MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO
Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.
Capítulo Doce
LA IGLESIA Y LA UNIÓN SOBRENATURAL CON DIOS
Continuación…
IV
LA JERARQUÍA
No es necesario ser creyente para admirar la magnífica organización de la Iglesia católica, con su Papa, centro supremo hacia el cual convergen todos los corazones del mundo, con sus Obispos esparcidos por los ámbitos de la tierra, unidos en un fuerte organismo, y con la falange luminosa de sus Sacerdotes.
Basta trasladar un instante el pensamiento a Roma, a la cúpula del templo máximo de la cristiandad, lanzada por el genio de Miguel Ángel hacia la bóveda azulada de los cielos, y desde allí mirar alrededor, en todas las direcciones, para sentir la divina belleza de esta unidad de la Iglesia, la cual así como al rodar de los siglos ve a sus Pontífices y a sus ministros que se transmiten la antorcha encendida por Cristo, así también, en la extensión del espacio domina a todos los pueblos y a todas las almas.
Lacordaire experimentaba un estremecimiento de entusiasmo ante semejante reflexión, y escribía:
«El Vicario de Dios, el supremo Pontífice de la Iglesia católica, el Padre de los pueblos y los reyes, el sucesor de Pedro el pescador, vive; mantiene en alto entre los hombres la frente ceñida de triple corona, sobre la cual gravita el peso de los siglos. En su Corte residen los Embajadores de las naciones y envía sus ministros a todos los hombres, hasta aquellos lugares que aún hoy carecen de nombre. Tan pronto como mira alrededor, desde las alturas de su palacio, sus ojos descubren el más espléndido horizonte del universo, contempla el suelo hollado por los Romanos; ve la ciudad que ellos edificaron con los despojos del mundo entero, convertida en centro de todas las cosas, en sus dos formas primarias, el espíritu y la materia; la ciudad donde todos los pueblos han posado sus plantas, a la que han concurrido todas las glorias y a la que han peregrinado, al menos una vez, todas las imaginaciones cultas; mira la tumba de los Apóstoles y de los mártires, la unión augusta de todas las memorias: ¡Roma!»
No en vano el obelisco de la Plaza de San Pedro tiene grabadas las palabras: «Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat». La unión de los Sacerdotes y de los Obispos con el Papa constituye una de las pruebas más brillantes de esa victoria de Cristo.
Sin embargo, muchos contemplan con ánimo diverso esta escena admirable. El esteta goza y se admira. Un emperador, como José II, descubre un óptimo instrumentum regni, para ser disfrutado. Un anticlerical de las tabernas ve con temor al ejército del obscurantismo y a la «negra prole de la barbarie y del misterio».
Nosotros, siguiendo las huellas del catecismo, examinaremos el hecho grandioso en relación a lo sobrenatural, deduciendo así el pensamiento del Fundador.
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1
La Jerarquía y lo Sobrenatural
Sería un gran error dejar de lado todo lo que hemos dicho acerca de nuestra divinización, de la gracia y del autor de la misma, Cristo Jesús; como sería un error garrafal dejar sin conexión alguna a la jerarquía católica. También aquí resplandece la unidad del organismo en la variedad de los oficios y las funciones, concordantes —como medios con el fin— con el último propósito, que es la santificación de las almas y su unión sobrenatural con Dios.
Jesús había fundado su Iglesia y nosotros —como hemos visto— no podemos encontrar salvación sino en este Cuerpo Místico, que se desarrolla en los siglos. Dada esta su voluntad, Jesucristo debía proveer:
a) a la propagación y a la conservación de su verdad, revelada —la buena nueva de nuestra divinización mediante sus méritos— para preservarla de los errores y de los peligros de la ignorancia;
b) a la difusión de su gracia santificante, único medio de salvación establecido por el amor de Dios;
c) al gobierno de esta santa sociedad de los fieles, que, como todo organismo social, necesita una autoridad visible y una dirección.
Por esto es lógico el paso del orden sobrenatural a la jerarquía. Y todas las enseñanzas de la doctrina cristiana, a propósito del Papa, del Primado de Pedro, de la infalibilidad pontificia, de los Obispos y del Sacerdocio católico, de su oficio y de su función, no son sino consecuencias del concepto fundamental donde nada hay de superfluo o disonante.
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2
El Papa
El Papa es el Vicario de Cristo. Cristo está presente en su Iglesia, es su Cabeza, pero es invisible. Por eso, quiso escoger a Pedro y sus sucesores para que hicieran sus veces en la tierra. Sólo a Pedro le dijo:
«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos. Todo lo que atares en la tierra, será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra, será desatado en los cielos».
La Iglesia es el edificio, Pedro es su fundamento y es el que tiene las llaves, o sea es la cabeza suprema. Él posee el primado sobre los otros Apóstoles —y por lo tanto, sobre los Obispos del mundo que son los sucesores de los Apóstoles—, conforme se desprende de las otras palabras de Cristo: «Simón, Simón, mira que Satanás os ha pedido para zarandearos como trigo. Pero yo he rogado por ti, que no falte tu fe; y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos».
Después de la conversión, es indefectible la fe de Pedro, que recibe el encargo de confirmar a los otros en la fe, y con esto mismo el oficio de Superior, de Maestro, de Cabeza.
Además, si se tiene en cuenta que Cristo, poco antes de la Ascensión, dijo a Pedro «Apacienta mis corderos [o sea, a todos mis fieles]; apacienta mis ovejas [o sea, a los Apóstoles y a sus sucesores]», no se puede dudar de que lo haya constituido Pastor supremo de todo el rebaño, esto es, de toda la Iglesia, de todos los creyentes, sin excepción alguna.
También con relación a la INFALIBILIDAD del Papa, Jesús no podía ser más explícito.
La infalibilidad —que la supina ignorancia religiosa cree a veces que es la impecabilidad del Pontífice— consiste en lo siguiente: que cuando el Papa habla ex cathedra, esto es, como Pastor de toda la Iglesia universal, sobre cosas de fe o de moral, declarando definir la verdad contenida en la Escritura y en la Tradición, no puede errar.
Razona muy bien, al respecto, Monseñor Bonomelli: según la enseñanza del mismo Jesús,
«la Iglesia está cimentada sobre Pedro, o sea, sobre el Pontífice, de modo que su seguridad depende de la seguridad del Pontífice; si el Pontífice pudiera trocarse en maestro de errores, no sería piedra de fundamento, sino piedra de tropiezos y de ruina. Por otro lado, Jesús dice que las potencias del infierno no prevalecerán contra la Iglesia, ¿Por qué? Porque la Iglesia está fundada sobre Pedro, sobre el Pontífice; por consiguiente la victoria continua de la Iglesia depende de la victoria del Pontífice: ahora bien, si el Pontífice pudiese enseñar errores, lejos de conducir a la Iglesia a la victoria, la conduciría a la derrota».
Más aun,
«Jesucristo entrega al Pontífice las llaves de la Iglesia y afirma que ratificará en los cielos lo que el Pontífice juzgare en la tierra; no pone ninguna excepción, la promesa es absoluta y amplísima; pero no cabe duda de que Jesucristo sólo puede ratificar la verdad; luego la enseñanza del Pontífice y su sentencia deben estar exentas de error, como está exenta de errores la sanción de Jesucristo. No basta: Jesucristo declara haber orado para que la fe de Pedro, y por consiguiente, la fe del Papa, no sufra desmedro; ahora bien, la oración de Jesús no podía caer en el vacío, y sus palabras demuestran que ha obtenido lo que ha pedido; luego, la fe del Papa puede y debe ser puesta a prueba, pero no puede desfallecer. Es tan cierto que la fe del Papa no puede desfallecer, que Jesús le ordena confirmar en ella a sus hermanos, esto es, a los Obispos, a fin de que confirmados por él puedan sostener la lucha contra Satanás. Luego, la seguridad y firmeza de los Obispos en la fe se basa en la fe del Pontífice: ahora bien, si el Pontífice pudiese errar en las cosas de la fe ¿cómo y en qué podría confirmar a los Obispos y a la Iglesia universal? Hubiera sido una cosa ridícula de parte de Jesús imponer a Pedro la obligación de confirmar en la fe a la Iglesia, si el mismo Pedro tenía necesidad de ser confirmado; y cosa más ridícula todavía, sería obligar a toda la Iglesia a dejarse confirmar en la fe por un Pedro, que, pudiendo errar, podía confirmarla en el error. Aparte de que Jesús confiere al Pontífice el oficio de apacentar y regir toda la Iglesia, todos los corderos y ovejas de su rebaño, y, por lo tanto, obliga a toda la Iglesia, a todos los corderos y ovejas, a recibir y acatar su palabra y sus leyes. Supongamos por un instante que el Pontífice pueda inducir en error al rebaño de Jesucristo. ¿Qué sucedería? Toda la Iglesia sería colocada en la absurda alternativa, o de desobedecer al Pontífice contra la expresa voluntad de Jesucristo, o bien de seguir al Pontífice en el error. Esto no puede concebirse. Luego hay que admitir que el Pontífice es infalible, para que sea razonable, por un lado, el derecho del Pontífice a imponer lo que hay que creer, y por otro, razonable el asentimiento de los fieles».
Resumiendo: el Papa es el representante de Jesucristo, y como tal, tiene el primado sobre todos y la infalibilidad. Él es «el dulce Cristo en la tierra», como lo define Santa Catalina de Siena. En el blanco Pontífice hállase presente Jesús que habla, como en la Eucaristía hállase presente Jesús que calla, conforme a la bella expresión de San Francisco de Sales. El amor, el obsequio, la obediencia y la devoción filial, como el entusiasmo hacia el Papa, es para los creyentes una misma cosa que el amor, el obsequio, la obediencia a Cristo Jesús.
Hace algunos años el Padre Mateo Crawley era admitido a la presencia del Santo Padre y recibía palabras de bendición, de aliento y de augurios en su jubileo sacerdotal; y él agradeció al Pontífice diciéndole que le quedaba reconocido a su bondad porque la sonrisa del Papa era para él igual que una sonrisa de Jesús.
Así debemos hablar, pensar y obrar los verdaderos cristianos.
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3
Los Obispos
La Iglesia es el reino de Dios, y por su intermedio debemos participar de los bienes sobrenaturales. Es evidente que no todos los poderes santificantes podían ser concentrados en una sola persona, dado el número de los fieles. Por esto «el Espíritu Santo puso a los Obispos para gobernar la Iglesia de Dios».
El campo de acción sobrenatural de estos Pastores de las diversas diócesis —a diferencia del campo de acción del Papa— es limitado; además, los Obispos están subordinados al Supremo Pontífice, quien, aunque no puede suprimir el Episcopado, puede remover, en cambio, a un Obispo.
El Obispo es un sucesor de los Apóstoles, y por lo tanto, Jesús le repite sus palabras: «El que a vosotros escucha, a Mí me escucha; el que a vosotros desprecia, a Mí me desprecia».
El Obispo es el Doctor y el Maestro de la verdad cristiana; es el Padre del sacerdocio, que ordena a los nuevos ministros de Dios, es el Padre de los fieles, a los que perfecciona con la Confirmación, es el Juez de las almas, que le son encomendadas. Los verdaderos cristianos se congregan junto a su Obispo, como junto al mismo Cristo. No su persona, sino la persona de Cristo debemos venerar en el Obispo, como en el embajador no consideramos al individuo, sino a la nación representada.
Por esto doblamos la rodilla delante de un Obispo, como la doblaríamos ante Cristo.
Recuerdo que en las fiestas jubilares del Cardenal Ferrari, celebradas poco tiempo antes de su muerte, la Juventud Católica Femenina Milanesa había cubierto de frescas flores la tumba de San Carlos, sobre la cual el Purpurado ofreció el santo sacrificio.
En esa ocasión Monseñor Cazzani, Obispo de Cremona, en un discurso, comentó esa gentileza en esta forma: todos los fieles, y de un modo especial la juventud, deben rodear a su propio Pastor con las flores del afecto, de la oración y de la voluntad resuelta y valiente.
Feliz el Obispo que puede congregar, en el Altar donde celebra, los corazones de sus ovejas y ofrecerlos a Dios, junto con el Corazón de Cristo, santificados y formados sobrenaturalmente.
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4
Los Sacerdotes
Ya que el Obispo no puede atender personalmente todas las necesidades de su grey, es ayudado por los Sacerdotes, a quienes delega para la gran misión.
El que mira al Sacerdote no con los ojos de la carne, sino con mirada sobrenatural, no puede menos que saludar en él al ministro de Dios, que ha renunciado a la familia, para dedicarse a la familia de las almas, como instrumento de su divinización.
El Sacerdote consagra el pan y el vino; y Cristo se encarna en sus manos para vivir sacramentalmente entre nosotros.
El Sacerdote nos absuelve de nuestros pecados, y da la gracia de Dios a las almas, que han sido introducidas en el reino de lo sobrenatural por medio del bautismo, y que él debe cuidar y asistir hasta junto al lecho de la muerte para enviarlas a Dios.
El Sacerdote predica y Jesús se encarna en la palabra sacerdotal, como afirma Bossuet y desciende a nuestras mentes.
¿Es acaso posible, entonces, definir al Sacerdote prescindiendo del orden sobrenatural, de la gracia, de Jesucristo?
¡Almas buenas que leéis estas páginas, si no sois Sacerdotes, difícilmente entenderéis qué es un Sacerdote y cuáles son las palpitaciones de su corazón agradecido a Jesús que lo ha elegido para tanta grandeza!
Nunca lo he comprendido tan intensamente, como la mañana en que al recibir el Subdiaconado, he consagrado para siempre mi vida al Señor. Aún conservo impreso en el alma el recuerdo de aquel día memorable, cuando en la paz serena del alba salí del Seminario con una falange escogida de jóvenes levitas para dirigirme al Duomo, hacia el gran Duomo de Milán. La ciudad dormía, los transeúntes eran escasos; sólo parecían saludarnos con alegría los primeros rayos del sol de mayo, que besaban al pueblo de estatuas y a las infinitas agujas que se yerguen en la basílica y que diríase tienden «las alas ansiando el cielo».
La ceremonia comenzó con todo el esplendor y la magnificencia del culto. Jóvenes, vestidos de blanco, oímos la advertencia del Obispo: «Adhuc liberi estis; todavía sois libres. Escoged, decidid».
En esos momentos (era en 1907) aquella palabra significaba más o menos lo siguiente: «¿No sabéis, jóvenes, que en una nación vecina se ha desencadenado la persecución religiosa? ¿Ignoráis que Cristo es combatido en todas partes y que mañana os aguarda el desprecio, quizás la muerte?» El mundo, los primeros rumores de la vida febril que se hacían sentir fuera del templo, parecían añadir: «Jóvenes, que tenéis la sonrisa de los veinte años ¿qué hacéis? ¿Por qué renunciar a la vida, a la florida primavera? Si queréis coronaros de rosas, adhuc liberi estis, todavía sois libres…»
Pero aquellas voces no hallaron eco en nuestros corazones juveniles.
Era otra voz la que resonaba, sola, dominante, avasalladora: «¡Cándidos hijos del ideal, adelante! ¡Adelante! ¡Invocad la ayuda de Dios!»
Entonces nos postramos con la frente en el suelo, y, flébil como un lamento surgió el canto de las letanías: «¡Kyrie eleison, Christe eleison! ¡Señor, ten piedad de nosotros! ¡Cristo, ten piedad de nosotros! ¡Sancta María, ora pro eis! ¡Virgen María, ruega por ellos!»
Brotaba la ardiente plegaria entre nuestras más tiernas lágrimas, lágrimas puras, lágrimas hermosas, en medio del llanto de nuestras madres que tanto habían orado y sufrido, y veían bendecido su sueño y sus esperanzas… El canto se difundía por las amplias naves; subía, subía, hasta los arcos empinados, hasta la cúpula atrevida, hasta Dios, para recaer luego sobre los blancos levitas conmovidos, como un augurio de celestial alegría.
Pocos momentos después, la gran campana del Duomo anunciaba a la ciudad despierta que una nueva pléyade de jóvenes había jurado fidelidad al Rey de los vírgenes.
La voz de las campanas perdióse, por cierto, en una atmósfera de indiferencia. Pero, el que la haya escuchado, habrá entendido la grandeza y la poesía del sacerdocio hacia el cual nos encaminábamos aquella mañana con el corazón jubiloso.
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RECAPITULACIÓN
Para comprender cómo la Iglesia une a sus hijos con Dios, hay que dar una rápida mirada a la liturgia, a los Sacramentos, a la Misa, a la Comunión y a la jerarquía.
1. No hay que confundir la LITURGIA:
a) con la belleza estética del culto;
b) con el conjunto de las ceremonias;
c) con la erudición histórica acerca del culto.
Es la oración colectiva de la Iglesia, mediante la cual toda la Iglesia, animada por el Espíritu Santo y junto con Jesús, su cabeza, se dirige al Padre. Es un absurdo, por lo tanto, pretender entender la liturgia y vivirla, prescindiendo de lo sobrenatural y del dogma.
2. Los SACRAMENTOS son los canales de la gracia sobrenatural y se definen: los signos sensibles, que no sólo significan, sino también producen la gracia, no como su causa principal, sino como instrumentos escogidos y queridos por Jesucristo. En el sujeto y en los ministros de los Sacramentos son necesarias algunas condiciones, pero que no son nunca la verdadera causa de la gracia.
3. La EUCARISTÍA ha sido instituida por Jesucristo:
a) para que fuese el Sacrificio de la nueva ley, que renueva y recuerda el sacrificio de la Cruz y nos aplica sus frutos;
b) para que participando del Sacrificio, recibiéramos en la Comunión la Víctima divina, Jesús, verdadera, real y substancialmente presente en la Hostia consagrada, para ser nuestro alimento sobrenatural.
Con la Misa, Jesús nos une a Dios; con la Comunión, se une a nosotros, y, cuando tenemos las debidas disposiciones, acrecienta la gracia en nuestras almas.
4. Para conservar, defender y propagar la verdad de la Revelación, para difundir la gracia y para regir la sociedad santa de los fieles, Jesucristo quiso en la Iglesia la JERARQUÍA, cuya institución, por esto, tiene una finalidad de índole sobrenatural.
El Papa ejerce el Primado sobre todos los Obispos y los fieles, es el Pastor supremo de los creyentes y es infalible, cuando, como maestro de todos los cristianos, define cosas de fe y de moral.
Los Obispos son los sucesores de los Apóstoles, Doctores de la verdad cristiana, Padres del sacerdocio y de los fieles, Jueces de las almas confiadas a su cuidado.
Los Sacerdotes son los ministros de Dios, que consagran el pan y el vino, nos absuelven de los pecados y nos predican la doctrina de Cristo.
El que observa a la Iglesia, bajo cualquier aspecto, ve cómo lo sobrenatural es la llave que abre todos los secretos de su vida y la explicación de toda su actividad.
