PADRE LEONARDO CASTELLANI: UN RELENTE DE ROSAS

Conservando los restos

PRIMER MISTERIO DOLOROSO

LA ORACION DEL HUERTO

Los cinco misterios dolorosos contemplan toda la Pasión y Muerte de Cristo con los ojos de María Santísima; la cual estuvo presente a todos, menos a la Oración del Huerto; que sin duda el Apóstol Juan le narró en el amanecer de aquella terrible noche; después de lo cual siguió a su hijo, acompañada de san Juan, en todos los pasos de la Vía Dolorosa hasta la Sepultura.

Ella oyó a Pilatos cuando dijo: “Lo voy a azotar y después os lo entregaré”; lo vio después azotado y coronado de espinas cuando el Procurador Romano dijo: “Aquí tienen al hombre”, y oyó los gritos de “!¡Crucifícalo!”; lo acompañó en la terrible subida con la cruz a cuestas hasta la cima de la loma llamada “de las Calaveras”; presenció el atroz acto del enclavamiento y la suspensión del moribundo en el aire; y cuando la luz volvió después del eclipse, el remezón de la tierra y la huida de la gente, vio allí a la Virgen de pie al lado del muerto.

Participó en su corazón de todos los dolores de Cristo, y esa fue la espada que la traspasó; por lo cual es llamada con razón la Co-Redentora: pagó junto con Cristo por nuestros pecados.

La Redención del hombre es un Misterio. Solemos decir que Cristo con sus dolores pagó por nuestros pecados. Esa es una metáfora o comparación tomada de las costumbres jurídicas de los romanos. Tiene el inconveniente de presentar a Dios como un Acreedor implacable, que se cobra de cualquier manera que puede. Otra metáfora usada por san Pablo es mejor: Cristo rompió el aguijón de la Muerte, que pesaba sobre la Humanidad.

El Pecado es una cosa seria, es la ruptura del orden creado por Dios y la relación filial entre Dios y el Hombre, en forma tal que el hombre por sus fuerzas esa rotura no la puede componer; porque el pecado es una cosa en cierto modo infinita.

El Pecado aumenta el poder del demonio en el mundo, el cual se ha ido robusteciendo y solidificando desde el pecado de Adán a los nuestros. Fue necesario que todo el poder del mal se concentrase en una punta, y cayese sobre un hombre que era Dios, y ese hombre lo resistiese y allí se rompiese: digamos que fue necesario que un hombre pasase el infierno por los otros hombres, y resistiese sin blasfemar ni desesperarse; y así el Poder del Príncipe deste Mundo fuese vencido. Y dese modo pasó esta tragedia única, en que la maldad, la crueldad y la demencia del hombre instigado por el diablo llegan a su colmo; y un verdadero hombre, armado de la gracia de Dios, derrotase esa demencia, muriese voluntariamente y resucitara, como cabeza de todos los demás mortales. Algo así fue la Redención del hombre; pero ella continúa siendo un Misterio.

Esta lucha de Cristo con el demonio, el pecado y la muerte comenzó después de la Última Cena, cuando yendo con sus Apóstoles al Monte oliveto, a orar como era su costumbre, anunció a sus compañeros: “MI ALMA ESTÁ TRISTE HASTA LA MUERTE”; y su rostro, su voz y sus ademanes mostraron los afectos de su alma, abandonada de su Divinidad, que eran “el terror, el tedio y la tristeza”.

Su alma paso en una hora toda la Pasión anticipada; y dejando a sus Apóstoles aparte, se postró en tierra y oró diciendo: “Padre, si es posible, pase de mi este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.

Este voto de la voluntad humana de Cristo, no fue concedido; pero su voluntad divina estaba firmemente unida con la del Padre; y nos dejó el modelo de todas nuestras oraciones. Tres veces oró, cada vez con mayor ansia; dos veces se levantó y volvió a los Apóstoles, que estaban dormidos, los despertó y amonestó, y volvió a su oración; hasta que su Padre le mandó un Ángel que lo robusteció; quizás recordándole el Salmo 21, donde está descrita su Pasión, pero también los admirables frutos de la misma; y que Él recitó en la cruz, antes de morir.

Entonces se levantó y recogiendo a sus atemorizados Discípulos, salió al encuentro de Judas, y los que con él venían a arrestarlo, armados de espadas, cuchillos y garrotes, como quien va a reducir a un peligroso criminal.

El terror, el tedio y la tristeza lo acompañaron durante todas esas terribles 15 horas hasta que dijo: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”.

Terror de los tormentos que iba a pasar, una verdadera tempestad de atrocidades; los cuales a veces hacen sufrir más en la imaginación que después en el efecto, como vemos en algunas operaciones quirúrgicas.

Tedio de los pecados y maldades del mundo, que Él había tomado sobre sus hombros, comenzando por las maldades que entonces tenía presentes; y que tanto lo habían indignado y aburrido durante su vida.

Tristeza destas dos cosas, y del amargo pensamiento de que incluso este milagro divino que es la Redención, iba a ser inútil para muchos, por culpa dellos; conforme a lo que había dicho el Profeta: “¿Qué utilidad dio mi sangre?”

Parece mentira que haya tanta maldad en el mundo después que Cristo ha venido.

Un japonés le dijo en el siglo XVI a un misionero: “Si es verdad eso que Ud. nos cuenta, ¿cómo es posible que los europeos sean tan sinvergüenzas?”

Pero los que hicieron sinvergüencerías en el Japón no eran los misioneros ni por regla general los católicos: fueron los mercaderes holandeses luteranos y la imprudencia de un naviero portugués botarate quienes produjeron o bien dieron ocasión allí a la cruel persecución del Emperador Taikosama, que exterminó sangrientamente a los convertidos, pero al mismo tiempo puso el cimiento a la actual pequeña y fervorosa cristiandad.

Esa objeción se repite no pocas veces hoy día: “el cristianismo ha fracasado, fíjese Ud. como está el mundo”. Pero si el mundo está como está, no es por causa del catolicismo, sino al contrario porque él ha sido en gran parte abandonado o adulterado. Como decía el gordo Chesterton: “Si el mundo hoy anda mal, la Iglesia tiene razón”.

Eso lo vio también Cristo con terror, tedio y tristeza entre los olivos del Huerto, y eso lo hizo “sudar sangre, que corrió hasta la tierra”, bañándola como la sangre de los sacrificios en el Templo de Jerusalén, que era figura de la muerte propiciatoria del Cristo. Este fue el primer bautismo desta tierra, llena de abrojos y espinas de pecados.

De en medio desta agonía se levantó animosamente la oración de Cristo, esa fórmula eterna de todas las oraciones, incluso del Padre Nuestro, donde también pedimos se haga la voluntad del Padre Celestial, y el Avemaría, donde recordamos y nos resignamos a “nuestra muerte”.

Esta es la buena oración: “Dios mío, ¿qué te costaba haberme concedido lo que te pido hace 30 años? Pero, si Tú lo quieres, está bien”.