EL CULTO AL HOMBRE O SU ANIQUILACIÓN
Se ha definido a eso que hoy se llama «postmodernidad» como la crisis del ideal del progreso indefinido, propio del racionalismo moderno, y su sustitución por un ideal «humanista» y «pluralista».
Para la teoría progresista la razón humana avanza siempre en un proceso lineal hacia la omnisciencia. La razón para esa idea no conoce límites ni misterio porque el universo posee una estructura racional penetrable progresivamente por la razón y las ciencias humanas.
Este esquema entra en crisis a través de los existencialismos y vitalismos de este siglo que termina: el avance de la razón no es rectilíneo ni resolutivo. Es como un faro en medio de las tinieblas que cuanto más potente sea más iluminará, pero que nos muestra al mismo tiempo la frontera infinita con lo que ignoramos y que la ciencia humana es como una pobre bujía en medio de un universo sin límites, inabarcable.
Esto inspira en la mente del hombre contemporáneo la idea de que el único progreso posible es el conocimiento y asimilación de todas las culturas humanas, valiosas sólo por ser humanas. Tal enriquecimiento asimilatorio es el único fin posible del saber.
Lo cual está cerca del ideal ecumenista difundido en la Iglesia postconciliar según el cual caminamos hacia una metarreligión universal en la que confluirán los sistemas religiosos de todos los pueblos. En orden finalmente a un culto del Hombre o religión de la Humanidad, definitivamente solidaria en un pluralismo sincretista.
Francis Fukuyama, ensayista americano de ascendencia nipona, escribió hace pocos años un libro titulado «El fin de la Historia y el último hombre». Resulta curioso que nuestra época abunde en previsiones escatológicas no sólo de carácter religioso sino también político-social.
La temporalidad, origen de la historia, ha sido siempre para el racionalismo una fase superable del desarrollo humano que el progreso irá reduciendo hasta su ideal anulación. Fukuyama propugna en ese libro el retorno a Hegel, es decir, a la visión racional o dialéctica de la Historia. Más podría compadecerse ese supuesto fin de la historia con el hegelianismo de Marx, que propugna el término del proceso dialéctico -es decir, de la Historia- en la síntesis final de un hombre y un medio nuevos, técnicamente adaptados entre sí, para completar definitivamente el proceso de una reconciliación universal, ya ahistórica.
Venturosamente ese final dialéctico de la Historia ha pasado a la historia (es decir, a enriquecer su elenco) con el actual fracaso de la utopía marxista.
Fukuyama, sin embargo, en una apología de la sociedad americana, sitúa este cercano final de la historia en la democracia liberal que, según él, está vigente en el mundo desarrollado y es punto de obligada confluencia para la tendencia política de todo el mundo.
El genio de esta democracia satisface -según Fukuyama- las dos formas de ambición humana (tymos), la individual y la política, logrando una perfecta tensión entre su tendencia a la posesión y el disfrute (el apetito concupiscible de Aristóteles) y el impulso de lucha y superación (apetito irascible).
La sociedad democrática ofrece, en efecto, un horizonte ilimitado al disfrute de medios (consumismo) y una cancha de lucha pacífica por el poder en el juego electoral de los partidos. Elimina asimismo toda instancia superior -moral o religiosa- que limite esas posibilidades de disfrute y de conquista. Con lo que constituye una perfecta timocracia (satisfacción del tymos).
En este equilibrio de tensiones y posibilidades cree descubrir Fukuyama el fin de la historia, al menos de la Historia con mayúscula, es decir, de esa sucesión anárquica y azarosa de poderes, regímenes, predominios, invasiones.
Siempre he pensado que, si esa democracia liberal fuese instaurada de una manera real y universal, sería efectivamente el final de la historia. Pero por razones diferentes de las que aduce Fukuyama. Una tal democracia no daría satisfacción al impulso más profundo y genuinamente humano que es la búsqueda de la verdad y el bien, y el anhelo de construir algo estable sobre ellos. No sólo no lo satisface, sino que tiende a ahogar ese anhelo y, con él, lo que constituye en rigor el espíritu humano: su racionalidad y su libre albedrío.
Si se llegara a convencer a todos los hombres de que la verdad y el bien son sólo opiniones personales computables en el voto, y que las leyes morales y políticas son sólo fruto de una convención, contrato o constitución entre los hombres en orden a vivir en paz y progresar, se habría logrado convertir a la sociedad en ese «rebaño de animales plácidos, tímidos e industriosos cuyo pastor es el Estado», que nos describió Tocqueville. Un universo de mentes teleespectadoras, intrascendentes, en conexión con un ordenador universal.
El final de la historia se habría logrado así, no por una armonización de los impulsos humanos entre sí, sino por una especie de abdicación del auténtico espíritu humano. Recordemos que el ámbito de lo humano es la historia, como declara el título de la obra de Zubiri: «Naturaleza, Historia, Dios».
La dificultad estribará, por fortuna, en esa consolidación universal y definitiva de la democracia liberal. Siempre podrá surgir quien opine que la Voluntad humana, que supuestamente establece la Soberanía Nacional, no es la Voluntad General individualista que se expresa en el sufragio sino en la Voluntad carismática de un Jefe que represente el tymos profundo del Pueblo, y obtenga el poder por sufragio universal. Tal fue el caso de Hitler, que hizo retornar potente la Historia con mayúscula.
O bien cabe la posibilidad de que se abra paso la opinión de que el fundamento del orden político no debe ser humano sino religioso. Porque la religión responde a los impulsos más profundos de hombre, que no son el tymos (concupiscible o irascible) que supuestamente satisface la democracia laicista. Tal fue el caso de las pasadas elecciones argelinas en las que triunfó democráticamente el partido fundamentalista islámico que propugna una base religiosa para la sociedad y el Estado.
En tales casos aparece la quiebra última de la democracia como régimen de opinión. Toda opinión es para ella válida, excepto la de que existe una verdad objetiva independiente de la opinión mayoritaria: esas elecciones fueron, como se sabe, anuladas por «resultado antidemocrático», y perseguidos los vencedores. Los resultados sangrientos de esa anulación están hoy a la vista.
Ello ilustra la vieja copla que nuestros antepasados cantaban a los primeros liberales, con música del himno de Riego:
El pensamiento libre
proclamo en alta voz,
y muera el que no piense
igual que pienso yo.
Es decir, que la democracia liberal es un sistema o ideación más, con sus dogmas y sus tabús, tan histórica y temporal como todo lo que el hombre produce en este mundo giratorio. La inmovilidad y la eternidad han de buscarse en el mundo sobrenatural y en la realidad (o religación) que con él nos une.
Esperamos, pues, que, a pesar de la democracia homologada, la historia continúe y no nos toque conocer al «último hombre».

