P. CERIANI: SERMÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

En aquel tiempo: Enviaron los judíos desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan para preguntarle: ¿Tú quién eres? Él confesó la verdad, y no la negó; antes protestó claramente: Yo no soy el Cristo. ¿Pues quién eres? Le dijeron: ¿Eres tú Elías? Y dijo: No lo soy. ¿Eres tú el Profeta? Respondió: No. ¿Pues quién eres tú, le dijeron, para que podamos dar alguna respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo? Yo soy, dijo entonces, la voz que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como lo tiene dicho el profeta Isaías. Es de saber que los enviados eran de la secta de los fariseos. Y le preguntaron de nuevo, diciendo: ¿Pues, cómo bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el Profeta? Juan les respondió diciendo: Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis. Él es el que ha de venir después de mí, el cual ha sido preferido a mí, y a quien yo no soy digno de desatar la correa de su zapato. Todo esto sucedió en Betania, la que está a la otra parte del Jordán, donde Juan estaba bautizando.

Nos encontramos en el Tercer Domingo de Adviento, llamado Gaudete, por las primeras palabras del Introito, que retoman las de la Epístola: Alegraos siempre en el Señor: otra vez lo digo, alegraos.

Las ideas y el espíritu del Adviento han dado un gran paso hacia delante. Ya no se nos dice El Señor viene, sino El Señor está cerca.

Una asombrosa tensión se ha apoderado de la liturgia, la cual no respira más que optimismo, jubilosa alegría. Claro y rotundo resalta este motivo en el canto del Introito: Alegraos siempre en el Señor. El Señor está cerca. No tengáis, pues, preocupación alguna. Más aún, manifestadle a Él, en vuestras oraciones y en vuestras acciones de gracias, todas vuestras inquietudes y preocupaciones

El Señor está cerca, y es el mismo que esperamos como Libertador, en su Segunda Venida, al fin de los tiempos.

Marana Tha… ¡Ven, Señor nuestro!… Así suplicaban los cristianos de los primeros tiempos.

Repitamos también nosotros, hoy, esta misma impetración de impaciente anhelo. Supliquemos con toda nuestra alma: Inclina, Señor, tus oídos a nuestras preces y disipa las tinieblas de nuestro espíritu con la gracia de tu Advenimiento, que todos esperamos anhelantes.

La Epístola insiste de nuevo sobre el mismo tema del Introito: ¡El Señor está cerca!; y, al mismo tiempo, nos indica cómo debemos portarnos ante la proximidad del divino Salvador:

– Tenemos que arrancar de nuestro corazón toda preocupación angustiosa, temporal, terrena.

– Nuestra única preocupación debe consistir en unirnos íntimamente con Dios por medio de la oración y de una perenne acción de gracias.

– Además, debemos impregnar nuestro espíritu y toda nuestra vida de una alegría y una paz divinas, sobrenaturales, fundadas sólo en una santa libertad interior y en una espiritual armonía.

¡Magnífico programa para el Adviento!

El Gradual, una vez más, vuelve a urgimos el apasionado clamor: Señor, muestra tu poder y ven.

Y he aquí que Él viene; ya está a las puertas; ya se anuncia por su heraldo, el Bautista.

Tanto resuena en el Jordán la voz del Precursor, que es oída hasta en la misma Jerusalén. El pueblo escucha con tal avidez su palabra y sigue con tal entusiasmo sus indicaciones, que hasta las mismas autoridades se ven presionadas a tomar cartas en el asunto.

Juan tiene que justificarse ante ellas, y lo hace magistralmente. De ahora en más, todos pueden ver claro que el Señor está cerca.

El Señor está cerca… A pesar de toda nuestra indignidad, de toda nuestra flaqueza, de toda nuestra culpabilidad; no tenemos nada por qué temer, pues poseemos al Redentor, que está obrando continuamente nuestra redención y salvación.

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¡Alegraos en el Señor! La alegría en el Señor es el fundamento de una vida verdaderamente espiritual, cristiana.

Al ser hechos por el Santo Bautismo miembros de Cristo e hijos de Dios y de nuestra Madre la Santa Iglesia, pronunció el sacerdote sobre nosotros estas palabras: Para que alegre os sirva en vuestra Iglesia.

“Quitad toda ceguera de su entendimiento; romped todos los lazos de Satanás; abridle las puertas de vuestra piedad para que con la plenitud de vuestra sabiduría se vea libre del hedor de todas las concupiscencias y, alegre con el suave olor de vuestros preceptos, os sirva en vuestra Iglesia y adelante en virtud de día en día”.

Esto es algo más que una simple invitación a estar alegres: es un precepto.

Por eso, el bautizado, el incorporado, el revestido de Cristo, posee legítimamente la verdadera alegría, la alegría en el Señor, en nuestro Salvador.

¿Cómo no hemos de alegrarnos en Él?

Incorporados a Él, hechos sarmientos suyos por medio del Santo Bautismo y de la gracia santificante, en Él poseemos el perdón de nuestros pecados y la dicha de la filiación divina.

En Él tenemos a Dios, un amoroso y solícito Padre que nos guía bondadosamente.

En Él poseemos la dicha de la Santa Fe, de la indubitable verdad.

En Él poseemos los consuelos de la Santa Misa y de la Sagrada Eucaristía.

En Él poseemos el gozo de una segura esperanza en la eterna y bienaventurada vida.

¿No hemos de alegrarnos en el Señor, en nuestro Salvador?

¡Alegraos siempre en el Señor! ¡Alegraos continuamente! Aun en medio de las necesidades y angustias, en medio de las inquietudes y sobresaltos, en medio de las dificultades y desalientos de la vida… Aun en medio de las tentaciones, de las luchas y dolores de nuestro tiempo…

A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a santificarse. Les ayudan los trabajos y las penas: porque con ellas adquieren aumento de gracia y de gloria eterna.

Les ayudan los dolores, porque son también sufrimientos de Cristo, el cual quiere volver a renovar y a hacer fructuosos sus propios sacrificios en las penas de todos sus miembros.

Les ayudan las luchas, porque Cristo lucha también con nosotros y en nosotros, para vencer a Satanás por medio nuestro, y para poder darnos algún día la palma de la victoria.

Nuestras mismas imperfecciones, nuestra pobreza y nuestra miseria espirituales, nos ayudan también a santificarnos, a conseguir nuestra eterna salvación, pues, gracias a ellas, aprendemos a conocernos mejor a nosotros mismos y a hacernos humildes; gracias a ellas aprendemos a recurrir con más frecuencia a la oración, y a poner en el Señor toda nuestra confianza.

Por lo tanto, no contemplemos sólo los dolores y las dificultades de la vida presente. No las contemplemos, sobre todo, de un modo aislado, unilateral. Contemplémoslas más bien dentro de su verdadero fondo, dentro del marco general en que están insertadas. Contemplémoslas a la luz de la vida sobrenatural que poseemos.

Nuestro vivir en Cristo constituye el verdadero recuadro en que debemos contemplar toda nuestra vida humana, con sus dolores y sus contrariedades.

Ser miembro de Cristo, estar cierto de hallarse incorporado a Cristo, de haber sido redimido, de poseer la vida y la fuerza de Cristo y, al mismo tiempo, permitir llevar una vida triste, acongojada, azarosa e inquieta es un contrasentido. Es un verdadero mentís dado a Dios y a Cristo, a nuestro Salvador.

Nuestra vida de cristianos es, ciertamente, una vida de renuncia, de sacrificio, de mortificación. Pero es también, y esencialmente, una vida ventajosa, una vida gozosa, una vida de santa alegría en el Señor.

Son dos aspectos…; pero de una sola realidad.

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El Padre Castellani nos dejó la siguiente profunda enseñanza:

Predicar hoy día la alegría parece una afrenta, parece como una jota aragonesa en un velorio. Da cortedad, da encogimiento hablar de alegría hoy día, estamos rodeados de tantas cosas lamentables, en el orden mundial en el orden nacional en el orden urbano, en el orden vecinal y en el orden familiar que hay que tocar la quena, y es crimen tocar las castañuelas.

A pesar de que casi no salgo, me topo con cada caso lamentable; y no se debe a mi complexión pesimista, porque hombres de temperamento…, de castañuelas justamente, piensan igual que yo, y peor. Valle de lágrimas…

La alegría es el afecto del bien presente, la tristeza es el afecto del mal presente –dice el psicólogo–, ¿para qué hablar de eso? No están en nuestra mano; si estuvieran en nuestra mano, siempre estaríamos alegres.

Ahí está el intríngulis: que la Iglesia nos manda la alegría, como si estuviera en nuestra mano. Jesucristo y San Pablo son los que inventaron eso: el mandato de la alegría.

«Alegraos y saltad de gozo en ese día» –es decir, cuando nos persigan siendo inocentes.

Y San Pablo: «Alegraos en el Señor siempre; de nuevo os digo alegraos».

¿Cómo? Se trata de una alegría especial, una alegría que está en nuestra mano.

«Alegraos siempre en el Señor». «Mi paz os dejo, mi paz os doy; no la doy como la da el mundo; y nadie os quitará el gozo”.

Es decir, ¿que tenemos que ser «los artífices de nuestra felicidad»? Esta frase pertenece a los filósofos epicúreos, contemporáneos de Cristo, los cuales inventaron una contabilidad del placer –el cual consideraban el último fin del hombre–, de modo que calculadamente hiciéramos un catálogo ordenado de los placeres posibles, poniendo los duraderos por encima de los pasajeros y los totales por encima de los parciales. Y así convertiríamos la vida, por medio de un timoneo continuo, en un arte, el arte de vivir.

Fracasaron.

Epicuro nos ha dejado palabras de desesperación; Lucrecio, el más ilustre de los Epicúreos, autor de un gran poema, «De Natura Rerum», se volvió loco y después se suicidó.

Lo que no consiguió Lucrecio, difícil lo consiga yo.

Pero puedo conseguir lo que consiguió San Francisco de Asís: cambiar el plano de los bienes –o los «valores», como dicen hoy–; adhiriéndome a los valores que no pasan y no nos pueden quitar.

«Donde está tu tesoro, allí está tu corazón», dijo Cristo; y la recíproca es también verdadera.

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¡No os preocupéis por nada! Insiste San Pablo y la Liturgia con él

La Sagrada Liturgia ve ya al Señor cercano. Por eso, nos exhorta: No os preocupéis por nada; antes bien, presentad siempre a Dios vuestras peticiones por medio de oraciones y súplicas, acompañadas de hacimiento de gracias.

¡No os preocupéis por nada! Una exhortación, una exigencia casi desconcertante…

Nosotros solos, es decir, con solas nuestras fuerzas, somos completamente incapaces de conseguir nuestra salvación, no podemos evitar la condenación eterna. Necesitamos la luz, la gracia, la dirección, la fuerza del Salvador…; primero, y de un modo general, para poder salir del pecado; después, para poder evitar el constante peligro que nos amenaza de volver a recaer en él; y, por último, para poder crecer en la gracia, para ejercitar las virtudes, para realizar obras meritorias y para poder progresar en la vida espiritual.

Sin mí, no podéis hacer nada… enfatiza Nuestro Señor. Todo nos lo tiene que dar y realizar la divina gracia. Sólo con su impulso y con su ayuda podemos nosotros realizar nuestra tarea.

¡Tan incapaces somos, por nosotros mismos, de obrar el bien, de alcanzar nuestra salvación!

Pero, sin embargo y a pesar de todo esto, la Liturgia nos ordena hoy imperiosamente: ¡No os preocupéis por nada!

¿Qué razones tiene para hablar así? No tiene más que una, pero decisiva: es que el Señor está cerca.

Está cerca de nosotros, para salvarnos, para darnos luz y fuerza.

La Sagrada Liturgia le contempla con viva fe, cree ciegamente en su proximidad, en su presencia, en su amor, en su paternal solicitud por nosotros.

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¿Y nosotros? Procedemos de modo tan distinto…

Se diría que no sentimos más que el insano placer de sumergirnos en nuestra propia miseria, en nuestra culpabilidad, en nuestra impotencia moral, en nuestras imperfecciones.

No miramos más que a nosotros mismos, a nuestra ruindad…

Nos desanimamos ante nuestra pequeñez, ante nuestros defectos…

Nos hacemos pusilánimes, retraídos…

Tememos acercarnos al Salvador…

No es éste, ciertamente, el verdadero espíritu del Adviento…

¡No os preocupéis por nada! Antes, al contrario, presentad siempre a Dios vuestras peticiones, exponedle todas vuestras necesidades, por medio de oraciones y súplicas, acompañadas de hacimiento de gracias.

Oraciones y súplicas: he aquí lo que nos pide el Adviento por boca de la Liturgia.

Poseemos el gran instrumento de la oración: él solo bastará para salvarnos.

No nos desalentemos al contemplar nuestra impotencia y nuestra miseria moral.

Al contrario, ellas deben impulsarnos a recurrir con más frecuencia y con mayor confianza a Nuestro Salvador.

El Señor está cerca, con su amor, con su misericordia, con su Corazón salvífico.

¡Exponedle todas vuestras preocupaciones!… Cuanto más miserables seamos por nosotros mismos, más debemos volvernos hacia Él, más debemos orar, dar gracias, rogar y suplicar sin descanso.

Y el Señor nos librará del cautiverio de nuestros pecados, de nuestras pasiones y de nuestros malos hábitos.

En una palabra: nos salvará.

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Arrojad vuestras inquietudes, exponed todas vuestras necesidades al que, en la Santa Misa, va a ofrecerse en sacrificio por vosotros.

En la Santa Misa Cristo expía, da gracias y ruega a Dios en nuestro lugar, como representante nuestro.

Además, ofrece al Padre sus méritos, sus dolores, su muerte, su Sangre y su divino Corazón por nosotros, por nuestro mayor bien, para que nosotros alcancemos perdón, gracia, fuerza y ayuda celestial.

¿Por qué, pues, hemos de estar inquietos todavía?

Nosotros lo hemos depositado todo en Él: nuestro yo, nuestros temores y nuestra esperanza…; nuestro presente y nuestro porvenir…; el tiempo y la eternidad…

Todo está, pues; en muy buenas manos…

Marana Tha… ¡Ven, Señor nuestro!…

Además, tenemos con nosotros a la Santísima Madre de Dios. Junto con San Bernardo, digámosle:

Acordaos, oh Piadosísima Virgen María, que jamás se oyó decir que ninguno de los que acudieron a vuestra protección e imploraron vuestro auxilio haya sido desamparado por Vos. Alentado con esta seguridad, a Vos acudo, oh Virgen, Reina de las vírgenes; y, aunque agobiado bajo el peso de mis culpas, me atrevo a comparecer ante vuestra divina presencia. No despreciéis mis súplicas, antes bien atendedlas y despachadlas favorablemente.