COMPLEMENTO AL SERMÓN DEL PADRE CERIANI

Desde la inhóspita trinchera

LA SEMANA DE PASIÓN

Y EL DEICIDIO

El título de esta Domínica, Domingo de Pasión, expresa ya que hemos entrado en una nueva etapa en el período preparatorio a la Pascua.

Tiempo de Pasión se llama, y comprende dos semanas.

La Primera está dedicada a meditar la Pasión interna de Jesús, la del alma y corazón, que tiene por verdugo principal la inquina de los judíos.

Por eso, todas la Misas de esta semana, menos la del jueves, que es más reciente, nos hablan del odio del judaísmo oficial contra el Redentor.

Al entrar en la Segunda Semana de Pasión, la Semana Santa, la Liturgia expondrá a nuestra consideración el cuadro de la Pasión externa del Divino Maestro, sin olvidar sus dolores internos.

Durante las semanas precedentes hemos visto crecer cada día la malicia de los enemigos del Salvador. Su presencia, su vista les irrita; y se siente que este odio reprimido aguarda el momento propicio para estallar.

La bondad, la dulzura de Jesús continúa seduciendo las almas puras y rectas; al mismo tiempo la humildad de su vida y la inflexible pureza de doctrina humilla más y más al judío soberbio que sueña con un Mesías conquistador, y al fariseo que no tiene escrúpulos en traspasar las leyes para hacer de ellas un instrumento de sus pasiones.

Sin embargo, Jesús continúa el curso de sus milagros; sus discursos están llenos de energía desconocida; sus profecías amenazan a la ciudad y al templo famoso de los que no quedarán piedra sobre piedra.

Los doctores de la ley deberían, al menos, reflexionar, examinar sus obras maravillosas que dan testimonio al Hijo de David, y releer tantos oráculos divinos cumplidos hasta ahora con la más absoluta fidelidad. ¡Ay! estos oráculos se deben cumplir hasta la última tilde. David e Isaías no hicieron sino predecir las humillaciones y los dolores del Mesías, que estos hombres ciegos no durarán en realizar.

En ellos se cumple esta palabra: “al que blasfema contra el Espíritu Santo, no se le perdonará el pecado ni en esta vida ni en la otra”.

La Sinagoga corre a la maldición. Obstinada en su error, no quiere escuchar, ni ver nada; ha torcido su juicio a su gusto; ha apagado en sí misma la luz del Espíritu Santo; y vamos a verla descender por todos los grados de la aberración hasta el abismo.

Siguiendo los relatos evangélicos, que de día en día van a ponerse ante nuestros ojos, podremos asistir a este triste espectáculo.

Meditemos las reflexiones y comentarios de Dom Guéranger, en su obra El Año Litúrgico.

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DOMINGO DE PASIÓN

Del Evangelio según San Juan, VIII, 40-59: En aquel tiempo, decía Jesús a las turbas de los judíos: ¿Quién de vosotros me argüirá de pecado? Si os digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios, oye las palabras de Dios. Pero vosotros no las oís, porque no sois de Dios. Respondieron entonces los judíos, y dijéronle: ¿No decimos con razón que eres un samaritano, y que tienes el demonio? Respondió Jesús: Yo no tengo el demonio, sino que glorifico a mi Padre, y vosotros le deshonráis (…) Ahora conocemos que tienes el demonio. Abraham murió, y también los Profetas: y tú dices: Si alguien observare mis palabras, no morirá eternamente. ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Abraham, que murió? Y los profetas también murieron. ¿Por quién te tienes a ti mismo? (…) Díjoles Jesús: En verdad, en verdad os digo: Antes de que Abraham existiera, ya existía yo. Tomaron entonces piedras, para lanzarlas contra El: pero Jesús se escondió, y salió del templo.

El furor de los judíos ha llegado al colmo, y Jesús se ve obligado a huir ante ellos. Pronto le matarán.

Consideremos con qué severidad les habla el Salvador: “Vosotros no escucháis la palabra de Dios porque no sois de Dios”. No obstante esto, hubo un tiempo en que fueron de Dios, porque el Señor da a todos su gracia; pero ellos han hecho estéril esta gracia; se agitan en las tinieblas y ya no verán la luz que han rechazado.

“Decís que Dios es vuestro Padre; pero no le conocéis”. A fuerza de desconocer al Mesías, la Sinagoga ha llegado a no conocer tampoco al mismo Dios único y soberano, cuyo culto la enorgullece; en efecto, si conociese al Padre, no rechazaría al Hijo. Moisés, los Salmos, los Profetas, son para ella letra muerta, y estos libros divinos pasarán muy pronto entre las manos de los pueblos, que sabrán leerlos y comprenderlos.

“Si yo dijere que no le conozco, sería mentiroso como vosotros”. Por la dureza del lenguaje de Jesús se adivina ya la cólera del juez que bajará el último día para estrellar contra la tierra la cabeza de los pecadores.

Jerusalén no conoció el tiempo de su visita; el Hijo de Dios salió a su encuentro y tiene ella la desvergüenza de decirle que está poseído del demonio. Echa en cara al Hijo de Dios al Verbo eterno, que prueba su origen por los prodigios más evidentes, que Abrahán y los Profetas son mayores que Él. ¡Extraña ceguera que procede del orgullo y de la dureza de corazón!

La Pascua está próxima; estos hombres comerán religiosamente el cordero simbólico; saben que este cordero es una figura que debe realizarse. El cordero verdadero será inmolado por sus manos sacrílegas y no lo reconocerán. La sangre derramada por ellos no les salvará.

LUNES DE LA SEMANA DE PASIÓN

Del Evangelio según San Juan, VIII, 32-39: En aquel tiempo los príncipes y los fariseos enviaron unos ministros para que prendiesen a Jesús. Díjoles entonces Jesús: Todavía estaré con vosotros un poco de tiempo: y me iré al que me ha enviado. Me buscaréis, y no me hallaréis: y, adonde yo voy, vosotros no podréis ir. Dijeron entonces los judíos entre sí: ¿Dónde se irá éste, para que no le encontremos? ¿Acaso se irá a los gentiles, dispersos por el mundo, para predicarles? ¿Qué significa eso que ha dicho: Me buscaréis, y no me encontraréis: y, adonde yo voy, vosotros no podréis ir? Y el último día de la fiesta, el más solemne, se presentó a Jesús, y clamaba, diciendo: El que tenga sed, que venga a mí, y beba. Del seno del que crea en mí fluirán, como dice la Escritura, ríos de agua viva. Dijo esto, aludiendo al Espíritu que habían de recibir los que creyesen en Él.

Los enemigos del Salvador no sólo han pensado lanzarle piedras; hoy quieren quitarle la libertad, y envían esbirros para prenderle.

En esta ocasión Jesús no juzga oportuna la huida; ¡pero qué terribles palabras les dirige!: “Voy al que me envió; vosotros me buscaréis, pero no me encontraréis”.

El pecador que durante mucho tiempo ha abusado de la gracia, en castigo a su ingratitud y desprecios, tal vez no pueda encontrar a este Salvador con quien ha querido romper.

Después de la muerte y resurrección de Jesús, mientras la Iglesia extendía sus raíces por el mundo, los judíos, que crucificaron al Justo, buscaban al Mesías en cada uno de los impostores que se levantaban entonces en Judea, y causaron tumultos que llevarían la ruina de Jerusalén.

Cercados por todas partes por la espada de los romanos y por las llamas del incendio que devoraba el templo y los palacios, clamaban al cielo, y suplicaban al Dios de sus padres que enviase, según su promesa, al Salvador esperado.

Ni se les ocurrió que este libertador se había manifestado a sus padres, aun a algunos de ellos, que le habían matado, y que los Apóstoles habían ya llevado su Nombre hasta los confines de la tierra.

Esperaron aún hasta el momento en que la ciudad deicida se derrumbó sobre los que no habían inmolado la espada del vencedor; los supervivientes fueron arrastrados a Roma para adornar el triunfo de Tito. Si se les hubiese preguntado qué es lo que esperaban, habrían respondido que al Mesías. Vana esperanza: el tiempo había pasado.

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MARTES DE LA SEMANA DE PASIÓN

Del Evangelio según San Juan, VII, 1-13: En aquel tiempo andaba Jesús por Galilea, pues no quería caminar por la Judea porque los judíos querían matarle. Y estaba próxima una fiesta de los judíos, la Escenopegia (o de los Tabernáculos). Dijéronle entonces sus hermanos: Pasa de aquí, y vete a Judea, para que vean también tus discípulos las obras que haces. Porque nadie, que desea ser conocido, hace sus obras en secreto: si haces esas cosas, manifiéstate al mundo. Ni sus mismos hermanos creían en Él. Díjoles entonces Jesús: Mi tiempo no ha llegado aún: en cambio, vuestro tiempo siempre está preparado. El mundo no puede odiaros a vosotros; pero a mí sí me odia, porque yo doy testimonio de que sus obras son malas. Subid vosotros a esa fiesta, porque yo no subo a ella, pues mi tiempo aún no se ha cumplido. Y, habiendo dicho esto, Él permaneció en Galilea. Más, cuando subieron sus hermanos, subió también Él a la fiesta, pero no públicamente, sino como de incógnito. Y los judíos le buscaban el día de la fiesta, y decían: ¿Dónde está? Y había gran murmullo en el pueblo acerca de Él. Porque unos decían: Es bueno. Pero otros decían: No; sino que seduce a las turbas. Y nadie hablaba de Él abiertamente, por miedo a los judíos.

Los hechos referidos en el paso del Evangelio se relacionan con una época anterior a la vida del Salvador, y la Iglesia nos los propone hoy, a causa de la relación que contiene con los que hemos leído hace algunos días.

Es evidente que no sólo al acercarse la Pascua, sino desde la fiesta de los Tabernáculos, en el mes de septiembre, el furor de los judíos conspiraba ya su muerte.

El Hijo de Dios tenía que viajar a ocultas, y para entrar con seguridad en Jerusalén, le era preciso tomar algunas precauciones.

Adoremos estas humillaciones del Hombre-Dios, que se ha dignado santificar todos los estados, aun el del justo perseguido y obligado a ocultarse a las miradas de sus enemigos. Le habría sido fácil deslumbrar a sus adversarios con milagros inútiles, como los que deseó Herodes y forzar así su culto y su admiración.

Dios no procede así; no obliga; obra a las miradas de los hombres; mas para conocer la acción de Dios, es necesario que el hombre se recoja y se humille, que haga callar sus pasiones. Entonces la luz divina se manifiesta al alma; esta alma ha visto bastante; ahora cree y quiere creer; su dicha y su mérito está en la fe; está en disposición de esperar la manifestación de la eternidad.

La carne y la sangre no lo entienden así; gustan la ostentación y el ruido.

El Hijo de Dios en su venida a la tierra no debía someterse aún abatimiento tal, sino para que los hombres viesen su poder infinito. Tenía que hacer milagros para apoyar su misión, pero en Él, hecho Hijo del Hombre, no debía ser todo milagro. La mayor parte de su existencia estaba reservada a los humildes deberes de la criatura; de otro modo, no nos había enseñado con su ejemplo, lo que tanto necesitábamos saber.

Sus parientes habrían querido tener su parte en esta gloria vulgar, que querían para Jesús. Le dan motivo para que les dijese esta palabra que debemos meditar en este santo tiempo, para acordarnos más tarde de ella: “el mundo no os odia a vosotros; pero a mí, sí me odia”. Guardémonos pues, en adelante, de complacernos con el mundo; su amistad nos separaría de Jesucristo.

MIÉRCOLES DE LA SEMANA DE PASIÓN

Del Evangelio según San Juan, X, 22-38: En aquel tiempo se celebraba en Jerusalén la fiesta de la dedicación; y era invierno. Y Jesús estaba en el templo, en el pórtico de Salomón. Y rodeáronle los judíos, y decían: ¿Hasta cuándo torturarás nuestra alma? Si eres tú el Cristo, dínoslo claramente. Respondióles Jesús: Os hablo, y no creéis. Las obras, que yo hago en nombre de mi Padre, os dan testimonio de mí: pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas oyen mi voz; y yo las conozco, y me siguen; y yo les doy vida eterna; y no perecerán para siempre; y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, es mayor que todos; y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos una sola cosa. Tomaron entonces piedras los judíos para lapidarle. Respondióles Jesús: Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre: ¿por cuál de ellas queréis apedrearme? Respondiéronle los judíos: No te apedreamos por la buena obra, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios a ti mismo. Respondióles Jesús: ¿No está escrito en vuestra Ley: Yo dije: dioses sois? Si llamó dioses a quienes habló Dios, y no puede ser quebrantada la Escritura: ¿a quien el Padre santificó y envió al mundo, decís vosotros: Blasfemas; porque he dicho: Soy Hijo de Dios? Si no hago obras de mi Padre, no me creáis. Pero, si las hago, y si no queréis creerme a mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.

Después de la fiesta de los Tabernáculos, vino la de la Dedicación, y Jesús se quedó en Jerusalén. El odio de sus enemigos aumentaba continuamente y reuniéndose alrededor de Él, quieren obligarle a decir que es el Mesías, para enseguida echarle en cara el usurpar una misión que consideraban que no era la suya.

Jesús desdeña responderles, y les remite a los milagros que le han visto obrar y que dan testimonio de Él.

Por la fe, y solamente por ella, puede el hombre acercarse a Dios en este mundo. Dios se manifiesta por las obras divinas; el hombre que las conoce debe creer la verdad que atestigua tales obras, y así creyendo, tiene el mismo tiempo, la certeza de lo que cree y el mérito de su fe.

El judío soberbio se rebela; querría dictar la ley al mismo Dios, y no quiere saber que su pretensión es tan impía como absurda,

Con todo eso, es necesario que la doctrina divina siga su curso, debe excitar el escándalo de estos espíritus perversos. Jesús no habla solamente para ellos: tiene que hacerlo también por los futuros creyentes.

Entonces dijo esta gran palabra que nos revela no sólo su categoría de Cristo, sino su divinidad: “Mi Padre y Yo somos uno”.

Sabía que hablando así excitaría el furor de los judíos; pero tenía que revelarse a la tierra y confundir de antemano a la herejía.

Arrio se levantará un día contra el Hijo de Dios y dirá que solamente es la más perfecta de las criaturas. La Iglesia responderá que es uno con el Padre, que le es consubstancial; y después de muchas revueltas y crímenes la secta arriana se extinguirá y caerá en olvido.

Los judíos son aquí los precursores de Arrio. Han comprendido que Jesús se ha declarado Hijo de Dios, y quieren apedrearle.

Por una última condescendencia Jesús quiere prepararlos para gustar esta verdad, indicándoles por sus escrituras, que el hombre puede algunas veces recibir en su sentido restringido, el nombre de Dios, por razón de las funciones divinas que ejerce; después les recuerda los prodigios que tan altamente testimonia la asistencia que le ha dado su Padre; y repite con nueva firmeza que “el Padre está en Él y Él en el Padre.

Nada puede convencer a estos corazones obstinados; el castigo del pecado que han cometido contra el Espíritu Santo pesa sobre ellos.

¡Qué diferente es la suerte de las ovejas del Salvador! Escuchan su voz, le siguen; les da la vida eterna, y nadie les arrebatará de sus manos. ¡Dichosas ovejas! Creen porque aman; por el corazón se abre paso la verdad, así como por el orgullo del espíritu penetran las tinieblas en alma del incrédulo y se establecen para siempre.

El incrédulo ama las tinieblas; las llama luz, y blasfema sin sentirlo… El judío llega hasta crucificar al Hijo de Dios pensando rendir homenaje a Dios.

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JUEVES DE LA SEMANA DE PASIÓN

Lección del Profeta Daniel, III, 25 y 34-45: En aquellos días oró Azarías al Señor, diciendo: Señor, Dios nuestro, por amor de tu nombre te rogamos no nos dejes para siempre, ni destruyas tu alianza; ni apartes tu misericordia de nosotros, por tu amado Abraham, y por tu siervo Isaac, y por tu santo Israel, a los cuales hablaste, prometiéndoles que multiplicarías su descendencia como las estrellas del cielo, y como la arena que hay en la orilla del mar; porque, Señor, hemos disminuido más que todas las gentes, y somos hoy humildes en toda la tierra por nuestros pecados. Y no hay en este tiempo príncipe, ni caudillo, ni profeta, ni holocausto, ni sacrificio, ni oblación, ni incienso, ni lugar de primicias ante Ti, para que podamos alcanzar tu misericordia; pero seamos recibidos con ánimo contrito, y espíritu de humildad. Como el holocausto de carneros, y toros, y como millares de gordos corderos, así sea hoy en tu presencia nuestro sacrificio, para que te agrade; porque no hay confusión para los que confían en Ti. Y ahora Te seguimos de todo corazón, y Te tememos, y buscamos tu cara. No nos confundas, sino obra con nosotros según la muchedumbre de tus misericordias. Y líbranos con tus maravillas, y da gloria a tu nombre, Señor; y sean confundidos todos los que causan males a tus siervos, sean confundidos por tu omnipotencia, y sea quebrantada su fortaleza; y sepan que Tú eres el Señor, el Dios único y glorioso sobre el orbe de las tierras, Señor, Dios nuestro.

De esta manera, Judá cautivo en Babilonia, desahogaba su corazón en el Señor, por boca de Azarías. Sion, privada de su templo y de sus solemnidades, la desolación había llegado allí al colmo: sus hijos, desterrados en un país extranjero, debían morir sucesivamente hasta el año 70 del destierro; después Dios se acordaría de ellos y los devolvería a Jerusalén por la mano de Ciro. Entonces tendría lugar la construcción del segundo templo que vería al Mesías.

¿Qué crimen había cometido Judá para ser sometido a tal expiación? Se había entregado a la idolatría, había roto el pacto que le unía al Señor; sin embargo de eso, su crimen fue reparado por esta cautividad de un número limitado de años; y Judá, vuelto a la tierra de sus padres no volvió más al culto de los falsos dioses. Cuando el Hijo de Dios vino a habitar con él se encontraba puro de idolatría.

Aún no habían transcurrido cuarenta años desde la Ascensión de Jesús cuando Judá emprendió de nuevo el camino del destierro. No era llevado de nuevo a Babilonia, sino que se dispersaba en grandes masas por todas las naciones. Y no solamente 70 años, sino 20 siglos lleva “sin jefe, sin profeta, sin holocausto, sin sacrificio y sin templo”.

¡El crimen cometido por Judá es más grave que la idolatría, puesto que después de tantas desgracias y humillaciones, la justicia del Padre no se ha apaciguado!

Es que la sangre derramada en el Calvario por el pueblo judío, no es sólo la sangre de un hombre: es la sangre de Dios.

Es necesario que toda la tierra lo sepa y lo comprenda con solo ver el castigo de los verdugos.

Esta terrible expiación de un crimen infinito debe continuar hasta los últimos tiempos; entonces el Señor se acordará de Abrahán, Isaac y Jacob; una gracia extraordinaria descenderá sobre Judá y su vuelta consolará a la Iglesia, afligida por la deserción de tantos hijos.

El espectáculo de un pueblo entero cargado con la maldición para todas sus generaciones, por haber crucificado al Hijo de Dios, hace reflexionar al cristiano. Esto nos enseña que la justicia de Dios es terrible, y que el Padre pide cuenta hasta de la última gota de la sangre de su Hijo, a aquellos que la han derramado

VIERNES DE LA SEMANA DE PASIÓN

Del Evangelio según San Juan, XI, 47-54: En aquel tiempo, los pontífices y fariseos celebraron consejo contra Jesús, y dijeron: ¿Qué hacemos? Porque este hombre obra muchos milagros. Si le dejamos así, todos creerán en Él, y vendrán los romanos, y nos quitarán nuestro lugar, y la gente. Entonces uno de ellos, llamado Caifás, que era Pontífice aquel año, les dijo: No sabéis nada, ni pensáis que os conviene que muera un solo hombre por el pueblo, y no que perezca toda la gente. Pero esto no lo dijo por propio impulso, sino que, como era Pontífice aquel año, profetizó que Jesús había de morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. Desde aquel día, pues, pensaron en matarle. Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se fue a una región próxima al desierto, a la ciudad llamada Efrén, y allí moró con sus discípulos.

La vida del Salvador está ahora más que nunca en peligro. El Consejo de la nación se ha reunido para tratar de deshacerse de Él.

Escuchad a estos hombres a quienes domina la más vil de las pasiones, la envidia. No niegan los milagros de Jesús, están pues en condiciones de dar un juicio sobre su misión y este juicio debería ser favorable. Mas no se han reunido con este fin, sino con el de hallar los medios para hacerle perecer.

¿Qué pensarán para sí mismos: ¿Qué sentimientos manifestarán en común para legitimar esta resolución sangrienta?

Osarán poner de por medio la política el interés de la nación. Si Jesús continúa manifestándose y obrando estos prodigios pronto se levantará la Judea para proclamarle su rey y los romanos no tardarán en venir a vengar el honor del Capitolio ultrajado por la más débil de las naciones del imperio.

¡Insensatos que no comprenden que si el Mesías fuera rey, al modo de este mundo, todos los poderes de la tierra hubieran sido impotentes contra Él!

No se acuerdan de la predicción de Daniel, que anunció que en el correr de 70 semanas de años a partir del decreto para la reedificación del templo, Cristo había de ser condenado a muerte, y que el pueblo que ha renegado de Él no será ya en adelante su pueblo; y que después de esta perversidad un pueblo capitaneado por un jefe militar vendrá y arrasará la ciudad y el templo; que la abominación de la desolación penetrará en el santuario; y que la desolación sentará sus reales en Jerusalén para permanecer allí hasta los últimos tiempos.

Dando la muerte al Mesías van a aniquilar con un mismo hecho a su patria.

Mientras tanto el indigno sacerdote que preside los últimos días de la religión mosaica, se reviste el efod, y profetiza, siendo su profecía verdadera. No nos admiremos. El velo del templo no se ha rasgado todavía; la alianza entre Dios y Judá no se ha roto aún. Caifás es un criminal, un cobarde, un sacrílego, pero es pontífice: Dios habla por su boca.

Escuchemos a este nuevo Balaán; “Jesús morirá por la nación y no sólo por la nación, sino también para juntar y reunir a los hijos de Dios que se hallan dispersados”.

Así, la agonizante Sinagoga se ve obligada a profetizar el nacimiento de la Iglesia por el derramamiento de la Sangre de Jesús.

Después que la Sangre de la Alianza universal se haya derramado, después que el sepulcro haya devuelto al vencedor de la muerte, apenas pasados cincuenta días, Pentecostés convocará, no ya a los judíos en el templo de Jerusalén, sino a todas las naciones en la Iglesia de Jesucristo.

Caifás no se acuerda ya más del oráculo que él mismo ha proferido; ha restablecido el velo del Santo de los Santos que se había rasgado en dos en el momento de expirar Jesús sobre la cruz; pero este velo no cubre más que un reducido desierto. El Santo de los Santos ya no está allí…

“Se ofrece, sin embargo, en todo lugar una ofrenda pura”, y las águilas de los vengadores del Deicidio no han aparecido todavía sobre el monte de los Olivos, cuando ya los sacrificadores han escuchado que en el fondo del santuario repudiado resuena una voz que dice: “Marchemos de aquí”.

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SÁBADO DE LA SEMANA DE PASIÓN

Del Evangelio según San Juan, XII, 10-36: En aquel tiempo los príncipes de los sacerdotes pensaron matar a Lázaro: porque, por su causa, se apartaban muchos, judíos, y creían en Jesús. Y al día siguiente, una gran turba, que había venido a la fiesta, cuando oyeron que venía Jesús a Jerusalén, empuñaron ramos de palmeras, y le salieron al encuentro, y clamaban. ¡Hosanna! ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor, el rey de Israel! Y encontró Jesús un asnillo, y se sentó sobre él, como está escrito: He aquí a tu Rey, que viene sentado sobre la cría de un asna. Esto no lo entendieron entonces los discípulos; pero, cuando fue glorificado Jesús, se acordaron de que estas cosas estaban escritas de Él, y de que le hicieron estas cosas. Y la gente que estaba con Él, cuando llamó a Lázaro del sepulcro y le resucitó de entre los muertos, daba testimonio de ello. Por eso le salió al encuentro la turba: porque oyeron que había hecho este milagro. Dijeron entonces los fariseos entre sí: ¿Veis cómo no adelantamos nada? Todo el mundo se va detrás de Él. Y había algunos gentiles, de los que habían subido a rezar en el día de la fiesta. Estos, pues, se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron, diciendo: Señor, queremos ver a Jesús. Fue Felipe, y se lo dijo a Andrés; Andrés y Felipe se lo dijeron después a Jesús. Y Jesús les respondió, diciendo: Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado. En verdad, en verdad os digo. Si el grano de trigo no cayere en tierra, y no muriere, quedará él solo: pero, si muriere, dará mucho fruto. El que ama su vida, la perderá; y, el que odia su vida en este mundo, la guarda para la vida eterna. El que me sirva a mí, que me siga; y, donde yo esté, esté también allí mi servidor. Al que me sirviere a mí, le honrará mi Padre. Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué diré? Padre, sálvame de esta hora. Pero he venido por esta hora. Padre, glorifica tu nombre. Y bajó una voz del cielo: Le he glorificado, y le glorificaré otra vez. Y la turba que estaba presente, y que había oído, decía que había sonado un trueno. Otros decían: Le ha hablado un Ángel. Respondió Jesús, y dijo: Esta voz no ha sido por mí, sino por vosotros. Ahora es el juicio del mundo; ahora será arrojado fuera el príncipe de este mundo. Y yo, si fuere levantado de la tierra, lo atraeré todo hacia mí. (Decía esto, aludiendo a la muerte con que había de morir.) Respondióle la turba: Nosotros sabemos por la Ley que el Cristo permanece para siempre: y ¿cómo dices tú: Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado? ¿Quién es ese Hijo del hombre? Díjoles entonces Jesús: Todavía hay un poco de luz en vosotros. Caminad mientras tenéis luz, para que no os envuelvan las tinieblas; porque, el que anda en tinieblas, no sabe a dónde va. Mientras tenéis luz, creed en la luz, para que seáis hijo de la luz. Esto dijo Jesús; y se fue, y se escondió de ellos.

Los enemigos del Salvador han llegado a un grado de furor tal, que les ha hecho perder los sentidos. Tienen ante sus ojos a Lázaro resucitado; y en lugar de hallar en él una prueba incontrastable de la misión divina de Jesús y de rendirse a la evidencia de los hechos, tratan de hacer desaparecer, a este testigo irrecusable, como si Aquél que lo ha resucitado ya una vez, no pudiera devolverle de nuevo la vida.

La recepción triunfal que el pueblo tributó al Salvador en Jerusalén vino a exasperar su furor y su ira. “No adelantamos nada, se decían; todo el mundo va tras él.”

Pero ¡ay! a esta ovación momentánea seguirá muy pronto uno de esos cambios bruscos a los que tan inclinado se halla el pueblo. En efecto, hasta los mismos gentiles se presentan para ver a Jesús. Es el anuncio del próximo cumplimiento de la profecía del Salvador. “El reino de los cielos os será arrebatado para entregarlo a un pueblo que produzca frutos”. Entonces el Hijo del Hombre será glorificado. Todas las naciones protestarán con su sumiso homenaje al crucificado en contra de la ceguera de los judíos. Pero antes es necesario, “que la simiente divina sea arrojada a la tierra y muera en ella”; después vendrá el tiempo de la recolección y el grano rendirá el ciento por uno.

Jesús con todo eso experimenta en su humanidad un instante de turbación, al pensar en su muerte. No ha llegado todavía la agonía del huerto; mas un escalofrío se apodera de Él. Escuchemos este grito: “¡Padre, líbrame de esta hora!”

Pide el verse libre de este destino que ha previsto y querido. Pero, añade, “para esto he venido yo, Padre, glorifica tu nombre”. Su corazón está tranquilo a pesar de todo. Acepta de nuevo las duras condiciones de nuestra salvación.

En virtud del sacrificio que va a ofrecer, Satanás será destronado, “este príncipe del mundo va a ser arrojado por tierra”. Mas la derrota del demonio no es el único fruto de la inmolación de nuestro Salvador; el hombre, este ser terreno y depravado, va a dejar la tierra y se va a elevar hasta el cielo. El Hijo de Dios, como un imán celeste, lo atraerá en adelante hacia sí. “Cuando sea levantado de la tierra, cuando sea crucificado atraeré hacia mí todas las cosas”.

No piensa más en sus tormentos, en aquella muerte terrible; no ve sino la ruina de nuestro enemigo, nuestra salvación, nuestra glorificación por su cruz.

Tenemos, pues, en estas palabras todo el Corazón de nuestro Redentor; si las meditamos, bastan ellas solas para disponer nuestras almas a gustar los misterios de los que está llena la Semana Santa.