P. CERIANI: SERMÓN DE LA FIESTA DE LA ASCENSIÓN 

ASCENSIÓN DEL SEÑOR

En aquel tiempo, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció Jesús y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado. Y les dijo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien”. Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y está sentado a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.

Llegamos a la Fiesta de la Ascensión de Nuestro Señor a los Cielos. La inefable sucesión de los misterios del Hombre-Dios está a punto de recibir su último complemento.

Jesús se digna tomar asiento a la mesa con sus discípulos y condesciende en tomar parte en una comida. Finalmente, comienza a hablar; su acento es más grave que tierno, echándoles en cara la incredulidad con que acogieron la noticia de su resurrección. En el momento de confiarles la más imponente misión que haya sido encomendada a los hombres, quiere invitarlos a la humildad. Dentro de pocos días serán sus oráculos, y el mundo creerá sus palabras y lo que sólo ellos han visto.

Enseguida, con tono de autoridad, les dice: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará”.

Y les indica el medio de acreditar su palabra, los milagros: Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien.

Pero la hora de la separación ha llegado. Jesús se levanta, y todos los asistentes se disponen a seguir sus pasos. Es la última vez que Jesús recorre las calles de la ciudad réproba. El cortejo llegó al Monte de los Olivos, desde donde se dominaba Jerusalén, que aparecía majestuosa con su templo y sus palacios.

Esta vista emocionó a los discípulos. La patria terrestre hace aún palpitar el corazón de estos hombres; por un momento olvidan la maldición pronunciada sobre la ingrata ciudad de David, y parecen no acordarse ya de que Jesús acaba de hacerles ciudadanos y conquistadores del mundo entero.

El delirio de la grandeza mundana de Jerusalén les ha seducido y osan preguntar a su Maestro: Señor, ¿es este el momento en que establecerás el Reino de Israel?

Jesús responde de modo contundente a esta pregunta indiscreta: No os pertenece saber los tiempos y los momentos que el Padre ha reservado a su poder.

Estas palabras no quitaban la esperanza de que Jerusalén fuese un día reedificada por Israel convertido al cristianismo; pero este restablecimiento de la ciudad de David no debía tener lugar más que al fin de los tiempos, y no era conveniente que el Salvador diese a conocer el secreto divino.

La conversión del mundo pagano, la fundación de la Iglesia, era lo que debía preocupar a los discípulos. Por eso, Jesús les lleva inmediatamente a la misión que les dio momentos antes: Vais a recibir el poder del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros; y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra.

En ese momento sus pies se desprendieron de la tierra y se elevó al Cielo. Los asistentes le seguían con la mirada; pero pronto entró en una nube que le ocultó a sus ojos. Los discípulos tenían aún los ojos fijos en el cielo, cuando, de repente, dos Ángeles vestidos de blanco se presentaron ante ellos y les dijeron: Varones de Galilea, ¿por qué estáis mirando al cielo? Ese Jesús que os ha dejado para elevarse al cielo vendrá un día de la misma manera que le habéis visto subir.

Todo el futuro de la Iglesia está comprendido en estos dos términos. Nosotros vivimos ahora bajo el régimen del Salvador; pues nos ha dicho que “el Hijo del hombre no ha venido para juzgar al, mundo, sino para que el mundo sea por Él salvado”. Y con este fin misericordioso los discípulos acaban de recibir la misión de ir por toda la tierra y de invitar a los hombres a la salvación, mientras tienen tiempo.

Los discípulos regresaron a Jerusalén llenos de una viva alegría, nos dice San Lucas; manifestando por esta sola expresión uno de los caracteres de esta Fiesta de la Ascensión, impregnada de una tan dulce melancolía, pero que respira, al mismo tiempo, más que cualquier otra, la alegría y el triunfo.

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El atributo litúrgico de la Fiesta es el Cirio Pascual, que vimos brillar en la noche de la Resurrección, y que estaba destinado a simbolizar por su luz, durante cuarenta días, la estancia del Señor Resucitado en medio de los Apóstoles.

Bendigamos a nuestra Madre la Iglesia, a quien el Espíritu Santo ha inspirado el arte de instruirnos por medio de tantos símbolos, y glorifiquemos al Hijo de Dios que nos ha dicho: Yo soy la luz del mundo.

Acabado el Evangelio, se apaga el Cirio, que nos recordaba la presencia de Jesús resucitado. Este rito expresivo anuncia el comienzo de la viudez de la Iglesia militante y advierte a nuestras almas que, para contemplar en lo sucesivo a nuestro Salvador, nos es preciso mirar al Cielo donde Él reside.

Lejos de Él, la Santa Iglesia siente las tristezas del destierro; sigue sin embargo habitando este valle de lágrimas; porque de la tierra ha de elevar al Cielo a los hijos que la ha dado su Esposo divino por medio de su Espíritu Santo.

Todos los misterios del Verbo Encarnado que hemos celebrado hasta aquí debían desembocar en la Ascensión; las gracias que recibimos y recibiremos, día por día, deben terminarse con la nuestra.

Este mundo no es más que una sombra que pasa; y estamos en camino para ir a juntarnos con Nuestro Mediador. En Él está nuestra vida, nuestra felicidad; en vano trataremos de buscarla en otra parte. Todo lo que nos acerca a Jesús es bueno para nosotros; todo lo que nos aleja de Él es malo y funesto.

El misterio de la Ascensión es el último destello que Dios hace brillar ante nuestros ojos para mostrarnos el camino. Si nuestro corazón aspira a encontrar a Jesús, es que vive la verdadera vida; si está apegado a las criaturas y no siente atracción de Jesús, es que está muerto.

Levantemos, pues, los ojos como los discípulos y sigamos con el deseo a Aquel que sube hoy para prepararnos un lugar.

Sursum corda… ¡Arriba los corazones! Tal es el grito de despedida que nos envían nuestros hermanos que suben en pos del divino Triunfador…; es el grito de los Santos Ángeles congregados ante el Emmanuel, y que nos invitan a formar parte de sus filas.

El Prefacio de la Fiesta lo expresa claramente: Es verdaderamente digno y justo, equitativo y saludable que, siempre y en todo lugar, te demos gracias a ti. Señor santo. Padre omnipotente, eterno Dios: por Cristo, nuestro Señor. El cual, después de su resurrección, se apareció claramente a todos sus discípulos, y, viéndole ellos, se elevó al cielo, para hacernos a nosotros partícipes de su divinidad.

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La puerta de los Cielos, cerrada a nuestra raza, ha podido abrirse para dejar pasar a un hijo de Adán. Tal es el misterio de la Ascensión; pero no es más que una parte, es preciso conocerlo entero.

Escuchemos lo que nos dice él Apóstol San Pablo: Dios, que es rico en misericordia por causa del grande amor suyo con que nos amó, cuando estábamos aún muertos en los pecados, nos vivificó juntamente con Cristo, y juntamente con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús, para que en las edades venideras se manifieste la sobreabundante riqueza de su gracia mediante la bondad que tuvo para nosotros en Cristo Jesús.

Los miembros comparten la condición de la Cabeza… Es lo que Jesús pidió para nosotros en su Oración Sacerdotal. Ese triunfo suyo es, pues, nuestra esperanza, dice San Agustín, pero una esperanza anticipada.

El empleo del pretérito es muy significativo; la redención es ya como un hecho cumplido, y sólo de cada uno depende el apropiársela, respondiendo a la divina promesa.

De este modo, lo mismo que celebramos la Resurrección de Nuestro Salvador como nuestra propia resurrección, el Apóstol nos convida a celebrar la Ascensión de este divino Redentor como si fuese la nuestra también.

Midamos la fuerza de la expresión: Dios nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús; en esta Ascensión, no es Él solo quien sube a los Cielos, nosotros subimos con Él; no es solamente Él quien está entronizado en la gloria, nosotros lo estamos con Él.

Y, en efecto, el Hijo de Dios, no vino a revestirse de nuestra naturaleza para que la carne recibida de María fuese ella únicamente la coronada en la gloria eterna; vino para ser nuestra Cabeza, mas una Cabeza que reclama sus miembros; en la adhesión de los cuales consiste la integridad de su Cuerpo.

¡Oh Padre!, dijo en la última Cena, aquellos que me has dado quiero que estén allí donde yo estoy, para que vean la gloria de que me has hecho partícipe.

¿Y qué gloria ha dado el Padre a su Hijo? Escuchemos a David que ha cantado el día de la Ascensión: El Señor ha dicho a mi Señor: Siéntate a mi diestra.

Sobre el trono mismo del Padre, a su diestra, veremos eternamente al que el Apóstol llama “Nuestro Precursor”, y nos adherimos a Él como los miembros de su Cuerpo, de suerte que su gloria sea la nuestra y que nosotros seremos reyes con Él, por toda la eternidad; ha compartido todo con nosotros, pues quiso que fuésemos “sus coherederos”.

La magnífica grandeza del misterio de la Ascensión se manifiesta en que esas puertas eternas, que han dado entrada a Nuestro Redentor, no volverán ya más a cerrarnos el paso.

Glorioso misterio, que fue suspendido durante siglos por nuestra caída, pero que retoma hoy su curso en el Emmanuel, para no interrumpirlo más que en el momento solemne en que la voz del Ángel exclame: Se acabó el tiempo.

Hasta entonces permanece abierto para nosotros, y la esperanza de que concluirá en nosotros vive en nuestra alma.

Tal es el misterio de la Ascensión.

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La Ascensión de Nuestro Señor es, pues, la prenda de nuestra bienaventuranza futura. Esta Fiesta nos debe llenar de alegría y de esperanza.

Pero también debe ser un poderoso aguijón para excitarnos a vivir santamente y merecer, por gracia y misericordia de Dios, ir al Cielo.

Pero, ¿cuándo y cómo Jesús nos hará compartir su gloria? Escuchemos las enseñanzas de la fe:

A partir del momento de nuestra muerte, si morimos en estado de gracia y sin nada que purgar, o después de que seamos purificados completamente por el fuego del Purgatorio, nuestra alma, liberada de su cuerpo y de las miserias de esta vida, será llevada al Cielo por los Ángeles e introducida en triunfo en el seno de la Divinidad, para gozar de una felicidad inefable y sin fin.

Además, cuando tenga lugar la resurrección, nuestro cuerpo, que participó de los trabajos del alma, participará justamente también de su recompensa.

¡Qué consuelo y qué consolación para nosotros, en medio de los dolores y las pruebas de esta vida mortal, en las enfermedades, en la pobreza y las persecuciones!

¡Qué estímulo pensar que todas estas miserias terminarán pronto, y que, en recompensa de estos males, soportados con espíritu de fe, iremos al Cielo!

¡El Cielo!, he aquí, pues, la recompensa prometida, premio inefable y eterno. Pero no lo obtendremos sin condiciones…

¿Y cuáles son ellas?

Es absolutamente cierto, en primer lugar, que para obtener esta gloria es necesario merecerla, nadie tendrá esta gloria sin haberla merecido… y serán nuestras buenas obras las que nos darán derecho.

En el Cielo se recompensará según el mérito real; la gloria y la felicidad de los bienaventurados estarán en proporción de sus méritos.

Es decir, se premiará la fidelidad en hacer valer las gracias y los talentos recibidos de Dios, y el fervor y entusiasmo en la práctica de la virtud y buenas obras; en una palabra, será remunerada la verdadera santidad…

No perdamos este tiempo que Dios nos da para ganar el Cielo… Trabajemos con el fin de merecerlo, acumulando tesoros en el Cielo… Hagamos de modo tal que podamos decir a Dios: Señor, me habías dado cinco talentos, he aquí otros cinco que gané…

En concreto, ¿cómo hacer para merecer la gloria del Cielo?

Evitemos con cuidado todo pecado. Nuestra humanidad, dice San Agustín, subió al Cielo con Nuestro Señor, pero nuestros defectos no subirán allí.

Si queremos ir al Cielo, adquiramos, en primer lugar, la santidad negativa, es decir, combatamos todos nuestros defectos y huyamos de todas las ocasiones de pecado… no nos dejemos vencer por la sensualidad, la pereza, la ociosidad, la pérdida del tiempo…

Recordemos que el Reino de los Cielos sufre violencia, y que es necesario renunciarse y vencerse para entrar en él… No pactemos con nuestros enemigos, sea del exterior, sea del interior…

Adquiramos, a continuación, la santidad positiva, que debe unirse a la otra…

Esforcémonos por imitar a Nuestro Señor, de ajustarnos a su vida y a sus virtudes, de imitar su humildad, su obediencia, su mansedumbre, su caridad, su paciencia.

Seamos generosos para aceptar y sufrir de buen corazón todos los dolores, los sufrimientos y las cruces que Dios nos envíe; ellas contribuyen para trenzar más hermosa nuestra corona…

Dios, en su infinita misericordia, se encarga de enviarnos cruces, dolores, pruebas; es decir, ocasiones, o más bien medios de merecer el Cielo… Desgraciadamente, ¡cuán poco sabemos aprovecharnos de ello!

Para ganar el Cielo, no basta con sufrir, es necesario además santificar los sufrimientos…

Ahora bien, numerosos cristianos sufren, obviamente; pero a imitación del mal ladrón, maldicen sus dolores y sus miserias, cuando no a Dios que se los envía o los permite…, y se dejan llevar por toda clase de sentimientos de impaciencia, cólera y venganza…

Actuar así, es perder todo el fruto de sus males, esto es sufrir como condenado y hacerse merecedor del infierno… Es necesario, pues, sufrir cristianamente, es decir, como Nuestro Señor, por su amor y en unión con Él.

Trabajos, cansancios, pruebas de todas clases aceptadas con paciencia y sumisión… Son otros tantos tesoros, y no tenemos que ir a buscarlos a las extremidades de la tierra…, pero debemos saber reconocerlos y explotarlos…

Finalmente, tengamos un celo ardiente por los intereses de Nuestro Señor, tomando todos los medios posibles para hacerlo conocer y amar en torno nuestro y de impedir que sea ofendido; arranquemos la mayor cantidad posible de almas a Satanás y al infierno…

¡Qué corona brillante y espléndida se reserva a los que hayan consumido su vida trabajando para extender el Reino de Dios y obtener la salvación a las almas!

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Honremos, pues, y glorifiquemos a Jesús en su triunfante Ascensión.

Agradezcámosle el que se digne invitarnos a compartir su gloria y su bienaventuranza.

Pero intentemos, ayudados por la gracia, merecer el Cielo, acumulando allá los más ricos tesoros que podamos, llevando una vida santa, verdaderamente cristiana y ya celestial.

También, alcemos nuestros ojos al Cielo… Jesús nos tiende los brazos, nos invita a seguirlo…

Valor, pues, y perseverancia en soportar generosamente los dolores de esta vida… Sólo duran un momento, pero la recompensa es sin medida y sin término…

Nuestra gloria y nuestra felicidad serán en proporción de nuestros sufrimientos y del amor con el cual las habremos sobrellevado.

Puedan estos pensamientos confortarnos y consolidarnos, en la espera de que algún día estemos reunidos con Jesús y con Nuestra Buena Madre en el Cielo. ¡Amén!