Padre Juan Carlos Ceriani: PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

LA AGONÍA EN EL HUERTO DE GETSEMANÍ

Vamos a consagrar los sermones de los Tiempos litúrgicos de Cuaresma y Pasión a una serie de Conferencias Cuaresmales, cuyo temario es el siguiente:

Primer Domingo de Cuaresma = La agonía y la oración en Getsemaní.

Segundo Domingo de Cuaresma = El proceso religioso contra Nuestro Señor.

Tercer Domingo de Cuaresma = El proceso civil contra Nuestro Señor.

Cuarto Domingo de Cuaresma = La Vía Dolorosa hasta el Calvario.

Domingo de Pasión = La crucifixión y muerte de Nuestro Señor.

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Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos, al otro lado del torrente Cedrón, según costumbre. Entonces les dijo Jesús: Todos vosotros vais a escandalizaros de mí esta noche, porque está escrito: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”.

Pedro intervino y le dijo: Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré.

Jesús le dijo: ¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder de cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos.

Él dijo: Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte.

Jesús le dijo: Yo te aseguro: hoy, esta misma noche, antes que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres.

Pero él insistía: Aunque tenga que morir contigo, yo no te negaré.

Y lo mismo dijeron también todos los discípulos.

Entonces fue Jesús con ellos a una propiedad llamada Getsemaní, donde había un huerto, en el cual entró El y sus discípulos.

El recinto en que Jesús acababa de penetrar se llamaba Getsemaní, nombre que significa Lagar del aceite, porque era el lugar en donde se prensaban las aceitunas que se cosechaban con abundancia en aquel Monte de los Olivos.

Allí era donde Dios esperaba al nuevo Adán para exprimirle en el lagar de la eterna justicia. Al verle entrar en el Jardín de Getsemaní, el Padre Eterno no miró en Él más que al representante de la humanidad decaída, degradada por todos los vicios y manchada con todos los crímenes.

Y Jesús, el leproso voluntario, consintió en ser el Varón de Dolores. Dejó eclipsarse su divinidad y que la humanidad, con sus flaquezas, debilidades y desolaciones, entrase sola a luchar con el sufrimiento.

Para no someter a sus Apóstoles a tan dura prueba, les ordenó que le aguardaran a la entrada del Huerto y les dijo: Sentaos aquí, mientras yo me retiro para orar.

Pero tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, los mismos que habían sido testigos de su gloriosa Transfiguración en el Tabor. Sólo ellos, fortificados por aquel gran recuerdo, eran capaces de asistir al espectáculo de su agonía sin olvidar que era el Hijo de Dios.

De este modo, Jesús quiso comenzar la Pasión: 1º) privándose de toda alegría sensible, y 2º) tomando los afectos contrarios de temor y tristeza.

Entonces les dijo: Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo. Y cayó en el más completo abatimiento, comenzó a entristecerse y angustiarse, a atemorizarse y acongojarse.

Habiendo suspendido su influencia la divinidad, la humanidad del Cristo se encontró en presencia de la visión pavorosa del martirio que debía sufrir.

Un profundo tedio, junto con espantoso temor y amarga tristeza, se apoderó de su espíritu, hasta el punto de hacerle lanzar este gemido de suprema angustia: Mi alma está triste hasta la muerte. Sin un milagro de lo alto, la humanidad hubiera sucumbido bajo el peso del dolor.

Getsemaní es el corazón de la Pasión puesto que constituyó la pasión del corazón

Muchas fueron las aflicciones interiores:

– temor: de los tormentos y de la muerte. Este temor suele atormentar más que la misma muerte, y causa temblor o espanto, que se llama pavor, y una congoja interna, que se llama agonía.

– tristeza: pesar y aflicción de los males; memoria de todos los pecados; poco provecho de su Pasión; persecuciones de los justos… Tristeza capaz de causar la muerte.

– hastío, tedio, desgano…

El que siempre se había mostrado tan sereno, ahora estaba turbado, pálido, lívido, sudoroso, triste, desanimado. Una tribulación sin igual en la historia.

Sufre por los inminentes tormentos, que sabe serán espantosos. El condenado a muerte sufre más en la noche anterior a la ejecución que en el momento mismo de morir. Se desata la imaginación, se representan vivísimos los tormentos.

Los tres discípulos, conmovidos y aterrados, le miraban con ternura sin atreverse a pronunciar palabra.

Y adelantándose un poco, se alejó con dificultad a la distancia como de un tiro de piedra, hasta la gruta que desde entonces se llamó la Gruta de la Agonía.

Apenas hubo llegado allí, vio pasar delante de sus ojos toda clase de instrumentos de suplicio: cuerdas, azotes, clavos, espinas, cruz; verdugos profiriendo burlas y blasfemias; un populacho delirante hartándole de injurias sin número.

Por un momento, retrocedió horrorizado; pero cayendo de rodillas, con la frente pegada al polvo, exclamó: Padre mío, si es posible, que se aparte de mí este cáliz; sin embargo, cúmplase tu voluntad y no la mía.

Dios quería que bebiera hasta las heces el cáliz de la amargura.

Tembloroso, cubierto de sudor, se levantó y se dirigió penosamente hacia los tres Apóstoles para buscar en ellos algún consuelo… Pero la tristeza los había acongojado y adormecido. Sumergidos en una especie de letargo, apenas reconocieron a su Maestro.

Se quejó entonces Jesús de este abandono, y dirigiéndose especialmente a Pedro que acababa de hacer tan magníficas promesas, le dijo: Simón, ¿duermes? ¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; puesto que el espíritu está pronto, pero la carne es débil.

La soledad de Nuestro Señor en el Huerto fue total: se vio privado de todo consuelo; fue el sacrificio del corazón…; amar a  Dios, sin esperar recompensa alguna.

El Sagrado Corazón dirá: Busqué quien me consolase, y no lo hallé.

Se alejó de nuevo…

La visión reapareció más espantosa aún.

Él, el Santo de los santos, se vio cargado con una montaña de pecados: todas las abominaciones y todos los crímenes, desde la prevaricación de Adán hasta la última maldad cometida por el último de los hombres, se presentaron a sus ojos y se le adhirieron como si hubiera sido culpable de ellos.

Y una voz le decía: Mira todas estas iniquidades; a ti cabe expiarlas por sufrimientos proporcionados a su número y malicia.

Prosternado en el polvo, desgarrado el Corazón, casi muerto de dolor al aspecto del pecado, tuvo todavía fuerza bastante para repetir, con sublime resignación: Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.

Volvió otra vez hacia sus Apóstoles en busca del aliento que necesitaba su desolado espíritu; pero estos se hallaban a tal punto abatidos y agobiados por la tristeza que los encontró dormidos, pues sus ojos estaban cargados; y no sabían qué responderle.

Los dejó y se fue a orar por tercera vez, entró en la gruta para sufrir allí una agonía mortal.

Cubierto con todos los pecados de los hombres, sufriendo tormentos inauditos en su cuerpo y en su alma, vio millones y millones de pecadores rescatados al precio de su Sangre, que le perseguirían con sus desprecios y odio encarnizado por toda la duración de los siglos.

Los vio haciendo guerra a su Iglesia, pisoteando la Hostia Santa, despedazando su Cruz, blasfemando contra su divinidad, degollando a sus hijos y trabajando con todas sus fuerzas en precipitar al infierno a aquellos mismos por quienes Él iba a inmolar su vida.

En presencia de tan horrenda ingratitud, cayó como anonadado.

Jesús sufre por las traiciones de sus íntimos; siente la felonía de su pueblo escogido, la ruina de su patria, las innumerables apostasías, blasfemias, sacrilegios, los pecados todos de la humanidad…

Y sumido en agonía, insistía más en su oración.

Su cuerpo estaba empapado en sudor, una secreción de sangre; copiosas gotas brotaban de todos los poros y corrían por sus mejillas y por todo el cuerpo hasta regar la tierra.

Es la lucha mortal; la que se sufre poco antes de morir, cuando el moribundo está pendiendo entre la vida y la muerte.

Es la hora de la desolación, la noche oscura, en que al dolor físico y a la repugnancia espiritual se une el abandono sensible del Padre.

Jesús siente desgano y temor a cumplir la misión de Redentor, de paciente Víctima.

Sufre tortura mortal al verse revestido de la responsabilidad de todos los pecados de la humanidad, de los cuales responde ante su Padre y lo muestran asqueroso y repugnante.

Contemplemos el rostro de Jesús cuando pasan por su mente nuestros propios pecados…

Con todo, no cesaba de orar, repitiendo a su Padre con voz moribunda, que estaba resuelto a apurar hasta el fondo el cáliz del dolor.

A aquella dolorosa agonía iba sin duda a seguir la muerte, cuando he aquí que un Ángel bajó del cielo para consolarle y fortalecerlo. ¿Cómo lo hizo? Le habrá hecho ver las almas en las que la Pasión no resultaría infructuosa… ¿Habrá contemplado la nuestra?

Al instante mismo recobró su calma y tranquilidad, y acercándose a sus Apóstoles les dijo: Ahora ya podéis dormir y descansar. Mirad, ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de pecadores. ¡Levantaos! ¡Vamos! Mirad que el que me va a entregar está cerca.

Y a la luz de las antorchas que iluminaban el valle, vieron un grupo de gente armada que se dirigía al jardín de Getsemaní: era Judas a la cabeza de los soldados que debían apoderarse de Jesús.

El desgraciado Judas no había perdido tiempo desde su salida del Cenáculo. En una entrevista con los principales miembros del gran Consejo, les hizo saber que Jesús se dirigiría con sus Apóstoles al Monte de los Olivos, que pasaría la noche en un lugar solitario, y que, por consiguiente, sería muy fácil aprehenderle durante la noche sin excitar ningún rumor en el pueblo.

Los príncipes de los sacerdotes aceptaron con júbilo el plan propuesto, y formaron una cuadrilla de gente armada para ponerlo inmediatamente en ejecución.

Se componía aquella de un destacamento encargado de montar la guardia del templo, de satélites o sirvientes del gran sacerdote y de una banda de gente del pueblo, provistos todos de picas y bastones, de antorchas y linternas.

Algunos miembros del Sanedrín acompañaban a la expedición nocturna para tomar las medidas reclamadas por las circunstancias.

Colocado a la cabeza de la columna, Judas, le servía de guía.

Como los soldados no conocían a Jesús, recibieron la orden de detenerse a la entrada del Jardín de Getsemaní, mientras que Judas avanzaría solo hacia su Maestro y lo mostraría a todos por una señal inequívoca; les había dicho el infame: Aquel a quien yo dé un beso, ése es; prendedle.

Dada la señal, Judas debía reunirse con los Apóstoles, como si ninguna participación hubiera tomado en el nefando crimen que se iba a consumar.

De esta manera, evitaba la odiosa mancha de haber hecho traición a su Maestro, y los príncipes de los sacerdotes no tendrían que soportar la vergüenza de haber recurrido a un vil expediente para satisfacer su venganza. Todo estaba calculado, pero sin tomar en cuenta la sabiduría y el poder de Dios…

Era media noche cuando llegaron al huerto. Todo estaba oscuro y silencioso en aquel valle, y la cuadrilla misma evitaba cuidadosamente el menor ruido que pudiera despertar al pueblo.

Según lo convenido. Judas avanzó solo al encuentro de Jesús, que en ese momento bajaba con los Apóstoles hacia la puerta del Jardín.

Se aproximó a su Maestro sin ninguna turbación, como si viniera a dar cuenta de una comisión recibida, y le dijo: Maestro, yo te saludo. Y a la vez le dio el beso que acostumbraban los judíos entre amigos y parientes.

Jesús le dijo: Amigo, ¿a qué has venido?… ¿Con un beso entregas al Hijo del hombre?

¿Has escogido una señal de amor? ¿No podías haber elegido otra contraseña: una injuria, una pedrada, un empujón?

Las palabras de Jesús revelan el dolor que aquella escena causa a su Corazón. En lugar de rechazar al criminal apóstol, Jesús le contestó con angelical dulzura…

En vez de caer de rodillas para pedir perdón de su falta, Judas se desconcertó y se replegó. Los soldados pensaron que iba a decirles algo y se produjo un momento de vacilación que dio lugar a una escena de incomparable majestad.

Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, no esperó que viniesen a prenderlo, sino que, avanzando hacia los soldados, con voz entera les preguntó: ¿A quién buscáis?

Le contestaron: A Jesús el Nazareno.

Les dijo: Yo soy.

A esta sola palabra, soldados, criados, sanedritas, sobrecogidos de súbito terror y como rechazados por invisible mano, retrocedieron y cayeron de espaldas.

Cuando se hubieron levantado, Jesús, siempre de pie delante de ellos, volvió a preguntarles: ¿A quién buscáis?

Le contestaron temblando: A Jesús el Nazareno.

Respondió Jesús: Ya os he dicho que yo soy; así que, si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos. Y con un gesto imperativo, designó a los Apóstoles que le rodeaban y a quienes quería defender, según las palabras pronunciadas por Él mismo algunas horas antes: ¡Oh, Padre!, de todos los que me has dado, ni uno solo he perdido.

Pero, ¿lo conseguiría? Tanto menos probable parecía esto, cuanto que los Apóstoles, viendo a su Maestro derribar por tierra a los soldados, se imaginaron que iba a defenderse y se preparaban para la resistencia.

Cuando la cuadrilla, excitada por los príncipes de los sacerdotes, se aproximó a Jesús para echarle mano, los Apóstoles indignados, le rodearon gritando: Maestro, ¿nos permites servirnos de la espada? Pedro, sin esperar la respuesta de Jesús, descargó la suya sobre la cabeza de un criado del gran sacerdote llamado Malco y le cortó la oreja derecha.

Una lucha sangrienta iba a entablarse, pero Jesús intervino en el acto: Deteneos, dijo a Pedro y a sus compañeros.

Es por un designio de su amor que el Señor quiere que su Esposa, la Santa Iglesia, sea configurada a su Pasión; que Ella pase, en una cierta medida, por la experiencia de las tinieblas y del abandono absoluto del Jardín de los Olivos. Ella debe sufrir, a su medida, el peso misterioso de ese sinite usque huc (“dejad hacer hasta aquí”) que Jesús pronunció en su agonía.

Entonces, manifestando de nuevo su divino poder, se acercó a Malco, le tocó la oreja y la herida quedó perfectamente curada.

Luego, dirigiéndose a Pedro y a todos los presentes, declaró que no tenía ninguna necesidad de ser defendido contra sus enemigos, pues si estos se habían atrevido a prenderlo, era porque Él se les entregaba voluntariamente.

Jesús dijo a Pedro: Vuelve la espada a la vaina. ¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Mas, ¿cómo se cumplirían las Escrituras de que así debe suceder? El cáliz que me ha dado el Padre, ¿no lo voy a beber?

Lo que sucedía esa noche estaba predicho, y era preciso que se cumpliesen las Escrituras.

Hizo notar Jesús su entrega voluntaria, diciendo a los miembros del Sanedrín y a la gentuza: Como contra un salteador habéis salido a prenderme con espadas y palos. Todos los días me sentaba en el Templo para enseñar, y no me detuvisteis. Esta es vuestra hora, y la del poder de las tinieblas. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplan las Escrituras de los profetas.

Pero el odio cegaba y endurecía a aquellos hombres; mientras más hacía brillar Jesús su divinidad, más aumentaba en ellos el furor.

Obedeciendo a las órdenes de los sanedritas, los soldados se apoderaron de Jesús y le ataron como si hubiera sido un malhechor.

El divino Maestro alargó las manos a sus verdugos, lo que desconcertó a los Apóstoles y los intimidó. Viendo que Jesús no rompía sus cadenas, que los soldados le ultrajaban impunemente, que los sacerdotes y escribas blasfemaban contra Él y que el populacho comenzaba a vociferar amenazas e imprecaciones contra ellos, olvidaron todas sus protestas y huyeron cada uno por su lado.

Como lo había anunciado, Jesús quedó solo en medio de sus enemigos.

Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos lo llevaron a la ciudad, primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año.

Seguían a Jesús de lejos Simón Pedro y San Juan.

Jesús es arrastrado hacia la ciudad. Empujones, golpes, bofetadas, tirones, caídas, injurias, burlas soeces de triunfo.

Han acabado los tormentos interiores; ahora comienzan los exteriores.

Contemplemos la dignidad y la paciencia infinitas de Jesús.

Quiere ser Víctima en holocausto perfecto, sin reservarse nada para Sí.

Jesús quiere sufrir; hubiera podido salvarnos sin sufrir…

Jesús esconde su divinidad…; podría destruir a sus enemigos y no lo hace…; deja padecer crudelísimamente a su sacratísima humanidad…

Es por mí que Jesús sufre…, padece todo esto por mis pecados…

Entonces, ¿qué haré yo por Cristo? ¿Qué debo hacer y padecer yo por Él?