PADRE JUAN CARLOS CERIANI: SOLEDAD DE MARÍA SANTÍSIMA

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SOLEDAD DE MARÍA SANTÍSIMA

“Hijo mío, no te olvides de los gemidos de tu Madre»

Al final del ciclo de Navidad, hiere nuestros oídos una nota tétrica; es la espada que Simeón predice a María Santísima.

Esta coyuntura no carece de simbolismo; la predicción del anciano Profeta viene a ser como el puente que une el ciclo de regocijo de Navidad, con el camino de dolor que hemos de recorrer en el tiempo de Cuaresma.

Si amarnos a la Virgen María, sus dolores despertarán nuestra compasión.

Hay fechas que vienen necesariamente asociadas a recuerdos tristes. A mayor amor, más intenso recuerdo; si, empero, el cariño es endeble, endeble será el recuerdo.

La misma ley rige en el orden sobrenatural.

Hubo un tiempo en que la Virgen más hermosa que vieron los siglos se estremeció con el siniestro brillo de un puñal amenazador; el desierto pudo percibir los latidos de su Corazón de Madre cuando, llena de temor, buscaba un escondrijo para su Hijo perseguido; las calles de Jerusalén escucharon sus gemidos, cuando andaba en pos de Jesús perdido; sus lágrimas llegaron a regar aquel suelo ingrato, al presenciar el oprobio del más agraciado de entre los hombres; subió con Él al patíbulo, compartiendo sus dolores; le recibió muerto en sus brazos, para que más fijamente se clavasen en su mente sus heridas y más honda brecha abriesen en su Corazón ; y, por fin, quedó su alma sumida en la soledad más espantosa, cuando la fría losa del sepulcro la separó de aquel su Hijo apasionadamente amado.

¿Qué mortal no sentiría partírsele el corazón de pena al contemplar, envuelta en el lúgubre atavío de tan indecibles dolores, a la Doncella más bella, tierna y amable? ¡Sentimiento muy justo! Pero es que hay más…

No se trata de cualquier desolada doncella; esa Virgen tan agraciada y torturada es nuestra Madre.

¿Puede decirse algo mayor para lograr explotar nuestra, sensibilidad? Si después de estas reflexiones, quedamos todavía fríos e inertes, es que, o no tenemos corazón, o somos unos degenerados.

Y, sin embargo, hemos de confesar, que los dolores de nuestra Madre no nos impresionan en la medida en que sería natural y lógico.

Y es que no meditamos en ellos suficientemente.

La Dolorosa es para nosotros más bien un cuadro artístico que una realidad viviente…

Preciso es, por lo ¡mismo, que corrijamos nuestra actitud.

Demostremos a Nuestra Madre que la amamos, acordándonos de sus dolores.

El reconocimiento nos obliga, pues, a recordar a menudo los Dolores de Nuestra Madre….

Añadamos a lo dicho que los Dolores de Nuestra Señora tienen el alto valor de pertenecer a la obra redentora de Jesús y le han merecido el título de Corredentora de la humanidad.

En virtud de sus Dolores nos engendró María, por concesión de su Hijo, a la vida de la gracia. No es ya, pues, la mera compasión la que reclama una devoción acendrada a los Dolores de la Virgen, Señora Nuestra; es, además de esto, un deber de gratitud.

Si la Cruz es el emblema de todo cristiano, porque por Ella fuimos redimidos, recordemos que junto a la Cruz estuvo María, y no separemos en nuestra mente lo que en realidad va indisolublemente unido entre sí.

Esta consideración, además de robustecer los afectos y propósitos, nos enseñará a unir nuestras cruces a la de Jesús, como hizo María Dolorosa en el camino del Calvario.

Dice la Santa Liturgia: «Estemos junto a la Cruz con María la Madre de Jesús, cuya alma traspasó la espada del dolor».

Los Dolores de María reclaman nuestros consuelos.

Con la presciencia adquirida en su trato con la Divinidad, María Santísima, a través del cúmulo de ignominias que el mundo arrojaba sobre su Hijo, veía la vía dolorosa de siglos que el Tesoro de su Corazón debería recorrer por el mundo, empujado y llevado a empellones por los pecados que vienen a herir actualmente el Corazón de Jesús; y con sus lágrimas mereció, como Corredentora del género humano, el perdón para los pecadores.

En este sentido, los Dolores de María pueden llamarse actuales, ya que actuales son los pecados que los ocasionaron.

Revestida con el manto de la aflicción parece decirnos, todavía ahora: Vuestros pecados se clavan como saetas de fuego en el Corazón de mi Hijo. Mas, ¿cómo podrían herir ese pecho divino, sin atravesar antes mi alma? Por eso me tenéis continuamente anegada en un mar de llanto. Apiadaos de Mí al menos, si no queréis tener compasión de mi Hijo. Que mi llanto os mueva, si no os mueve el martirio de mi dulce Jesús. Doleos de una Madre, si permanecéis fríos ante las torturas del Hijo de Dios.

¿Qué contestaremos a las lágrimas de Nuestra Madre? ¿Seguiremos acrecentándolas con nuestras feroces culpas? ¿Tan duro es nuestro corazón?

No es esa conducta propia de buenos hijos. Acerquémonos a Nuestra Madre para consolarla en su aflicción.

Lo lograremos:

– Con actos de amor, que derramarán una gota de suave bálsamo en su Corazón materno.

– Con verdadera contrición de nuestras faltas y serios propósitos de enmienda.

De esa forma limpiaremos el rostro de nuestro Salvador de las inmundicias que un día arrojamos sobre Él con nuestros pecados y secaremos las lágrimas que esos insultos hicieron brotar de los ojos de Nuestra Madre.

Pero no basta con llorar nuestros propios pecados, eso sería contentarse con hermosear tan sólo la parte de la faz divina que manchamos. Las almas que verdaderamente aman a María deben expiar las injurias que el mundo entero dirige a Jesús y a su Madre, deben llenar enteramente el papel de Verónicas.

He aquí lo que de nosotros espera hoy nuestra Madre celestial: Hijo, no te olvides de los dolores de tu Madre.

Si amarnos a María, acordémonos de sus dolores. ¿Qué cosa más propia de un corazón que siente verdadero cariño por su Madre?

¡Oh, Señor, Jesucristo!, que, para avivar la memoria de los Dolores de tu Santísima Madre, has hecho instituir esta santa devoción, concédenos, propicio, que de tal suerte nos asociemos a sus dolores, que también disfrutemos de sus goces.

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Con esta devoción está ligado el título de Corredentora, que es uno de los más gloriosos para la Santísima Virgen María y, al mismo tiempo, uno de los más queridos al corazón de sus verdaderos devotos.

Uno de los más gloriosos, por la plena y perfecta semejanza que establece entre Nuestra Señora y su divino Hijo; uno de los más queridos al corazón devoto, por la filial confianza y por el vivo estremecimiento de gratitud que instintivamente despierta.

Corredentora significa cooperación, consorcio o asociación de María Santísima con Cristo Redentor en la obra de la Redención humana.

El demonio, conocedor de estas realidades, trata de menoscabar dicho título mariano, e incluso de desposeer a la Madre Corredentora de su gloria, y a sus hijos del consuelo que les reporta.

Por lo tanto, con fervor y amor, hemos de desagraviar a la Madre ofendida, a la par que nos consolamos saboreando, con confianza y gratitud, la parte maternal de María en nuestra salvación.

¡¿Qué mejor que hacerlo un Viernes Santo, para el Sermón de Soledad?!

Consideremos, pues, la cooperación de María en la obra de nuestra redención, realizada por Cristo en el Calvario, por cuya cooperación conquistó dignamente el título gloriosísimo de Corredentora del género humano.

En cuanto a la corredención, se apoya principalmente en tres principios mariológicos fundamentales:

– su maternidad divina,

– su asociación a Cristo Redentor,

– y su gracia maternal ordenada a todos nosotros.

Combinando estos principios, aparece clara la intervención de María en el misterio de la Redención, compadeciendo y conmereciendo con Cristo nuestro rescate con verdadero mérito de condigno, aunque no según todo el rigor de la justicia (que corresponde exclusivamente a Cristo), sino con mérito de cierta proporción (ex condignitate).

María Santísima es Corredentora por ser la Madre de Cristo Redentor, lo que lleva consigo la Maternidad Espiritual sobre todos los redimidos.

Lo es también por su Compasión dolorosísima al pie de la Cruz, íntimamente asociada al tremendo sacrificio de Cristo Redentor.

Los dos aspectos son necesarios y esenciales; y por eso la llamamos Madre Corredentora, pues la Corredención es una función maternal. María es Corredentora por ser Madre del Redentor.

La muerte nos vino por una mujer, y por una Mujer nos vino la Vida: Mors per Evam, vitam per Mariam.

¿Y dónde brotó la vida sino en la cumbre del Calvario y al pie de la Cruz? Por lo tanto, a Jesús, autor de la Vida, lo llamamos Redentor; y a María, por quien viene la Vida, con razón la llamamos Corredentora del linaje humano.

Subamos en espíritu al monte Calvario y contemplemos…

Como ya sabemos, en sentido etimológico, la palabra redimir significa volver a comprar una cosa que habíamos perdido, pagando el precio correspondiente a la nueva compra.

Aplicada a la redención del mundo, significa, propia y formalmente, la recuperación del hombre al estado de justicia y de salvación, sacándolo del estado de injusticia y de condenación en que se había sumergido por el pecado, mediante al pago del precio del rescate: la Sangre Preciosísima del Cristo Redentor ofrecida por Él al Padre.

También sabemos que la Redención se divide en objetiva y subjetiva.

La Redención objetiva consiste en la obra de Cristo, consumada en su Pasión y Muerte, con la que satisfizo a Dios por nosotros, nos le volvió propicio y nos mereció de Él todas las gracias.

La Redención subjetiva consiste en distribuir y aplicar a cada uno de los hombres los frutos de la Redención objetiva.

Jesucristo es Redentor, propiamente dicho, por la Redención objetiva.

Por la Redención subjetiva, Cristo es propiamente Abogado nuestro.

Ambos oficios, de Redentor y de Abogado, constituyen a Jesucristo en Mediador entre Dios y los hombres.

Ahora bien, conforme al concepto de Redentor debe determinarse el concepto de Corredentora, pues así como Cristo es Redentor por la Redención objetiva y Abogado por la Redención subjetiva, y por ambos oficios principalmente queda constituido Mediador, del mismo modo la Santísima Virgen María es Corredentora merced a la cooperación que prestó a la Redención objetiva, y Abogada  y Dispensadora de todas las gracias por cooperar a la Redención subjetiva; y de esta doble cooperación le resulta el oficio de Mediadora, en un doble estadio, a saber, en el de la corredención en la tierra y en el de la actual intercesión en los Cielos.

Existen ciertamente profundas diferencias entre la acción de Cristo como único Redentor de la humanidad y la de María Santísima como asociada (Corredentora) a la obra redentora de Cristo.

La Redención de Jesucristo fue principal, suficiente por sí misma, independiente y absolutamente necesaria; mientras que la Corredención mariana fue secundaria, insuficiente por sí misma, dependiente o subordinada y sólo hipotéticamente necesaria.

Y entonces, podrá tal vez alguien preguntarse: ¿por qué quiso Dios que el precio de nuestra redención estuviese como integrado o compuesto por los méritos y satisfacciones de María Santísima, siendo suficientísimos por sí mismos los méritos y satisfacciones de Jesucristo?

Solamente lo quiso así Dios, no para añadir nada a los méritos y satisfacciones de Cristo, no para completarlos, sino por la armonía y la belleza de la obra redentora.

En efecto, como nuestra ruina había sido obrada no sólo por Adán, sino también por Eva, así nuestra redención debía ser realizada no sólo por Cristo, como nuevo Adán, sino también por María, la nueva Eva.

Con la Corredentora, algo divinamente delicado, suave, amable, entra en la obra grandiosa de la redención del mundo…

Por medio de la Corredentora, la salvación nos llega en forma de beso y caricia maternos.

Por medio de la Corredentora la Madre hace su entrada, la sonrisa de la Madre, el corazón de la Madre, la tierna asistencia de la Madre… ¡La Madre Corredentora!

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La Corredención mariana, lo mismo que su Mediación Universal, no han sido definidas dogmáticamente por el Magisterio de la Iglesia. Pero son verdades implícitamente contenidas en la divina Revelación, completamente ciertas en teología y enseñadas por muchos Sumos Pontífices y Obispos.

La participación única de la Santísima Virgen María en la Redención de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo se enseña en la Revelación Divina y en el Magisterio de la Iglesia Católica.

La Corredención se anuncia en la primera profecía acerca del Redentor: “Pondré enemistades entre ti y la mujer, y tu simiente y su simiente: ella aplastará tu cabeza, y tú acecharás su talón” (Gen 3: 15).

El Magisterio Papal está lleno de hermosas referencias y alusiones a la participación de la Santísima Virgen en la Redención de Cristo.

En la Constitución Apostólica Ineffabilis Deus, definiendo el dogma de la Inmaculada Concepción, el Papa Pío IX enseñó:

Por cierto, los Padres y escritores de la Iglesia, adoctrinados por las divinas enseñanzas, en los libros compuestos para explicar las Escrituras, no tuvieron tanto en el corazón defender los dogmas y enseñar a los fieles, como el predicar y ensalzar de muchas y maravillosas maneras, y a porfía, la altísima santidad de la Virgen, su dignidad e inmunidad de toda mancha de pecado, y su gloriosa victoria del terrible enemigo del humano linaje.

Por lo cual, al glosar las palabras con las que Dios, vaticinando en los principios del mundo los remedios de su piedad dispuestos para la reparación de los mortales, aplastó la osadía de la engañosa serpiente y levantó maravillosamente la esperanza de nuestro linaje, diciendo: Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; enseñaron que, con este divino oráculo, fue de antemano designado clara y patentemente el misericordioso Redentor del humano linaje, es decir, el unigénito Hijo de Dios Cristo Jesús, y designada su Santísima Madre, la Virgen María, y al mismo tiempo brillantemente puestas de relieve las mismísimas enemistades de entrambos contra el diablo. Por lo cual, así como Cristo, mediador de Dios y de los hombres, asumida la naturaleza humana, borrando la escritura del decreto que nos era contrario, lo clavó triunfante en la cruz, así la Santísima Virgen, unida a Él con apretadísimo e indisoluble vínculo, hostigando con Él y por Él eternamente a la venenosa serpiente, y triunfando de la misma en toda la línea, trituró su cabeza con su pie inmaculado.

El Papa León XIII, en una de sus muchas Cartas Encíclicas sobre el Santo Rosario, Iucunda semper enseñó:

En el jardín de Getsemaní, donde Jesús se aflige y se entristece hasta la muerte; y en el Pretorio, donde es azotado, coronado de espinas, condenado a muerte, María está, ciertamente, ausente, pero, mucho tiempo ha, que conoce todo ello y lo medita, porque al ofrecerse a Dios como sierva para ser su Madre, y al consagrarse enteramente a Él en el Templo con su Hijo, ya se asoció, en ambos actos, a ese Hijo en la laboriosa expiación del género humano; y por esto, no es dudoso que se haya condolido íntimamente con Él en sus acerbísimas angustias y tormentos.

Por lo demás, en presencia y a la vista de María había de consumarse el Divino Sacrificio para el cual había alimentado la víctima de sí misma, lo cual en el último y más enternecedor de los misterios se nombra, diciendo: junto a la Cruz de Jesús, estaba María su madre, la que, movida de inmenso amor hacia nosotros para acogernos como hijos, ofreció voluntariamente el suyo a la justicia divina, muriendo en su corazón con Él, traspasada por una espada de dolor.

San Pío X, por su parte, en la Encíclica Ad diem illum laetissimum, enseñó:

Hay que añadir, en alabanzas de la santísima Madre de Dios, no solamente el haber proporcionado, al Dios Unigénito que iba a nacer con miembros humanos, la materia de su carne con la que se lograría una hostia admirable para la salvación de los hombres; sino también el papel de custodiar y alimentar esa hostia e incluso, en el momento oportuno, colocarla ante el ara. De ahí que nunca son separables el tenor de la vida y de los trabajos de la Madre y del Hijo, de manera que igualmente recaen en uno y otro las palabras del Profeta: Mi vida transcurrió en dolor y entre gemidos mis años. Efectivamente cuando llegó la última hora del Hijo, estaba en pie junto a la cruz de Jesús, su Madre, no limitándose a contemplar el cruel espectáculo, sino gozándose de que su Unigénito se inmolara para la salvación del género humano, y tanto se compadeció que, si hubiera sido posible, ella misma habría soportado gustosísima todos los tormentos que padeció su Hijo.

Y por esta comunión de voluntad y de dolores entre María y Cristo, ella mereció convertirse con toda dignidad en reparadora del orbe perdido, y por tanto en dispensadora de todos los bienes que Jesús nos ganó con su muerte y con su sangre.

Cierto que no queremos negar que la erogación de estos bienes corresponde por exclusivo y propio derecho a Cristo; puesto que se nos han originado a partir de su muerte y Él por su propio poder es el mediador entre Dios y los hombres. Sin embargo, por esa comunión de dolores y bienes de la Madre con el Hijo, se le ha concedido a la Virgen augusta ser poderosísima mediadora y conciliadora de todo el orbe de la tierra ante su Hijo Unigénito.

Papa Benedicto XV, escribió en su Carta Apostólica Inter sodalicia:

De hecho, de acuerdo con la enseñanza común de los Doctores, el proyecto de Dios era que la Santísima Virgen María, aparentemente ausente de la vida pública de Jesús, debería ayudarlo cuando moría clavado en la Cruz. María sufrió y, por así decirlo, casi murió con su Hijo sufriente; por la salvación de la humanidad, renunció a los derechos de ser su madre y, en la medida en que dependía de ella, ofreció a su Hijo para aplacar la justicia divina; entonces bien podemos decir que ella con Cristo redimió a la humanidad.

Pío XII también enseñó la Corredención de la Santísima Virgen en su Encíclica Mystici Corporis:

La Virgen Madre de Dios, libre de toda mancha personal y original, unida siempre estrechísimamente con su Hijo, lo ofreció como nueva Eva al Eterno Padre en el Gólgota, juntamente con el holocausto de sus derechos maternos y de su materno amor, por todos los hijos de Adán manchados con su deplorable pecado; de tal suerte que la que era Madre corporal de nuestra Cabeza, fuera, por un nuevo título de dolor y de gloria, Madre espiritual de todos sus miembros. Ella, soportando con ánimo esforzado y confiado sus inmensos dolores, como verdadera Reina de los mártires, más que todos los fieles, «cumplió lo que resta que padecer a Cristo en sus miembros… en pro de su Cuerpo, que es la Iglesia», y prodigó al Cuerpo místico de Cristo nacido del Corazón abierto de nuestro Salvador, el mismo materno cuidado y la misma intensa caridad con que calentó y amamantó en la cuna al tierno Niño Jesús.

Y nuevamente Papa Pío XII, en la Constitución Apostólica Munificentissimus Deus, vuelve sobre el mismo argumento:

Se ha recordado especialmente que desde el siglo II María Virgen es presentada por los Santos Padres como nueva Eva estrechamente unida al nuevo Adán, si bien sujeta a Él, en aquella lucha contra el enemigo infernal que, como fue preanunciado en el protoevangelio (Gn 3, 15), habría terminado con la plenísima victoria sobre el pecado y sobre la muerte, siempre unidos en los escritos del Apóstol de las Gentes. Por lo cual, como la gloriosa resurrección de Cristo fue parte esencial y signo final de esta victoria, así también para María la común lucha debía concluir con la glorificación de su cuerpo virginal; porque, como dice el mismo Apóstol, «cuando… este cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad, entonces sucederá lo que fue escrito: la muerte fue absorbida en la victoria».

De tal modo, la augusta Madre de Dios, arcanamente unida a Jesucristo desde toda la eternidad «con un mismo decreto» de predestinación, inmaculada en su concepción, Virgen sin mancha en su divina maternidad, generosa Socia del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sobre sus consecuencias, al fin, como supremo coronamiento de sus privilegios, fue preservada de la corrupción del sepulcro y vencida la muerte, como antes por su Hijo, fue elevada en alma y cuerpo a la gloria del cielo, donde resplandece como Reina a la diestra de su Hijo, Rey inmortal de los siglos.

Finalmente, en diversos puntos de su Encíclica Ad Cæli Reginam, Pío XII enseña la misma doctrina; leamos el más taxativo:

Ahora bien, en el cumplimiento de la obra de la Redención, María Santísima estuvo, en verdad, estrechamente asociada a Cristo; y por ello justamente canta la Sagrada Liturgia: Dolorida junto a la cruz de nuestro Señor Jesucristo estaba Santa María, Reina del cielo y de la tierra.

Y la razón es que, como ya en la Edad Media escribió un piadosísimo discípulo de San Anselmo: Así como Dios, al crear todas las cosas con su poder, es Padre y Señor de todo, así María, al reparar con sus méritos las cosas todas, es Madre y Señora de todo: Dios es el Señor de todas las cosas, porque las ha constituido en su propia naturaleza con su mandato, y María es la Señora de todas las cosas, al devolverlas a su original dignidad mediante la gracia que Ella mereció. La razón es que, así como Cristo por el título particular de la Redención es nuestro Señor y nuestro Rey, así también la Bienaventurada Virgen es nuestra Señora y Reina por su singular concurso prestado a nuestra redención, ya suministrando su sustancia, ya ofreciéndolo voluntariamente por nosotros, ya deseando, pidiendo y procurando para cada uno nuestra salvación.

Dadas estas premisas, puede argumentarse así: Si María, en la obra de la salvación espiritual, por voluntad de Dios fue asociada a Cristo Jesús, principio de la misma salvación, y ello en manera semejante a la en que Eva fue asociada a Adán, principio de la misma muerte, por lo cual puede afirmarse que nuestra redención se cumplió según una cierta «recapitulación», por la que el género humano, sometido a la muerte por causa de una virgen, se salva también por medio de una virgen; si, además, puede decirse que esta gloriosísima Señora fue escogida para Madre de Cristo precisamente para estar asociada a Él en la redención del género humano, «y si realmente fue Ella, la que, libre de toda mancha personal y original, unida siempre estrechísimamente con su Hijo, lo ofreció como nueva Eva al Eterno Padre en el Gólgota, juntamente con el holocausto de sus derechos maternos y de su maternal amor, por todos los hijos de Adán manchados con su deplorable pecado»; se podrá de todo ello legítimamente concluir que, así como Cristo, el nuevo Adán, es nuestro Rey no sólo por ser Hijo de Dios, sino también por ser nuestro Redentor, así, según una cierta analogía, puede igualmente afirmarse que la Beatísima Virgen es Reina, no sólo por ser Madre de Dios, sino también por haber sido asociada cual nueva Eva al nuevo Adán.

Más particularmente, el título específico Co-Redemptrix (Corredentora) para la Santísima Virgen fue explícitamente utilizado por Pío XI y por el Santo Oficio en tiempos de San Pío X, y el mismo Santo Papa concedió una indulgencia a una oración que se dirige a la Madre de Jesús como “la corredentriz de la raza humana”.

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La doctrina sobre la Corredención de María Dolorosa es tan clara que ningún católico puede cuestionarla.

Dicho de otro modo, quien la cuestiona no es católico…

Que María Santísima cooperó en la obra de Redención del género humano, al menos mediatamente, es una cuestión de fe.

Que Ella también cooperó inmediatamente a dicha Redención, es la doctrina más conforme a la enseñanza de los Sumos Pontífices. De hecho, esos textos, tomados en su conjunto, dan la línea constante de adoctrinamiento, durante más de un siglo, de los Pontífices Romanos propuesta a toda la Iglesia.

La fuente última de la Corredención mariana es la Voluntad inescrutable de Dios; es decir, ha sido su divina voluntad divina asociarla con Cristo en la obra de la Redención.

Dicha asociación no le quita valor a la obra Redentiva de Jesucristo; pues, así como Dios determinó la Encarnación con la cooperación de María Virgen, también decretó redimir al género humano con la participación de su Madre Inmaculada y Dolorosa.

Como hemos dicho más arriba, si bien no hubo una declaración dogmática de esta doctrina, sin embargo, la Corredención de María forma parte de la Revelación divina, tanto escrita como oral.

Su fundamento escriturario es innegable; y consiste en el paralelo y en la analogía existente entre Eva y la Santísima Virgen.

Paralelo y analogía que se manifiestan en el papel desempeñado por ellas en relación, por un lado, con Adán en la caída original y, por el otro, con Jesucristo, nuevo Adán, en la reparación del pecado original y sus consecuencias.

Del mismo modo que Eva participó en la caída de Adán, María Inmaculada lo hizo en la Redención. Con su “fiat” y su consentimiento al sacrificio salvador de Jesús, María hizo posible la Redención, así como Eva, tentando a Adán a instancias de la Serpiente, había hecho posible la falta original.

Es Adán quien la cometió, pero Eva estuvo íntimamente vinculada a ella, no como artífice, sino como partícipe necesario y a modo de causa instrumental.

De manera análoga, María, nueva Eva, participa en el acto redentor realizado por Jesucristo, nuevo Adán, no como autora, sino como partícipe necesario —pues así lo dispuso Dios en su Divina Providencia—, y como causa instrumental —con su “fiat” libremente otorgado—, suministrando la materia del sacrificio redentor, es decir, el cuerpo de la víctima expiatoria.

Es en este sentido que debe entenderse el término “corredención” aplicado a María Dolorosa, como expresión de su íntima participación en la obra redentora consumada por su divino Hijo —autor exclusivo de la misma—, y no como si la Redención hubiera sido realizada por ambos, en el mismo sentido y en un pie de igualdad, como si fuesen coautores del hecho.

Así pues, a semejanza de Eva, que interviene de manera decisiva en la caída del género humano provocada por la falta de Adán, la Santísima Virgen María, Eva de la Nueva Alianza, está estrechamente involucrada en la redención operada por el nuevo Adán, Jesucristo.

San Ireneo, Padre y Doctor de la Iglesia, en su obra Contra los herejes, enseña:

“En correspondencia encontramos también obediente a María la Virgen, cuando dice: «He aquí tu sierva, Señor: hágase en mí según tu palabra»; a Eva, en cambio, indócil, pues desobedeció siendo aún virgen. Porque como ésta, habiendo desobedecido, se hizo causa de muerte para sí y para toda la humanidad; así también María, teniendo a un varón como marido, pero siendo virgen como aquélla, habiendo obedecido se hizo causa de salvación para sí misma y para toda la humanidad. Así también, el nudo de la desobediencia de Eva se desató por la obediencia de María; pues lo que la virgen Eva ató por su incredulidad, la Virgen María lo desató por su fe.”

Y el gran doctor mariano, San Luis María Grignon de Montfort, enseñó con toda claridad y contundencia:

“Lo que Lucifer perdió por orgullo, lo ganó María con la humildad. Lo que Eva condenó y perdió por desobediencia, lo salvó María con la obediencia. Eva, al obedecer a la serpiente, se hizo causa de perdición para sí y para todos sus hijos, entregándolos a Satanás; María, al permanecer perfectamente fiel a Dios, se convirtió en causa de salvación para sí y para todos sus hijos y servidores, consagrándolos al Señor.

(…)

Lo que digo en términos absolutos de Jesucristo, lo digo, proporcionalmente, de la Santísima Virgen. Habiéndola escogido Jesucristo por compañera inseparable de su vida, muerte, gloria y poder en el cielo y en la tierra, le otorgó, gratuitamente, respecto de su Majestad, todos los derechos y privilegios que Él posee por naturaleza: “Todo lo que conviene a Dios por naturaleza, conviene a María por gracia”, dicen los santos”.

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Cuando Cristo, al expirar en el Calvario, llevó a cabo su obra redentora, la Virgen Dolorosa, que estaba al pie de la Cruz, la continuó con su ternura maternal, con su dolor inmenso, con sus virtudes heroicas.

¡Digna continuación de los dolores de Jesús! Después de los dolores de Jesús, no hay dolores comparables con los dolores de María…

Ella heredó, antes que nadie, la Cruz interna del Corazón divino, los dolores inefables del Corazón de Jesús.

Como se guarda un tesoro riquísimo, María Santísima guardaba el dolor íntimo de Jesús en su Corazón Inmaculado y Doloroso. Por eso es mártir y Reina de los mártires.

Por más que su cuerpo permaneció intacto hasta su Asunción, sin que nadie lo hiciera pedazos como los cuerpos de los otros mártires, María es mártir en el Corazón, es mártir en el Alma, porque lleva dentro los dolores del Corazón Divino.

Guardó los tesoros de su Hijo en lo íntimo de su Corazón y los siguió sufriendo.

Y en los largos años de su Soledad, María Santísima, además de sufrir por la ausencia de su Jesús querido, sufría más hondamente aún por aquella Cruz íntima que había heredado de su Hijo y que llevaba en lo íntimo de su Alma purísima.

Y durante los largos años de su Soledad, estuvo ofreciendo sin duda al Padre Celestial, antes que nadie, a su Jesús; a Aquél que había ofrecido al pie de la Cruz, en el Calvario; y lo siguió ofreciendo en lo íntimo de su Corazón.

¿Con qué fin ofreció este sacrificio? Para adquirir para toda la Iglesia, que entonces nacía, y para los Apóstoles en especial, las gracias que necesitaban; para obtener para los pecadores perdón y para todas las almas las gracias de salvación.

Corredentora del género humano, tenía que compartir con Jesucristo su dolor y su santa fecundidad.