CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS

Conservando los restos

TEXTOS DEL BREVIARIO

I Nocturno

Libro de Job

Lección I

VII, 16-21

Tened lástima de mí, Señor, que ya mis días son nada. ¿Qué es el hombre, para que tanto le estimes, y fijes en él tu atención, para que le visites cada mañana, y a cada momento le pruebes? ¿Cuándo cesarás de mirarme, y me das tiempo para tragar mi saliva? Si he pecado, ¿qué te he hecho con eso, oh Guardador de los hombres? ¿Por qué me pones por blanco a mí, que soy una carga para mí mismo? ¿Por qué no perdonas mi pecado ni borras mi iniquidad? Pues pronto me dormiré en el polvo; y si me buscas, ya no existiré.

Lección II

XIV, 1-6

El hombre, nacido de mujer, vive corto tiempo, y se harta de miserias. Brota como una flor, y se marchita, huye como la sombra, y no tiene permanencia. ¿Sobre un tal abres Tú los ojos, y me citas a juicio contigo? ¡Oh, si se pudiera sacar cosa limpia de lo inmundo! Nadie lo puede. Ya que Tú has determinado los días del hombre y fijado el número de sus meses; le señalaste un término que no puede traspasar; aparta de él tu mirada para que repose, hasta que, como el jornalero cumpla sus días.

Lección III

XIX, 20-27

¡Compadeceos de mí, compadeceos de mí, a lo menos vosotros, amigos míos, pues la mano de Dios me ha herido! ¿Por qué me perseguís como Dios, y ni os hartáis de mi carne? ¡Oh! que se escribiesen mis palabras y se consignaran en un libro, ¡Que con punzón de hierro y con plomo se grabasen en la peña para eterna memoria! Mas yo sé que vive mi Redentor, y que al fin se alzará sobre la tierra. Después, en mi piel revestido de éste mi cuerpo, veré a Dios de nuevo desde mi carne. Yo mismo le veré; le verán mis propios ojos, y no otro; por eso se consumen en mí mis entrañas.

II Nocturno

San Agustín

Obispo – Doctor de la Iglesia

Sobre los deberes para con los difuntos

Lección IV

Capítulos 2 y 3

El cuidado del entierro, las condiciones honorables de la sepultura y la pompa de los funerales, más bien que auxilios para los difuntos son consuelo de los vivos.

No hay, sin embargo, que despreciar ni desdeñar los cuerpos de los difuntos, especialmente los de los justos y fieles, que sirvieron como de instrumentos y vasos al alma para todo género de buenas obras.

Si los vestidos y el anillo de un padre, o cualquier otro recuerdo de esta clase, es tanto más apreciado de los hijos cuanto mayor fue su amor a sus progenitores, no hay que desdeñar, en modo alguno, aquellos cuerpos que llevamos más íntima y estrechamente unidos a nosotros que cualquier vestido.

Y efectivamente, nuestros cuerpos no son para nosotros un simple adorno o instrumento puesto exteriormente a nuestra disposición, sino que forman parte de la misma naturaleza humana.

Esto explica la solícita piedad con que se atendía a las exequias de los antiguos justos, celebrando sus funerales y proveyendo a su sepultura; como también las recomendaciones que ellos mismos, en vida, hacían a sus hijos, relativas a la inhumación, e incluso a la traslación de sus cuerpos.

Lección V

Capítulo 4

Cuando el cariño de los fieles hacia sus difuntos se manifiesta en recuerdos y oraciones, es indudable que de ello se aprovechan las almas de los que durante su vida temporal merecieron beneficiarse de tales sufragios.

Con todo, ni siquiera en los casos en que resulte imposible sepultar algún cuerpo o hacerlo en tierra sagrada, hay que omitir el orar por las almas de los difuntos.

Esto ha tenido en cuenta la Iglesia al dedicar a todos los cristianos muertos en la comunión de la sociedad católica, sin mencionar sus nombres, una conmemoración general, en la que aquellas almas a quienes falten las oraciones de los padres, hijos, parientes o amigos, reciban el auxilio de una tan piadosa madre común.

Sin estas oraciones, inspiradas en la fe y la piedad hacia los difuntos, creo que de nada serviría a sus almas el que sus cuerpos privados de vida fuesen depositados en cualquier lugar santo.

Lección VI

Capítulo 18

Siendo así, convenzámonos de que sólo podemos favorecer a los difuntos por quienes nos interesamos, si ofrecemos por ellos el sacrificio del altar, de la plegaria o de la limosna.

Verdad es que estas súplicas no aprovechan a todos los difuntos por quienes se ofrecen, sino únicamente a los que en vida merecieron se les aplicaran; pero como desconocemos quiénes son estos, conviene ofrecerlas por todos los cristianos, para no exponemos a pasar por alto a ninguno de aquellos a quienes tales beneficios pueden y deben alcanzar; es preferible, en efecto, que resulten superfluos para ciertos difuntos a quienes no dañan ni aprovechan, a que falten a aquellos a quienes aprovecharían.

Todos nos esmeramos, no obstante, en ofrecer estos sufragios por nuestros parientes y amigos, a fin de que los nuestros hagan por nosotros otro tanto.

En cuanto a lo que se gasta en la inhumación del cadáver, no influye, ciertamente, en la salvación del difunto, pero constituye un testimonio humano de afecto o de respeto, nacido de aquel sentimiento que nos veda odiar a nuestra propia carne.

Por lo cual, conviene que haya quien cuide, en la medida de sus posibilidades, del cuerpo del prójimo, cuando lo ha abandonado aquel que de él cuidaba.

Y si así proceden los que no creen en la resurrección de la carne, con mayor motivo deben hacerlo los creyentes, aunque no sea más que para poner de manifiesto, en su manera de cumplir los últimos deberes con un cuerpo destinado a la resurrección y a la vida eterna, su fe en esta creencia.

III Nocturno

De la Epístola primera del Apóstol San Pablo a los Corintios

Lección VII

Capítulo XV, 12-22

Ahora bien, si se predica a Cristo como resucitado de entre los muertos ¿cómo es que algunos dicen entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si es así que no hay resurrección de muertos, tampoco ha resucitado Cristo. Y Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe. Y entonces somos también hallados falsos testigos de Dios, por cuanto atestiguamos contrariamente a Dios que Él resucitó a Cristo, a quien no resucitó, si es así que los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco ha resucitado Cristo; y si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe; aun estáis en vuestros pecados. Por consiguiente, también los que ya murieron en Cristo, se perdieron. Si solamente para esta vida tenemos esperanza en Cristo, somos los más miserables de todos los hombres. Mas ahora Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que durmieron. Puesto que por un hombre vino la muerte, por un hombre viene también la resurrección de los muertos. Porque como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados.

Lección VIII

Capítulo XV, 35-44

Pero alguien dirá: ¿Cómo resucitan los muertos? y ¿con qué cuerpo vienen? ¡Oh ignorante! Lo que tú siembras no es vivificado si no muere. Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de ser, sino un simple grano, como por ejemplo de trigo, o algún otro. Mas Dios le da un cuerpo, así como Él quiso, y a cada semilla cuerpo propio. No toda carne es la misma carne, sino que una es de hombres, otra de ganados, otra de volátiles y otra de peces. Hay también cuerpos celestes y cuerpos terrestres; pero uno es el esplendor de los celestes, y otro el de los terrestres. Uno es el esplendor del sol, otro el esplendor de la luna, y otro el esplendor de las estrellas; pues en esplendor se diferencia estrella de estrella. Así sucede también en la resurrección de los muertos. Sembrado corruptible, es resucitado incorruptible; sembrado en ignominia, resucita en gloria; sembrado en debilidad, resucita en poder; sembrado cuerpo natural, resucita cuerpo espiritual; pues si hay cuerpo natural, lo hay también espiritual.

Lección IX

Capítulo XV, 51-58

He aquí que os digo un misterio: No todos moriremos, pero todos seremos transformados en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final; porque sonará la trompeta y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Pues es necesario que esto corruptible se vista de incorruptibilidad, y esto mortal se vista de inmortalidad. Cuando esto corruptible se haya vestido de incorruptibilidad, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: “La muerte es engullida en la victoria. ¿Dónde quedó, oh muerte, tu victoria?, ¿dónde, oh muerte, tu aguijón?” El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la Ley. ¡Gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo! Así que, amados hermanos míos, estad firmes, inconmovibles, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que vuestra fatiga no es vana en el Señor.