PADRE LEONARDO CASTELLANI: FALTAN NOBLES, SOBRAN TIRANOS Y LOS JÓVENES ANDAN CONFUNDIDOS

Conservando los restos

¿QUÉ ES UN NOBLE?

— ¿Y qué es un noble?, dijo Sancho.

— Difícil es de definir, señor. Eso se siente y no se dice.

— Es un hombre de corazón, saltaron en el grupo voces por todos lados. Es un hombre que tiene alma para sí y para otros. Son los nacidos para mandar. Son los capaces de castigarse y castigar. Son los que en su conducta han puesto estilo. Son los que no piden libertad sino jerarquía. Son los que se ponen leyes y las cumplen. Son los capaces de obedecer, de refrenarse y de ver. Son los que odian la pringue rebañega. Son los que sienten el honor como la vida. Los que por poseerse pueden darse. Son los que saben cada instante las cosas por las cuales se debe morir. Los capaces de dar las cosas que nadie obliga y abstenerse de cosas que nadie prohíbe. Son los…

— Basta, dijo Sancho, entiendo. ¿Entonces noble es aquél que sabe hacer las cosas bien y no puede prestarse a la chapucería?

— Así es, señor.

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EL MÁRTIR Y EL TIRANO

Dice Kierkegaard que la primera categoría de “señores” que existió en el mundo fueron los Tiranos, y la última que existirá serán los mártires.

Cuando la Masa domine en el mundo, su representante, el Demagogo, será ciertamente un Tirano, pero no un Señor. Su oficio será derribar toda cabeza que se levante sobre la Masa pervertida y enloquecida, o sea, a todo “Singular”.

El mártir será el “Singular” que aguanta sobre sí el peso del mundo, con el oficio de volver “Singulares” a los demás, es decir, conectarlos con Dios, suscitar en ellos la conciencia y la personalidad, que en los últimos tiempos sólo podrá adquirirse por el martirio.

La desaparición del “señorío” en el mundo significa la desaparición de la autoridad legítima, la que ordena al bien común, y, por lo tanto, viene de Dios.

Cuando la autoridad desaparezca no sólo del Estado sino de la Iglesia, la tribulación será tremenda.

El fenómeno natural al hombre, de la autoridad, será pervertido y dirigido al mal común. Los resortes naturales del mando caerán en manos del diablo y los demoníacos, y contra ellos sólo existirá el pecho desnudo del mártir.

La presión del mal se volverá intolerable.

La tribulación será la mayor que ha habido desde el Diluvio acá. Pero “capillus de capite vestro non peribit”, no perecerá un cabello de vuestra cabeza. Cristo sostendrá invisiblemente a las almas. Pocas “almas” habrá entonces.

Los mártires de los últimos tiempos sufrirán mucho más que los mártires de los primeros tiempos, lo cual es mucho decir, es enorme.

Sufrirán exterior e interiormente, aparentemente abandonados de Dios, y perseguidos prácticamente “por todo el mundo”, en soledad total, en la mayor inseguridad y peligro. Sus tormentos serán mayores que los de Job.

Esto no lo he sacado de mi cabeza, decía Don Pío Ducadelia, está en el Evangelio y en las Profecías. Allí está. Véanlo ustedes mismos…

Pero, a decir verdad, sí lo he sacado de mi cabeza, decía Don Pío; yo lo he padecido un poquito.

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CASTELLANI Y LOS JÓVENES

EL CRISTIANISMO ABSOLUTO

Hay una respuesta ruda de Cristo, que muchos no entienden, a un joven que quería ir a sepultar a su padre.

En realidad, hay tres respuestas rudas a tres casos análogos (Lc., 9, 57-62: Cuando iban caminando, alguien le dijo: “Te seguiré a donde quiera que vayas”. Jesús le dijo: “Las raposas tienen guaridas, y las aves del cielo, nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. Dijo a otro: “Sígueme”. Éste le dijo: “Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre”. Le respondió: “Deja a los muertos enterrar a sus muertos; tú, ve a anunciar el reino de Dios”. Otro más le dijo: “Te seguiré, Señor, pero permíteme primero decir adiós a los de mi casa”. Jesús le dijo: “Ninguno que pone mano al arado y mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios”.):

— “Deja que los muertos sepulten a sus muertos”, ¿qué quiere decir eso?, me preguntó un distinguido médico, hoy finado. Se lo expliqué bastante mal.

— Pero es que quería ir a enterrar a su padre….

— Así es. Calló un momento y luego dijo: El “Evangelio” es difícil…

— Sí; cumplirlo más todavía que entenderlo; lo va entendiendo uno a medida que lo va cumpliendo, en realidad.

No es de creer que Jesucristo reprobase el ir a enterrar a un muerto, lo cual es una obra de misericordia, ni el ir a despedirse de sus parientes. Él mismo cumplió puntualmente esos deberes de humanidad o de mera civilidad.

No hay que imaginarse a Cristo como el Chúcaro Pastor Brand de Ibsen: ése es un Cristo luterano y “unilateral”.

Si el joven que quería ser “discípulo” hubiese dicho a Cristo: “Rabbí, sé cuán capital es seguir la voz de Dios cuando nos llama; más aún, sé que es lo único capital. Pero me gustaría mucho ir a cumplir ahora, si es posible, con mi familia”, la respuesta de Cristo hubiese sido afirmativa; más aún, si solamente lo hubiese “pensado”.

Si Cristo respondió como respondió, es porque el candidato pensaba mal. “Ponía una condición”.

No se puede poner condiciones a lo Incondicional. El que pone condiciones a lo Incondicional está mal dispuesto a lo Incondicional, y, por tanto, no lo puede recibir: no lo conoce siquiera.

El Cristianismo de Cristo (que no es el Cristianismo de Constancio Vigil), es como una especie de “cura radical” (que no es un sacerdote politiquero), la cual uno posterga lo más posible, y cuyo primer paso es un salto.

La respuesta de Cristo no fue un simple: NO.

En los tres casos fue una frase que al mismo tiempo que deniega, enseña; deniega para enseñar, justamente.

¿Qué enseña? Que la salvación es algo absoluto, que está por encima de todas las consideraciones terrenas; en otro plano, simplemente.

Para Cristo, el que no lo sigue a Él, está muerto; el que lo sigue mirando atrás, no sirve para el Reino; y el que condiciona su llamado para Apóstol a la retención de sus bienes materiales, no puede ser Apóstol.

El Cristianismo es algo absoluto, que no sufre el “compromiso”.

Hoy día hay bastantes prosélitos de una religión pastelera que relativiza el Cristianismo.

Para muchos la religión es un poco de moralina y un poco de mitología; y ella es lo bastante razonable y maleable para adaptarse “a las exigencias de la vida”, es decir, a las exigencias del mundo.

Para ésos pronunció Cristo esas tres frases netas y rudas. La relación del hombre con Dios es un Absoluto, una cosa que introduce la Eternidad en el Instante.

“Teme a Jesús que pasa y no vuelve”, decían los antiguos: “time Jesum transeuntem et non revertentem”.

Cuando Dios nos llama, nunca sabemos si ésta no será la última llamada. Así acontecía en la vagabunda vida del Maestro: una vez pasó por Corozaín, una vez pasó por Bethsaida. No lo recibieron. Y no volvió.

Pero si los tres jóvenes remisos hubiesen seguido decididamente a Cristo que “pasaba”, puede que el mismo Cristo les hubiera mandado volver atrás a arreglar sus cosas.

Los deberes comunes, la moral social, y aún la simple cortesía, una vez abrazado Dios con toda el alma, no son eliminados, sino transfigurados.

Eso sí, nada debe ser obstáculo para abrazar a Dios, ni lo más respetable del mundo, como es la moral social, la cual suele escandalizarse de las actitudes netamente religiosas.

Pero “dichoso aquél que de Mí no se escandalizare”. (Mt. 11, 6).