PADRE LEONARDO CASTELLANI: POCOS LO ESCUCHARON

Conservando los restos

VISIÓN RELIGIOSA DE LA CRISIS ACTUAL

[Dinámica Social Nº 13-14, 9 de octubre de 1951]

“Hay que trabajar como si el mundo hubiera de durar siempre; pero hay que saber que el mundo no va a durar siempre”.

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Esta actitud aparentemente contradictoria o imposible ha sido siempre la consigna de los espíritus religiosos en todas las grandes crisis de la historia, desde la Epístola a los de Tesalónica de San Pablo hasta la actitud práctica de los creyentes actuales, un Belloc, por ejemplo.

Los dos términos parecen inconciliables; y lo serían si no fuera por el misterioso catalítico que es la fe. Mas el valor pragmático de la actitud apocalyptica puede apreciarse aun fuera de la fe, por un positivista de talento, por ejemplo.

Por eso no hemos vacilado en publicar, y eso con no pocos esfuerzos y riesgos, en medio de la incertidumbre y el dolor de esta hora, un ensayo sobre el Apocalipsis que la superficialidad de alguno calificará, sin duda, de “pesimista”.

Es pesimismo constructivo.

San Pablo fue un hombre a la vez alucinado y práctico, como todos los místicos. Predicó tan fuerte en Tesalónica acerca del Misterio de Iniquidad, ya en vigencia entonces —que él veía por transparencia en aquel enorme Imperio persecutorio y tiránico—, describiéndolo con tan inminentes rasgos, que los tesalonicenses decidieron no trabajar más, dado que el Fin del Mundo se venía encima. Entonces el impetuoso Tarsense les escribe de nuevo corrigiéndolos: el Fin del Mundo vendrá, según lo atestado por Cristo, pero la hora y el día exacto no lo sabemos; no puede ser ahora de inmediato, pues vemos que todavía se yergue El-Que-Ataja, el Katéjon, y, en consecuencia, trabajen todos, y el que no trabaje, que no coma.

Esta misma actitud práctica fue la de San Vicente Ferrer, la de Pedro Oliva, la de todos los profetas; como buenos médicos, huelen la muerte, pero siguen medicando.

Morituri te salutant.

Es la actitud paradojal de la fe. La fe asegura al cristiano que este aión, este ciclo de la Creación tiene su fin; que el fin será precedido por una tremenda agonía y seguido de una espléndida reconstrucción; o en palabras religiosas que “Cristo vuelve un día a poner a sus enemigos de escabel de sus pies y a tomar posesión efectiva del Reino de los Cielos trasladado a la tierra…”.

Así lo dice el Texto: yo no soy solo responsable de esta enormidad.

Esta final agonía —en el sentido etimológico de lucha suprema— pertenece al acervo dogmático o mitológico de todas las religiones formadas; y en la cristiana está prenunciado y descrito —en Daniel Profeta, en el Sermón Escatológico de Cristo y en el libro final de la Biblia, la Revelación o Apocalypsis— con los colores más vigorosos y los rasgos más fuertes que jamás lograra la facultad del verbo humano.

Por una paradoja de psicología profunda esta literatura «pesimista» ha sostenido el optimismo constructivo del Cristianismo.

En las épocas en que la Iglesia ha vivido en el temblor y en la predicación osada de la “inminente Parusía” es cuando ha construido ingentes catedrales y acabado empresas desesperantes; en los tiempos de San Pablo, de San Agustín, de Gregorio el Magno, de Hildebrando, de Joaquín de Fiore, de Odón de Cluny, de Vicente Ferrer. Se puede decir que la espera del Fin del Mundo, que una arbitraria leyenda circunscribe al Año Mil, ha estado presente casi sin interrupción en la conciencia cristiana de todo el Medio Evo; y el Medio Evo construyó esta civilización occidental, que todos dicen que hoy periclita y que los masones defienden.

Esta imagen aceptada de las catástrofes apocalypticas sirvió a los pueblos fieles para superar las catástrofes actuales; lo cual es, en el fondo, lógico, o por mejor decir psicológico. Un clavo saca a otro clavo. Es la misma acción “catártica de la tragedia” que nos enseñó Aristóteles.

Cuando las inmensas vicisitudes del drama de la Historia, que están por encima del hombre y su mezquino racionalismo, llegan a un punto que excede a su poder de medicación y aun a su poder de comprensión —como es el caso en nuestros días—, sólo el creyente posee el talismán de ponerse tranquilo para seguir trabajando, que no es otro que el que expresó el poeta:

“Sólo el que ya nada espera será un terrible optimista; y aquel que lo ha dado todo no teme a ningún ladrón”.

Cuando parece que los cimientos del mundo ceden y se descompagina totalmente la estructura íntegra —como pasó, por ejemplo, en el siglo XIV—, entonces el sabio lee el Apocalypsis y dice: “Todo esto está previsto y mucho más. ¡Atentos! Pero después de esto viene la victoria definitiva. El mundo debe morir. Aunque de muchas enfermedades ha curado ya, una enfermedad será la última. Mas el alma del mundo, como la del hombre, no es una cosa mortal”.

Esta publicación nuestra no es una revista de teología sino de ciencia y filosofía social; sin embargo, no está fuera de ella —al contrario— la consideración de la visión religiosa de la crisis actual, que es uno de los motores más poderosos —el primer motor incluso— del movimiento político y económico. Si el hombre no tiene una idea de adónde va, no se mueve; o si se sigue moviendo, llega un momento en que su motus deja de ser humano y se vuelve una convulsión.

Perdido en las masas occidentales en gran parte el fermento de la verdad cristiana, y peor aún, falsificado en parte y convertido en fermentum phariseorum, el pensamiento moderno y el hombre de hoy ha disociado e invertido los dos términos de la consigna cristiana; y dos posiciones heterodoxas y entre sí opuestas, una eufórica y otra agorera, dominan hoy vastamente el aire del tiempo:

1ª – Sabemos que el mundo no puede acabar.

2ª – Todo es inútil, no se puede hacer absortamente nada.

Estas dos posiciones puede encontrarlas el lector en su vecindad y aun en su familia, y quizá incluso en sí mismo, alternándose en modo pendular en las horas agitadas o foscas. Ejemplificarlas en la actual literatura social o filosófica es fácil.

El ocaso de Occidente ha dado tema y título a un gran libro de filosofía y profecía, de la escuela de Vico: Spengler documentó con erudición portentosa el estado de ánimo tesalonicense: nuestra civilización ha llegado al fin de su ciclo, al agotamiento senil y al cáncer, contra el cual no hay nada.

La misma posición mantienen filósofos tan talentosos como Rene Guénon, Luis Klages, Benedetto Croce y otros menores. Describen con colores sombríos la crisis de Occidente, lo desahucian fríos e implacables, y señalan la caquexia total de las fuerzas conservativas y vitales, incluso de las fuerzas religiosas.

El melancólico final de Las dos fuentes de la moral y la religión, del gran Bergson…, es un papel de médico que se equivoca y extiende el certificado de defunción en vez de la receta que intentaba.

La otra posición, de euforia desatinada y pueril, es más frecuente, como que es más cobarde: es el espejismo del Progreso Indefinido del siglo pasado, prolongado y ampliado, desmesuradamente, hoy día en un Toynbee, un Wells, un Bernard Shaw… El mundo ha vivido ya centenas de millones de años y por lo tanto seguirá viviendo centenares de centurias de siglos.

Ninguno de los dos términos se puede saber; pero ellos lo afirman con fuerza de dogma.

Por tanto, todo esto que nos pasa no puede ser más que una gripe, que necesariamente sanará y eso para dejar al organismo más sano, robusto y maravilloso que antes, en los esplendores edénicos de la “era atómica”. Estos no son dolores de agonía sino de parto, dicen.

El Superhombre está al nacer, junto con la Superfederación de las naciones del orbe en una sola, y la palingenesia total del Universo visible, por obra de la Ciencia Moderna.

Esta idea, o imagen o mito está en el ambiente, y tropieza uno con ella en todas partes; implícita o explícita, aplicada o pura, en forma de argumento o de espectáculo, con las variaciones más sublimes o más idiotas, la gran Esperanza del Mundo Moderno trasparece hasta en las revistas de Vigil y las historietas yanquis en que los niños argentinos aprenden… ¡religión!, quizá más que en los manuales salesianos de las escuelas. Efectivamente, esta imagen de la UNIDAD, es decir, de la UN y de la UNESCO, tiene ya vigencia religiosa.

Tiene ya incluso su gran teorizante religioso, su teólogo o profeta: el P. Teilhard de Chardin, reputado hombre de ciencia parisino, de las Academias de Ciencia de París y Londres, colaborador de Études y Révue des Questions Scientifiques, un gran nombre y una gran pluma, indudablemente.

En una veintena de opúsculos, sin imprimatur eclesiástico, ni de su orden, mimeografiados algunos en China o Japón, que corren mucho por Francia, España, Italia, y no son desconocidos en nuestro país, el antropólogo descubridor del Homo pekinensis diseña una teología nueva, brillante y seductora, que bien se puede denominar un neocatolicismo… ¿Neo-catolicismo? Sí, señor: neocatolicismo antropolátrico.

No es de esta revista su estudio, ni podríamos exponerlo bien en reducido espacio.

Baste decir que partiendo de la Evolución Creadora, de Bergson, dando como probado y cierto el evolucionismo darwinista y moviéndose en la esfera del pensamiento teológico llamado modernista (naturalización total de lo divino, error de Baius), construye una vasta e inflamada dogmática nueva bajo la cascara de los dogmas antiguos, con una elocuencia y un patetismo de profeta, como si realmente estuviera poseído del “Espíritu de la Tierra” —como él dice— que por otro nombre fue llamado el Eros Cosmogónico y también ¿por qué no? El Príncipe de este Mundo.

El punto focal de su especulación no es otro que esa unificación triunfal del Universo, a la cual corren, según él, las naciones infaliblemente bajo la atracción formidable de un “Cristo Universal” que absorbe hacia sí al Universo inmanentemente, ya que está encarnado en él desde su creación y es su propio élan vital; del cual “Cristo Universal” el Cristo histórico llamado Jesús de Nazareth ha sido un avatar, una manifestación, una fugaz epifanía visible.

Qué forma concreta tomará ese “Cristo Universal” o Alma del Mundo, que está sumergido en la creación y constituye su vida, no nos lo dice el hierofante, pero de lo que está seguro es de la gran fusión de los pueblos en uno y del advenimiento natural de la Restauración Ecuménica.

El entusiasmo, el patetismo y el ímpetu religioso con que el alma de Teilhard de Chardin anima esta síntesis esencial de todas las heterodoxias modernas, y aun antiguas, es cosa notabilísima. Enferma leerlo, pero ilustra muchísimo a un teólogo, por lo menos.

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Todo lo que es internacional es de esencia religiosa. Por instinto el hombre odia o teme al extranjero y su razón no supera los límites de su “idioma” (de su clan, tribu, nación o raza) sino bajo la presión del sentimiento religioso: tesis que Bergson dejó establecida con toda precisión en Les Deux Sources.

Decir esto es decir que todo lo que hoy día es internacional, o es católico o es judaico. Son las dos únicas religiones universales. La masonería es una invención judaica, el islamismo es una herejía judaica.

La unión de las naciones en grandes grupos, primero; y después en un solo Imperio mundial, sueño potente y gran movimiento del mundo de hoy, no puede hacerse, por ende, sino por Cristo o contra Cristo.

Lo que sólo puede hacer Dios —y que hará al final, según creemos, conforme está prometido— el mundo moderno febrilmente intenta construirlo sin Dios, apostatando de Cristo, abominando del antiguo boceto de unidad que se llamó la Cristiandad y oprimiendo férreamente incluso la naturaleza humana, con la supresión pretendida de la familia y de las patrias.

Mas nosotros defenderemos hasta el final esos parcelamientos naturales de la humanidad, esos núcleos primigenios; con la consigna no de vencer sino de no ser vencidos.

Es decir, sabiendo que, si somos vencidos en esta lucha, ése es el mayor triunfo; porque si el mundo se acaba, entonces Cristo dijo verdad, y entonces el acabamiento es prenda de resurrección.

Se necesita ser iluso para correr esta liebre…

Si uno se fija bien, el galgo corre menos que la liebre; y si los galgos actuales alcanzan a las liebres, ello se debe a un Galgo Iluso, que allá en la prehistoria siguió corriendo a pesar de ver que perdía terreno.

Los otros galgos desistieron y dijeron: “¡Valiente iluso!” y se llevaron la sorpresa de sus vidas cuando vieron que el otro volvía con la Orejuda en la boca, habiendo descubierto para su raza que la liebre es más rápida, pero menos resistente.

El diablo es rápido. Pero nosotros, los ilusos, los que tenemos miedo al Diablo, al Anticristo y a la Ramera Escarlata, somos los que hemos de salvar al mundo, si este mundo de Dios merece ser salvado.