LA SAGRADA LITURGIA: ELEMENTOS LITÚRGICOS

Conservando los restos

ELEMENTOS LITÚRGICOS

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La ignorancia de la Liturgia es una de las causas de la ignorancia de la Religión”

EL AÑO LITÚRGICO

EL CICLO TEMPORAL O CRISTOLÓGICO

Durante todo el curso del año, la celebración del Sacrificio eucarístico y el Oficio Divino, se desenvuelve, sobre todo, en torno a la persona de Jesucristo, y se organiza en forma tan concorde y congruente, que nos hace conocer perfectamente a Nuestro Salvador en sus misterios de humillación, de redención y de triunfo. Conmemorando estos misterios de Jesucristo, la Sagrada Liturgia trata de hacer participar en ellos a todos los creyentes, de forma que la divina Cabeza del Cuerpo místico viva en la plenitud de su santidad en cada uno de sus miembros. Proponiendo a nuestra meditación, en tiempos fijos, la vida de Jesucristo, la Iglesia nos muestra los ejemplos que debemos imitar y los tesoros de santidad que hemos de hacer nuestros; porque es necesario creer de corazón lo que se canta con la boca, y traducir en la práctica de las costumbres públicas y privadas lo que se cree de corazón” (Pío XII: Enc. Mediator Dei, 3ª Parte. II).

La parte principal del año litúrgico gira en torno a Jesucristo, adorando y celebrando los dos grandes Misterios de la Encarnación y de la Redención.

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Estos dos misterios, permaneciendo siempre misterios para nosotros, a través de las solemnidades y de los períodos litúrgicos inúndanse de luz, y llegan a ser realmente para los cristianos, el camino, la verdad y la vida.

Cada uno de estos dos misterios forma su ciclo litúrgico aparte, un ciclo que se encarga de pre-pararlo y de celebrarlo, y de prolongar más o menos el eco de esta celebración. El centro del uno es el Pesebre, y el del otro la Cruz.

Ellos son:

I. El Ciclo de Navidad, que se desarrolla alrededor del Misterio de la Encarnación;

II. El Ciclo Pascual, que celebra el Misterio de la Redención.

Subdividiendo estos dos ciclos en Tiempos o Períodos, podemos formar el siguiente cuadro:

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I

EL CICLO DE NAVIDAD

(Preparación, Celebración y Prolongación del Misterio de la Encarnación)

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CAPÍTULO I

EL TIEMPO DE ADVIENTO

(Preparación de la Encarnación)

1. Significado del Adviento

En el sagrado tiempo de Adviento la Iglesia despierta en nuestra conciencia el recuerdo de los pecados que tristemente cometimos; nos exhorta a que, reprimiendo los malos deseos y castigando voluntariamente nuestro cuerpo, nos recojamos dentro de nosotros mismos con piadosas meditaciones, y con ardientes deseos nos movamos a convertirnos a Dios, que es el único que puede, con su gracia, librarnos de la mancha del pecado y de los males, que son sus consecuencias” (Pío XII: “Mediator Del”, 3ª Parte, II=.

2. Origen y razón de ser del Adviento

El Adviento (del latín: adventus, “advenimiento”, “llegada”), es un tiempo de preparación para el Nacimiento de Jesucristo, en Belén, y representa los cuatro mil y más años que estuvieron los antiguos aguardando y suspirando por la venida del Mesías.

La institución del Adviento como tiempo preparatorio para Navidad data, en España, de fines del siglo IV, según consta por un canon del concilio de Zaragoza celebrado el año 380, y en el resto de Occidente, de principios o mediados del siglo V.

Vino entonces como a reafirmar la doctrina de los concilios de Éfeso y Calcedonia, proclamando el dogma de las dos naturalezas, divina y humana, en la persona de Jesucristo, contra la herejía cristológica de Nestorio y Eutiques, y a dar mayor relieve en la Liturgia al misterio de la Encarnación y al de la Maternidad de la Virgen.

Hoy día comienza el Adviento el domingo más cercano a la fiesta de San Andrés (30 de noviembre), o sea, entre el 27 de noviembre y el 3 de diciembre, y abarca, por lo tanto, tres semanas completas y parte de la cuarta.

Al principio varió su duración según las liturgias y los países, notándose una tendencia casi general a equiparar el Adviento con la Cuaresma, en el tiempo y aun casi en el rigor. En las Galias y en España, por ejemplo, y en rito ambrosiano, empezaba el Adviento el día de San Martín (11 de noviembre), y se prescribían como obligatorios para los fieles, dos, tres y hasta cuatro ayunos semanales, y casi diarios para los monjes. La disciplina actual sólo prescribe el ayuno con abstinencia el miércoles, viernes y sábado de las IV témporas, y la Vigilia de Navidad (Der. can., can. 1252, §2), y en muchos países, en virtud de Bulas e Indultos particulares, tan sólo sobrevive el último. Asimismo, para semejarlo todavía más con la Cuaresma, en los últimos días se cubrían las imágenes y altares, igual que en Pasión.

Por asociación de ideas, a la primera venida de Jesucristo a la tierra, en carne mortal, une la Iglesia el pensamiento de la segunda, en la Parusía; y, en consecuencia, el Adviento viene a resultar una preparación a ese doble advenimiento del Redentor.

En este concepto tiene este período litúrgico una puerta que mira al pasado y otra al porvenir; de un lado, tiene por perspectiva los millares de años durante los cuales la humanidad esperaba a su Redentor; de otro, los siglos que han de transcurrir hasta la hora de Cristo Rey.

Cada uno de estos dos advenimientos sugiere a la Liturgia ideas y sentimientos peculiares, que ella expresa con soberana elocuencia e inflamados acentos. Para preparar el primero, traduce las ansias y suspiros cada vez más crecientes de las generaciones del Antiguo Testamento; y para prevenir el segundo, alude de vez en cuando a la Parusía o alguna de sus circunstancias.

3. Carácter del Adviento

Considerado a través de la Liturgia, el Adviento, por lo mismo que recoge las ansias e inquietudes de las pasadas generaciones y los entusiasmos y regocijos de las nuevas ante la venida del Salvador, es una mezcla de luz y de sombra, de alegría y de tristeza, de angustiosa incertidumbre y de seguro bienestar. Y este doble aspecto se descubre a cada paso en los textos de la Misa y del Oficio, y también en algunos detalles exteriores de la Liturgia.

A excepción de muy contadas frases que traducen la inquietante expectación de la humanidad ante la demora excesiva de su Libertador y Consolador, y que se resumen en apóstrofes como éstos: “¡Ven a librarnos!Ven, y no tardesVen pronto a visitarnos…”, etc., todos los demás textos son acentos de gozo y expresiones de vehementes deseos de saludar de cerca al Hijo de Dios.

La tristeza está más bien dibujada en algunos rasgos exteriores del culto, como son: el empleo en los domingos y ferias de Adviento de los ornamentos morados, y de las casullas plegadas, o planetas, en lugar de majestuosas dalmáticas; la supresión de los floreros, del órgano, del Gloria in excelsis, del Te Deum, del Ite missa est, y de las bodas solemnes.

Todos estos son indicios indudablemente, de cierta preocupación y tristeza, comunes al Adviento y a la Cuaresma; pero el objeto de uno y otro período litúrgico los diferencia radicalmente, como bien lo manifiesta el uso diario, en Adviento, del festivo aleluya, nunca permitido en Cuaresma. El carácter de penitencia, que algunos recalcan por demás, le vino al Adviento, en el siglo VII, de la influencia del ayuno monástico; no de su propia esencia y espíritu. Pues de suyo —lo repetimos—, es una temporada de recogimiento y de santa y confiada expectación.

4. Etapas del Adviento

Desde el Papa Nicolás I, en el siglo IX, el Adviento consta de cuatro semanas, cuyos domingos son “estacionales”. Cada dominica tiene su Misa y Oficio propios y hermosísimos, y señala un notable avance hacia el venturoso suceso de Belén. La silueta del Redentor se va perfilando de semana en semana, y adquiriendo nuevos matices y relieves, hasta que, al fin, se le ve aparecer en carne mortal. Paralelamente se va proclamando cada vez más alto la virginal Maternidad de María.

El más célebre de estos domingos es el III, llamado Gaudete (Alégrate) por la primera palabra del Introito, y porque traduce a maravilla el espíritu de la liturgia en este día, que es de extraordinaria alegría.

En él suspende la Iglesia todas las manifestaciones exteriores de luto, vistiendo a sus ministros de color rosa y de dalmáticas, engalanando con flores los altares y tañendo el órgano. En las etapas del Adviento, señala este domingo el punto culminante del progresivo ascenso a Belén. Con ser el equivalente al domingo Lætare, IV de Cuaresma, no suscita en los fieles tanta alegría como aquél; pero es porque tampoco se hace sentir tanto su ausencia, ya que la tristeza de Adviento es muy moderada y obedece a muy distintas causas, como hemos dicho.

Como a medio camino del Adviento, interpónense las IV Témporas (miércoles, viernes y sábado de la III Semana), que son las que con sus ayunos y abstinencias imprimen a la temporada un cierto tinte de austeridad y penitencia.

Eran éstas las Témporas más importantes del año y las únicas en que, en la antigüedad, se celebraban las Ordenaciones. El miércoles era muy célebre en la Edad Media por su Evangelio Missus est, que inmortalizó San Bernardo con sus cuatro popularísimos sermones sobre las alabanzas de María. En él se proclamaban ante el pueblo los candidatos para las Ordenaciones.

Pero la más amena y alentadora de todas es la etapa última, que abarca del 17 al 25, y que, con su repertorio de antífonas propias, a cada cual más vibrante, nos pone al Salvador ocho días antes de nacer, casi al alcance de la mano: Ecce veniet, dice, Ecce jam venit, De Sion veniet, Egredietur Dóminus, Constantes estote, etc., y con la fiesta, de la Expectación, al menos en España, nos envuelve anticipadamente en un ambiente de cuna.

Efectivamente, celebrábase en España, desde el siglo VII, el día 18 de diciembre, la fiesta de la Anunciación, que más tarde cedió el lugar a esta oportunísima de la Expectación del Parto de la Santísima, Virgen, o Nuestra Señora de la O, cuyo oficio tiene mucho de común con el de la Anunciación.

5. Las “Antífonas Oh”

Entre las Antífonas que, del 18 al 25 de diciembre, resuenan en los Oficios del Adviento, las más solemnes y más célebres son las llamadas “Grandes Antífonas”, o “Antífonas Oh”, por empezar todas con esa exclamación. Son como las últimas explosiones de las fervientes plegarias de Adviento, y los últimos y más apremiantes llamamientos de la Iglesia al suspirado Mesías.

Según Amalario de Metz, estas Antífonas son de origen romano, y probablemente datan del siglo VII. Fueron, en un principio, siete, ocho, nueve, y a veces, hasta diez y más; pero desde San Pío V se fijó en siete su número.

En cada una llámase al Mesías con un nombre distinto: Sabiduría, Adonai, Oriente, Rey, Emmanuel (Dios con nosotros). Han sido vaciadas todas en un mismo molde literario y traducidas a una misma melodía musical, siendo, bajo ambos aspectos, composiciones clásicas. En las catedrales y monasterios, entónanlas cada día un canónigo o un monje distinto, revestido de pluvial y entre ciriales y repiques de campanas.

Antiguamente, al menos en las abadías, después del Abad y del Prior las entonaban por su orden: el monje jardinero, el mayordomo, el tesorero, el preboste y el bibliotecario, en atención a la afinidad que creían hallar entre cada uno de esos títulos y sus respectivos cargos. Servíanse de viejos cantorales, iluminados con miniaturas y perfiles simbólicos. Todo este aparato y el significado mismo de las Antífonas, llevaban a las Vísperas de estos días numerosos fieles, que mezclaban sus voces con las del clero y así disponían progresivamente sus corazones para las alegrías de Navidad.

Algún liturgista hace notar que las letras iniciales de estas Antífonas, invertidas, forman un ingenioso acróstico de dos palabras: ERO CRAS (estaré mañana), que es como la respuesta atenta del Divino Emanuel a esos siete llamamientos de la Iglesia. Helo aquí:

Emmanuel

Rex

Oriens

Clavis

Radix

Adonai

Sapientia

6. La Vigilia de Navidad

El Adviento se clausura el 24 de diciembre con una solemne Vigilia, que en la Liturgia, lo mismo que en la vida hogareña y social, es como el alboreo de la Navidad, la sonrisa inicial del Divino Infante, y el primer repique del interminable campaneo que ha de estallar en la “Misa del Gallo”, al oír cantar a los Ángeles: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!

Esta Vigilia es posterior a la fiesta de Navidad. A diferencia de todas las demás Vigilias, ésta es de alegría y de alborozo; no obstante que, por no infringir las leyes litúrgicas, no se usa todavía en la Misa “Gloria” ni los ornamentos blancos, y persiste la obligación del ayuno.

Los Oficios son un alerta continuado y un no interrumpido excitar a los cristianos a la digna preparación de sus corazones para la venida del Señor.

En el Oficio de Prima, en los coros de las catedrales y de los monasterios, se canta hoy con pompa inusitada la Kalenda o anuncio de la Navidad, según el Martirologio. El cantor, revestido de pluvial morado y entre ciriales encendidos, inciensa el libro, y comienza el cómputo en recto tono, pero muy solemne, hasta llegar al anuncio mismo del Nacimiento del Señor, en que sube de tono y cambia de melodía.

Reza así el anuncio:

En el año 5199 de la Creación del mundo, cuando al principio creó Dios el cielo y la tierra; en el 2957 del diluvio; en el 2015 del nacimiento de Abrahán; en 1510 de Moisés y de la salida del pueblo de Israel de Egipto; en el 1032 de la unción del rey David; en la semana 65 de la profecía de Daniel; en la Olimpíada 194; en el año 752 de la fundación de Roma; en el 42 del imperio de Octavio Augusto; estando todo el orbe en paz; en la sexta edad del mundo: Jesucristo, Dios eterno e Hijo del eterno Padre, queriendo consagrar al mundo con su misericordiosísimo Advenimiento, concebido por el Espíritu Santo, y pasados nueve meses después de su concepción, nació hecho Hombre, de la Virgen María, en Belén de Judá. (Se arrodillan todos los circunstantes, y prosigue el cantor en tono más agudo): Navidad de Nuestro Señor Jesucristo según la carne”.

Este anuncio de la Navidad del Señor, tan solemne y tan grandioso, se parece bastante al que hace el diácono el Sábado Santo, en el canto Exultet, de la Pascua de Resurrección. ¡Lástima que a la casi totalidad de los cristianos se les pase hoy completamente desapercibido!

Al atardecer tienen lugar las primeras Vísperas de Navidad, donde el Salvador aparece como Rey pacífico y magnífico, que viene a tomar posesión de la tierra. “Levantad vuestras cabezas —dice la 5ª Antífona—, y ved que se acerca vuestra redención”. Sólo falta ya empezar los Maitines de Noche Buena, cuyo Invitatorio dice textualmente: “Nos ha nacido Cristo: venid, adorémosle”.

CAPÍTULO II

EL TIEMPO DE NAVIDAD

(Celebración y prolongación de la Encarnación)

El ciclo litúrgico llamado Tiempo de Navidad abarca desde el 25 de diciembre, fiesta del Nacimiento del Salvador, hasta el 2 de febrero, fiesta de la Purificación, comprendiendo, por lo tanto cuarenta días. Su objeto es celebrar con transportes de gozo el Nacimiento del Señor, en Belén; su infancia y vida oculta, en Nazareth; y las primeras y solemnes manifestaciones del mismo a los hombres.

Por su objeto y extensión puede dividirse esta temporada, y, en la Liturgia, de hecho se divide, en dos períodos:

a) Período de Navidad, propiamente dicho, que abarca los quince días comprendidos entre esta fiesta y la de Epifanía;

b) Período de Epifanía, que va hasta el Domingo de Septuagésima.

El 1er Período es una fiesta no interrumpida en torno a la cuna de Belén, donde la Iglesia contempla y celebra embelesada los encantos y grandezas del Divino Infante, y también las alegrías y excelencias de la Virgen Madre.

El 2do Período ensancha más el horizonte litúrgico y pone de relieve las manifestaciones del Hijo de Dios principalmente en el misterio de la Adoración de los Santos Reyes, en el de su Bautismo, y en su primer milagro, en las bodas de Caná.

Toda esta temporada es de alegría, pero no de una alegría desbordante y triunfal, como la de Pascua de Resurrección, sino reposada y sonriente, cual la que inundó a San José y a María Santísima en la intimidad de la cuna de Belén.

PERÍODO DE NAVIDAD

(Celebración de la Encarnación)

1. La fiesta de Navidad

La fiesta de Navidad, hoy una de las más solemnes del año, no fue instituida en la Iglesia antes del siglo IV. Es originaria de la Iglesia latina, y, más propiamente, de la Sede Apostólica.

A principios del siglo II empezó a celebrarse en el Oriente, en los primeros días de enero, y con preferencia el 6, la fiesta de la Epifanía o de las diversas manifestaciones del Señor; o sea: su Nacimiento, su Bautismo, y su Adoración por los Reyes; fiesta que poco a poco fue introduciéndose en el Occidente.

Esta fecha y esta fiesta global de los primeros misterios de la Vida de Jesucristo, habíanse impuesto, para el siglo IV, en casi toda la Iglesia universal, cuando Roma, quizá para contraponer una fiesta sagrada a la profana y supersticiosa en honor del Sol invicto, el dios Mitra, que el Calendario civil Filocaliano indicaba el 25 de diciembre, desglosó de la Epifanía la memoria del Nacimiento del verdadero Sol de justicia Jesucristo.

Ordinariamente fue ésta una fiesta exclusiva de la Iglesia latina; pero, hacia el año 375, San Juan Crisóstomo la implantó en Antioquía, de donde pasó a Constantinopla; luego, a mediados del siglo V, a Jerusalén, y, por el año 430, a Alejandría, de donde en seguida se extendió a todo el Oriente.

2. La liturgia de Navidad

La característica litúrgica de la fiesta de Navidad es el uso de las tres Misas, y la celebración nocturna de los Maitines y Laudes, antes y después, respectivamente, de la primera Misa.

La 1ª Misa se celebra hoy justo a media noche, mientras que primitivamente celebrábase en Roma ad galli cantum, “al canto del gallo”.

Los romanos distinguían en la noche tres tiempos: el primero comprendía desde el atardecer hasta cuando cesaba en la ciudad el ruido nocturno; el tercero comenzaba “al canto del gallo”, y entre ambos transcurría el segundo, que era un tiempo indefinido e innominado.

En el tercero tenía lugar la 1ª Misa, la cual, por lo tanto, no se ajusta ahora al antiguo horario romano.

La 2ª Misa se celebra al despuntar la aurora.

Y la 3ª Misa en pleno día.

Con la 1ª la Iglesia se propone honrar sobre todo el Nacimiento, en Belén, del Hijo de Dios; con la 2ª, su aparición a los pastores, y con la 3ª su manifestación a todo el mundo.

El Oficio de Maitines y Laudes era celebrado en Roma con extraordinaria solemnidad y bajo la presidencia del Papa. Con pompa inusitada lo celebraban también las iglesias catedrales y monasteriales de todo el mundo, bajo la presidencia de sus prelados. Hoy mismo es el Oficio nocturno que se celebra con mayor esplendor.

Comienzan los Maitines a eso de las diez de la noche, para terminar a las doce en que principia la llamada “Misa del gallo”.

En las iglesias benedictinas, las Lecciones del I Nocturno, en que Isaías profetiza y relata con un candor inimitable el nacimiento temporal del Divino Parvulillo, se cantan con una melodía gregoriana encantadora; y con otra especial se canta también el Evangelio de las Genealogías de Jesucristo, con que termina ese Oficio.

Después de los Maitines y de la Misa, durante la Edad Media se celebraba en muchas iglesias el Oficio de los Pastores, que era una especie de representación escénica de anuncio a los zagales de Belén del Nacimiento del Niño Jesús. A él seguían entonces los Laudes, como ahora siguen a la Misa, cuya primera antífona “¿A quién habéis visto, oh pastores?…” parecía hecha como para enlazar el drama pastoril con el oficio litúrgico.

El uso de las tres Misas debió empezar en Roma durante el siglo V, pues en el siguiente alude a él expresamente el Papa San Gregorio Magno, en la homilía que hoy leemos en los Maitines de Navidad. Desde entonces, todos los sacerdotes pueden celebrar ese día tres misas; pero los fieles tan sólo pueden comulgar una vez, y satisfacen el precepto asistiendo a una cualquiera de ellas.

Al principio, en Roma, sólo había una Misa el día de Navidad, que correspondía a la tercera nuestra; pero al reconstruir el Papa Sixto II la basílica liberiana bajo la advocación de Santa María la Mayor, y pasar así (y más cuando luego se instaló allí un Pesebre), a ser como una representación romana de Belén, empezó a celebrar en ella una Misa nocturna a imitación, probablemente, de la que tenía lugar en el verdadero Belén de Palestina.

La “Misa de la aurora”, que se remonta al siglo V, fue en su origen una Misa introducida en Roma por la colonia bizantina en honor de Santa Anastasia, mártir de Sirmio, muy popular en Constantinopla.

El canto típico de la Misa de media noche es el del Gloria in excelsis, entonado un día, precisamente, en ese mismo momento, por los Ángeles del cielo. La Iglesia saluda su reaparición en la liturgia, después de haberse privado de él durante el Adviento, con alborozados repiques de campana.

3. Interesante epílogo

Los oficios de Navidad, en los siglos medioevales, se comenzaban, se continuaban y se terminaban universalmente en un ambiente de espiritual regocijo, el cual del templo trascendía al hogar y a la vida social, donde de ordinario se resolvía en derroches de dulces y chucherías, que hacían las delicias de chicos y grandes, lo mismo que las hacen hoy los turrones y mazapanes.

En Roma, donde el Papa pontificaba las tres Misas con brillo deslumbrador, éstas terminaban con un interesante epílogo litúrgico-doméstico, que los Ordines o ceremoniales de la época describían aproximadamente de esta forma:

Terminada la última Misa de Santa María la Mayor (y hasta el siglo XI en San Pedro), el Papa recibía el regnum o tiara de manos del archidiácono, y, escoltado por los cardenales, obispos, diáconos, subdiáconos, notarios, etc., montados todos a caballo, emprendía la marcha triunfal hacia su palacio de Letrán para comer. Al llegar a las puertas de la pequeña basílica del Papa Zacarías, se apeaban los cardenales y todos los del séquito para rendir homenaje al Pontífice, a este tenor:

El cardenal-arcipreste de San Lorenzo pedíale por todos la bendición, y entonaba: ¡Al Santísimo y egregio tres veces felicísimo Papa N. N.; salud y vida!

Y respondían todos tres veces consecutivas: ¡Que Dios lo conserve!

Y el cardenal replicaba: ¡Salvador del mundo! Santa María, etc.

Y ellos respondían cada vez: ¡Ayúdale!

Les agradecía el Papa el saludo, y gratificaba a cada uno de los cardenales con tres monedas de plata.

A continuación tomaban la palabra los jueces, el principal de los cuales exclamaba: ¡Feliz día éste!

Y todos respondían: ¡Por muchos años!

Replicaba el jefe: ¡Que lo pases bien!

Y todos en coro vociferaban: ¡Que todos lo pasemos bien!

Después de lo cual el Pontífice se apeaba del caballo, y, ya en el interior de su palacio, siguiendo una antigua tradición de los Césares, hacía un buen donativo en dinero a todos los de la comitiva, quienes se deshacían en demostraciones de gratitud. En seguida empezaba la comida, en la que todos tomaban parte sentados por orden en la mesa. Luego el Papa se recogía en sus habitaciones particulares, donde rezaba las segundas Vísperas de Navidad con solo sus familiares.

4. Los nacimientos

Aunque no sean litúrgicos los nacimientos o “belenes”, se instalan en las iglesias, y se han connaturalizado con la liturgia de Navidad.

La devoción al pesebre y a la cueva de Belén, muy amortiguada durante la larga época de las persecuciones, revivió y se extendió por todo el mundo cristiano con ocasión de su hallazgo por la emperatriz Santa Elena. Desde entonces, puede decirse, empezaron hacia los Santos Lugares las peregrinaciones piadosas que todavía continúan hoy con entusiasmo.

La cueva del Nacimiento fue para muchos objeto de predilección, y algunos, como San Jerónimo y sus dirigidas Santa Paula y Santa Eustaquia y otras hasta eligieron sus alrededores para su morada y su sepultura.

El emperador Constantino erigió sobre ella una basílica, y, a imitación suya, muchas ciudades de Occidente edificaron iglesias dedicadas al misterio del Nacimiento del Salvador, en cuyas criptas a veces se abría una especie de cueva como imitando la auténtica de Belén. La más célebre de éstas es la “Capilla del Pesebre” en la Basílica de Santa María la Mayor ad præsepe, donde se cree que su autor, el Papa Sixto II, colocó una copia del pesebre, que más adelante fue enriquecida con fragmentos del verdadero, traídos de Jerusalén.

Por el mismo tiempo, o sea, entre los siglos IV y VII, comenzaron los pintores y escultores a representar, en formas a veces muy ingenuas, la escena de la cueva del Nacimiento, ora aislada, ora en el conjunto de la Adoración de los Reyes. En una imagen grabada el año 343, sobre un sarcófago, conservado en el museo de Letrán, el Niño reposa en el duro suelo, entre un buey, un asno y dos pastorcillos.

El pueblo sencillo, que gusta de los cuadros realistas y pintorescos, imitó en los belenes locales estas representaciones; sobre todo desde que San Francisco de Asís y su Orden los propagaron como un recurso de apostolado, rodeándolos de poesía y de ternura insuperables.

Hoy no hay ya pueblo, ni iglesia, ni casa ni familia que no instale su Nacimiento y que no desahogue ante él su tierna devoción para con el Divino Niño, mediante ese género tan típico de música y de poesía que llamamos villancicos.

5. La infraoctava de Navidad

Durante la octava de Navidad, el Misal señala:

– para el 26 de diciembre, la fiesta del Protomártir San Esteban;

– para el 27, la de San Juan Evangelista;

– para el 28, la de los Santos Inocentes;

– para el 29, Santo Tomás de Cantorbery;

– después, una Misa para la infraoctava de Navidad;

– y para el 31, San Silvestre;

Cerrándose la Octava con la fiesta de la Circuncisión.

Ninguna de estas fiestas, salvo la de Santo Tomás, ocupa este lugar en el Calendario por razones históricas. La Iglesia las ha colocado aquí en homenaje al recién nacido, a saber: a San Esteban, por haber sido el primero que derramó su sangre por confesarlo; a San Juan Evangelista, por ser su discípulo amado; a los Niños Inocentes, por haber muerto a manos de Herodes en lugar suyo; y a San Silvestre, sin duda por creerse que fue él quien instituyó la fiesta de Navidad.

El día de los Santos Inocentes, atendiendo más la liturgia a los llantos de las madres privadas de sus hijos, que al glorioso martirio de éstos, usa en señal de duelo los ornamentos morados, y suprime en la Misa el Gloria, el Aleluia y el Ite missa est, salvo que ocurra en domingo.

En la Edad Media, toda la octava de Navidad era de extraordinario regocijo. Cada día se organizaban fiestas litúrgico-populares, con representaciones escénicas, las cuales, además de divertir y entretener santamente al clero y a los fieles, los ilustraban en los misterios de la religión y los hacían vivir al unísono con la Iglesia.

6. La fiesta de la Circuncisión

Primitivamente, el 1º de enero se conmemoraba en la liturgia la Octava de Navidad, con alusiones especiales a la Maternidad de la Santísima Virgen; pero no era día de fiesta religiosa.

Lo era, en cambio, de diversiones paganas; en desagravio de las cuales prescribió la Iglesia a los cristianos, primero preces públicas de penitencia, y luego, para mayor eficacia, contrapuso la fiesta de la Circuncisión a la del dios Jano. Es la que con carácter de obligatoria hoy celebramos.

Probablemente la fiesta de la Circuncisión es de origen galicano, e institución del siglo VI. En el VII y siguientes hizo su entrada en Italia, en España y entre los celtas; pero Roma no la admitió hasta más tarde; quizá en el siglo IX. Y al admitirla, si bien se atuvo al objeto propio de la fiesta, que era honrar la Circuncisión del Niño Jesús, se guardó muy mucho de no privar a la Santísima Virgen del recuerdo honorífico que de su Maternidad se venía haciendo en la liturgia de ese día. Al efecto, aunó en un mismo Oficio y festividad, los tres misterios, a saber: el de la Circuncisión, el de la Maternidad de María y el de la octava de Navidad. Los textos litúrgicos de la fiesta tan pronto se refieren a uno como a otro.

Anteriormente a la fiesta de la Circuncisión, y luego conjuntamente con ella, se celebró en muchas iglesias la fiesta llamada ad prohibendum ab idolis (para apartar de los ídolos), con textos y preces muy a propósito para infundir horror contra las supersticiones y prácticas paganas que en las salidas y entradas del año estaban en uso.

En regiones donde la fiesta de Jano, a quien se le atribuía el oficio de abrir el nuevo año, hacía mayores estragos, los obispos se vieron precisados a ordenar, además, ayunos, letanías y oraciones de penitencia en expiación de las saturnales paganas; un poco por el estilo de las XL Horas con que hoy se expían los excesos de Carnaval.

Poco a poco y merced a esta poderosa campaña litúrgica y a las valientes protestas de los obispos y sacerdotes, desapareció la fiesta oficial del dios Jano, y con ella su contraria ad prohibendum ab idolis; pero Jano, además de inmortalizar su nombre dándosele al mes de enero (en latín januarius), perpetuó también su mal espíritu, del que participan no poco las diversiones que hoy mismo se organizan para despedir y saludar el año.

El domingo que sigue a la Circuncisión, se celebra la fiesta del Santísimo Nombre de Jesús que es un complemento de la misma.

PERÍODO DE LA EPIFANÍA

(Prolongación de la Encarnación)

1. La fiesta de la Epifanía

Epifanía significa “manifestación”, y es, en efecto, la fiesta instituida para honrar tres grandes manifestaciones de la Divinidad de Jesucristo a los hombres: la primera, con ocasión de la Adoración de los Magos de Oriente; la segunda, en el acto de su Bautismo, en el Jordán; y la tercera, en las bodas de Caná.

En la primera, los mismos Magos lo reconocieron como Dios, adorándolo y ofreciéndole, junto con otros dones, incienso; en la segunda, fue el Padre Eterno quien lo proclamó Hijo de Dios; y en la tercera, Él mismo se manifestó como tal, convirtiendo milagrosamente el agua en vino.

La fiesta de la Epifanía es de origen oriental, como la de Navidad es de origen romano. Al instituirse esta última en Roma, por el siglo IV se efectuó entre el Oriente y el Occidente una especie de intercambio litúrgico, aceptando aquél la fiesta romana de Navidad, y éste la griega de la Epifanía. Desde entonces, el objeto de ambas festividades está bien deslindado en la Liturgia.

Por lo que se refiere a la Epifanía, la antífona del Magnificat (II Vísp.), dice expresamente que es éste un día destinado a honrar tres milagros: la conducción de los Magos al pesebre del Niño Dios, por medio de una estrella; la conversión del agua en vino, en las bodas de Caná, y el Bautismo de Jesucristo, por San Juan.

De los tres acontecimientos, el viaje de los Magos es el que ocupa mayor lugar en la liturgia de este día, y casi es el único a que la Iglesia y los fieles prestan la atención. Los otros dos tendrán su digna conmemoración en días y domingos sucesivos. Si se los ha unido en una misma fiesta, ha sido por entrañar cada uno una magnífica manifestación de la divinidad de Jesucristo.

El de “Epifanía” es, pues, el nombre litúrgico y oficial de esta festividad; pero los calendarios populares la designan con el más poético de fiesta de los “Santos Reyes”.

Los presentes que ofrecieron cada uno de los Magos al recién nacido, fueron: oro, incienso y mirra, que llevaban en preciosos cofres. Por este triple don adoraron a Jesucristo como Dios, como Rey y como Hombre mortal. Cada uno de estos tres dones simboliza una virtud, a saber: el oro, la caridad; el incienso, la oración; y la mirra, la mortificación.

En recuerdo de esto se acostumbraba en muchas iglesias a bendecir y ofrecer en la Misa de Epifanía oro, incienso y mirra; y algunos reyes cristianos, como los de España, eligieron ese día para regalar tres cálices de oro a tres distintas iglesias. En algunos monasterios benedictinos es de tradición bendecir en el Ofertorio de la Misa, tres tortas conmemorativas.

2. Anuncio de las fiestas movibles

El día de Epifanía, después del Evangelio y de la Misa solemne, en las iglesias catedrales y monasteriales, se hace, bajo una fórmula y una melodía tradicionales, el anuncio oficial de todas las fiestas movibles del nuevo año, así como de la fecha en que ha de reunirse el Sínodo diocesano. Como rito importante que es, lo desempeña, en las catedrales, el archidiácono o algún canónigo o beneficiado, y en los monasterios el cantor mayor, revestido de pluvial y desde el mismo púlpito o ambón donde se canta el Evangelio.

Con la divulgación de los Calendarios, llegó un día en que no fue ya necesario el antiguo procedimiento para enterar a los fieles de las fiestas anuales; pero la Iglesia no suprimió nunca el anuncio oficial de Epifanía, que conservó como una reliquia litúrgica en el Pontifical. La fórmula usada es muy antigua, y su melodía muy parecida a la de Exultet del Sábado Santo, quizá pertenezca al siglo IV.

3. Los Domingos de Epifanía

Las semanas que siguen a la Epifanía son las menos caracterizadas de todo el año litúrgico, y por eso las Misas y Oficios de sus últimos domingos, tanto sirven para este tiempo, como para completar el de Pentecostés.

Oficialmente son seis los domingos después de Epifanía, pero cuando la Pascua de Resurrección, que necesariamente ha de caer entre el 22 de marzo y el 25 de abril, se acerca más a la primera de estas dos fechas, se suprimen dos, tres, y hasta cuatro de ellos, que son los que se trasladan al final de Pentecostés. Por eso son como puentes de unión entre la Epifanía y la Septuagésima.

El objeto principal de este período litúrgico es honrar la vida oculta de Nuestro Señor, poniendo de relieve los escasos incidentes que anotan los Evangelios, así como también los primeros actos de su vida pública. Por eso es éste para el cristianismo un tiempo de alentadora esperanza, que la liturgia simboliza con el uso de los ornamentos verdes.

4. La Candelaria

El 2 de febrero, caiga antes o después de la Septuagésima, se cierra oficialmente el ciclo de Navidad con la fiesta de la Purificación o Candelaria, que los griegos llaman “Hypapante” o “encuentro”.

En Oriente se introdujo esta fiesta tal vez en los tiempos apostólicos; en Occidente créese que en el siglo VII. Tanto en Oriente como en Occidente precedía a la Misa una procesión en la que el pueblo llevaba antorchas o cirios encendidos y el clero entonaba cánticos de penitencia.

Hasta el siglo X, por lo menos, se usaban cirios o antorchas ordinarios, como en las demás procesiones similares; pero hacia esa época se empezó a santificarlos con una bendición especial, que es la que ahora se usa.

La bendición de las candelas es una de las tres bendiciones solemnes del año. Se realiza con todo el aparato litúrgico, pero con ornamentos morados y con cantos graves, los cuales dan a la ceremonia el aspecto de rogativas y de penitencia que revistieron desde su origen. En las iglesias catedrales oficia, por lo general, el obispo; en las abaciales, el abad, y en las demás, el sacerdote de mayor dignidad.

Bendecidas las candelas con cinco bellísimas oraciones, en las que se explica su simbolismo, se distribuyen entre los asistentes y se organiza la procesión. En el trayecto, se cantan varias antífonas grandilocuentes, alusivas a la fiesta y adornadas de deliciosas melodías.

Explicando San Anselmo el simbolismo de los cirios, distingue y dice: La cera, obra de las abejas, es la Carne purísima de Cristo; la mecha que está en el interior representa su Alma, y la llama que brilla en la parte superior es la Divinidad.

Por eso, al llevar en la procesión hoy los cirios encendidos, es como si paseáramos cada uno al Niño Jesús y lo mostráramos a los pueblos como “luz verdadera”, que vino a iluminarlos con los esplendores de su doctrina evangélica y de sus virtudes.

Las candelas así santificadas tienen diversas aplicaciones saludables, tanto para el alma como para el cuerpo, y suelen encenderlas los buenos cristianos al barruntar tempestades peligrosas, granizadas, incendios, epidemias o plagas, y sobre todo ante el lecho de los moribundos.