PADRE JUAN CARLOS CERIANI: DOMINGO DE PASCUA

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DOMINGO DE PASCUA

Después de haber considerado anoche la Resurrección en sí misma y las cualidades del resucitado, en esta mañana de Pascua de Resurrección vamos a estudiar la cuestión de las manifestaciones de Cristo resucitado y qué clase de beneficios produjo en nosotros la Resurrección de Nuestro Señor.

En cuanto al primer tema, Santo Tomás plantea seis cuestiones.

1º) La resurrección de Cristo no debió ser manifestada a todos.

Entraba en los designios de Dios que Cristo resucitado no se manifestase públicamente a todos los hombres, sino sólo a los que Dios tenía predestinados para ello.

Entre las cosas conocidas, unas lo son por una ley común de la naturaleza; otras, en cambio, por un don especial de la gracia, como acontece con las cosas reveladas por Dios. Sobre éstas, la ley establecida por Dios es que las revele inmediatamente a los superiores, para que, por medio de ellos, lleguen a los inferiores.

Si bien no está permitido a las mujeres enseñar públicamente en las asambleas, sin embargo, sí se les permite instruir a algunos en privado mediante la exhortación familiar. Así pues, Jesucristo apareció en primer lugar a las mujeres, a fin de que la mujer, que fue la primera en traer a la humanidad el principio de la muerte, fuese también la primera en anunciar los principios de Cristo resucitado en gloria. De donde dice Cirilo: La mujer, que fue algún tiempo sirvienta de la muerte, percibió y anunció la primera el venerable misterio de la resurrección. En consecuencia, el sexo femenino logró la absolución de su ignominia y el repudio de la maldición.

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2º) No fue conveniente que los discípulos vieran resucitar a Cristo.

Lo que viene de Dios, está ordenado. Y Dios ha establecido este orden: Que cuanto está por encima de los hombres, sea revelado a éstos por medio de los Ángeles.

Y, por este motivo, la resurrección de Cristo no debió ser vista inmediatamente por los hombres, sino que debieron comunicársela los Ángeles.

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3º) Después de la resurrección Jesucristo no debió vivir continuamente con sus discípulos.

Sobre la resurrección de Cristo era preciso declarar a sus discípulos dos cosas, a saber: la verdad de la resurrección y la gloria del resucitado.

Para manifestar la verdad de la resurrección, bastaba con que se apareciese varias veces; hablase familiarmente con ellos; comiese y bebiese, y se les ofreciese para que le palpasen.

Para manifestar la gloria de la resurrección, no quiso vivir de continuo con ellos, como antes lo había hecho, a fin de no dar la impresión de que había resucitado a una vida igual a la que antes tenía.

La aparición frecuente de Cristo bastaba para asegurar a los discípulos en la verdad de la resurrección; en cambio, el trato continuo hubiera podido inducirles a error, suponiendo que creyeran que había resucitado a una vida semejante a la que antes tenía.

Se apareció con más frecuencia el primer día, porque era preciso que fueran amonestados con muchos argumentos, para que recibiesen desde el primer momento la fe en la resurrección. Pero, una vez que la habían recibido, no era necesario que fuesen instruidos con apariciones tan frecuentes, puesto que estaban ya confirmados en la fe.

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4º) Jesucristo debió aparecerse a sus discípulos con otra figura.

Los hombres conocen las cosas divinas de acuerdo con la diversidad de sus sentimientos. Porque los que tienen el alma bien dispuesta reciben las cosas divinas según la verdad. En cambio, los que no la tienen bien dispuesta las captan con una cierta mezcla de duda y de error, pues el hombre animal no capta las cosas del Espíritu de Dios.

Y, por este motivo, Cristo, después de la resurrección, se apareció en su propia figura a algunos que estaban dispuestos para creer; pero se apareció bajo otra figura a quienes ya daban la impresión de ir poniéndose tibios respecto de la fe.

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5º) Cristo debió demostrar con argumentos su resurrección.

Dicen las Actas de los Apóstoles que “Después de su pasión, Cristo se presentó vivo a los discípulos por espacio de cuarenta días con muchas pruebas y hablándoles del reino de Dios”.

Nuestro Señor manifestó a sus discípulos señales evidentes para demostrar su resurrección por dos motivos.

Primero, porque sus corazones no estaban dispuestos para admitir fácilmente la fe en la resurrección.

Segundo, para que, mediante las señales a ellos manifestadas, el testimonio de éstos se hiciese más eficaz, según aquellas palabras de San Juan: Lo que hemos visto y oído, y lo que nuestras manos palparon, eso testificamos.

El hecho que uno crea en las cosas que no ve por la contemplación de ciertas señales, no anula por completo la fe ni el mérito de ésta. A Santo Tomás, Nuestro Señor le dijo: Porque me has visto, has creído; es decir, vio una cosa y creyó otra: vio las llagas, y creyó en Dios. Sin embargo, tiene una fe más perfecta el que no exige ayudas de esta naturaleza para creer.

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6º) Fueron suficientes los argumentos que Cristo dio de su propia resurrección.

Se sirvió, efectivamente, de un doble testimonio para manifestar su resurrección a los discípulos, ninguno de los cuales puede refutarse.

El primer testimonio es el de los Ángeles, que anunciaron la resurrección a las mujeres.

El otro es el testimonio de las Escrituras, que Él mismo declaró para manifestación de su resurrección.

También los argumentos fueron suficientes para probar su resurrección verdadera, e incluso gloriosa.

Que su resurrección fuera verdadera, lo probó por parte del cuerpo:

– Que era un cuerpo verdadero y sólido, palpable; no fantástico y ligero, como lo es el aire.

– Que era un cuerpo humano, manifestándoles su verdadera figura.

– Que era numéricamente el mismo cuerpo que antes había tenido, al presentarles las cicatrices de sus heridas.

También les probó la verdad de su resurrección por parte del alma unida otra vez al cuerpo, mediante las operaciones de una triple vida:

– Por la obra de la vida nutritiva, puesto que comió y bebió con sus discípulos.

– Por las obras de la vida sensitiva, ya que respondía a las preguntas de los discípulos, y saludaba a los que se hallaban presente.

– Por las obras de la vida intelectiva, porque hablaban con Él y discurrían sobre las Escrituras.

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CAUSALIDAD DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

Esta cuestión estudia qué clase de beneficios produjo en nosotros la Resurrección de Nuestro Señor.

Los principales son dos: nuestra futura resurrección corporal y nuestra justificación o resurrección espiritual.

1º) La causa eficiente principal de nuestra resurrección será la omnipotencia divina.

La razón es muy sencilla. La resurrección de los muertos es un verdadero milagro, que trasciende en absoluto las fuerzas de toda naturaleza creada o creable. Luego sólo puede hacerlo —como causa primera y principal— el mismo Dios.

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2º) La resurrección de Cristo será la causa eficiente instrumental y la causa ejemplar de nuestra futura resurrección, del mismo modo que su muerte en la Cruz fue la causa meritoria de la misma.

a) Causa eficiente instrumental:

Lo que es primero en un género cualquiera, es causa de todos los que vienen después. Ahora bien, en el género de nuestra resurrección, lo primero fue la resurrección de Cristo. Por lo cual es necesario que la resurrección de Cristo sea causa de nuestra resurrección.

El principio de dar vida a los hombres es el Verbo de Dios, del que se dice en el Salmo 35, 10: En ti está la fuente de la vida. De donde Él mismo dice en San Juan 5, 21: Como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere.

El Verbo de Dios da primeramente la vida al cuerpo que le está naturalmente unido, y por medio de él causa la resurrección en todos los demás.

Aunque la resurrección de Cristo es un hecho histórico que ya pasó, la virtud de ese misterio perdura eternamente en la persona de Cristo.

Por eso, la resurrección de Cristo es causa de la nuestra por la virtud divina del Verbo, que está presente a todos los lugares y épocas; y ese contacto virtual basta para la razón de esta eficiencia instrumental, que se extiende no solamente a los buenos, sino también a los malos, puesto que todos han de comparecer ante el tribunal de Cristo.

b) Causa ejemplar:

Así como la resurrección del cuerpo de Cristo, por estar tal cuerpo unido personalmente al Verbo, es la primera en el tiempo, así también es la primera en la dignidad y en la perfección.

Y lo perfectísimo es siempre el ejemplar a imitar por las cosas que son menos perfectas. Por este motivo, la resurrección de Cristo es el ejemplar de la nuestra.

Pero, aunque la eficiencia de la resurrección de Cristo se extienda lo mismo a la resurrección de los buenos que a la de los malos, la ejemplaridad, propiamente, sólo se extiende a los buenos, que han sido hechos conformes con su filiación.

Antes es preciso que nos configuremos con Cristo, padeciendo y muriendo con Él en esta vida pasible y mortal. A su hora llegará la participación gloriosa en su resurrección.

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3º) La resurrección de Cristo es causa eficiente y ejemplar de la resurrección espiritual de las almas:

La resurrección corporal, con ser admirable, es un incidente sin importancia comparada con la resurrección espiritual de las almas a la vida de la gracia.

Se comprende sin esfuerzo que, si la Resurrección de Cristo es la causa de nuestra resurrección corporal, mucho más todavía habrá de causar la resurrección espiritual de nuestras almas.

Santo Tomás explica la doble causalidad —eficiente y ejemplar— de la resurrección de Cristo sobre nuestras almas:

La resurrección de Cristo obra con la virtud de la divinidad. Y tal virtud se extiende no sólo a la resurrección de los cuerpos sino también a la resurrección de las almas, pues Dios es la causa de que el alma viva por la gracia y de que el cuerpo viva por el alma.

Y, debido a esto, la resurrección de Cristo tiene, a modo de instrumento, virtud suficiente no sólo respecto de la resurrección de los cuerpos, sino también respecto de la resurrección de las almas.

Tiene igualmente razón de ejemplaridad respecto a la resurrección de las almas. Porque nosotros debemos configurarnos con Cristo resucitado también en cuanto al alma, para que, según San Pablo, así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva; y así como Él, resucitado de entre los muertos, ya no muere, así también nosotros hagamos cuenta de que estamos muertos al pecado, para que de nuevo vivamos con Él.

Santo Tomás explica cómo se relacionan la Pasión y la Resurrección de Cristo en orden a nuestra justificación:

Dos cosas entran en la justificación de las almas: la remisión de la culpa y la vida nueva por la gracia.

Si consideramos la eficiencia que viene del poder divino, tanto la pasión de Cristo como su resurrección son causa de la justificación bajo los dos aspectos.

Pero si miramos a la ejemplaridad, la pasión y muerte de Cristo es propiamente causa de la remisión de la culpa, por la que morimos al pecado; y la resurrección es causa de la vida nueva, que nos viene por la gracia o la justicia.