FELIZ Y SANTA PASCUA DE RESURRECCIÓN

En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, que en todo tiempo y lugar te demos gracias, Señor santo, Padre todopoderoso, Dios eterno.

Que pusiste la salvación del género humano en el árbol de la Cruz, para que de donde salió la muerte, de allí renaciese la vida, y para que el que venció en un árbol en un árbol fuese también vencido, por Cristo Nuestro Señor, el verdadero Cordero que ha quitado los pecados del mundo. El cual, muriendo, destruyó nuestra muerte, y, resucitando, reparó nuestra, vida.

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La iconografía sagrada del Cordero, emblema de Cristo, nos lo muestra frecuentemente llevando la cruz o el estandarte y mirando tras de sí; a veces tiene la boca entreabierta: es la llamada a las almas, que sale de los labios del Salvador y repiten los Evangelios: Venid a mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis el reposo de vuestras almas; y también: Venid a mí los que estáis cargados, y yo os aliviaré.

En esta Pascua de Resurrección, en medio de nuestras pruebas y penas, sepamos ir hacia el Cordero Inmolado, Triunfante, Dominador, que nos llama…

Allí, junto al Cordero de Dios, manso y humilde de corazón, mientras esperamos su gloriosa Parusía, hallaremos el reposo para nuestras almas; y seremos aliviados…

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Nuestra Señora del Apocalipsis

La Madre de Dios domina como soberana todos los tiempos de nuestra historia, y particularmente el tiempo más temible para las almas: el tiempo de la venida del Anticristo, o aquel de la preparación de esta venida por sus diabólicos precursores.

María Santísima se manifiesta, no sólo como la Virgen poderosa y consoladora en las horas de angustia para la vida terrenal y corporal, sino especialmente en lo que la representa como la Virgen que socorre, fuerte como un ejército en orden de batalla, en los tiempos de devastación de la Santa Iglesia y de agonía espiritual de sus hijos.

Ella es Reina para toda la historia del género humano, no sólo para los tiempos de angustia, sino también para los tiempos del Apocalipsis. Incluso, y sobre todo, durante este período, Ella nos obtendrá perseverar y santificarnos.

Ella nos persuade que la victoria está escondida en la Cruz, y que será manifestada; la radiante mañana de la resurrección se levantará pronto para el día sin ocaso de la Iglesia Triunfante.

Recurramos a Nuestra Señora como sus hijos, y entonces tendremos la inefable experiencia que los tiempos del Anticristo son los tiempos de la victoria: la victoria de la redención plenaria de Jesucristo Redentor y de la intercesión soberana de María Corredentora.