PECADOS QUE ATRAEN LA CÓLERA DIVINA
EN SUS CONTEXTOS… PASADO Y PRESENTE
V
En la Epístola del Decimocuarto Domingo de Pentecostés, hemos visto que San Pablo presenta, en un paralelo contrastante, un catálogo de obras de la carne y de frutos del Espíritu, recalcando que el cristiano que se deja guiar por el Espíritu no necesita de la Ley para conocer cuáles son las obras de la carne a las que debe oponerse, pues éstas son manifiestas.
Es evidente que no intenta el Apóstol darnos una lista completa de las obras de la carne. En otros pasajes de sus Cartas encontramos también semejantes catálogos de pecados, no siempre los mismos ni en el mismo orden.
Prometimos que en estos días publicaríamos sucesivos comentarios a dichos textos paulinos.
Colosenses III: 5-9
Por tanto, haced morir los miembros que aun tengáis en la tierra: fornicación, impureza, pasiones, la mala concupiscencia y la codicia, que es idolatría. A causa de estas cosas descarga la ira de Dios sobre los hijos de la desobediencia. Y en ellas habéis andado también vosotros en un tiempo, cuando vivíais entre aquellos. Mas ahora, quitaos de encima también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, maledicencia, palabras deshonestas de vuestra boca. No mintáis unos a otros.
San Pablo parte del principio de que el cristiano, muerto y resucitado místicamente con Cristo en el bautismo, ha roto sus vínculos con el mundo y con sus doctrinas religiosas, habiendo entrado en una vida nueva, la vida de la gracia, vida que posee ya realmente, pero que no se manifestará de modo pleno hasta después de la Parusía, cuando todos los miembros del Cuerpo de Cristo sean asociados públicamente a su triunfo glorioso.
Este nuevo estado pide que nuestros pensamientos no estén puestos en las «cosas de la tierra», sino en «las del cielo», como corredores que piensan únicamente en la meta, a la que dirigen todos sus pensamientos. Es este pensamiento del Cielo el que debe constituir la regla de nuestra conducta, subordinando todo al progreso de esa nueva vida, cuya plena manifestación esperamos.
De esta idea central surgen en la mente del Apóstol una serie de consejos prácticos, que va especificando a continuación, lo mismo por lo que se refiere a la huida de vicios que a la práctica de virtudes.
De los vicios hace como dos grupos o series: una que mira sobre todo a los pecados de la carne, y otra que mira más bien a pecados contra el amor del prójimo.
Una vez más, la codicia parece ser aquí, por razón del contexto, la avidez insaciable de la sensualidad.
Todos ellos, en que los colosenses anduvieron en otro tiempo y por los que viene la cólera de Dios sobre el mundo, deben estar ausentes del cristiano, que ha de mortificar sus miembros terrenos, es decir, darles muerte en su actividad pecaminosa. Es lo mismo que se dice con otra expresión: “despojarse del hombre viejo con todas sus obras”.
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Comentario de Santo Tomás
«Haced morir, pues». Pone en orden las acciones humanas, atajando primero los pecados, instruyendo luego en las buenas costumbres.
Cuanto a los pecados, prohíbe los vicios carnales, en general y en especial, y explica por qué.
Dice pues: no debéis saborearos en las cosas de la tierra, sino hacer morir todo lo terreno, especialmente los miembros (instrumentos del pecado).
Lo cual puede explicarse por una semejanza, porque nuestro trato consta de muchos actos, así como el cuerpo de muchos miembros, y en el buen trato y conversación la prudencia es como el ojo que dirige, y la fortaleza como el pie que lleva. Hay, pues, que mortificar estos miembros.
O lo dijo de otro de los miembros carnales del cuerpo: «Muertos estáis», es a saber, al terreno trato y convivencia.
Pero ¿cómo? Y responde diciendo: «haced morir…»; pues tanto más muere un hombre a la culpa cuanto más vida por gracia tiene; ya que la vida de la gracia repara nuestras quiebras espirituales, si bien no de todo punto las corporales, por el pábulo o cebo del pecado.
Así pues, los que estáis muertos cuanto al espíritu, haced morir la concupiscencia en los miembros que están sobre la tierra, precisamente por estar sobre la tierra, y los cuerpos terrenos.
Por eso pone un catálogo especial de ellos, y primero de los puramente carnales, entre los que el máximo señorío lo ejerce, con sus torpezas, la lujuria, a que mayormente inclina la concupiscencia.
La cual:
– o es conforme a la naturaleza animal –no diré racional, porque todo pecado es contrario a la razón–, y por eso dice: fornicación
– o contra la naturaleza, y así la llama: inmundicia.
Asimismo, el deleite es inmundo; de donde dice: molicie, lascivia.
También la concupiscencia de mala ley, y por eso dice: «concupiscencia desordenada».
Pone luego una categoría de pecados intermedios, y en primer lugar la avaricia, cuyo objeto es material, a saber, el dinero, aunque se completa con el deleite espiritual, que nace del dominio sobre tales cosas. Y esto tiene en común con los pecados carnales.
Añade: «que viene a ser una idolatría».
Mas ¿por ventura la avaricia lleva de casta ser una especie de idolatría y el avaro peca como si fuese idólatra?
Respondo: específicamente no, por semejanza sí; porque el avaro en el dinero pone su vida.
Idólatra es aquel que a una imagen rinde la honra que se debe a Dios; el avaro, en cambio, se la da al dinero, pues toda su vida la dedica a eso; mas ya que el avaro no pretende, pecho por tierra, adorar endiosado al dinero, como hace el idólatra, comete por eso menor pecado.
«Por las cuales cosas descarga la ira de Dios». Esta es la razón por la que hay que evitar estos pecados, y es doble: una para todos, y otra especialmente para éstos.
La primera es la venganza de Dios, porque por los pecados carnales descarga la ira, esto es, la venganza de Dios, «sobre los hijos de la desconfianza», es a saber, los pecadores, que desconfían de Dios, porque la lujuria es hija de la desesperación, ya que muchos, perdida la esperanza de alcanzar las delicias celestiales, se entregan totalmente, en cuerpo y alma, a las carnales. O dígase de la desconfianza, por cuanto en lo que toca a ellos, no hay que esperar que se corrijan y por eso descarga la ira de Dios sobre ellos, como aconteció con los diluvianos y los sodomitas.
Otra razón es porque ellos algún tiempo vivieron así: «y en las cuales anduvisteis también vosotros en otro tiempo», es a saber, de mal en peor.
Y pone esta razón por otras dos: por lo que dice San Pedro: «porque demasiado tiempo habéis pasado durante vuestra vida anterior abandonados a las mismas pasiones que los paganos»; y porque por experiencia sabéis que de tales solturas y liviandades no habéis sacado provecho sino confusión como escribió a los romanos: «Y ¿qué fruto sacasteis entonces de aquellos desórdenes de que al presente os avergonzáis?»
Antes instruyó el Apóstol a los fieles contra los vicios carnales, aquí contra los vicios espirituales, primero por medio de una instrucción general y luego por partes.
Dice pues: algún tiempo anduvisteis envueltos en esos vicios, pero «dad ya de mano a todos ellos», no sólo a los vicios carnales, sino a todos: «a la malicia, mentiras, envidias, maledicencias».
Distingue dos clases de vicios espirituales: de corazón y de boca.
En primer lugar, la ira; que no se compadece con la justicia de Dios, y que hay que arrancarla del corazón.
En segundo, la indignación, que nace de la ira y acontece cuando uno juzga a otro por indigno de lo que tiene o de que se le compare a otro.
La malicia, que a éstas dos se sigue y sucede cuando uno maquina inferir un mal al prójimo.
Pone después los pecados de la lengua, que son de tres clases, según que miren a Dios, a sí mismo o al prójimo, pues por estos pecados se señala un desorden mental.
Y primero en comparación de Dios, y es la blasfemia. Y así cualquier blasfemia es pecado mortal.
La segunda clase designa un desorden en la concupiscencia: «toda palabra deshonesta».
La tercera un desorden contra el prójimo, la mentira.
I Timoteo I: 9-10
Teniendo presente que la Ley no fue dada para los justos, sino para los prevaricadores y rebeldes, para los impíos y pecadores, para los facinerosos e irreligiosos, para los parricidas y matricidas, para los homicidas, fornicarios, sodomitas, secuestradores de hombres, mentirosos, perjuros, y cuanto otro vicio haya contrario a la sana doctrina.
El Apóstol describe el verdadero papel de la Ley.
De este punto ya trató ampliamente en las Cartas a los Romanos y a los Gálatas. Aquí prácticamente se limita a considerarla bajo el aspecto penal; y en ese sentido puede decirse que «no es para los justos, sino para los inicuos».
En realidad, los cristianos no están bajo la Ley ni necesitan de Ley, pues su vida está inspirada y dirigida desde dentro por el Espíritu.
En la enumeración de pecados, San Pablo va siguiendo el orden del Decálogo, que los prohíbe.
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Comentario de Santo Tomás
Aquí pone la verdadera intención y describe: en general, los que han menester la ley; en especial: los parricidas, etc.
Es de saber que, como se dice en I Juan, 3, «todo pecado es injusticia»; por consiguiente se opone a algún derecho; mas siendo éste doble, a saber, natural y positivo, repugna al natural lo que de por sí es malo, y al positivo lo que es malo porque está prohibido.
Cuanto a lo primero dice: «sino para los injustos», a saber, los que obran contra el derecho natural.
Cuanto a lo segundo: «no sujetos», es decir, al precepto humano.
Y estas dos cosas apuntan como blanco la razón del pecado.
Enumera otras que se toman comparativamente por alusión al pecado, y éste es o contra Dios, o contra el prójimo, o contra sí mismo.
Contra Dios se llama impiedad, porque la piedad es respecto al culto de Dios. Por eso pone los impíos.
Contra el prójimo dice: los pecadores. Pero, según San Agustín, los pecados se distinguen en espirituales (facinora), y carnales (flagitia). Por eso dice: los facinerosos, cuanto a los pecados espirituales; y cuanto a los carnales: contaminados.
Enumera luego los pecados en especial y hace un haz de otros en general.
Pone primero los pecados de obra, después los de palabra.
Cuanto a lo primero en primer lugar lo que llaman facinora: hazañas, proezas, tomadas en mala parte, fechorías, que redundan en perjuicio del prójimo.
Y cuanto el prójimo tiene mayor parentesco, tanto es más grave el pecado, por ser mayor la obligación con él. Por eso antes que a la madre se refiere al padre: «Honra a tu padre y a tu madre». «Quien hiriere a su padre o su madre muera sin remedio».
Prosigue luego con los homicidios de otros prójimos.
A continuación lo que suena en latín flagitia (de flagitium: crimen o delito enorme) carnalidades, torpezas, deshonestidades, y primero las que son según la naturaleza: los fornicarios y adúlteros.
Segundo, las que son contra la naturaleza: los sodomitas (que no poseerán el reino de Dios.
En seguida los daños de palabra. Primero cuanto a la simple mentira: los mentirosos; segundo cuanto al juramento: los perjuros.
Recoge a la postre otros en general: y cuantos son enemigos de la sana doctrina.
II Timoteo III: 1-5
Has de saber que en los últimos días sobrevendrán tiempos difíciles. Porque los hombres serán amadores de sí mismos y del dinero, jactanciosos, soberbios, maldicientes, desobedientes a sus padres, ingratos, impíos, inhumanos, desleales, calumniadores, incontinentes, despiadados, enemigos de todo lo bueno, traidores, temerarios, hinchados, amadores de los placeres más que de Dios. Tendrán ciertamente apariencia de piedad, mas negando lo que es su fuerza. A esos apártalos de ti.
Habla aquí San Pablo de hombres perversos, que surgirán en los últimos días, y que tendrán apariencia de piedad, aunque en realidad estarán muy lejos de ella.
¿A quiénes se refiere aquí San Pablo? Pues, de una parte, parece anunciar la aparición de esos hombres como algo futuro; de otra, parece presentarlos como algo ya presente, pues dice: ésos son los que se cuelan por las casas y cautivan a mujercillas cargadas de pecados, azuzadas por toda suerte de concupiscencias.
Es exactamente el mismo caso que en II Tes., II: 3-7, hablando del «hombre del pecado» (el Anticristo) en futuro y del «misterio de iniquidad», actuando ya en presente.
Esos «últimos días», conforme al significado corriente de la expresión, es la era mesiánica en que vivimos, último período de la historia humana, los tiempos que preceden a la Segunda Venida del Señor. Es un término que abarca todo el tiempo de la Ley Nueva, porque a nosotros, como dice San Pablo, nos ha tocado el vivir al fin de las edades.
San Pablo no sabe si ese período será largo o corto; lo que sí sabe, pues ya lo había anunciado Jesucristo, es que antes de la Parusía surgirán hombres perversos, pseudoprofetas con apariencia de piedad, con peligro de seducir incluso a los elegidos, si ello fuese posible.
Conviene, pues, vivir vigilantes. Es lo que encarga a Timoteo.
El catálogo de vicios recuerda otras enumeraciones parecidas, como ya hicimos notar.
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Comentario de Santo Tomás
Le predice los peligros futuros de los últimos tiempos por la abundancia de la malicia y del amor propio.
Arriba le enseñó en cómo resistir a las tribulaciones y peligros presentes, aquí le enseña cómo ha de mantenerse firme contra los riesgos futuros.
Y ya que anuncia esos peligros, le enseña que aun ahora ha de evitar los vicios de sus seguidores.
Dice, pues: te dije que evitaras los profanos y vanos discursos, aunque no es lo único que hay que evitar, porque con los presentes están también los peligros futuros.
Se laman «días postreros», porque están vecinos al último día.
La causa, la abundancia de la iniquidad, «y por la inundación de los vicios se resfriará la caridad de muchos» (Mateo 24, 12); porque la fe y la caridad o quedará anulada o totalmente aniquilada; porque una cosa tanto más deja de ser cuanto más alejada de su principio; y por eso en aquel tiempo más desfallecerán la fe y la caridad cuanto más alejadas estarán de Cristo. «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿pensáis que hallará fe en la tierra?»
Y, cuanto a esto primero, pone la raíz de la iniquidad, luego sus diferentes especies.
Mas la raíz de toda iniquidad es el amor propio.
Pero contra esto se objeta que el amor que cada uno se tiene a sí mismo es natural.
Respondo: según las dos naturalezas que hay en el hombre, la racional y la corporal.
Cuanto a la primera, que también se llama hombre interior, el hombre debe amarse más a sí que a los demás, porque necio sería quien quisiese pecar por apartar a otros del pecado; mas, cuanto al hombre exterior, es laudable que ame a otros más que a sí. De donde, los que a sí mismos sólo se aman, como está dicho, son dignos de vituperio.
De esta raíz nacen diversas especies de iniquidad.
Primero pone los pecados que se cometen por el abuso de las cosas exteriores. En segundo lugar los que provienen de obrar desordenadamente con los otros. En tercer lugar los que de obrar desordenadamente consigo.
Y en las cosas exteriores hay abundancia de riquezas y excelencia de bienes.
Cuanto a lo primero dice: codiciosos; y se pone primero la codicia, porque es la raíz de todos los males; o es vecina del amor propio, por serlo de los bienes exteriores.
Cuanto a la excelencia de bienes: altaneros. La altanería es una especie de soberbia, de las cuatro que hay: una, cuando uno se atribuye a sí cosas de que carece. Otra, cuando lo que tiene de otro se lo atribuye a sí como si de sí lo tuviera. Tercera, cuando se atribuye a sí lo que tiene de otro, mas por propios méritos. Cuarta, cuando quiere singularizarse y que le vean superior a todos, y ésta es la altanería.
Lo que sigue: soberbios, se reduce a las otras especies de soberbia.
En seguida pone los vicios que dicen desorden respecto de los otros, y primero respecto de los superiores, que son:
– Dios, y contra Este dice: blasfemos
– los padres, y así dice: desobedientes a sus padres
– los bienhechores, y tocante a esto dice: ingratos, los que devuelven mal por bien.
Segundo, respecto de los iguales y de los prójimos, otros tres males:
– El primero pertenece a la obra; por eso dice: facinerosos o perpetradores de delitos graves contra los prójimos.
– El segundo. al afecto; de donde dice: desnaturalizados, esto es, sin afecto de caridad y sin paz.
– El tercero a la palabra; por eso dice: calumniadores.
También, cuanto a sí mismo, otras tres especies:
– La primera cuanto a la corrupción del concupiscible: incontinentes o disolutos; se dice de los que por causa de las depravadas concupiscencias no se mantienen en el bien propuesto.
– Cuanto al irascible, dice con toda propiedad: fieros (inmites), esto es, no mansos; pues esta mansedumbre gobierna la pasión de la ira.
-. Añade también otra cosa que pertenece al efecto del irascible, a saber, la exclusión de la benignidad; de donde dice: sin benignidad, inhumanos; porque es natural que, donde domina un contrario, excluya al otro contrario.
Luego pone los vicios que tocan a la corrupción de la parte racional.
Esta potencia se perfecciona por la prudencia; y a la prudencia se opone algún vicio o por abuso de la prudencia o por su privación.
Cuanto a lo primero dice: traidores. A la prudencia pertenece la sagacidad, de la que algunos abusan para el mal, y éstos son los traidores.
También la constancia, de la que algunos abusan obstinándose en la maldad; por eso dice: protervos.
Luego pone los vicios que se refieren a la privación de la prudencia:
– Y primero la causa de la privación; de donde dice: hinchados; pues los soberbios, por no medir sus fuerzas, en lo que hacen proceden con hinchazón y vienen a parar en nada.
– Segundo el efecto de la privación, porque anteponen a lo eterno lo temporal; de donde dice: «amadores de deleites más que de Dios»
Mas, ¿por ventura es lo mismo ser incontinente que amador de deleites?
Respondo que no, porque propiamente dícese incontinente el que tiene esperanza de escapar de los deleites, pero es vencido por ellos; mas propiamente el amador de ellos es el destemplado que tiene en su juicio corrompido el aprecio de esas cosas.
En consecuencia pone la disimulación diciendo: «mostrando, sí, apariencia de piedad, pero renunciando a su espíritu», a saber, a la virtud de la piedad, que se toma aquí en dos sentidos:
– Uno, la misma fuerza de la piedad, esto es, su virtud; de donde dice: renunciando, esto es, no teniendo la verdad.
– Otro sentido, porque por virtud de una cosa se entiende aquello de que depende toda la cosa; y toda la virtud de la piedad depende de la caridad; por eso dice: renunciando a su virtud, es a saber, la caridad.
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Es impresionante ver aplicado este pasaje al mundo de hoy, tal como lo hizo Pío XII en su alocución del 17 de julio de 1940: “Es verdad que la fuerza sigue siendo la dominadora indiscutida de la naturaleza irracional de las almas paganas de hoy, semejantes a las que desde su tiempo llamaba el Apóstol San Pablo: sin corazón y despiadadas hacia los pobres y los débiles.”
La Parusía, la Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo en gloria y majestad, terminará por confirmar la enseñanza del Apóstol San Pablo.
Por eso, consideramos dos citas de la Revelación de Jesucristo a San Juan.
Apocalipsis XXI: 8
Los cobardes, los infieles, los abominables, los homicidas, los fornicadores, los hechiceros, los idólatras y todos los embusteros tendrán su parte en el estanque que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte.
Este pasaje del Apocalipsis puede considerarse como el eco de aquella afirmación de San Pablo en su I Corintios: «¿No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los que viven de rapiña heredarán el reino de Dios.»
San Juan nos da una lista de aquellos que, habiendo cometido acciones abominables a los ojos de Dios, serán arrojados al estanque de fuego.
En primer lugar, se refiere a los cristianos remisos y cobardes que, al sobrevenir la persecución, no supieron luchar contra la Bestia y renegaron de Cristo.
Muestra este versículo el lago de fuego y azufre, el mismo infernal destino que la Bestia y el Falso Profeta inauguraron, y adonde Satanás acaba de ser arrojado.
Llama la atención ver allí a los tímidos o cobardes. No es esto lo que Israel llamaba santo temor de Dios (la reverencia con que lo honramos), ni tampoco es lo que el mundo suele llamar cobardía en los que no hacen alarde de arrojo y estoicismo, pues la suavidad de las virtudes evangélicas no lleva por ese rumbo sino por el de la pequeñez infantil.
Los tímidos que no llegarán a este Reino maravilloso son:
– los que fluctúan entre Cristo y el mundo;
– los que se escandalizan de las paradojas de Jesús;
– los de ánimo doble, que dan a Dios todo, menos el corazón, lo único que a Él le interesa, y no se deciden a pedirle la sabiduría que Él ofrece, porque temen que el divino Padre les juegue una mala partida;
– los que se dejan llevar por todo viento de doctrina y, por falta de amor a la verdad, concluyen siempre seducidos por la operación del error para perderse.
A los cristianos que se hayan mostrado valientes y hayan salido vencedores en las luchas pasadas, y a todo el que tenga sed, Dios les concederá bondadosamente derecho a la inmortalidad bienaventurada al lado de Jesucristo.
Cristo apagará todos los deseos de los elegidos, dándose Él mismo a ellos como fuente de bienaventuranza eterna.
Esto se cumple ya en parte en este mundo cuando los cristianos reciben la gracia y los sacramentos; pero Dios los saciará todavía mucho más perfectamente en el Cielo.
Pero únicamente la obtendrán los vencedores en las persecuciones y en las dificultades de la presente vida y aquellos que hayan renunciado a todo lo de este mundo por amor de Cristo
Esta promesa, tantas veces anunciada en la Sagrada Escritura, adquiere aquí su realización escatológica y definitiva.
Esta es la suerte feliz que aguarda a los cristianos vencedores. En cambio, los cristianos cobardes, que no se atrevieron a enfrentarse con la persecución, los infieles, los idólatras y, en una palabra, todos los malos serán terriblemente castigados.
Vienen a continuación los infieles que han rehusado la fe, cerrando los ojos a la luz de la verdad y de la revelación.
Muchos de éstos se han hecho abominables a los ojos de Dios por haberse entregado a vicios execrables e impuros, especialmente a los vicios contra la naturaleza.
La perversión moral de estos viciosos viene a causar como mareo en aquellos que perciben su intolerable hedor.
También los homicidas o asesinos, los fornicadores, los hechiceros que en sus artes mágicas se sirvieron del engaño, los idólatras y todos los embusteros, es decir, todos los mentirosos y falsos doctores que enseñaron doctrinas erróneas, serán castigados por Dios con la muerte eterna en el estanque de fuego y azufre.
Esta muerte eterna es llamada aquí la segunda muerte por contraposición a la muerte primera o corporal, que se da cuando el hombre sale de este mundo.
Apocalipsis XXII: 15
Fuera perros, hechiceros, fornicarios, homicidas, idólatras y todos los que aman y practican la mentira.
En esta lista, como en la anterior, se pone el acento más aun que en los pecados, en la doblez e infidelidad, pues los celos del Amor ofendido son “duros como el infierno”.
De esta ciudad santa serán excluidos los que no practican la ley de Dios y los que se han dejado arrastrar por los caminos de la inmoralidad.
En primer lugar, no tendrán parte en la felicidad eterna los perros, es decir, los sodomitas y todos los manchados con los vicios de los idólatras.
El perro era considerado por los hebreos como animal impuro, y era tenido, por este motivo, en gran menosprecio.
En el Antiguo Testamento, la expresión perros es empleada para designar a los hombres entregados a la prostitución y a los vicios de homosexualidad.
Tampoco entrarán en el Reino los hechiceros, o sea los que se dedican a las artes mágicas, muy en boga en Asia Menor en el siglo I…, y por todas partes en el siglo en que vivimos, incluso en las que deberían ser las más distinguidas…
Ni los fornicarios, que cometen toda suerte de inmoralidades.
Ni los homicidas, que derraman la sangre inocente de los cristianos o de los pobres esclavos.
Ni los idólatras, que, en lugar de adorar al Dios único y verdadero, dan culto a dioses falsos. Culto que muchas veces incita y conduce a la perversión moral.
La lista se termina excluyendo de la Jerusalén celeste a todos los que aman y practican la mentira, es decir, a todos los que se oponen a la doctrina de Cristo, que es la única verdadera. Cristo es la misma Verdad. Por eso, el que practica la mentira se hace amigo de Satanás, que es el padre de la mentira, y no puede tener parte con Jesucristo, fuente de la Verdad.

