P. CERIANI: SERMÓN DE LA SOLEDAD DE MARÍA DOLOROSA

SOLEDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

La piedad cristiana ha consagrado de una manera especial estos días a la memoria de los Dolores que María Santísima sufrió al pie de la Cruz de su divino Hijo; especialmente a su Soledad, una vez puesto el mismo en el Santo Sepulcro.

Ya fue consagrado el Viernes de la Semana de Pasión a recordar sus Dolores. El Papa Benedicto XIII, por un decreto del 22 de agosto de 1727, la inscribió solemnemente en el Calendario con el título de Los Siete Dolores de la Bienaventurada Virgen María.

Posteriormente, sobre todo en España e Hispanoamérica, se hizo celebre el Sermón de Soledad, para rubricar la solemnidad del Viernes Santo.

Honremos lo mejor que podamos, ya que no podemos hacerlo como se merece, el misterio de la participación de María Dolorosa en los padecimientos de Jesús.

Para comprender mejor el objeto de nuestra piedad y para dedicar en este día a la Madre de Dios y de los hombres las alabanzas que la son debidas, debemos acordarnos que Dios ha querido, en los designios de su infinita sabiduría, asociar a María a la redención del género humano.

Este misterio presenta una aplicación de la ley que nos revela toda la grandeza del plan divino; nos muestra una vez más al Salvador hiriendo el orgullo de Satanás por el débil brazo de una mujer.

En la obra de nuestra salvación hallamos tres intervenciones de María, tres circunstancias en que Ella es llamada a unir su acción a la del mismo Dios.

La primera, en la Encamación del Verbo, que asumió carne en su seno purísimo.

La segunda, en el Sacrificio de Jesucristo en el Calvario, al que Ella asistió para participar en la ofrenda expiatoria.

La tercera, el día de Pentecostés, en que recibió al Espíritu Santo, para contribuir así eficazmente al establecimiento de la Iglesia.

Hoy nos toca contemplar la parte que corresponde a María Dolorosa en el misterio de la Pasión de Jesús; exponer los Dolores que ha sufrido junto a la Cruz y los nuevos títulos que ha conquistado para nuestro filial reconocimiento.

A penas cuarenta días después del nacimiento de Jesús, la Bienaventurada Virgen presentó a su Hijo en el Templo; y el anciano Simeón, que aguardaba al Niño, le proclama “luz de las naciones y gloria de Israel”. Mas volviéndose de pronto hacia su Madre, le dijo: “Este niño será también piedra de escándalo, signo de contradicción; y una espada traspasará tu alma”.

Este anuncio de dolores para la Madre de Jesús nos hace comprender que ya habían cesado las alegrías del tiempo de Navidad, y que había llegado un tiempo de amarguras para el Hijo y para la Madre.

En efecto, desde la huida a Egipto hasta estos días en que la maldad de los judíos prepara el mayor de los crímenes, ¿cuál ha sido la situación del Hijo, sino humillado, desconocido, perseguido, cubierto de ingratitudes? ¿Cuál ha sido, por consiguiente, la continua inquietud, la angustia persistente del Corazón de la más tierna de las madres?

Y el curso de los acontecimientos nos lleva a la mañana del Viernes Santo.

María Dolorosa sabe que esa misma noche su Hijo ha sido entregado por uno de sus discípulos, por un hombre a quien Jesús había elegido por confidente, a quien Ella misma había dado más de una vez señaladas muestras de bondad maternal.

Después de cruel agonía, su Jesús ha sido encadenado como malhechor y la soldadesca le ha conducido a casa de Caifás, su principal enemigo. De allí le han llevado a la presencia del gobernador romano, cuya intervención era necesaria a los príncipes de los sacerdotes y doctores de la ley, para que ellos pudiesen, según su deseo, derramar la sangre inocente.

La Madre se halla en Jerusalén; Magdalena y los amigos de Jesús la rodean; pero no pueden impedir los gritos del pueblo que llegan a sus oídos. ¿Y quién, por otra parte, sería capaz de alejar los presentimientos del Corazón de tal madre?

No tarda en extenderse por la ciudad la noticia de que se ha pedido al gobernador que Jesús de Nazaret sea crucificado. ¿Permanecerá a un lado la Madre, en este momento en que todo un pueblo está en pie para acompañar con sus insultos hasta el Calvario a ese Hijo de Dios que Ella llevó en su seno, que alimentó con su pecho? ¡Lejos de ella tal cobardía! Se levanta, se pone en marcha y se coloca en el camino por donde debe pasar Jesús.

Aquí comienza la Vía dolorosa; y el Pretorio de Pilatos, en que fue pronunciada la sentencia de Jesús, es la Primera Estación.

El Redentor es abandonado a los judíos por la autoridad del Gobernador. Los soldados se apoderan de Él y le conducen fuera del patio del Pretorio. Le quitan el manto de púrpura y le visten con sus propios vestidos, que le habían sido quitados para flagelarle; por fin le cargan la Cruz sobre sus desgarradas espaldas.

El lugar en que el nuevo Isaac recibió en sí la leña de su sacrificio es designado como la Segunda Estación.

El escuadrón de soldados, reforzado con los ejecutores, con los príncipes de los Sacerdotes, con los Doctores de la ley y con mucho pueblo, se pone en marcha. Jesús avanza bajo el peso de la Cruz; pero en seguida, desfallecido, a causa de la sangre que ha perdido y por los sufrimientos de todo género, no puede sostenerse y cae bajo la carga; señalando así con su caída la Tercera Estación.

Los soldados levantan con brutalidad al divino cautivo que sucumbía, más aún bajo el peso de nuestros pecados, que bajo el del instrumento de su suplicio. Acaba de reanudar su marcha vacilante y al punto se encuentra con su Madre llorosa.

La mujer fuerte, cuyo amor maternal es invencible, ha salido al encuentro de su Hijo; quiere verle, seguirle, unirse a Él hasta que expire. Su dolor está por encima de toda ponderación humana. Las inquietudes de estos últimos días han agotado sus fuerzas; todos los sufrimientos de su Hijo le han sido manifestados por revelación; se ha asociado a ellos y los soporta todos y cada uno en particular.

Ella llora por su Hijo. Jesús la ve y no puede consolarla, pues todo esto no es sino el comienzo de los dolores.

El sentimiento de agonía que experimenta en este momento el Corazón de la más tierna de las madres acaba de oprimir con un nuevo peso el Corazón del más amante de los hijos.

¿Quién podrá decir el dolor y amor que expresaron sus miradas al encontrarse con las de su Hijo, cargado con la Cruz?

¿Quién podrá decir asimismo la ternura y resignación con que respondió Jesús al amor de su Madre?

Los verdugos no concedieron en favor de la madre de un condenado un momento de espera en la marcha; si quiere, puede seguir el funesto cortejo… Sin embargo, el encuentro de Jesús y María en el camino del Calvario señalará para siempre la Cuarta Estación.

El camino del Vía Crucis es aún largo, desde la Cuarta hasta la Décima Estación, y si es regado con la Sangre del Redentor, es bañado también con las Lágrimas de su Madre… Testigos serán el Cireneo, la Verónica y las Mujeres de Jerusalén que lloran por el ajusticiado…

Jesús y su Santa Madre han llegado a la cumbre del Calvario, colina que debe servir de altar al más augusto de los sacrificios; mas el decreto divino no permite a la Madre acercarse por el momento a su Hijo. Cuando la víctima esté preparada, se acercará Aquella que la deba ofrecer.

Esperando este solemne momento, ¡qué tormentos para Nuestra Señora a cada martillazo que daban sobre los miembros delicados de su Jesús! Esto indica la Undécima Estación de la Vía Dolorosa.

La Sangre fluye de esas cuatro fuentes vivificadoras a las que vendrán a purificarse nuestras almas. María Dolorosa, al oír el ruido siniestro del martillo, siente desgarrarse su Corazón de madre, cuanto mayor es su impotencia para aliviar al Hijo amado, que los hombres le han arrebatado.

Y cuando, por fin, le es permitido acercarse, ¡qué angustias mortales experimenta el Corazón de esta Madre!, que, elevando sus ojos, contempla el Cuerpo destrozado de su Hijo, violentamente extendido sobre el patíbulo, con el rostro bañado en sangre, y cubierto de esputos, con la cabeza coronada con una diadema de espinas.

He aquí, pues, al Rey de Israel, cuyas grandezas le había anunciado el Ángel, el Hijo de su virginidad, al que Ella ha amado como Dios y, al mismo tiempo como fruto bendito de su vientre.

Más que para Ella, le ha concebido, le ha criado, le ha alimentado para los hombres; ¡y son esos mismos hombres los que le han puesto en tal estado!

A pesar de esto, Jesús levanta la voz; pronuncia su Primera Palabra en el Calvario: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”.

¡Oh bondad infinita del Creador! Vino a la tierra, obra de sus manos, y los hombres le han crucificado; hasta en la Cruz ha rogado por ellos, y en su oración parece querer excusarles.

Estaba profetizado que la víctima sería enarbolada como un estandarte a la vista de todas las naciones. Era preciso que el Salvador crucificado, el Mediador de Dios y de los hombres, el soberano Intercesor y Sacerdote, fuese puesto entre el Cielo y la tierra para tratar de la reconciliación de ambos.

Ahí está, expuesto desnudo a los ojos de todos, Aquel que ha venido a este mundo para cubrir la desnudez que el pecado había dejado en nosotros.

Al pie de la Cruz los soldados se reparten los vestidos; pero respetando la túnica que, según una piadosa tradición, había tejido María con sus virginales manos. La sortean sin romperla.

Encima de la cabeza del Redentor está escrito en hebreo, en griego y en latín: Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos. Todo el pueblo lee y repite esta inscripción; y proclama una vez más, sin quererlo, la realeza del Hijo de David.

Los enemigos de Jesús lo han comprendido y se apresuran a pedir a Pilatos que se quite ese rótulo; pero no reciben otra respuesta que ésta: “Lo que he escrito, escrito está”.

Una circunstancia que la Tradición de los Padres nos ha transmitido, anuncia que este Rey de los judíos, rechazado por su pueblo, reinará con mucha mayor gloria sobre las naciones de la tierra que ha recibido en herencia de su Padre.

Los soldados, al plantar la cruz en el suelo, la han dispuesto de suerte, que el divino crucificado vuelve la espalda a Jerusalén y extiende sus brazos hacia las regiones de Occidente. El Sol de la Verdad se pone sobre la ciudad deicida y se eleva al mismo tiempo sobre la Nueva Jerusalén.

Levantemos nuestras miradas hacia este hombre-Dios cuya vida se extingue rápidamente sobre el instrumento de su suplicio. Hele ahí suspendido en los aires a la vista de todo Israel, como la serpiente de bronce que Moisés había ofrecido a las miradas de su pueblo en el desierto.

Pero este pueblo no tiene para él sino ultrajes. Sus voces insolentes y despiadadas llegan hasta Él. “Tú, que destruyes el templo de Dios y le reedificas en tres días, sálvate a ti mismo ahora; si tú eres el Hijo de Dios, desciende de la cruz”.

Los pérfidos pontífices del judaísmo van más lejos aún en sus escarnios: “A otros ha salvado, y no puede salvarse a sí mismo… Cristo, Rey de Israel, desciende de la cruz y creeremos en ti… Pusiste tu confianza en Dios, que te libre ahora”…

Y uno de los dos ladrones crucificados con Él, se unía en este concierto de ultrajes.

Nunca la tierra había recibido de Dios un beneficio semejante al que se dignaba concederle en esta hora; ni nunca el insulto a la Majestad divina se había proferido con tanta audacia.

Cristianos, que adoramos a Aquel que los judíos blasfeman, ofrezcámosle en este momento la reparación a que tantos derechos tiene.

Esos impíos le reprochan sus divinas palabras y las vuelven contra Él. Recordémosle, por nuestra parte, aquella otra, dicha también por Él, y que debe llenar nuestros corazones de esperanza: “Cuando yo fuere levantado de la tierra, atraeré todas las cosas a mí”.

Ha llegado, oh Jesús, el momento de cumplir tu promesa; atráenos a Ti. Estamos aún apegados a la tierra y encadenados por mil intereses y atractivos; estamos cautivos del amor a nosotros mismos, y nuestro vuelo hacia Ti se ve impedido sin cesar; sé el imán que nos atraiga y rompa nuestros lazos a fin de llevarnos hasta Ti, y que la conquista de nuestras almas venga por fin a consolar tu Corazón oprimido.

Hemos llegado a la hora sexta, el mediodía. El sol que brillaba en el cielo, como testigo insensible, se oscurece de repente; y una noche densa extiende sus tinieblas sobre la tierra toda. La naturaleza entera queda en silencio, y el mundo parece volver al caos.

Se cuenta que el célebre Dionisio del Areópago de Atenas, que fue más tarde discípulo del Apóstol de las gentes, exclamó en el momento de este eclipse: “O sufre el Dios de la naturaleza o la máquina de este mundo está a punto de estallar”.

Un fenómeno tan importante, testimonio bien claro de la cólera divina, hiela de espanto a los más osados blasfemos. El silencio sucede a tantos clamores. Este es el momento en que el ladrón, cuya cruz estaba colocada a la derecha de la de Jesús, siente nacer a la vez en su corazón el remordimiento y la esperanza. Se atreve a reprender al compañero que insultaba al inocente: “¿Ni siquiera tú temes a Dios, le dice, tú que sufres la misma condena? En cuanto a nosotros, justo es lo que recibimos, pues sufrimos lo que nuestras acciones merecen; pero éste no ha hecho mal alguno”.

Jesús defendido por un ladrón en este momento, en que los Doctores de la ley judía, aquellos que se sientan sobre la Cátedra de Moisés no tienen para Él sino ultrajes… Nada demuestra mejor el grado de obcecación a que ha llegado la Sinagoga.

Dimas, este ladrón, es figura en este momento de la gentilidad, que sucumbe bajo el peso de sus crímenes, pero que pronto se purificará al confesar la divinidad del Crucificado. Vuelve penosamente su cabeza hacia la Cruz de Jesús y, dirigiéndose al Salvador, exclama: “Señor, acuérdate de mí cuando estuvieres en tu reino”.

Cree en la realeza de Jesús, en esa realeza de la cual los sacerdotes y los magistrados de su nación se reían. La calma y la dignidad de la augusta víctima sobre el patíbulo le han revelado toda su grandeza; afirmando su fe, implora de ella con confianza un simple recuerdo, cuando la gloria haya sucedido a la humillación.

¡Qué cristiano tan gigante acaba de hacer la gracia en este ladrón! Y esa gracia, ¿quién se atrevería a decir que no ha sido pedida y obtenida por la Madre de misericordia en este momento solemne en que Ella se ofrece en un mismo sacrificio con su Hijo?

Jesús se conmueve al encontrar en un ladrón, ajusticiado por sus crímenes, esa fe que en vano ha buscado en Israel; y responde a su humilde súplica. “En verdad, le dice, hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Es la Segunda Palabra de Jesús sobre la Cruz. El dichoso penitente la recoge con alegría en su corazón; y en adelante guarda silencio y espera, en expiación, la hora que debe librarle.

Entre tanto, María Santísima se ha acercado a la Cruz en que está clavado Jesús. El tumulto se ha apaciguado, desde que el sol ocultó su luz; y los soldados no ponen obstáculo a esta aproximación.

El rostro de su Hijo está desfigurado, pero para una madre no hay tinieblas que impidan conocer a su hijo…

Jesús mira tiernamente a su Madre, ve su desolación; y el dolor de su Corazón, que parecía haber llegado a su más alto grado, se acrecienta más aún. Va a abandonar esta vida; y su Madre no puede subir hasta Él, estrecharle entre sus brazos y prodigarle sus últimas caricias.

Juan, el discípulo amado, el único discípulo que ha seguido a su Maestro hasta el Calvario, está abismado en su dolor. Recuerda la predilección de que fue objeto, por parte de Jesús, anoche en el banquete misterioso. Sufre por el Maestro y sufre también por la Madre; pero su corazón no prevé el precio inestimable con que Jesús ha resuelto pagar su amor.

La Dolorosa se halla al pie de la Cruz para recibir el adiós de su Hijo; se va a separar de Ella y en breves momentos no poseerá de este Hijo tan querido más que un cuerpo inanimado y cubierto de heridas.

De repente, en medio de un silencio interrumpido sólo por los sollozos, la voz de Jesús moribundo resuena por tercera vez. Dirigiéndose a su Madre, le dice: “Mujer, he ahí a tu hijo”.

Con esta Tercera Palabra designaba a Juan. Después, volviéndose a éste añade: “Hijo, he ahí a tu madre”.

Cambio doloroso para el Corazón de María, pero sustitución que asegura para siempre a Juan, y en él a la raza humana, el beneficio de una Madre.

Aceptemos este generoso testamento de Nuestro Salvador, que por su Encarnación nos había procurado la adopción de su Padre Celestial, y en este momento nos da a su propia Madre.

San Bernardo supo describir esta escena con trazos magníficos:

“Oh madre, exclama, al considerar la violencia del dolor que traspasó tu alma, te proclamamos más que mártir; pues la compasión que has tenido con tu hijo ha sobrepasado todos los padecimientos que puede soportar el cuerpo. ¿No ha sido más penetrante que una espada para tu alma esta frase: Mujer, he ahí a tu hijo? ¡Cambio cruel! ¡En lugar de Jesús recibe a Juan; en lugar del Señor, al servidor; en lugar del Maestro, al discípulo; en lugar del Hijo de Dios, al hijo del Zebedeo; un hombre, en fin, en lugar de un Dios! ¿Cómo no habría de ser traspasada tu tierna alma, si aun nuestros mismos corazones de hierro y de bronce, se sienten desgarrados al solo recuerdo de lo que padeció el tuyo? No os asuste, pues, hermanos míos, el oír decir que María ha sido mártir en su alma. No tiene motivos para escandalizarse, sino aquel que haya olvidado que San Pablo cuenta, como uno de los mayores crímenes de los gentiles, el que no tuvieran afectos. El corazón de María estuvo exento de este defecto; ¡que se halle lejos también del corazón de aquellos que la honran!”.

María Dolorosa comprende que no tendrá en la tierra más que un hijo de adopción. Las alegrías maternales de Belén y de Nazaret se repliegan en su Corazón y se cambian en amarguras. ¡Es la Madre de Dios, y su Hijo le es arrebatado por los hombres!

Eleva una vez más sus ojos hacia su amadísimo Hijo, le ve como una víctima, agobiado por una ardiente sed, que Ella no puede apagar. Contempla su mirada que se extingue…

Se acerca ya la hora nona, las tres de la tarde; es la hora que los decretos eternos fijaron para la muerte del Hombre-Dios.

Jesús experimenta en su voluntad un nuevo acceso de ese cruel abandono que sintió en Getsemaní, siente todo el peso de la desgracia de Dios en que ha incurrido al salir fiador de los pecadores. La amargura del cáliz de la cólera de Dios, que debe apurar hasta las heces, produce en Él un desfallecimiento que se expresa por este grito lastimero: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Es la Cuarta Palabra.

Jesús no se atreve a decir: “¡Padre mío!”. Se diría que no es sino un hombre pecador, al pie del tribunal inflexible de Dios.

Entre tanto, una calentura ardiente devora sus entrañas y de su boca jadeante se escapa, a duras penas, esta Palabra, que es la Quinta: “Tengo sed”.

Uno de los soldados presenta entonces a sus labios moribundos una esponja empapada en vinagre. Este es todo el alivio que en su sed ardiente le ofrece esta tierra a la que cada día refresca con su rocío y lluvias, y cuyos ríos y fuentes Él ha hecho brotar.

Ha llegado finalmente el momento en que Jesús debe entregar su alma al Padre. Recorre, en rápida ojeada, todos los oráculos divinos que han anunciado hasta las menores circunstancia de su misión, y ve que ni uno solo ha dejado de cumplirse, hasta esa sed que experimenta, hasta ese vinagre que le han dado a gustar.

Profiriendo entonces la Sexta Palabra, dice: “Todo está consumado”.

No queda, pues, sino morir, para poner el último sello a las profecías que han anunciado su muerte como medio final de nuestra Redención.

Este hombre agotado, agonizante, que poco ha murmuraba con dificultad algunas palabras, da un gran grito, que resuena a lo lejos y sobrecoge de espanto y admiración a la vez al centurión romano, que mandaba los soldados que estaban al pie de la cruz: “¡Padre!, exclama, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Después de esta Séptima y última Palabra, su cabeza se inclina sobre el pecho de donde se escapa su último suspiro. Es la Duodécima Estación del Via Crucis…

En este momento cesan las tinieblas y el sol aparece de nuevo en el cielo; pero la tierra tiembla; se parten las piedras y la roca misma del Calvario se divide entre la Cruz de Jesús y la del buen ladrón. Esta hendidura puede verse aún hoy día.

En el templo de Jerusalén un fenómeno viene a atemorizar a los sacerdotes judíos. El velo del templo, que ocultaba el Santo de los Santos se rasga de arriba abajo, anunciando con esto el final del reino de las figuras.

Muchas tumbas en las que reposaban santos personajes, se abren por sí mismas, y los muertos que contenían vuelven a la vida.

Pero sobre todo se hace sentir la repercusión de esta muerte en el fondo de los infiernos. Satanás comprende, por fin, el poder y la divinidad de este Justo, contra el cual ha amontonado imprudentemente las pasiones de la sinagoga.

Su ceguera es la que ha hecho derramar esa Sangre cuya virtud libra al género humano y le abre las puertas del Cielo.

Sabe, ahora, a qué atenerse respecto a Jesús de Nazaret, a Quien se atrevió a acercarse en el desierto para tentarle. Reconoce con desesperación que este Jesús es el propio Hijo del Eterno, y que la Redención negada a los ángeles rebeldes, le ha sido otorgada al hombre de un modo sobrenatural, por los méritos de la Sangre que él mismo ha hecho derramar en el Calvario.

María Dolorosa no se separa del Árbol del Dolor, a cuya sombra la ha retenido hasta el presente su amor maternal; y, con todo, ¡qué emociones tan crueles la aguardan todavía!

¡Un soldado traspasa de una lanzada ante sus ojos el pecho de su Hijo muerto!

María ha sentido hasta el fondo de su alma la punta de esa lanza cruel; los sollozos y las lágrimas se renuevan en torno suyo.

“¡Ah!, sigue diciendo San Bernardo, es tu Corazón —¡oh Madre!—, el que ha sido traspasado por el hierro de la lanza, más bien que el de tu Hijo, que ya ha exhalado el último suspiro. Su alma no está ya allí; pero está la tuya que no puede separarse”.

La imperturbable Madre persiste en la guarda de los restos sagrados de su Hijo.

¿Cómo terminará esta triste jornada? ¿Qué manos descenderán de la cruz al Cordero que en ella está suspendido? ¿Quién, finalmente, le devolverá a su Madre? Los soldados se retiran y con ellos Longinos, el que osó darle la lanzada, y que siente ya en sí mismo un movimiento, extraño presagio de la fe de que un día será mártir.

Mas he aquí que se acercan dos hombres; son dos judíos, José de Arimatea y Nicodemo, que van subiendo la colina, hasta detenerse con emoción al pie de la Cruz de Jesús.

María fija sobre ellos una mirada de reconocimiento. Han venido para poner en sus brazos el Cuerpo de su Hijo, y para rendir luego a su Maestro los honores de la sepultura. Estos fieles discípulos vienen provistos de la autorización del gobernador. Pilatos ha otorgado a José el cuerpo de Jesús.

Se apresuran a desclavar los sagrados miembros, porque el tiempo es corto, el sol camina hacia su ocaso y está ya próxima la primera hora del sábado.

Sus ojos le contemplan al bajarle de la Cruz; y cuando ya, por fin, los amigos de Jesús, con todo el respeto que deben al Hijo y a la Madre, se lo devuelven, tal como le ha dejado la muerte, le recibe en sus rodillas que fueron en otros tiempos el trono en que recibió los presentes de los príncipes de Oriente.

¿Quién será capaz de contar los suspiros y sollozos de esta Madre, al estrechar contra su Corazón los despojos inanimados del más querido de los hijos? ¿Quién será capaz, al mismo tiempo, de contar las heridas de que se halla cubierto el cuerpo de la víctima universal?

Junto al lugar en que se alza la Cruz, en la parte baja del montículo, hay un jardín y en éste una cámara sepulcral tallada en la roca. En ella va a descansar Jesús.

José y Nicodemo, cargados con la preciosa carga, descienden de la colina y depositan el cuerpo sagrado sobre una roca a poca distancia del sepulcro.

Sobre esa roca, que aún actualmente se llama Piedra de Unción, y que señala la Decimotercera Estación de la Vía dolorosa, José extiende el lienzo que ha traído; Nicodemo, que había ordenado traer a sus siervos hasta cien libras de mirra y áloe, va disponiendo los perfumes.

Lavan la sangre de las heridas; quitan suavemente la corona de espinas de la cabeza del divino rey y llega el momento de envolver el Cuerpo con el lienzo.

La Madre de Jesús recibe por última vez al Hijo de su ternura; riega con sus lágrimas, recorre con sus besos las innumerables y crueles llagas de que está cubierto su cuerpo… Estrecha entre sus brazos una vez más el Cuerpo inerte de su amado, que pronto va a ocultarse a sus miradas, bajo las vendas y los pliegues del velo…

El tiempo corre, el sol va acercándose a su ocaso; hay que apresurarse a encerrar en el sepulcro el Cuerpo de quien es el Autor de la Vida…

La Madre concentra toda la energía de su amor en un último beso y, oprimida de un dolor inmenso como el mar, entrega este Cuerpo adorable, a aquellos que después de haberlo ungido y envuelto en una sábana, le deben encerrar bajo la piedra de la tumba.

Juan, Magdalena y las otras santas mujeres compadecen a la Madre de los Dolores…

José y Nicodemo se levantan y tomando de nuevo la noble carga, le llevan al sepulcro. Esta es la Decimocuarta Estación de la Vía dolorosa.

Salen con presteza; y, reuniendo todas sus fuerzas, ruedan a la entrada del monumento una piedra que deberá servir de puerta, y que pronto, a petición de los enemigos de Jesús, la autoridad pública vendrá a sellar con su precinto y a protegerla con un puesto de soldados romanos.

Se cierra, pues, el sepulcro; y María, acompañada de Juan, su hijo adoptivo, y de Magdalena, seguida de los dos discípulos que han asistido a las exequias, y de las santas mujeres, se interna en la ciudad maldita.

El sol está a punto de ponerse y va a comenzar el gran Sábado con sus severas prescripciones.

María Dolorosa sigue al cortejo que camina hacia el Cenáculo. San Juan, su hijo de adopción, está junto a Ella. Desde este momento será el custodio de aquella que, sin dejar de ser Madre de Dios, se hace en él Madre de los hombres.

Pero, ¡a precio de qué crueles sufrimientos ha obtenido este nuevo título! ¡Qué herida ha recibido su Corazón en el momento en hemos sido confiados a su amor maternal!

Acompañémosla también fielmente durante esas horas crueles, que deberán trascurrir antes que la Resurrección de Jesús venga a consolar su inmenso dolor…

¿Veremos en todo esto, nada más que el espectáculo de las aflicciones que ha padecido la Madre de Jesús junto a la Cruz de su Hijo?

¿Cuál ha sido la intención de Dios el haberla hecho asistir en persona a la muerte de su Hijo?

¿Por qué no la ha arrancado de este mundo, como a San José, antes de que llegara el día en que la muerte de Jesús debía causar en su Corazón una aflicción que sobrepasa a todas aquellas que han padecido y padecerán todas las madres desde del origen del mundo?

Dios no lo ha hecho, porque la nueva Eva tenía que desempeñar un papel insustituible al pie del Árbol de la Cruz.

Del mismo modo que el Padre celestial requirió su consentimiento antes de enviar al Verbo Eterno a esta tierra, también fueron requeridas la obediencia y la abnegación de María Dolorosa para la inmolación del Redentor.

¿No era este Hijo, que Ella había concebido después de haber consentido en el ofrecimiento divino, el bien más querido de esta Madre incomparable? El Cielo no se lo debía de arrebatar sin que Ella misma lo ofreciera.

¡Qué lucha tan terrible se entabló entonces en este Corazón tan amante!

¡La injusticia, la crueldad de los hombres le arrancaba a su Hijo!

¿Cómo Ella, su Madre, puede ratificar, con su consentimiento, la muerte de Aquel a quien ama con doble amor, como a hijo y como a Dios?

De otro lado, si Jesús no fuese inmolado, el género humano permanecería presa de Satanás, el pecado no sería reparado, y en vano sería Ella madre de Dios. Sus honores y sus alegrías serían para Ella sola, y nos abandonaría, por tanto, a nuestra triste suerte.

¿Qué hará, pues, la Virgen de Nazaret, esa Virgen que lleva un Corazón tan grande; esa criatura siempre pura, cuyos afectos jamás se vieron tildados de egoísmo, que tan frecuentemente se filtra en las almas en que ha reinado el pecado original?

María Dolorosa, por delicadeza para con los hombres, al unirse al deseo de su Hijo, consigue un triunfo sobre sí misma; pronuncia por segunda vez su FIAT y consiente en la inmolación de su Hijo. No se lo exige la justicia de Dios; Ella misma es quien lo cede…

Pero, en cambio, es elevada a un grado tal de grandeza, que jamás pudo concebir en su humildad. Una unión inefable se establece entre la ofrenda del Verbo encarnado y la de María Oferente; la Sangre divina y las Lágrimas de la Madre corren mezcladas y se confunden para operar la Redención del género humano.

Y ¿cuál fue su actitud al pie de la Cruz de su Hijo? ¿Se mostró desfallecida y abatida? ¿El dolor inaudito que la oprimía, le han hecho acaso caer por tierra o en manos de los que la rodean?

¡No! El Santo Evangelio contesta con una sola palabra a esta cuestión: Stabat… María permanecía en pie junto a la cruz.

El sacrificador está de pie ante el altar, para ofrecer su sacrificio. María Corredentora debía guardar actitud semejante.

San Ambrosio lo dice todo en estas breves palabras: “Se mantenía en pie frente a la cruz, contemplando con sus maternales miradas las heridas de su hijo; esperando, no la muerte de su querido hijo, sino más bien la salvación del mundo”.

De este modo, esta Madre de Dolores, lejos de maldecirnos, nos ama y sacrifica por nuestra salvación hasta los gratos recuerdos de las horas de alegría que había experimentado en su Hijo.

A pesar de los gritos de su Corazón de Madre, se lo devuelve a su Padre como un tesoro confiado en depósito.

La espada penetraba cada vez más profunda en su Alma; mas nosotros estamos ya salvados; y Ella cooperó con su Hijo a nuestra salvación.

¿Tenemos todavía motivos para admirarnos de que Jesús eligiera este mismo momento para proclamarla Madre de los hombres, en la persona de San Juan, que nos representaba a todos?

Nunca el Corazón de María Santísima se había sentido tan inclinado a nuestro favor.

Que en adelante sea, pues, esta nueva Eva, la verdadera “Madre de todos los vivientes”, que viven de la gracia divina.

La espada que atravesó su Inmaculado Corazón nos ha franqueado la entrada del Cielo. En el tiempo y en la eternidad, la Madre de Dios hará extensivo a nosotros el amor que siente a su Hijo, porque acaba de oírle decir que nosotros también lo seremos para Ella.

Por habernos rescatado, Él es Nuestro Señor, Nuestro Redentor; por haber cooperado tan generosamente a nuestro rescate, Ella es Nuestra Señora, Nuestra Corredentora.

Con esta confianza, oh Madre afligida, venimos hoy a rendirte, con la Santa Iglesia, nuestro filial homenaje.

Jesús, el fruto bendito de tu vientre, fue concebido por Ti sin dolor; nosotros, hijos tuyos por adopción, hemos penetrado en tu Corazón por la espada.

Concédenos el poder sentir y gustar la dolorosa Pasión de tu Hijo. Se ha realizado en tu presencia; has tenido parte en ella…

Haznos penetrar todos sus misterios para que nuestras almas, rescatadas con la Sangre de Jesús y rociados con tus Lágrimas, se conviertan al Señor y se mantengan firmes en su santo servicio. Amén.