DOM COLUMBA MARMION – La Trinidad en nuestra vida espiritual – XVI – SÉ NUESTRA SABIDURÍA…

DOM COLUMBA MARMION

La Trinidad en nuestra vida espiritual

XVI – SÉ NUESTRA SABIDURÍA…

Jesucristo es no sólo el modelo, es también la fuente de la santidad, pues nos comunica su sabiduría, su justicia, su santidad y su redención.

Estas cuatro palabras están tomadas por Dom Marmion en San Pablo (I Cor. I, 30) y las cita en el mismo orden que tienen en el Apóstol.

Para captar bien su sentido y comprender la predilección particular de Dom Marmion a este texto, tantas veces traído en sus obras, es necesario precisar la ocasión en que San Pablo escribió la epístola primera a los Corintios y reproducir la cita textualmente.

Los Corintios se formaban un concepto exagerado de la sabiduría humana rebajando la verdad eterna y divina. A esta sabiduría del mundo opone San Pablo la sabiduría de Dios, que salva a los hombres con la predicación de Jesucristo crucificado.

El conocimiento de nuestra incorporación a Cristo, obrada por la Cruz, no es otra que la ciencia de Dios, la ciencia que reemplaza a toda humana sabiduría.

«Ha escogido Dios lo que es necedad a los ojos del mundo, para confundir a los sabios; Dios ha escogido a los flacos del mundo para confundir a los fuertes, y a aquellas cosas que no eran nada, para destruir las que son, a fin de que ningún mortal se jacte ante su acatamiento. Y por este proceder de Dios existís vosotros en Cristo Jesús, el cual fue constituido por Dios para nosotros la fuente de sabiduría y justicia y santificación y redención nuestra, a fin de que como está escrito, el que se gloria se gloríe en el Señor.»

En la cita de San Pablo hace hincapié el Padre Marmion en la palabra «nobis», es decir, para nosotros Jesucristo se ha hecho sabiduría… es nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación, nuestra redención.

Esto en cuanto Dios, en virtud de nuestra incorporación a Cristo, por la estrecha y sublime solidaridad que el mismo Dios Padre ha querido entablar entre su Hijo y nosotros; solidaridad que hace nuestros los méritos y riquezas de Cristo.

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NUESTRA SABIDURÍA

Pone San Pablo primero la sabiduría porque es el tema principal de esta parte de la carta a los Corintios.

1. Sabiduría del mundo y sabiduría de Dios

La sabiduría del siglo, la sabiduría puramente humana, quiere regirse siempre por sí misma, obrar siempre y en todas las cosas sin aconsejarse más que con las luces de la razón humana; pretende arreglar la vida a su talante; le da en rostro todo lo que contraría a sus miras y errados conceptos que se forma de la perfección.

Pero ¿qué es la «sabiduría humana» a los ojos de Dios?» «Necedad», responde San Pablo escribiendo a los Corintios (I Cor. 3, 19). Respecto a las leyes de la vida sobrenatural, la sabiduría del siglo, la «prudencia de la carne», como la llama también el Apóstol, es sólo yerro y vanidad.

La sabiduría humana no ha comprendido que a Dios le plugo rescatar al mundo, no con la riqueza ni las hazañas deslumbradoras, ni con el prestigio de la ciencia o de la elocuencia; sino revistiendo la debilidad de nuestra naturaleza y viviendo en la pobreza y en la oscuridad; la sabiduría de este inundo no ha comprendido que Dios ha colocado debajo del celemín, durante treinta años, a la santa humanidad de Jesús, inefable plenitud de todas las perfecciones; no ha comprendido que Jesucristo tenía que morir con una muerte sangrienta en un ignominioso madero. La cruz es para ella «una locura o un escándalo»; pero Dios se complace en confundir, habla otra vez a San Pablo, esta sabiduría humana con la «locura» de sus impenetrables designios.

Cuando queramos juzgar, por tanto, el valor absoluto de una cosa o de un acto, coloquémonos en el plano de Dios. Sólo Dios es la verdad y la verdad es la luz con la que Dios, la eterna sabiduría, contempla todas las cosas; las cosas valen lo que Dios las estima. Criterio es éste infalible para juzgar rectamente; si prescindimos de él estamos expuestos a error.

Es una verdad conocida de todos que nuestra santidad pertenece al orden sobrenatural, es decir, es algo superior a los derechos, exigencias y fuerzas de nuestra naturaleza. Pues bien, todo cuanto dice relación a este orden sobrenatural, del que sólo Dios es su autor, sobrepasa, por su trascendencia, todos nuestros humanos conceptos. «Ni los pensamientos ni los caminos de Dios son los nuestros, nos dice el Señor: non enim cogitationes meæ, cogitationes vestræ; neque viæ vestræ viæ meæ; entre nuestros caminos y los caminos de Dios hay un infinito: sicut exaltantur cœli a terra. He aquí por qué tenemos que ver, como las ve Dios, las cosas del dominio sobrenatural para comprender la verdad.

Dios es tan magnífico, que Él mismo quiere ser nuestra luz: en el Cielo, la santidad consistirá en contemplar la luz infinita y beber en su resplandor el agua de vida y el agua de alegría: in lumine tuo videbimus lumen.

Acá en la tierra esa luz nos es inaccesible por su claridad; nuestros ojos son demasiado débiles para soportar sus rayos. Sin embargo necesitamos esa luz para conseguir el fin. ¿Quién será nuestra luz?

Jesucristo. «Yo soy la verdad.» Él solo es capaz de revelarnos los esplendores. Es Dios salido de Dios y luz procedente de la luz, Deus de Deo, lumen de lumine. Por ser verdadero Dios, es la luz misma, sin tinieblas ni sombras: Deus lux est, et tenebræ in eo non sunt ullæ; esta luz bajó a nuestros valles tamizando con el velo de la humanidad el resplandor fortísimo de sus rayos. Por débiles que sean, nuestros ojos podrán contemplar esta luz divina que se oculta y a la vez se deja ver bajo la debilidad de un cuerpo pasible: Illuxit in cordibus nostris… in facie Christi Jesu; alumbrará a todo hombre que nace en el mundo: lux vera quæ illuminat omnem hominem (Jesucristo en sus misterios, cap; XXI, 3).

Mediante el Verbo podemos oír las palabras del Cielo que Él solo conoce, porque Él solo vive en el seno del Padre; siendo uno con el Padre nos manifiesta lo que el Padre le ha dicho, por eso las palabras de Jesús, enviado por el Padre, son las palabras del mismo Dios: quem enim misit Deus, verba Dei loquitur. Palabras del único Verbo y son palabras múltiples, como lo son las palabras de los hombres que las expresan, como son múltiples las generaciones que las oyen para vivir de ellas.

Son palabras de vida eterna estas palabras de Dios: Tú tienes palabras de vida eterna. Nos lo dice Nuestro Señor: «Padre, la vida eterna consiste en conocerte a ti, Dios único, y en conocer al que has enviado.» Las palabras de Jesús, Verbo hecho carne, nos revelan a Dios, su naturaleza, su ser, sus perfecciones, su amor, sus derechos, su querer.

Por ser las palabras del Verbo, de la Sabiduría, permiten al alma entrar en la claridad del cielo y nos transportan a los esplendores de la santidad, la morada de Dios. (Jesucristo ideal del monje, cap. XVI § IV y V).

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2. Eterna sabiduría, Jesucristo se convierte en nuestra sabiduría por la fe en sus palabras

Jesucristo, luz del mundo, predicaba: «El que me sigue no anda en las tinieblas, sino que llega a la luz de la vida.»

Pues bien, ¿qué tenemos que hacer para caminar en la luz? Escuchar con fe las palabras de Jesús, y aceptarlas: Sí, Señor, creo, porque tú lo dices; estás siempre en el seno del Padre; ves y conoces los secretos divinos en los resplandores de la luz eterna; creemos lo que nos revelas.

Para nosotros, la fe es esta lámpara luminosa que luce en las tinieblas para servirnos de guía. Lucerna lucens in caliginoso loco (Jesucristo en sus misterios, cap, XXI, 6).

La fe nos introduce en esta esfera sobrenatural, colocada fuera de la órbita que alcanza la vista del mundo; «vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.» Es la vida verdadera, porque no acaba, como acaba la vida natural con la muerte; por el contrario, en la bienaventuranza se abre la vida verdadera, se abre sin visos de acabar nunca.

El mundo ni ve ni quiere ver ni conocer para el individuo y para la sociedad más que la vida natural; no estima sino lo que aparece al exterior, lo que deslumbra, lo que triunfa a los ojos de los hombres; todas las cosas las mira a través de un prisma humano; valora únicamente el esfuerzo físico y lo que es natural; así piensa y así obra. Desprecia y desestima sistemáticamente la vida supraterrena, tiene el sarcasmo para todo lo que es superior a la razón.

En efecto, los pensamientos humanos dan frutos humanos, y humanos y naturales son los efectos en que termina todo esfuerzo humano.

«Lo que ha nacido de la carne, es carne», dice San Juan, y lo que es resultado natural a los ojos de Dios no tiene valor, «porque la carne no aprovecha: caro non prodest quidquam«. El hombre sin la fe, sin la gracia puede llegar, a fuerza de energía, de voluntad, de perseverancia, a una cierta perfección natural; puede ser bueno, íntegro, leal, justiciero, pero todas estas cualidades son virtudes meramente naturales, que, por lo demás, se quedan en su ser natural, deficientes de alguna manera. Entre la perfección moral natural y la vida sobrenatural, entre la perfección moral y la bienaventuranza eterna media un abismo. Y el mundo, sin embargo, se contenta y satisface de esta perfección y vida natural.

De un vuelo la fe se remonta más arriba y traslada al alma por encima de todo el universo visible para conducirla hasta Dios. La fe, que nos «hace nacer de Dios» y nos hace hijos de Dios por Jesucristo, también nos hace vencedores del mundo.

Qué admirable expresión, llena de doctrina, esta frase de San Juan: «Lo que ha nacido de Dios triunfa del mundo… ¿Quién es vencedor del mundo sino el que cree que Jesucristo es Hijo de Dios?» (Jesucristo ideal del monje, cap; V, 3).

Nuestra conducta debe ajustarse a las palabras de Jesucristo y a las máximas del Evangelio, mirarlo todo desde el prisma de estas enseñanzas del Verbo Encarnado. Nos dice, v. gr., nuestro Divino Maestro que «los bienaventurados que poseen su reino son los pobres de Espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los pacíficos y los que sufren por la justicia» y hemos de creerlo, unirnos a Él por la fe, depositar a sus pies, como un homenaje, el asentimiento de nuestro entendimiento a estas palabras; tenemos que esforzarnos en ser humildes, mansos, misericordiosos, castos, pacíficos con todos, y soportar las contradicciones con paciencia y confianza (Jesucristo en sus misterios, cap. XXI, 5).

Porque escuchar a Jesucristo, no es sólo prestarle oídos, también el corazón tiene que oírle: nuestra fe tiene que traducirse en obras, debe ser práctica, debemos convertirnos en discípulos aprovechados de Jesús, conformarnos al espíritu del Evangelio; esto lo llama San Pablo «agradar a Dios, placere Deo«, expresión que la Iglesia la ha hecho suya, cuando pide a Dios para nosotros diciéndole que nos haga hijos dignos de nuestro Padre celestial.

Esta conducta ha de ser práctica a despecho de todas las tentaciones, las pruebas y los sufrimientos que nos sobrevengan. No demos oídos al demonio, que sus sugestiones vienen de un príncipe de tinieblas; no nos dejemos arrastrar por las máximas del mundo, que son engañosas (Jesucristo en sus misterios, cap. XV, § III).

Si vivimos así, en la fe, el espíritu de Jesucristo penetrará poco a poco en nuestra alma guiándole en todo, dirigiendo su actividad según el Evangelio.

Desechando el alma las luces meramente naturales del propio juicio, lo ve todo alumbrado por el Verbo: erit tibi Dominus in lucem. Como vive en la verdad progresa incesantemente en el camino del bien; unida a la verdad vive de su Espíritu: piensa, siente y aspira como piensa, y siente y aspira Jesús y nada hace que no esté plenamente concorde en el querer de Jesús. ¿No consiste en esto la verdadera santidad?

Exclamemos llenos de fe con San Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? tú solo tienes palabras de vida eterna: Verba vitæ æternæ habes. Estamos en la firme persuasión de que eres el Verbo Divino, venido a la tierra para enseñarnos; que eres verdaderamente Dios y hablas a las almas, pues «en los últimos tiempos nos ha hablado por su hijo; novissime locutus est nobis in Filio«. Creemos en ti, oh Jesús, aceptamos, lo que nos manifiestas de los derechos divinos, y porque recibimos tus palabras nos entregamos a ti para vivir de tu Evangelio. Llévanos luz indefectible, pues en Ti hemos puesto nuestra esperanza; no nos rechaces; venimos a Ti para ir al Padre. Has dicho: «Al que viene a mi no lo desecharé» (Jesucristo ideal del monje, cap. II, 1, 2).

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3. Bendiciones con que llena Dios al alma que se entrega a su Sabiduría

Difícilmente se podrá decir con qué dominio obra Dios en el alma que se entrega por completo a la dirección de su Sabiduría, y los pasos agigantados que da hacia la santidad. Dios la conduce por caminos seguros a la cumbre de la perfección.

A las veces, por cierto, esos caminos podrá parecer que van en contra de los fines propuestos, pero dice la Escritura «la Sabiduría toca los términos fijados, llevando todo con fortaleza y con dulzura: Sapientia attingit ergo a fine usque ad finem fortiter, et disponit omnia suaviter.

Decía Jesús a su fiel sierva Santa Gertrudis, que «todo tiene su hora en las adorables decisiones de mi previsora Sabiduría.» Así obra Dios y cuando todo parece perdido, se hace presente y viene a ayudarnos.

«La Sabiduría conduce al justo por caminos rectos», «le enseña su reino, le da la ciencia de los santos, le llena de gloria en sus trabajos y corona sus obras».

Por vías rectas. Son rectos los caminos de Dios, aunque parecen muy torcidos a los ojos de los mortales.

¿Acaso no es Dios la infinita Sabiduría y el infinito Poder, a los que nada puede detenerlos? «Delante de mí todo es igual, decía a Santa Catalina de Sena, pues mi brazo a todo llega. Tan fácil me es crear a un ángel como a una hormiguita; está escrito de mí que he hecho cuanto he querido… ¿Por qué te inquietas del cómo? ¿Piensas que no sé o que no puedo yo hallar la manera de llevar a cabo mis designios y mis decretos?

Confiemos, pues, en Dios; las almas que se dejan llevar por Dios, como los niños, no se extravían.

Ostendit illi regnum Dei. ¡Oh, cuántas almas hay en el mundo que no han comprendido nunca lo que es el reino de Dios! Se han hecho un reino a su modo; pero tiene que ser Dios el que nos «enseñe su reino»; Dios es el arquitecto de nuestro edificio espiritual.

¿Qué es el reino de Dios? La unión perfecta con Dios en nuestro corazón: Regnum Dei intra vos est, el reino de Dios está dentro de vosotros; concretamente el reino de Dios son las mismas almas, en las que Dios es el dueño absoluto.

Creedme, si pudiésemos abrazarnos completamente con la voluntad de Dios, entonces Nuestro Señor se encargaría de unirnos a Él, a pesar de nuestras miserias, a pesar de las ocupaciones que nos absorban y que creemos ser distracciones y obstáculos.

Dedit illi scientiam sanctorum. ¿Cuál es la ciencia de los santos, que Dios da al alma que Él guía? El conocimiento de la verdad de las cosas. Todo hombre es mentiroso, dice el Salmo.

Cuando él mismo se guía por la sabiduría de este mundo, por las miras humanas, se extravía por dejarse llevar de falsas doctrinas, que tanto cunden por este mundo de tinieblas.

Pero cuando uno se entrega a Dios, Dios le alumbra, porque Dios es la verdad y la luz, y el alma comprende la verdad sobre las cosas de Dios, de sí propia y del mundo; poco a poco va descubriendo todas las cosas como las contempla la Sabiduría eterna; poco a poco se va posesionando de esta ciencia, la única verdadera, porque sola ella nos conduce a nuestro fin sobrenatural.

Honestavit illum in laboribus suis el complevit labores illius. La sabiduría «enriquece al justo con sus trabajos y corona sus obras».

Cuanto más contacto se establece con las almas, más se persuade uno de que Dios es nuestra santidad. No llegaremos a ser santos, si no queremos serlo del modo que Dios quiere, sino al nuestro. En lo espiritual todo es sobrenatural; no llegamos a conocer todo lo bueno; no comprendemos lo útiles que son las tentaciones, las pruebas, los sufrimientos.

Dios es la sabiduría que nos ha creado y cuando ve a un alma, lo ve en ella todo absolutamente; la penetra intensamente y claramente la comprende. Y cuanto más se abandona el alma en Él, mucho más obra en ella y bendice sus actos; pero no siempre atendiendo a los cálculos humanos, sino el bien de esta alma y los intereses de la gloria de Dios. La influencia que un alma como esta ejerce en el mundo sobrenatural es incalculable, pues el radio de su acción participa, de algún modo, de la infinitud misma de Dios.

Dios se porta con nosotros como nos habemos nosotros con Él; mide, por decirlo así, su Providencia a la actitud que observamos respecto a Él; y cuanto mayor es la confianza que depositamos en sus manos divinas, y le miramos, como a amoroso Padre, mayor es su Providencia para bajar hasta los últimos detalles y los pormenores más circunstanciales de nuestra existencia.

Con respecto a un alma entregada a Él guarda delicadezas inefables, que patentizan siempre su preocupación constante por ella; nunca madre alguna ha cuidado a su hijo como Él, nunca amigo alguno ha complacido a su amigo, como Dios cuida y sabe agradar a esta alma (Jesucristo ideal del monje, cap, XVIII, 10).

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Lovaina, fiesta de San José, 1900

El texto del capítulo de Nona «La Sabiduría guió al justo desterrado por caminos rectos» me ha impresionado mucho. Estas palabras se dijeron primero de Jacob. Al meditarlas y aplicarlas la Iglesia a San José, he sentido un gran deseo de abandonarme enteramente a la dirección de esta eterna Sabiduría.

«A Jesucristo le ha hecho Dios nuestra sabiduría. Escuchadle» (Un maestro de la vida espiritual, cap, VII, 11 y 12).

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Lovaina, 25 de marzo de 1900

El día de la Anunciación me dieron mucha luz estas palabras: «Hágase en mí según tu palabra.» Toda la vida de María transcurrió secundum Verbum según el Verbo, la Sabiduría infinita. Yo experimenté gran deseo de abandonarme a esta sabiduría, de sustituir la mía por la suya: «A Jesucristo le ha hecho su Padre nuestra sabiduría, dirigido por el Espíritu Santo. Jesús, sabiduría infinita, todo lo ha ejecutado guiado por este Espíritu vivificador (vivificantem); nosotros estamos por la gracia en posesión de este mismo Espíritu, «tenemos el Espíritu de adopción en el que decimos a voces a Dios: ¡Abba, Pater; Padre, Padre!»

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Lovaina, 14 de marzo de 1902

Cuando Nuestro Señor se propone unirse a un alma, la hace pasar muchas pruebas; pero si esta alma se entrega sin reserva en sus manos, todo lo arregla Dios para bien suyo, para su mayor provecho, según se lee en San Pablo: «Para los que aman a Dios, todo redunda en su bien.» La gloria de Dios nos pide que pongamos en Él nuestra esperanza en los trances más difíciles.

Esperar en Dios, descansar en su mano cuando todo marcha viento en popa, no es virtud y no damos gloria al que tan a pecho tiene el que se le sirva con fe y contra toda esperanza humana.

Mas vivir siempre convencidos de que Dios no nos abandonará nunca, pese a las dificultades que nos parecen insuperables, que su Sabiduría, y su Amor y su Poder sabrán encontrar salida, esto es virtud, y cuantas más pruebas ha pasado un alma, más habrá ascendido: el día en que definitivamente se entregue al servicio de Dios (Cartas de dirección, cap. IV, 3.).