DOM COLUMBA MARMION: La Trinidad en nuestra vida espiritual – XII. UNIDNOS A VOS

DOM COLUMBA MARMION

La Trinidad en nuestra vida espiritual

XII. UNIDNOS A VOS

La primera petición que Dom Marmion hace a Jesús es la de vivir unido a Él, pues la medida de nuestra santidad es la de nuestra unión a Jesucristo, modelo y origen de toda santidad, condición esencial para poder ser trasladados al seno del Padre.

1. La gracia santificante, principio de la unión con Jesucristo

Al terminar la Cena, Nuestro Señor abandona el Cenáculo con sus discípulos y se dirige al Jardín de los Olivos. En el camino y al salir de la ciudad, atravesaba unos campos plantados de viñas. Este espectáculo le inspiró a Jesús las ideas de su último discurso. «Veis estas viñas, dijo a los apóstoles; pues yo soy la verdadera vid; vosotros sois los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese produce mucho fruto, pues sin mí no podéis hacer nada. Así como el sarmiento no produce fruto si no permanece unido al tronco, tampoco vosotros, si no permanecéis unidos a mí por la gracia».

La gracia es la savia que sube de la raíz a las ramas. Ni la raíz ni el tronco son los que producen frutos, sino es la rama que, unida por el tronco a la raíz, chupa la savia fructífera. Cortad la rama, separadla del tronco; y cuando no reciba la savia, se secará y se convertirá en un leño muerto, incapaz de producir el más insignificante fruto.

Otro tanto acontece al alma sin gracia: no está unida a Jesucristo, no chupa la savia de la gracia sobrenatural que la hacía vivir sobrenaturalmente, que la hacía fecunda.

No lo olvidéis: únicamente Jesucristo es la fuente de la vida sobrenatural; toda nuestra actividad, nuestra existencia entera no tienen valor alguno para la vida eterna más que cuando vivimos unidos con Cristo por medio de la gracia.

Nos agitaremos mucho, nos gastaremos y haremos grandes, deslumbrantes obras a los ojos de los hombres; delante de Dios toda nuestra actividad será infecunda sobrenaturalmente y no tendrá mérito ninguno para la vida eterna (Jesucristo vida del alma, cap. III, 4).

San Pablo ha expuesto con claridad meridiana esta verdad; oíd lo que escribe: «Aunque hablara las lenguas de los hombres, y de los ángeles, si no tuviere caridad, soy sólo como un bronce que resuena, una campana que retiñe; aunque tenga el don de profecía, conozca todos los misterios, posea toda la ciencia y una fe que traslade las montañas, si no tuviere caridad, no soy nada. Puedo repartir mis bienes entre los pobres, entregar mi cuerpo a las llamas: sin la caridad, todo esto no me sirve para nada.» Dicho de otro modo: los dones más peregrinos, los más excelentes talentos, las empresas más generosas, las acciones más heroicas, los esfuerzos más considerables, los sufrimientos más íntimos carecen de valor para la vida eterna, cuando no hay caridad en el alma, es decir, cuando el amor no arraiga en el alma, el amor de Dios considerado en sí mismo, el amor sobrenatural que nace de la gracia santificante, como la flor brota del tallo.

Enderecemos, pues, a Dios, último fin y bienaventuranza eterna, todos los actos de nuestra vida: la caridad de Dios que poseemos con la gracia santificante, sea el móvil de toda nuestra actividad.

Cuando estamos en posesión de la gracia divina, realizamos el voto de Nuestro divino Salvador: permanecemos en Él, Manete in me, y Él permanece en nosotros; mora juntamente con el Padre y Espíritu Santo; Ad eum veniemus et mansionem apud eum faciemus. La Santísima Trinidad que habita realmente en nosotros como en un templo, no se queda en nosotros inactiva; vive en nosotros para sostenernos continuamente, para que nuestra alma ejerza su actividad sobrenatural (Jesucristo vida del alma, cap. III, 5 y Jesucristo en sus misterios, cap. XVIII, 3).

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2. Jesucristo nos une a Sí, cuando le contemplamos con fe

Jesucristo obra en nosotros, por el contacto que establecemos con Él mediante la fe.

Repasemos, para comprender esta verdad una escena que nos cuenta San Lucas. En una de sus correrías apostólicas Nuestro divino Salvador se vio rodeado, oprimido de la turba. Una mujer enferma, que deseaba sanar, se le acercó y llena de confianza tocó la orla del vestido de Jesús. Nuestro Señor preguntó al momento a los que iban en su derredor: «¿Quién me ha tocado?» Y Pedro respondió: «Maestro, la multitud te oprime por todas partes y preguntas ¿quién te ha tocado?». Pero Jesús insistió en su pregunta: «Alguien me ha tocado, porque he sentido que una virtud salía de mi».

Efectivamente, en aquel instante, la mujer había sanado, y había sido curada a causa de su fe: Fides tua te salvam fecit. Cuantos vivieron con Jesús en la Judea y creyeron en Él, recibieron gracias abundantísimas que merecía el Señor para todos los hombres; nos lo atestigua el Santo Evangelio. Jesucristo no tenía sólo, como os lo he demostrado, el poder de curar las enfermedades corporales, sino el de santificar a las almas.

Ejemplos: La Samaritana que conversó con Él y creyó que era el Mesías, se santificó; María Magdalena, que le tenía como el profeta, el enviado de Dios, iba a derramar perfumes sobre sus sagrados pies. Mirad, durante su pasión, cómo con una mirada dio a Pedro, que lo había negado, el arrepentimiento; mirad, al morir Jesús, al buen ladrón: reconocía este a Jesús como Hijo de Dios, pues le pidió un lugar en su reino y, apenas hubo hablado, en el momento mismo de exhalar su último suspiro, el Salvador le concede el perdón de sus crímenes: «Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso.»

Todo esto lo conocemos, y estamos tan convencidos de ello que a las veces nos decimos: «¡Oh! si yo hubiese tenido la dicha de vivir en Palestina con Nuestro Señor, si hubiese tenido la dicha de hablarle, de presenciar su muerte, me hubiera hecho santo sin la menor duda.» Y, sin embargo, oíd a Jesús: «Bienaventurados los que no me vieron y creyeron en mí: beati qui non viderunt et crediderunt.

¿No es esto una prueba palmaria que nos demuestra que el contacto con Él por la fe es mucho más eficaz y más ventajoso para nosotros? Creamos en la palabra de nuestro divino Maestro; sus palabras son «espíritu y vida»; persuadámonos de que el poder y la virtud de su sacratísima humanidad son los mismos para nosotros que lo fueron para sus contemporáneos, pues Jesucristo vive siempre, Christus, heri et hodie et in sæcula: Jesucristo fue ayer, es hoy y será por los siglos de los siglos (Jesucristo vida del alma, cap. III, 4 y 5).

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Lovaina, Domingo después de Pascua, 1900

Hoy todo nos habla de la fe: «Dichosos los que no vieron y creyeron» «La fe es el fundamento y raíz de toda justificación.» Por la fe viva y la convicción de la divinidad de Jesucristo vivimos de la vida divina.

1. Con la fe empieza esta vida divina: «Los que creen en su nombre, nacen de Dios.» Este convencimiento pleno, íntimo de que Jesucristo es Dios nos hace caer a sus pies, como al ciego de nacimiento.

«El justo vive de la fe»; «el que cree en mí, aunque estuviere muerto, vivirá»

2. Por la fe, en cierta manera, nos identificamos con Jesucristo:

a) en nuestros pensamientos: «El que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio de Dios en sí mismo.» Nos compenetramos de los mismos pensamientos de Jesucristo: «El que se une al Señor se hace un espíritu con El.»

b) en nuestros deseos: «Tened en vosotros los mismos sentimientos de que estaba animado Jesucristo.»

c) en las palabras: «Si alguien habla, que lo haga según las palabras de Dios». Jesucristo viene a ser para nosotros la materia de todas nuestras conversaciones. «Para que Jesucristo habite en vuestros corazones POR LA FE.»

d) en las acciones. «Cualquiera cosa que hagáis, de palabra o de obra, hacedlo todo en nombre de nuestro Señor Jesucristo, dando gracias por Él a Dios Padre.»

Entonces se realiza el: «Yo vivo, o mejor no soy yo quien vivo, es Cristo el que vive en mí… Vivo por la fe en el Hijo de Dios que me ha amado y se ha entregado por mí» (Un maestro de la vida espiritual, cap. VII, 3).

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3. El amor, medida de unión

Lovaina, 4 de octubre de 1900

«Haced todo en cuanto sea posible por puro amor de Dios, y en unión con las disposiciones tan puras del Sacratísimo Corazón de Jesús» (Cartas de dirección, cap. VIII, 12 y 13).

Lovaina, 21 de noviembre de 1900

Tratad continua y atentamente de obrar sólo por amor de Dios en todo cuanto hacéis. Todo acto hecho con amor puro es un acto de amor puro dirigido a Dios…

¿Mas dónde hallar este amor puro? No le tenemos nosotros ni está en nosotros. Le hallaréis en el Sacratísimo Corazón de Jesús, que es un horno de infinito amor y como recibís ese Corazón Sagrado con tanta frecuencia en la Comunión, no tenéis que hacer más que poner vuestro corazón en el centro de ese divino Corazón para amar con su amor. ¡Oh! sí, el Sagrado Corazón es un tesoro infinito de amor divino y ese Corazón nos pertenece, mora siempre en nosotros. «El que come mi carne y bebe mi sangre, mora en mí y yo en él.» Uníos, por tanto, frecuentemente con ese Corazón y amad con Él y por Él.

En Él hay un gran secreto. Sí, Jesús ha venido al mundo para esto sólo: «He venido para prender el fuego del amor y ¿qué otra cosa deseo más que verle inflamarse? (Cartas de dirección, cap. II, 4).

Lovaina, 28 de marzo de 1904

Al levantarse en unión con el Sagrado Corazón de Jesús, cuyo primer latido fue un arranque de amor por el cual se ofreció sin reserva a su Padre, dígale: Ecce venio ut faciam, Deus, voluntatem tuam, heme aquí, Dios mío, pronto a cumplir tu voluntad.

Al dar comienzo a los trabajos del día, con la oración matutina en el oratorio, una su corazón estrechamente al Corazón de Jesús. Este Corazón fue un horno de amor, pues Jesús amaba a su Padre con todo su Corazón.

El amor que arda en su pecho deberá irradiar un ardor que abrase toda su alma, empleándola toda y todas sus facultades en orar y en alabar a Dios. Jesús, amaba al Padre con toda su alma.

Durante el día el amor de su corazón deberá extenderse también al mismo trabajo que le imponga la obediencia y deberá realizarle con todas sus fuerzas. Jesús trabajaba por amor a su Padre con todas sus fuerzas.

En fin, en transcurso del día, que le mueva el amor a ocupar su mente con el pensamiento de Dios, con el estudio y contemplación de sus divinas perfecciones, con todo lo que dice relación a su servicio.

Esto se llama amar a Dios con toda el alma. La inteligencia de Jesucristo estuvo siempre abismada en la contemplación del Padre…

Con una comunión espiritual vuelva una y más veces al centro del amor, el Corazón de Jesús. Toda nuestra vida debe transcurrir ocupada en este dulce coloquio con el Esposo de nuestras almas, Jesús (Cartas de dirección, cap. II, 4).

Lovaina, 1907 (sin señalar el día)

Su unión con Jesús depende más de Él que de usted. Él ha dicho: Pater non relinquit me solum, quia quæ placita sunt ei facio semper, «Mi padre no me deja solo, pues yo hago siempre lo que le agrada.»

Medite estas palabras un poco. Vea a Dios en todo lo que hace y hágalo todo por amor: oración, trabajo, clases, recreos, etc. Así se le hará Dios encontradizo: «Si alguien me ama, mi Padre le amará, y vendremos a él y moraremos nosotros en él.» Esta unión no la pueden impedir las ocupaciones. Cuanto más conozco a las almas, mucho mejor veo que las circunstancias externas no bastan a estorbarla.» (Cartas de dirección).