LA INHÓSPITA TRINCHERA

Conservando los restos

LOS MACABEOS

(Quinta Entrega)

El segundo Libro de los Macabeos trae primero dos cartas de los judíos de Palestina a los de Egipto, que tratan de la fiesta de la Dedicación del Templo.

En el Prólogo, subsiguiente a esas cartas, el autor da noticias acerca de la composición del libro, el cual se presenta como compendio de los cinco libros de Jasón de Cirene (capítulos III).

Siguen, luego, el castigo de Heliodoro, la historia de los Sumos Sacerdotes Onías, Jasón y Menelao. Resumimos estos temas.

La Ciudad Santa gozaba de una plena paz, y las leyes se observaban muy exactamente por la piedad del pontífice Onías, y el odio que tenía a la maldad.

Nacía de esto que aun los mismos reyes y príncipes honraban sumamente aquel lugar, y enriquecían el Templo con grandes dones; de manera que Seleuco, rey de Asia, costeaba de sus rentas todos los gastos que se hacían en los sacrificios.

En medio de esto, Simón, de la tribu de Benjamín, y creado prefecto del Templo, maquinaba con ansia hacer algún mal en esta ciudad; pero se le oponía el Sumo Sacerdote. Viendo, pues, que no podía vencer a Onías, pasó a verse con Apolonio, hijo de Tarseas, que en aquella sazón era gobernador de Celesiria y de Fenicia, y le contó que el erario de Jerusalén estaba lleno de inmensas sumas de dinero, y de riquezas en general, las cuales no servían para los gastos de los sacrificios; y que se podría hallar medio para que todo entrase en poder del rey.

Llamó el rey a Heliodoro, su ministro de hacienda, y le envió con orden de transportar todo el dinero referido. Heliodoro se puso luego en camino con el pretexto de ir a recorrer las ciudades de Celesiria y Fenicia, mas en realidad para poner en ejecución el designio del rey.

Habiendo llegado a Jerusalén, y sido bien recibido en la ciudad por el Sumo Sacerdote, le declaró a éste la denuncia que le había sido hecha de aquellas riquezas; y le manifestó que este era el motivo de su viaje; preguntándole luego si verdaderamente era la cosa como se le dijo.

Entonces el Sumo Sacerdote le representó que aquellos eran unos depósitos y alimentos de viudas y huérfanos; y que entre lo que había denunciado el impío Simón había una parte que era de Hircano Tobías, varón muy eminente, y que el todo eran cuatrocientos talentos de plata, y doscientos de oro; que por otra parte de ningún modo se podía defraudar a aquellos que habían depositado sus caudales en un lugar y templo honrado y venerado como sagrado por todo el universo.

Mas Heliodoro, insistiendo en las órdenes que llevaba del rey, repuso que de todos modos se había de llevar al rey aquel tesoro; y entró para ejecutar su designio, con lo cual se llenó de consternación toda la ciudad.

Los sacerdotes, revestidos con las vestiduras sacerdotales, se postraron por tierra ante el altar, e invocaban a Aquel que está en el cielo, y que puso la ley acerca de los depósitos, suplicándole que los conservase salvos para los depositadores.

Ninguno podía mirar el rostro del Sumo Sacerdote sin que su corazón quedase traspasado de aflicción; porque su semblante y color demudado manifestaban el interno dolor de su ánimo. La tristeza esparcida por todo su rostro, y un temblor que se había apoderado de todo su cuerpo, mostraban bien a los que le miraban, la pena de su corazón.

Salían al mismo tiempo muchos a tropel de sus casas, pidiendo con públicas rogativas que Dios no permitiese que aquel lugar quedase expuesto al desprecio. Las mujeres, ceñidas hasta el pecho de cilicios, andaban en tropas por las calles; y hasta las doncellas mismas, que antes se quedaban en casa, corrían unas adonde estaba Onías, otras hacia las murallas, y algunas otras estaban mirando desde las ventanas; pero todas levantando al cielo sus manos, dirigían allí sus plegarias.

A la verdad, era un espectáculo digno de compasión el ver aquella confusa turba de gente, y al Sumo Sacerdote puesto en tan grande conflicto.

Heliodoro no pensaba en otra cosa que en ejecutar su designio; y para ello se había presentado ya él mismo con sus guardias a la puerta del erario. Mas el espíritu del Dios todopoderoso se hizo allí manifiesto con señales bien patentes, en tal conformidad, que derribados en tierra por una virtud divina cuantos habían osado obedecer a Heliodoro, quedaron como yertos y despavoridos. Porque se les apareció montado en un caballo un personaje de fulminante aspecto, y magníficamente vestido, cuyas armas parecían de oro, el cual acometiendo con ímpetu a Heliodoro le pateó con los pies delanteros del caballo.

Se aparecieron también otros dos gallardos y robustos jóvenes llenos de majestad, y ricamente vestidos, los cuales poniéndose uno a cada lado de Heliodoro, empezaron a azotarle cada uno por su parte, descargando sobre él continuos golpes. Con esto, Heliodoro cayó luego por tierra envuelto en oscuridad y tinieblas; y habiéndole tomado y puesto en una silla de manos, le sacaron de allí.

De esta suerte aquel que había entrado en el erario con tanto aparato de guardias y ministros era llevado sin que nadie pudiese valerle; habiéndose manifestado visiblemente el poder de Dios. Por un efecto del divino poder, Heliodoro yacía sin habla, y sin ninguna esperanza de vida.

Por el contrario, los otros bendecían al Señor, porque había ensalzado con esto la gloria de su lugar; y el Templo que poco antes estaba lleno de confusión y temor, se llenó de alegría y regocijo luego que hizo ver el Señor su omnipotencia.

Entonces algunos amigos de Heliodoro rogaron con insistencia a Onías que invocase al Altísimo, a fin de que concediese la vida a Heliodoro, reducido ya a los últimos alientos.

El Sumo Sacerdote, considerando que quizá el rey podría sospechar que los judíos habían urdido alguna trama contra Heliodoro, ofreció una víctima de salud por su curación, y al tiempo que el Sumo Sacerdote estaba haciendo la súplica, aquellos mismos jóvenes, con las mismas vestiduras, poniéndose junto a Heliodoro, le dijeron: “Dale las gracias al sacerdote Onías, pues por amor de él te concede el Señor la vida. Y habiendo sido castigado tú por Dios, anuncia a todo el mundo sus maravillas y su poder”. Dicho esto, desaparecieron.

En efecto, Heliodoro, habiendo ofrecido un sacrificio a Dios, y hecho grandes votos a Aquel que le había concedido la vida, y dadas las gracias a Onías, recogiendo su gente se volvió para el rey. Y atestiguaba a todo el mundo las obras del gran Dios, que había visto él con sus propios ojos.

Y como el rey preguntase a Heliodoro quién sería bueno para ir de nuevo a Jerusalén contestó: “Si tú tienes algún enemigo o quien atente contra tu reino, envíale allí, y le verás volver desgarrado a azotes, si es que escapare con vida; porque no se puede dudar que reside en aquel lugar una cierta virtud divina. Pues Aquel mismo que tiene su morada en los cielos, está presente y protege aquel lugar, y castiga y hace perecer a los que van a hacer allí algún mal”.

Esto es, en suma, lo que pasó a Heliodoro, y el modo con que se conservó el tesoro.

Mas el mencionado Simón, que en daño de la patria había denunciado aquel tesoro, hablaba mal de Onías, como si éste hubiese instigado a Heliodoro a hacer tales cosas, y sido el autor de aquellos males; y al protector de la ciudad, al defensor de su nación, al celador de la Ley de Dios, tenía el atrevimiento de llamarle traidor del reino.

Mas como estas enemistades pasasen a tal extremo, que se cometían hasta asesinatos por algunos amigos de Simón; considerando Onías los peligros de la discordia, y que Apolonio, gobernador de Celesiria y de Fenicia atizaba con su furor la malignidad de Simón, se fue a presentar al rey, no para acusar a sus conciudadanos, sino únicamente con el fin de atender al bien de todo su pueblo, que era lo que él se proponía; pues estaba viendo que era imposible el pacificar los ánimos, ni el contener la locura de Simón, sin una providencia del rey.

Mas después de la muerte de Seleuco, habiéndole sucedido en el reino Antíoco, llamado el ilustre, Jasón, hermano de Onías, aspiraba al pontificado. Pasó, pues, a presentarse al rey, y le prometió trescientos sesenta talentos de plata, y otros ochenta talentos por otros títulos; con más otros ciento cincuenta que ofrecía dar si se le concedía la facultad de establecer un gimnasio, y una efebia, y el que los moradores de Jerusalén gozasen del derecho de que gozaban los ciudadanos de Antioquia.

Habiéndole, pues, otorgado el rey lo que pedía, y obtenido el principado, comenzó al instante a hacer tomar a sus paisanos los usos y costumbres de los gentiles. Y desterrando la manera de vivir, que los reyes por un efecto de su bondad a favor de los judíos habían aprobado, mediante los oficios de Juan, padre de Eupólemo, el que fue enviado de embajador a los romanos para renovar la amistad y alianza, establecía Jasón leyes perversas, trastornando los derechos legítimos de los ciudadanos.

Pues tuvo el atrevimiento de establecer bajo el alcázar mismo un gimnasio, y de exponer en lugares infames la flor de la juventud; siendo esto no un principio, sino un progreso y consumación de la vida pagana y extranjera, introducida con detestable e inaudita maldad por el no sacerdote e impío Jasón.

Llegó la cosa a tal estado, que los sacerdotes no se aplicaban ya al ministerio del altar, sino que, despreciando el Templo y los sacrificios, corrían a la palestra, y a los premios indignos, y a ejercitarse en el disco. Reputando en nada los honores patrios, apreciaban más las glorias de Grecia; por cuya adquisición se excitaba entre ellos una peligrosa emulación; de suerte que hacían alarde de imitar los usos de los griegos, y de parecer semejantes a aquellos mismos que habían sido sus mortales enemigos.

Pero el obrar impíamente contra las leyes de Dios no queda sin castigo, como se verá en los tiempos siguientes.

Como se celebrasen, pues, en Tiro los juegos de cada cinco años, y el rey estuviese presente, envió el malvado Jasón desde Jerusalén unos hombres perversos a llevar trescientas didracmas para el sacrificio de Hércules. Mas los mismos que las llevaron pidieron que no se expendiesen en los sacrificios, por no ser conveniente tal aplicación, sino que se empleasen en otros objetos. Y así, aunque el donador de estas dracmas las había ofrecido para el sacrificio de Hércules, las emplearon, a instancias de los conductores, en la construcción de galeras.

Mas Antíoco, habiendo enviado a Egipto a Apolonio, hijo de Mnesteo, a tratar con los grandes de la corte del rey Ptolomeo Filometor, luego que vio que le impedía en el manejo de los negocios de su reino, atendiendo sólo a sus propios intereses, partió de allí, y se vino a Jope; desde donde pasó a Jerusalén, y recibido con toda pompa por Jasón y por la ciudad, hizo su entrada en ella en medio de luminarias y aclamaciones; y desde allí volvió a Fenicia con su ejército.

Tres años después envió Jasón a Menelao, hermano del mencionado Simón, a llevar dinero al rey, y a recibir órdenes de éste sobre negocios de importancia.

Mas habiéndose granjeado Menelao la voluntad del rey, porque supo lisonjearle ensalzando la grandeza de su poder, se alzó con el Sumo Sacerdocio, dando trescientos talentos de plata más de lo que daba Jasón. Y recibidas las órdenes del rey, se volvió. Y en verdad que nada se veía en su persona digno del sacerdocio; pues tenía el corazón de un cruel tirano, y la rabia de una bestia feroz.

De esta suerte Jasón, que había vendido a su propio hermano, engañado ahora él mismo, huyó como desterrado al país de los ammonitas.

Menelao, empero, así que obtuvo el principado, no se cuidó de enviar al rey el dinero que le había prometido; no obstante que Sóstrato, comandante del alcázar, le estrechaba al pago, pues estaba a cargo de éste la cobranza de los tributos. Por cuya causa fueron citados ambos a comparecer ante el rey. Y Menelao fue depuesto del pontificado, sucediéndole su hermano Lisímaco; y a Sóstrato le dieron el gobierno de Chipre.

Mientras que sucedían estas cosas, los de Tarso y de Malo excitaron una sedición, porque habían sido donados a Antioquide, concubina del rey. Con este motivo pasó el rey allí apresuradamente a fin de apaciguarlos, dejando por su lugarteniente a Andrónico, uno de sus amigos.

Menelao, entonces, creyendo que la ocasión era oportuna, hurtando del Templo algunos vasos de oro, dio una parte de ellos a Andrónico, y vendió la otra en Tiro, y en las ciudades comarcanas.

Lo que sabido con certeza por Onías, le reprendió por esta acción desde un sitio de Antioquia, cercano a Dafne, donde se hallaba refugiado. Por esta causa pasó Menelao a ver a Andrónico, y le rogó que hiciese matar a Onías.

Andrónico fue a visitar a Onías; y habiéndole alargado su mano derecha, y jurándole, le persuadió (a pesar de que no se fiaba de él) a que saliese del asilo; mas al punto que salió le quitó la vida, sin tener ningún miramiento a la justicia. Con cuyo motivo, no solamente los judíos, sino también las demás naciones se irritaron, y llevaron muy a mal la injusta muerte de un tan grande varón.

Y así, habiendo el rey vuelto de Cilicia, se le presentaron en Antioquía los judíos y los mismos griegos a querellarse de la inicua muerte de Onías. Y Antíoco, afligido en su corazón, y enternecido por la muerte de Onías, prorrumpió en llanto, acordándose de la moderación y modestia del difunto; y encendiéndose en cólera, mandó que Andrónico, despojado de la púrpura, fuese paseado por toda la ciudad; y que en el mismo lugar en que este sacrílego había cometido tal impiedad contra Onías, allí mismo se le quitase la vida.

Así le dio el Señor el merecido castigo.

Por lo que hace a Lisímaco, habiendo cometido muchos sacrilegios en el Templo, a instigación de Menelao, y habiéndose esparcido la fama del mucho oro que de allí había sacado, se sublevó el pueblo contra él. Y amotinándose las gentes, y encendidos en cólera los ánimos, Lisímaco, armando como unos tres mil hombres, capitaneados por un cierto Tirano, tan consumado en malicia como avanzado en edad, empezó a cometer violencias.

Mas luego que fueron conocidos los intentos de Lisímaco, unos se armaron de piedras, otros de gruesos garrotes, y otros arrojaron sobre él ceniza. De cuyas resultas muchos quedaron heridos, algunos quedaron muertos, y todos los restantes fueron puestos en fuga, perdiendo también la vida, junto al erario, el mismo sacrílego. De todos estos desordenes se comenzó a acusar a Menelao.

Y habiendo llegado el rey a Tiro, pasaron a darle quejas sobre estos sucesos, tres diputados enviados por los ancianos. Pero Menelao, conociendo que iba a ser vencido, prometió a Ptolomeo una grande suma de dinero, con tal que inclinase al rey en su favor. En efecto, Ptolomeo entró a ver al rey, que estaba tomando el fresco en una galería, y le hizo mudar de parecer; de tal suerte, que Menelao, reo de toda maldad, fue absuelto de sus delitos; y a aquellos infelices, que en un tribunal, aunque fuese de escitas, hubieran sido declarados inocentes„ los condenó a muerte.

Fueron, pues, castigados inmediatamente, contra toda justicia, aquellos que habían sostenido la causa del pueblo y de la ciudad, y la veneración de los vasos sagrados. Pero los mismos vecinos de Tiro, indignados de semejante acción, se mostraron sumamente generosos en la honrosa sepultura que les dieron.

Entretanto, Menelao conservaba la autoridad, por medio de la avaricia de aquellos que tenían el poder, y crecía en malicia para daño de sus conciudadanos.

Se hallaba Antíoco por este mismo tiempo haciendo los preparativos para la segunda expedición contra Egipto. Y sucedió entonces, que por espacio de cuarenta días se vieron en toda la ciudad de Jerusalén correr de parte a parte por el aire hombres a caballo, vestidos de telas de oro, y armados de lanzas, como si fuesen escuadrones de caballería; y caballos, ordenados en filas, que corriendo se atacaban unos a otros, y movimiento de broqueles, y una multitud de gentes armadas con morriones y espadas desnudas, y tiros de dardos, y el resplandor de armas doradas y de todo género de corazas. Por tanto, rogaban todos que tales prodigios tornasen en bien.

Mas habiéndose esparcido el falso rumor de que Antíoco había muerto, tomando Jasón consigo mil hombres, acometió de improviso a la ciudad, y aunque los ciudadanos acudieron al instante a las murallas, al fin aquellos se apoderaron de ellas, y Menelao se huyó al alcázar. Pero Jasón, como si creyese ganar un triunfo sobre sus enemigos y no sobre sus ciudadanos, hizo una horrible carnicería en la ciudad, no parando la consideración en que es un gravísimo mal ser feliz en la guerra que se hace a los de su propia sangre.

Esto no obstante, no pudo conseguir ponerse en posesión del principado; antes bien, todo el fruto que sacó de sus traiciones, fue la propia ignominia; y viéndose precisado nuevamente a huir, se retiró al país de los ammonitas.

Finalmente, fue puesto en prisión por Aretas, rey de los árabes, que quería acabar con él; y habiéndose podido escapar, andaba de ciudad en ciudad, aborrecido de todo el mundo; y como prevaricador de las leyes, y como un hombre execrable, y enemigo de la patria y de los ciudadanos, fue arrojado a Egipto.

Y de esta suerte aquel que había arrojado a muchos fuera de su patria, murió desterrado de ella, habiéndose ido a Lacedemonia, creyendo que allí encontraría algún refugio a título de parentesco; y el que había mandado arrojar los cadáveres de muchas personas sin darles sepultura, fue arrojado insepulto, y sin ser llorado de nadie, no habiendo podido hallar sepulcro ni en su tierra propia, ni en la extraña.

Pasadas así estas cosas, entró el rey en sospecha de que los judíos iban a abandonar la alianza que tenían con él; y así, partiendo de Egipto, lleno de furor, se apoderó de la ciudad a mano armada, y mandó a los soldados que matasen indistintamente a cuantos encontrasen, sin perdonar a nadie, y que entrando también por las casas, pasasen a cuchillo toda la gente; de manera que se hizo una carnicería general de jóvenes y de ancianos, y de mujeres con sus hijos, y de doncellas y de niños; tanto, que en el espacio de aquellos tres días fueron ochenta mil los muertos, cuarenta mil los cautivos, y otros tantos los vendidos.

Mas ni aun con esto quedó satisfecho Antíoco; sino que además cometió el arrojo de entrar en el Templo, lugar el más santo de toda la tierra, conducido por Menelao, traidor a la patria y a las leyes; y tomando con sus sacrílegas manos los vasos sagrados, que otros reyes y ciudades habían puesto allí para ornamento y gloria de aquel lugar, los manoseaba de una manera indigna, y los profanaba.

Así Antíoco, perdida toda la luz de su entendimiento, no veía que si Dios mostraba por un poco de tiempo su indignación contra los habitantes de la ciudad, era por causa de los pecados de ellos; y que por lo mismo había experimentado semejante profanación aquel lugar. Porque de otra suerte, si no hubieran estado envueltos en muchos delitos, este príncipe, como le sucedió a Heliodoro, enviado del rey Seleuco para saquear el tesoro, hubiera sido azotado luego que llegó, y precisado a desistir de su temeraria empresa.

Mas Dios no escogió el pueblo por amor del lugar, sino a éste por amor del pueblo. Por cuyo motivo este lugar mismo ha participado de los males que han acaecido al pueblo, así como tendrá también parte en los bienes; y el que ahora se ve abandonado por efecto de la indignación del Dios todopoderoso, será nuevamente ensalzado a la mayor gloria, aplacado que esté aquel grande Señor.

Habiendo, pues, Antíoco sacado del Templo mil ochocientos talentos, se volvió apresuradamente a Antioquia, dominado de tal manera de la soberbia y presunción de ánimo, que se imaginaba poder llegar a navegar sobre la tierra, y a caminar sobre el mar a pie.

Pero dejó allí gobernadores para que vejasen a la nación; a saber, en Jerusalén, a Filipo, originario de Frigia, aun más cruel que su amo; y en Garizim, a Andrónico y a Menelao, más encarnizados aun que los otros contra los ciudadanos. Y siguiendo muy enconado contra los judíos, envió por comandante al detestable Apolonio con un ejército de veintidós mil hombres, con orden de degollar a todos los adultos, y de vender las mujeres y niños.

Llegado, pues, éste a Jerusalén aparentando paz, se estuvo quieto hasta el santo día del sábado; mas en este día en que los judíos observaban el descanso, mandó a sus tropas que tomasen las armas, y mató a todos los que se habían reunido para ver aquel espectáculo; y discurriendo después por toda la ciudad con sus soldados, quitó la vida a una gran multitud de gentes.

De allí a poco tiempo envió el rey un senador de Antioquía, para que compeliese a los judíos a abandonar las leyes de su Dios y de sus padres, y para profanar el Templo de Jerusalén, y consagrarle a Júpiter Olímpico, como también el de Garizim a Júpiter Extranjero, por ser extranjeros los habitantes de aquel lugar.

Así que se vio caer entonces de un golpe sobre todo el pueblo un diluvio terrible de males; porque el Templo estaba lleno de lascivias y de glotonerías propias de los gentiles, y de hombres disolutos mezclados con rameras, y de mujeres que entraban con descaro en los lugares sagrados, llevando allí cosas que no era licito llevar. El mismo altar se vela lleno de cosas ilícitas y prohibidas por las leyes.

No se guardaban ya los sábados, ni se celebraban las fiestas solemnes del país, y nadie se atrevía a confesar sencillamente que era judío. El día de cumpleaños del rey los hacían ir a viva fuerza a los sacrificios; y cuando se celebraba la fiesta de Baco, los precisaban a ir por las calles coronados de hierba en honor de dicho ídolo.

A sugestión de los de Tolemaida se publicó en las ciudades de los gentiles vecinas un edicto por el cual se les daba facultad para obligar en aquellos lugares a los judíos a que sacrificasen; y para quitar la vida a todos aquellos que no quisiesen acomodarse a las costumbres de los gentiles. Así, pues, no se veía otra cosa más que miserias.

En prueba de ello, habiendo sido acusadas dos mujeres de haber circuncidado a sus hijos, las pasearon públicamente por la ciudad, con los hijos colgados a sus pechos, y después las precipitaron desde lo alto de la muralla. Asimismo, algunos otros que se juntaban en las cuevas vecinas para celebrar allí secretamente el día del sábado, habiendo sido denunciados a Filipo, fueron quemados vivos; porque tuvieron escrúpulo de defenderse por respeto a la religión y a la observancia.

Ruego ahora a los que lean este libro, que no se escandalicen a vista de tan desgraciados sucesos; sino que consideren que estas cosas acaecieron, no para exterminar, sino para corregir a nuestra nación. Porque señal es de gran misericordia hacia los pecadores, el no dejarlos vivir largo tiempo a su antojo, sino aplicarles prontamente el azote. En efecto, el Señor no se porta con nosotros como con las demás naciones, a las cuales sufre con paciencia para castigarlas en el día del juicio, colmada que sea la medida de sus pecados. No así con nosotros, sino que nos castiga sin esperar a que lleguen a su colmo nuestros pecados. Y así, nunca retira de nosotros su misericordia, y cuando aflige a su pueblo con adversidades, no lo desampara.