DOM COLUMBA MARMION: La Trinidad en nuestra vida espiritual: XI. ¡OH, JESÚS!

DOM COLUMBA MARMION

La Trinidad en nuestra vida espiritual

XI. ¡OH, JESÚS!

1. Significación del Nombre de Jesús y cómo lo ha realizado el Verbo Encarnado

Escribe el Apóstol San Pablo que «llegada la plenitud de los tiempos» prefijados por los eternos decretos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, para rescatar a los que vivían oprimidos bajo el yugo de la ley; entonces apareció en la tierra la gracia de Dios en la Persona del Salvador venido para redimirnos de toda iniquidad».

Esta es la misión del Verbo Encarnado, significada por su mismo nombre: «Le llamarás Jesús, dijo el Ángel a José, es decir, Salvador, porque librará a su pueblo del pecado.» Por eso añade San Pedro: «no hay otro nombre en el mundo en el que haya que esperar la salvación». Este nombre es único, como es universal la Redención que obra quien le lleva.

¿Y de qué nos libra Jesucristo? Del yugo del pecado. Fijaos bien: ¿Qué dice Jesús en los días próximos a su Pasión, cuando era inminente ya su sacrificio? Nunc princeps hujus mundi ejicietur foras: Ahora va a ser arrojado el príncipe de este mundo de su reino y cuando yo sea levantado en alto, todo lo atraeré hacia mí.»

Por su vida y, sobre todo, por su sangrienta inmolación en el Calvario, Nuestro Rey destruye el reino de Satanás. Dice el Apóstol que Jesús, «arrancando de manos del demonio la sentencia de nuestra eterna servidumbre, la rasgó clavándola en la cruz: Delens quod adversum nos erat chirographum decreti… affigens illud cruci. Su muerte cruenta es el rescate de nuestra liberación. ¿Qué es lo que cantan los Bienaventurados en el cielo? ¿Qué estribillo resuena en los esplendores santos del coro incontable de los elegidos? «A ti, oh Señor, sea tributado todo honor, toda alabanza y toda gloria, porque por tu sangre inmaculada, Cordero divino, hemos, sido rescatados.»

Jesucristo no nos libra de la eterna condenación, sino para volvernos al Padre y reconciliarnos con Él. Es el mediador, por excelencia, «el Mediador entre Dios y los hombres»; mediador tan excelente que es el «único»: Unus mediator Dei et hominum, homo Christus Jesus; el único mediador de Dios y de los hombres, Jesucristo hombre.

Hijo de Dios, Dios, y gozando de todas las prerrogativas de la divinidad, Jesucristo, el Verbo Encarnado, puede tratar de igual a igual con el Padre.

Cuando vertía su sangre como precio de nuestro rescate, pedía al Padre que fuésemos unidos con Él: Volo Pater: quiero, Padre, que sean uno conmigo.

El carácter de absolutismo que hay en esta oración nos indica la unidad de naturaleza divina que Jesús, como Verbo, tiene con el Padre y con el Espíritu Santo.

Jesucristo es Dios, pero es además hombre: la naturaleza humana le confiere el poder de ofrecer al Padre lo que reclaman el amor y la justicia como necesario para dar justa satisfacción. El sacrificio de esta víctima divina aplaca a Dios y nos le hace propicio: Pacificans per sanguinem crucis ejus.

Jesucristo es, además de Mediador, Sacerdote, Pontífice: Hombre Dios, forma el puente que une el abismo abierto por el pecado entre el Cielo y la tierra. Por su humanidad nos une a Dios, pues en su humanidad habita corporalmente la divinidad.

San Pablo nos dice que el mismo Dios habitaba en Jesucristo reconciliando en sí al mundo: Deus erat in Christo mundum reconcilians sibi; de manera que estando nosotros antes alejados de Dios por el pecado, nos hemos acercado a Él por medio de la Sangre de Cristo: Vos qui aliquando eratis longe, facti estis prope in sanguine Christi. Al pie de la cruz, satisfecha la justicia y firmada la paz, diéronse las dos el ósculo de la reconciliación: justitia et pax osculatæ sunt.

Con sobrada razón podía deducir el Apóstol: «En Jesucristo, creyendo en Jesucristo, osamos acercarnos con entera confianza a Dios.» ¿Y por qué nos iba a faltar la confianza cuando Jesucristo, el Hijo del Padre, solidario de nuestras faltas, convertido en propiciación de nuestros pecados, lo ha expiado todo, lo ha saldado todo? ¿Por qué no habíamos de acercarnos a ese Pontífice, igual en todo a nosotros, menos en el pecado, que quiso probar en sí todas nuestras miserias, beber el cáliz de todos nuestros dolores, para hallar, en la experiencia del dolor, el poder compadecer hondamente nuestros infortunios? (Jesucristo ideal del monje, cap. II, 1).

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2. Infinito poder de este Nombre ante el Padre Celestial

San Pablo ha celebrado en términos magníficos, en su carta a los Efesios, la glorificación divina de Jesús. «Dios, dice, ha desplegado en Jesucristo la eficacia de su fuerza victoriosa, cuando lo resucitó de entre los muertos, y lo sentó a su derecha en los cielos, por encima de todo principado, de toda autoridad, de toda dominación, de toda dignidad, de todo nombre que se pueda dar no sólo en el tiempo presente, sino en el venidero. Todas las cosas sometió bajo sus pies y lo puso por cabeza sobre toda la Iglesia.»

Y también en la carta a los Filipenses escribe: «Jesucristo se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y muerte de Cruz. Por lo cual Dios también lo ensalzó y le dio nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y en los infiernos»: Semetipsum exinanivit… propter quod et Deus exaltavit illum.

Fijémonos en el propter quod, porque Jesús se humilló, fue ensalzado; porque se abatió hasta sufrir la ignominia de los malhechores atados al patíbulo, Dios levantó su nombre hasta lo más encumbrado de los cielos.

Desde ahora no habrá, fuera del suyo, otro nombre en el cual se salven los hombres, nombre único; sublime la gloria y soberano el poder que tiene el Hombre Dios sentado a la diestra del Padre en los eternos resplandores.

Desde ahora Jesucristo para toda criatura es la fuente de salud, la fuente de gracia, la fuente de vida y bendición; desde ahora, añade el Apóstol, su nombre ha llegado a ser tan grande, tan glorioso, tan resplandeciente que «toda rodilla se doblará ante Él… y toda lengua publicará que Jesús, vive y reina para siempre en la gloria del Padre».

En efecto, desde aquella hora, digna de bendición: «la multitud incontable de los elegidos de la Jerusalén celeste, cuya luz eterna es el Cordero, arrojan sus coronas a los pies del mismo Cordero y se prosternan ante Él y cantan, a coro, un coro potentísimo como ruido del mar, que el Cordero es digno de todo honor, de toda gloria, porque el principio y el fin de su salvación y de su bienaventuranza están en el Cordero.»

Desde aquella hora, sobre toda la haz de la tierra, todos los días durante la celebración de la Misa, la Iglesia eleva, desde sus templos, las alabanzas y súplicas hacia el único que la puede sostener en sus luchas, porque es la única fuente de todo poder y de toda virtud: «Tú que estás sentado a la diestra del Padre, ten piedad de nosotros, porque sólo Tú eres santo, sólo Señor, sólo Altísimo, oh Jesucristo, con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios, tu Padre.»

Desde aquella hora además los príncipes de las tinieblas a los que Jesucristo ha arrancado para siempre la presa: captivam duxit captivitatem, se llenan de terror al solo Nombre de Jesús y se ven obligados a huir y a humillar su soberbia ante el signo victorioso de su Cruz.

Ved por qué en todos los cultos la Iglesia, que conoce mejor que nadie a su Esposo, no dirige una sola oración al Padre celestial, no le pide una sola gracia, si no es apoyando su demanda en la señal de la Cruz, sin prevalerse de Jesucristo Nuestro Salvador, Nuestro Pontífice: Per Dominum nostrum Jesum Christum, por Jesucristo Nuestro Señor.

Esta fórmula, en las oraciones de la Iglesia, se emplea continuamente; y, en todas las horas del oficio, es una incesante proclamación de la mediación universal de Jesucristo, y es también la más explícita, la más solemne confesión de su divinidad, pues la Iglesia añade al momento: «Que vive y reina contigo, oh Padre, y vuestro común Espíritu, en todos los siglos de los siglos».

¡Creo, Señor Jesús, pero aumentad mi fe! ¡Confío en la realidad y plenitud de tus méritos, pero afianzad más mi confianza! ¡0s amo, me habéis manifestado vuestro amor en todos vuestros misterios in finem, hasta el fin, hasta el exceso, pero acrecentad mi amor! (Jesucristo en sus misterios, capítulo XVIII, 5; Jesucristo ideal del monje, capítulo XII, 2).

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3. «Restaurarlo todo en el nombre de Jesús»

Esta expresión paulina (Col. III, 17), quiere decir: hacer todo cuanto ejecutamos no sólo unidos a Jesús por la gracia santificante, sino abundando en los sentimientos de Jesús, obrando como discípulos de Jesús, o, como explica Dom Marmion que comentaba muchas veces este texto, como miembros del Cuerpo Místico de Cristo, abundando en las disposiciones del Corazón de Jesús, como Jesús, por la gloria del Padre. (I Cor, XI, 31).

A Jesús se le impuso el nombre el día octavo. Actualmente coincide con el comienzo del año civil. Dom Marmion dejó en sus notas espirituales dos textos alusivos a este paso del Evangelio: el uno en día primero de enero de 1899, poco antes de su ida a Lovaina, el otro, más denso de pensamiento, data del primero de enero de 1906.

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1º de enero de-1899

La Iglesia empieza el año con el Nombre de .Jesús. Pongamos este Nombre en nuestros labios y en nuestros corazones. Nuestros esfuerzos son poca cosa, mas unidos a Él y a sus méritos, tienen un precio muy subido a los ojos de Dios: «Por Él y con Él sean dados al Padre toda gloria y honor.»

Los comerciantes, al fin del año, hacen balance de cuentas para orientarse en adelante. Hagámosle también nosotros. Gastos: 365 días. Fuerzas físicas y morales. Sufrimientos. Ganancia: Dios y lo que se ha hecho por Dios: «Sus obras les siguen», todo lo demás perece.

Durante esto año hagámoslo todo por Dios. Nuestras mejores acciones aun así, ¡cuán imperfectas son! A los ojos de Dios, dice el Espíritu Santo, nuestras justicias son cual líneas emborronadas. Cuanto más sabe uno, tanto más, con la luz, su ven las imperfecciones: «cometemos infinitas faltas en muchas cosas».

Jesucristo suple nuestras deficiencias. Nos pertenece Jesús; bajó del cielo por nosotros, para nuestra salvación; sus riquezas son inmensas, inefables; habita en nuestro corazón. Hagámoslo todo en unión con Él. Ha santificado todos nuestros actos; por eso dice San Pablo que todo lo hagamos en su Nombre: Hacedlo todo en nombre de Nuestro Señor Jesucristo. (Colos, III, 17.) (Un maestro de la vida espiritual, cap. VII).

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Lovaina, 1° de enero de 1906

La Iglesia sella con el Nombre de Jesús todo el curso del año: «Se le llamó Jesús». Siento un vehemente deseo de imprimir este Nombre bendito en todo mi ser, en todos mis actos, «para merecer abundar en buenas obras en el Nombre del Hijo muy amado», como reza la colecta del Domingo infraoctava de Navidad.

Cada día veo más a las claras que el Padre lo ve todo en su Hijo, lo ama todo en su Hijo, porque le pertenece todo entero; nosotros somos gratos a sus ojos en la medida en que nos ve en su Hijo: «El que permanece en mí y yo en él lleva copioso fruto.» La cosa más insignificante, hecha en Nombre de Jesús, es mayor a los ojos de Dios que las mayores hazañas realizadas por nosotros.

Trataré de desaparecer para que viva Jesús y obre Jesús en mí: «Es preciso que Él crezca y yo disminuya.» San Pablo estuvo lleno de este espíritu: «He deseado perderlo todo, considerando todas las cosas —las acciones ejecutadas, en mi nombre— como basura para ganar a Jesucristo, para hallarme en Él no con mi propia justicia —la justicia de la ley— sino con la que procede de la fe en Jesucristo». De ahí el que nos diga: «Sea lo que quiera lo que hagáis, en palabras o en obras, hacedlo todo en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, dando gracias a Dios Padre por él», es decir, obrando como miembros de Cristo, abundando en sus disposiciones y sus deseos.

Estos mismos pensamientos embargaban su espíritu algunos días más tarde (20 de enero), cuando meditaba sobre el misterio de la Santísima Trinidad y consignó en el texto que reproducimos al empezar este volumen y que le inspiró el Acto de Consagración a la Trinidad Beatísima.

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Lovaina, 21 de octubre de 1908

«Trata, hija, de hacer todos tus actos con gran amor y en el Nombre, no de Elena (así se llamaba la joven antes de entrar religiosa), sino en el de Jesús…»

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29 de enero de 1913

«Cuando vive Jesús en usted, Jesús, es todo de usted: Factus est nobis sapientia a Deo et justicia et sanctificatio et redemptio. Él suple por nosotros de tal manera que al obrar en su Nombre, el Padre no nos ve más que como miembros de su Hijo, y nuestras debilidades son las de su Hijo».

Antes de obrar no dejemos actuar a la naturaleza; sino unámonos a Nuestro Señor. Antes de entregarse a cualquier ocupación, póngase de rodillas delante de Jesús y dígale: «Jesús, no quiero obrar naturalmente, quiero trabajar sólo para Ti y unida a Ti».

Y si mientras trabaja, se siente arrastrada por su naturaleza, vuélvase a Nuestro Señor. No tiene que ser A (la religiosa a quien escribía) lo que obre, pues no habría nada bueno; que sea Jesús el que obre por A, y entonces todo será excelente». (Cartas de dirección, cap. II, 2; cap. IV, 2).