentidos. La vida tiende a animalizarse y a no ser sino una serie de sensaciones».
Las lagrimitas de los corazoncitos tiernos pretenden sustituir lo sobrenatural; la melosidad engañadora ilusiona a muchas almas y las convence de que practican la austera severidad de la Cruz, cuando no son sino víctimas inconscientes de un sentimentalismo fatuo.
Con Tissot, sincero hombre de Dios, debemos confesar en este punto la dura verdad. El mal es causado por «aquellos libros de piedad, que pululan en todas partes, y cuya ciencia consiste en mover la sensibilidad». ¡Curar el alma con emociones, cuando el mal está en la inteligencia!… ¡Verdaderamente es querer curar una enfermedad pulmonar con un poco ungüento en el pie! Allí está todo el valor de esos libros.
¿Quién nos devolverá la medula teológica de las grandes épocas de la fe?… Es en verdad el caso de preguntarse si el florecimiento, por desgracia demasiado fecundo, de la literatura sentimental en asuntos de piedad, no es una calamidad tan desastrosa, como la literatura inmunda, que nos mancha con sus narraciones obscenas.
Porque, al fin y al cabo, el libro inmundo no se dirige sino a las almas que croan en los pantanos. Pero los libros de piedad se dirigen a aquellas almas superiores a quienes Dios ha confiado la misión de elevar a los pueblos.
¿Por ventura estos libros, que menoscaban y entristecen a las almas, no producen una reacción más extendida, más terrible en la sociedad, pues no podrán ya levantarla, porque ellas mismas no se elevan?…
Son los dogmas los que forman a los pueblos, escribió De Bonald, y es ésta una de las más profundas sentencias del profundo pensador. Si forman a los pueblos, forman también a los individuos.
No cesaré de decirlo, ni de creerlo, observa De Maistre, otro gran pensador; el hombre no vale sino por lo que cree. El debilitamiento de la verdad es lo que causa en los hombres la desaparición de la santidad.
Debemos tener también el valor de añadir que a veces, hasta en nuestras iglesias, se encuentra algún predicador con idéntico defecto. En algunas ocasiones no se alcanza a distinguir ciertos sermones cristianos de los discursos de un filósofo acerca de la bondad, el deber, la virtud. Explican e ilustran cosas óptimas, pero que un estoico, antiguo o moderno, podría repetir; parecen heraldos no de una moral cristiana, sino simplemente de una moral humana. El dogma y lo sobrenatural viven desterrados de estos sermones que podrían ser definidos conferencias casi filosóficas, para los estómagos débiles, abrillantadas con vuelos oratorios y con escenas sentimentales.
Es necesario dejar estos métodos a las diversas unions pour l’action morale, brotadas en Francia y en otras partes y que con Desjardins y con Séailles dirigían a todos la invitación de unirse alrededor de un programa exclusivamente moral.
El católico y el protestante, el que cree en la divinidad de Cristo y el que no cree, los admiradores de Buda o de Confucio, los adoradores de un Dios y el ateo persuadido de que el cielo está vacío, los propugnadores de la inmortalidad del alma y el positivista, deberían unirse todos acordes en un propósito único: el deber de reformarse a sí mismos, de crear la propia vida interior moderando las pasiones y cultivando la propia conciencia, y de sacrificarse con abnegación al bien de los demás hombres.
No hace mucho, la corriente capitaneada por el arzobispo luterano de Upsala el doctor Soederblom, al grito: For life and work, «por la vida y la acción», realizó en Estocolmo la Conferencia para la unión de las Iglesias. Allí reinó también la misma ilusión —de una moral no fundada en el dogma, que sirva de plataforma para reunir a las diversas sectas protestantes— en las discusiones, coronadas con el discurso del príncipe heredero de Suecia, quien entre aplausos declaró: «Esta Conferencia de cristianismo práctico ha demostrado del modo más terminante que no es absolutamente necesaria la unidad de la fe para crear un espíritu de buena voluntad y de recíproca comprensión entre los hombres».
No creemos en semejantes organizaciones para la acción moral y en semejante cristianismo práctico, no apoyados en la verdad y en el dogma; son nubes sin agua; son plantas, repito, que pueden parecer atrayentes, pero privadas de raíces; son groseras imitaciones.
Nada tienen de común con la ética del Evangelio, que se eleva sobre el dogma y está inspirada en él.
b) La moral cristiana, unida al dogma, debe ser considerada también en la unidad de sus mandamientos.
Como en un árbol múltiples son las ramas, las hojas, las flores y los frutos, pero único es el árbol y único el soplo vital que desenvuelve la multiplicidad de sus manifestaciones, así en nuestra moral hay también muchas leyes, desde los mandamientos de Dios hasta los preceptos de la Iglesia; y no faltan utilísimos estudios y explicaciones de cada uno de ellos.
Sin embargo, en este Silabario no queremos detenernos en el hecho de la multiplicidad; queremos más bien remontarnos a la unidad, que es la última razón de los diversos imperativos categóricos y de los consejos de la moral de Cristo.
Al final de este libro, veremos con claridad por qué, por ejemplo, está prohibido el hurto; por qué debe condenarse aun el pensamiento deshonesto; por qué debemos evitar el escándalo y dar limosna al pobre y así sucesivamente; y cada una de estas cosas se nos manifestará en la organización sistemática de un todo, en que se comprende el porqué de una prohibición, o de una orden, o de un consejo.
No se confunda, pues, nuestro objeto con el programa de otros trabajos, laudabilísimos e indispensables, que consideran punto por punto y palabra por palabra las tablas de la ley de Moisés, las prescripciones de la Iglesia, etc. No queremos escudriñar rama por rama, hoja por hoja, flor por flor, fruto por fruto; queremos, en cambio, penetrar en la unidad del organismo para asistir a su desarrollo y a su perenne renovación en la conservación de su principio vital.
c) Por último, este Silabario reclama otro requisito de la unidad.
Cuando en las escuelas del catecumenado de los primeros siglos se preparaba para la conversión a un pagano y se lo orientaba hacia la regeneración, no sólo se le enseñaba al catecúmeno —con el dogma— la doctrina moral de Cristo, sino que se la hacía practicar.
Anteriormente al bautismo, el futuro cristiano comenzaba a vivir nueva vida y ponía en práctica la ley ética que poco a poco se le explicaba. Ésta era la mejor disposición para la conversión y la demostración más clara de la belleza de la fe.
Como en nuestros días para asuntos relativos a la física y a la química entro en un laboratorio, hago un experimento, y, si el experimento resulta, tengo la seguridad de una ley que regula la naturaleza material, así también para asuntos relativos a la moral entro en el laboratorio de la vida, aplico las normas de la ética cristiana y adquiero la prueba experimental de su bondad.
En otras palabras, para comprender bien la moral cristiana, es necesario vivirla; y no sin gran sabiduría el santo Cura de Ars señalaba el reclinatorio e invitaba a confesarse a los pecadores, que iban a él para proponerle dudas contra la religión.
Purificados de sus culpas, al alba serena y alegre de una conciencia renovada, sentíanse pronto atraídos por el encanto de la moral y del Credo; y viviendo según el nuevo programa, no dudaban más.
No basta la unidad de dogma y de moral; no basta siquiera la unidad orgánica de las diversas partes de la moral entre sí; es necesaria la unidad de la doctrina moral con la vida vivida: sólo con este método se puede afrontar con seguridad el problema, que interesa a cada uno de nosotros, a las familias, a la escuela, a la vida social, a la patria, a la religión, a nuestra eternidad.
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3
Conclusión
El joven israelita aprendía los elementos de su lengua nacional y los grandes principios reguladores de su conducta en el salmo 119. Es el salmo acróstico o alfabético, que fue definido el Abecedario por los hijos de Israel y que, en variadas formas, desarrolla un pensamiento único: la observación de las leyes divinas.
«Bienaventurados los hombres de conducta intachable, que viven según la ley del Señor.
Bienaventurados los que observan sus enseñanzas y con todo el corazón Lo buscan, y no cometen iniquidad alguna, mas caminan por su senda.
Observaré siempre tu ley constantemente, hasta el fin,
(…) y pondré mis delicias en tus mandamientos por mí tan amados…
Ansío de Ti la salvación, Señor…
Tus mandamientos no los he olvidado»
Nosotros desearíamos hoy que las conciencias juveniles y las almas todas entonasen otro salmo, el salmo de la vida cristiana, cuyo eco sería más potente que las voces de los antiguos levitas y que el sonido de las trompetas de plata que acompañaban los cantos en el templo de Jerusalén. Este Silabario es una invitación fraterna, para que el himno se eleve y se difunda por todas partes.
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RECAPITULACIÓN
Muchos creyentes y los mismos incrédulos sienten hoy viva necesidad de conocer y profundizar la moral cristiana, sin embargo, su exposición presenta varias dificultades, que sólo pueden superarse observando un método oportuno.
1.
Las dificultades actuales, que se encuentran en el estudio de la moral cristiana, son especialmente tres:
a) La moral fácilmente es comprendida, cuando es proclamada por la vida vivida, no cuando sólo se la medita en las frías páginas de un libro. Por desgracia, la vida que hoy nos rodea, no nos repite el himno de la ética cristiana, pues:
1º algunos viven paganamente, sin un soplo siquiera de idealidad cristiana;
2º otros en su vida unen en oprobiosa mezcla de Cristianismo y paganismo;
3º con frecuencia, aun en los buenos, obsérvase una impresionante incoherencia entre la moral que predican y la vida que llevan.
b) La filosofía ha procurado sustituir a la moral cristiana con los sustitutos de sus diversos sistemas de distintos colores; los que no sólo son prácticamente ineficaces o dañinos, sino también han difundido un mundo de prejuicios relativos a la moral católica. Semejantes prejuicios, obscureciendo las inteligencias, han hecho ardua la tarea de mostrar, en su verdadera naturaleza, la moral de Cristo.
c) Por último, la ignorancia de la moral cristiana es mucho más grave. Algunos no saben los preceptos; otros, y son muchísimos, no conocen su espíritu vivificador. Y todos creen tener una noción exacta y precisa.
2. Para remediar estas dificultades, el presente Silabario observará las normas metodológicas siguientes:
a) no expondrá en particular todos los sistemas filosóficos de ética;
b) no comentará nuestra ley moral mandamiento por mandamiento. Pero en cambio:
1) se limitará a una exposición de la moral cristiana;
2) procurará ofrecer una exposición sistemática de ésta, de tal manera que aparezca con claridad:
1º) la unidad entre la moral y el dogma, como entre la planta y las raíces;
2º) la unidad entres los diversos mandamientos y preceptos de la moral como entre las ramas de un árbol;
3º) la unidad que debe existir entre la doctrina moral y nuestra vida.
