ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD CON EL P. CERIANI: 21 Y 22 DE JUNIO 2012 – EL APOCALIPSIS: 1) LA MEDICIÓN DEL TEMPLO – 2) LOS DOS TESTIGOS

AUDIOS ORIGINALES

PRIMERA PARTE: 21/JUN/2012

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SEGUNDA PARTE: 22/JUN/2012

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RESUMEN E INTRODUCCIÓN

Es muy útil e incluso necesario seguir el Plan del Apocalipsis, así como el Gráfico hecho en base a los comentarios del Padre Castellani. Ustedes los tienen, respectivamente, en:

http://es.scribd.com/doc/83265556/Plan-Del-Apocalipsis

https://radiocristiandad.files.wordpress.com/2012/03/grafico-del-apocalipsis-ipg.jpg

Conforme a ese Plan, hemos visto ya Lo que Pasa en las Siete Iglesias, capítulos II y III, con el mensaje o Carta a cada una de esas Iglesias del Apocalipsis.

Ya hemos avanzado bastante en el estudio del Objeto de las Decisiones Divinas (contenidas en el Libro de las Visiones), que se compone de cinco cuadros y abarca desde el capítulo V hasta el versículo 5 del capítulo XXII = lo que los autores y comentadores denominan el Drama del Fin de los Tiempos.

Entre esas Decisiones Divinas tenemos Las Tribulaciones que vendrán, en tres cuadros, pues tienen tres orígenes distintos:

* unas son de Parte de Dios: los Siete Sellos y la Signación de los Elegidos

* otras son de Parte de Jesús, obtenidas por sus Santos: la Visión de Las Siete Trompetas

* las últimas son de Parte del Demonio.

En mayo hemos visto la Visión de las Siete Trompetas.

Como ya nos tiene acostumbrado el Libro del Apocalipsis, luego de la Sexta, vienen visiones intermedias: del Librito Profético, la Medición del Templo y la Predicación de los Dos Testigos, para terminar con la Séptima Trompeta, que dará inicio a las Tribulaciones que vendrán de parte del Demonio.

Ya estudiamos la primera de estas visiones, es decir, la del Librito Profético, capítulo X.

En estos Especiales del mes de junio debemos considerar las otras dos visiones intermedias, antes de la Séptima Trompeta: la Medición del Templo, capítulo 11:1-2 y la Predicación de los Dos Testigos, capítulo 11:3-14.

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7ª VISIÓN

LA MEDICIÓN DEL TEMPLO
(XI: 1-2)

Terminamos nuestros Especiales de mayo con la explicación del último versículo del capítulo X:

“Me dijeron entonces: «Es menester que profetices de nuevo contra muchos pueblos y naciones y reyes»”.

Y dijimos que es necesario predicar el Apocalipsis a la multitud. Hay que anunciar el Apocalipsis después de haberlo comido y digerido, bien asimilado, porque los últimos tiempos están cerca.

El regreso al Librito es más necesario que nunca; la gente necesita el Apocalipsis; hay que predicárselo.

De donde se siguen dos conclusiones:

1ª) Vivir el Apocalipsis.

2ª) Predicar el Apocalipsis.

Vivir el Apocalipsis implica, a su vez, dos fases:

    1ª) comerlo primero por el estudio y la reflexión. Operación dulce, puesto que es un festín, un postre de azúcar y miel.

    2ª) Digerirlo, después, por la asimilación. Operación penosa, puesto que es necesario hacerlo pasar a la vida cotidiana.

Predicar el Apocalipsis entraña audacia y exige trabajo y vulgarización.

Ahora bien, esta prédica está inmediatamente relacionada con la Medición del Templo, pues el texto sagrado dice: Y me fue dada una caña…

“Me dijeron entonces: «Es menester que profetices de nuevo contra muchos pueblos y naciones y reyes».

Y me fue dada una caña, semejante a una vara, y se me dijo: «Levántate y mide el Templo de Dios, y el altar, y a los que adoran allí». Mas al atrio exterior del Templo déjalo fuera, y no lo midas, porque ha sido entregado a los gentiles, los cuales hollarán la Ciudad santa durante cuarenta y dos meses»”.

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Sabemos que todo predicador separa con su palabra en dos a su auditorio: Ciertamente, es viva la Palabra de Dios y eficaz, y más penetrante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón (Hebreos 4:12-13).

Espada afilada para los que rechazan la Palabra, la predicación quita la vida divina de las junturas del alma.

Pero, semilla de vida, ella produce los elegidos.

Todo predicador es un “medidor”.

San Juan recibe la orden de medir el Templo, el Altar y a los que allí adoran. Esta orden más que un precepto es una profecía, porque ella anuncia con certeza que por la predicación del Apocalipsis se discernirá:

1º) Una élite que, con Jesús, es altar y víctima.

2º) Los cristianos ordinarios que, dispersados en el Templo, se contentan con rezar.

Se distinguen, pues, los cristianos fervorosos que se sacrifican, y los cristianos que solamente rezan.

Sin embargo, San Juan es advertido de dejar fuera el atrio, que será entregado a los gentiles. Es decir, que los cristianos tibios, que han abandonado la práctica religiosa y moral, serán pisoteados por el mundo haciéndolos pecar y apostatar.

Está claro que la situación de la Iglesia en el mundo se ha hecho más difícil y apurada. Al final, un grupo reducido en número, pero purificado y fortalecido interiormente por la prueba dada en la lucha, permanece fiel en adorar a Dios.

El cuadro abarca como asilo seguro, además del santuario propiamente dicho (con sus dos espacios: el lugar santo y el lugar santísimo o sancta sanctorum) también el atrio interior, en cuyo centro se hallaba el altar de los holocaustos.

En cambio, se deja fuera del ámbito del templo, abandonado a la devastación por los enemigos, el gran atrio exterior; y con él en toda su extensión “la ciudad santa”, es decir, Jerusalén (cf. Is 48,2; Dan 9,24; Mt 27,53).

Como símbolo de la Iglesia habría bastado el ámbito del templo; si todavía aparece aquí suplementariamente un segundo símbolo y, por añadidura, no completamente homogéneo, “la ciudad santa”, es de suponer que también éste tiene un significado especial.

Parece obvio ver insinuada en el doble símbolo la doble referencia de la Iglesia a Dios y al mundo; lo cual parece indicar que la Iglesia pierde completamente su posición cultural profana en el mundo, y, relegada a un “cristianismo de sacristía”, todavía se ve diezmada personalmente por una deserción de masas (la exclusión del atrio exterior).

De este modo, vemos como la Iglesia, pese a las tribulaciones de fuera y de dentro, se ve protegida y preservada por Dios mismo en su ser interno y en su propio ámbito.

Pero, ¡atención!: esta visión nos pone en guardia contra todos los intentos de llevar adelante la Iglesia en tiempos difíciles por medio de compromisos a costa de la verdad íntegra y del culto genuino. Además, queda por anticipación queda condenada al fracaso toda clase de emprendimiento de una restauración puramente cultural, es decir, de la Cristiandad.

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Monseñor Satrauginger dice que Fillion inicia el comentario de este capítulo haciendo notar que “es en él donde hallamos indicada la suerte que espera al pueblo judío”, y observa que la mención de Templo de Dios nos muestra al Templo de Jerusalén y la operación de medir recuerda la de Ezequiel, siendo de notar que no puede tratarse del Templo histórico, pues este había sido destruido por los Romanos el año 70, es decir, casi treinta años antes de que San Juan escribiera el Apocalipsis.

Fillion explica que se trata de un acto simbólico, análogo al que ha sido mencionado en 7:4ss (la signación de los elegidos), y que sucedió en visión. Así como los 144.000 israelitas habían sido marcados en la frente porque eran la propiedad de Dios, del mismo modo el Templo es medido para permanecer invariablemente su dominio; delimita lo que debe permanecer intacto.

Podemos decir, pues, que la medición del templo es paralela en cuanto al significado con la impresión del sello: en ambos casos se trata de medidas de protección en favor de los fieles. De la misma manera, veremos en la historia de los dos testigos que el motivo dominante es el apoyo sobrenatural en el cumplimiento de su misión, así como su salvación final. De este modo, el motivo de la preservación se traslada al motivo de la victoria, que constituye la segunda parte de la visión de los signados.

Entregado a los gentiles. Así lo anuncia Jesús en San Lucas 21:24, añadiendo que ello será hasta que el tiempo de los gentiles sea cumplido.

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Padre Castellani, en El Apokalipsis de San Juan, Visión 7ª:

Todos los Santos Padres han visto en esta visión el estado de la Iglesia en el tiempo de la Gran Apostasía: reducida a un grupo de fieles que resisten a los prestigios y poderes del Anticristo (mártires de los últimos tiempos), mientras la Religión en general es pisoteada durante 42 meses, o 3 años y medio, o 1260 días.

Pisotear no es eliminar: el Cristianismo será adulterado.

El mismo Templo y la Ciudad Santa serán profanados, ni serán ya Santos. No serán destruidos. La Religión será adulterada, sus dogmas vaciados y rellenados de substancia idolátrica; no eliminada, pues en alguna parte debe estar el Templo en que se sentará el Anticristo “haciéndose adorar como Dios”.

La Gran Apostasía será a la vez una grande, la más grande, Herejía.

¿Qué es lo que puede corromper a la Iglesia? Lo mismo que corrompió a la Sinagoga: el Fariseísmo. «No habría comunismo en el mundo si no hubiera fariseísmo en la Iglesia», decía Don Benjamín Benavides. Si la Iglesia hoy no atrae como en otros tiempos, tiene que ser porque ha perdido su hermosura interna. «Toda la hermosura de la Hija del Rey es interior». Las exterioridades pueden quedar, aumentadas incluso: «La misa cantada en Barcelona» por ejemplo, egregio espectáculo operístico de siglos pasados – como dice Havellock Ellis en su libro The Soul of Spain – una vez retirada la pequeña superstición que tiene dentro ahora, la creencia en el Santísimo Sacramento. Poco le importará al Anticristo le pongan una faja con los colores nacionales – que entonces han de ser los suyos – a una imagen fea de la venerable madre señora que dicen fue la madre de Jesús de Nazareth; y la nombren Generala del valiente ejército de una cualunque republiqueta averiada.

Hay actualmente obras «católicas» que trabajan, se esfuerzan y se desgañitan para el Príncipe deste mundo; y ojalá esté yo equivocado. La seña es cuando hay «religión» (¿) y no hay honradez adentro dellas.

Ésta es la acusación terrible que levantó potentemente Kierkegaard contra la Iglesia Luterana Danesa; y ojalá se pudiera decir que la nuestra está exenta deso. Lo que denunció el filósofo danés fue simplemente una adulteración – la más sutil y temible – del Evangelio, no en la letra más en la práctica y la predicación.

Sólo el Tabernáculo (o Sancta Sanctorum) será reservado: un grupo pequeño de cristianos fieles y perseguidos.

El Atrio, que comprende también las Naves (no las había en el Templo de Jerusalén), será pisoteado.

Es la “abominación de la desolación”, que anunció el Profeta Daniel y repitió Nuestro Señor.

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Padre Castellani, en Cristo, ¿vuelve o no vuelve?

Sección Primera, cap. 6:

Llegará un día, que será el fin de esta edad, en que desaparecerá el Obstáculo. El Espíritu Santo abandonará quizá este cuerpo social histórico, llamado Cristiandad, arrebatando consigo a la soledad más total a los suyos, dándoles dos alas de águila para volar al desierto. Y entonces la estructura temporal de la Iglesia existente será presa del Anticristo, fornicará con los reyes de la tierra —al menos una parte ostensible de ella, como pasó ya en su historia—, y la abominación de la desolación entrará en el lugar santo.

Sección Segunda, cap. 8:

Cuando la estructura temporal de la Iglesia pierda la efusión del Espíritu y la religión adulterada se convierta en la Gran Ramera, entonces aparecerá el Hombre de Pecado y el Falso Profeta, un Rey del Universo que será a la vez como un Sumo Pontífice del Orbe, o bien tendrá a sus órdenes un falso Pontífice, llamado en las profecías el “Pseudoprofeta”.

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Del Padre Castellani, en Los Papeles de Benjamín Benavides, Parte Primera, cap. IV:

¿Qué es la “abominación de la desolación”? Tengo entendido que los Santos Padres entienden por esa expresión semítica la idolatría…

— La peor idolatría. Pues en el fondo del modernismo está latente la idolatría más execrable, la apostasía perfecta, la adoración del hombre en lugar de Dios; y eso bajo formas cristianas y aun manteniendo tal vez el armazón exterior de la Iglesia. ¿Ha leído usted The soul of Spain del psicólogo inglés Havelock Ellis?

— No. ¿Qué dice?

— Es un libro de viajes por España. Lea usted el capítulo titulado Una misa cantada en Barcelona y verá lo que quiero decir cuando hablo del modernismo.

— ¿Ridiculiza la misa cantada?

— ¡Qué! ¡Al contrario! La cubre de flores, la colma de elogios… estéticos. Dice que es un espectáculo imponente, una creación artística y que no hay que dejar caer esa egregia conquista del “patrimonio cultural” de la humanidad, sino procurar que se conserve y perfeccione…, podada, eso sí, de la pequeña superstición que ahora la informa, a saber, la presencia real de Cristo en el Sacramento… Anulada esa pequeña superstición, todo lo demás…

— ¡Pero si eso es el alma de la ceremonia, es el núcleo central que le da sentido y, por tanto, la vuelve imponente! —exclamé yo riendo— ¿Cómo se puede podar eso? ¡Quite usted eso y la ceremonia queda vacía! Podar en este caso significa mutilar, aniquilar…

— -En efecto, queda vacía… —dijo el judío—, queda vacía hasta que otro ocupe el lugar de Cristo en el Sacramento.

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Padre Castellani, en El Apokalipsis de San Juan, Visión 16ª: La Gran Ramera.

Y vi a la Mujer ebria de la sangre de los Santos y la sangre de los Mártires de Jesús y me asombré con grande asombro al verla.

Lacunza ha propuesto de estos versillos una exégesis ingeniosa que parece plausible:

Texto del Padre Lacunza (Segunda Parte. Fenómeno III. El Anticristo, § 14 La mujer sobre la bestia):

Nadie nos dice lo que significa en realidad, y propiedad, la embriaguez de la mujer, que a San Juan se hizo tan notable: vi aquella mujer embriagada de la sangre de los santos, y de la sangre de los mártires de Jesús.

Solamente nos acuerdan por toda explicación, que en Roma se derramó antiguamente mucha sangre de cristianos, y suponen que será lo mismo cuando vuelva a ser idólatra, y se una en amistad con el Anticristo.

Mas ¿esto basta para llamarla ebria? Lo que produce la ebriedad, y la ebriedad misma, ¿son acaso dos cosas inseparables? ¿No puede concebirse muy bien la una sin la otra?

Cierto que si no hay aquí otro misterio, la palabra ebria parece la cosa más impropia del mundo. Yo no puedo creer, ni tengo por creíble, que la profecía solamente hable de lo material de Roma, o de sus piedras y tierra que recibieron la sangre de los mártires; pues la ebriedad no puede competer a una cosa inanimada, aunque esté llena de lo que causa la ebriedad.

Mas se podrá llamar propiamente ebria de vino, si sus habitadores hacen de este vino un uso inmoderado y excesivo, de modo que produzca en ellos aquel efecto que se llama embriaguez; esto es, que los desvanezca, que los turbe, que les impida el uso recto de su razón.

Lo mismo, pues, decimos a proporción de la ebriedad de la sangre de los santos, que reparó San Juan en la mujer. Esta ebriedad metafórica no puede consistir precisamente en que haya dentro de Roma mucha sangre de santos, sino en que sus habitadores hagan de esta sangre un uso inmoderado y excesivo; en que esta sangre se les suba a la cabeza y los desvanezca, los desconcierte, los turbe; en que esta sangre los llene de presunción, de nimia confianza, de vana seguridad: y por buena consecuencia los llene de insipiencia, de temeridad, o también de somnolencia y descuido, que son los efectos propísimos de la ebriedad.

La misma profecía explica estos efectos, y esta vana seguridad de la mujer, la cual embriagada de la sangre de los santos, y al mismo tiempo sumergida en gloria y delicias, decía dentro de sí: Yo estoy sentada reina, y no soy viuda, y no veré llanto. Y por esta misma seguridad vanísima (prosigue la profecía), vendrá sobre ella todo lo que está escrito: por esto en un día vendrán sus plagas, muerte, y llanto, y hambre, y será quemada con fuego, porque es fuerte el Dios que la juzgará.

En este sentido, que parece único, estuvo ebria en otros tiempos Jerusalén la cual era entonces nada menos que lo que es ahora Roma, la ciudad santa, y la corte o centro de la verdadera Iglesia de Dios. Estuvo ebria, digo, no solamente de la sangre de sus profetas y justos, que ella misma había derramado, como si esta sangre la debiese poner en seguro, e impedir el condigno castigo, que merecía por sus delitos.

Así la reprende Dios por sus Profetas de esta confianza inordenada, y sumamente perjudicial, que la hacía descuidar tanto de sí misma, y multiplicar los pecados sin temor alguno, diciéndoles: ¿Pues qué, puede el Señor aplacarse con millares de carneros, o con muchos millares de gruesos machos de cabrío? (Mich. VI, 7)… ¿Por ventura comeré carnes de toros? ¿o beberé sangre de machos de cabrío (Ps. XLIX, 13)?

Y por lo que toca a la confianza inordenada y vana de la sangre de sus profetas y justos, el mismo Mesías se explicó bien claramente, cuando les dijo: ¡Ay de vosotros… que edificáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los monumentos de los justos! Y decís: si hubiéramos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus compañeros en la sangre de los profetas… llenad vosotros la medida de vuestros padres (Mat. XXIII. 29, 30, et 32).

Es claro que el Señor no condena aquí la piedad de los que edificaban y adornaban los monumentos de los profetas y justos, sino su nimia confianza en estas cosas, como si con ellas quedasen ya en plena libertad para ser inicuos impunemente. Así, concluye el mismo Señor diciéndoles, que no obstante esta sangre y estos monumentos de tantos profetas y justos, vendrán infaliblemente sobre ellos todas las cosas que están profetizadas.

Sigue el Comentario del Padre Castellani:

La exégesis común los interpreta del furor persecutorio con que la Roma de Nerón y Domiciano derramaba sangre de cristianos.

Eso puede andar del typo; pero ¿el antitypo?

La sangre no emborracha, no produce euforia ni ufanía. Los Romanos salían tristes del Anfiteatro después de aquellas orgías de sangre y muerte, nos dice Tertuliano…

La Mujer Perdida se glorifica a sí misma ahora, con la sangre de los mártires y las loas de los Santos; se ufana y emborracha con ellas. Exactamente como dijo Cristo a los judíos: “vuestros padres mataron a los Profetas, y vosotros les levantáis monumentos, y os ufanáis con sus nombres, diciendo: si hubiéramos vivido entonces, no hubiésemos matado a los Profetas; y ahora estáis fraguando dar muerte al último y mayor de todos los Profetas”.

La religión adulterada hace gala de la fama de los antiguos santos muertos; y persigue a los santos vivos.

“¡La misa cantada en Barcelona” de Havelock Ellis! El actual “modernismo religioso” se apropia de las glorias terrenas de la Religión: de las catedrales góticas y románicas (…); y en una palabra, toda la“añadidura” del Reino de Dios, que la Cristiandad suscitó. También es de ellos la “espiritualidad”, la “fraternidad” y el “humanismo”.

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Padre Castellani, en Los Papeles de Bejamín Benavides, Parte Tercera, cap. VIII, La abominación de la desolación:

El mundo quiere unirse, y actualmente el mundo no se puede unir sino en una religión falsa.

O bien las naciones se repliegan sobre sí mismas en nacionalismos hostiles (posición nacionalista que ha sido superada), o bien se reúnen nefastamente con la pega de una religión nueva, un cristianismo falsificado; el cual naturalmente odiará de muerte al auténtico.

Sólo la religión puede crear vínculos supranacionales.

La presión enorme de las masas descreídas y de los gobiernos, o bien maquiavélicos o bien hostiles, pesará horriblemente sobre todo lo que aún se mantiene fiel; la Iglesia cederá en su armazón externo; y los fieles «tendrán que refugiarse» volando «en el desierto» de la Fe.

Sólo algunos contados, «los que han comprado», con la renuncia a todo lo terreno, «colirio para los ojos y oro puro afinado», mantendrán inmaculada su Fe, esos contados 144.000 de las Visiones Cuarta y Duodécima, agrupados en torno a los Dos Testigos.

Esos son el santuario. El atrio será pisoteado por los gentiles “por un poco de tiempo”; lo cual quizá signifique que no todos los demás se perderán, pues alrededor de los fidelísimos San Juan divisa en el Cielo “una multitud innumerable de todas las tribus, razas y lenguas”.

Esos pocos «no podrán comprar ni vender», ni circular, ni dirigirse a las masas por medio de los grandes vehículos publicitarios, caídos en manos del poder político; y, después, del Anticristo: por eso serán pocos.

Las situaciones de heroísmo, sobre todo de heroísmo sobrehumano, son para pocos; y si esos días no fuesen abreviados, no quedaría ni uno.

Pero la Iglesia no está por hacer, ya está hecha; hoy está construida, inmensa catedral de piedra y barro, con una luz adentro.

No desaparecerá como si fuese de humo: quedarán los muros, quedarán al menos los escombros, y en los altares dorados y honrados con huesos de mártires se sentará un día el Hijo de Perdición, el Injusto, cuya operación será en todo poder de Satanás, para perdición de los que no se asieron a la verdad mas consintieron con la iniquidad

Un mundo nuevo lleno de maravillas técnicas que no darán la dicha a los hombres se construirá con la argamasa de la omnímoda mentira, el fraude religioso y la opresión y el engaño del poder.

Los dueños dese mundo podrán hacer llover fuego del cielo y hacer hablar a la imagen de la Bestia. En medio de una algarabía de voces, de propagandas y de tangos, el papa dice actualmente por radio desde el Vaticano, a un mundo enteramente desatento y aturdido, viejas verdades que suenan a retórica.

Pero la radio y la televisión serán dentro de poco del dominio exclusivo del Príncipe deste mundo; y “aquel inicuo” que de él recibirá poder para hacer prodigios mendaces, podrá hablar un día y por televisión ser visto hablando por las multitudes reunidas en plazas y templos, a todo un universo aterrado y exaltado, “que estará delante de él como una oveja delante del lobo”: el lobo vestido de piel de oveja.

La Iglesia creó la Cristiandad Europea, sobre la base del Orden Romano. La Fe irradió poco a poco en torno suyo y fue penetrando sus dentornos: la familia, las costumbres, las leyes, la política.

Hoy día todo eso está cuarteado y contaminado, cuando no netamente apostático, como en Rusia; un día será «pisoteado por los gentiles» del nuevo paganismo.

Ése es el atrio del Templo.

Quedará el santuario, es decir, la Fe pura y oscura, dolorosa y oprimida; el recinto medido por el profeta con la «caña en forma de vara», que es la esperanza doliente en el Segundo Advenimiento, la caña que dieron al Ecce Homo y la vara de hierro que le dio su Padre para quebrantar a todas las gentes.

No desaparecerá la Cristiandad: será profanada.

Ni quedará intacta la Iglesia visible: dentro de ella habrá santuario y atrio; habrá fieles, clero, religiosos, doctores, profetas que serán pisoteados, que cederán a la presión y tomarán la marca de la Bestia.

La Cristiandad será aprovechada: los escombros del derecho público europeo, los materiales de la tradición cultural, los mecanismos e instrumentos políticos y jurídicos serán aprovechados en la continuación (construcción) de la nueva Babel: la gran confederación mundial impía.

¿Cómo, si no, podría levantarse en tan poco tiempo? ¿No recuerdan ustedes que Havellok Ellis recomienda que se conserve, por su valor estético, documental y cultural, “la Misa cantada en Barcelona”? ¡El responso de los comunistas!

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Padre Castellani, en Los Papeles de Bejamén Benavides, Parte Tercera, cap. VI, El retiro de la Iglesia:

— Milenaristas —dijo Mungué con malicia— son ciertos individuos que leen mucho el APOKALYPSIS, que creen que el fin del mundo está cerca, que arisquean con las autoridades eclesiásticas y hasta las critican, y que creen que la Iglesia Católica, al fin del mundo, será retirada.

Todos miramos a Benavides, que estaba con la cabeza gacha y soltamos la carcajada. Justamente anteayer Benya había mencionado “el retiro de la Iglesia”.

Benya dijo meditabundamente:

— San Pablo, y despues San Cipriano, y después San Jerónimo, y después San Gregorio Magno, y después San Vicente Ferrer creyeron, es decir, opinaron que el fin del mundo estaba cerca ¡y se equivocaron! Pero llegarán otros que lo creerán ¡y no se equivocarán! Y nada impide que aquesos seamos nosotros aquí.

— Con razón los condena la Iglesia —dije yo por broma—. A nadie le gusta morir pronto; y a la Iglesia, menos.

— Pues no señor —saltó él—. En el APOKALYPSIS la “Esposa y el Espíritu —es decir, por hendiadis, la Esposa inspirada por el Espíritu Santo— dicen: Ven, ven, ven, Señor Jesús”. Y Jesús responde: “Vengo pronto”.

— ¿La Iglesia quiere “ser retirada”? —preguntó Mungué.

— Pues sí, señor. San Victorino Mártir continuamente dice que la Iglesia será quitada: “Et cœlum recessit tanquam liber qui involvitur”; y el intérprete interpreta: “el cielo es plegado, es decir, la Iglesia es quitada”; “de medio fiet” —escribe Victorino en su bajo latín— que en latín significa más todavía: “La Iglesia liquidada”.

[Parte Cuarta, cap. II = Si Roma será o no destruida, conforme a la letra de una descripción apocalíptica, no lo sabemos, aunque muchos Santos Padres lo creen.

“Romanum, inquit, nomen, quo nunc regitur orbis, (horret animus dicere sed dicam quia futurum est) tolletur de terra, et Imperium in Asiam revertetur, ac rursum Oriens dominabitur: atque Occidens serviet…”, exclama Lactancio; y lo sigue San Agustín, interpretando a San Pablo, en el Capítulo I del Libro XX de Civitate.

San Victorino Mártir netamente asevera que “la Iglesia será quitada”; pero eso no significa que será extinguida del todo y absolutamente, como opinó Domingo Soto, sino su desaparición de la sobrehaz de la tierra y su vuelta a unas más oscuras y hórridas catacumbas.]

— ¡Eso es una herejía más grande que una casal —gritó fray Fulgencio Mónaco.

— No tanto —dijo el viejo—. Domingo Soto defendió que la Iglesia “desaparecería”. Yo no lo sigo, conste. Pero quiero decir que esa opinión no fue condenada…

— ¡Pamplinas! —dijo el monje, acudiendo a su exclamación favorita—. La Iglesia será perseguida solamente.

— ¿Creen ustedes que antes del fin vendrá una gran apostasía?

— Eso es de fe —intervino Mungué—. San Pablo lo dice y Nuestro Señor mismo afirmó: “Cuando Yo vuelva, ¿creéis que hallaré fe en la tierra?”

— ¿Creen ustedes que una apostasía general sería posible si la Iglesia estuviera vigente, llena de pureza, de justicia, de caridad y de luz? Es imposible. La gran apostasía hace concebible la gran persecución; pero la gran apostasía no es concebible sin una contaminación….

— Siempre ha existido contaminación —dijo la señora— y existirá, según la parábola de la cizaña: “hasta el tiempo de la siega…”

— Justamente —dijo el viejo— y hacia el tiempo de la siega es cuando el lolio, que esa planta y no la cizaña ni el abrojo indicó el Divino Maestro, es cuando el lolio se parece más al trigo…

— ¡Ojo! — dijo Mungüé— la Iglesia siempre se distinguirá de las sectas por sus cuatro notas: una, santa, católica y apostólica.

— Ni los faros se ven bien en tiempo de niebla —pronunció sibilinamente el rabino…

— ¡Eso es herejía protestante! —acusó Fulgencio— ¡El error de la Iglesia invisible!

El viejo lo miró en silencio un instante, y prosiguió:

— La condición del mundo cuando vuelva Cristo será análoga a la que tenía cuando lo dejó. El Rey de los Profetas para ver al mundo futuro, desde aquel montículo de Jerusalén desde el cual se veía el Templo, y ¡ay! el Calvario, no tuvo más que mirar su propia situación presente, ponderarla con amargura, y ampliarla en todas direcciones; y por eso el Maestro, al profetizar la Gran Tribulación Final, incluyó en la profecía parusíaca, como núcleo y typo de ella, la predicción previa de la caída de la Sinagoga y el Templo, abreviado fin del mundo judaico. ¡Vio las dos cosas juntas, en la misma perspectiva, aunque en diversos planos, no lo olviden!

[Parte Segunda, cap. I = La Iglesia está enferma, la Iglesia ha sido atacada por dentro. La Iglesia está enferma de la misma enfermedad de que enfermó la Sinagoga. El mundo va pareciéndose cada día más al mundo al cual bajó el Hijo de Dios doloroso: tanto en la Iglesia como fuera de ella. Paganismo y fariseísmo.]

— Yo sigo sosteniendo… Yo sigo sosteniendo… —empezó Fulgencio Mónaco.

— Eso que usted ha dicho es la única manera, según expone Billot con toda claridad, de salvar la objeción racionalista de que Cristo se equivocó flagrantemente acerca del fin del mundo —atajó Mungué Murray—, es decir, de salvar la divinidad de Cristo. Porque si Cristo erró, no fue Dios. Cristo profetizó doble, con dos sentidos literales.

— ¡Pero no es la pura respuesta a una objeción, como las que manejan ustedes en clase! ¡Es el reencuentro de la ley fundamental de la profecía, la ley del typo y el antitypo! ¡no es el cabo del ovillo, es el centro! ¡No es una defensa, es un descubrimiento, un nuevo mundo!

— Como usted quiera —dijo Murray con insólita cortesía—; pero lo que importa es que esa teoría suelta la objeción y es fundada…

— Más que fundada, cierta y necesaria —dijo el viejo—. Ahí está la objeción enteramente nítida: en su profecía esjatológica; en el llamado Apokalypsis Sinóptico, que es el Capítulo 24 de Mateo, Cristo vaticinó o la ruina de Jerusalén o el fin del mundo; y en entrambos casos se equivocó. Si predijo la ruina de Jerusalén, él la predice como inmediata al juicio final, con toda la sintomatología meteorológica de los esjatologistas: sol, luna y estrellas en danza, incluso “el Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes” de Daniel. Pero si predijo el fin del mundo, como mantienen los padres antiguos, entonces se equivocó netamente al decir: “En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo esto sea cumplido”.

— Bien. Maneja usted las objeciones como si estuviera en mi clase —dijo Mungué sonriendo.

Anch’io sono pittore, cocinero antes de fraile. Pero en su clase de usted se inventaron efugios ridículos, en el primer momento al menos se llegó a defender que el vaticinio de Cristo estaba en verso, ¡en verso!, y además en estrofas iguales: alternadamente una estrofa se refería al fin del mundo y otra a la eversión de Jerusalén. Eso, y hacer de Cristo un payaso o un prestidigitador era lo mismo. Hicieron reír a los sabios protestantes y los confirmaron en su error. Pero que Cristo describió a la, vez dos sucesos análogos ya lo habían visto Maldonado y San Agustín; y otros Santos Padres que cita allí el gran exegeta castellano.

— ¿De modo que entrará a reinar el fariseísmo en la Iglesia, como antaño en la Sinagoga? —dije yo alarmado—. La promesa de Cristo de asistencia perenne a su Iglesia y su conducción por el Paráclito… eso parece destruirla de raíz.

— Y la destruye —dijo el Monaco.

— ¿Por qué? —dijo el rabino—. Las mismas promesas o parecidas fueron hechas a la Sinagoga por los profetas; y justamente en el punto en que esas promesas estaban por fallar, envió Dios a su Hijo para mantenerlas; el cual dijo: “En la cátedra de Moisés se sentaron los escribas y fariseos; haced pues todo lo que os dijeren, pero no hagáis conforme a sus obras”. Pues la doctrina no faltó nunca; faltó el ejemplo.

— Pero eso es sumamente peligroso de predicar —dijo Mungué—, porque el pueblo perderá la confianza en la Jerarquía.

— Yo no lo predico: solamente lo temo —dijo mansamente el judío.

— Es que no lo debe decir siquiera, ni pensar, ni soñar —dijo Fulgencio.

— En nombre propio, no —dijo él—. Pero soñarlo ¿y quién pondrá puertas al soñar? ya lo soñó Juan en el APOKALYPSIS, según creo.

— ¿Dónde? —desafió Mungué.

— En cuatro lugares: la Iglesia de Laodicea, la Segunda Bestia, la Medición del Templo y la Gran Ramera.

— ¡Pamplinas! —dijo Fulgencio—. “Clara non sunt explicando cum oscuris”. Esos lugares son oscuros; la promesa de Cristo es clara.

El judío dejó caer los brazos con desaliento y se puso con aire cansado a hojear su BIBLIA.

— ¿Qué demonios es propiamente el fariseísmo? —dije yo, recordando mi disputa con la superiora acerca de Mariányels.

— ¿Pues no lo conoce usted? —dijo el judío, cansado—. Está en los EVANGELIOS.

— En el Elenchon contra fariseos, Mateo, Capítulo 23 —dijo el teólogo.

— En todo el EVANGELIO —bramó el viejo— Cristo no hizo más que luchar contra el fariseísmo. “Non sum misus nisi ad oves quæe perierunt domus Israel”. Fui mandado para las ovejas de Israel que perecieron.

— ¡Qué exageración! —gritó Flor de Lino—. ¿Y los milagros? ¿Y la doctrina? ¡Eso es lo principal de la vida de Cristo!

— ¿Cuál fue la empresa personal de Cristo como hombre, su hazaña y su trabajo, lo que unifica toda su acción? ¿Cuál fue el corazón de Cristo, si él fue un hombre de corazón? Ciertamente no fue una dulzura blandengue, un sentimentalismo melancólico, blanducho y llorón hacia los hombres, y aún hacia los animales, como lo pintan hoy, incluso las estatuas de los templos, d’aprés Renán o d’aprés Tolstoi —dijo el viejo—. Ésa no fue la personalidad de Cristo, no fue su corazón.

— Nosotros somos devotos del Corazón de Jesús —dijo el monje— como el que más.

— ¿Cuál fue pues su personalidad? —interrogó el teólogo Mungué…

— La lucha contra el fariseísmo, ese “pecado contra el Espíritu Santo” que le impedía su manifestación mesiánica y hería terriblemente su amor a los hombres y a los pobres y a los débiles… sin contar su amor al Padre —y a la Verdad. Esa es la clave de su carácter, quizá la principal, la que engloba todos los rasgos de su espléndida personalidad humana —declaró Benya—. Yo sé lo que es el fariseísmo, aunque no lo sepa definir —añadió—. Lo he probado en mi carne.

— ¡Pamplinas! El fariseísmo se acabó.

— Nunca —asestó Benya—, Ni se acabará. ¿Qué es lo que puede producir la Magna Tribulación, la peor prueba, si no el Magno Pecado el peccatum ad mortem que efectivamente infirió la muerte al que era la Resurrección y la Vida?

“Si eres deveras Hijo de Dios, baja de la cruz y creeremos en Ti” —dije yo con un vago temblor.

— En efecto, ésa es la esencia del fariseísmo. —Benya se volvió hacia mí con una sonrisa aprobatoria—. Crueldad, soberbia religiosa y resistencia a la Fe. Pero Cristo desde la cruz pudiera responderles: “Creed en Mí y bajaré de la cruz”. En efecto, cuando los judíos crean en Él, y los gentiles hayan caído en el pecado de muerte, bajará Cristo de su larga Cruz, que es toda la historia de la Iglesia.

— Esta conversación no me interesa —dijo Fulgencio.

— El fariseísmo viene a ser como… los fariseos son “religiosos profesionales”… como el profesionalismo de —dije—, recordando una frase de Gustavo Thibon.

— Ése es solamente el primer grado del fariseísmo, en todo caso —reflexionó el viejo—. A ver si podemos describirlo por sus grados:

El primero: la religión se vuelve meramente exterior.

El segundo: la religión se vuelve profesión, métier, gagne-pain.

El tercero: la religión se vuelve instrumento de ganancia, de honores, poder o dinero.

— ¡Es como la esclerotización de lo religioso, un endurecimiento o decaimiento progresivo! —saltó el teólogo.

Y después una falsificación, hipocresía, dureza hasta la crueldad… —dije yo.

— Jesucristo en el EVANGELIO condenó a los fariseos —machacó fray Florecita— y con eso basta.

El judío se había quedado como absorto. Después prosiguió con una voz hueca y ronca…

— Yo tiemblo de decir lo que oso apenas pensar… Mi corazón tiembla delante de Dios como una hoja de árbol al pensar en el misterio del fariseísmo. Yo no puedo indignarme como el Divino Maestro; yo, miserable gusano, le tengo miedo —y de hecho se estremeció bruscamente todo su cuerpo, y dos lágrimas asomaron a sus ojos.

— Los otros grados —prosiguió— ya son diabólicos. El corazón del fariseo primero se vuelve corcho, después piedra, después se vacía por dentro, después lo ocupa el demonio. “Y el demonio entró en él”, dice Juan de Judas.

El cuarto: la religión se vuelve pasivamente dura; insensible, desencarnada.

El quinto: la religión se vuelve hipocresía: el “santo” hipócrita empieza a despreciar y aborrecer a los que tienen religión verdadera.

El sexto: el corazón de piedra se vuelve cruel, activamente duro.

El séptimo: el falso creyente persigue de muerte a los veros creyentes, con saña ciega, con fanatismo implacable… y no se calma ni siquiera ante la cruz ni después de la cruz…

“Este impostor dijo que al tercer día iría a resucitar”; de modo que, oh Excelso Procurador de Judea… Guardias al sepulcro.

— Bien, éso pasó una vez y no volverá más… —dijo Fulgencio—. La hipocresía no prospera hoy día en la Iglesia de Cristo. “¡Está la gracia de Dios!

— ¡Dios lo quiera! —dijo Bonya—. Pero ésta no es hipocrecía vulgar; es diabólica, profunda, inconsciente casi. “Corruptio optimi pessima”, es la corrupción de lo mejor, de la religiosidad, cosa que no tiene remedio, como la sal que pierde su salidez. Cuando en la Iglesia ha salido un ramo de fariseísmo, Dios lo ha curado, pero alguien lo ha pagado con su sangre, desde Cristo hasta Juana de Arco, y hasta nuestros días.

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Sobre los 42 meses, confrontar:

Daniel:

4: 13 = Deje de ser su corazón de hombre, désele un corazón de bestia y pasen por él siete tiempos (7 años)

7: 25 = De este reino saldrán diez reyes, y otro saldrá después de ellos; será diferente de los primeros y derribará a tres reyes; proferirá palabras contra el Altísimo y pondrá a prueba a los santos del Altísimo. Tratará de cambiar los tiempos y la ley, y los santos serán entregados en sus manos por un tiempo y tiempos y medio tiempo.

8: 14 = Oí entonces a un santo que hablaba, y a otro santo que decía al que hablaba: “¿Hasta cuándo la visión: el sacrificio perpetuo, la iniquidad desoladora, el santuario y el ejército pisoteados?” Le respondió: “Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas: después será reivindicado el santuario” (6 años lunares y medio = tres y medio).

9: 27 = Y después de las sesenta y dos semanas el mesías será suprimido, y nada será de él… Y destruirá la ciudad y el santuario el pueblo de un príncipe que vendrá. Su fin será en un cataclismo y, hasta el final, la guerra y los desastres decretados. El concertará con muchos una firme alianza una semana; y en media semana hará cesar el sacrificio y la oblación, y en el ala del Templo estará la abominación de la desolación, hasta que la ruina decretada se derrame sobre el desolador.

12: 7 = Y oí al hombre vestido de lino, que estaba sobre las aguas del río, jurar, levantando al cielo la mano derecha y la izquierda, por Aquel que vive eternamente: “Un tiempo, tiempos y medio tiempo, y todas estas cosas se cumplirán cuando termine el quebrantamiento de la fuerza del Pueblo santo”

12: 11 = Contando desde el momento en que sea abolido el sacrificio perpetuo e instalada la abominación de la desolación: mil doscientos noventa días.

12: 12 = Dichoso aquel que sepa esperar y alcance mil trescientos treinta y cinco días. (hay una diferencia de 45 días)

Después de la aniquilación del Anticristo tendrán los hombres por lo menos 45 días para hacer penitencia; quizás muchos más, años enteros. Según Fillion, “hasta la Parusía de Cristo”.

Apocalipsis:

11: 2 = El patio exterior del Santuario, déjalo aparte, no lo midas, porque ha sido entregado a los gentiles, que pisotearán la Ciudad Santa 42 meses.

11: 3 = Pero haré que mis dos testigos profeticen durante 1260 días

12: 6 = Y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser allí alimentada 1260 días

12: 14 = Pero se le dieron a la Mujer las dos alas del águila grande para volar al desierto, a su lugar, lejos del Dragón, donde tiene que ser alimentada un tiempo y tiempos y medio tiempo.

13: 5 = Le fue dada una boca que profería grandezas y blasfemias, y se le dio poder de actuar durante 42 meses

También el apocalipsis sinóptico conoce tales la expresión “tiempos de los gentiles”, que duran hasta que “se cumplan”: Habrá, en efecto, una gran calamidad sobre la tierra, y cólera contra este pueblo; y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles (Lc 21, 24).

Esto mismo se expresa aquí con la indicación de un determinado espacio de tiempo.

La indicación de 42 meses (11,2; 13,5) = 1260 días (11,3; 12,6) = tres años y medio (12,14) proviene del libro de Daniel, en el que la duración del reinado de terror de Antíoco IV Epífanes sobre Jerusalén se cifran en “un tiempo y tiempos y medio tiempo” (Dan 7,25; 12,7) y en “medio septenario” (Dan 9,27), es decir, ambas veces en 3 1/2, o sea media semana de años.

La mitad de siete, que representa la medida de infortunio de lo que es contrario a Dios, aparece también en cada caso en el Apocalipsis como la duración del señorío de poderes contrarios a Dios.

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8ª VISIÓN

LOS DOS TESTIGOS
(XI: 3-14)

“Y daré a mis dos testigos que, vestidos de sacos, profeticen durante 1260 días. Estos son los dos olivos y los dos candelabros que están en pie delante del Señor de la tierra. Y si alguno quisiere hacerles daño, sale de su boca fuego que devora a sus enemigos. Y el que pretenda hacerles mal, ha de morir de esta manera. Ellos tienen poder de cerrar el cielo para que no llueva durante los días en que profeticen; tienen también potestad sobre las aguas, para convertirlas en sangre, y poder de herir la tierra con toda clase de plagas, cuantas veces quisieren.

Y cuando hayan acabado su testimonio, la Bestia que sube del abismo les hará la guerra, los vencerá y les quitará la vida. Y sus cadáveres yacerán en la plaza de la gran ciudad, que simbólicamente se llama Sodoma y Egipto, que es también el lugar donde el Señor de ellos fue crucificado.

Y gentes de los pueblos y tribus y lenguas y naciones contemplarán sus cadáveres tres días y medio; y no será permitido que se dé sepultura a los cadáveres.

Los habitantes de la tierra se regocijan por causa de ellos, hacen fiesta, y se intercambiarán regalos, porque estos dos profetas fueron molestos a los habitantes de la tierra.

Pero, al cabo de los tres días y medio, un espíritu de vida procedente de Dios entró en ellos y se pusieron de pie, y un gran espanto se apoderó de quienes los contemplaban. Y oyeron entonces una fuerte voz que les decía desde el cielo: “Subid acá”. Y subieron al cielo en la nube, a la vista de sus enemigos. En aquella hora se produjo gran terremoto, y la décima parte de la ciudad se derrumbó, y con el terremoto perecieron 7.000 nombres de hombres. Los supervivientes, presa de espanto, dieron gloria al Dios del cielo.

El segundo ¡Ay! ha pasado. Ved que el tercer ay viene pronto”.

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3: Y daré a mis dos testigos que, vestidos de sacos, profeticen durante 1260 días.

Ni siquiera en la época de mayor persecución se encerrará la Iglesia en el ghetto que se le haya impuesto desde fuera, sino que, aun en medio de los mayores peligros y amenazas, confiando en la protección del Señor universal, desempeñará su encargo de testimoniar a Jesucristo en el mundo y para el mundo.

Este hecho se predice en la visión de los Dos Testigos.

Dado que a la Iglesia incumbe como quehacer supremo conservar el testimonio de Jesús y anunciarlo a los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos, los dos representantes de los fieles de Cristo en medio del mundo descreído son llamados simplemente testigos.

El contenido capital de su testimonio es la llamada profética a la conversión, como lo indica su indumentaria (vestido de luto y de penitencia; cf. Gén 37,34; Is 37,1; 58,5; Mt 11,21) y como resulta por lo demás de la situación en que se presentan.

La Iglesia, por consiguiente, no callará su llamado a la conversión, ni siquiera durante el tiempo en que se vea entregada a los gentiles la ciudad santa, es decir, en la época de apostasía en masa de los fieles.

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Monseñor Starubinger:

Los intérpretes antiguos ven en los Dos Testigos a Elías y Enoc, que habrían de venir para predicar el arrepentimiento.

Ver:

Eclesiástico 44: 16 = Henoc agradó al Señor, y fue arrebatado, ejemplo de penitencia para las generaciones.

Eclesiástico 48: 1-10 = Después surgió el profeta Elías como fuego, su palabra abrasaba como antorcha. El atrajo sobre ellos el hambre, y con su celo los diezmó. Por la palabra del Señor cerró los cielos, e hizo también caer fuego tres veces. ¡Qué glorioso fuiste, Elías, en tus portentos! ¿Quién puede jactarse de ser igual que tú? Tú que despertaste a un cadáver de la muerte y del seol, por la palabra del Altísimo; que hiciste caer a reyes en la ruina, y a hombres insignes fuera de su lecho; oíste en el Sinaí la reprensión, y en el Horeb los decretos de castigo; ungiste reyes para tomar venganza, y profetas para ser tus sucesores; en torbellino de fuego fuiste arrebatado en carro de caballos ígneos; fuiste designado en los reproches futuros, para calmar la ira antes que estallara, para hacer volver el corazón de los padres a los hijos, y restablecer las tribus de Jacob.

Hoy se piensa más bien en Moisés y Elías, que representan la Ley y los Profetas; y es evidente la semejanza que por sus actos tienen con aquéllos estos dos testigos, siendo de notar que Moisés, según una leyenda judía que trae Josefo, habría sido arrebatado en una nube en el monte Abar.

Por otra parte, y sin perjuicio de lo anterior, Bossuet ve en los dos testigos la autoridad religiosa y la autoridad civil, y en tal sentido es también evidente la relación que ellos tienen con los dos olivos de Zacarías, que son el príncipe Zorobabel y el sacerdote Jesús ben Josedec.

Ver:

Zacarías 4: 3-14 = Volvió el ángel que hablaba conmigo y me despertó como a un hombre que es despertado de su sueño. Y me dijo: « ¿Qué ves? » Dije: « Veo un candelabro todo de oro, con una ampolla en su vértice: tiene siete lámparas y siete boquillas para las siete lámparas que lleva encima. Hay también dos olivos junto a él, uno a su derecha y el otro a su izquierda. » Proseguí y dije al ángel que hablaba conmigo: « ¿Qué es esto, señor mío? » Me respondió el ángel que hablaba conmigo y me dijo: « ¿No sabes qué es esto? » Dije: « No, mi señor. » Prosiguió él y me habló así: Esta es la palabra de Yahveh a Zorobabel. No por el valor ni por la fuerza, sino sólo por mi Espíritu – dice Yahveh Sabaot -. ¿Quién eres tú, gran monte? Ante Zorobabel serás una explanada, y él extraerá la piedra de remate, a los gritos de « ¡Bravo, bravo por ella! ». Me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos: Las manos de Zorobabel echaron el cimiento a esta Casa y sus manos la acabarán; (sabréis así que Yahveh Sabaot me ha enviado a vosotros). ¿Quién menospreció el día de los modestos comienzos? ¡Se alegrará al ver la plomada en la mano de Zorobabel! « Esos siete son los ojos de Yahveh: ellos recorren toda la tierra. » Entonces tomé la palabra y le dije: « ¿Qué son esos dos olivos a derecha e izquierda del candelabro? » Añadí de nuevo y le dije: « ¿Qué son las dos ramas de olivo que por los dos tubos de oro vierten de sí aceite dorado? » El me habló y dijo: « ¿No sabes qué es esto? » Dije: « No, mi señor. » Y él me dijo: « Estos son los dos Ungidos que están en pie junto al Señor de toda la tierra ».

Esto podría coincidir con los muchos vaticinios particulares sobre el “gran monarca” que lucharía contra el Anticristo de consuno con la autoridad espiritual, ya que también las dos Bestias presentan ambos aspectos: el político en la Bestia del mar y el religioso en el Falso Profeta que se pondrá a su servicio.

Algunos han pensado, sin embargo, que Moisés y Elías son más bien las dos alas referidas en 12:14.

Con respecto al primero, dice un autor que la cifra de tres años y medio ha tomado la significación alegórica de tiempo de crisis, sentido de tal modo tradicional que Santiago (5:17-18 = Elías era un hombre de igual condición que nosotros; oró insistentemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses. Después oró de nuevo y el cielo dio lluvia y la tierra produjo su fruto.) y San Lucas (4:25 = Os digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón.) se sirvieron de él para señalar la duración de una sequía que en realidad no duró sino tres años.

Notemos que el texto que narra el fin de aquella sequía en III Reyes, 18:1ss se armoniza muy bien con los citados, si se entiende que Dios ordenó la lluvia pasados ya muchos días del año tercero, o sea cuando estaban muy excedidos los tres años (Pasado mucho tiempo, fue dirigida la palabra de Yahveh a Elías, al tercer año, diciendo: Vete a presentarte a Ajab, pues voy a hacer llover sobre la superficie de la tierra).

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Padre Castellani, en El Apokalipsis de San Juan:

Los Dos Testigos serán, según algunos, Enoch y Elías, que se cree no han muerto aún; los cuales vendrán a predicar o confortar a los Gentiles y a los Judíos.

Según otros, serán dos jefes religiosos eminentes que regirán a los dos grupos perseverantes de cristianos fieles y judíos convertidos. Esto quizás sucederá en el tiempo de Silencio por Media Hora.

Esta segunda opinión adopta más o menos el teólogo ruso Wladimir Solovief en el tercero de sus egregios Diálogos, donde construye una leyenda o imagen del Apokalipsis aplicada literalmente a nuestra época: los Dos Testigos son allí Paulus y Johannes, o sea el Jefe de la Iglesia Luterana en los últimos tiempos y el Pontífice de la Ortodoxia oriental, reunidos finalmente a Petrus Romanus, el último Papa, ante la misma faz del Anticristo; asesinados por él y resucitados luego de tres día y medio por Jesucristo.

Yo no sé cuál de las dos es la buena. Otras no hay, razonables al menos.

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Padre Emmanuel, en su trabajo El Drama del Fin de los Tiempos

Séptimo artículo, septiembre de 1885: Henoc y Elías.

Los hechos maravillosos que vamos a referir no son suposiciones aventuradas; son verdades sacadas de la Escritura Sagrada, y que sería por lo menos temerario negar.

Antes del fin de los tiempos, y durante la persecución del Anticristo, se verá reaparecer en medio de los hombres a dos personajes extraordinarios, llamados Henoc y Elías.

¿Quiénes son estos personajes? ¿En qué condiciones se realizará su aparición providencial en la escena del mundo?

Es lo que vamos a examinar, a la luz de las Escrituras y de la Tradición.

Henoc es uno de los descendientes de Set, hijo de Adán, y tronco de la raza de los hijos de Dios.

Es la cabeza de la sexta generación a partir del padre del género humano. El Génesis nos enseña sobre él lo que sigue:

“Yared llevaba de vida ciento sesenta y dos años cuando engendró a Henoc… Henoc llevaba de vida sesenta y cinco años cuando engendró a Matusalén; y caminó Henoc en compañía de Dios, después de haber engendrado a Matusalén, trescientos años, y engendró hijos e hijas. Resultaron, pues, todos los días de Henoc trescientos sesenta y cinco años. Ahora bien, Henoc caminó en compañía de Dios, y desapareció, porque Dios le tomó consigo” (Gen. 5, 18-25).

Dios arrebató a la edad de 365 años, es decir dada la extrema longevidad de esa época, en la madurez de su edad. No murió, sino que desapareció. Fue transportado, vivo, a un lugar conocido sólo por Dios. Esto es lo que sabemos de Henoc, patriarca de la raza de Set, bisabuelo de Noé, antecesor del Salvador.

Por lo que se refiere a Elías, su historia es mejor conocida. Henoc, anterior al Diluvio, nació varios miles de años antes de Jesucristo. Elías apareció en el reino de Israel menos de mil años antes del Salvador; es el gran profeta de la nación judía.

Su vida es de lo más dramática (III y IV Reyes).

Se podría decir que es una profecía en acción del estado de la Iglesia en tiempos de la persecución del Anticristo.

Siempre anda errante, siempre se ve amenazado de muerte, siempre es protegido por la mano de Dios. Unas veces Dios lo oculta en el desierto, donde lo alimentan unos cuervos; otras veces lo presenta al orgulloso Acab, que tiembla ante él.

Dios le entrega las llaves del cielo, para enviar la lluvia o el rayo; lo favorece en el monte Horeb con una visión llena de misterios. En resumen, lo engrandece hasta darle la talla de Moisés taumaturgo, de manera que juntamente con Moisés escolta a Nuestro Señor en el Tabor.

La desaparición de Elías responde a una vida tan sublimemente extraña. Se lo ve caminar con su discípulo Eliseo; se abre un paso a través del Jordán, golpeando las aguas con su manto. Anuncia que va a ser arrebatado al cielo. De repente, “mientras ellos iban hablando, un carro de fuego y unos caballos de fuego los separaron a entrambos, y subió Elías en un torbellino al cielo. Eliseo lo veía y gritaba: “¡Padre mío, padre mío, carro de Israel y su auriga!” Y no le vio más” (IV Rey. 2 11-12).

De este modo Elías, el amigo de Dios, el celador de su gloria, fue también arrebatado y transportado a una región misteriosa, en la que se encontró con su antecesor, el gran Henoc.

¿Cuál es esta región? Henoc y Elías están vivos, eso es seguro. ¿Dónde los ha escondido Dios? ¿En alguna región inaccesible de esta pobre tierra? ¿En algún lugar del firmamento? Nadie lo sabe. Se puede afirmar solamente que, por el momento, se encuentran fuera de las condiciones humanas; los siglos pasan debajo de sus pies, sin afectarlos; permanecen en la madurez de su edad, seguramente tal como eran cuando Dios los arrebató de en medio de los hombres.

Su reaparición en la escena del mundo no es menos segura que su desaparición. En efecto, el autor del Eclesiástico, expresando toda la tradición judía, habla de estos dos grandes personajes en los siguientes términos:

“Henoc agradó a Dios, y fue transportado al paraíso, para predicar la penitencia a las naciones” (Ecles. 44, 16).

“¿Quién puede gloriarse de ser tu igual, oh Elías?… Tú, que fuiste arrebatado en un torbellino a lo alto, y por un carro con caballos de fuego; tú, de quien está escrito que fuiste preparado para un tiempo dado, para apaciguar la cólera de Dios, para convertir el corazón de los padres hacia los hijos, y restablecer las tribus de Israel” (Ecles. 48, 1-11).

Estas palabras de un libro canónico nos revelan claramente que Henoc y Elías tienen que realizar una misión ulterior.

Henoc debe predicar la penitencia a las naciones, o si se prefiere esta traducción, conducir las naciones a la penitencia.

Elías debe restablecer un día las tribus de Israel, es decir, devolverles su rango de honor al que tienen derecho en la Iglesia de Dios.

La unanimidad de los doctores ha comprendido que esta doble misión se realizará simultáneamente al fin del mundo.

Elías en particular es considerado como el precursor de Jesucristo cuando venga del cielo como Juez; este pensamiento se deduce manifiestamente de los Evangelios (cfr. Mc. 9 y Mt. 17:10-13 = Sus discípulos le preguntaron: ¿Por qué, pues, dicen los escribas que Elías debe venir primero? Respondió él: Ciertamente, Elías ha de venir a restaurarlo todo. Os digo, sin embargo: Elías vino ya, pero no le reconocieron sino que hicieron con él cuanto quisieron. Así también el Hijo del hombre tendrá que padecer de parte de ellos. Entonces los discípulos comprendieron que se refería a Juan el Bautista).

Por lo tanto, los hombres verán un día, y no sin terror, cómo Henoc y Elías vuelven a descender en medio de ellos, y les predican la penitencia con un brillo extraordinario.

San Juan los llama los dos testigos de Dios, y los pinta en su Apocalipsis (11, 3-7).

¿Quién no reconoce en este retrato al Elías del Antiguo Testamento, que cerró el cielo durante tres años y medio, e hizo caer fuego del cielo sobre los soldados que venían a capturarlo?

Los mil doscientos sesenta días señalan el tiempo de la persecución final, como ya lo hemos hecho observar.

La aparición de los testigos de Dios coincidirá, pues, con la persecución del Anticristo.

Hay que reconocer que el socorro dado a la Iglesia será proporcionado a la magnitud del peligro. Los dos testigos de Dios, revestidos de las insignias de la penitencia más austera, irán por todas partes, y en todas partes serán invulnerables; una nube, por decirlo así, los cubrirá, y fulminará a quienquiera ose tocarlos.

Tendrán en sus manos todas las plagas, para herir con ellas a la tierra según su arbitrio. Predicarán con una libertad suma, en la misma presencia del Anticristo.

Este se estremecerá de rabia; y habrá un duelo formidable entre el monstruo y los dos misioneros de Dios.

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Padre Lacunza, Artículo VII

Capítulo XII, Versículos 13 y 14

Y cuando el dragón vio que había sido derribado en tierra, persiguió a la mujer que parió el hijo varón. Y fueron dadas a la mujer dos alas de grande águila, para que volase al desierto a su lugar, en donde es guardada por un tiempo, y dos tiempos, y la mitad de un tiempo, de la presencia de la serpiente.

Viéndose el dragón arrojado a la tierra irresistiblemente, cortadas las alas para volar al cielo, y privado para siempre del acceso libre que tenía al tribunal de Dios; entra con esto en vehementes sospechas, o en una certidumbre más que moral de que su fin debe estar ya muy cerca.

Digo su fin, no respecto de su ser natural, sino respecto de su libertad para hacer mal a los hombres, que parece su pasión dominante.

Este pensamiento terrible, que debía naturalmente hacerlo caer de ánimo, entristecerlo y oprimirlo, éste es el que lo hace más diligente, llenándolo de nuevo odio, y de mayor furor contra Dios, contra Cristo, y contra todo cuanto le pertenece; y desea por consiguiente emplear bien aquel poco tiempo, sin perder un solo momento. Y, en primer lugar, la mujer que parió el hijo varón, es la que llama todas sus atenciones, como que ella ha sido la que ha arruinado sus proyectos con un parto tan importuno; y como que ella misma ha sido la causa de su desgracia y humillación actual.

A ésta, pues, se resuelve, y se dispone a perseguir de todos modos y con todas las máquinas imaginables, o para arruinarla y aniquilarla del todo, o, a lo menos, para no dejarla gozar tranquilamente del fruto de su vientre. Pero se engaña el infeliz, y su mismo furor apaga u oscurece la luz de su razón.

La mujer que voy a perseguir (debía decirse a sí mismo) no es ya la que era; no es aquella antigua, sino otra muy nueva; se ha renovado y mudado del todo, principalmente después del parto, por la sangre del Cordero, y por la palabra de su testimonio; ya tiene de su parte al Omnipotente, y a su lado a su príncipe Miguel. ¿Qué podré yo hacer contra ella, que no recaiga sobre mí? Acercarme a ella personalmente, no es posible, sin trabar otra nueva batalla con su príncipe y protector, para lo cual ya no hay caudal ni fuerzas, aunque sobre rabia y furor.

Esta breve y fácil reflexión debiera contener al astuto dragón, y hacerlo desistir de una empresa no menos peligrosa que inútil; mas el orgullo y la cólera son siempre muy malos consejeros. Resuelto, pues, a perseguirla a todo trance, y conociendo bien que por sí mismo nada puede, vuelve a vestirse de aquellas armas con que apareció vestido antes del parto de la mujer, a fin de tragarse al hijo, luego que ella le hubiese parido; vuelve, digo, a animar de nuevo sus siete cabezas y diez cuernos (todavía no unidos perfectamente en un solo cuerpo moral; pero ya bien dispuestos a esta unión); vuelve a tocar al arma en toda la tierra con mayor prisa y empeño, contra la terrible mujer, cuyo parto inopinado lo ha reducido a tantas angustias: Y cuando el dragón vio que había sido derribado en tierra, persiguió a la mujer que parió el hijo varón.

Bien pudiera Dios, sólo con quererlo, defender a la mujer por otra vía más corta de las máquinas del dragón, y hacer inútiles todos sus conatos; así como pudo defender a su propio Hijo de las asechanzas de Herodes, sin enviarlo desterrado a Egipto. Mas el altísimo y sumo Dios, que no sólo es omnipotente, sino también sabio y prudente, con aquella su infinita sabiduría que alcanza de fin a fin con fortaleza, y todo lo dispone con suavidad
observará entonces con la mujer perseguida la misma conducta suave y fuerte, que observó en otros tiempos con el perseguido infante: el Rey de los judíos que ha nacido.

Cuando Herodes, turbado con la gran novedad, que llevaron los Magos a Jerusalén, diciendo: ¿Dónde está el Rey de los judíos, que ha nacido?, determinó buscarlo y sofocarlo en la cuna, dispuso su divino Padre que huyese a Egipto, y allí se estuviese oculto hasta su tiempo, para cuya huida le dio dos alas como de águila grande, proporcionadas al estado de infancia en que actualmente estaba; es a saber, a su misma Madre santísima, y a San José.

Estas dos alas lo condujeron en sumo silencio, y con una suavidad admirable al lugar que Dios le tenía preparado, y allí lo ocultaron de Herodes todo el tiempo que duró su destierro, hasta que, difunto Herodes, se les dio orden de volver a la tierra de Israel, donde ya no había por entonces perseguidores: porque muertos son los que querían matar al niño.

De este mismo modo, cuando la mujer de que vamos hablando, en los días de su mocedad, se vio tan cruelmente perseguida del rey de Egipto, y buscada de tantos modos para la muerte, dispuso y ordenó esta misma prudentísima sabiduría, suave y fuerte, que la joven mujer saliese luego de Egipto, y huyese a los desiertos de Arabia, para lo que le dio también dos alas como de águila grande, esto es, dos grandes y célebres conductores, Moisés y Aarón, que con prodigios inauditos la condujeron al desierto, y allí la sustentaron con el pasto conveniente todo el tiempo de su peregrinación.

Con sola la memoria de este gran suceso se hace luego visible, y aun salta naturalmente a los ojos la alusión del texto del Apocalipsis a la salida de Egipto, y especialmente al capítulo XIX del Éxodo, versículo 4.

Compárense entre sí ambos lugares, y se hallará entre ellos una perfecta conformidad. Después de pasado el Mar Rojo, y estando ya todo Israel en el desierto del monte Sinaí, les dice el Señor estas palabras:

Texto del Éxodo:
Vosotros mismos habéis visto lo que he hecho a los Egipcios, de qué manera os he llevado sobre alas de águilas (o como lee la paráfrasis caldea, como sobre alas de águila) y tomado para mí.

Texto del Apocalipsis:
Y fueron dadas a la mujer dos alas de grande águila, para que volase al desierto a su lugar.

De manera que así como en otros tiempos remotísimos, cuando se dignó Dios mismo de sublimar a esta joven a la dignidad de esposa suya, la sacó primero de la esclavitud de Egipto, con mano robusta (y fuerte) y la condujo sobre alas de águilas (o como sobre alas de aguila), a la soledad del monte Sinaí, donde se celebraron solemnísimamente los desposorios; así sucederá a proporción en otros tiempos todavía futuros de que tanto hablan las Escrituras, cuando el mismo misericordioso Dios, compadecido de sus trabajos, y aplacado con tantos siglos de durísima penitencia, se digne llamarla por segunda vez, como a mujer desamparada y angustiada de espíritu, y como a mujer que es repudiada desde la juventud; aunque bajo otro testamento, u otro pacto nuevo y sempiterno.

Entonces renovará el Señor aquellos antiguos prodigios, y obrará otros mayores para sacarla de la opresión y servidumbre, no ya de sólo Egipto, sino de las cuatro plagas de la tierra, y para poseerla segunda vez: Y será en aquel día; extenderá el Señor su mano segunda vez para poseer el resto de su pueblo; y para que salga de su actual servidumbre, y pueda huir con más facilidad, le dará también otras dos alas como de águila grande con que pueda volar otra vez a la soledad, le dará otros dos conductores muy semejantes a Moisés y Aarón, y proporcionados al nuevo ministerio.

Qué alas, o qué conductores serán éstos, no lo podemos asegurar de cierto, sino cuando más por vía de congruencia, o de sospechas aunque vehementísimas.

La primera ala o el primer conductor parece ciertamente el profeta Elías. Lo que de él está escrito en el Eclesiástico, en Malaquías y en el Evangelio, es un fundamento que excede la pura verosimilitud, y casi toca en la evidencia.

Este hombre extraordinario está todavía vivo, sin haber pasado por la muerte, por donde debe pasar en algún tiempo.

Está reservado únicamente, según las Escrituras, para bien de los judíos, o de los hijos de Israel en general, esto es, como se dice en el Eclesiástico: para aplacar la ira del Señor, para reconciliar el corazón del padre con el hijo, y restituir las tribus de Jacob.

Lo mismo en sustancia se dice en Malaquías: He aquí yo os enviaré al profeta Elías, antes que venga el día grande y tremendo del Señor. Y convertirá el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a sus padres.

Todo lo que confirmó y explicó más el Hijo de Dios diciendo: Elías en verdad ha de venir, y restablecerá todas las cosas.

Según esto, parece más que probable que el profeta Elías ha de ser uno de los conductores o una de las alas.

La gran dificultad está en conocer con la misma verosimilitud la segunda ala, o el segundo conductor: Y fueron dadas a la mujer dos alas.

No hay duda que aquel antiquísimo profeta, Enoc, que fue el séptimo después de Adán, está todavía vivo como Elías, sin que sepamos ni del uno ni del otro el lugar determinado donde se hallan, pues la Escritura Santa ya dice en el cielo, ya al paraíso, palabras más generales que particulares.

Y anduvo con Dios (dice de Enoc), y desapareció; porque le llevó Dios; y como añade la paráfrasis Caldea, ni aun murió con Dios.

Mas en el Eclesiástico se lee: fue trasladado al paraíso. Y de Elías se dice: subió Elías al cielo en un torbellino.

Este texto del Eclesiástico es el único en toda la Escritura por donde podemos conocer el destino de Enoc, o el fin para que Dios le tiene reservado: Enoc agradó a Dios, y fue trasladado al paraíso, para predicar a las gentes penitencia.

Por estas últimas palabras es fácil comprender que el destino de este santo hombre no es para los judíos, como el de Elías, sino para las gentes; o sea para los tiempos terribles de la tribulación del Anticristo (como se infiere, del capítulo XIV, versículo 6 del Apocalipsis), o sea para las gentes que quedaren vivas en la tierra, después de la venida del Señor, como es ciertísimo que han de quedar, según las Escrituras.

Por esta razón, o por este destino del santo Enoc, para predicar a las gentes penitencia (que es lo único que hallamos de él en toda la Escritura), no veo cómo pueda ser la otra ala, o el otro conductor de nuestra mujer, con la cual no tiene otra relación que la que tiene el común padre de todos los hombres.

Los intérpretes del Apocalipsis, exceptuando algunos pocos, sienten o sospechan comúnmente, que aquellos dos testigos vestidos de sacos, de quienes se habla en el capítulo XI que se han de oponer a la bestia, y ser perseguidos y muertos por ella, etc., serán Elías y Enoc; mas por el contexto mismo es fácil conocer que estos dos testigos están tan lejos de significar dos personas singulares e individuales, como lo está la bestia misma, a la que se han de oponer, y que los ha de perseguir hasta la muerte.

Basta leer atentamente lo que se dice de estos dos testigos, desde el versículo 7, hasta el 14, para mirarlos como dos cuerpos religiosos y píos, o como dos congregaciones de fieles ministros de Dios; los cuales, llenos de su divino Espíritu, se deberán oponer por providencia suya a la general iniquidad: Y daré a mis dos testigos, y profetizarán mil doscientos y sesenta días, vestidos de sacos.

A éstos, prosigue el texto, perseguirá furiosamente la bestia; pero Dios los protegerá visiblemente con prodigios extraordinarios, hasta que llenen los días de su profecía, y entonces serán vencidos o muertos por la bestia misma, con alegría y aplauso universal de los habitadores de la tierra: Y los moradores de la tierra se gozarán por la muerte de ellos, y se alegrarán; y se enviarán presentes los unos a los otros, porque estos dos profetas atormentarán a los que moraban sobre la tierra.

Después de vencidos y muertos (concluye el texto) sus cuerpos yacerán insepultos por tres días y medio en las plazas de la ciudad grande, que se llama espiritualmente Sodoma y Egipto.

Estas palabras parecen la llave de todo el misterio. Si los dos testigos son dos personas singulares, ¿no basta para sus dos cadáveres una sola plaza? ¿Dos solos cadáveres han de estar tendidos en las plazas de una ciudad tan grande?

(In plateis civitatis magnæ)

[Según Straubinger, lo correcto es en la Plaza]

Ahora, ¿qué ciudad es esta que merece el nombre de Sodoma y Egipto?

¿No se conoce por estas contraseñas, que se dice ciudad, así como se dice Sodoma y Egipto, esto es, por semejanza, no por propiedad?

¿No es éste el modo de hablar de todo el libro divino del Apocalipsis?

Muchos doctores graves, reparando bien en estas expresiones y modo de hablar, son de parecer que aquí no se habla de alguna ciudad determinada (ni de Jerusalén futura, ni de Roma futura, según diversos modos de pensar) sino generalmente de todo el mundo o de toda la tierra; pues aunque el texto añade: donde el Señor de ellos fue también crucificado; esta circunstancia no es menos verdadera, hablando de todo el orbe de la tierra, que hablando sólo de Jerusalén; fuera de que el Señor no fue crucificado en la ciudad de Jerusalén, sino fuera de ella.

Yo me conformo casi enteramente sobre este punto con el parecer de estos doctores; y digo, casi enteramente porque no me parece necesario darle una gran extensión a esta ciudad metafórica, que es llamada espiritualmente Sodoma y Egipto.

Basta considerar su grandeza dentro de aquellos límites (bien espaciosos y celebérrimos) donde han florecido los cuatro grandes imperios, de que hablan las Escrituras; donde ha florecido el cristianismo, y donde florecerá en otros tiempos con increíble vigor el anticristianismo.

De los otros países de nuestro globo, de aquellos principalmente de quienes dice Dios por Isaías: que no oyeron de mí, y no vieron mi gloria; de quienes dice en el mismo Isaías: Porque estas cosas serán en medio de la tierra, en medio de los pueblos; como si algunas pocas aceitunas, que quedaron, se sacudieren de la oliva; y algunos rebuscos, después de acabada la vendimia. Éstos levantarán su voz, y darán alabanza; cuando fuere el Señor glorificado, alzarán la gritería desde el mar; de aquéllos de quienes se habla en Daniel: Y vi que había sido muerta la bestia… Y que a las otras bestias se les había también quitado el poder, y se les habían señalado tiempos de vida… de estos países, digo, gentes y lenguas, tenemos que decir cuatro palabras en otra ocasión más oportuna, pues ya ésta parece una verdadera digresión.

Volviendo ahora a nuestros dos testigos, considerados como dos cuerpos morales, decimos en suma y brevísimamente, que de ellos deberán salir todos o los más de aquellos mártires que todavía falten para completar el número de los correinantes (Apoc. XX, 4-5); de los cuales se dice expresamente en el capítulo XX, que han de resucitar en la venida de Cristo, juntamente con los otros mártires más antiguos: y las almas de los degollados… y los que no adoraron la bestia… y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Los otros muertos no entraron en vida.

Así, cuando a la apertura del cuarto sello del libro claman las almas de los mártires pidiendo justicia de su sangre derramada por Cristo, se les da a cada uno una estola blanca, que parece un nuevo grado de gloria, con la noticia de estar ya muy próxima su resurrección: Y fueron dadas a cada uno de ellos unas ropas blancas; y se les dice, que descansen y esperen todavía un momento, mientras se completa el número de sus consiervos y hermanos, que van luego a ser muertos como ellos lo fueron.

Aunque por las razones que acabo de apuntar me parece que el santo Enoc no es la segunda ala que se ha de dar a la mujer, no por eso me atrevo a negarlo del todo; pues los dos ministerios, el uno de dar penitencia a las gentes (o antes o después de la venida del Señor), y el otro de conducir las tribus de Israel a la soledad, no son absolutamente incompatibles.

No obstante, siguiendo la alusión que parece tan clara, a la salida de Egipto, se halla fácilmente una gran semejanza y proporción entre Moisés y Elías, y no es fácil hallar alguna entre Aarón y Enoc.

Si se me pregunta ahora, ¿quién será, o quién podrá ser esta segunda ala, según las Escrituras? Respondo con verdad que no lo sé.

Las sospechas que sobre esto tengo, aunque vehementísimas, no me atrevo a proponerlas aquí. Esto sería excitar inoportunamente una disputa inútil, capaz de distraernos a otra cosa, y hacer olvidar el asunto principal.

Por ahora basta decir, que esta segunda ala, compañera de Elías, como lo fue Aarón de Moisés, será infaliblemente la que Dios ya tiene elegida.

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Comentario general:

4: Estos son los dos olivos y los dos candelabros que están en pie delante del Señor de la tierra.

En el modelo del profeta Zacarías (Zac. 4: 3 y 11), uno de los dos olivos simboliza al sumo sacerdote; el otro, al rey; allí sólo hay un candelabro, que tiene siete brazos y significa la omnisciencia de Yahveh:

Volvió el ángel que hablaba conmigo y me despertó como a un hombre que es despertado de su sueño. Y me dijo: « ¿Qué ves? » Dije: « Veo un candelabro todo de oro, con una ampolla en su vértice: tiene siete lámparas y siete boquillas para las siete lámparas que lleva encima. Hay también dos olivos junto a él, uno a su derecha y el otro a su izquierda. » Proseguí y dije al ángel que hablaba conmigo: « ¿Qué es esto, señor mío? » Me respondió el ángel que hablaba conmigo y me dijo: « ¿No sabes qué es esto? » Dije: « No, mi señor. » Prosiguió él y me habló así: Esta es la palabra de Yahveh a Zorobabel. No por el valor ni por la fuerza, sino sólo por mi Espíritu – dice Yahveh Sabaot -. ¿Quién eres tú, gran monte? Ante Zorobabel serás una explanada, y él extraerá la piedra de remate, a los gritos de « ¡Bravo, bravo por ella! ». Me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos: Las manos de Zorobabel echaron el cimiento a esta Casa y sus manos la acabarán; (sabréis así que Yahveh Sabaot me ha enviado a vosotros). ¿Quién menospreció el día de los modestos comienzos? ¡Se alegrará al ver la plomada en la mano de Zorobabel! « Esos siete son los ojos de Yahveh: ellos recorren toda la tierra. » Entonces tomé la palabra y le dije: « ¿Qué son esos dos olivos a derecha e izquierda del candelabro? » Añadí de nuevo y le dije: « ¿Qué son las dos ramas de olivo que por los dos tubos de oro vierten de sí aceite dorado? » El me habló y dijo: « ¿No sabes qué es esto? » Dije: « No, mi señor. » Y él me dijo: « Estos son los dos Ungidos que están en pie junto al Señor de toda la tierra ».

Los sumos sacerdotes y los reyes, las cumbres de la autoridad religiosa y secular respectivamente en Israel, eran ungidos (“olivos”) en señal de que ejercían su autoridad como representantes y delegados de Yahveh.

Esto se aplica también a los dos testigos; con ello se especifica más concretamente su misión como sacerdotal y regia, como la de la Iglesia universal.

La comparación de los candelabros los describe por razón de su actividad como portadores de la luz de la verdad divina en el eclipse de Dios de la ciudad enteramente profanada.

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5-6: Y si alguno quisiere hacerles daño, sale de su boca fuego que devora a sus enemigos. Y el que pretenda hacerles mal, ha de morir de esta manera. Ellos tienen poder de cerrar el cielo para que no llueva durante los días en que profeticen; tienen también potestad sobre las aguas, para convertirlas en sangre, y poder de herir la tierra con toda clase de plagas, cuantas veces quisieren.

Padre Castellani, en El Apokalipsis de San Juan:

Los milagros punitorios tienen un sentido simbólico y moral, no literal; pues manifiestamente aluden a las Siete Plagas de que hablará el Profeta en la Visión 15ª: Las Redomas de la Ira de Dios sobre los malvados, suscitadas por la sangre y las oraciones de los Santos.

Los símbolos están tomados de lo que hizo Elías (herir la tierra de sequía) y Moisés (las Diez Plagas de Egipto).

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Para que puedan desempeñar su encargo en un mundo hostil los ha equipado Dios con poderes taumatúrgicos para su propia protección y para acreditar su predicación.

No hay poder de hombres o de demonios que, contra la voluntad permisiva de Dios, pueda hacer daño a la Iglesia o impedir su acción. Siendo un signo de contradicción entre los hombres, como su mismo Señor y Maestro, también en ella se manifiesta, como en Él, la impotencia de los poderosos y el poder de los impotentes por Dios, el Todopoderoso.

Su palabra rebota sobre aquellos que la rechazan, la difaman y la combaten. A todos los que atentan contra la Iglesia en el ejercicio de su encargo de misión los alcanza el destino de los enemigos de Elías (2Re 1,9-14) y de Moisés (Núm 16,25-35); conforme a una locución profética figurada (cf. Jer 5,14; Is 11,4), se formula la amenaza de que una sentencia de la boca de los testigos los aniquilará.

Dios no sólo protege maravillosamente las personas de sus testigos, sino que les facilita una acción imperturbada mediante ayuda sobrenatural, confiriéndoles el poder taumatúrgico de un Elías (lRe 17,1; cf. Lc 4,25; Sant 5,17) y de un Moisés (Ex 7,14-12,33).

Los diferentes rasgos particulares de la imagen quieren hacer marcadamente consciente que no hay fuerza del mundo o de los abismos capaz de extinguir la Iglesia y de impedir su testimonio; ella sobrevivirá a las más graves insidias.

Aquí se plantea la cuestión de si el simbolismo de los dos testigos queda expresado suficientemente con esta interpretación general en sentido de la Iglesia en cuanto tal o si se tiene en vista todavía otro simbolismo que haga necesaria una interpretación especial.

Las palabras “mis dos testigos” introducen probablemente a éstos como dos figuras concretas conocidas. Su descripción se basa en situaciones reales de la vida y de la acción de Moisés y de Elías; éstos eran tenidos por la encarnación de “la ley y los profetas”.

En el judaísmo existía una tradición, según la cual Elías volvería al final de los tiempos antes del gran día del juicio de Dios (Mal 3,23; Mt 11,10.14; Mc 6,5; 9,11-13; Jn 1,21).

Además, en base de una antigua predicación (Dt 18,15) se había desarrollado la idea de que el profeta allí anunciado aparecería antes de la manifestación del Mesías (cf. Jn 1,21; 6,14; 7,40).

Así, en la descripción de los dos testigos se prestan al uno rasgos tomados de la historia de Elías, y al otro rasgos tomados de la historia de Moisés.

Si el Apocalipsis dio a los dos testigos, además de su significado figurativo de la Iglesia en cuanto tal, todavía otro significado referido a dos personalidades individuales, en todo caso no quiso referirse a aquellos hombres históricos en persona; la entera descripción da más bien a entender que se piensa en dos profetas que han de aparecer antes del fin de los tiempos, los cuales estarán equipados “con el espíritu y el poder” de aquellos grandes hombres de la historia de Israel (Lc 1,17; cf. Mt 11,10.14).

La decisión depende en esta cuestión de cómo haya de enjuiciarse el pasaje, en cuanto a su modalidad y contenido, en el marco de la composición global.

En rigor, en esta sección no se describe ninguna visión en sentido estricto, sino que aquí, mediante diversos elementos tomados de visiones posteriores, que en su propio lugar son suficientemente claros (cf. 11,7 con 13,1ss), se hace más bien una predicción que anticipa, tranquilizando e infundiendo ánimos, el feliz desenlace de la grave tribulación.

Según, pues, que la Bestia que sale del abismo haya de entenderse o no en 13,1ss al Anticristo como individuo, lo mismo podrá suponerse también aquí tocante a los dos testigos, a los que da muerte la Bestia.

El ulterior desarrollo de su descripción en el pasaje siguiente parece favorecer la hipótesis según la cual la predicación del texto, si bien con toda seguridad describe en primer lugar, muy en general la suerte de la Iglesia en los tiempos finales, anuncia suplementariamente, para la situación especialmente difícil antes del fin de los tiempos, dos figuras proféticas concretas que asistirán a la Iglesia en su enfrentamiento con la figura también concreta del Anticristo.

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8: Y sus cadáveres yacerán en la plaza de la gran ciudad, que simbólicamente se llama Sodoma y Egipto, que es también el lugar donde el Señor de ellos fue crucificado.

Según Monseñor Straubinger, como ya hemos indicado, En la plaza es más exacto que En las plazas, como trae la Vulgata.

Sodoma y Egipto, figuras del mundo enemigo de Dios, son aquí nombres dados a esa Jerusalén pisoteada (cfr. Isaías 1:10; Jeremías 23:14; Ezequiel 16:46)

Padre Castellani, en El Apokalipsis de San Juan:

Jerusalén es esta ciudad, la capital del Anticristo cuando su Reino será aún reino pequeño (un pequeño cuerno, según Daniel) antes de convertirse la Fiera en Emperador, restaurador del mal Imperio Romano II.

Algunos dicen que esta Ciudad Grande será Roma —una Roma futura perversa— aduciendo la leyenda del Quo Vadis? en que Cristo dice a San Pedro: Voy a Roma para ser de nuevo crucificado. Rebuscada opinión parece —a no ser se refiera al typo—; y la Roma pagana no es llamada nunca por los Apóstoles (Pedro, Juan) Sodoma y Egipto, sino Babilonia.

San Pedro y San Pablo fueron los Dos Testigos en el typo de esta profecía, que es indudablemente la Roma de Nerón.

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La suerte final de los dos testigos y el fin de su testimonio serán causados por la Bestia que sale del abismo, cuando Dios dé por cumplido su tiempo. Con esta indicación de la procedencia de la Bestia queda ésta caracterizada como un poder diabólico; el artículo determinado indica con la mayor probabilidad que se presupone tratarse de un individuo conocido a los primeros lectores del Apocalipsis.

Con la aparición de la Bestia, que se describe por extenso en los capítulos 13 y 17, parece que la historia del mundo va a terminar ya en un triunfo total del mal, la victoria del Anticristo sobre la Iglesia de Cristo parece que viene a ser completa. Sus testigos mueren como mártires, y el odio de sus enemigos los persigue todavía después de su muerte, sus cadáveres son ultrajados al negárseles la sepultura.

El lugar de su actividad, “la ciudad santa” entregada en manos de los gentiles, se llama ahora, tras esta abominación, “la gran ciudad”, como más adelante Babilonia, la capital del Anticristo (cf. 16,19; 17,18; 18,10.16-21).

El aspecto de esta ciudad y lo que en ella sucede se insinúa ahora con los nombres de Sodoma y de Egipto calificados de simbólicos. Sodoma sirve en la literatura profética de arquetipo de perversión moral (cf. Is 1,9; 3,9; Ez 16, 46-50), y Egipto es también allí figura de la tiranía y del empedernimiento (Sab 19,13-17).

También la observación adicional sobre la crucifixión de Jesús se ha de entender aquí, como todo lo demás, simbólicamente.

Con la imagen de Jerusalén —al comienzo de la visión (11,1-2), primeramente símbolo de la interpenetración de la Iglesia y el mundo— había representado San Juan el relegamiento de la Iglesia fuera del mundo; la zona de la ciudad y parte del recinto del templo cayeron en manos enemigas.

Ahora bien, la circunstancia de que en la Jerusalén histórica hubiera sido crucificado el Señor la toma aquí el vidente como motivo para hacer constar que los mismos poderes que habían sido causa de la muerte de Jesús están también en acción en la persecución de su Iglesia. La muerte de Jesús se continúa en el martirio de sus fieles.

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7 y 9-10: Y cuando hayan acabado su testimonio, la Bestia que sube del abismo les hará la guerra, los vencerá y les quitará la vida (…) Y gentes de los pueblos y tribus y lenguas y naciones contemplarán sus cadáveres tres días y medio; y no será permitido que se dé sepultura a los cadáveres.

Los habitantes de la tierra se regocijan por causa de ellos, hacen fiesta, y se intercambiarán regalos, porque estos dos profetas fueron molestos a los habitantes de la tierra.

Monseñor Straubinger: La Bestia que sube del abismo simboliza al Anticristo, y su aparición se anticipa aquí. Esto muestra que el capítulo 13 se vincula cronológicamente al presente, así como también que los contemporáneos de San Juan tenían un conocimiento claro del Anticristo y su simbología.

El mundo, adulado por sus falsos profetas, se llena de júbilo creyendo verse libre de aquellos santos cuyos anuncios no podía soportar (cfr. San Juan 7:7 y 15:18). Pronto se verá su error, como lo demuestran las plagas que siguen.

Padre Castellani, en El Apokalipsis de San Juan:

La visión alude, pues, a la persecución universal y a la última apostasía, molestada por el testimonio de Cristo de los dos Santos.

Para este universal regocijo es menester que exista el periodismo.

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Cuán completo ha venido a ser el dominio de la bestia sobre la humanidad resulta del hecho de que el mundo entero respira y se regocija como liberado y las gentes se hacen mutuamente regalos como en las grandes fiestas, una vez que se ha hecho enmudecer la boca de estos profetas.

El requerimiento a la conversión que Dios había efectuado por medio de ellos se había sentido como una incomodidad y un tormento; ahora los moradores de la tierra respiran como liberados de una pesadilla.

Resulta realmente turbador que el Evangelio de Dios puede sentirse como un tormento y la humanidad celebre fiestas porque Dios calla y sólo el infierno tiene todavía la palabra.

Sin embargo, el triunfo total de la maldad es sólo de corta duración, y la sensación de poder mirar los cadáveres de los profetas como trofeos de victoria no dura mucho tiempo.

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11-13: Pero, al cabo de los tres días y medio, un espíritu de vida procedente de Dios entró en ellos y se pusieron de pie, y un gran espanto se apoderó de quienes los contemplaban. Y oyeron entonces una fuerte voz que les decía desde el cielo: “Subid acá”. Y subieron al cielo en la nube, a la vista de sus enemigos. En aquella hora se produjo gran terremoto, y la décima parte de la ciudad se derrumbó, y con el terremoto perecieron 7.000 nombres de hombres.

El hecho de su resurrección, como el de su subsiguiente recepción en el Cielo, tiene lugar diversamente que en el caso de Jesús, ante los ojos de los adversarios atemorizados.

Dios se muestra en ellos más fuerte que todo el poder de la Bestia, por la que habían tomado partido las masas; así, el júbilo de los moradores de la tierra se cambia bruscamente en terror, pues presienten el castigo de Dios, que se anuncia inmediatamente en acontecimientos externos.

Al igual que en la resurrección de Jesús, se produce un gran terremoto, que convierte en ruinas una décima parte de la ciudad y sepulta bajo los escombros a 7.000 personas.

El intermedio termina con la consoladora comprobación de que, como consecuencia de los acontecimientos sucedidos en torno a los testigos muertos, se produce lo que estos mismos no habían logrado con su predicación: los sobrevivientes vuelven en sí, la gran apostasía de la cristiandad ha terminado y se transforma en conversión.

Esta comprobación positiva confirma la intrínseca conexión entre la medición del Templo y la prédica de los Dos Testigos: junto con los males que amenazan a la Iglesia desde fuera, está su peligrosa y mucho más crítica situación interna.

Aquí se repiten también los peligros en el transcurso de la historia de la Iglesia: los que surgen de las propias filas, por parte de cristianos que se acomodan a este mundo, y así obscurecen la figura de la Iglesia ante el mundo.

También la vuelta a la salud gracias a un buen resto que se ha conservado y a un núcleo que se ha mantenido con vida. Sin embargo, la situación que se presupone en 11,1-3 es irrepetible por cuanto que aquí se trata ya, sin género de duda, de la época del Anticristo, que sólo más abajo se expondrá por extenso (capítulo 13).

Sin embargo, también con respecto a la más grave crisis de su existencia, causada y determinada por la más fuerte presión de fuera, como también por la incredulidad y corrupción de las costumbres en el interior, se promete y se garantiza aquí a la Iglesia la salvación por las extraordinarias medidas de socorro tomadas por Dios.

Así, esta visión intermedia tiene la misma función que la que trataba de los “signados” y, al igual que aquélla, se adelanta a posteriores descripciones. Aquí especialmente a la descripción de la era del Anticristo, para la que quiere preparar y armar de manera especial.

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Padre Castellani, en El Apokalipsis de San Juan:

O bien sucederá esto literalmente, o bien es un símbolo del triunfo moral de los Santos Mártires.

Lo que vieron los paganos de Roma después del martirio de San Pedro y San Pablo fueron los milagros que obraron sus cuerpos, y su canonización por la Iglesia, no menos que la pujante propagación de la Iglesia entre ellos mismos: dieron gloria a Dios.

El texto indica bastante claramente un suceso anterior al Imperio del Anticristo, o en sus comienzos, no del tiempo de la Gran Persecución, la cual está significada más tarde en la Visión 11ª.

Contra esto está el número de mil docientos sesenta días, que es típico del Imperio del Anticristo y la última persecución.

Pero ese número tipo puede haber sido puesto por San Juan simplemente como signo recognicial de la Fiera, que reinará en pleno solamente tres años y medio.

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Los supervivientes, presa de espanto, dieron gloria al Dios del cielo.

Ver 9:20, 14:7 y 16:9 y sus contrastes.

Se admite comúnmente que este rasgo anuncia la conversión futura de los judíos, predicha por San Pablo.

En el Nuevo Testamento, el título de Dios del cielo no aparece más que aquí y en 16:11. Ver Daniel 2:18 y 44.

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LA SÉPTIMA TROMPETA (11:14-19)

El segundo «¡ay!» ya pasó. El tercer «¡ay!» viene en seguida.

El versículo tiene por objeto establecer de nuevo el enlace con el ciclo de las Trompetas, interrumpido con la visión anterior intermedia.

Por eso, en esta indicación de transición, tiene especial importancia la segunda parte de la frase, que anuncia la inminente aparición del tercer «¡ay!» al toque de la Séptima Trompeta.

Pero esto lo veremos, Dios mediante, en el mes de julio.