ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD CON EL P. CERIANI – DICIEMBRE 2012 – 1º PARTE – CAP. 18 DEL LIBRO DEL P. VAN RIXTEL

El primer Especial del mes de diciembre 2012 fue utilizado por el P. Ceriani para comentar la distorsionada visión de Mons. Williamson, y de los que como él piensan, acerca de la “Restauración” o del “Triunfo de la Iglesia” antes de la Parusía del Señor… Se contraponen el Comentario Eleison 283 y este capítulo final del trabajo del P. Van Rixtel.

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GEDSC DIGITAL CAMERAEL TESTIMONIO DE NUESTRA ESPERANZA

P. ANTONIO VAN RIXTEL

CAPITULO XVIII

 SÍNTESIS A MODO DE CONCLUSIÓN GENERAL

De las cumbres de esta contemplación debemos bajar al terreno del debate. Pues es necesario hacer resaltar terminantemente, cuánto yerran aquellos que sostienen que la esperanza y la enseñanza de todas estas maravillas de la revelación divina son peligrosas y temerarias y que Roma las tiene prohibidas en virtud de la medida disciplinaria del Santo Oficio del 11 de junio de 1941.

Para ello, después del detenido examen analítico de la discusión que nos atañe, consideramos preciso hacer una síntesis a modo de conclusión general.

Esta síntesis nos ayudará, además, a conservar una visión clara sobre el tema importantísimo que acabamos de analizar en sus elementos fundamentales.

SÍNTESIS DE CONCLUSIONES

I – ORIGEN DE LA DISCUSIÓN.

Todos admiten que la Iglesia, antes del Juicio delante del gran Trono Blanco (Apoc.20,11-15), ha de triunfar sobre este mundo. Este triunfo coincidirá con la realización del Reino Mesiánico de grandísima paz y justicia, anunciado en tantas profecías como un Reino absolutamente universal en su extensión y de grandísimo esplendor en su perfección interna.

Pero la discusión se origina frente a la pregunta: ¿cómo y cuándo será este triunfo?

II – PUNTO CENTRAL DE LA DISCUSIÓN.

Muchos teólogos al tratar este tema dividen el campo de la discusión entre los así llamados “milenaristas” y “antimilenaristas”. Sin embargo, tal división del campo no es, ni teórica ni históricamente correcta. La primera y más elemental división responde a la pregunta: ¿el triunfo de la Iglesia, o sea la realización del Reino Mesiánico, vendrá con o sin intervención directa y personal de Cristo?

Frente a esta pregunta surgen los que aseguran que el triunfo de la Iglesia, con el consiguiente cumplimiento de todas las profecías acerca del Reino del Mesías-Rey, será el resultado de una evolución lenta y progresiva. Argumentan que la victoria sobre Satanás y el mundo, conquistada por Cristo en Su Muerte de Cruz, tomó cuerpo en la Iglesia visible en el día de Pentecostés, y se desarrolla desde aquel entonces mediante los esfuerzos de los católicos que, militando con los medios habituales que Cristo dejó a su Iglesia, van conquistando a la humanidad de un modo progresivo hasta alcanzar para la Iglesia en este mundo aquel dominio espiritual que, según las profecías, abarcará a todas las naciones. A este grupo se le llama, con lógica, el de los EVOLUCIONISTAS.

Pero también hay otra respuesta: la de los que sostienen que el triunfo de la Iglesia, con el consiguiente cumplimiento de todas las profecías mesiánicas, será el efecto de una intervención especial y directa de la omnipotencia divina, que se manifestará en la destrucción del Anticristo con todos sus secuaces, y la conversión y restauración de Israel. Muy acertadamente se los llama, pues, INTERVENCIONISTAS.

III- SE DESCARTA LA OPINIÓN EVOLUCIONISTA.

Con muchos argumentos hemos descartado a lo largo de nuestro escrito la opinión evolucionista como absolutamente insostenible.

Insostenible frente a las Escrituras.

La afirmación de que ahora estamos en el anunciado Reino Mesiánico, que se desarrollaría lenta y progresivamente, está en franca contradicción con aquellas profecías que anuncian que el misterio de iniquidad, que está obrando ya desde el principio, culminará en la apostasía.

Por otra parte, en su esfuerzo para identificar la Iglesia en su presente estado con el anunciado Reino Mesiánico, los defensores de la opinión evolucionista recurren a las interpretaciones alegóricas más dispares, pecando constantemente contra la regla de oro: “Todos los sentidos de la Escritura se fundan sobre uno, a saber: el literal, sobre el cual debe asentarse toda argumentación bíblica”.

Insostenible frente a la tradición.

La opinión evolucionista, formulada como tal por San Jerónimo en el quinto siglo, tiene su origen en aquel movimiento de reacción que provocara, en el siglo tercero, el milenarismo carnal y judaizante.

Si bien San Jerónimo al exponer su opinión, cuenta con argumentos para atacar con eficacia esta tendencia herética, no puede escapar a una confusión que llega hasta la contradicción. Así inculpa, por un lado, a todos los Chiliastas (así llama él a los que propugnan el reino milenario) por admitir entre los santos resucitados “nupcias, harturas de vientre, circuncisión, matanza de bueyes y muchas otras cosas por el estilo que ciertamente suenan heréticas para oídos cristianos; y, por otro lado, no se atreve a censurarlos, pues dice: “estas opiniones aunque no las sigamos no podemos condenarlas, porque muchos varones eclesiásticos y mártires así dijeron”.

Otra contradicción. Los antimilenaristas Cayo, Eusebio y Dionisio en el tercer siglo, y Filastrio en el cuarto, rechazan el Apocalipsis como libro inspirado, escrito por San Juan, dando a entender que no se puede aceptar este libro profetice, y a la vez rechazar la doctrina del milenio. San Jerónimo, en divergencia con los anteriores, acepta el Apocalipsis; pero al confesar, por un lado, que la interpretación literal de este libro profético ¡conduce a la herejía judaizante!, y por otro lado, que su propia interpretación “espiritual” (la cual es netamente alegórica) le pone en conflicto con los antiguos padres y escritores griegos y latinos, se muestra muy confuso y contradictorio.

Resulta, pues, que estamos frente a una opinión personal de San Jerónimo, no apoyada por ningún argumento positivo, y que además (como él mismo reconoce) está en conflicto con la tradición anterior que remonta hasta los tiempos apostólicos.

Insostenible frente a la historia.

Por fin, la opinión evolucionista, —aceptada en tiempos posteriores por muchos teólogos y que no tiene por base más que el argumento extrínseco de la autoridad meramente personal y muy vacilante de San Jerónimo—, es insostenible frente a la historia. Pues ésta, después de veinte siglos, lejos de comprobar la tesis de una evolución progresiva del Reinado de Cristo y de su Iglesia en el mundo, la niega rotundamente. Además, las señales de una creciente iniquidad y de un constante enfriamiento de la caridad deben, según el aviso del mismo Señor, avivar en nosotros el deseo de una pronta intervención divina.

IV- SE CONSIDERA LA TESIS INTERVENCIONISTA.

La tesis intervencionista, que sostiene que el triunfo de la Iglesia o sea la realización del Reino Mesiánico será el efecto de una intervención especial y directa de Cristo, es frente a las Escrituras y a la Tradición la única sostenible.

En efecto, las innumerables profecías del Antiguo Testamento que anuncian la Venida del Reino Mesiánico, estudiadas a la luz de las claras revelaciones del Nuevo Testamento, nos enseñan:

1°) que el triunfo de la Iglesia anunciado en el Nuevo Testamento coincide con la realización del glorioso Reino Mesiánico anunciado en el Antiguo Testamento;

2°) que el triunfo de la Iglesia o sea la realización del Reino Mesiánico no vendrá sin que antes venga:

a) la apostasía y el reinado del Anticristo, y su destrucción por Cristo;

b) la purificación y restauración del residuo fiel del pueblo judío, efecto de una intervención especial y directa de la omnipotencia divina.

Esta tesis de la divina intervención se mantiene y se esclarece a través de los siglos como la tesis básica de la escatología y es indiscutiblemente una tradición, no sólo eclesiástica, sino también apostólica.

V- DOS VISIONES DISTINTAS DE LA INTERVENCIÓN.

Resulta pues indiscutible, que la Iglesia en su presente estado no representa una realización evolucionista del anunciado Reino Mesiánico, y que su triunfo no vendrá sin una intervención directa y personal de Cristo.

Pero surge ahora una fundamental y principalísima pregunta: ¿Implica esta intervención también la Venida y Presencia personal de Cristo (Parusía) con sus santos anteriormente resucitados?

Frente a esta pregunta se divide el campo de los intervencionistas en los llamados milenaristas que contestan afirmativamente, y los no milenaristas que consideran la Intervención como un hecho separado de la Parusía, la cual esperan para el fin del mundo.

VI- ESCLARECIMIENTO HISTÓRICO DE ESTAS DOS VISIONES.

En los cuatro primeros siglos un gran número de padres y escritores eclesiásticos sostenían que Cristo ha de volver para reinar en esta tierra. Será al fin de la presente edad, cuando el misterio de iniquidad llegue a su colmo; entonces Cristo vendrá para destruir al Anticristo y sus secuaces, y tendrá lugar la primera resurrección, la de entre los muertos, la de todos los santos, quienes —luego de encadenado Satanás— reinarán con Cristo por mil años desde la Jerusalén restaurada sobre el mundo renovado. Al fin del milenio será desencadenado Satanás y vendrá la rebelión de Gog y Magog. La indignación de Dios se descargará sobre ellos y en una inmensa conflagración del universo perecerán todos. Seguirá la resurrección de los demás muertos y el juicio delante del gran Trono Blanco. Los impíos serán entregados a la segunda muerte; los justos serán transplantados al nuevo cielo y nueva tierra, donde se perpetuará el Reino de Cristo con sus santos por las edades de las edades.

Resulta pues que, desde los tiempos apostólicos hasta el siglo V°, los más insignes padres y escritores eclesiásticos —al tratar este tema— sostenían que la realización del Reino Mesiánico coincide con el tiempo de la Parusía e implica la Venida, Presencia y Reino personal de Cristo con sus santos.

Es de advertir, empero, que en esta su visión del Reino Mesiánico como un milenio de triunfo para todos los santos, así del Antiguo como del Nuevo Testamento, no hay indicaciones precisas (al menos en los documentos que nos han llegado) acerca del papel que la Iglesia ha de desempeñar en este triunfo, ni acerca del lugar que ha de corresponder al pueblo judío en este Reino Mesiánico.

Al margen del ambiente católico surgieron desde el principio deformaciones carnales (Cerinto) y judaizantes (los Ebionitas) de esta doctrina que, infiltrándose entre los fieles, causaron gran confusión y constituyeron un verdadero peligro. Este peligro se puso de manifiesto cuando, a fines del siglo IV°, el Obispo de Laodicea, Apolinar, cayó en estos errores.

Entonces la oposición contra el así llamado milenarismo, ya iniciada en el siglo III°, cobró nuevas fuerzas y ganó el pleito en el siglo V°.

La doctrina del Reino, (aunque jamás fue vencida en el terreno de la argumentación, ni dejó de tener la mejor documentación) una vez desacreditada por las herejías de un Obispo del tamaño de Apolinar, sucumbió paulatinamente en la confesión práctica de los fieles, cuando San Jerónimo con grandísima violencia descargó contra ella todo el peso de su enorme autoridad personal.

Sin embargo, en el terreno de la exégesis la victoria de San Jerónimo no era tan aplastante, pues mientras él formuló la tesis evolucionista, asentando que todas las profecías acerca del Reino Mesiánico fueron dichas en su primer sentido de la Iglesia y que en ella tendrían su progresivo cumplimiento, había otros que —en contra de él— sostenían con gran vigor que el reino de Cristo (anunciado en esas profecías como un reino universal en extensión y esplendoroso en su perfección interna) no vendrá sino después de la conversión y restauración de los judíos, la cual, según la comunísima sentencia de los padres posteriores, tendrá lugar en los tiempos del Anticristo y será efecto de una directa y especial intervención de Cristo.

Aquí surge una nueva sentencia intermedia, la cual —aunque no acepte que la realización del Reino Mesiánico implica la Venida y el Reino personal de Cristo con sus santos resucitados— se opone, sin embargo, decididamente a la opinión evolucionista de San Jerónimo, por cuanto sostiene que el Reino Mesiánico es aún futuro y no vendrá sin que antes intervenga Cristo para convertir y restaurar a Israel.

Esta nueva sentencia, que mejor que antimilenarista se puede llamar con precisión nomilenarista, significa en la exégesis un decidido rumbo a aplicar al pueblo judío en su sentido literal (es decir, a los hijos de Abrahán según la carne), todas las profecías que anuncian la conversión y restauración de Israel.

Esta nueva sentencia se mantiene y se desarrolla en la exégesis de los siglos posteriores, y la escuela de Santo Tomás la presenta como una tesis básica de la escatología, al sostener que el triunfo de la Iglesia, o sea la realización del anunciado Reino Mesiánico, no vendrá sin que venga antes:

1°) la apostasía general entre los pueblos cristianos culminando en la gran rebelión del Anticristo;

2°) y éste sea destruido junto con todos sus secuaces, por una intervención providencial de Cristo;

3°) y se haya efectuado la reunión, conversión y restauración de las doce tribus del pueblo judío en la tierra de sus padres.

Lacunza, renovando la doctrina del Reino, introdujo en el sistema milenarista de los primero siglos esta nueva tesis de interpretación literal de las profecías referentes a la conversión y restauración de Israel.

Con esto corrigió y esclareció uno de los puntos del milenarismo antiguo que más confuso ha llegado a nosotros, y así dio nuevas fuerzas a esta doctrina casi olvidada.

A pesar de que su libro “La Venida del Mesías en Gloria y Majestad” fue puesto en el índice, y exige por esto gran reserva con respecto a sus conclusiones positivas, nadie puede negar que los argumentos con que ataca y deshace las opiniones corrientemente sostenidas son de tanta fuerza, que el tema desde entonces ha quedado sobre el tapete en espera de una solución más sólida.

VII-ESTADO ACTUAL DE LA DISCUSIÓN ENTRE MILENARISTAS Y NO-MILENARISTAS.

Descartada definitivamente la tesis evolucionista, base del anti-milenarismo cerrado de hoy en día, debemos aclarar el estado actual de la discusión entre milenaristas y nomilenaristas para encontrar su punto central.

Los milenaristas modernos sostienen que el triunfo de la Iglesia, o sea la realización del Reino Mesiánico, implica no sólo la intervención, sino también la Venida personal de Cristo para reinar en esta tierra. Pues cuando la iniquidad haya llegado a su colmo con el reinado apóstata del Anticristo, entonces vendrá Cristo.

Los justos que murieron en la fe (tanto los del Antiguo como los del Nuevo Testamento) resucitarán para ser arrebatados, juntamente con los vivientes transformados, al encuentro de Cristo en los aires, y formarán en unión con los ángeles la escolta triunfal que acompañará al Mesías-Rey en su Vuelta gloriosa a la tierra, donde Él —una vez destruido el Anticristo con sus huestes— restaurará a Israel en su tierra prometida, y —luego de encadenado Satanás— dará efecto a todas las profecías, reinando con sus santos en la tierra renovada durante mil años.

Los no-milenaristas, empero, rechazan la doctrina de la primera resurrección, y sostienen que el triunfo de la Iglesia, aunque supone la intervención de Cristo para destruir al Anticristo y convertir a Israel, no implica de modo alguno la Venida y el reino personal de Cristo en la tierra. Pues, según ellos, la Venida de Cristo será al fin del mundo, después de la resurrección única y simultánea de todos los muertos, para efectuar el último juicio de vivos (es decir: de los resucitados santos) y muertos (a saber: los resucitados impíos).

Con esto reducen el contenido del triunfo de la Iglesia a un dominio meramente espiritual de la Iglesia militante en este mundo, luego de destruido el Anticristo y convertido Israel.

Los milenaristas les objetan que —según esa visión— prácticamente no habría ningún triunfo en esta tierra para todos los que murieron en la fe como miembros vivos del Cuerpo Místico de Cristo; no se trataría, pues, propiamente de un triunfo de la Iglesia Esposa de Cristo, sino de un triunfo de la Iglesia militante, a saber de la Sociedad jerárquica fundada por Cristo para congregar Su Esposa.

Además, arguyen que esta teoría reduce el gloriosísimo acontecimiento de la restauración de los judíos a una simple entrada de ellos en la Iglesia, mientras que innumerables profecías (cuyo entendimiento literal los mismos no-milenaristas defienden con tanto empeño como razón) enseñan, sin lugar a duda, que esta restauración implica el establecimiento del Reino Mesiánico por el Mesías-Rey sobre las doce tribus de la casa de Jacob, reunidas en una nación en el país prometido a Abrahán; un Reino que —según las claras revelaciones del Antiguo Testamento— se realizará sobre la nación judía, con Jerusalén como centro y sede, y cuyo imperio se vuelve universal, abarcando a todas las naciones. No se puede, pues, hacer de este Israel restaurada una especie de apéndice de la iglesia de los gentiles.

Por eso —insisten los milenaristas— el triunfo de la Iglesia será un triunfo para todos los hijos de Abrahán según la fe, y coincide con el glorioso reino mesiánico, anunciado como un Reino personal del Mesías-Rey con todos sus santos resucitados.

Pero los no-milenaristas a su vez, objetan que contra esta visión milenarista se oponen todas las enseñanzas del Nuevo Testamento acerca del misterio de la Iglesia. Pues esta teoría hace de la Iglesia un apéndice de la Sinagoga, y lejos de respetar el lugar y la vocación propios que ella tiene como el instrumento mediante el cual el Espíritu Santo congrega de entre las naciones la Esposa del Cordero, la reduce a un simple medio para hacer de los gentiles hijos de Abrahán según la fe.

Además, localizando a Cristo-Rey con sus santos resucitados en la Jerusalén terrenal reedificada, se abre la puerta para las desviaciones carnales de un milenarismo craso y herético.

De esta síntesis de argumentos y contra-argumentos se desprende que la discusión se concentra en dos problemas fundamentales:

1º) La primera resurrección;

2º) la posición de ‘ la Iglesia en la doctrina del Reino Mesiánico.

Y estos dos problemas están tan íntimamente relacionados que, sin lugar a dudas, la oposición de los no-milenaristas a la tesis de la primera resurrección, nace de la falta de una visión clara sobre la posición de la Iglesia en el sistema milenarista.

He aquí, pues, el punto sobre el que gravita toda la discusión: ¿Cuál es el lugar propio y el papel señalado a la Iglesia en el Reino Mesiánico?

VIII- UNA MEDIDA DISCIPLINARIA QUE ORIENTA ESTA DISCUSIÓN.

En 1941 el Santo Oficio dio una medida de disciplina doctrinaria que se refiere a esta discusión. Esta medida dice que no se puede enseñar sin peligro de acuerdo a la revelación católica que, Cristo nuestro Señor, antes del juicio final ha de venir corporalmente (visiblemente) a esta tierra a reinar.

No se dice, pues, que sea peligroso enseñar que Cristo ha de venir a reinar antes del juicio final, sino que es peligroso enseñar la presencia corporal (visible) de Cristo en la tierra.

La medida no prohíbe tampoco la enseñanza de la doctrina de la primera resurrección, puesto que expresamente prescinde de esta cuestión.

Con esta medida Roma no corta, sino que orienta la discusión. Y con razón. Pues el milenarismo moderno, por mitigado que sea, localiza a Cristo con sus santos resucitados en la Jerusalén terrenal reedificada, centro y sede del Reino, dejando de lado la orientación que ofrece el milenarismo de los primeros siglos, en el cual iban esclareciéndose la distinción entre la Jerusalén terrenal, capital y centro de la Israel restaurada, y la Jerusalén celestial, que está por encima de la terrenal, y es la sede de Cristo con sus santos resucitados.

Localizando a Cristo con sus santos resucitados en la Jerusalén terrenal, surge el peligro de aplicar a ellos, sin distinción alguna, las profecías que se refieren a los viadores que vivirán en ella (la Jerusalén terrenal) en aquel entonces, y así se abre la puerta para la infiltración de las desviaciones judaizantes y carnales de los primeros siglos, hecho que en efecto presenciamos en muchas enseñanzas adventistas.

IX- LA DOCTRINA DE LA PRIMERA RESURRECCIÓN ES IRRECHAZABLE.

Destacados los puntos fundamentales de la discusión entre los milenaristas y nomilenaristas, y orientados por la medida de disciplina doctrinaria entramos en el examen de los problemas.

El primer problema fundamental de la discusión es la primera resurrección.

Los milenaristas afirman que la intervención de Cristo para destruir el Anticristo y sus huestes, y restaurar a Israel, implica la Venida personal de Cristo con sus santos, anteriormente resucitados de entre los muertos y arrebatados (junto con los fieles transformados) al encuentro de Él en los aires.

Los no-milenaristas aceptan esta intervención, pero niegan que ella incluya la Venida de Cristo para reinar con sus santos anteriormente resucitados. Pues sostienen que habrá sólo una resurrección única y simultánea de todos los muertos, cuando venga Cristo al fin del mundo para el juicio.

Cierto es que la tesis de la primera resurrección hace siglos ha desaparecido totalmente de la teología oficial. Sin embargo, un examen imparcial conduce, sin contradicción alguna, a la conclusión asombrosa de que la tesis de la resurrección primera, o sea la de entre los muertos, frente a las Escrituras, se funda en solidísimos argumentos que, por separado y sobre todo en su conjunto, son simplemente irrefutables, si no se recurre a inaceptables alegorismos. Y, frente a la tradición, resulta imposible rechazar esta tesis sin afirmar, implícitamente, que los primeros padres (los cuales transmitieron la doctrina de la primera resurrección como una doctrina recibida de los Apóstoles y del Señor mismo) mintieron a sabiendas.

Los que defienden la resurrección única y simultánea empiezan la argumentación bíblica donde tenían que terminarla y, rechazando a priori la resurrección primera, ofrecen varias interpretaciones alegóricas que sólo concuerdan en que se desvían del sentido literal, y por lo demás se contradicen como blanco y negro.

Los defensores de la resurrección única y simultánea subrayan que esta tesis hace siglos constituye una tradición teológica, pero olvidan que la tesis de la resurrección primera está delante de nosotros como una doctrina apostólica, y que —según el célebre adagio comúnmente aceptado— una tradición teológica se distancia de una doctrina apostólica tanto como la tierra del cielo, y como lo humano de lo divino.

Hasta que los defensores de la resurrección única y simultánea no deshagan en sí y en su conjunto los argumentos bíblicos, y no nos demuestren cómo se puede rechazar la doctrina de la resurrección primera o sea la de entre los muertos sin entrar en conflicto con los testimonios apostólicos, creemos tener no sólo la plena libertad, sino también el deber de sostener y enseñar esta doctrina que, según las claras enseñanzas bíblicas, constituye la bienaventurada esperanza de todos los verdaderos cristianos, tanto muertos como vivos.

Afirmamos que la aceptación de la tesis de la primera resurrección no implica la aceptación de la sentencia milenarista; y agregamos que, para llegar a entender plenamente esta doctrina de la primera resurrección, es necesario tener una visión más clara y muy distinta de la que presentan los milenaristas sobre la posición propia de la Iglesia en el Reino Mesiánico.

XI- LA POSICIÓN DE LA IGLESIA, PROBLEMA-CLAVE.

No cabe pues duda alguna, que la posición de la Iglesia es el problema-clave en la discusión que nos atañe.

Nadie puede negar que el grandioso acontecimiento de la conversión y restauración de Israel, se reduce en la visión no-milenarista a una simple entrada de los judíos en la Iglesia, lo que está en franca contradicción con las profecías del Antiguo Testamento, que se refieren a esta Restauración de Israel como Nación y resulta irreconciliable con el carácter de la Iglesia como congregación de entre las naciones.

Pero nadie puede tampoco negar que en la visión milenarista, que parte de la base de que el Reino Mesiánico está prometido a los judíos, la Iglesia pierde su lugar y carácter propios, y viene a ser un mero instrumento para hacer de los gentiles, que no son hijos de la promesa según la carne, hijos de la promesa según la fe o sea judíos según el espíritu; y esto está en franca contradicción con las claras enseñanzas acerca de la Iglesia, como Cuerpo y Esposa del Cordero, reveladas en el Nuevo Testamento.

Hemos de aclarar, pues, el misterio de la Iglesia, es decir: su carácter, su papel y lugar propios en el plan de la Redención del mundo, su relación con respecto a Israel restaurado, y entonces veremos cómo la realización del Reino Mesiánico constituye verdaderamente y en su sentido más propio el maravilloso triunfo de la Iglesia, Esposa del Mesías-Rey.

XII- EL MISTERIO DE LA IGLESIA.

Iglesia significa: “congregación de hombres escogidos con un fin bien determinado”.

Este concepto tiene dos aspectos distintos, a saber:

– la organización que sirve de instrumento de congregación,

– y la congregación misma de los escogidos.

A ambos se da el nombre de Iglesia, lo que puede causar confusión, si no distinguimos bien ambos aspectos.

Así, la Iglesia de Cristo no es solamente una congregación de elegidos, llamados a formar el Cuerpo Místico y la Esposa del Señor Jesús, sino también un instrumento de congregación.

En la Iglesia como instrumento de congregación, Jesús (nuestro Maestro, Sacerdote-Víctima y Pastor), ascendido a los cielos y sentado a la diestra de Dios-Padre, perpetúa Su Misión redentora en esta tierra hasta que venga a juzgar a los vivos y a los muertos.

Para eso —según nos prueban los Evangelios y confirman los Hechos y las Epístolas— Jesús, estando todavía en la tierra, dio a sus Apóstoles bajo el Primado de Pedro, el mandato y el poder para enseñar la Buena Nueva, para renovar el Sacrificio y administrar los sacramentos, y para gobernar la pequeña grey de los bautizados.

De esta manera Él constituyó la pequeña congregación galilea como una visible sociedad jerárquica, la cual —sellada por el Espíritu Santo en el día de Pentecostés— perpetúa Su Misión divina a fin de congregar de entre los gentiles un pueblo para Su Nombre.

Así la Iglesia, como instrumento de divina congregación, reúne a todos los que no rechazan la invitación de la Buena Nueva del Reino de Dios, bautizándoles en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Estos bautizados, renacidos por el agua y el Espíritu Santo, son ciudadanos cuya patria es la Jerusalén celestial, la ciudad que está por venir, y forman “un todo orgánico”, “una congregación festiva”, “la Iglesia de los primogénitos”, “el Tabernáculo de Dios”, “un Cuerpo Místico”, “cuya Cabeza es Cristo”. A este Cuerpo Místico el Nuevo Testamento le da el nombre de “Esposa de Cristo”, “Esposa del Cordero”.

XIII- NO HAY QUE CONFUNDIR LA IGLESIA CON ISRAEL.

Cuando el pueblo judío rechazó a su Mesías, quedó en suspenso el pacto de Jehová con Israel. Innumerables profecías anunciaron esa ruina que Israel traería sobre sí por causa de su ceguera. Pero otras tantas anuncian también su Restauración. Durante el tiempo que transcurriría entre esta ruina y su restauración, tendría lugar la admisión de otro pueblo elegido por Dios.

Este misterio de la elección de un pueblo “que no era su pueblo”, encubierto desde el principio de las edades en Dios, fue sacado a luz ante los ojos de todos en la Iglesia de Cristo.

En ella el Espíritu Santo congrega en un cuerpo a todos los Hijos dispersos de Dios, y escoge de entre las naciones, tribus y lenguas “un pueblo sobre el cual Cristo escribirá el Nombre de Dios y Su Nombre Nuevo” (Hech.15, 14; Apoc.3, 12). Esta congregación empezó en el día de Pentecostés y terminará cuando “el número completo” de entre las naciones haya entrado.

Pues entonces Jesús tomará a Sí mismo Su Esposa.

Esto sucederá en la consumación de la presente edad y antes que sea purificada y restaurada Israel.

Las revelaciones del Nuevo Testamento no nos dejan en duda, pues, acerca del carácter, vocación y lugar propios que la Iglesia tiene en la presente edad: mientras el pueblo judío como tal anda disperso y perseguido por el mundo, la Iglesia reúne de entre las naciones un pueblo para el Nombre de Dios.

También nos enseñan con claridad que, para los tiempos de la Restauración de Israel la Iglesia-Esposa es llamada a sentarse sobre el Trono del Mesías-Rey para reinar con Él sobre las doce tribus de la casa de Jacob.

Todas las profecías acerca del pacto de Dios con Israel, y los tiempos y circunstancias de su realización, así como también los propios nombres, dones y promesas que la palabra de Dios otorga a cada cual, confirman sin lugar a dudas:

1°) que la Iglesia y no Israel es la escogida Esposa del Mesías-Rey;

2°) que la congregación de esta Esposa se realiza en la presente edad;

3°) que Israel no será restaurado ni recibirá el prometido Reino Mesiánico hasta que —terminada la congregación de la Esposa— Cristo la haya tomado a Sí mismo, para que —reunida en bodas— reine con Él.

XIV- AHORA ESTAMOS, PUES, EN EL AION DEL MISTERIO DE LA CONGREGACIÓN DE LA ESPOSA.

Dios tiene un plan de Redención. Este plan de Redención tiene su figura profética en el plan de la Creación. En seis días Dios creó el cielo y la tierra y todo lo que contienen; el séptimo día descansó festejando la obra de sus manos. En seis días (edades) Dios redimirá al mundo y el séptimo día descansará festejando la obra de la Redención.

Esta doctrina de las edades, muy antigua y… muy olvidada, tiene un sólido fundamento bíblico. San Pablo nos habla del Plan de las edades que la Sabiduría divina se había propuesto en Jesucristo, “el Rey de los aiones”.

La división de estas edades (aiones) está señalada en las Escrituras por acontecimientos de gran alcance.

Sin entrar en discusiones sobre las distintas divisiones que los padres ofrecen, podemos afirmar que ahora estamos en la edad cristiana o sea el aion del misterio de la Iglesia. Cristo mismo la llama “la última hora” del poder de las tinieblas.

En el sexto día fue creado el primer Adán, el terrenal; y Eva, su esposa, fue formada de una costilla tomada de él.

En la sexta edad nació Cristo, el Segundo Adán, el Celestial, y de su pecho abierto brotó el misterio de la Iglesia, a fin de que sean reunidos en un cuerpo todos los escogidos de entre las naciones, que han de formar la Esposa de Cristo, la segunda Eva, la celestial.

Cuando Eva estuvo formada y fue entregada a Adán, sólo entonces estuvo terminada la obra de la Creación. Así también, cuando el “pleuroma” haya entrado y la Iglesia-Esposa sea entregada a Cristo, llegará a su término la obra de la Redención del mundo, y tendrá efecto el pacto prometido a David y confirmado por el Ángel Gabriel a María: “y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre”.

Y el misterio de la manifestación de Cristo con su Esposa renovará la faz de la tierra.

En este paralelo hermoso, lleno de sabiduría escriturística, descansa la doctrina del Reino de los primero siglos, y no hay razón para hacer caso omiso de él. La división del plan de la Redención, prefigurado en las siete edades del plan de la Creación, orienta y guía el estudio bíblico, y arroja mucha luz sobre el lugar y vocación de la Iglesia, la Esposa del Segundo Adán-Cristo.

XV- LA IGLESIA HA DE REINAR SOBRE EL MUNDO, PERO NO EN LA PRESENTE EDAD.

Con la ruina de Israel que rechazó a Su Mesías-Rey, y la revelación del misterio de la Iglesia, se abrió una nueva fase en el plan de la Redención del mundo: la fase o edad de la congregación de la Esposa de Cristo.

Esta Esposa es la llamada a reinar con Cristo sobre el mundo, pero no durante el tiempo de su congregación. Pues hemos de distinguir muy bien entre la edad de la congregación de la Iglesia-Esposa, en la cual estamos ahora, y la edad de su triunfo que ha de venir todavía.

Cristo constituyó por eso, su pequeña grey galilea como una visible sociedad jerárquica, no para que conquiste al mundo, ni para que llegue a un dominio espiritual que abarque a todas las naciones, sino para que congregue Su Esposa, para que edifique Su Cuerpo.

Este Cuerpo-Esposa es de por sí, pues, una elección, una congregación de elegidos entresacados del mundo y apartados para Dios. Por eso San Pablo los llama: “los santos”.

La tarea de esta sociedad jerárquica es por consiguiente: anunciar la Buena Nueva, hacer conocer el misterio del Reino que aguarda a los que creen en Cristo, y reunir en un cuerpo a todos los que aceptan esta Bienaventurada Esperanza, rescatándolos del poder de las tinieblas por el renacimiento del Bautismo, para que —apartados del mundo y de sus concupiscencias— vivan de Cristo y crezcan en Él.

El discípulo no es mejor que su Maestro, ni la Esposa mejor que su Esposo. Todos los que creen en Cristo padecerán persecución y, pagando el mal con el bien, han de llevar el sello de Cristo que es la caridad, y el sello del mundo que es el aborrecimiento y la persecución.

Como ciudadanos de una patria mejor peregrinan atribulados por un mundo que yace en el maligno y anhelan la vuelta de Cristo, a fin de que lleguen los tiempos de la Restauración de todas las cosas.

Entonces, terminada su congregación, la Iglesia —reunida en Bodas con Cristo— será manifestada junto con Él y desde su Trono reinará en gloria sobre el mundo, que habrá venido a ser de nuestro Señor y de Su Cristo.

XVI- EN LA PRESENTE EDAD LA IGLESIA HA DE SER ATRIBULADA Y ACRISOLADA POR SATANÁS, “EL DIOS DE ESTE SIGLO”.

Lejos de ser “aquella que ha de reinar ahora”, la Iglesia tendrá que soportar hasta la consumación de la presente edad el creciente furor de la antigua serpiente, Satanás, su gran enemigo.

Desde el momento en que el delito de los judíos vino a ser la riqueza de los gentiles, hemos entrado en la edad de la congregación de la Esposa, en la “última hora”, en la cual el “dios de este siglo” y gran antagonista de la obra de Dios, descarga todo el poder de las tinieblas contra la visible sociedad jerárquica, constituida por Cristo para congregar Su Esposa, “bajo cuyos pies Satanás ha de ser quebrantado en breve” (Rom.16, 20).

Él trata de impedir su obra desde afuera y paralizarla desde dentro, y cultiva con infernal astucia el misterio de iniquidad, que (según las claras enseñanzas de las Escrituras) ha de culminar en la gran apostasía y la aparición del Anticristo, “cuya venida será según la operación de Satanás”.

Decir que el mundo, por medio de la obra evangelizadora de la Iglesia, mejorará poco a poco hasta que sea enteramente cristiano, está en franca contradicción con la palabra de Dios. Pues Jesús nos enseña que entre los convidados a las Bodas hay muchos sembrados junto al camino, muchos en pedregales, muchos entre espinas; sólo una pequeña parte constituye los sembrados en buena tierra.

Con la parábola de la cizaña, que el enemigo siembra entre el trigo mientras los hombres duermen, Jesús nos avisa contra la temprana y continuada actividad del diablo entre los cristianos. Y hasta qué punto su infernal astucia llegará a fermentar la masa cristiana con la mala doctrina y las malas costumbres de los hijos del maligno, se desprende con claridad de la parábola de la levadura.

La Iglesia será, pues, acrisolada por la iniquidad que obra en el mundo, y que se infiltra y crece entre los cristianos, hasta que lleguen aquellos tiempos peligrosos que el mismo Jesús, Pedro, Pablo y Juan anuncian con tanta insistencia. Surgirán muchos malos maestros y falsos profetas, que se burlarán de la promesa de la Venida del Señor y entre los cuales la mala doctrina cundirá como gangrena.

Y esta obra de iniquidad culminará en la gran apostasía.

Así que en la presente edad no triunfará el espíritu del Evangelio mediante la labor de la Iglesia, sino el misterio de apostasía mediante la obra del Inicuo, que se manifestará en el reinado del Anticristo.

XVII- SIN EMBARGO SATANÁS NO PREVALECERÁ.

Aunque las Escrituras nos avisan que este misterio de iniquidad ha de llegar a su colmo con la apostasía y la venida del Anticristo, de esto no se sigue que la Iglesia sea vencida por Satanás.

Pues en el desarrollo de la obra del inicuo, las mismas Escrituras distinguen con claridad dos fases:

Una primera fase, durante la cual el misterio de iniquidad va obrando pero no puede llegar a su colmo; pues es detenido por el Espíritu Santo que no sólo une los miembros vivos del Cuerpo místico con Su Cabeza Cristo, sino que también impide con Su Presencia y Divina Asistencia, que los poderes del infierno prevalezcan contra la sociedad jerárquica, fundada por Cristo sobre Pedro para congregar Su Esposa.

Y una segunda fase, en la cual el misterio de iniquidad llegará a su colmo con la apostasía general y la aparición del Anticristo, pero que sólo podrá iniciarse después que el número completo de los elegidos haya entrado y la Iglesia-Esposa haya sido arrebatada al encuentro de Cristo en los aires. Porque con el arrebato de la Iglesia-Esposa será “quitado de en medio” también el Espíritu Santo que “ahora detiene la obra de Satanás”, y entonces, y sólo entonces llegará a su colmo el misterio de iniquidad, y “vendrá la apostasía y será revelado el hombre de iniquidad, el hijo de perdición”.

XVIII- RESURRECCIÓN PRIMERA; TRANSFORMACIÓN; ARREBATO.

El arrebato de la Iglesia, que se realiza cuando Satanás es derribado del cielo a la tierra, abarca la resurrección de los que durmieron en Jesús, la transformación de los fieles vivientes que le estén esperando, y el recogimiento de todos al encuentro del Señor descendido en los aires para recibir a su Esposa.

En cuanto al orden de la resurrección, San Pablo —que ve a la Iglesia ya resucitada en Cristo— dice que los que en ella son arrebatados constituyen la primera fila de la resurrección: “Cristo las primicias” (I Cor.15, 23; Véase Apoc.14, 4).

En este mismo momento, o por lo menos en el tiempo que transcurre entre el arrebato de la Iglesia y la destrucción del anticristo, hemos de localizar también “la resurrección de los que son de Cristo en su Venida”, es decir, la segunda fila de los resucitados. A esta segunda fila pertenecen, sin lugar a dudas, todos los justos del Antiguo Testamento que murieron en la esperanza de la promesa sin haber obtenido su cumplimiento y que “recibiendo una patria mejor”, serán convidados a las Bodas de Cristo con Su Esposa.

Puntualizamos finalmente, que el arrebato de la Iglesia marca el fin de la primera y el comienzo de la segunda fase del desarrollo de la obra de Satanás. Así se cumplirá al pie de la letra la promesa de Cristo a sus Apóstoles y legítimos sucesores: “estaré con vosotros hasta la consumación del siglo”, es decir, hasta la consumación del “aion” de la congregación de la Esposa de Cristo.

XIX- ESTAS AFIRMACIONES BÍBLICAS DESTRUYEN LA ARGUMENTACIÓN PROTESTANTE.

Mucho yerran los protestantes cuando, mediante una hábil combinación de los textos referentes al misterio de iniquidad, tratan de construir una argumentación aparentemente bíblica para probar que Roma sería la ramera apóstata y el Papa el anticristo.

Frente a ellos no tenemos ninguna necesidad de negar los muchos escándalos que había, hay y habrá entre nosotros a causa de la temprana y continuada actividad de Satanás que, según el aviso del mismo Jesús, siembra y cultiva con infernal astucia la cizaña (hijos del maligno) entre el trigo (hijos del reino). Pero según el mandato de Jesús hemos de inclinarnos con humildad y corazón contrito frente a este misterio que nos acrisola, purificando nuestra fe en Aquél que no mintió cuando dijo que los poderes del infierno no prevalecerán contra nosotros y prometió estar con su Iglesia jerárquica hasta la consumación de la presente edad.

Y será entonces que Él mismo —según su promesa— enviará a sus ángeles para separar la cizaña del trigo, para apartar a los malos de los justos; y mientras éstos sean juzgados dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos resplandeciendo como el sol en el reino de su Padres, aquellos —que sirven de tropiezo y hacen iniquidad— serán echados en el horno del fuego.

Además, un atento examen de los textos bíblicos, que se refieren al misterio de la Gran Ramera y a la manifestación del Anticristo, prueba que la Iglesia de Roma no puede ser la gran Ramera, ni el Papado el Anticristo. Pues en el misterio de la Ramera (que está sentada sobre siete montes, vestida de púrpura y escarlata, y fornica con todos los reyes de la tierra, diciendo que ella es la reina) y en la manifestación del Anticristo (que con su reinado apóstata se opone y levanta contra todo lo que es llamado Dios, sentándose en el Santuario como si fuese él Dios), se consuma el misterio de la iniquidad, luego que por el arrebato de la Iglesia-Esposa es quitado de en medio el Espíritu Santo que, justamente por Su divina presencia y asistencia, sella la Iglesia como instrumento de congregación, impidiendo que Satanás prevalezca contra ella.

Frente a estas claras enseñanzas bíblicas, no sólo la argumentación protestante sino también el protestantismo mismo pierde su razón de ser, y su actitud separatista se manifiesta como francamente antibíblica, reduciéndose a un escándalo más, que prueba la infernal astucia con que Satanás, presentándose como un ángel de luz, acrisola la cristiandad.

XX- LOS ACONTECIMIENTOS QUE CONSUMAN LA PRESENTE EDAD.

La consumación del siglo es el tiempo de la siega; la separación del trigo de la cizaña.

Con el arrebato de la Esposa es “quitado de en medio” el Espíritu Santo y todo lo que le pertenece; y Satanás, no siendo ya detenido, obtiene un momentáneo, pero gigantesco triunfo en la tierra: ésta es la segunda fase en el desarrollo del misterio de iniquidad.

Este es el tiempo del que se dice: “¡Ay de la tierra y del mar! porque el diablo bajó a vosotros lleno de furor sabiendo que le queda muy poco tiempo” (Apoc. 12, 12); éste es el tiempo de la gran tribulación; la cual se desencadena tanto sobre las naciones (el mar) como sobre el pueblo judío (la tierra).

Las Escrituras localizan en este tiempo los siguientes acontecimientos: 1°) la aparición de la Ramera; 2°) la manifestación del Anticristo y 3°) el día de la angustia de Jacob; acontecimientos que consumarán la presente edad y tendrán lugar en el tiempo que transcurre entre el arrebato y la revelación de la Iglesia.

La aparición de la Ramera sobre la Bestia.

Satanás desde la caída de Adán vino a ser el príncipe del mundo, al cual él organiza según un sistema basado en la concupiscencia de la carne y de los ojos, y de la soberbia de vida.

Y a través de los siglos, en su afán de paralizar la obra de Dios, ha procurado hacer fornicar al pueblo escogido (primero al pueblo judío y después a la Iglesia) con su imperio (simbolizado en la Biblia por Babilonia), sembrando cizaña entre el trigo.

La consumación de esta fornicación, que él ha de conseguir al fin del presente siglo, está representada en el Apocalipsis por la figura de la Ramera sentada sobre la bestia.

Mientras que la bestia representa el misterio de Babilonia en la última manifestación de su poder político, la Ramera es aquella pseudo-jerarquía que, después del arrebato de la Iglesia, usurpará el poder eclesiástico y, fornicando con los reyes de la tierra o sea sentada sobre la bestia, conducirá a la cristiandad nominal a la gran apostasía que anuncia San Pablo.

Negamos que esta Ramera sea una Roma pagana antigua o futura. Negamos también que sea la jerarquía católica-romana, pues cuando acontezca este misterio, la congregación de la Esposa de Cristo habrá llegado a su término y la Iglesia estará ya arrebatada. Afirmamos que la Ramera es la consumación de aquel misterio de fornicación inicua, que ya va obrando entre los cristianos desde el principio, pero que recién entonces —quitado de en medio el Espíritu Santo— podrá llegar a su colmo.

la Manifestación del Anticristo.

Por su fornicación con los reyes de la tierra, la Ramera conducirá a la cristiandad nominal a la apostasía, preparando así el camino para la aparición del Anticristo.

Los mismos reyes (la bestia sobre la cual está sentada la mujer) causarán la caída y ruina de esta Babilonia-eclesiástica, la pseudo-jerarquía romana. Y entonces “surgirá del abismo el octavo rey y bestia” a quien los reyes de la Babilonia política en su última manifestación entregarán sus fuerzas y su poder. Así el Inicuo se apoderará de la última y universal monarquía apóstata y dominará al mundo por tres años y medio, levantándose contra todo lo que se llama Dios o se adora, hasta sentarse en el Lugar Santo, proclamando de sí mismo que es Dios.

Él hará decapitar a todos los fieles que no fueron arrebatados, pero que mantienen el testimonio de Jesús y no quieren adorar la bestia, ni recibir su marca.

He aquí la horrorosa consumación de aquel misterio, que ya en los tiempos apostólicos se manifestaba entre los cristianos como el espíritu apóstata de los que antes estaban en la fe y luego negaban la pasada y (o) futura Venida de Cristo en carne; y que, después de arrebatada la Iglesia y destruida la Ramera, se manifestará en toda su desnudez y podredumbre en el reinado apóstata de aquel inicuo cuyo número es 666, y que representa la recapitulación de toda la maldad e iniquidad de todos los siglos.

El día de la angustia de Jacob.

Luego de arrebatada la Iglesia, mientras los tiempos de los gentiles corran a su fin y se vayan consumando entre ellos el misterio de la Ramera y del Inicuo, Jehová reiniciará su plan para con la casa de Jacob, los judíos que, vueltos a su país en incredulidad, pasarán por la prueba que Dios descargará sobre ellos, en aquel día de angustia y limpieza. Mientras los impíos perezcan, será salvado el “residuo fiel” que, acrisolado en la prueba, clamará a Jehová. Y Él lo oirá. Conducido al desierto será preparado para recibir a su Mesías.

En aquellos días aparecerá Elías (posiblemente uno de los dos testigos llenos de vida y potencia) mandado por Dios para sostener a los piadosos e impedir que caigan en las seducciones obradas por Satanás mediante la bestia y el falso profeta. “El volverá el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres”, y “Jehová derramará espíritu de gracia y oración” sobre las reliquias de su pueblo.

XXI- LA REVELACIÓN Y TRIUNFO DE LA IGLESIA EN EL DÍA DEL SEÑOR.

Llegado el Anticristo al colmo de su poder, decapitados los fieles que guardaban el testimonio de Jesús, limpiada la casa de Jacob y preparado el residuo fiel del pueblo judío para recibir a su Mesías-Rey, entonces vendrá el gran día del Señor, “día de la revelación de los hijos de Dios”, que marca el fin de la presente edad y el comienzo de la futura, la séptima: la edad del Reino Mesiánico, el tiempo de la Parusía y del grandioso triunfo de Cristo con Su Iglesia.

Será entonces que, acompañado de todos sus santos, se manifestará Jesús como Rey de reyes y Señor de señores, para trabar batalla y destruir al Anticristo y todos sus secuaces.

Advertimos que para tener una visión clara es de suma importancia la distinción entre el momento del arrebato y de la revelación de la Iglesia, fijada por las mismas Escrituras; pues, al no distinguir entre estos dos supremos momentos se cae en grandísimas confusiones y es imposible entender y armonizar los acontecimientos escatológicos.

En el recogimiento la Iglesia es sacada del mundo y guardada contra el poder de Satanás que con tanta fuerza, desencadena su furor que llega a realizar el universal reinado apóstata del Anticristo. En la revelación la Iglesia es manifestada al mundo en el glorioso triunfo que Cristo le prepara por la destrucción del Anticristo y la encadenación de Satanás.

Esta manifestación de Cristo con Su Esposa triunfando sobre las fuerzas del mal, renovará la faz de la tierra, pues entonces las criaturas todas serán libertadas de la servidumbre de corrupción, para participar de la libertad y de la gloria de los hijos de Dios (Rom.8, 21).

Entonces Cristo recogerá también en la Jerusalén celestial a los que fueron decapitados durante la gran tribulación. Será éste el cumplimiento y rebusco de la cosecha de la resurrección primera.

Y se iniciará el glorioso Reino Mesiánico. Y el “Vástago Justo”, el “Nuevo Adán”, “Cristo con Su Esposa”, reinará sobre el residuo fiel de las doce tribus de Jacob que, restauradas y reunidas en una nación, recibirán la herencia prometida.

XXII- LAS DOS JERUSALENES.

El milenarismo, aun el mitigado, coloca a Cristo con sus santos resucitados en la Jerusalén terrenal, reedificadas para los tiempos del Reino, entremezclándolos con los viadores que habrán de vivir allí.

En esta visión no solamente surge el peligro de interpretaciones carnales, sino que además se pierde por completo el lugar y el carácter de la Iglesia, Esposa de Cristo Rey.

Estos dos puntos confusos son la causa de la reacción contraria que llega hasta el rechazo de la doctrina del Reino. Este rechazo, aunque comprensible, no se justifica, pues lo cuerdo es buscar solución a estos dos puntos, sin rechazar de plano la doctrina del Reino que tiene una base bíblica indestructible.

En efecto, un atento examen de las profecías nos enseña a distinguir claramente entre el misterio de la Jerusalén celestial, manifestada en gloria sobre el Monte Sión, y la Jerusalén terrenal reedificada, capital y centro de la patria de las doce tribus del pueblo judío, reunidas en una nación. Además enseñan las Escrituras cómo la Jerusalén celestial es el misterio de Cristo con Su Esposa, y la “patria mejor” de todos los justos del Antiguo Testamento que murieron en la fe sin recibir la herencia terrenal prometida.

XXIII- EL MISTERIO DE LA JERUSALEN CELESTIAL.

El Reino Mesiánico o sea el tiempo de la Parusía no implica sólo la Venida de Cristo con sus santos a la tierra, sino la Presencia del Mesías-Rey con su Esposa-Reina, manifestados al mundo en gloria sobre el Monte Sión en la Revelación del misterio de la Jerusalén celestial.

Esta es nuestra verdadera patria, la ciudad que está porvenir; ciudad cuyo arquitecto y fundador es el mismo Dios, y de la cual —habiendo sido renacidos por el agua y el Espíritu Santo— somos ya ciudadanos en el misterio de la fe y de la esperanza. Ciudad que nos aguarda como nuestra herencia celestial para los días de las Bodas del Cordero. Pues entonces Cristo escribirá sobre Su Iglesia el Nombre de Su Padre y Su propio Nombre Nuevo, el de la Jerusalén celestial.

La manifestación de esta Jerusalén celestial sobre el Monte Sión “en el día de la Revelación del Señor Jesús desde el cielo”, en aquel día en que también nosotros seremos manifestados en gloria con Él, y nos sentaremos sobre Su Trono para juzgar a las doce tribus de Israel y dar efecto al glorioso Reino Mesiánico —cuyo imperio irá extendiéndose hasta los confines del mundo renovado, abarcando a todas las naciones— es el magnífico triunfo que aguarda a la Iglesia, Esposa del Mesías-Rey. Este es su verdadero destino y para esto hemos sido hechos un Reino y Sacerdocio, un templo vivo del Dios vivo.

XXIV- LOS CONVIDADOS A LAS BODAS DEL CORDERO.

Según nos enseña San Pablo en su carta a los Hebreos, los justos del Antiguo Testamento, que murieron en la fe sin alcanzar la promesa y que por eso serán juzgados dignos de la resurrección de entre los muertos, participarán en la maravilla de la Jerusalén celestial: Cristo con su Esposa. Pues Dios en su infinita misericordia les tenía preparada una patria mejor, una herencia celestial.

Mientras la Iglesia se sienta a la Mesa como la muy-amada Esposa del Cordero, ellos, los Amigos del Esposo, se sentarán como convidados a este Banquete nupcial. Mientras la Iglesia como Reina se sienta en el Trono del Mesías-Rey, a ellos les será dado el estar alrededor del Trono. De modo que estos justos no llegarán a la perfección sino mediante nosotros; pero recibirán así la compensación de una herencia mejor de la que aguardaron.

XXV- LA GLORIA DE LA JERUSALEN TERRENAL.

Cuando el Reino de este mundo haya venido a ser de Cristo y de sus santos, y el “Vástago Justo reine desde el Monte Sión” el Señor dará efecto a la Restauración de Israel, cuyo residuo fiel entrará en posesión de toda la extensión de la tierra prometida. La Jerusalén terrenal será reedificada, y será puesta en alabanza por todas las naciones, y será llamada “ciudad de la Verdad”. Grande será su gloria, pues por encima de ella resplandecerá la Luz de la Jerusalén celestial, la Ciudad Santa, encubierta en una nube durante el día, y esplendorosa en la noche como una flama ardiente.

Todos los habitantes del país vendrán a adorar a Su Rey, y todas las naciones afluirán a Jerusalén para celebrar la fiesta de los Tabernáculos según la Ley que saldrá de Sión.

ADVERTENCIA FINAL

Basándonos en muchos textos bíblicos hemos fijado la clara distinción entre la Jerusalén celestial, sede y trono del Reino de Cristo con su Iglesia, y la Jerusalén terrenal reedificada y ensalzada bajo el Reinado del Vástago justo; hemos también indicado con precisión el lugar y misión propios de la Iglesia, como asimismo la participación de los justos del Antiguo Testamento en la herencia celestial que nos aguarda.

Corregidos y esclarecidos así los puntos confusos que dividen a milenaristas y no-milenaristas, creemos haber encontrado la solución del problema central de la escatología.

Huelga decir que la solución que proponemos no sólo se ajusta perfectamente a la medida disciplinaria del Santo Oficio, sino que también prueba la exactitud bíblica de tal medida.

Nada añadiremos acerca del fin de este glorioso Reino que Cristo con Su Esposa ha de desarrollar durante mil años, es decir, largo tiempo, desde la Jerusalén celestial sobre las doce tribus de Israel reunidas en una Nación, cuya capital será la Jerusalén terrenal reedificada; reino que irá extendiéndose en el mundo entero abarcando a todas las naciones.

Tampoco añadiremos nada acerca de la perpetuación de este reino, después del juicio final, en el día Octavo: principio de una nueva serie de edades sin fin, cosa que tan magníficamente exponen los Padres de los primeros siglos y especialmente el gran San Ireneo (Véase Cap. VI Art. 1° Ns 11 y 12 pág. 30). Pues estos son puntos que no atañen directamente a la presente discusión.

FINALIZADO ASI NUESTRO ESTUDIO, QUIERA DIOS QUE SIRVA DE BASE PARA LLEGAR AL TAN ANSIADO ACUERDO EN LA PENOSA DISCUSIÓN ESCATOLOGICA, ABRIÉNDOSE EL CAMINO PARA UNA FECUNDA PREDICACIÓN DE NUESTRA BIENAVENTURADA ESPERANZA.