JUICIO CRÍTICO SOBRE LA EDUCACIÓN ANTIGUA Y LA MODERNA

CONSERVANDO LOS RESTOS

Quinta entrega

“La buena educación de los jóvenes es, en verdad, el ministerio más digno, el más noble, el de mayor mérito, el más beneficioso, el más útil, el más necesario, el más natural, el más razonable, el más grato, el más atractivo y el más glorioso”

San José de Calasanz

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CAPÍTULO V

INCONVENIENTES DEL MÉTODO SIMULTÁNEO

§ I

Hay otro punto de vista que considerar en el sistema pedagógico que acumula tantos ramos de estudio en el período relativamente corto de la instrucción secundaria, y es el enseñar simultáneamente materias distintas por completo y a veces de índole opuesta; lo cual bien merece ser tratado con algún detenimiento como vamos a hacerlo en este Capítulo.

El sistema moderno, deseando sin duda halagar a los estudiantes con la variedad, reparte las materias de suerte que toquen a cada año muchas distintas, para lo cual las divide y subdivide y casi las tritura hasta distribuirlas a trozos en diferentes cursos.

Así en nuestro último plan de estudios figura la Historia Profana en todos los años, la Geografía en cinco, la Física y Química en cuatro, el Dibujo en otros cuatro, la Historia Natural y los idiomas en tres; y como necesidad ineludible de tales divisiones resulta que el alumno estudia a la vez materias inconexas, mezclando en insípido baturrillo ciencias con letras, lo abstracto con lo concreto, lo fácil con lo difícil, siendo el último resultado de tal confusión, como gráficamente lo ha descrito persona de larga experiencia que “ese enorme cúmulo de materias divididas, subdivididas y entrelazadas, y sobrepuestas sin orden lógico, viene a ser para el estudiante la vista sucesiva y pasajera de un caleidoscopio, que a cada momento cambia de colores y de forma; pero sin dejar una sola subsistente en la memoria”.

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No reprobarnos en absoluto el estudio simultáneo de varias materias; pero sí decimos que éstas han de ser pocas en número, de índole análoga, y proporcionadas a la edad y preparación del alumno; de manera que, prestándose mutuo auxilio, coadyuven al desarrollo armónico y progresivo de sus facultades.

Los que a todo trance se empeñan en practicar lo contrario, dan prueba evidente de no conocer a fondo la esencia de la naturaleza humana; o si por ventura la conocen, pretenden violentarla y torcer el curso ordinario de sus procedimientos. Pues la razón y la experiencia de consumo nos advierten de que, siendo limitadas las fuerzas intelectuales del hombre, tanto mejor logra éste penetrar en los arcanos de la ciencia, cuanto, menos derramado el espíritu en la consideración de objetos diferentes, concentra toda su actividad y energía y hace converger las luces de todas sus potencias en un punto único.

Mas un niño, que se ve obligado a estudiar saltando de una materia en otra y que apenas encuentra tiempo para detenerse en ninguna, ¿cómo podrá llegar a poseer un conocimiento claro y preciso del vasto panorama que a cada momento renueva sus paisajes? Se quedará al cabo con un recuerdo vago y confuso de haber visto muchas cosas, bellísimas, si se quiere, pero de las cuales no sabría dar razón exacta en caso de ser preguntado; retendrá a lo sumo en la memoria una como algarabía o jerigonza de voces técnicas que, repetidas con garbo ante los ignorantes, harán que se tenga de él concepto favorable, hasta que tarde o temprano se le caiga la mascarilla y aparezca en toda su desnudez para ser el ludibrio de los que antes escuchaban como oráculos sus garrafales desatinos.

Todos los días estamos observando que, cuando alguno quiere salir airoso de una empresa o profundizar seriamente una cuestión científica o literaria, comienza por dar de mano a todos los demás negocios y estudios, y recogiéndose dentro de sí mismo, sólo se ocupa en aquello cuyo feliz éxito más le interesa. Lo cual nadie haría a no estar convencido de que las facultades del hombre, por muy elásticas que se quiera suponerlas, son incapaces de abarcar en la misma unidad de tiempo la multiplicidad de muchas consideraciones diversas.

Si no queremos por tanto arrogarnos cualidades que no competen a nuestro ser finito y limitado, o empeñarnos porfiadamente en que los niños aprenden mejor las cosas con método inverso al que para entenderlas sigue todo hombre cuerdo y sensato; se hace forzoso el confesar que los flamantes introductores del tan decantado método simultáneo proceden contra lo que exige la naturaleza.

Y aun es benigna la censura, pues uno de los redactores de la Civilta Cattolica no tuvo empacho en criticarlos con mayor crudeza, diciendo: “Nosotros creemos que cuando un día….reviva el buen sentido lógico y moral, nuestros descendientes habrán de decir que los autores e introductores del método simultáneo entre nosotros han salido de un manicomio”. (1)

Suben de punto los inconvenientes del método simultáneo con la práctica, por él casi forzosamente exigida, de multiplicar los profesores a medida de las asignaturas correspondientes a cada curso. La más tolerable de las consecuencias a que esto da origen, es que cada profesor, fijándose exclusivamente en su asignatura, pequeña porción de un ramo de estudios, la extiende cuanto le es posible para presentar un programa que por su mezquindad no le deshonre, pagando, por supuesto, las costas de su mal sentada fama el cerebro del pobre niño.

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En otro tiempo, dice una circular del Ministro de Instrucción Pública en Francia, un mismo profesor estaba encargado de toda la enseñanza literaria, histórica y científica en las clases de gramática, siéndole fácil coordinar las diversas partes de su curso y medir el trabajo total a proporción de la capacidad de sus discípulos. Ahora las responsabilidades están distribuidas, de donde resulta casi necesariamente que cada profesor, preocupado del éxito que desea obtener, recarga como mejor puede la dosis y contribuye con sus exigencias personales, con su celo, si así quiere llamarse, a destruir el equilibrio”. (2)

Igual abuso se comete entre nosotros, con la sola diferencia de que “aquí cada programa es, no ya una dosis fuerte, sino una botica entera”. (3)

Con todo, lo más serio del caso es que estos diferentes maestros tienen cada uno su método y sus ideas, inclina cada cual hacia distinto lado el espíritu de su discípulo, rehace uno lo que el otro deshizo, y refrena éste cuando aquel espolea. Mas no se quiere entender que, faltando así la unidad en la doctrina y la fijeza en el modo de enseñarla, los resultados serán con frecuencia nulos y siempre perjudiciales.

Hay quienes han pretendido con este método hacer más suave la tarea de los niños y dorar artificiosamente la copa siempre amarga del trabajo para que no vacilen en apurarla con placer y agrado; pero se consigue precisamente todo lo contrario. Con tantas divisiones y subdivisiones indispensables en el método simultáneo, sucede que a cada tratado se le da por lo común una extensión más lata de la que exigiría la misma materia completa, si se estudiase de seguida.

Acontece también, y esto es más grave, que después de haber oído el alumno una lección sobre cualquier ramo de los que estudia, pasa a veces días hasta que llegue su turno a la lección siguiente, y ocupa este intervalo en recorrer otras materias que no guardan ninguna relación o enlace, ni entre sí, ni con la que anteriormente había sido explicada; así vemos del mismo modo, que alargándose por algunos años el estudio de algunas ciencias, cuyas partes están íntimamente ligadas, cuando se aprenden sus últimos tratados es imposible que la memoria retenga tan frescas como sería necesario las primeras nociones fundamentales.

En todo caso tiene que resultar uno de dos inconvenientes, a cual más serio:

– o que el niño, dejando olvidados los conocimientos antes adquiridos, se contente con preparar la tarea del día como para salir del paso, y entonces toda su ciencia habrá de reducirse a un acervo confuso de noticias revueltas sin orden lógico ni trabazón alguna metódica, lo cual sólo por escarnio puede llamarse ciencia;

– o que para enlazar, relacionar y combinar las ideas que nuevamente se le van explanando, necesita sujetarse al ímprobo trabajo de repasar a menudo los tratados anteriormente vistos, y esto es hacer doblemente penosa la faena escolar de los estudiantes, si por ventura algunos se hallan dotados de la suficiente fuerza de voluntad para dedicarse con tesón y empeño a la sólida y verdadera ciencia.

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§ II

Hasta aquí hemos considerado el método simultáneo como opuesto o la condición de la naturaleza humana y a los más elementales principios de la sana pedagogía; vamos ahora a juzgarle por sus resultados, pues nunca un árbol bueno produce frutos desabridos y acedos, como ni tampoco un árbol malo los da dulces y agradables.

Acerca de este punto hizo muy justas observaciones el Rector del Colegio Nacional de Santiago del Estero en su informe de 1878, y creemos conveniente trasladarlas en este Capítulo, porque el empleo oficial de su autor y “la experiencia de su larga carrera en el profesorado” añaden mucho peso a los argumentos con que las funda.

Si Cervantes, dice, con su inmortal Don Quijote de la Mancha, lleno de profunda filosofía, se propuso por medio del ridículo…. acabar con la manía de leer libros de caballería o novelas, que hicieron perder el juicio a su héroe; también Cadalso, cerca de dos siglos más tarde, parece se propuso con estilo semejante, aunque sin igual talento y conocimiento de la lengua castellana, acabar con otra manía de su tiempo, que, a pesar de haber trascurrido ciento treinta y seis años, es la misma de nuestros días, es decir, de acabar con este método de la enseñanza simultánea de muchas ciencias a la vez, con su obra….: Eruditos a la violeta o curso completo de todas las ciencias, dividido en siete lecciones para los siete días de la semana, en obsequio de los que pretenden saber mucho estudiando poco…. La experiencia cotidiana muestra a los que se dedican concienzudamente a la pedagogía, que la enseñanza simultánea individual de varios ramos científicos, como hoy se acostumbra y que desgraciadamente ha adoptado el Plan de Estudios, no da sino resultados muy menguados, formando únicamente los eruditos de Cadalso, o los filosofastros de Bacon, audaces, charlatanes, que a las letras sólo sirven de escarnio; porque ello es cierto que quien mucho abarca, poco aprieta, “pluribus intentus, minus est ad singula sensus”. Enseñando y estudiando muchas materias a la vez, la imaginación se disipa, la atención se enerva, la razón se cansa y la reflexión abrumada huye. La memoria es la única que trabaja, pero de mala gana y reteniendo muy poco, y sólo por el momento. Este método no puede formar sabios, no puede dar hombres fuertes en ninguna ciencia; no da sino vulgaridades, enciclopedistas embrionarios, hombres adocenados sin verdadera instrucción. Ni puede ser de otra manera, porque, aun cuando los que así estudian tengan un gran capital de talento, tanto lo ramifican, tanto emprenden y tanto lo exponen, que no paran hasta hacer una bancarrota”. (4).

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Estos deplorables efectos de la insulsa mescolanza que el método simultáneo hace de las materias científicas y literarias se echan de ver más a las claras en la literatura y lengua patria, sobre la cual ejerce de un modo particular su dañosa influencia, cuando, como entre nosotros sucede, obliga a estudiar varias lenguas extranjeras antes de que los niños tengan conocimientos profundamente arraigados del propio idioma. Porque si un hombre, aun después de acabada su formación literaria, se resiente tanto del estudio de otras lenguas que, a medida que se dedica más a ellas, va perdiendo la pureza en las expresiones y la corrección en los giros de la suya nativa; con mayor razón ha de verificarse esto en un niño o en un joven que no ha adquirido todavía el hábito de bien hablar, y en los cuales por lo tierno de su edad son más duraderas las impresiones buenas o malas que reciben.

No somos en verdad enemigos del estudio de lenguas extranjeras, como alguno podría temerariamente prejuzgar; pero por el honor de la cultura nacional y de las letras argentinas, desearíamos que no se diese cabida a su enseñanza en aquellos años en que desvirtúa, estraga y corrompe la formación literaria, o que no figurase por lo menos en calidad de ramo obligatorio para todos, sino como de mero adorno.

Alegan algunos que en un país donde tanto abundan los extranjeros es indispensable muchas veces entablar relaciones con ellos en sus propios idiomas, para lo cual conviene en gran manera saber expresarse en los que más comúnmente se usan. Dado caso que así hubiese de hacerse, todavía nos parece que con recorrer al vuelo algunas leccioncillas de esos textos que suelen decorarse en nuestros colegios y con traducir algunas páginas de un libro, no hemos formado muchos jóvenes capaces de sostener conversación tirada con el más rústico patán que haya arribado a nuestras hospitalarias playas. Y por otra parte ¿no sería más cuerdo y más patriótico poner a los extranjeros en la precisión de hablar el idioma del país que ha de ser la patria de sus hijos, contribuyendo así a fundir en una masa general todo elemento extraño y hacer que desaparezca esa confusión de lenguas que reproduce en nuestra República los tiempos de la Torre de Babel?

Otro de los pretextos con que suele defenderse el estudio de idiomas extraños se funda en las necesidades del comercio. Convenimos en que para la carrera comercial es de suma utilidad tal estudio; pero insistimos en que los estudios ordinarios no bastan para habilitar a un joven en el manejo expedito y seguro de tres lenguas tan diversas; y creemos además, que no es equitativo obligar a toda la juventud que quiera educarse, a emprender los estudios especiales propios de una profesión bastante ajena al movimiento de las ciencias y de las letras, teniendo que renunciar en esto a la instrucción fundamental que tenía el derecho de exigir y que iba a buscar en los Colegios. Más acertado nos parece disponer que los jóvenes que hayan de dedicarse al comercio o tengan particular afición a estos idiomas, vayan a estudiarlos en establecimientos especiales, en donde con la práctica de hablarlos constantemente sacarán en poco tiempo más provecho que en los colegios comunes durante largos cursos.

Por fin no faltan quienes recomienden el estudio de las lenguas extranjeras para leer las obras de ciencias que se escriben en otras naciones. Desde que se ha abandonado el idioma común de los sabios y cada autor se vale del suyo propio, hay sin duda utilidad en conocer los idiomas en que más comúnmente se dan a luz escritos de este género; pero no existe verdadera necesidad. Porque no todos los que han seguido los estudios de la segunda enseñanza han de dedicarse a leer estas obras; ni andamos tan escasos de ellas en nuestra lengua como algunos bibliófilos de baratillo quieren suponer; pues quien conozca todas las obras científicas, ya originales ya traducidas, que corren en castellano, a buen seguro que no habrá menester estudiar lenguas extrañas para poseer con bastante perfección las ciencias.

La importancia que desde algunos años se quiere dar entre nosotros al estudio simultáneo de la lengua nacional con el de otras extranjeras nos ha obligado a extendernos acerca de este punto, disipando con sucintas indicaciones algunos reparos que suelen comúnmente oponer ciertos políglotos mal avenidos con estudios más serios y profundos, en los cuales no pocos de ellos han experimentado que se les muestra esquiva la fortuna.

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Para concluir este artículo dejando bien deslindado el alcance de nuestras opiniones, haremos notar que deben distinguirse cuidadosamente dos períodos en la enseñanza secundaria, como más adelante se explicará: en el segundo período que llamamos filosófico no hay inconveniente alguno en que se estudie juntamente con la filosofía racional las matemáticas y las ciencias naturales, porque estas materias guardan recíproca analogía, y suelen estudiarse cuando la inteligencia está suficientemente adelantada en su desarrollo.

Empero el primer período, que es el literario, toma la mente del niño en un estado muy tierno y está destinado a formarla y prepararla con todo esmero; cualquier desacierto cometido en esta época ejercerá un fatal influjo en toda su carrera, y por esto sostenemos que es precaución muy prudente evitar entonces, más que nunca, la multiplicidad de maestros y la simultaneidad de materias heterogéneas, cuales son las letras y las ciencias.

Son en efecto diametralmente opuestas las direcciones hacia las cuales atraen el ánimo del joven estas dos clases de estudios: porque las letras excitan la imaginación y las ciencias la refrenan; las unas exaltan y encienden el entusiasmo, las otras lo apagan y amortiguan; aquellas inflaman los afectos y el sentimiento, éstas todo lo miden y compasan con la fría y severa rigidez del raciocinio.

Así que, cuantos pretenden hacer amalgama de entrambas clases de estudios malogran las partes de la mezcla y ponen obstáculos insuperables a la formación del buen gusto literario, que no es fácil adquirir una vez pasada la primavera de la vida, en la cual trasciende todavía la naturaleza para el alma candorosa del joven aquel perfume deleitoso de lo bello que embriaga el ánimo con suaves delicias.

Sobre este forzado maridaje de ciencias con letras, contraído por obra y gracia del método simultáneo, dio Mr. Gladstone, actual jefe del partido liberal inglés, una respuesta categórica que resume en breves palabras toda la cuestión. Consultado en cierta ocasión, por los comisionados de la Reina, acerca de la instrucción secundaria, contestó con una carta en la cual se declaraba decididamente a favor de la instrucción clásica en las grandes escuelas de Inglaterra, añadiendo en seguida: “Ésta es una cuestión de principios, en la cual lo peor que puede hacerse es venir a una transacción. No siendo posible dar una instrucción secundaria clásica y científica a la vez, es preciso decidirse a dar en todas las escuelas preeminencia absoluta a uno de estos dos géneros de cultura. Querer los dos juntamente conduce a no obtener ni uno ni otro”. (5)

Notas:

(1) La Cviltá Cattolica, ser. XII, Vol. II.

(2) Circular del 4 de Noviembre de 1882.

(3) La Unión, 11 de Agosto de 1885, núm. 895.

(4) Memoria del Departamento de Instrucción Pública , presentada al Honorable Congreso de la Nación en sus sesiones del año 1879, págs. 436-438.

(5) La Civiltá Cattolica, ser. VII, Vol. III.