PADRE JUAN CARLOS CERIANI: VIGILIA PASCUAL

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VIGILIA PASCUAL

Santo Tomás plantea cuatro temas de reflexión: sobre la propia resurrección de Cristo; sobre las cualidades del resucitado; sobre la manifestación de la resurrección y sobre su causalidad. Consideraremos esta noche las dos primeras. Por la mañana, Dios mediante, las otras dos.

LA RESURRECCIÓN EN SÍ MISMA

1º) Fue necesario que Cristo resucitase.

Fue necesario que Cristo resucitase por cinco motivos:

Primero, para recomendación de la justicia divina, que es la encargada de exaltar a los que se humillan por Dios. Así pues, al haberse humillado Cristo hasta la muerte de cruz, por caridad y por obediencia a Dios, era necesario que fuese exaltado por Dios hasta la resurrección gloriosa.

Segundo, para la instrucción de nuestra fe. Por su resurrección, efectivamente, fue confirmada nuestra fe en la divinidad de Cristo.

Tercero, para levantar nuestra esperanza. Pues, al ver que Cristo resucita, siendo Él nuestra cabeza, esperamos que también nosotros resucitaremos.

Cuarto, para instrucción de la vida de los fieles, conforme a aquellas palabras “así también nosotros vivamos una vida nueva” y “pensad que también vosotros estáis muertos al pecado, pero vivos para Dios”.

Quinto, para complemento de nuestra salvación. Porque, así como por este motivo soportó los males muriendo para librarnos de ellos, así también fue glorificado resucitando para llevarnos los bienes.

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2º) Fue conveniente que Cristo resucitase al tercer día.

Santo Tomás razona de este modo:

La resurrección de Cristo fue necesaria para instrucción de nuestra fe. Y nuestra fe recae tanto en la divinidad como en la humanidad de Cristo, pues no basta creer una cosa sin la otra.

Y por eso, para confirmar la fe en su divinidad, convino que resucitase pronto, y que su resurrección no se aplazase hasta el fin del mundo; y para que se hiciese firme la fe en su humanidad y en su muerte, fue necesario que mediase un intervalo entre su muerte y su resurrección, pues si hubiese resucitado inmediatamente después de la muerte, podría dar la impresión de que ésta no fue real y, por consiguiente, tampoco la resurrección.

Pero para poner en claro la verdad de la muerte de Cristo bastaba con que su resurrección se difiriese hasta el tercer día, pues no acontece que en este lapso dejen de aparecer algunas señales de vida en el hombre que, tenido por muerto, sin embargo vive.

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3º) Cristo es el primero de los resucitados.

La explicación la proporciona Santo Tomás:

La resurrección es la vuelta de la muerte a la vida. Pero son dos los modos en que uno es arrancado de la muerte.

Uno, cuando esa liberación se limita a la muerte actual, de suerte que alguien comienza a vivir de cualquier manera, después de haber muerto.

Otro, cuando alguien es librado no sólo de la muerte sino también de la necesidad y, lo que es más, de la posibilidad de morir. Y ésta es la resurrección verdadera y perfecta.

Porque, mientras uno vive sujeto a la necesidad de morir, en cierto modo le domina la muerte. Y así resulta evidente que la resurrección que sólo libra a uno de la muerte actual es una resurrección imperfecta.

Hablando, pues, de la resurrección perfecta, Cristo es el primero de los resucitados, porque, al resucitar, fue el primero de todos en llegar a la vida enteramente inmortal, conforme a aquellas palabras de San Pablo: Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere.

Pero, con resurrección imperfecta, algunos resucitaron antes que Cristo, para demostrar de antemano, como una señal, la resurrección de Aquél.

Por lo tanto, la resurrección de los que resucitaron antes de Cristo no fue definitiva, sino provisional; todos ellos volvieron a morir y no volverán a resucitar hasta que se produzca la resurrección universal al fin del mundo. Cristo, en cambio, resucitó definitivamente y para siempre.

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4º) Cristo fue la causa de su resurrección.

En la Sagrada Escritura encontramos respecto de la causa eficiente de la resurrección de Cristo (o sea, quién fue el autor de esta) afirmaciones que parecen contradictorias, pero cuya concordancia es muy fácil a base de unas sencillas distinciones.

Cristo, en cuanto Dios, se resucitó a sí mismo en cuanto hombre.

Y como el poder de Cristo, en cuanto Dios, coincide exactamente con el poder del Padre y el del Espíritu Santo, por eso se atribuye a Dios la resurrección de Cristo.

Así lo enseña Santo Tomás:

Por la muerte no se separó la divinidad ni del alma de Cristo, ni de su cuerpo. Así pues, tanto el alma de Cristo muerto como su cuerpo pueden considerarse de dos maneras: Una, por razón de la divinidad; otra, por razón de su naturaleza creada.

Por consiguiente, de acuerdo con el poder de la divinidad, tanto el cuerpo reasumió el alma de la que se había separado, como reasumió el alma el cuerpo del que se había despojado.

En cambio, si consideramos el cuerpo y el alma de Cristo muerto de acuerdo con el poder de la naturaleza creada, no pudieron volver a unirse el uno con el otro, sino que fue necesario que Dios resucitase a Cristo.

Cristo, orando, pidió y mereció su resurrección en cuanto hombre, pero no en cuanto Dios.

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CUALIDADES DE CRISTO RESUCITADO

Entre las cualidades del cuerpo de Cristo resucitado, Santo Tomás examina las cuatro más importantes: si se trata de cuerpo verdadero; si es un cuerpo glorioso; si resucitó íntegramente y si conservó las cicatrices de su pasión.

1º) Cristo tuvo verdadero cuerpo después de la resurrección.

Santo Tomás lo enseña en un artículo muy hermoso.

Como escribe el Damasceno: Se dice que resucita aquello que ha caído. Ahora bien, el cuerpo de Cristo cayó por causa de la muerte, es a saber, en cuanto de él se separó el alma, que era su perfección formal. Por eso fue necesario que, para que la resurrección de Cristo fuese verdadera, el mismo cuerpo de Cristo se uniese otra vez a la misma alma.

Y, como la verdad de la naturaleza del cuerpo proviene de la forma, se sigue que el cuerpo de Cristo, después de la resurrección, fue verdadero cuerpo y tuvo la misma naturaleza que antes había tenido.

Las respuestas a las objeciones arrojan mucha luz sobre el tema:

No por la naturaleza del cuerpo sino más bien por el poder de la divinidad que le está unida entró aquel cuerpo, a pesar de ser verdadero, donde los discípulos, cerradas las puertas.

Las puertas cerradas no se opusieron a la masa del cuerpo en que se hallaba la divinidad, pues por ellas pudo pasar aquel que, al nacer, conservó intacta la virginidad de su madre.

Y es condición del cuerpo glorioso el ser espiritual, es decir, el estar sujeto al espíritu. Quien tiene un cuerpo glorificado, cuenta con el poder de ser visto cuando quiere, y de no ser visto cuando no le place. Y esto lo tuvo Cristo no sólo por la condición gloriosa de su cuerpo, sino también por el poder de la divinidad.

Y sin embargo no apareció a los discípulos en forma gloriosa, sino que, como estaba en su mano el que su cuerpo fuese visto o no lo fuese, así estaba en su poder el que en los ojos de quienes lo veían se formase una forma gloriosa, o no gloriosa, o incluso mezclada, o de cualquier otra manera.

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2º) El cuerpo de Cristo resucitó glorioso.

Para probarlo invoca Santo Tomás tres razones principales:

Primera, porque mediante la humillación de la pasión mereció la gloria de la resurrección.

Segunda, porque el alma de Cristo fue gloriosa desde el principio de su concepción a causa de su perfecta fruición de la divinidad. Pero, por una disposición divina, sucedió que la gloria no redundase del alma en el cuerpo, a fin de que con su pasión realizase el misterio de nuestra redención. Y, por tanto, una vez cumplido el misterio de la pasión y la muerte de Cristo, su alma comunicó en seguida la gloria al cuerpo, reasumido en la resurrección. Y, de este modo, aquel cuerpo se tornó glorioso.

Tercera, porque la resurrección de Cristo fue el ejemplar y la causa de nuestra resurrección. Y los santos, en su resurrección, tendrán cuerpos gloriosos.

Como escribe San Agustín, Nuestro Salvador, después de la resurrección, ya en una carne espiritual sin duda, pero verdadera, comió y bebió con sus discípulos, no porque tuviese necesidad de alimentos, sino por el poder que para esto tenía. Porque, como dice San Beda, de una manera absorbe el agua la tierra sedienta, y de otra el rayo ardiente del sol; aquélla, por necesidad; éste, por su fuerza. Comió, por consiguiente, después de la resurrección, no como si necesitase de comida, sino para demostrar de ese modo la naturaleza del cuerpo resucitado.

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3º) El cuerpo de Cristo resucitó íntegro.

El cuerpo de Cristo resucitado tuvo la misma naturaleza, pero una gloria distinta. Por lo que, cuanto pertenece a la naturaleza del cuerpo humano, estuvo íntegramente en el cuerpo de Cristo resucitado.

Pero es evidente que a la naturaleza del cuerpo humano pertenecen las carnes, los huesos, la sangre y las demás cosas de este género. Y, por este motivo, en el cuerpo de Cristo resucitado existieron todas estas cosas. Y, por cierto, íntegramente, sin ninguna disminución; de otra manera la resurrección no sería perfecta, en el caso de que no hubiera sido reintegrado todo lo que por la muerte había caído.

En la resurrección reasumió, para una vida inmortal, el cuerpo que, en su concepción, había tomado para una vida mortal.

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4º) El cuerpo de Cristo debió resucitar con las cicatrices de su Pasión.

Fue conveniente que el alma de Cristo, a la hora de la resurrección, reasumiese el cuerpo con las cicatrices.

Primero, por la gloria del propio Cristo. Dice, en efecto, San Beda, que conservó las cicatrices no por la incapacidad de curarlas, sino para llevar siempre los honores del triunfo de su victoria.

Segundo, para confirmar los ánimos de los discípulos en lo tocante a la fe de su resurrección.

Tercero, para mostrar siempre al Padre, al rogar por nosotros, la clase de muerte que sufrió por el hombre.

Cuarto, para dar a conocer a los redimidos cuán misericordiosamente fueron socorridos con su muerte, poniéndoles delante las señales de esa misma muerte.

Finalmente, para hacer saber cuán justamente son condenados los réprobos en el juicio. Como escribe San Agustín: Cristo sabía la razón de conservar las cicatrices en su cuerpo. Habrá de mostrar sus heridas a los enemigos, para que, convenciéndolos, la Verdad diga: He aquí el hombre a quien crucificasteis. Veis las heridas que le hicisteis. Reconocéis el costado que atravesasteis. Porque por vosotros, y por vuestra causa, fue abierto; pero no quisisteis entrar.