SAN JOSÉ
ESPOSO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
Estando desposada la Madre de Jesús, María, con José, antes de que conviviesen, se halló que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. Mas José, su esposo, siendo como era justo, y no queriendo infamarla, deliberó dejarla secretamente. Estando él con estos pensamientos, he aquí que un Ángel del Señor se le apareció en sueños, diciendo: José, hijo de David, no receles recibir a María tu esposa, porque lo que se ha engendrado en su seno, obra es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados.
San José es el Esposo de María Santísima y el Padre Putativo de Jesús. De estas fuentes resulta su dignidad, su santidad, su gloria.
Durante el curso entero de su vida, Él cumplió plenamente con esos cargos y esas responsabilidades. Él se dedicó con gran amor y diaria solicitud a proteger a su Esposa y al Divino Niño; regularmente por medio de su trabajo consiguió lo que era necesario para la alimentación y el vestido de ambos; cuidó al Niño de la muerte cuando era amenazado por los celos de un monarca, y le encontró un refugio; en las miserias del viaje y en la amargura del exilio fue siempre la compañía, la ayuda y el apoyo de la Virgen Madre y del Niño Jesús.
Para tener una idea de la grandeza del Santo Patriarca, hay que empezar por comprender su lugar en el orden de la Encarnación, pues esta es la primera y más perfecta de las obras divinas, en la que se reflejan, como en un océano de belleza, los atributos de Dios: su sabiduría, su justicia, su poder, su bondad y su misericordia.
Por lo tanto, la Encarnación es la medida de toda verdadera gloria y nobleza. Cuanto más se acerca una criatura al Verbo Encarnado, más alto es su lugar en el orden del mundo espiritual.
Ahora bien, una persona puede pertenecer al orden de la Encarnación de dos maneras: intrínseca o extrínsecamente.
Intrínsecamente, ya sea realizando dentro de sí la esencia misma de la Encarnación, ya sea cooperando a la realización de este augusto misterio.
Cristo, Nuestro Señor, por el acto mismo de la unión hipostática, realiza en sí mismo esta obra maestra inefable, siendo, en la unidad de persona, Dios y hombre. Pertenece, por tanto, intrínseca y sustancialmente al orden de la Encarnación. Él mismo es su razón de ser.
La Virgen Santísima, su Madre, pertenece también intrínsecamente a este orden, no de modo sustancial, como su Hijo, sino por su cooperación real y vital, habiendo proporcionado, bajo la acción del Espíritu Santo, su sangre virginal para formar el cuerpo del Verbo encarnado.
Hay una persona que, por la misión particularísima que le ha sido confiada, está íntimamente unida, aunque de modo extrínseco, al gran misterio de la Encarnación. Éste es San José, el hombre elegido por Dios para ser Esposo de la Virgen Madre.
Éste es, pues, el lugar que ocupa San José en la obra de la Encarnación, lugar único después del de la Santísima Virgen, su Esposa.
Aunque esta cooperación de San José en la obra de la Encarnación no sea intrínseca, como la de la Virgen Madre, sigue siendo sin embargo el fundamento y la razón de todas sus prerrogativas.
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Dicho esto, vemos que la grandeza de Santo Patriarca proviene de tres fuentes: primero, de su relación con el Verbo Encarnado; segundo, de su relación con la Santísima Virgen María; y tercero, de su relación con la Iglesia. Detengámonos hoy en las dos primeras, dejando la tercera para la Fiesta de su Patronato.
En cuanto a la relación de San José con la Santísima Virgen María, es ley natural que las personas que desean unirse como marido y mujer en el matrimonio se asemejen lo más posible en cuanto al alma. Por lo tanto, sólo Él, por designio celestial, debía ser elegido Esposo de la Santísima Virgen, quien, en el orden temporal, gozaba de tanta nobleza y, en el espiritual, de tanta santidad.
San Francisco de Sales expresa este pensamiento admirablemente. “Así como se ve un espejo frente a los rayos del sol que los recibe perfectamente, y otro espejo frente al que los recibe, aunque este último sólo capta o recibe los rayos del sol por reflexión, sin embargo, los representa tan perfectamente que difícilmente se podría discernir cuál los recibe directamente del Sol. Lo mismo ocurrió con Nuestra Señora, quien, como un espejo purísimo frente a los rayos del Sol de Justicia, rayos que trajeron a su alma todas las virtudes en su perfección; perfecciones y virtudes que se reflejaron tan perfectamente en San José, que casi parecía como si Él fuera tan perfecto o poseyera las virtudes en tan alto grado, como las poseía la gloriosa Virgen Nuestra Señora”.
Debemos ahora buscar los medios elegidos por el Espíritu Santo para efectuar esta elección en el tiempo determinado por Dios.
San José fue elegido para la dignidad de Esposo de María, por sus méritos, pues su santidad y castidad superaban a las de todos los hombres que entonces vivían en la tierra, excepto la Virgen de Nazaret. Por lo tanto, Dios quiso establecer una relación precisa entre estos mismos méritos y la alta dignidad a la que lo había destinado.
Por otra parte, esta misma dignidad debía ser para San José un medio eficacísimo para crecer en la gracia y alcanzar finalmente el grado de gloria al que estaba predestinado.
Así, todas las acciones que el santo Patriarca había realizado hasta entonces, bajo la influencia de la gracia, como tantos refinamientos del divino artista, embellecieron su alma y la hicieron digna de su sublime misión.
¡Bendito sea el Altísimo por haber concedido al glorioso San José tan extraordinario favor!
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En cuanto a su relación con Jesucristo, San José fue predestinado a cumplir, en relación con el Verbo Encarnado, un oficio muy especial. Debía ser el guardián autorizado de Aquel que, como sacerdote y víctima, ofrecería a Dios el sacrificio de nuestra redención. También le confió Dios la tarea de disponer los asuntos y acontecimientos temporales con respecto a Jesús.
Por lo tanto, no cabe duda de que San José fue dotado con todas las gracias y dones que merecía el oficio que el Padre eterno quiso otorgarle.
El mayor privilegio del Santo Patriarca, el que emana directamente de su dignidad como verdadero esposo de María y que confirma explícitamente este hermoso título, es ser llamado con el dulce nombre de Padre de Jesucristo, un título inefable que la Sagrada Escritura, y en particular la Santísima Virgen, han consagrado solemnemente.
Ahora bien, es cuestión de fe que Jesucristo no nació de San José. Por lo tanto, no hay otra razón para llamarlo Padre de Jesús, salvo su verdadero matrimonio con quien, por la acción del Espíritu Santo, proporcionó su sangre purísima para formar el cuerpo del Salvador.
Por lo tanto, no es, estrictamente hablando, por la sola razón de que San José debía proveer a los medios de subsistencia de Jesús, ni simplemente a causa de la opinión pública, que se le llama, en la Escritura, Padre de Jesús, sino por una razón mucho más alta, es decir, por el vínculo matrimonial, tan santo como indisoluble, que lo unía a María, la verdadera Madre de Jesús según la carne.
Una prueba, aún más convincente de la verdad del matrimonio de San José con la gloriosa Virgen María, nos la proporciona este hecho: vemos que la Escritura le atribuye, sin vacilación alguna respecto a la Sagrada Familia, los deberes propios de un padre.
Los títulos de padre putativo o padre adoptivo de Jesús, con los que la piedad de los fieles honra habitualmente al glorioso Patriarca, títulos ya tan honrosos en sí mismos, no representan, sin embargo, más que un aspecto muy disminuido de su dignidad, que originariamente consiste en el hecho de haber estado unido a María, por el vínculo más estrecho que existe en la tierra, el de verdadero Esposo de la Madre de Dios, de donde deriva su inefable título de verdadero padre de Jesucristo, salvo, como hemos dicho, el hecho de la generación temporal.
Citemos las admirables palabras del gran Papa León XIII, quien, tras recordar cómo toda la dignidad, gracia, santidad y gloria del glorioso Patriarca derivan de su condición de Esposo de María y Padre adoptivo de Jesucristo, añade:
“Ciertamente, la dignidad de la Madre de Dios es tan sublime que nada mayor puede concebirse. Y, sin embargo, dado que existía un vínculo conyugal entre José y la Santísima Virgen, no cabe duda de que el santo Patriarca compartía, más que nadie, la incomparable dignidad de la Madre de Dios, que supera con creces la de todos los seres creados. El matrimonio es, de hecho, la forma más íntima de unión y convivencia, que por su propia naturaleza implica la compartición de bienes entre los esposos”.
Por lo tanto, al darle a San José como esposo de la Santísima Virgen, Dios le proporcionó no solo un compañero para su vida, testigo de su virginidad y guardián de su integridad, sino que también, en virtud de la misma alianza matrimonial, lo hizo partícipe de su alta y sublime dignidad.
Asimismo, es para Él una fuente de incomparable dignidad haber sido elegido, en los designios divinos, para ser el guardián del Hijo de Dios y su Padre ante los ojos de los hombres. De ahí se sigue que el Verbo de Dios se sometió humildemente a José, obedeciendo sus palabras y rindiéndole todos los honores que los hijos deben a sus padres.
Entonces, el hecho de que San José estuviera unido a la Santísima Virgen María por los lazos del verdadero matrimonio colocó al Santo Patriarca en una doble relación de intimidad: primero con María Virgen y luego con el Verbo Encarnado, lo cual constituye el fundamento y la razón de ser de todos sus privilegios.
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El primer efecto del admirable matrimonio de San José con la Santísima Virgen María fue establecer una doble relación entre ambos esposos: una relación de cuerpo y una relación de alma o espíritu.
En primer lugar, sabemos que, mediante el matrimonio, cada cónyuge transmite al otro un derecho estricto y real sobre su propio cuerpo. En virtud de este matrimonio, por lo tanto, el cuerpo de María pertenecía verdaderamente a San José y, a la inversa, el cuerpo de San José pertenecía verdaderamente a María.
Sin embargo, los santos esposos habían renunciado al ejercicio de este derecho, como consecuencia del voto de virginidad que cada uno había hecho.
Más íntima fue la unión que resultó del vínculo conyugal entre las almas de los dos esposos, una unión santísima, fortísima y sublime, en el ejercicio de una caridad sin límites.
Escuchemos cómo San Bernardino de Siena desarrolla esta idea:
“Fue por inspiración divina que María y José contrajeron su unión matrimonial… Ahora bien, no se puede pensar que el Espíritu Santo haya unido al alma de tan santa Virgen un alma que no se asemejara perfectamente a ella mediante la operación de las virtudes… Puesto que la Santísima Virgen sabía que el Espíritu Santo le había dado a san José como Esposo y fiel guardián de su virginidad, deseando que compartiera con ella, en el amor de la caridad y con reverente solicitud, sus deberes hacia el divino Hijo de Dios, creo que por esta razón amó a san José con la mayor sinceridad y con todo el afecto de su corazón”.
Observemos aquí cómo la unión de espíritus entre María y San José superó la unión de padres con hijos. Como regla general, dice Santo Tomás, un esposo ama a su esposa más intensamente que a sus padres, pues ella se une a él para convertirse en una sola carne con él. En cuanto al respeto que los esposos se deben mutuamente, en general, un hombre debe respetar más a sus padres que a su esposa, porque los padres son amados como principios de vida y representan un bien mayor; sin embargo, San José tenía más veneración por su esposa que por sus padres, porque el bien que había en ella, es decir, la maternidad divina, es más excelente que cualquier bien creado.
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Consideremos por separado los deberes que el matrimonio con la Virgen María impuso al glorioso Patriarca.
Estos deberes pueden resumirse en tres puntos principales: primero, San José se convirtió en fiel ministro de María en los asuntos temporales; segundo, se convirtió en su fiel guardián y testigo de su virginidad; finalmente, debía compartir con ella sus penas y alegrías.
Comenzando con el primer deber, recordemos que la ley natural exige que el esposo provea a su esposa con lo necesario para la vida, en la medida en que ella lo necesite. Ahora bien, María, como sabemos, no pertenecía a la clase adinerada; por lo tanto, el Santo Patriarca debía proveer a su esposa con el sustento diario.
Si alguien pregunta a qué virtud se refiere este deber, responderemos que es la piedad, la virtud que nos inclina a proveer, en la medida de nuestras posibilidades, a las necesidades de nuestros padres, nuestra patria y nuestros seres queridos.
Un segundo deber que San José debía cumplir hacia María era proteger la flor de su virginidad. José debía defender a su Esposa de los ataques de los malvados, así como de las calumnias de los hombres carnales, quienes ignoraban por completo el misterio de santidad obrado en ella por la augusta Trinidad.
Así, San Jerónimo no duda en señalar como la razón del matrimonio de la Virgen con San José el temor de que los judíos la lapidaran, por ser culpable de adulterio.
Además, dado que la virginidad de María debía ofrecerse como ejemplo a los fieles, era necesario que tuviera no solo un guardián, sino también un testigo autorizado, siendo este guardián y testigo nada menos que el Santo Patriarca.
El tercer deber de San José hacia María fue compartir los sufrimientos que, como Corredentora de la humanidad, esta Santísima Virgen tuvo que soportar en unión con Jesús. Los dolores más grandes se hacen soportables cuando se comparten entre muchos; por ello, Dios dispuso la presencia de San José en la Sagrada Familia, para que María pudiera soportar con mayor facilidad sus dolores, rodeada del afecto de San José.
Durante los años de la minoría de edad del Salvador, José fue el consolador de María: compartió, como un esposo devoto, sus penas y angustias, así como sus consuelos y alegrías. Más tarde, cuando Jesús comenzó su ministerio público y San José falleció, llegó el momento de que el Verbo Encarnado cumpliera, hacia su amada Madre, el papel de consolador.
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Habiendo considerado la relación del Santo Patriarca José con su virginal Esposa, es apropiado que consideremos aquellas que lo conectan con su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.
Comúnmente nos referimos a San José como el padre adoptivo de Jesucristo, y esta expresión merece ser tenida en cuenta. Sin embargo, requiere una explicación, pues no representa adecuadamente la gloria plena del Santo Patriarca.
Si bien no contribuyó directamente a la concepción del Salvador, San José es, no obstante, el verdadero Esposo de aquella que le dio nuestra carne.
Para que sea cierto decir que una cosa, planta o animal, pertenece por derecho natural a una persona, basta con que dicha cosa, planta o animal nazca dentro del dominio de dicha persona. Así, para que un hombre reclame, por derecho marital, la paternidad de su hijo, basta con que este sea concebido por su legítima esposa, sin adulterio, según el principio legal de que se presume padre del hijo a quien el matrimonio designa como tal.
Por lo tanto, el Divino Hijo que, por obra del Espíritu Santo, fue concebido en el vientre de María, pertenecía por derecho al legítimo Esposo de esta Santísima Virgen, quien, en consecuencia, debe ser llamado padre de este hijo en un sentido mucho mayor que el que indican las palabras padre putativo y padre adoptivo.
San Francisco de Sales, con su encantador estilo, ilumina esta verdad con gran belleza, y dice:
“He acostumbrado a decir que si una paloma llevase un dátil en el pico, que dejase caer en un jardín, ¿no se diría que la palmera que de ella brota pertenece al dueño del jardín?
Ahora bien, si esto es así, ¿quién puede dudar que esta divina palmera pertenece igualmente al gran San José, habiendo el Espíritu Santo dejado caer este divino dátil, como una divina paloma, en el jardín cerrado y amurallado de la Santísima Virgen, que pertenecía al glorioso San José, como la esposa al esposo?”
De hecho, dos cosas pertenecen a la noción de paternidad: una es la producción física del hijo; la otra, el afecto espiritual con el que se conciben los hijos. Ahora bien, este segundo elemento supera al primero en estabilidad.
Así, aunque Nuestro Señor no fue concebido por obra de San José, sin embargo, como el propio San Agustín proclama elocuentemente, “San José tiene un hijo por la piedad y caridad; y no cualquiera, sino el Hijo de Dios; nacido de la Virgen María, Esposa de San José”. Y añade el Santo Doctor: “Lo que el Espíritu Santo realizó, lo realizó para ambos (María y José). El Espíritu Santo, descansando en la justicia de cada uno, les dio a ambos un hijo”.
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De todo lo dicho, podemos deducir cuán grande es la excelencia de San José, a quien no sólo la Reina del Cielo, sino también el Creador de todo el universo, se impusieron por deber rodear de su veneración y piedad, así como ejecutar puntualmente las disposiciones que tomaba en orden a la Sagrada Familia.
Como afirman los Santos Padres y Doctores, esta sublime relación continúa en el Cielo.
Acudamos, pues, a San José, Esposo de la Santísima Virgen María y Padre de Nuestro Señor Jesucristo.

