P. CERIANI: SERMÓN DEL DOMINGO OCTAVO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

DOMINGO OCTAVO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: Había un hombre rico, que tenía un mayordomo. Éste le fue denunciado como que dilapidaba sus bienes. Lo hizo venir y le dijo: “¿Qué es eso que oigo de ti? Da cuenta de tu administración, porque ya no puedes ser mayordomo.” Entonces el mayordomo se dijo dentro de sí mismo: “¿Qué voy a hacer, puesto que mi amo me quita la mayordomía? De cavar no soy capaz; mendigar me da vergüenza. Yo sé lo que voy a hacer, para que, cuando sea destituido de la mayordomía, me reciban en sus casas”. Y llamando a cada uno de los deudores de su amo, dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi amo?” Y él contesto: “Cien barriles de aceite”. Le dijo: “Aquí tienes tu vale; siéntate en seguida y escribe cincuenta”. Luego dijo a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?” Éste le dijo: “Cien medidas de trigo”. Le dijo: “Aquí tienes tu vale, escribe ochenta”. Y alabó el señor al inicuo mayordomo, porque había obrado sagazmente. Es que los hijos del siglo, en sus relaciones con los de su especie, son más listos que los hijos de la luz. Por lo cual Yo os digo, granjeaos amigos por medio de la inicua riqueza para que, cuando ella falte, os reciban en las moradas eternas.

Los últimos dos Domingos los hemos dedicado a considerar los fines y los frutos del Santo Sacrificio de la Misa.

Hoy, en este Octavo Domingo de Pentecostés vamos a estudiar los principales errores teológicos del Novus Ordo Missӕ, la misa montiniana.

El mayor reproche que se le hace al misal de Pablo VI concierne a la profesión de la Fe Católica.

El rito mismo, en sus gestos como en sus palabras, en su conjunto como en sus detalles, altera la Fe Católica.

En su Carta de presentación del Breve Examen Crítico, los Cardenales Ottaviani y Bacci expresaron:

“El nuevo Ordo Missӕ –si se consideran los elementos nuevos susceptibles de apreciaciones muy diversas, que aparecen en él sobreentendidas o implícitas– se aleja de modo impresionante, tanto en conjunto como en detalle, de la teología católica de la Santa Misa tal como fue formulada por la 22ª sesión del Concilio de Trento que, al fijar definitivamente los cánones del rito, levantó una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera atentar a la integridad del Misterio”.

Lo más grave es que el Novus Ordo no contradice frontalmente la fe…, la disimula, la silencia, la sofoca y ahoga.

Para comprenderlo, bastarán cuatro referencias entre otras:

1ª) En cuanto a la Fe y sus misterios en general

2ª) En cuanto al aspecto sagrado de los misterios

3ª) La supresión del aspecto sacrificial

4ª) La disminución de la fe en la presencia real

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1ª) En cuanto a la Fe y sus misterios en general

El rito tiene por tarea instruir a sacerdotes y fieles y disponerlos al culto de Dios mediante la proposición de las Verdades de Fe.

Recordemos el famoso adagio teológico lex credendi lex orandi que, a lo largo de los siglos, ha servido como un termómetro doctrinal, ilustrando que las oraciones oficiales y los ritos de la Iglesia son una expresión de su Fe y de su Teología. La ley de la fe establece la del rezo, y no el revés.

Queda claro que se puede honrar a Dios por medio de la liturgia, si se tienen de antemano la fe incorruptible, la esperanza fehaciente y la caridad genuina.

Debe quedar claro que la Liturgia en general y la Misa en particular no pueden hacer profesar y alimentar la Fe sino en aquellos que ya la poseen.

Ahora bien, ¿cuál es la fe de los que, con Nostra Ӕtate del Vaticano II reconocen todas las religiones? ¿Cuál es la esperanza de los que adhieren a la enseñanza de Gaudium et Spes de ese conciliábulo? ¿Cuál es la caridad de los que desnaturalizan los siete Sacramentos?

Veamos cómo en el nuevo rito numerosas verdades son alteradas u ocultadas mediante la supresión de oraciones:

El pecado:

El NOM ya no contiene las oraciones Indulgentiam, Aufer a nobis, Oramus te, Deus qui humanæ, Suscipe sancte Pater, las cuales recuerdan la condición pecadora del hombre.

El desprecio de las cosas del mundo:

Decía Monseñor Marcel Lefebvre, el 2 julio 1977: Han cambiado en este nuevo misal todas las oraciones, todas las plegarias que hablaban del desprecio de las cosas de este mundo para unirnos a las celestiales. ¿Qué idea tuvieron los que cambiaron estas cosas? ¿Acaso las cosas celestiales no son tales que debamos despreciar las terrenales, que son para nosotros ocasión de pecado?

El combate espiritual:

Monseñor Marcel Lefebvre, en una Conferencia Espiritual, en el Seminario de Écône, el 25 junio 1981, dijo: Se han suprimido en las oraciones todo lo que indicaba lucha, combate espiritual. Los términos “perseguidores”, “enemigos”, todo eso ha sido suprimido.

El misterio de la Redención: se habla de “salvación” de una manera muy vaga.

La virginidad perpetua de la Virgen María:

En el NOM es posible (según la selección de las oraciones propuestas) no hablar de la Virgen María. Y se sabe que la virginidad perpetua de María es una piedra de tropiezo para los protestantes… De hecho, la palabra “perpetua” sólo aparece en una de las cuatro plegarias eucarísticas. En cambio, el rito antiguo repite este dogma al menos cinco veces.

La fe en los novísimos o postrimerías:

En la mencionada Conferencia, Monseñor Lefebvre añadió: El rito de los difuntos ha sido modificado. La palabra ánima ha desaparecido con frecuencia de numerosas oraciones por los difuntos, porque con las nuevas filosofías ya no se sabe realmente si hay una distinción real entre alma y cuerpo. Entonces, ya no se debe hablar del alma. ¡Es increíble, inimaginable! Ya no hay devoción por los difuntos, ya no existe el sentido del purgatorio.

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2ª) En cuanto al aspecto sagrado de los misterios

Las mismas rúbricas del misal establecen esta pérdida del sentido de lo sagrado a través de la mutabilidad permanente del rito y un relajamiento litúrgico general.

La mutabilidad permanente del rito desnaturaliza su carácter sagrado, aunque sólo sea por la diversidad de misas: la primera parte de la misa cuenta con 3 fórmulas, la segunda con 3, y el canon con 4. Así, cada sacerdote puede construir “su” misa según 3×3×4… 36 posibilidades.

Y esto limitándose a las palabras, sin contar los gestos y otras ceremonias que pueden añadirse o inventarse a voluntad por los consejos parroquiales.

Dar al sacerdote y a su consejo parroquial una libertad de gestos casi total y una gran parte de iniciativa colectiva para los textos de la misa engendra mecánicamente una pérdida del respeto debido al propio rito.

En efecto, rara vez la imaginación o la fantasía van de la mano con el sentido del respeto.

En cambio, la utilización de un rito fijado y arraigado desde hace unos quince siglos y codificado en detalle en sus palabras y gestos, engendra un profundo respeto por parte del sacerdote y los fieles.

La regla pedagógica más elemental para enseñar el carácter sagrado de un objeto es no ponerlo en las manos de todos y prohibir transformarlo al antojo de los usuarios.

En cuanto al relajamiento litúrgico general, el mismo es provocado por el abandono y la supresión de una gran parte de las marcas de respeto, en particular:

– La piedra de altar; el carácter precioso de los vasos sagrados; uno en lugar de los tres manteles del altar; o de ciertos ornamentos (el manípulo, el amito, el cíngulo, el velo del cáliz, la bolsa, e incluso la misma casulla).

– Las genuflexiones, cuyo número pasa de 12 a 2, y los signos de la Cruz, que pasan de 47 a 7.

– El número de oraciones, que reduce la duración de la misa —en su forma más breve— a 10/12 minutos.

Monseñor Lefebvre lo observaba lúcidamente: La desacralización se produce en primer lugar:

– Por la lengua vernácula. La supresión de la lengua sagrada, que era el latín, ha vuelto profana, en cierto modo, la santa misa, y la ha convertido en algo que ya no es realmente sagrado.

– Por la pronunciación en voz alta durante toda la misa. Ya no hay momentos de silencio, ya no hay palabras dichas en voz baja por el sacerdote que inviten a la meditación sobre el gran misterio que allí se realiza.

– Por el reemplazo de una mesa en lugar del Altar.

– Por la posición del sacerdote. La misa de cara al pueblo no invita en absoluto al recogimiento frente al misterio que se desarrolla. El sacerdote mismo es distraído por las personas que tiene delante. Y la gente es distraída por el sacerdote, especialmente si éste actúa de forma un tanto viva, un tanto desordenada, o de manera poco respetuosa.

– Por la distribución de la Eucaristía por parte de los fieles.

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3ª) La supresión del aspecto sacrificial

El hereje Martín Lutero, en 1523 publicó su Formulæ missæ et communionis; un tratado litúrgico publicado en latín para reformar el culto en Wittenberg. Entre otras cosas, elimina el Ofertorio y el Canon de la Misa, rechaza la idea de sacrificio e introduce la comunión bajo ambas especies. Allí expresó:

La misa no es un sacrificio… llamémosla bendición, eucaristía, cena del Señor… que se le dé cualquier otro nombre que se quiera, con tal de no mancharla con el título de sacrificio. Esta abominación que se llama Ofertorio… De ahí resuena y se siente todo el carácter de sacrificio.

Consecuencia de la intromisión de seis pastores protestantes y de católicos protestantizados, el NOM se manifiesta como una comida (Cena del Señor) y no un sacrificio.

Esta eliminación se realiza y manifiesta de cuatro maneras:

a) Por la supresión del Ofertorio

En la doctrina católica, el Ofertorio tiene por finalidad precisar el carácter sacrificial de la Misa, a saber: la ofrenda del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor en expiación de nuestros pecados. El Ofertorio es así:

– la ofrenda anticipada del Cuerpo y Sangre de Jesucristo,

– hecha a Dios Padre,

– presentada por el sacerdote,

– en expiación de nuestros pecados.

El Ofertorio tradicional desarrolla estos puntos sin ninguna ambigüedad. Ya no es el caso en el nuevo ofertorio, que no es la ofrenda anticipada del Cuerpo y Sangre de Cristo, sino una oración basada en una bendición judía [Es la famosa oración: “Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos: él será para nosotros pan de vida”].

Otro tanto para el vino. Sobre este tema volveremos, Dios mediante, en quince días.

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b) Por la supresión de la mención del sacrificio propiciatorio

Las oraciones que expresan explícitamente la idea de propiciación, como las del Ofertorio y las pronunciadas por el sacerdote antes de la Comunión, han sido suprimidas…

El término “sacrificio” está totalmente ausente de la Plegaria Eucarística nº2, llamado de San Hipólito; el más utilizado por su brevedad.

La disminución del sentido del sacrificio es, pues, evidente en el nuevo rito, porque el término mismo sacrificio se emplea raramente, y cuando se emplea, lo es a la manera protestante, ya que los protestantes aceptan el término “sacrificio” para la misa, pero solamente como sacrificio de alabanza o eucarístico, y no como propiciatorio.

El Concilio de Trento, condenó de esta manera: “Si alguien dijere que el Sacrificio de la Misa es sólo de alabanza y de acción de gracias o una mera conmemoración del sacrificio realizado en la cruz, pero no propiciatorio; o que sólo aprovecha al que lo recibe y que no debe ser ofrecido por los vivos y difuntos, por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades, sea anatema”.

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c) Por el estilo narrativo de la consagración, que hace pensar más en un relato conmemorativo que en una acción litúrgica.

La famosa Nota 15ª del Breve Examen Crítico dice así:

“Las palabras de la Consagración, por el modo como se insertan en el contexto del Novus Ordo pueden ser válidas por la eficacia subjetiva de la intención del ministro. Pero pueden no ser válidas, en cuanto que ya no son tales por la fuerza misma de las palabras, o más exactamente, por la virtud objetiva del modo de significar que tenían hasta ahora en la Misa. Por lo cual, los sacerdotes que en un futuro próximo no habrán sido instruidos conforme a la doctrina tradicional y quienes simplemente se fiarán del Novus Ordo con la intención de «hacer lo que hace la Iglesia», ¿consagrarán en realidad válidamente? Es licito dudar de ello.

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d) Por los gestos litúrgicos en sí mismos

Monseñor Lefebvre, en Conferencias dadas en el Seminario de Écône, en 1979 y 1981, dijo:

“Para analizar el nuevo rito, no hay que considerar sólo los textos, hay que tener en cuenta también todas las actitudes, los nuevos gestos: las genuflexiones, los signos de la cruz, las inclinaciones e incluso el cambio en los objetos.

¡Todo ha sido transformado! ¡Ya no hay genuflexiones, ya no hay signos de la cruz! ¡Es abominable! El signo de la cruz mostraba claramente que se trataba del sacrificio de la Cruz. No digamos que son detalles. No son detalles. Son gestos que tienen su significado, que tienen su valor”.

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4ª) La disminución de la fe en la presencia real

El mayor reproche hecho al misal de Pablo VI concierne a la profesión de fe católica. El rito mismo, en sus gestos y en sus palabras, en su conjunto como en sus detalles, altera la fe católica. Recordar el adagio lex credendi lex orandi…

El Breve examen crítico del N.O.M. expresa:

“La razón por la cual el Sacrificio no tiene ninguna indicación lo suficientemente explícita en el Novus Ordo está en que la Presencia Real perdió su lugar verdaderamente central (tan esplendoroso en la antigua Misa).

Sólo se hace una mención —a saber, la única cita al pie, sacada del Concilio de Trento— y que se refiere a la Presencia Real en cuanto nutrimento. Pero no se señala nunca la Presencia Real y Permanente del Cuerpo y Sangre de Cristo, junto con su Alma y Divinidad, que se da bajo las especies luego de la transubstanciación. Más aún, la misma palabra «Transubstanciación» se ignora totalmente.

Además, la razón de por qué se suprime la invocación a la tercera Persona de la Santísima Trinidad (Ven, Santificador…), por la cual se imploraba al Espíritu Santo que descendiera sobre las oblatas preparadas para obrar el milagro de la Presencia Divina, como antes en el seno de la Santísima Virgen, es objetivamente la misma: vale decir, pertenece al mismo tipo de silencio y de negación tácita, más aún a la continua cadena de negaciones sobre la Presencia Real.

Quedan también abolidas:

a) las genuflexiones, de las que sólo quedan tres por parte del sacerdote y una por parte del pueblo en el momento de la Consagración (y ésta, sometida a muchas excepciones);

b) las abluciones de los dedos sobre el cáliz;

c) la preservación de los mismos dedos de cualquier contacto profano después de la Consagración;

d) la purificación de los vasos sagrados, que no se manda hacer necesariamente de inmediato después de la asunción del cáliz, ni sobre el mismo corporal;

e) la palia, con la cual se protegía la Preciosísima Sangre de Cristo en el cáliz;

f) el dorado de los vasos sagrados;

g) la consagración del altar móvil;

h) la piedra sagrada y las reliquias en el altar móvil, e incluso sobre la mesa cada vez que la celebración se realice en lugares no sacros. Admitida esta excepción, queda abierto el camino para las «cenas eucarísticas» en casas privadas;

i) los tres manteles del altar, de los cuales ahora sólo se prescribe uno;

j) la acción de gracias, que debía hacerse de rodillas, y a la que substituye una torpe acción de gracias del sacerdote y de los fieles sentados; añádase que la Comunión se recibe irreverentemente por los fieles de pie;

k) finalmente, las santas prescripciones antiguas para el caso de la Hostia consagrada caída en tierra, que se reducen mezquinamente a sólo esto: «tómese reverentemente la Hostia «.

Todas estas cosas juntas, con su repetición, manifiestan y confirman injuriosamente la implícita negación de la Fe en el augustísimo dogma de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía”.

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Por todas estas razones y muchas otras, en conciencia no se puede asistir a la nueva misa, sea en latín o en español, de cara al pueblo o de cara al Sagrario.

Y, por lo tanto, por las mismas razones, se debe concurrir solamente a la Misa Tradicional o Misa de siempre.