DOMINGO XXIII DESPÚES DE PENTECOSTÉS
En aquel tiempo: Estando Jesús hablando a las turbas, llegó un hombre principal o jefe de sinagoga, y adorándole le dijo: Señor, una hija mía acaba de morir; pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá. Levantándose Jesús, le iba siguiendo con sus discípulos, cuando he ahí que una mujer que padecía flujo de sangre, vino por detrás, y tocó el ruedo de su vestido. Porque decía ella entre sí: Con que pueda solamente tocar su vestido, me veré curada. Mas volviéndose Jesús y mirándola, dijo: Hija, ten confianza, tu fe te ha curado. En efecto, desde aquel punto quedó curada la mujer. Venido Jesús a casa de aquel hombre principal y viendo a los tañedores de flautas o música fúnebre y el alboroto de la gente, decía: Retiraos, pues no está muerta la niña, sino dormida. Y hacían burla de Él. Expulsada la gente, entró, la tomó de la mano, y la niña se levantó. Y divulgóse el suceso por todo aquel país.
En el Introito de la Misa de este Domingo Vigesimotercero de Pentecostés leemos:
Yo tengo sobre vosotros, dice el Señor, designios de paz, y no de cólera; me invocaréis, y yo os oiré benigno.
En la Colecta, la Santa Iglesia nos hace pedir:
Os rogamos, Señor, que perdonéis las ofensas de vuestro pueblo, a fin de que seamos por vuestra benignidad libres de la servidumbre de los pecados que hemos cometido por nuestra fragilidad.
En la Epístola, San Pablo nos recuerda que Vivimos ya como ciudadanos del cielo, de donde asimismo estamos aguardando al Salvador Jesucristo Señor nuestro, el cual transformará nuestro vil cuerpo, y lo hará conforme al suyo glorioso, con la misma virtud eficaz con que puede también sujetar a su imperio todas las cosas y hacer cuanto quiera de ellas.
Y el Evangelio nos narra la curación de la hemorroisa y la resurrección de la hija de Jairo.
Vamos a aprovechar estos textos de la Liturgia de este Domingo para tratar de la divina misericordia comparada con la justicia.
Debemos considerar primero la excelencia de la divina misericordia comparada con su justicia, presuponiendo que estos dos atributos resplandecen en todos los dones que recibimos de Dios.
La justicia, porque los distribuye y reparte conforme al orden de su infinita sabiduría y a lo que pide la naturaleza de cada cosa o los méritos de cada persona.
La misericordia, porque con ellos nos libra de los defectos y miserias que padecemos, o por la imperfección de nuestra naturaleza, o por la culpa de nuestra libre voluntad; lo cual hace en dos maneras: o atajando la miseria antes que venga, o librándonos de ella después de haber venido.
La justicia divina, además de la parte que tiene en los dones de Dios, tiene su propia obra, que es castigar a los que no se aprovechan de su misericordia.
Presupuesto esto, tengamos en cuenta que, aunque las divinas perfecciones, tal como están en Dios, son todas iguales, sin embargo, en orden a los afectos en que resplandecen, una se muestra mayor que otra.
Y en esto se señala y distingue grandemente la misericordia, y de sus obras se precia Dios más que de las obras de justicia, y así, dijo el Apóstol Santiago: La misericordia ensalza el juicio y sube sobre la justicia. Y en las Sagradas Escrituras, Dios se glorifica más de ser bueno que de ser justo.
Lo cual se puede considerar ponderando cómo la misericordia precede, acompaña y sigue a la justicia en todas sus obras.
Precede siempre la misericordia, porque todas las obras de justicia presuponen alguna obra de misericordia en que se fundan, y antes de castigar Dios con justicia a los pecadores, les ha hecho infinitas misericordias y les ha perdonado muchas veces y advertido que se enmienden y que huyan de su justicia.
De aquí es que la misericordia y el perdón nacen sólo de Dios, el cual, por sola su infinita bondad quiere librarnos de nuestras miserias; mas la justicia, en el castigo, no procede de solo Dios, sino también de nuestros pecados, que le provocan a ello, porque de su inclinación, antes quisiera que no hubiera ocasión de ejercitar su justicia punitiva.
Y por esto dijo el Profeta Ezequiel que no era de su voluntad la muerte del malo, sino que se convierta y viva.
Y en el Libro de la Sabiduría leemos que Dios no hizo la muerte, sino los malos con sus manos la trajeron al mundo.
También la misericordia acompaña las obras de justicia porque en medio de ellas usa Dios con los castigados de muchas misericordias. Lo cual hace dando avisos a sus enemigos para que huyan de su castigo, y convidándolos con el perdón y moderando mucho la pena que merecían por su culpa.
Y hasta en el mismo infierno resplandece la misericordia divina, porque, como dice Santo Tomás, castiga a los condenados menos de lo que debiera castigarlos conforme al mucho castigo que merecía la gravedad de sus pecados.
De aquí es que la misericordia es como fin de la justicia, cuyos castigos se ordenan para que el castigado se enmiende y se haga capaz de la misericordia de Dios; y si él no quiere, a lo menos otros, por ocasión de su castigo, acudan a la divina misericordia, y ésta resplandezca más en los buenos, dada la justicia que se ejecuta en los malos.
Finalmente, mucho más excelentes obras ha hecho Dios para perdonar con misericordia que para castigar con justicia; y por esto dice David: Las misericordias de Dios son sobre todas sus obras.
Recordemos el Introito y la Colecta de hoy.
De todas estas consideraciones sacaremos grandes afectos de gozo, de confianza y de amor, pues consta que, aunque tenemos muy grandes motivos para temer la justicia de Dios, mayores los tenemos para esperar en su misericordia.
Sin embargo, tenemos que tenerlas a ambas en cuenta, para que ni la justicia sola nos ponga tanto miedo que desmayemos, ni la misericordia sola tanta confianza que presumamos.
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Ahora tenemos que considerar la grandeza y extensión de la misericordia de Dios para con todas las criaturas y para todas sus miserias, la cual es infinita porque se funda en su omnipotencia, como dice el Libro de la Sabiduría: Tienes misericordia de todos, porque todo lo puedes.
San Pablo nos habla de la virtud eficaz con que Dios puede también sujetar a su imperio todas las cosas y hacer cuanto quiera de ellas.
Debemos alegrarnos de que Dios sea tan poderoso como misericordioso, y que su omnipotencia pueda remediar cualquier miseria de quien se compadeciere su misericordia.
¡Oh misericordia omnipotente y omnipotencia infinitamente misericordiosa!, cuán bien hermanadas están para nuestro remedio, dando la una el querer y la otra el poder, y ambas nuestra perfección.
Si la misericordia estuviera sin la omnipotencia, ¿cómo pudiera darnos remedio? Y si la omnipotencia estuviera sin la misericordia, ¿cómo tendría la voluntad de dárnoslo?
Tengamos en cuenta que, como dice la Sagrada Escritura, la tierra está llena de la misericordia de Dios; porque todas las criaturas que viven en ella están sujetas a alguna miseria, por defecto de su naturaleza o por la malicia de su voluntad, y Dios solo es el que puede acudir y acude a su remedio.
De lo cual hemos de sacar una gran confianza en la misericordia de Dios, que se compadecerá de todas nuestras miserias, de las cuales no pueda y no quiera librarnos, cuanto es de su parte, cuando nos conviniere; porque, como no tienen número las miserias, tampoco lo tienen sus misericordias.
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Llegó el momento de considerar en particular la infinita misericordia de Dios para con los pecadores, lo cual nos ayudará a comprender las propiedades de la infinita misericordia de Dios.
La primera, es que se extiende a todos los hombres, sin excluir a ninguno. Y esto por dos razones:
Porque todos los pecadores son hechura de Dios y obra de su omnipotencia; con la cual, como dijimos, le acompaña su misericordia; y porque Dios ama las almas, y del amor nace la compasión de las miserias que padece la cosa que es amada.
Si queremos borrar con la penitencia lo malo que hicimos, ciertamente reparará Dios con su misericordia lo bueno que Él hizo, porque no faltará la misericordia a la obra que salió de su omnipotencia.
La segunda propiedad de la infinita misericordia de Dios es que se extiende a todos los pecados, por muchos y grandes que sean; porque ningún pecado puede ser tan grande que no sea infinitamente mayor la misericordia de Dios para perdonarle, ni pueden ser tantos comparados con sus innumerables misericordias.
De aquí procede la tercera propiedad de la misericordia de Dios, que es esperar a los pecadores para que hagan penitencia y convidarlos con el perdón, concediéndosele, cuando se le piden, con gran facilidad, y olvidándose de sus pecados como si no los hubieran cometido.
Y no solamente siete veces, sino setenta veces siete, que es decir sin número; y todo esto hace la divina misericordia, no para que tomemos ocasión de ofenderla más libremente, sino para provocarnos a penitencia de la culpa si cayéremos en ella, no desesperando de alcanzar perdón todas las veces que le pidiéremos de corazón.
Para engrandecer este punto de la divina misericordia, saquemos de todas estas consideraciones una gran determinación de imitar la misericordia de Dios, en ser misericordiosos con nuestros prójimos como Dios lo es con nosotros, porque ésta es otra propiedad de la divina misericordia: ser notablemente compasiva de cualquiera que la imita. Y por esto dijo Nuestro Señor que son bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán de Dios misericordia.
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¡Y qué será la misericordia de Dios para con los escogidos!…
Veamos la infinita misericordia de Dios para con los justos, que le aman y sirven, y con los que tiene escogidos, para que sean, como dice San Pablo, vasos de misericordia; esto es, instrumentos para revelar el abismo de sus misericordias y todas las excelencias que tiene esta perfección.
La misericordia con estos escogidos es eterna, sin principio y sin fin; desde que Dios es Dios tuvo misericordia de ellos, y mientras fuere Dios durará esta misericordia; porque desde su eternidad los predestinó y se determinó librarles de todas sus miserias, y muy especialmente de la suprema miseria que es la eterna condenación, dándoles la suprema dicha, que es la Bienaventuranza eterna.
Y, cuanto es de su parte, su misericordia tuvo el mismo deseo para todos los hombres.
De manera que antes que existiésemos, tuvo Dios misericordia de nosotros; y, viendo las miserias en que habíamos de caer, se determinó a librarnos de ellas, si quisiésemos obedecerle con ánimo de perseverar en esta misericordia para siempre.
David hace un cántico de alabanza, en que repite a cada verso: Quoniam in ӕternum misericordia eius… Alabad al Señor, porque es bueno, porque dura para siempre su misericordia…
Además, la misericordia de Dios, desde que el escogido comienza a ser, le va previniendo, acompañando y siguiendo hasta la muerte. Así dijo por el Profeta Jeremías: Con caridad perpetua te amé, y por esto te atraje a Mí, teniendo misericordia de ti…
Si estamos muertos en la culpa, la misericordia de Dios se anticipa a llamarnos para que resucitemos a nueva vida; si estamos durmiendo en tibieza, la misericordia de Dios viene a despertarnos para que salgamos de ella; si tenemos que obrar algo que sea agradable a Dios, su misericordia nos previene e inspira a ello; si tenemos que durar en el bien que comenzamos, su misericordia nos ha de acompañar y seguir todos los días.
La misericordia de Dios es altísima con los escogidos, levantándolos a los más altos bienes que Dios tiene, que son los de la gloria.
Y por esto con mucha razón dice David que la misericordia de Dios es grande en el Cielo y sobre los Cielos, porque allí se despliega con los escogidos; y aun en esta vida es también altísima, porque acá los engrandece con soberanos bienes de su gracia y protección.
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Lo último que hemos de considerar son las muestras que hizo Dios de su infinita misericordia con los hombres, descubriéndola con el mayor modo que era posible, en el cual se encierran infinitos modos de misericordia.
Porque en nosotros la misericordia tiene dos actos:
– uno, es entristecerse del mal de su prójimo;
– el otro, es librarle de aquel mal.
Ahora bien, como Dios, en cuanto Dios, no puede entristecerse del mal, porque no cabe en Él tristeza, quiso su infinita misericordia que no le faltase este acto del modo que era posible, haciéndose hombre verdadero, de tal manera, que pudiese entristecerse de nuestras miserias, y tener verdadera compasión y tristeza de ellas como si fueran propias, asemejándose a sus hermanos en todas las cosas para que se hiciese misericordioso con un nuevo modo, tomando la compasión y tristeza que antes no tenía.
Demos gracias a Dios, por este nuevo modo que ha tomado de ser misericordioso con el hombre.
Pensemos en la hemorroisa, en Jairo y su familia…
Pero más adelante pasó la misericordia de Dios, pues no contento con haber tomado esta tristeza y compasión interior, tomó también todas nuestras miserias y penalidades, hasta la misma muerte, excepto la culpa, para que con esta experiencia aprendiese con nuevo modo a tener misericordia.
Por lo cual dice San Pablo: No tenemos pontífice que no se pueda compadecer de nuestras enfermedades, porque fue tentado en todas las cosas a semejanza nuestra, sin pecado.
Tenemos, pues un Pontífice que no será riguroso con sola la justicia, sino muy compasivo con grande misericordia, porque ha pasado por la experiencia de los trabajos y tentaciones que padecemos los hombres, aunque siempre sin pecado.
Y en lo que Él padeció, aprendió a compadecerse y a tener misericordia de lo que padecemos nosotros.
Mas no paró aquí la infinita misericordia de Dios, porque inventó otro nuevo modo de ejercitar las obras de misericordia con nosotros en el Santísimo Sacramento del altar, haciéndose comida para los hambrientos, bebida para los sedientos, medicina para los enfermos, precio para redimir los cautivos, sacrificio para perdonar los pecados, remediador y remedio de todas nuestras necesidades…
Por lo tanto, con nuevo título podemos llamarle misericordia nuestra, pues, no solamente es misericordioso, remediando nuestra necesidad, sino que es el mismo remedio de ella y la misma misericordia con que se remedia.
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De estas consideraciones concluiremos cuán innumerables e inmensas son las misericordias de Dios, pues en cada cosa de éstas hay tantas, que no se pueden comprender…
Y digamos con San Bernardo: Si la misericordia del Señor dura siempre, yo también cantaré eternamente las misericordias del Señor.
También hemos de sacar grandes deseos de imitar la misericordia divina en bien de nuestro prójimo, pues Cristo Nuestro Señor dijo: Sed misericordiosos, como lo es vuestro Padre celestial, el cual es benigno aun con los ingratos y malos.
¡Oh Dios eterno!, cuyo nombre muy propio es Padre de misericordias, muestra con nosotros tu misericordia, haciéndonos semejantes a Ti en ella, para que, imitándote como hijos en la tierra, alcancemos tu eterna herencia en los Cielos. Así sea…

