Santo Tomás de Aquino

MEDITACIONES
ENTRESACADAS DE SUS OBRAS

CUARESMA

Martes de la segunda semana de Cuaresma
LA PASIÓN DE CRISTO CAUSÓ NUESTRA SALVACIÓN
POR MODO DE MERECIMIENTO

I. A Cristo se dio la gracia no solamente como a persona singular, sino también en cuanto es cabeza de la Iglesia, esto es, para que se derramase a los miembros; y por consiguiente, las obras de Cristo se encuentran, tanto
con respecto a sí mismo cuanto a los miembros, en la misma relación en que se encuentran las obras de otro hombre, constituido en gracia, con respecto a sí mismo.

Pero es evidente que quienquiera que, constituido en gracia, padece por la justicia, por eso mismo merece la salvación para sí, conforme a aquello del Evangelio: Bienaventurados las que padecen persecución por la justicia
(Mt 5, 10). Luego Cristo por su Pasión no solamente mereció la salvación para sí, sino también para todos sus miembros.

Es cierto que Cristo nos mereció la salvación eterna desde el principio de su concepción; pero existían por nuestra parte ciertos impedimentos, que nos imposibilitaban conseguir el efecto de los méritos precedentes. Por lo que fue necesario que Cristo padeciese para remover aquellos impedimentos.

Y aun cuando la caridad de Cristo no hubiese sido aumentada en la Pasión más que antes, tuvo, sin embargo, la Pasión de Cristo algún efecto que no tuvieron los merecimientos precedentes, por razón de mayor caridad, sino a causa del género de obra que era conveniente a tal efecto, como se evidencia por las razones dadas más arriba acerca de la conveniencia de la Pasión de Cristo.

Los miembros y la cabeza pertenecen a la misma persona. De ahí que, como Cristo es cabeza nuestra por razón de la divinidad y la plenitud de gracia que redunda a los otros, y nosotros somos sus miembros, su merecimiento no es extraño a nosotros, sino que redunda en nosotros por la unidad del cuerpo místico.

II. Mas debe saberse que, aunque Cristo ha merecido suficientemente con su muerte en favor del género humano, debe buscar, sin embargo, cada uno los remedios de su propia salvación; pues la muerte de Cristo es como una causa universal de la salvación, como el pecado del primer hombre fue una causa universal de condenación Pero es necesario que la causa universal sea aplicada especialmente a cada uno, para que participe del efecto de la causa universal.

Así, pues, el efecto del pecado del primer hombre llega a cada uno por la generación de la carne; mas el efecto de la muerte de Cristo pertenece a cada uno por la regeneración espiritual, mediante la cual el hombre se une e incorpora, en cierto modo, a Cristo. Y por lo tanto, es necesario que cada cual sea regenerado por Cristo, y reciba todo aquello por lo cual obra la virtud de la muerte de Cristo.

(Contra Gentiles, lib. 4, cap. 55)