JOSÉ LUIS ORTIZ-DEL-VALLE VALDIVIESO: LEÓN BLOY

BLOY: TAUMATURGO DOLOROSO

Presentar a León Bloy sería probablemente un despropósito, como si se pudiera mostrar la belleza terrenal más sublime y, al mismo tiempo, un sufrimiento inenarrable en una sola persona, rodeada de espinas, de dolor, de ingratitud, de incomprensiones.

Y, sin embargo, allí está él, en un tiempo y en un lugar que le son adversos de todas las formas posibles, desgarrando su alma de profeta, vomitando las verdades eternas sobre todos, pero sometido desde siempre y para la eternidad Dios lo haya querido así-, a la Providencia de Aquel Único y Eterno Absoluto sin el que ninguna existencia tendría razón de ser, como él mismo lo diría.

Así, entender a Bloy no se facilita, pues su obra es una mezcla, casi nunca bien ponderada -para el siglo-, del misticismo elemental y del más elevado, aplicado de la manera más cruda, consecuente y congruente a la vida cotidiana del hombre de todas las épocas.

Por supuesto que esa tarea la empieza pasada su racionalista y anticlerical juventud (atroz, la llama él), consigo mismo primero, y la continúa durante el resto de su vida, pero compartiéndola con sus amigos y hasta con sus enemigos, al mejor estilo evangélico.

Bloy es restaurado en la filiación divina gracias a que el Absoluto dispuso su encuentro (1867) con Julio Barbey d’Aurevilly, otro rescatado con el que mantienen una profunda amistad de la que da testimonio en gran parte de su obra.

A pesar de lo fragmentario que pueden ser algunas citas de León Bloy, es difícil pasarlas por alto y no hacerlas, porque en ellas tal vez nos transmite algo de su alma dulce y torturada, pero con la Esperanza intacta.

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