PADRE LEONARDO CASTELLANI: FILÓSOFO Y TEÓLOGO

REFLEJOS Y RAÍCES DE LA METAFÍSICA EN AMÉRICA (II de II)

Ver Primera Entrega: AQUÍ

No quiero decir con esto que tengan razón Korn e Ingenieros en sus rotundas e indocumentadas afirmaciones de que «no hubo ningún pensamiento filosófico en la Colonia’’, como repiten después de ellos una cantidad de discípulos incautos —véase Bella Rabinovitch, La moral y la religión en el Martín Fierro, Boletín de Sociología de la Universidad de Buenos Aires, Tomo II, pág. 242—.

Al contrario, el pensamiento de las aulas de Córdoba, de Charcas y de Buenos Aires aparece vivaz y hasta atrevido, aunque confuso: el cartesianismo llegó relativamente pronto y fue un fermento de discusiones útiles y de críticas no siempre triviales; el filosofismo fue conocido principalmente en la obra de Montesquieu y de Rousseau; y finalmente, en los albores de la Independencia, el sensualismo de Locke y de Condillac se hizo la filosofía de moda y entusiasmó, con el nombre de Ideología, a los espíritus jóvenes y rebeldes.

En la Argentina colonial se estudiaba mucho, había una viva curiosidad intelectual y quizá se disparataba menos que hoy día, porque la charlatanería estaba más coartada.

Así como la Colonia no dio ningún gran poeta, pero los versificadores de entonces tenían una sólida cultura y un sentido de la lengua que falta en muchos modernos, así los estudiosos de la Colonia eran sensatos, sólidos y aplicados; y no se les puede hacer culpa del estar un poco fuera de la órbita del movimiento intelectual europeo, y de tener que mantenerse de reflejos, lo cual era inevitable.

En suma, la Argentina tiene una sólida tradición de estudio filosófico; pero no tuvo, por desgracia, una tradición filosófica; así como Norteamérica tiene como tradición filosófica el empirismo inglés de Locke y Hume, que prácticamente no fue nunca quebrada y constituye el hilo conductor del pensamiento yanki: “pensamiento, que le aborrezco ch’migo”, como dijo el correntino.

El suarismo fue cercenado por medios políticos (o sea, por los decretos prohibitorios de Carlos III), por desgracia; puesto que esos medios políticos no sirven para nada en filosofía: lo que sirve es la libre discusión.

El que a hierro mata a hierro muere: el suarismo se había impuesto por medios políticos, por ejemplo en Córdoba, donde los dominicos que habían fundado una facultad tomista en 1700 alegando con razón que Suárez divergía de Santo Tomás, fueron obligados a cerrarla a los pocos meses de abierta; de manera que sabemos por carta de un obispo de la Asunción que a mediados del siglo XVIII los jesuitas ejercían por medios políticos el monopolio de la opinión filosófica, de modo que “no se conocía en el Río de la Plata ni un solo tomista, excepto el doctor Leiva, Cura de Santa Fe».

A mi paisano, el cura Leiva, el único tomista argentino en 1753, lo tomo desde hoy por patrono. ¡Viva Leiva!

Esto fue una calamidad para el pensamiento argentino; quiero decir, la ruptura de la tradición filosófica por el abuso de hacer intervenir en la filosofía la politiquería, el sectarismo y el «ordeno y mando», que no tiene allí nada que hacer.

Si al menos hubiese permanecido la escuela de Suárez, endeble y floja como es, se hubiese «acumulado” aquí el pensamiento y hubiese dado las bases a una filosofía propia.

Pero fue descuajada y sustituida por una débil ola de cartesianismo, después por una débil ola de empirismo o sensualismo; y finalmente después del 53 por una gran ola de positivismo, no positivismo explícito sino implícito, no en sus principios sino en sus conclusiones.

Todas estas olas sucesivas de modas filosóficas europeas dependían de la política y no de la especulación original, y eran importadas como el ford 31, el chevrolet 47 y el lincoln 1953: no tenían raíces ni las echaban; eran reflejos.

Aquí hacíamos lo que podíamos con ellas. Las componíamos, les poníamos carrocería nueva, y sobre todo muchas estampitas, florcitas, retratos de la novia y letreritos de Mire si viene un vehículo de atrás; como el colectivo 39.

Es superfluo que les diga quién fue el suarista más grande en la Argentina, que fue el arcediano Rivarola, autor del mejor poema que se escribió en la Colonia; quién fue el mejor cartesiano, que fue fray Cayetano Rodríguez; quién fue el mejor condiliaquista, que fue Juan Crisóstomo Lafinur, todos poetas; porque todo esto está en los libros de Alejandro Korn y su discípulo Francisco Romero, que son apreciables, aunque también parciales.

El trabajo de Korn, sacando lo relativo a la escolástica —de la cual no sabía ni pizca pues ignoraba el latín—, es un trabajo honesto y aprovechable en su segunda parte.

Es una lástima que la filosofía en la Argentina se haya usado siempre para pelear, para lo cual no sirve; como esos frailes que pinta Unamuno que tenían unos grandes crucifijos, no para rezar, sino para sacudírselos por la cabeza a los que no se sacaban el sombrero en las procesiones.

Lo malo fue que los que no se sacaban el sombrero en las procesiones, les quitaban los crucifijos y les pegaban a los frailes a su vez con ellos.

Con perdón de la mala comparación, esto es lo que pasó entre nosotros: el suarismo suprimió al tomismo y después vino Carlos III y suprimió al suarismo.

Se rompió la tradición filosófica del país, y las modas que vinieron después fueron como semillas que caen en el camino y no en tierra arada.

Lo mismo, mutatis mutandis, paso en Méjico y en el Perú.

Otra cosa paso en Estados Unidos: no se rompió allí la tradición filosófica, a saber, la tradición del empirismo ingles de Locke y de Hume.

Claro que también hubo allí inevitablemente las reflejos de toda la serie de filosofías que caracterizan al mundo postcartesiano, lo mismo que aquí; todos esos filósofos de los cuales dice con verdad el primer magistrado que ‘’andan por el aire”; pero esas filosofías fueron filtradas y como digeridas por la tradición empirista, que es tan conforme al genio de la raza inglesa; de manera que el mismo Josiah Royce se mueve sobre una base de empirismo lockiano a pesar de ser idealista hegeliano; o sea lo que parece lo más opuesto al empirismo.

En realidad de verdad el hegelismo es opuesto al empirismo; pero no con oposición de contradicción sino con oposición de contrariedad: como Etéocles y Polínices, los dos hermanos enemigos nacidos del mismo vientre.

No puedo resumir aquí la historia de la filosofía estadounidense ni caracterizar a sus principales filósofos, William James, Josiah Royce y Jorge Santayana, este último el más distinguido filósofo que ha dado la nación del Norte, de origen español, discípulo y crítico acerado de Schopenhauer y Bergson, exquisito poeta, elegante reseñador del pensamiento norteamericano y autor de una vasta obra de metafísica ecléctica (La vida de la razón y Los reinos del ser), donde sobre la eterna base del empirismo inglés se alza una construcción de materiales ricos pero de dudosa arquitectura que tiene por nota distintiva una especie de vitalismo humanista.

Baste decir que esa filosofía se divide en dos netas direcciones principales: una, la del empirismo puro que cultivando con tesón a los grandes empiristas ingleses (Locke, Hume, Spencer) desemboca en la creación del pragmatismo, hijo de Pierce y de James; la otra es la adopción de hegelismo a través de la filosofía inglesa que abrazó con entusiasmo este último y definitivo avatar del espíritu protestante, saltando por encima de Kant.

Por más enmarañada y compleja que parezca la filosofía norteamericana —como lo es—, las dos tónicas fundamentales son siempre las mismas y no son sino las dos grandes columnas de la obra de Locke: empirismo por un lado y religiosidad por otro, religiosidad como puntal y como antídoto contra las últimas consecuencias del empirismo, que el anglosajón instintivamente teme; y con mucha razón.

Las últimas consecuencias del empirismo las han sacado los rusos.

“No hay peor guerra que la guerra entre hermanos«, dice Sófocles hablando justamente de los dos hijos mellizos de Edipo el Tebano, Etéocles y Polínices.

El destino nos ha hecho espectadores del espectáculo trágico del enfrentarse amenazador de dos grandes colosos diabólicamente armados y adoradores ambos de la técnica, del progreso material, de la riqueza y —digámoslo en términos míticos— de la Torre de Babel, que invitan clamorosamente a todo el mundo a alinearse en uno de los dos frentes, pero bajo la adoración del mismo monstruoso ídolo.

Todo el problema del actual mundo en crisis consiste en la opción entre esa idolatría o la adoración de Dios, que es espíritu, verdad y vida: del Dios metaempírico, sobreespiritual y ultrahumano de la tradición metafísica judeo-greco-latina.

Tanto Norteamérica como Rusia luchan, a mi parecer, por tomar la dirección de la Torre de Babel.

¿Creen ustedes que envidio yo a Norteamérica el hecho de que tenga una filosofía mientras aquí no hay una filosofía? ¿Creen que caigo en la vulgaridad de maldecir a España, y contraer el complejo de inferioridad argentino, o, mejor dicho, cocoliche? ¿Creen que cedo a la tentación de blasfemar de nuestro país y llamarlo “nación inmoral y estúpida”, como oí días pasados en la cárcel de Villa Devoto a uno que se llama filósofo?

No en mis días. Prefiero una filosofía de la vida, como dice el presidente, aunque este todavía en raíces, que no una filosofía de la producción y la destrucción, aunque esté hecha y superhecha.

¿Qué preferirían ustedes, una pampa limpia sin arboles ni caminos o un espléndido camino asfaltado rodeado de árboles que lleva al desierto o al borde de un abismo? Prefiero un campo arrasado, lleno de raíces buenas, que no un bosque de manzanillares, de árboles venenosos cuya sombra da la muerte.

El empirismo, como saben ustedes y como su nombre lo indica, consiste en reducir todo el conocer del hombre a la experiencia, es decir, al conocimiento sensible; o sea, hablando brutalmente, en equiparar al hombre y al bruto, con muchísimo refinamiento de vocabulario y técnica verbal a veces, eso sí; y es natural, por tanto, que el pensamiento empírico inspire una civilización de gran fuerza animal, de apresuramiento y éxito en el progreso material. Pero ese apresuramiento del progreso material ¿a dónde nos lleva? “Pecunia festinata dispersabitur” dice la Escritura: “Los enriquecimientos apresurados son peligrosos”.

Admiro la fuerza, la vitalidad y el poder de Estados Unidos, hoy día prácticamente el emperador del mundo; admiro algunos de sus pensadores como Edgar Poe y Santayana; pero no admiro sus errores, no admiro el empirismo como filosofía, no admiro la blattología en que va a terminar Josiah Royce, la estupidez del pragmatismo en que muere el pensamiento de William James; y creo que la Argentina puede dar al mundo otra cosa: puede dar algo incluso a Estados Unidos.

Herederos de una conciencia viva de Dios y del hombre, aquí no es imposible esa “filosofía de la vida” que nos pide nuestro presidente, una filosofía que descienda a la vida, y que dé vida y no solamente palabrería, y que no corte al hombre de sus raíces vitales: una filosofía enraizada en el idioma, en la poesía popular, en la familia, en la historia y en la religión; en la Tradición, en una palabra.

Esa filosofía es posible aquí, porque aquí existen sus raíces, aunque confieso que crearla no es misión mía ni de nadie ahora, porque actualmente la tarea es superior a nuestras fuerzas.

Tiene que venir primero un gran progreso de la ciencia y la restauración de una verdadera religiosidad —puesto que la religión argentina es floja y desleída— antes que pueda existir aquí una metafísica.

Aquí he tocado un punto muy serio: la religión es una de las raíces de la metafísica; y la religión argentina, ¿en dónde está? En cuatro siglos de religión no hemos producido un solo libro religioso que se pueda leer; ni tan siquiera un comentario de los Evangelios.

¡No meditamos el Evangelio! Es decir, la religiosidad argentina no ha llegado todavía a la cabeza ni siquiera al corazón.

¿Sera posible que toda la religión católica se reduzca a pedirle plata al Gobierno y hacer colectas entre los fieles, edificar iglesias feas y hacer limosnas parcas? Eso lo hacía también el paganismo.

El fin de la religión es conocer a Dios, que es el mismo fin último de la metafísica.

Aquí hay miles de clérigos con toda clase de comodidades para dedicarse a conocer a Dios; y no hay ni un solo libro de teología, ni un solo libro de metafísica, ni siquiera un solo libro de buena poesía escrito por un clérigo.

La Argentina sabe muy poco de Dios y produce buena carne congelada.

La religión argentina, si existe, esta descabezada.

Nadie me puede reprochar esta queja, porque junto a la queja traigo el remedio.

El remedio no está en multiplicar las universidades y en multiplicar los seminarios sin multiplicar los sabios; tampoco está en importar sabios o querer fabricar sabios, porque los sabios no se importan y los hace Dios: hay que reconocerlos cuando existen, ponerlos en su lugar y darles los medios de trabajo; nada más.

Es todo lo que el Estado puede hacer en orden a la sabiduría, pero es muchísimo; y es también sabiduría.

Los medios de trabajo son las bibliotecas y son las publicaciones; aquí en la Argentina no hay una sola biblioteca que contenga todos los filósofos con sus obras completas en su idioma original.

Primer punto del Plan Quinquenal respecto a la filosofía: una biblioteca con las obras de todos los grandes filósofos en su idioma original.

En cuanto a las publicaciones, en que gastan las universidades muchísimo dinero, es un burdo error publicar las cosas insignificantes que aquí se han hecho, por el mero título de que aquí se han hecho aunque no valgan nada, como el Curso de ideología de Lafinur, o los Artículos de Andrés Ferreyra, y mucho menos esa bufonada de Ingenieros Proposiciones sobre el porvenir de la filosofía, que es un libro que está pidiendo a gritos una revista humorística.

Si se quiere gastar dinero en editar libros, hay que editar los textos de los grandes filósofos, como hizo Vasconcelos en Méjico; y también los cuatro o cinco libros decentes de filosofía que aquí han surgido, Las jerarquías del ser y La eternidad de Alberto Rougés, La teoría del conocimiento de Alfredo Franceschi, Aproximaciones a la filosofía tradicional de Sixto Terán; y los notables ensayos de metafísica de Nimio de Anquín y de Benjamín Aybar.

Esos libros merecen vulgarizarse y comentarse y no las deleznables improvisaciones del… del… del… José Ingenieros.

En cuanto a lo que aquí se ha escrito de filosofía, de que el padre Furlong ha levantado un catálogo tan impresionante cuanto mal calibrado, lo que cumple es hacer una buena antología cronológica de las paginas mejores; tarea que hubiese podido hacer el padre Furlong, dirigido por alguien que supiese filosofía, con grande provecho para la patria.

Y con esto creo haber cumplido con mi deber en esta clase: si me dan mil pesos para que haga una clase de filosofía, honestamente tengo que hacer una cosa que sirva.

Si el señor presidente de la Nación me dice: “Aquí tiene mil pesos y hágame una clase de filosofía”, yo no puedo hacer lo que haría un adulón o un pedante.

Un adulón haría una clase como el libro del padre Furlong, diciéndole que aquí hay una filosofía autóctona, que ella es la mejor del mundo, y que concuerda enteramente con sus ideas; un mistificador pedante haría una cosa enteramente nebulosa —el presidente conoce a estos filósofos que andan por las nubes— en que el oyente no sacase nada en limpio y el filósofo quedase como un hombre muy profundo.

Pero para mí no había mas camino sino decir la sencilla y modesta verdad; puesto que la verdad no molesta a ningún hombre cuando no va en contra de él; y la verdad en el fondo no va en contra de nadie, porque es la salvación de todos.