ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD CON EL P. GABRIEL GROSSO (JULIO 2012 – SOLO AUDIO)

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD P.GABRIEL GROSSO LAS NEGOCIACIONES DE LA F$$PX CON ROMA 1° PARTE

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Especial sobre el Apocalipsis: Continuación Cap 11 (final) y Cap 12

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ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL P. GROSSO:

JULIO 2012 – 9º Y 10º VISIÓN

9ª VISIÓN = LA SÉPTIMA TUBA (XI: 15-19)

Apo 11:14 El segundo ay se pasó, y bien pronto vendrá el ay tercero, o la tercera desdicha.

Son Males universales, afectan a todos los hombres y a todo el mundo católico.

“Tocó la trompeta el séptimo Ángel. Entonces sonaron en el cielo fuertes voces que decían: «El imperio del mundo ha pasado a nuestro Señor y a su Cristo; y reinará por los siglos de los siglos.» Y los veinticuatro Ancianos que estaban sentados en sus tronos delante de Dios, se postraron rostro en tierra y adoraron a Dios diciendo: «Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, “Aquel que es y que era” porque has asumido tu inmenso poder y has empezado a reinar. Las naciones se habían encolerizado; pero ha llegado tu cólera y el tiempo de que los muertos sean juzgados, el tiempo de dar la recompensa a tus siervos los profetas, a los santos y a los que temen tu Nombre, pequeños y grandes, y de destruir a los que destruyeron la tierra.» Y se abrió el Templo de Dios en el cielo, y apareció el Arca de su Alianza en el Templo, y se produjeron relámpagos, y voces, y truenos, y temblor de tierra y fuerte granizada”.

Lo que hace entender que este capítulo es simultaneo a siguiente capítulo es que la misma idea se expresa con casi las mismas palabras en el: Apo 12:10 Oí una gran voz en el cielo que decía: Ahora llega la salvación, el poder, el reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo, porque fue precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios de día y de noche.

Esto nos da un hito, o sea, es un suceso o acontecimiento que nos sirve de punto de referencia para entender que la Séptima Tuba, la Mujer Coronada, las dos Bestias, el Cordero y los 144.000 vírgenes, las siete copas, la gran Ramera, y la caída de la gran Babilonia suceden casi simultáneamente y recién el capítulo 19 se hace efectivo el reinado del Verbo de Dios.

El Padre Castellani comenta:

Después suena la Tuba y sigue la descripción de la Parusía vista desde el Cielo y como triunfo de Dios sobre el mal, más que como catástrofe de la tierra. Ya hemos visto que el fin del mundo significa dos cosas: el término temporal de la Historia y el comienzo intemporal de la Metahistoria del hombre. El Profeta llama aquí a Cristo “Aquel que es y que era” y no ya “El viniéndose”, puesto que aquí es venido. La Parusía está netamente significada: la terminología meteorológica es típica del Fin del Siglo. En el Arca del Testamento ven algunos intérpretes a María Santísima (Foederis Arca) visible en la tierra en los últimos tiempos por sus aparicio¬nes, su devoción recrecida, la definición dogmática de sus glorias y privilegios. Esta imagen ciertamente significa que algo de Dios se ve que antes no se veía. El Pantocrátor o Todopoderoso es Jesucristo, cuya divinidad San Juan no se cansa de enunciar. El Séptimo Ángel y el Tercer Ay es la Parusía: “Mas ¡ay! de la tierra y del mar, porque descendió a vosotros el Diablo, lleno de gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo” (XII: 12).

En el cap. 10:7 se nos dice que con la séptima trompeta el misterio de Dios quedara consumado, no obstante se anuncia el tercer Ay. “Sino que cuando se oyere la voz del séptimo ángel, comenzando a sonar la trompeta, será consumado el misterio de Dios, según lo tiene anunciado por sus siervos los profetas”. La séptima trompeta consuma el misterio de Dios. El misterio de Dios es Cristo, según San Pablo: Col 2:2 para que sean confortados sus corazones y, estrechamente unidos en la caridad, alcancen todas las riquezas de la plena inteligencia y conozcan el misterio de Dios, que es Cristo…

Estos secretos atañen particularmente a los designios de salvación que realiza Dios en la historia humana.

  1. Mar 4:11, 12 y El les dijo: A vosotros os ha sido dado a conocer el misterio del Reino de Dios, pero a los otros de fuera todo se les dice en parábolas, para que, mirando, miren y no vean; oyendo, oigan y no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados.”

Cristo, el misterio, queda consumado. La humanidad dividida en dos, los discípulos entran en el misterio, siendo esto un don de Dios, y los de afuera les cierran el corazón. Este misterio actualmente en acción en la tierra para la salvación de los creyentes, y que está en lucha con el misterio de iniquidad, queda consumado, reducir todas las cosas bajo una sola cabeza, Cristo.

Si el P. Castellani ha dicho: “Las siete tubas de la visión son siete grandes hitos heréticos de la historia de la Iglesia, siete anticristos, en el sentido en que habla San Juan es su carta, precursores y analogados del último, al cual preparan sin saberlo cumulativamente”…Las herejías van creciendo en fuerza y malignidad, aproximándose al Hombre de pecado.

La Séptima Tuba es, como de costumbre, la Consumación de las herejías, de la apostasía.

El Concilio Vaticano II, donde se estableció en la Iglesia el resumen de todas las herejías. “El liberalismo condenado por la Iglesia hace un siglo y medio. Ha entrado en la Iglesia gracias al Concilio Vaticano II”. (Mons. M. Lefebvre).

La “gran calamidad” anunciada por Nuestro Señor Jesucristo como preludio de su segunda venida gloriosa, comporta la aparición de “falsos cristos”, cuya seducción induce a los hombres a la apostasía (S. Mc 13,5s.21s; 24,11 ), y tiene por signo “la abominación de la desolación” instalada en el lugar santo (S. Mc 13,14 ), tiene por fruto, que tantos hombres se extravíen y se adhieran a la mentira en lugar de creer en la verdad y tiene por objetivo hacer abortar el designio de salvación, destruir el misterio de Dios que es Cristo.

La apostasía es una empresa que proseguirá sin reposo, situando a los hombres, sobre todos a los que tienen autoridad, en el interior de una lucha de la que nadie puede escaparse. “El que no está conmigo está contra mí”. La apostasía es la que induce siempre a crucificar de nuevo por su cuenta al Hijo de Dios, (Heb 6,4 ) “Porque es moralmente imposible que aquellos que han sido una vez iluminados, que así mismo han gustado el don celestial de la Eucaristía, que han sido hechos partícipes de los dones del Espíritu Santo, que se han alimentado con la santa palabra de Dios y la esperanza de las maravillas del siglo venidero, y que después de todo esto han caído; es imposible, digo, que sean renovados por la penitencia, puesto que cuanto es de su parte crucifican de nuevo en sí mismo al Hijo de Dios, y le exponen al escarnio”.

Mons. Straubinger comenta, que aquí se refiere a la apostasía de la fe. Se reniega del bautismo y del Espíritu Santo, de ahí la imposibilidad de levantarse de este pecado, semejante a un nuevo pecado de Adán. Pecado contra el Espíritu Santo, porque rechaza la luz, y nos deja privados de la gracia que viene de la fe y entregados sin defensa en manos de Satanás padre de la mentira. La apostasía que sirve para los que no han caído en ella, “el que este de pie, cuide de no caer”, debe impulsar a los cristianos a la vigilancia, exigida por la fe en el día del Señor. Velar es resistir a la apostasía de los últimos días y estar apercibido para recibir a Cristo que viene. La gran apostasía exige a los discípulos una oración y una sobriedad continua.

Comentarios del Padre Leonardo Castellani.

“Así pues el dogma de la Trinidad, envuelto en la niebla germánica y en una complicada terminología, se convierte en un panteísmo sutil que va a desembocar en la adoración del Hombre; la gran herejía de nuestros tiempos, la ultima herejía que será, según la predicción de San Pablo, el sacrilegio del Anticristo: ‘el cual se exaltará y levantará sobre todo lo que es Dios, sentándose en el Templo de Dios, y haciéndose adorar como Dios’.” (El Evangelio p.240).

“Ciertamente, la crisis actual de la Iglesia tiene un carácter que no han tenido las otras; es absolutamente total: total en la extensión, cubre todo el mundo; total en la intensidad, pues la herejía naturalista (o el ‘aloguismo’, como la llamo Belloc) es la herejía más radical que ha existido y puede existir: falsifica todos los dogmas del Cristianismo vaciándolos de su contenido sobrenatural, y poniendo en su lugar la adoración sacrílega del Hombre; que sabemos será la doctrina del Anticristo.” (Domingueras Prédicas, ed. Jauja, 1997 p. 136).

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Texto del libro Iota Unum, Cap I pag. 71.

51. CARACTERES DEL POSTCONCILIO. LA UNIVERSALIDAD DEL CAMBIO

La primera característica del período postconciliar es el cambio generalizadísimo que revistió todas las realidades de la Iglesia, tanto ad intra como ad extra. Bajo este aspecto el Vaticano II supuso una fuerza espiritual tan imponente que obliga a colocarlo en un puesto singular en la lista de los Concilios. Esta universalidad de la variación introducida plantea además la siguiente cuestión: ¿no se trata quizá de una mutación sustancial, como dijimos en §§ 33-35, análoga a la que en biología se denomina modificación del idiotipo?

La incógnita planteada consiste en saber si no se estará produciendo el paso de una religión a otra, como no se recatan en proclamar muchos clérigos y laicos. Si así fuese, el nacimiento de lo nuevo supondría la muerte de lo viejo, como sucede en biología y en metafísica. El siglo del Vaticano 11 sería entonces un magnus articulus temporurn la cima de uno de los giros que el espíritu humano viene haciendo en su perpetuo revolverse sobre sí mismo. El problema puede también plantearse en otros términos: ¿no sería quizá el siglo del Vaticano II la demostración de la pura historicidad de la religión católica, o lo que es lo mismo, de su no-divinidad?

Puede decirse que la amplitud de la variación es casi exhaustiva . De las tres clases de actitudes en las cuales se compendia la religión (las cosas que creer, las cosas que esperar, y las cosas que amar), no hay ninguna que no haya sido alcanzada y transformada tendenciosamente. En el orden gnoseológico, la noción de fe pasa de ser un acto del intelecto a serlo de la persona, y de adhesión a verdades reveladas se transforma en tensión vital, pasando así a formar parte de la esfera de la esperanza (§ 164).

La esperanza deprecia su objeto propio, convirtiéndose en aspiración y expectativa de una liberación y transformación terrenales (§ 168). La caridad, que como la fe y la esperanza tiene un objeto formalmente sobrenatural (§ 169), rebaja del mismo modo su término volviéndose hacia el hombre, y ya vimos cómo el discurso de clausura del Concilio proclamó al hombre condición del amor a Dios.

Pero no sólo han sido alcanzados por la novedad estas tres clases de actitudes humanas concernientes a la mente, sino también los órganos sensoriales del hombre religioso y creyente. Para el sentido de la vista han cambiado las formas de los vestidos, los ornamentos sacros, los altares, la arquitectura, las luces, los gestos.

Para el sentido del tacto la gran novedad ha sido poder tocar aquello que la reverencia hacia lo Sagrado hacía intocable. Al sentido del gusto le ha sido concedido beber del cáliz.

Al olfato, por el contrario, le resultan casi vetados los olorosos incensarios que santificaban a los vivos y a los muertos en los ritos sagrados. Finalmente, el sentido del oído ha conocido la más grande y extensa novedad jamás operada en cuestión de lenguaje sobre la faz de la tierra, habiendo sido cambiado por la reforma litúrgica el lenguaje de quinientos millones de personas; la música ha pasado además de melódica a percusiva, y se ha expulsado de los templos el canto gregoriano, que desde hacía siglos suavizaba a los hombres la edad del enmudecimiento de los cánticos (cfr. Ecl. 12, 1-4) y rendía los corazones.

Y no anticipo aquí lo que se verá más adelante sobre las novedades en las estructuras de la Iglesia, las instituciones canónicas, los nombres de las cosas, la filosofía y la teología, la coexistencia con la sociedad civil, la concepción del matrimonio: en fin, en las relaciones de la religión con la civilización en general.

Se plantea entonces el difícil discurso de la relación entre la esencia y las partes contingentes de una cosa, entre la esencia de la Iglesia y sus accidentes. ¿Acaso no pueden todas esas cosas y géneros de cosas ser reformadas en la Iglesia, y permanecer la Iglesia idéntica?

Sí, pero conviene observar tres cosas.

Primero: también existen lo que los escolásticos llamaban accidentes absolutos, aquéllos que no se identifican con la sustancia de la cosa, pero sin los cuales tal cosa no puede existir. Tales son la cantidad en la sustancia corpórea, o la fe en la Iglesia.

Segundo: aunque en la vida de la Iglesia haya partes contingentes, no todos los accidentes pueden ser asumidos o excluidos indiferentemente por ella, ya que así como toda cosa posee unos accidentes determinados y no otros (una nave de cien estadios, decía Aristóteles, ya no es una nave), y así corno, por ejemplo, el cuerpo tiene extensión y no tiene conciencia, así la Iglesia se caracteriza por ciertos accidentes y no por otros, y los hay que no son compatibles con su esencia y la destruyen.

El perpetuo combate histórico de la Iglesia consistió en rechazar las formas contingentes que se le insinuaban desde dentro o se le imponían desde fuera, y que habrían destruido su esencia. Por ejemplo, ¿no era acaso el monofisismo un modo contingente de entender la divinidad de Cristo? Y el espíritu privado de Lutero, ¿no era acaso un modo accidental de entender la acción del Espíritu Santo?

Tercero: aunque las cosas y los géneros de cosas afectados por el cambio postconciliar son accidentes en la vida de la Iglesia, éstos no se deben considerar indiferentes, como si pudieran ser o no ser, ser de un modo o ser de otro, sin que resultase cambiada la esencia de la Iglesia. No es ciertamente éste el lugar para introducir la metafísica y aludir al De ente et essentia de Santo Tomás. Sin embargo es necesario recordar que la sustancia de la Iglesia no subsiste más que en los accidentes de la Iglesia, y que una sustancia inexpresada, es decir, sin accidentes, es una sustancia nula (un no-ser).

Por otra parte, toda la existencia histórica de un individuo se resume en sus actos intelectivos y volitivos: ahora bien, ¿qué son intelecciones y voliciones sino realidades accidentales que accidunt vienen y van, aparecen y desaparecen? Y sin embargo el destino moral de salvación o de condenación depende precisamente de ellas.

Por consiguiente, toda la vida histórica de la Iglesia es su vida en sus accidentes y contingencias. ¿Cómo no reconocerlos como relevantes y, si se piensa, como sustancialmente relevantes? Y los cambios que ocurren en las formas contingentes ¿no son cambios, accidentales e históricos, de la inmutable esencia de la Iglesia? Y allí donde todos los accidentes cambiasen, ¿cómo podríamos reconocer que no ha cambiado la sustancia misma de la Iglesia?

Por tanto, la diferencia entre la situación a que se refiere el Syllabus y la de la Iglesia en su actual desorientación reside precisamente en el hecho de que las exigencias y postulados del mundo, entonces externos a la Iglesia y combatidos por ella, se han introducido en la Iglesia, ya sea disminuyendo el antagonismo, u ocultándolo, o debilitándolo para hacerlo tolerable, o bien (y es la vía más practicada) aminorando la fuerza del principio católico elevándolo a un punto de tal amplitud que no abraza la totalidad de lo verdadero, sino la totalidad sincrética de lo verdadero y lo falso.

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Al sonar la séptima trompeta aparece el Anticristo, pero no se lo nombra, pues, esto es visto desde el cielo. Y, si ni los ángeles de cielo saben ni el día ni la hora, al sonar la séptima trompeta aparece el Anticristo y ya comienza a contarse los 1260 días. Comenzó la parusía. Esto es motivo de que en el cielo se alegren mas, porque “El reino de este mundo ha venido a ser reino de nuestro Señor y de su Cristo, y, destruido ya el pecado, reinará por los siglos de los siglos. Amén”.

Al llegar a la séptima tuba recapitula, mas, nos enseña algo que no se había visto en los anteriores septenarios, pues, la parusía presentada abiertamente esta recién en el cap. 19, vs 11…Después de la séptima tuba y el tercer Ay, suceden: la mujer coronada, la aparición de la bestia de siete cabezas y diez cuernos (el Anticristo), la bestia que subía de la tierra (el Pseudoprofeta), el Cordero sobre el monte Sión, las siete copas llenas de la cólera de Dios, la gran ramera, ruina, juicio y venganza de Babilonia; y recién después de la destrucción de Babilonia aparece el Verbo de Dios montado en un caballo blanco, y la consecuente destrucción del Anticristo. Entonces, desde la séptima tuba suceden tantas cosas, que se las llama a todas juntas el tercer ¡Ay!, o la tercera desdicha. “porque descendió a vosotros el Diablo, lleno de gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo”.

He aquí la respuesta de San Juan: el triunfo del Redentor y de su Iglesia está asegurado; la Iglesia siempre será perseguida; la lucha de los poderes de las tinieblas contra ella durará siempre sobre esta tierra, pero nunca dejará la Iglesia de salir victoriosa.

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Comenta así estos versículos Mons. Straubinger: los tres ayes indican que las tres plagas que siguen serán más espantosas que las cuatro que preceden.

Ante el reino de Cristo que llega, los cielos prorrumpen en júbilo. Muchos expositores creen que aquí se trata del triunfo de Jesús sobre el Anticristo, a quien Él matara “con el aliento de su boca y con el resplandor de su venida”. Es decir, que este versículo es el antípoda de S. Jn. 14,30, donde Jesús declara que el príncipe de este mundo es Satanás. Entonces, después de la muerte del Anticristo, como comentan algunos SS. PP. e intérpretes, se convertirán los judíos, no habiendo más obstáculo al establecimiento del reino completo de Dios y de Cristo sobre el mundo (Fillion). Pirot señala como característica del estilo apocalíptico la falta de esperanza en el “siglo presente” para refugiarse en el “siglo futuro”. Podría extenderse esta característica a todos los escritos del N. Testamento, siendo evidente que tener esperanza significa no estar conforme con lo presente, pues quien está satisfecho con lo actual se arraiga aquí abajo. De ahí que a los mundanos le parezca pesimista el Evangelio…

Y podríamos agregar sobre todo el Apocalipsis, del cual escribió Mons. Straubinger, “el espíritu de profecía consiste en dar testimonio de Jesús, y de sus palabras, en Apo. 1,9-12,17, donde parece mostrársenos que hay una persecución especial para los que tienen este testimonio de orden profético.

Los veinticuatro ancianos que están sentados en sus tronos en la presencia de Dios, parecen simbolizar el Antiguo y Nuevo Testamento: los doce Patriarcas y los doce Apóstoles, que por su parte representarían a todos los santos de cielo. Felipe Scio de San Miguel, agrega que están vestidos de bellos mantos de la inocencia y de la pureza, y como que están en una continua fiesta: tienen coronas de oro como reyes y como vencedores ilustres del mundo el demonio y la carne.

El versículo 17, es una alabanza como leemos en el Salmo 92. Allí Mons. Straubinger comenta: La Biblia de Sales, comenta este último texto del Apocalipsis, después de señalar la caída de Babilonia, pone la siguiente nota del Martini: “Según nuestra manera de entender, Dios comienza a reinar y ejercitar su sempiterno y absoluto imperio que tiene sobre todas las cosas, solo cuando, ejecutadas sus venganzas y castigados los enemigos, demuestra contra estos su absoluta potestad no menos que su generosa bondad hacia los elegidos reunidos en su reino por todos los siglos”.

El versículo 19, se habla del Arca de la alianza. Oculta a los ojos de los mortales en el Templo de Jerusalén, se manifestará a todos, lo cual significa el triunfo final del Cordero que fue inmolado y que ahora será el León de Judá…

Los terribles cuadros que van desfilando ante nuestros ojos, son otros tantos motivos de fe, amor y esperanza para los que tienen los ojos fijos en aquel que está simbolizado en el Arca del Testamento. “Ella figuraba, dice Fillion, el trono del Señor en medio de su pueblo. Su aparición súbita, en el momento que acaba de comenzar el reino de Dios, es muy significativa: la alianza está consumada para siempre entre el Rey celestial y su pueblo.

10ª Visión = LA MUJER CORONADA (XII)

“Y una gran señal apareció en el cielo: una mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; la cual, hallándose encinta, gritaba con dolores de parto y en las angustias del alumbramiento”.

La Visión de la Gloriosa Parturienta pertenece a la Séptima Tuba.

Esta Mujer es o bien la Virgen Santísima, o la Iglesia, o Israel. No conviene simplemente ni con María Santísima ni con la Iglesia; aunque en cierto modo, sí; por lo cual la Liturgia lee este pasaje figurativamente en algunas fiestas de Nuestra Señora, y los pintores cristianos representan con ese símbolo la Inmaculada Concepción.

Como símbolo de Israel, alude a la conversión de los judíos en los últimos tiempos.

La “mujer de las doce estrellas” aparece en el cielo como una señal, es decir, una realidad prodigiosa y misteriosa. Esta personificación de la comuni¬dad teocrática era tradicional (Os. 2:19-20; Jer. 3:6-10; Ez. 16:8) y la imagen de Sión en trance de alumbramiento no era desconocida del judaísmo (Is. 66:8).

El vestido de sol es la fe verdadera y la luna bajo la pies es el mundo cambiante; la corona de doce estrellas en la plenitud de la doctrina y los predicadores de ella. Por eso se dice que en el fin del mundo el sol se oscure¬ce¬rá y caerán las estrellas. Aquí mismo, en esta visión, hay una gran caída de estrellas, la tercera parte de las estrellas del cielo, arrastradas por la cola del dragón y que son arrojadas a la tierra; eso significa la gran cantidad de doctores del error que habrá en el fin del mundo.

“Y vióse otra señal en el cielo: un gran dragón de color de fuego, con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas. Su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra. El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto lo diera a luz. La mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro; y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono. Y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser allí sustentada durante mil doscientos sesenta días”.

Aparece la fuerza enemiga de la naturaleza humana, el Demonio. El dragón, llamado serpiente, es el mismo Satanás. Siete diademas indican su autoridad real, y son las que le corresponden como príncipe de este mundo; pero muchas más tendrá Jesucristo el día de su triunfo (19:12).

El Hijo Varón levantado al Trono de Dios es sin duda Jesucristo; y por cierto, no el Cristo del Calvario, sino el de la Parusía, “que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro”.

Dar a luz a Cristo puede convenir solamente a María Santísima, a la Iglesia y a Israel. Excluidas las dos primeras (aunque no del todo, porque están incluidas en el Israel de Dios) por no convenir a ellas las peripecias que aquí narra el Profeta, la visión significa el Israel de Dios, como lo vieron San Hipólito, San Victorino, San Agustín, San Beda.

El Israel de Dios es simbolizado en las Sagradas Escrituras por una esposa, a la cual se promete el perdón de su infidelidad, la total purificación y el desposorio final.

La Visión designa indudablemente los tiempos parusíacos: la cifra típica de 1260 días, 42 meses, 3 años y medio, que en San Juan repetidamente, como en Daniel, marca el período del Anticristo.

“Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el dragón. También el dragón y sus ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran dragón, la serpiente antigua, el llamado diablo y satanás, el engañador del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus Ángeles fueron arrojados con él. Oí entonces una fuerte voz que decía en el cielo: «Ahora ya ha llegado la salva¬ción, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios. Ellos lo vencieron gracias a la sangre del Cordero y a la palabra, de la cual daban testimonio, menospre¬ciando sus vidas hasta morir. Por eso, regocijaos, oh cielos, y los que en ellos habitáis. ¡Ay de la tierra y del mar! porque el diablo ha bajado donde vosotros con gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo»”.

No se trata de la caída de los ángeles malos al comienzo de la creación, sino de la Parusía: la lucha misteriosa de los últimos tiempos, a la cual alude San Luis María Grignon de Montfort en su Tratado de la Verdadera Devoción (49-54).

El Acusador, el diablo, conserva un poder desconocido en el cielo (“delante de Dios”), poder que le será quitado en la Parusía. El diablo, por el pecado no perdió su naturaleza y el poder que de ella se sigue. Piensan algunos, basados en una frase de Cristo, que satanás es el ángel puesto al gobierno de la creación sensible: “Príncipe de este mundo”.

Su poder se redobla en la tierra y en el mar, o sea en el mundo mundano; porque lo queda poco tiempo. Comienza el tercer ay: las acechanzas de los poderes infernales crecerán y este lamento final recuerda la advertencia del capítulo 8:13.

“Cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al hijo varón. Pero se le dieron a la mujer las dos alas del águila grande para que volase al desierto, a su lugar, lejos del dragón, donde tiene que ser alimentada por un tiempo y tiempos y la mitad de un tiempo”.

No se trata de una segunda huída de la mujer al desierto; los versículos 13 y 14 vuelven a tomar el versículo 6 y lo desarrollan.

Las dos alas de águila (símbolo de la protección divina) pueden ser los dos Testamentos (como opina Andrés de Cesarea) o los Dos Testigos (según Primasius) o Moisés y Elías (la Ley y los Profetas). También representa el don de profecía, solaz del alma de la Iglesia en la última tribulación y única defensa suya. En el capítulo ocho hemos visto que un águila vuela por el medio del cielo profetizando el juicio; y el mismo profeta Juan está representado en su mismo libro como un águila.

El desierto o la soledad puede significar el abandono y desprecio por parte de los judíos no convertidos y del inmenso mundo apostático y neopagano en derredor. Pero también, y a la vez, puede profetizar un desierto físico, la tierra de Moab (“locum paratum sibi a Deo”), a la cual exhorta Isaías en el capítulo XVI, que no rechace a los refugiados y peregrinos judíos hijos suyos, antes bien los acoja y les sirva de escondite en los últimos tiempos.

La soledad y el desierto serán ante todo la intensa vida interior que espera a los fieles combatidos. De esta vida interior surgen los profetas, así como de la guerra surgen los héroes.

El que Dios mismo la sustente o alimente indica la penuria y la pobreza de esas nuevas comunidades: los fieles bajo el reino del Anticristo.

“Entonces el dragón vomitó de sus fauces como un río de agua, detrás de la mujer, para arrastrarla con su corriente. Pero la tierra vino en auxilio de la mujer: abrió la tierra su boca y tragó el río vomitado de las fauces del dragón”.

El dragón y su representante en la tierra, el Anticristo, no le pierden ojo. La persecución de la serpiente a la parturienta es la lucha de Israel con el demonio. El aluvión que desata el dragón de su boca para ahogarla son las grandes persecuciones y luchas que ha sufrido y sufrirá el Israel de Dios. La tierra que se abre y traga el río significa que se salvará gracias a las mismas contingencias tumultuosas del mundo y de la época.

“Entonces se enfureció el dragón contra la mujer, y se fue a hacer la guerra contra el resto del linaje de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús”.

Este pasaje indica que hay dos núcleos o grupos de “hijos de la Mujer” separados: los judíos convertidos y los cristianos gentílicos fieles y perseverantes.

El poder del demonio será tremendo y se desatará en todas direcciones; en operaciones ocultas y nefandas de magia y espiritismo, en el poder mortífero e idolátrico de la ciencia moderna, en la tiranía implacable de la maquinaria política, en la crueldad de los hombres anarquizados y vueltos fieras de la tierra, en la seducción sutil de los falsos doctores que usarán el mismo cristianismo contra la Cruz de Cristo, en terribles tormentos interiores que sobre los exteriores sufrirán las almas fieles sometidas a las noches oscuras que no se resolverán en esta vida: conflictos de conciencia desgarradores, porque la mística católica quedará reducida a su parte pasiva y habrá como una suspensión provisoria de los favores divinos mientras satanás suscitará falsas místicas y éxtasis nefandos.

Hacia el final del Apocalipsis aparecen dos mujeres misteriosas, una Madre y una Mala Hembra.

En la Escritura la mujer significa constantemente Israel, es decir, la religión. Dios apostrofa a su pueblo como a una adúltera o la requiebra como una novia. Los deuteroprofetas abandonan incluso la imagen de Reino para insistir en la figura de Esposa.

Las dos mujeres del Apocalipsis representan la religión en sus dos polos opuestos: la religión fiel y la religión corrompida. Estos dos aspectos de la religión son perfectamente distinguibles para Dios, pero no siempre para nosotros. La cizaña se parece al trigo y no será separada hasta la siega. Por eso son dos los Ángeles que siegan en la visión catorce; uno corta la mies madura y otro vendimia los racimos que han de ser pisoteados en el lagar de la iracundia divina, los agraces. Una prostituta no se distingue en la naturaleza ni en la forma de una mujer honesta; sigue siendo mujer, no se vuelve bestia…; está sentada sobre la bestia…

Por eso San Juan vio en la frente de la Ramera la palabra misterio, y dice que se asombró sobremanera, y el Ángel le dice: “Ven y te explicaré el arcano de la Bestia”. Es el misterio de iniquidad, la abominación de la desolación; la parte carnal de la Iglesia ocultando, adulterando e incluso persiguiendo la verdad.

Por eso la parte fiel de la Iglesia padecerá entonces dolores como de parto, y el dragón estará a punto de tragar su hijo.

La esposa comete adulterio cuando su legítimo Señor y Esposo, Cristo, no es ya su alma y su todo; cuando los gozos de su casa no son ya toda su vida; cuando codicia lo transitorio del mundo en sus diversas manifestaciones; cuando mira sus grandezas, riquezas y honores con ojos golosos; cuando busca la alianza de un poder terreno contra la amenaza de otro poder terreno; cuando los teme demasiado; cuando reconoce al mundo como una realidad “muy ponderable” y lo mira como una potencia cuya ira procura evitar a cualquier costa; cuyo agrado y benevolencia solicita; con cuya “sabiduría”, educación, ciencia, cultura, políti¬ca, diplomacia está encantada. Eso es lo que llama el Profeta “fornicar con los reyes de la tierra”.

“Fornicar” llaman los profetas a la idolatría. “Fornicar con los ídolos” significa poner los ídolos en lugar de Dios, el legítimo Esposo de nuestras almas. “Fornicar con los reyes de la tierra” significa poner a los poderes de este mundo en el lugar de Dios.

Primero se fornica en el corazón desfalleciendo en la fe; después en los hechos faltando a la caridad.

El error fundamental de nuestra práctica actual (en incluso de la teoría, a veces) es que amalgamamos el Reino y el Mundo, lo cual es exactamente lo que la Biblia llama “prostitución”.

Así que conviene probar todo espíritu y quedarse solamente con el que es bueno: porque, ¡ojo¡, las Dos Mujeres son gemelas. Las Dos Mujeres son hermanas nacidas de una misma madre: la Religión, la religiosidad, el profundo instinto religioso, irradicables en el ser humano.

Este es el sentido de las Dos Mujeres; son las Dos Ciudades de San Agustín, llegadas a su máximo de tensión contraria, pero siempre mezcladas entre ellas y en sus habitantes.

El significado concreto y ya esjatológico de las Dos Mujeres es éste: la Mujer Celestial y Afligida es el Israel de Dios, Israel hecho Iglesia; y concretamente el Israel convertido de los últimos tiempos. La Mujer Ramera y Blasfema es la religión adulterada ya formulada en Pseudo Iglesia en los últimos tiempos, prostituida a los poderes de este mundo y asentada sobre la formidable potencia política y tiránico imperio del Anticristo.

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Mons. Straubinger: La mujer de las doce estrellas aparece en el cielo como una señal, es decir una realidad misteriosa y prodigiosa… Esta personificación de la comunidad teocrática era como tradicional en (Os. 2, 19-20; Jer. 3, 6-10) y la imagen de Sion en trance de alumbramiento no era desconocida del judaísmo (Is. 66, 8). Sobre la aplicación a la Iglesia, dice Sales que en todo caso la palabra Iglesia debe ser tomada en su sentido más lato, de modo que comprenda ya sea el Antiguo, ya el Nuevo Testamento. Algunos restringen este simbolismo a Israel que se salva en el capítulo anterior (11, 1, 13, 19; cf. 7, 2 ss), considerando que las doce estrella son las doce tribus, según Gen . 37, 9. Gelin dice a este respecto que “en cuanto refugiada en el desierto (v. 6 y 14-16) la mujer no puede ser sino la comunidad jadeo-cristiana” pero no precisa si es la que se convierte al principio de nuestra era o al fin de ella.

La liturgia y muchos escritores patrísticos emplean este pasaje en relación con la Santísima Virgen María, pero es sólo en sentido acomodaticio, pues “la mención de los dolores de parto se opone a que se vea aquí una referencia a la Virgen María”, la cual dió a luz sin detrimento de su virginidad. Puede recordarse también la misteriosa profecía del Protoevangelio (Gen. 3. 15 s.) donde se muestra ya el conflicto de este capítulo entre ambas descendencias y se anuncian dolores de parto como aquí, lo cual parecería extender el símbolo a de esta mujer a toda la humanidad redimida por Cristo, conceptos que algunos aplican también a las Bodas de 19, 6 ss., que interpretan en sentido lato considerando derribado el muro de separación con Israel.

Tiene dos alas. Hablemos del ala de los cristianos fieles.

Cabe mencionar que algunos, como San Justino, primer comentador del Apocalipsis, opinaron que el katéjon era la misma Iglesia, cuya presencia constituía el último obstáculo para la manifestación del Anticristo. Según él “Ecclesia de medio fiet”, la Iglesia será quitada de en medio.

La interpretación, solo se puede entender en el sentido de la estructura temporal de la Iglesia la cual, como dice San Juan “fornicará con los reyes de la tierra” (Ap 17, 1-9), al menos una parte de ella, tomando su sede en el lugar santo: “Cuando veáis la abominable desolación…” (Mt 24, 15), instalada donde no debe…

También San Victorino aplicó el katéjon a la Iglesia. “La Iglesia será quitada”, dice él, en el sentido de que volverá a las catacumbas, perdiendo todo influjo en el orden social.

El recogimiento de la Iglesia.

El misterio de iniquidad se desarrolla en dos fases distintas: I) Fase pre-escatológica. Y, II) Fase escatológica. Lo que distingue y separa estas dos fases, es que Cristo toma a sí mismo a su esposa, y con esto es quitado del medio aquel que, durante la primera fase, impedía que el misterio de iniquidad penetre en el lugar Santo.

Además tenemos que distinguir entre la Iglesia como congregación y la Iglesia como instrumento de congregación.

Aquel que proyecta una congregación para un fin determinado, debe también equipar a esta congregación con la autoridad y los medios necesarios para alcanzar ese fin.

Así que la Iglesia de Cristo no es solamente una congregación de elegidos, sino también un instrumento de congregación. Podemos y debemos distinguir entre la Iglesia como institución divina (mediante la cual el Espíritu Santo congrega en un cuerpo a todos los hijos dispersos de Dios), y este mismo cuerpo místico congregado.

Aunque el Padre Van Rixtel dice que se pueden distinguir mas no separar, desde el Concilio Vaticano II y hasta nuestros días, hemos presenciado cómo se operó más y más esa división entre la Iglesia como congregación y la Iglesia como instrumento de congregación. La Primera, la Iglesia como congregación, como cuerpo místico, es la Esposa que junto con el Espíritu, en los tiempos apocalípticos, dicen Ven (Apo. 22,17); mientras que la segunda, la Iglesia como instrumento de congregación, al sonar la ultima trompeta, magna herejía, cae progresivamente en nanos de anticristos, y se descompone año a año hasta llegar a ser la sede del Anticristo.

La visibilidad de la Iglesia y la situación actual

Amplios extractos de la conferencia dada por S. Exc. Mgr Lefebvre, Ecône el 9 de septiembre de 1988, después del Retiro sacerdotal.

Monseñor responde a los argumentos teológicos de Don Gérard desarrollados en su declaración publicada por el Diario Présent el 18 de agosto de 1988 y demuestra la debilidad de los mismos.

(fuente: Fideliter N° 66. Noviembre-diciembre de 1988).

Mis queridos amigos,

Pienso que ustedes, que están ahora en el Ministerio y que quisieron conservar la Tradición, tienen la voluntad de ser sacerdotes como siempre, como lo fueron los santos sacerdotes de antes, todos los santos párrocos y los santos sacerdotes que nosotros mismos pudimos conocer en las parroquias.

Ustedes continúan y representan de verdad la Iglesia, la Iglesia Católica.

Creo que es necesario convencerse de esto: ustedes representan de verdad la Iglesia Católica.

La Iglesia Visible

No que no haya Iglesia fuera nosotros; no se trata de eso. Pero este último tiempo, se nos ha dicho que era necesario que la Tradición entrase en la Iglesia visible.

Pienso que se comete allí un error muy, muy grave.

¿Dónde es la Iglesia visible? La Iglesia visible se reconoce por las señales que siempre ha dado para su visibilidad: es una, santa, católica y apostólica. Les pregunto: ¿dónde están las verdaderas notas de la Iglesia? ¿Están más en la Iglesia oficial (no se trata de la Iglesia visible, se trata de la Iglesia oficial) o en nosotros, en lo que representamos, lo que somos? Queda claro que somos nosotros quienes conservamos la unidad de la fe, que desapareció de la Iglesia oficial. Un obispo cree en ésto, el otro no; la fe es distinta, sus catecismos abominables contienen herejías. ¿Dónde está la unidad de la fe en Roma? ¿Dónde está la unidad de la fe en el mundo? Está en nosotros, quienes la conservamos.

La unidad de la fe realizada en el mundo entero es la catolicidad. Ahora bien, esta unidad de la fe en todo el mundo no existe ya, no hay pues más de catolicidad prácticamente. Habrá pronto tantas Iglesias Católicas como obispos y diócesis. Cada uno tiene su manera de ver, de pensar, de predicar, de hacer su catecismo. No hay más catolicidad. ¿La apostolicidad? Rompieron con el pasado. Si hicieron algo, es bien éso. No quieren saber más del pasado antes del Concilio Vaticano II. Vean el Motu Proprio del Papa que nos condena, dice bien: “la Tradición viva, esto es Vaticano II”. No es necesario referirse a antes del Vaticano II, eso no significa nada. La Iglesia lleva la Tradición con ella de siglo en siglo. Lo que pasó, pasó, desapareció. Toda la Tradición se encuentra en la Iglesia de hoy. ¿Cuál es esta Tradición? ¿A que está vinculada? ¿Cómo está vinculada con el pasado?

Es lo que les permite decir lo contrario de lo que se dijo antes, pretendiendo, al mismo tiempo, guardar por sí solos la Tradición.

Es lo que nos pide el Papa: someternos a la Tradición viva. Tendríamos un mal concepto de la Tradición, porque para ellos es viva y, en consecuencia, evolutiva. Pero, es el error modernista: el santo Papa Pió X, en la encíclica “Pascendi”, condena estos términos de “tradición viva”, de “Iglesia viva”, de “fe viva”, etc., en el sentido que los modernistas lo entienden, es decir, de la evolución que depende de las circunstancias históricas. La verdad de la Revelación, la explicación de la Revelación, dependerían de las circunstancias históricas.

La apostolicidad: nosotros estamos unidos a los Apóstoles por la autoridad. Mi sacerdocio me viene de los Apóstoles; vuestro sacerdocio les viene de los Apóstoles. Somos los hijos de los que nos dieron el episcopado. Mi episcopado desciende del santo Papa Pío V y por él nos remontamos a los Apóstoles. En cuanto a la apostolicidad de la fe, creemos la misma fe que los Apóstoles. No cambiamos nada y no queremos cambiar nada.

Y luego, la santidad. No vamos a hacernos cumplidos o alabanzas. Si no queremos considerarnos a nosotros mismos, consideremos a los otros y consideremos los frutos de nuestro apostolado, los frutos de las vocaciones, de nuestras religiosas, de los religiosos y también en las familias cristianas. De buenas y santas familias cristianas germinan gracias a vuestro apostolado. Es un hecho, nadie lo niega. Incluso nuestros visitantes progresistas de Roma constataron bien la buena calidad de nuestro trabajo. Cuando Mgr Perl decía a las hermanas de Saint Pré y a las hermanas de Fanjeaux que es sobre bases como esas que será necesario reconstruir la Iglesia, no es, a pesar de todo, un pequeño cumplido.

Todo eso pone de manifiesto que somos nosotros quienes tenemos las notas de la Iglesia visible.

Si hay aún una visibilidad de la Iglesia hoy, es gracias ustedes. Estas señales no se encuentran ya en los otros. No hay ya en ellos la unidad de la fe; ahora bien es la fe que es la base de toda visibilidad de la Iglesia.

La catolicidad, es la fe una en el espacio.

La apostolicidad, es la fe una en el tiempo.

La santidad, es el fruto de la fe, que se concreta en las almas por la gracia del Buen Dios, por la gracia de los Sacramentos. Es totalmente falso considerarnos como si no formáramos parte de la Iglesia visible. Es increíble. Es la Iglesia oficial la que nos rechaza; pero no somos nosotros quienes rechazamos la Iglesia, bien lejos de éso. Al contrario, siempre estamos unidos a la Iglesia Romana e incluso al Papa por supuesto, al sucesor de Pedro. Pienso que es necesario que tengamos esta convicción para no caer en los errores que se está extendiéndose ahora.

¿Salir de la Iglesia?

Por supuesto, se podrá objetársenos: ¿”Es necesario, obligatoriamente, salir de la Iglesia visible para no perder el alma, salir de la sociedad de los fieles unidos al Papa”?

No somos nosotros, sino los modernistas quienes salen de la Iglesia.

En cuanto a decir “salir de la Iglesia VISIBLE”, es equivocarse asimilando Iglesia oficial a la Iglesia visible.

Nosotros pertenecemos bien a la Iglesia visible, a la sociedad de fieles bajo la autoridad del Papa, ya que no rechazamos la autoridad del Papa, sino lo que él hace. Reconocemos bien al Papa a su autoridad, pero cuando se sirve de ella para hacer lo contrario de aquello para lo cual se le ha dado, está claro que no se puede seguirlo.

¿Salir, por lo tanto, de la Iglesia oficial? En cierta medida, ¡sí!, obviamente.

Todo el libro del Sr. Madiran “La Herejía del Siglo XX” es la historia de la herejía de los obispos.

Es necesario, pues, salir de este medio de los obispos, si no se quiere perder el alma. Pero eso no basta, ya que es en Roma donde se instala la herejía. Si los obispos son herejes (incluso sin tomar este término en el sentido y con las consecuencias canónicas), no es sin la influencia de Roma. Si nos alejamos de esta gente, es absolutamente de la misma manera que con las personas que tienen el SIDA. No se tiene deseo de atraparlo. Ahora bien, tienen el SIDA espiritual, enfermedades contagiosas. Si se quiere guardar la salud, es necesario no ir con ellos.

¡Sí!, el liberalismo y el modernismo se introdujeron en el Concilio y dentro de la Iglesia. Son ideas revolucionarias; y la Revolución, que se encontraba en la sociedad civil, pasó a la Iglesia. El cardenal Ratzinger, por otra parte, no lo oculta: adoptaron ideas, no de Iglesia, sino del mundo y consideran un deber hacerlas entrar en la Iglesia.

Ahora bien, las autoridades no cambiaron de una iota sus ideas sobre el Concilio, el liberalismo y el modernismo. Son anti-tradición, anti la Tradición tal como debe entenderse y como la Iglesia lo comprende. Eso no entra en su concepción. El suyo es un concepto evolutivo. Están, pues, en contra de esta Tradición fija, en la cual nos mantenemos.

Consideramos que todo lo que nos enseña el catecismo nos viene de Nuestro Señor y de los Apóstoles, y que no hay nada que cambiar. Para ellos, no, todo eso evoluciona y evolucionó con Vaticano II. El término actual de la evolución es Vaticano II.

Esta es la razón por la que no podemos vincularnos con Roma.

Suceda lo que suceda, debemos seguir como lo hemos hecho, y el Buen Dios nos muestra que siguiendo esta vía, cumplimos con nuestro deber.

No negamos la Iglesia Romana. No negamos su existencia, pero no podemos seguir sus directivas. No podemos seguir los principios del Concilio. No podemos vincularnos.

Me di cuenta de esta voluntad de Roma de imponernos sus ideas y su manera de ver. El cardenal Ratzinger me decía siempre: “Pero Monseñor, sólo hay una Iglesia, no es necesario hacer una Iglesia paralela”.

¿Cuál es esta Iglesia para él? La Iglesia conciliar, queda claro.

Cuando nos dijo explícitamente: “Obviamente, si se les concede este protocolo, algunos privilegios, deberán aceptar también lo que hacemos; y por lo tanto, en la iglesia Saint-Nicolas-du-Chardonnet será necesario decir una nueva misa también todos los domingos”…

Ustedes ven que quería traernos a la Iglesia conciliar. No es posible, ya que queda claro que quieren imponernos estas novedades para terminar con la Tradición.

No conceden nada por aprecio de la liturgia tradicional, sino simplemente para engañar a aquellos a quienes lo dan y para disminuir nuestra resistencia; insertar una cuña en el bloque tradicional para destruirlo. Es su política, su táctica consciente. No se equivocan, y ustedes conocen las presiones que ejercen…

Entrevista de Mgr Lefebvre un año después de las consagraciones

(Fuente, Fideliter N° 70. Julio-agosto de 1989)

Fideliter –

Algunos dicen: sí pero Monseñor tendría que haber aceptado un acuerdo con Roma, porque una vez que la Fraternidad hubiese sido reconocida y las sanciones levantadas, habría podido actuar de una manera más eficaz dentro de la Iglesia, mientras que ahora se colocó afuera.

Monseñor: Son cosas que son fáciles de decir. Ponerse dentro de la Iglesia, ¿qué es lo que eso quiere decir? Y en primer lugar, ¿de qué Iglesia se habla? Si es de la Iglesia conciliar, sería necesario que nosotros, quienes luchamos contra ella durante veinte años porque queremos la Iglesia Católica, volviésemos a entrar en esta Iglesia conciliar para supuestamente volverla católica. ¡Es una ilusión total! No son los súbditos los que hacen a los superiores, sino los superiores los que hacen a los súbditos.En toda esta Curia romana, entre todos los obispos del mundo, que son progresistas, yo habría sido ahogado completamente. No habría podido hacer nada, ni proteger a los fieles y a los seminaristas.

Fideliter – ¿No teme que a la larga y cuándo Buen Dios lo haya llamado a El, poco a poco la separación se acentúe y que se tenga un poco la impresión de una Iglesia paralela respecto de lo que algunos llaman la “Iglesia visible”?

Monseñor: Esta historia de Iglesia visible de Don Gérard y del Sr. Madiran es infantil. Es increíble que se pueda hablar de Iglesia visible en relación a la Iglesia conciliar y en oposición con la Iglesia Católica que nosotros intentamos representar y seguir. No digo que seamos la Iglesia Católica. Nunca lo he dicho. Nadie puede acusarme de haber querido tomarme por un papa. Pero, nosotros representamos de verdad la Iglesia Católica tal como era antes, puesto que seguimos eso que siempre ha hecho. Somos nosotros quienes tenemos las notas de la Iglesia visible: la unidad, la catolicidad, la apostolicidad, la santidad. Es eso lo que constituye la Iglesia visible. El Sr. Madiran añade: y la infalibilidad. Pero, la infalibilidad… En lo que representa la tradición de los papas, la tradición de la infalibilidad, estamos de acuerdo con el Papa. Estamos unidos a él en cuanto continúa la sucesión de San Pedro y debido a las promesas de la infalibilidad que se le hicieron.

Somos nosotros quienes se unen a su infalibilidad. Pero él, incluso si bajo algunos aspectos se puede decir que la representa, formalmente se opone, porque no quiere más la infalibilidad. No cree y no realiza actos señalados por la marca de la infalibilidad…

Somos nosotros quienes estamos con la infalibilidad, no la Iglesia conciliar. Ella está en contra de la infalibilidad, es absolutamente cierto. El cardenal Ratzinger está en contra de la infalibilidad, el Papa está en contra de la infalibilidad debido a su formación filosófica.

Que se nos comprenda bien, no estamos en contra del Papa como representante de todos los valores de la Sede Apostólica, que son inmutables, de la sede de Pedro; pero estamos contra el Papa que es un modernista, que no cree en su infalibilidad, que hace ecumenismo. Obviamente estamos en contra de la Iglesia conciliar, que es prácticamente cismática, incluso si no lo aceptan. En la práctica es una Iglesia virtualmente excomulgada, porque es una Iglesia modernista.

Son ellos quienes nos excomulgan, mientras que nosotros queremos seguir siendo católicos. Queremos permanecer con el Papa católico y con la Iglesia Católica. He aquí la diferencia.

Pienso, pues, que no hay que tener ninguna vacilación ni ningún escrúpulo respecto de las consagraciones episcopales. No somos ni cismáticos, ni excomulgados; no estamos en contra del Papa. No estamos en contra de la Iglesia Católica. No hacemos una Iglesia paralela. Todo eso es absurdo.

Somos lo que siempre hemos sido: católicos que continúan. Es todo. No hay que buscar mediodía a las catorce. ¡No constituimos una “pequeña Iglesia”!

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Iota Unum

Acerca del futuro de la Iglesia es la expresada por Montini como obispo y confirmada después como Papa, y de la cual hemos tratado en § 36. (Iota Unum).

La Iglesia continuará abriéndose y conformándose al mundo (es decir, desnaturalizándose), pero su sustancia sobrenatural será preservada res-tringiéndose a un residuo mínimo, y su fin sobrenatural continuará siendo perseguido fielmente por una avanzadilla del mundo.

A la engañosa expansión de una Iglesia diluida en el mundo corres-ponde una progresiva contracción y disminución en un pequeño número de hombres, una minoría en apariencia insignificante y moribunda pero que contiene la concentración de los elegidos, el testimonio indefectible de la Fe.

La Iglesia será un puñado de vencidos, como preanunció Pablo VI en el discurso del 18 de febrero de 1976.

Tal inanición y anulación de la Iglesia no invalida, más bien verifica, lo expresado por 1 Juan 5, 4: «haec est victoria, quae vincit mundum, fides nostra [y ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe]».

Esta inanición de la Iglesia permanece inexplicable en línea histórica pura y tiene estrecha relación con el, arcano de la predestinación. La fe no está «acostumbrada al triunfo», y no hay jamás para la Iglesia victorias defini-tivas, sino victorias en curso de realizarse: es decir, combate perpetuo en el cual ella no sucumbe, pero jamás puede dejar de combatir. Y en el oscureci-miento de la fe, indicado en Luc. 18, 8, pueden tener lugar inversiones de la civilización que sin embargo no invierten la realidad de ese avance de la Igle-sia: la ruina de Roma (tan recurrente en las profecías extracanónicas), la emigración de la Iglesia de levante a poniente (quizá a las Américas, quizá a Africa), traslaciones de imperios (según el esquema bíblico), o destrucción y re-construcción de pueblos .

La Iglesia, semimoribunda en la pobreza, en la persecución y en el desprecio por parte del mundo, tendrá el destino del Elegido de Thomas Mann: mientras el mundo se lanza a la barbarie, él se refugia con espíritu de penitencia y religión en la inhumana soledad de un inalcanzable escondite; allí se hace montaraz, diminuto, se nutre de hierba y de tierra, se convierte en una heredad orgánica donde habita el hombre, pero en la que el hombre resulta irreconocible. Sin embargo, en un momento decisivo para la Cristiandad, la Providencia reencuentra al pequeño monstruo semihumano y los legados ro-manos lo traen a Roma, lo alzan a la cumbre pontifical, y lo consagran a la re-novación de la Iglesia y a la salvación del género humano.

De la inanición a la exaltación hay ciertamente un camino preconizado por la Fe. De la muralla de Is. 30, 14, derrumbada en fracciones de minutos y entre cuyos escombros no se encontrará ni siquiera un tiesto para transportar un tizón, se llega (en el orden de las cosas esperadas) a la edificación de la Jerusalén celeste, y no sólo de la terrenal. Este pasaje contradice las leyes de la historia humana, pero encuentra apoyo en las paradójicas resurrecciones históricas de la Iglesia: después de la crisis arriana, en la cual peligró la tras-cendencia, y después de la crisis luterana, en la cual igualmente corrió peligro. Y el volverse a levantar de la perdición «sin que a oponerse basten los huma-nos» (Inf VII, 81) responde a las leyes según las cuales opera la Providencia en el gobierno del mundo.

La acción divina transcurre de un extremo al otro, por lo que la criatu-ra alcanza el fondo del mal y después se eleva a la cima del bien. Así, el combate moral empuja al universo hacia su fin: la realización de la cantidad predestinada de bien moral, o como se dice en teología, la consecución del número de los elegidos. Solamente este combate puede dar lugar al completo desenvolvimiento de la criatura en todos los grados posibles. No se trata de que el mal sea requerido por ese desenvolvimiento, sino de que también la victoria sobre el mal está incluída en el destino y en las virtualidades de la criatura intelectiva.

La fe en la Providencia anuncia por consiguiente la posibilidad de una recuperación y’ sanación del mundo mediante una metanoia cuyo impulso inicial él no puede proporcionar, pero de la que es capaz cuando lo haya re-cibido. La exigencia de la Iglesia en esta situación ya no es leer los signos de los tiempos, porque «non est vestrum nosse tempora vel momenta [no os co-rresponde conocer tiempos y ocasiones que el Padre ha fijado con su propia autoridad» (Hech. 1, 7), sino leer los signos de la eterna voluntad, presentes en cualquier tiempo y patentes para todas las generaciones que fluyen a lo largo de los siglos.

Pero lo cierto es que la trama de la historia es el arcano de la predesti-nación, y ante esto, como decía elevadamente Manzoni, al pensamiento humano le conviene torcer las alas y estrellarse contra la tierra.

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Las dos mujeres del Apocalipsis, nos plantean datos que competen a nuestra edad histórica con respecto a la iglesia eterna y tradicional y a la iglesia carnal o anticristo (tan bien distinguidas por Monseñor Lefebvre).

Una de estas dos mujeres, la llamada ramera, cuyo nombre es misterio (iniquidad) es la parte carnal de la iglesia, la cual por ser infiel persigue y calumnia a la verdadera iglesia y se atribuye para sí, el representarla. Como afirma San Agustín en De Vera Religión, algunos justos llegaran a ser expulsados de la congregación cristiana debido a la acción de la gente carnal.

Con respecto a la mujer fiel, según el relato apocalíptico padecerá dolores de parto y se salvara del dragón por intervención milagrosa de Dios, que le dará la posibilidad de huir a la soledad del desierto con dos alas de águila. Esta figura (el águila), es representada como uno de los cuatro animales delante el trono de Dios y tanto la tradición como los santos padres ven la figura en forma de águila como al mismísimo San Juan, esto nos permite interpretar que las alas que le permiten a la mujer librarse de las garras del dragón son las profecías mismas (APOCALIPSIS) dadas por el discípulo amado, que gracias al estar velando en ellas, le permiten no caer en manos de su enemigo. A pesar de ello, la iglesia fiel sigue siendo atormentada por el dragón y utiliza un río de agua sucia para tratar nuevamente de adulterarla. Este río de agua sucia, significa a nuestro entender los falsos sacramentos, ya que los sacramentos tradicionalmente son representados con el beber agua pura y no solo eso, sino que nuestro Señor Jesucristo en numerosas ocasiones ofrece de esta agua pura para la salvación.

En el encuentro de Jesucristo con la samaritana, le dice: si tu supieras quien soy tu me pedirías que te diera de beber agua…. y reafirma solemnemente “quien bebiere del agua que yo le daré, nunca jamás volverá a tener sed” (San Juan 4:13). Con respecto al agua como figura de los sacramentos, el relato evangélico nos trae algo muy particular y que se da solo dos veces dentro del mismo y es que Nuestro Señor, cuando da a comunicar esta verdad grita o algunas traducciones afirman que alza la voz (también sabemos que otro grito lo produjo cuando ya todo cumplido expiro en la cruz). Al darnos este dato sobre la manera en que Cristo expreso esta afirmación, nos da a entender su importancia para aquellos que lo escucharon y lo escuchan y literalmente el texto expresa: ” En el último día de la fiesta, que es el más solemne, Jesús se puso en pie, y en alta voz decía: Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba.

Del seno de aquel que cree en mí, manarán, como dice la Escritura, ríos de agua viva.

Esto lo dijo por el Espíritu Santo, que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no se había comunicado el Espíritu Santo, porque Jesús todavía no estaba en su gloria” (San Juan 7:37-39).

Aquí, el mismo Apóstol da una pequeña explicación de lo afirmado por Cristo, ya que aclara que esta agua viva es fruto del Espíritu Santo, el cual tiene como misión el de entregar los dones y ser catejon de protección contra los errores.

Después del Concilio Vaticano II, empiezan a distinguirse estas dos mujeres y la fornicaria se consolida en su iniquidad, las cuales son nacidas de una misma madre, la religión o la religiosidad como afirma el Padre Castellani. Una de ella, la falsaria ya no hace uso del Espíritu Santo y sus sacramentos son agua sucia para las almas y preparan a los hombres para servir al dragón y este como no puede engañar a la iglesia del Espíritu Santo que se nutre de agua pura que sale del mismo seno del Señor, trata dialécticamente con el rió de agua sucia de engañarla o de contaminar sus sacramentos y esto se puede ver muy bien con lo que ha logrado el Motu Propio, pero aquellos que estén velando en las palabras de Juan águila no caerán en las manos del dragón y de su falsaria.

Prof. Grosso, Baltazar.