PADRE RAÚL SÁNCHEZ ABELENDA
25/26 de febrero de 2026
Treinta años de su ingreso en la eternidad
El gran mérito de una vida es la unidad. El Padre Raúl Sánchez Abelenda fue una sola cosa: sacerdote de la única y verdadera Iglesia, la fundada por Nuestro Señor Jesucristo, la Católica, Apostólica y Romana.
Más allá de sus virtudes y de sus defectos, más allá de los elogios y de las calumnias, más allá de los reconocimientos y de los silencios, Raúl Sánchez Abelenda, ante todo y por sobre todo, fue sacerdote de Cristo, sacerdote católico, sacerdote íntegro y cabal.
Jesús, el Verbo Encarnado, al abandonar la tierra para volver al Padre, dejaba sus preciosos dones: su doctrina, sus sacramentos, las almas; y necesitaba de la fidelidad de un amor único para guardar esos tesoros. Por eso, de lo íntimo de su Corazón sacó el misterio del sacerdocio, complemento de todos sus misterios, depósito de todos sus secretos, guardián fidelísimo de todos bienes.
Al igual que a Pedro, al borde del Tiberíades, Jesús pregunta a cada candidato al sacerdocio: «¿Me amas más que éstos?». Y el padre Sánchez Abelenda, el día de su ordenación, en el esplendor de su juventud, en la plenitud de su fuerza, en la sencillez de su corazón, en el candor de su alma, respondió: «¡Sí, Señor!, Tú sabes que te amo».
Y su palabra fue sincera, y su promesa brotó de la profundidad de su corazón. Y aunque hubiera sondeado el porvenir y en él hubiera contemplado sus luchas y sus dolores, sus vicisitudes y sus fragilidades, sus alegrías y sus penas, igualmente habría respondido con su confesión de amor; como de hecho lo hizo muchas veces en su vida sacerdotal, cada vez que tuvo que tomar una decisión que comprometía su sacerdocio con todo lo que ello implicaba.
Jesús le había confiado sus preciosos dones: su doctrina, sus sacramentos, las almas; y le exigió la fidelidad de un amor único para guardar esos tesoros.
Por amor a Jesús, por amor a la Iglesia, por amor a las almas, el padre Raúl Sánchez Abelenda conservó íntegra la doctrina católica y preservó de toda contaminación modernista los Santos Sacramentos, especialmente la Santa Misa.
Su gran admiración, su gran sumisión a la verdad fue uno de los rasgos sobresalientes de su personalidad. Nunca se vio al Padre Raúl buscando acomodar la verdad. Nunca buscó adaptarla a lo que llamamos el pensamiento moderno.
Siempre hizo referencia a la enseñanza de la Iglesia, a su Magisterio. Nada más alejado del pensamiento de nuestro querido Padre que el modernismo doctrinal.
Jamás debilitó su fe, la fe católica, porque siempre buscó la Verdad. De allí su gran cualidad, la gran virtud que puede resumir toda su vida: Fidelidad.
Fidelidad en las cosas de Dios, fidelidad en la doctrina integral, fidelidad en las consecuencias…, lo que le llevó a no traicionar jamás la Misa católica y su Sacerdocio Católico, para cuya celebración fue instituido.
Así fue el padre Raúl Sánchez Abelenda, el sacerdote argentino predestinado por Dios para salvar en el siglo XX el Santo Sacrificio de la Misa; para guardar también él, aquí en nuestra Patria, el grano de mostaza de la Cristiandad; para conservar la filosofía tomista y la teología tradicional; para enseñar y mostrar a los católicos, los magnánimos y los pusilánimes, cómo debe plantarse un católico cabal frente a los enemigos de la Iglesia.
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Sobresalió como testigo de Dios ante un mundo que ha perdido el sentido de lo divino y vive en el más impresionante ateísmo y en la más absurda idolatría, la del humanismo.
Se presentó como defensor del orden sobrenatural en medio de un mundo que cree bastarse a sí mismo y se ha empeñado en alcanzar su fin prescindiendo de Dios.
Elevó su voz en medio del desierto del mundo moderno, recordando los valores espirituales, predicando al único Dios verdadero y condenando las falsas religiones.
Para condenar el panteón de Asís, proclamó que quien no honra al Hijo no honra al Padre; y para refutar la tristemente famosa expresión «tenemos el mismo Dios que los musulmanes y los judíos», recordó que nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Hoy, cuando los hombres de la Iglesia ya no se inmolan por la Verdad, sino que inmolan a la misma, se manifestó siervo y predicador de la Verdad, lo cual constituyó para él un verdadero martirio moral.
Imperando en la Iglesia un espíritu de ruptura con la Tradición, supo conservar el depósito de la Fe y mantener las tradiciones. Mientras muchos que ostentan autoridad en la Iglesia no soportan más la sana doctrina, enseñó lo que siempre, en todas partes y por todos ha sido creído en la Iglesia.
Convencido de que es necesario el reino de Cristo y la restauración de todas las cosas en Él, se constituyó en paladín de la realeza social de Jesucristo.
Apremiado por la caridad de Cristo y sabiendo que no hay concordia posible entre Cristo y Belial y que no puede haber restauración católica de la sociedad sin el Sacrifico de Cristo, preservó el Santo Sacrificio de la Misa en su rito Romano auténtico.
Su catolicidad tuvo el brillo incomparable de la Romanidad. Hombre de Iglesia y por la Iglesia, amó entrañablemente a la Roma Católica y al Sumo Pontificado; y por eso sufrió al ver el honor de la Ciudad Eterna y de la Sede de Pedro pisoteado por los enemigos de la Iglesia y humillado por aquellos mismos que la ocupan.
Ya Dios le habrá recompensado tanto amor y tanto servicio. La historia, tal vez, reconocerá algún día su labor por Jesucristo, por la Iglesia y por las almas.
Mientras tanto, para quienes lo conocimos y nos beneficiamos de su sacerdocio, e incluso de su amistad y afecto, sólo nos cabe una pregunta y una actitud conforme a la respuesta que demos:
La pregunta: ¿Dónde estaríamos hoy si el Padre Raúl Sánchez Abelenda no hubiese sido fiel a las promesas del día de su ordenación sacerdotal?
¿Dónde?
Sabemos dónde estamos…; ¿podemos imaginar dónde estaríamos si él no hubiese sido puesto en nuestro camino por la Providencia?
La actitud: ante todo, agradecimiento; profundo agradecimiento, que haga elevar una plegaria por su alma; y después, fidelidad; fidelidad inquebrantable a lo que él nos transmitió y enseñó.
Tal vez para muchas almas, su salvación dependa de nuestra fidelidad. Que Dios, Nuestro Señor Jesucristo, la Santísima Virgen María, la Iglesia y las almas nos encuentren dignos de imitar tal modelo sacerdotal. Amén.
Padre Juan Carlos Ceriani

